sábado, 6 de diciembre de 2008

ICONO

Maldita seas. Desde el sofá del salón, con un cigarrillo frustrado en mis dedos, contemplo su satisfecha vigilancia a través del cristal de la puerta corredera. Allí sigue, sentada sobre la hierba del jardín, como si no pasara nada. Pero sé que me está observando, a su manera, con esa mirada entre serena y orgullosa de quien acaba de declarar una guerra. Hasta ahora se ha contentado con pequeñas fechorías, con regodeos excesivos sobre la hierba o salpicaduras inoportunas. De hecho, al llegar del trabajo me ha extrañado no encontrar nada fuera de lugar. Hasta que he visto que el cenicero no estaba sobre la mesa. Eso ha sido definitivo. Está claro que me está retando. Retado por un elefante, que cosas… En realidad no es tan grave, podría comprarme otro cenicero, o dejar las cenizas en cualquier otro sitio, pero no es eso. Es una cuestión de orgullo, de dejar claro quien lleva la voz cantante en esta casa, mi casa. Además, uso ese cenicero de cerámica desde hace muchos años y no tengo porqué cambiarlo. No sé qué razones tendrá para estar volviendo a hacer de las suyas, pero ese insolente animal va a devolvérmelo. Tarde o temprano acabará revelándome dónde lo tiene, y entonces le dejaré bien claro quién lleva los pantalones aquí.
Si llego a saber que me daría tantos problemas nunca me habría comprado un elefante. Pero era la moda imperante: hacerse con una especie miniaturizada genéticamente; una revolución en el mundo de la compañía doméstica para excéntricos. Todavía recuerdo el día que fui a comprarla. Me hubiera gustado un mini-tigre, pero pese a ser más pequeños que los tigres originales no eran mucho menos feroces (había oído historias sobre mini-tigres que devoraron al perro del vecino). Vi también una jirafa miniaturizada, pero me pareció incómodo imaginar su cabecita silenciosa asomándose al interior de mi bañera o junto a la cama. Sin embargo, nada más ver al elefante me decidí. Era tan pequeño… pasados 5 años, sigue pesando poco más de 20 Kg.
Los primeros días fueron muy especiales. Ni yo ni mi antigua novia nos separábamos del paquidermo en ningún momento. Lo primero que hice al llegar a casa fue coger el cenicero de cerámica (lo primero que tenía a mano), llenarlo de cacahuetes y darle su primera comida. Mientras, mi chica de entonces decidía un nombre que ponerle: Fanta; no debió ocurrírsele ninguno más ridículo.
Sin embargo, no tardaron en llegar las complicaciones. Rompía los muebles con los colmillos, improvisaba barrizales en el jardín, en los que luego se revolcaba impunemente, por no hablar de los festivales acuáticos que organizaba en cuanto descubrió las posibilidades de interacción entre su entrometida trompa y el grifo de la bañera. Luego fui descubriendo cosas acerca de los elefantes sobre las que nadie me había advertido, como por ejemplo que son incapaces de saltar, lo que me obligó a adaptar infinidad de rincones de la casa y del jardín. O que pueden vivir hasta 80 años, cosa que me puso los pelos de punta. Para colmo, Fanta es una hembra, lo cual no es buena noticia si sabes que las manadas de elefantes son básicamente matriarcales. Vaya, que tengo en casa a un monstruo indomable con instinto de dirigir a su manada, y me temo que la única manada que tiene soy yo.
No es que nos haya ido mal durante todo este tiempo, pero de vez en cuando parece que se enfade conmigo por alguna razón. Comienza a hacer cosas extrañas, cosas que sabe que tiene prohibidas. Estos días, por ejemplo, está especialmente revolucionada, se dedica a resucitar algunas de sus costumbres más odiosas. Por ejemplo, esa puta manía de robarme el cenicero, cuando sabe perfectamente que me pone de los nervios llegar a casa y no poder fumarme un cigarro con tranquilidad. Precisamente ahora que he vuelto a fumar otra vez, la muy cabrona vuelve a robármelo.
Sigue en el jardín, con sus cuatro rodillas doblegadas, abanicándose los lomos con las enormes orejas. Mirándome de reojo. Disimulando. Desde fuera entra una luz muy apacible, un calorcito agradable que me aplasta en el esponjoso asiento. Sigo pensando en ella unos momentos, en la posible explicación de su rebeldía; pero mi incapacidad para llegar a una conclusión me lleva, poco a poco, a pensar en otras cosas. Asuntos del dichoso trabajo, o sobre aquella chica a la que me gustaría invitar a casa un día de éstos. Ensimismado como estoy me olvido por completo del asunto, hasta que me doy cuenta de que mis manos han actuado por su cuenta. Ajenas a todo cuanto he estado pensando antes, se han limitado a seguir la costumbre y me han colocado otro cigarrillo en los labios. ¡Maldita sea! Me levanto, enfadado, y voy hacia la cocina, justo a unos pasos del sofá. Mi instinto me lleva a coger un vaso para depositar la ceniza, pero me obligo a detenerme, eso sería como claudicar. Me siento tan derrotado, tan impotente… necesito descargarme de algún modo, ahora mismo. Cojo el cigarrillo y lo estampo contra el suelo. Luego cojo la cajetilla entera y también la tiro. La piso y retuerzo mi pie contra ella con rabia mientras pronuncio alguna maldición que se escapa entre dientes.
Cuando alzo los ojos me encuentro por sorpresa al diminuto elefante en la puerta de la cocina. Me mira como expectante. Yo lo hago cabreado, tentado de darle un buen cachete por hacerme coger estos berrinches sin sentido. Sin embargo, hay algo distinto en su mirada, un matiz que de momento no comprendo, pero que me mantiene expectante. El animal sale corriendo. Incluso parece contento, a juzgar por la especie de chirrido agudo que hace. Yo ni me muevo, no me hace falta para ver que se dirige hacia el patio. Vuelve al cabo de poco, con las orejas bien sueltas, el paso ligero, casi grácil. Lleva enroscado en su trompa el maldito cenicero. Se detiene a mis pies y me lo ofrece, alargando su trompa hacia arriba. Abre la boca, suelta un suave chirrido.
En ese momento es cuando me doy cuenta de lo que le he estado haciendo durante tanto tiempo. ¡Por Dios! Me siento tan estúpido. Debería haber tenido en cuenta la enorme memoria que tienen estos animales. Con todo el cariño del mundo cojo ese cenicero en el que le di de comer por primera vez, hace cinco años, y lo limpio a conciencia; nunca volveré a llenarlo de apestosa ceniza. Luego lo lleno con algunos cacahuetes y lo dejo en el suelo, a expensas de la trompa omnipresente de Fanta. Me agacho para acariciar su lomo grisáceo mientras ella supervisa mi trabajo. No llega a comerse ni uno solo, parece satisfecha simplemente con verlo así. Eso era lo que quería, tan solo eso. Mantener ese preciado icono de su llegada a casa a salvo del humo, del fuego. Ahora me doy cuenta de que siempre se ponía histérica justo cuando retomaba el vicio de fumar: se llevaba el cenicero durante unos días y lo dejaba en su sitio al cabo de un tiempo, solo que hoy, al ver que me deshacía claramente de los cigarros, me lo ha devuelto eufórica.
Fanta rodea mi mano derecha gentilmente con su trompa y se queda mirando a mis ojos. Tengo la impresión de que es más compleja de lo que había imaginado, aunque creo que vamos a llevarnos mejor a partir de ahora. Lentamente, esbozo una sonrisa.

