jueves, 4 de diciembre de 2008

EL LADRÓN (Elsa Vergés. Taller Relato)
Como todos los días de lunes a viernes, Roberto, nacido en la Pampa argentina, se preparó para ir a trabajar: corbata, gomina, maletín. Al mes de llegar a Barcelona encontró trabajo en una entidad financiera de dudosa credibilidad. Quizás fue suerte o quizás fue su madre que siempre le animó para que acabara la carrera de económicas.
Al otro lado de la ciudad, Antonio, hijo mayor de una familia numerosa, también se preparó para ir a trabajar, o así es como lo llamaba: guantes, medias de la suegra, pistola de fogueo. No le gustaban las armas de verdad ni la violencia, pero seguía la tradición familiar. Nunca le había dicho a su progenitor que usaba pistolas de fogueo, hubiera sido una deshonra para la familia.
Ambos salieron de casa para ir al centro de la ciudad, repleto de bancos sedientos de dinero. Roberto iba a su oficina y Antonio en busca de una. Antes de empezar la jornada, Antonio entró en un bar, era incapaz de dar un asalto con la tripa vacía. Se tomó el café con calma, las prisas no eran buenas compañeras para dar un buen golpe. Mientras, Roberto ya estaba atendiendo a los primeros clientes, un matrimonio de gran tamaño. Antonio salió del bar y eligió el primer banco que vio. Era pequeño pero algo de pasta tendría. Se puso la maldita media de la suegra que tanto le apretaba y entró.
-¡Arriba las manos, esto es un atraco!
La gente se agachó por instinto, aunque el matrimonio ancho tuvo serias dificultades para meterse debajo de la misma mesa.
-¡Venga todos quietos, no hagáis tonterías! ¡Y tú el de la ventanilla, ve soltando todo lo que tenga este puto banco!
-¿Yo?pará, pará…un momento…
-¡Cállate tipo de la ventanilla y suéltalo todo!
-Este, me llamo Roberto, podría acercarse a la ventanilla, esto de chillar es de locos. Andá dále veníte.
Antonio empezó a sudar, cogiendo la pistola con las dos manos apuntaba a Roberto con un ligero temblor, no le gustaban las conversaciones. Roberto seguía con lo suyo.
-Mirá lo que hiciste, a asustaste la pobre criaturita – una mujer sostenía un bebé que lloraba agriamente.
-Me da igual, puto inmigrante - dijo Antonio escupiendo sus palabras.
-Además de ladrón perdiste la educación. Yo vine a Barcelona a trabajar, no como otros – dijo Roberto sarcásticamente – Si vos querés dinero no hace falta que robés un banco. Hay algo mucho más sencillo para vos, la criaturita y todos los que estamos aquí.
Todos los clientes estaban atónitos, ya no por el ladrón sino por la actitud tan arriesgada de aquél empleado de banco. Quizás no era el primer robo que vivía, pensó un abuelo que se escondía detrás de una planta de plástico.
Antonio estaba nervioso pero algo de aquél tipo argentino le llamaba la atención. Su padre siempre le decía que los argentinos sabían de negocios, nunca supo el porqué. Por si acaso dijo:
-¿No habrás avisado a la poli y ahora me estás entreteniendo con tu palabrería?
-Calmáte, no soy un suicida. Escucháme, te puede interesar: me pedís un préstamo de unos 3000 euros, yo te doy el crédito y vos no lo devolvéis. Así de fácil. Luego te vas a otro banco, pedís otro préstamo, y luego a otro y así sucesivamente. Y cuando tengas suficiente guita te vas del país.
-Pero cómo me vas a dar un crédito so capullo, soy un ladrón.
Roberto le quitó importancia a ese detalle, le dijo que podría falsificar cualquier nómina que alguien le prestara. Se dirigió a la sala y pidió a los clientes que hicieran el favor de colaborar y que le prestaran una nómina al señor ladrón que tenía que hacer un trámite.
Nadie respondió a la llamada de colaboración.
-Los bancos ya no verificamos los papeles, son pequeños detalles, nos fiamos de nuestros estimados clientes.
-¿Cómo sé que no me vas a denunciar?
-Con esa media horrorosa que llevás en la cabezota es difícil saber que cara tenés. Mirá que sos difícil de convencer – suspiró Roberto- ¿y esa pistola? Si no la sabes usar te puede reventar un ojo o cualquier parte del cuerpo, ya me entiendes… ¿y el nene, y el abuelo? ¿Les vas a hacer daño? Podés estudiar mi oferta, si te vas ahora nadie te va a denunciar, aquí no se te ha visto la cara.
Antonio estaba medio convencido de hacer lo que le decía Roberto, pero le fastidiaba darle la razón a la víctima. En realidad este curro de robar bancos lo mataba a cansancio y seria una buena idea lo de pedir préstamos. Eso le daría prestigio al barrio y la familia lo respetaría más, como si fuera un ladrón de guante blanco. Era una oportunidad de adaptar el negocio a los nuevos tiempos y seria menos peligroso que el robo a mano armada. Además ya no tendría que usar esas malditas medias. Antonio miró hacia a la calle para asegurarse que no había poli esperando y se largó sin decir palabra. A partir de ahora trazaría un plan para hacerse de oro mediante los préstamos sin pagar. Buscaría un falsificador profesional y se compraría un traje bien elegante. Pensaba en la razón que tenía su padre con respecto a los argentinos.
Todos siguieron sin moverse, el ladrón se había ido sin robar, eso era algo inaudito.
Antonio guardó la pistola pero olvidó la media de la cabeza, así que salió a la calle con pintas de ladrón. Iba tan ensimismado con su nuevo plan que ni siquiera le molestaban las malditas medias. Un hombre que se dirigía a la oficina se dio cuenta de la situación. A través del cristal de la puerta vio a un matrimonio debajo de una mesa que levitaba, un abuelo detrás de una planta y una mujer con su bebé llorando. A su derecha un tipo con unas medias en la cabeza se alejaba por la calle. Era obvio, aquello había sido un atraco. Así que el hombre empezó a gritar:
-¡Al ladrón! ¡Al ladrón! – Esos gritos despertaron a Antonio y cuando se dio cuenta de su olvido ya tenía un montón de gente persiguiéndole por todas direcciones. En ése momento echó de menos el tener una pistola de verdad. Igualmente sacó la suya y ésta acción hizo que el mogollón se parara en seco. Pero ya era demasiado tarde para huir, un coche patrulla llegaba a toda velocidad y éstos si que tenían armas de matar. Cuando tuvo los polis delante apuntándole con pistolas de verdad, Antonio bajó la cabeza y dejó caer la pistolita con tanta mala suerte que se disparó. Esto sorprendió a la policía y le dispararon en la pierna. Antonio estaba tan asustado que creía que se moría.
-¡Me muero, ai que me muero! Y todo por culpa del gilipollas del argentino de mierda.¡Ai madre mía! ¡Mamaaaaá!!!
Se lo llevaron al hospital, ése fue su último día como ladrón de bancos. Seguramente en la prisión se dedicaría a estudiar económicas.
Mientras, en el banco, todos seguían inmóviles y ajenos al lío que se había formado dos calles más arriba.
El abuelo fue el primero en salir de su escondite y se dirigió a la ventanilla. Roberto, que seguía con su trabajo como si nada hubiera ocurrido, le miró por encima de las gafas de leer. El abuelo le dijo:
-Oiga, yo quiero un de esos préstamos que no hay que devolver.
-Cómo no, estimado cliente. ¿De cuánto lo quiere?
Elsa Vergés Masriera
Taller Relato

