sábado, 27 de diciembre de 2008

EL DESDICHADOR

Ésta es una noche especial. La Señora de la casa lo sabe, y por ello se las ha arreglado para estar sola. Sin que nadie se lo haya dicho, sabe que ha llegado el momento de saldar cuentas y debe de hacerlo en la más absoluta discreción.
Espera pacientemente en una de las salas de estar de la mansión, rodeada de muebles antiguos y robustos, de cuadros con dorados y gruesos marcos. Todos ellos son retratos. El de su marido, un lienzo sonriente de carrillos rojizos. El de su hija mayor, el de sus otros dos hijos. El de ella misma, seria y altiva, con unos ojos grandes pero entrecerrados.
La inmensa lámpara del techo apenas está encendida, pues la luz de la luna llena entra a través de dos ventanales estrechos y erguidos, uno a cada lado de la chimenea. La Señora abre bien las cortinas; está preparada. Mira con serenidad los amplios terrenos de su propiedad, temerosa de no volver a verlos jamás, pero al darse la vuelta y verse por casualidad en uno de los espejos de la pared no hay señal en su rostro de temor alguno.
Hace un último vistazo a lo que ha sido su vida hasta entonces. Observa con dolor contenido los caros jarrones, las pulcras vitrinas, repletas de bienes preciados pero impersonales. Todo cuanto ha ido amasando con cierto despecho, con el fin de hacer creíble una gran mentira.
Después se acerca a un pequeño escritorio y abre los cajones con una llave que nadie más ha tocado desde que fuera hecha. Allí está todo: las fotos de sus hijos en momentos especiales, que nunca ha querido exponer. Los diplomas de éstos, los regalos que le hicieron y que ella disimuló despreciar. Un disco de vinilo con la música que le unió a su marido. El chupete desgastado de su hijo pequeño, que los demás creían perdido. El primer cuento que le compró a la mayor.
Puede que no salga viva de ésta noche, pero al menos sabrán la verdad, piensa la Señora. Por si acaso, ha dejado una carta explicativa sobre el propio escritorio, justo debajo de la pesada llave bañada en oro. El momento se acerca. Lo sabe. Lo siente. Cierra los cajones y se sienta en el sofá, a la vista de unos ventanales que bien podrían parecer la vertical mirada de un gigantesco felino. Respira hondo. Llueve desde hace días, pero hoy el agua cae densa, y constante; imposiblemente vertical, como si cada diminuta gota pesara un mundo.
Al poco se oye una voz que parece alojarse en el hueco mismo de la chimenea, en algún rincón entre la oscuridad y los troncos calcinados.

- Largo tiempo ha pasado desde hablamos por última vez – dice la diminuta voz -. Pero ha llegado el día en que debemos cobrarnos aquello que se nos prometió, pues el dolor y la desdicha no pueden ser apartados para siempre y durante mucho tiempo los hemos alejado de aquellos a los que amas.
- Haz lo que tengas que hacer, criatura oculta. Lo acepto.

La Señora de la casa se levanta, firme y erguida. Enseguida vuelve a hablar la negra voz, que ahora parece reptar bajo los muebles, a los que ella mira en vano, con disgustada curiosidad.

- Abrazas tu destino a la ligera. Sin embargo nada sabes de lo que te espera; salvo que no te será agradable. Tus hijos han crecido sanos y fuertes, junto a un poderoso cobijo y una sonriente fortuna. Ya intuiste que muchas cosas debían de haberles sucedido y que sus vidas serían hoy muy distintas de no ser por tu sacrificio.

Ahora suena la voz bajo el sofá, justo a los pies de ella, que se sobresalta ligeramente.

- Más nunca han podido saber de tus pactos, ni tampoco del amor y la alegría que sentías por su favorecido destino; así te lo exigimos en su día. Ha sido un duro precio. Y lo seguirá siendo, pues ésta es mi condición. Nunca sabrán tus hijos del amor que les profesas y seguirán pensando que jamás les has tenido en alta estima. Sufrirán al sentirse abandonados, porque también me llevo hoy tu cuerpo de carne. Y todo esto lo verás con tus propios ojos y lo oirás con tus propios oídos día tras día sin poder hacer nada más. Esta es mi decisión.