Manuel Santos (crear un relato a partir de las palabras "Elefante" y "Cenicero").

8 comentarios:

Juanmi dijo...

Varias cosas a comentar:

Me ha gustado como has conseguido justificar y dar sentido a toda la historia con una simple linea de texto (miniaturización, genética, mascotas de moda para excéntricos)

La conducción es limpia, la desesperación y la lucha claras. Te lleva, y al final te sorprende.

Pero sobre todo (será porque yo soy así), me quedo con el mensaje. Cuántas veces juzgamos, y más sin saber. Qué tristemente humano es cambiar la valoración por el juicio.

Enhorabuena, está magníficamente concluido.

milagros dijo...

Me ha enganchado desde el inicio. Lo he encontrado simpático y tierno.
Milagros

Melqui Barrero dijo...

Muy agradable tu presentacion de este vicio de humanos, fumar, ironizado por las razones de peso que defiende el animal, afectos, recuerdos, comida, no rabia, juego, etc.
Felicitaciones

Sonia dijo...

c¿Dónde puedo conseguir una elefantita así de tierna?
Una historia muy fresca y simpática. Me encanta el final, cuando el protagonista se da cuenta de que en realidad la pobre elefanta tan sólo intentaba proteger sus recuerdos de la suciedad y las cenizas.
Muy bien llevado.

Manuel Santos dijo...

Gracias por los comentarios. Pero... ¿realmente os gustaría tener una "elefantita" como esa? jejeje. Solo de pensar que lo trastearía todo con la trompa...

Un saludo a todos.

Sonia dijo...

Uy, a mi me encantaría... ya me estoy imaginando jugando con ella en el jardín, ella duchándome con su trompa, yo dándole a comer cañas de bambú...La relación perfecta. Aunque es verdad que he dudado entre el mini tigre (tan fiero a pesar de ser tan pequeño) y la mini elefanta, (tan tierna). De momento me quedo con la elefanta, que comparte conmigo la lucha activa contra el tabaquismo, jejejeje.
Un saludo!

Juanmi dijo...

Pues yo me quedaría con el minitigre. Pero sin duda me encantaría. Siempre ha sido mi animal favorito. Adoro los tigres.
Tener uno de mascota sería un sueño.

Aula de Escritores dijo...

Me ha encantado. Las expresiones como "cigarrillo frustrante"" son geniales. Escribir un relato tan bonito partiendo de una obligacion sadica (elefante+ cenicero) le verdad "chapeau"!

Irène