5 comentarios:

Juanmi dijo...

Impecable.

Una transición ejemplar entre el suspense inicial y la intriga acerca de lo que pasará al final en el banco.

Para mi gusto le falta pasión y dramatismo, pero es cosa de gusto personal.

Está bien resuelto, porque ambos personajes concluyen tras el atraco, aunque quizá la situación de Roberto la habría resuelto de otro modo.

Pero muy bueno, eh? Es claro y te lleva de la mano desde el principio hasta el fin.

elena dijo...

Elsa!

Me encanta cómo presentas los dos personajes desde el principio. Me parece muy muy chistosa el desfortunado empleo de Antonio, y la fijación con la media. Logras dibujar perfectamente a ambos con pocos trazos. Y lo mejor, el lector se pone ne la piel de los dos enseguida.

Me reí mucho con el toque cómico del final. Quita hierro al episodio de la media (que se le olvide deshacerse de ella) y remata el relato, lo redondea.

Me ha gustado.

Aula de Escritores dijo...

Me he reidomucho. Dificil encontrar a chicas comicas. felicidades!
irène

Aula de Escritores dijo...

La verdad es que me ha parecido un pelín inverosímil. Cierto es que la realidad supera a la ficción, pero no me acabo de imaginar a un ladrón de bancos con semejante actitud (ni dispuesto a conversar con un empleado ni mucho menos a dejarse convencer).
En cuanto a la construcción del relato me parece muy correcta, especialmente la presentación de los personajes y cómo se van acercando el uno al otro.

Un saludo!
Manuel Santos.

Sonia dijo...

Muy muy divertido, varios momentos son geniales, como cuando el argentino con su retórica convence al ladrón, y éste empieza ya a imaginar lo que será su nueva vida de ladrón de guante blanco, modernizando el negocio, vistiendo trajes caros, respetado por todos, jajajaja. Genial el final, el tipo con las medias en la cara y cagándose en el argentino… he pasado un buen rato leyéndote.