La Señora siente un cosquilleo por todo el cuerpo y cree desvanecerse. Lo último que ven sus ojos de carne es la llave junto al escritorio, bien visible, sobre la carta, y luego la negra noche a través de la ventana, llena de gotas serenas que brillan frente a la luna. Cuando vuelve a ser capaz de ver y oír, lo hace desde el lienzo de la pared, desde su propio rostro impertérrito e inexpugnable. No podrá nunca hacer otra cosa más que observar con delirante impotencia. Su cuerpo ya no está presente en la sala.
Desde allí ve como la criatura se va. Más no lo hace sola, porque la acompañan la llave y la carta que la Señora de la casa había dispuesto como explicación. Al tiempo, un escrupuloso vendaval hace que el contenido secreto de los cajones atraviese la madera del escritorio y salga despedido hacia la nada a través de la chimenea.
Desde allí, la imagen imperturbable de la Señora asistió a la perplejidad de sus hijos por una desaparición inexplicable. Desde allí asistió a las charlas sobre el desprecio que siempre les ha tenido y el odio por un abandono que nunca entendieron. Hasta que, pasados unos años, el cuadro fue descolgado de la pared y encerrado en un sótano. Allí pasó la Señora sus días, recibiendo la sola visita del negro desdichador, quien desde los rincones le informaba puntualmente de lo maravillosas que eran las vidas de sus hijos; y de cuanto la odiaban.

Manuel Santos
Taller de Escritura Creativa
(versión sin corregir).

6 comentarios:

milagros dijo...

Supongo que es una venta del alma, ¿no?, el encuentro con la muerte.
Me ha encantado.
Felicidades.

Juanmi dijo...

Me ha encantado.

Me ha gustado la historia, pero sobre todo el personaje.

La capacidad de sacrificio, incluso a despecho de la opinión que los demás puedan tener de uno, máxime si es una madre y sus hijos, me parece digna de aplaudir. Aunque hay que procurar no vender el alma, la renuncia es la prueva de amor más grande que hay. He visto eso entre estas lineas y por ello te aplaudo.

Muy bueno, si señor.

elena dijo...

Me ha parecido fascinante, en serio.

Me imaginé a la perfección el sufrimiento de la madre, aunque ella permanece imperturbable. No hacen falta más detalles: el solo hecho de lo que ha tenido que pasar es ya tremendo.

Sobre todo, me gusta la descripción: esa forma de matizar a la muerte como un halo negro que resbala por la habitación... los cajones, las ventanas, la lluvia vertical. La atmósfera es palpable, huele a vacío, a sombrío... creo que llegas muy bien al lector con la descripción.

Reconozco que he sentido un escalofrío cuando el espíritu de la madre se posa detrás de su propio retrato. Intenso y contundente...

Enhorabuena.

Manuel Santos dijo...

Gracias!
Aunque... bueno, hasta que me lo habéis dicho vosotros no me había planteado que "aquello" sea la Muerte. Más que nada porque ella no muere, en realidad, sinó que pasa a vivir dentro del cuadro (bueno, muere su cuerpo, pero sigue siendo ella, por lo que no creo que "técnicamente" esté muerta, jejeje).
Más bien había concebido a "la criatura" como una entidad inclasificada, llena de secreto y oscura pero dificil de definir.

Bueno, no me enrollo más.
Saludos a todos!

Sonia dijo...

Qué fuerte! En cuanto he leído lo del alma atrapada dentro del lienzo me ha venido a la mente la imagen de algunos retratos que conozco que realmente parece que tengan vida tras la pintura, y que a mí al observarlos me generan mucha angustia. Ahora los miraré con otra perspectiva, quien sabe lo que se esconde tras de ellos...

Me ha encantado. Es muy original y además plantea un tema muy interesante: ¿Quien estaría dispuesto a entregar tanto sin que la entrega fuera nunca reconocida? ¿y con un castigo semejante? Es que es muy fuerte, es tremendo! Vivir eternamente tras un lienzo, que angustia! Un amor tan generoso y sacrificado me parece a mí que tan solo lo puede dar una madre.

Juanmi dijo...

Ah, Manuel, que se me olvidó decirtelo...

Has acertado con el título, esta vez sí, me ha encantado.