sábado, 7 de marzo de 2009

Una vida nueva

Basta! Hoy o nunca! Ahora si, podía sentirla: una fuerza superior impulsándola. Aquel día comprendió de pronto que toda una vida había pasado para ella y que toda otra la esperaba para comenzar. La excitación de un nuevo rumbo, de una etapa flamante a estrenar, un camino infinito por delante, un muro inmenso y macizo detrás. Nada para contemplar ni recordar, todo para concebir; una renovada fundación de su existencia.
La sensación era algo difícil de corporeizar en acción, de poner en movimiento. Ella seguía siendo la misma y la vida a su alrededor, también, pero nada era igual aunque todo lo fuese.
Se encontró sentada en la cama aún antes de que el despertador hubiese sonado preguntándose cómo atreverse a vivir esa nueva percepción que la propulsaba: por dónde se empezaba a cambiar, cómo, qué era un cambio, qué se hacía con los hábitos y los movimientos rutinarios. De qué forma uno no se ponía las pantuflas y no iba al baño y no hacía pis y no se cepillaba los dientes y no, y no, y no, cada una de las mil mini ceremonias impensadas y automáticas de cada mañana.
Si inauguraba un plan opuesto a lo corriente ¿en cuánto tiempo volvería a repetir un patrón de actuación cotidiana en lugar de cambiar de forma de vida? No eran los ritos ni las acciones, sino algo más imperceptible y secreto que la motivaba; era precisamente esa misma sensación de urgencia de cambio lo que bastaba. Era eso. Por ahora, sólo eso: su propia urgencia.
Se levantó en puntas de pie para no despertar a nadie, ni a su marido, ni a sus hijos, ni a los gatos, ni a una mosca. Pero con los gatos ya se sabe, uno no puede decidir, son ellos, pensó mientras la seguían por el pasillo que llevaba al cuarto de baño.
Fue entonces que escuchó el Riiiiiiiinnnnggggggggg. “Maldito despertador!!” Pensó con ganas de gritar fuera de sí mientras corría a apagarlo y contenía el impulso de estrellarlo contra la pared. Sus delirios de renovación hubiesen logrado el primer cambio de su vida, aunque algo caro e indiscutiblemente inútil. “Maldito despertador” le susurró con antipatía mirándolo fijo y ratificando que hoy, como siempre, los primeros minutos de su día volvían a teñirse de rabia, de mufa, de las eternas no ganas de empezar la jornada.
Cuando hubo comprobado que milagrosamente nadie se había despertado, volvió sobre sus pasos y se encontró camino al cuarto de baño. En aquel momento recordó: “No hacer automáticamente lo de todos los días” y entonces dio media vuelta para no entrar en el baño como todos los días, y dirigirse en cambio a otra parte del departamento… Se quedó dudando un segundo, dos, tres… “Voy al balcón” decidió. Abrió el ventanal que daba sobre la avenida, respiró hondo y supo que no podría quedarse mucho tiempo allí porque hacía frío, y porque irreversiblemente necesitaba hacer pis. Cerró el ventanal y volvió por el pasillo hasta el baño.
Se quedó sentada en el inodoro unos minutos, varios, muchos, no supo, hasta que la claridad que comenzó a entrar por la ventilación le anunció que ya era la hora de comenzar la jornada habitual. Se quedó allí aún unos segundos. Hoy tenía que ser diferente. Hoy sería todo diferente.
“Hoy no despertaré a nadie, no prepararé desayunos, no sonreiré un “buenos días señor” a mi jefe ni a nadie que no soporte, hoy no toleraré exigencias, ni golpes ni insultos. Hoy no haré nada que no tenga ganas de hacer, no aguantaré mis deseos de hacer lo que me plazca, será mi primer día propio, todo mío y no volveré a ser lo que no quiero ser.
Me vestiré y saldré sin despertar a nadie, viviré el día desde el principio como un estreno de mi misma. Caminaré sin rumbo, me sentaré en un café para mimarme con un desayuno preparado por otro, miraré la gente pasar mientras pienso como celebrar este nuevo nacimiento. Iré a la estación y tomaré el primer tren que salga, no importa a dónde. Quiero no saber, no planificar, solamente dejarme sorprender. Iré donde me lleven mis ansias, descubriré, me gustará o no, pero lo haré porque me lo permito, porque nada ni nadie me lo impone o me lo impide”.

Un maullido la empujó de vuelta a la realidad de su inodoro y su cuarto de baño. Se puso de pie y percibió su expresión de desamparo en el espejo, sonrió tristemente una vez más.
Mañana quizás, se prometió, mientras el espejo le devolvía las canas y las arrugas acumuladas todos estos años desde aquel primer día cuando creyó que se podía empezar de nuevo.

Graciela Rodríguez – Curso de Composición Literaria

7 comentarios:

Judi Cuevas dijo...

Hola Graciela

Creo que tu relato es verdaderamente auténtico y real porque todo lo dejamos para mañana y a la vez nosotros mismos nos encargamos de que ese mañana nunca llegue dándonos cuenta de repente que tenemos canas y que quizás hoy ya sea demasiado tarde! Podrías haberle dado una oportunidad a esta protagonista, pero ha sido acertado no dársela porque se plantea un acto muy difícil con el que no bastan solo las intenciones.

Está muy bien la reflexión que planteas :)

Irène dijo...

Graciela,

me ha gustado mucho tu relato. Es muy justo, bien descrito y traduce con perfección las diferentes emociones de la protagonista.

Felicidades!

Ignasi Raventós dijo...

Hola Graciela:
Está muy bien expresada el deseo de cambio de la protagonista y la fuerza con que lo describes. Retratas a una persona que no se conforma con su presente y basa su felicidad en otro estadio de su ser... como hace todo el mundo que vive dominado por su mente
Pero creo que faltan dos cosas: primero ¿qué le lleva a desear ese cambio?. Creo que si no lo explicas, no haces sentir al lector la necesidad de cambio. ¿Está aburrida de su vida conyugal? ¿su marido la maltrata? ¿sus hijos se han hecho mayores? Pienso que describir su situación ayudaría al lector a comprender e identificarse con la protagonista.
Después están esos pequeños detalles que encuentro un poco superficiales. Creo que uno no desea un cambio en su vida sólo para cambiar los hábitos y movimientos rutinarios. Pienso que deberían ser un poco más profundos...no sé... se puede desear un cambio para ser más libre, para acometer los sueños olvidados, para hacerse respetar....
...es sólo mi opinión...

Un saludo

milagros dijo...

Un relato que se expresa perfectamente, haces que se entienda esa desesperación de la protagonista por un cambio en su vida.
Lástima que no tenga el valor alguna mañana de hacer su sueño realidad.

Sonia dijo...

Hola Graciela,

Me ha encantado tu relato. Yo, en contra de Ignasi, no veo tan necesario el detallar el motivo por el que la protagonista necesita el cambio, pues igualmente consigues que el lector se identifique con la protagonista y con el asqueo que le provoca su rutina. En lo que sí que coincido con Ignasi, es en que me parece extraño que ese deseo de cambio se manifieste en esos pequeños detalles que no tienen importancia y que no se pueden cambiar, como la necesidad de ir al baño por la mañana. Quizás yo incidiría más en lo que realmente desea cambiar de su vida. Y el final, aunque triste, me gusta.

Marien dijo...

Hola Graciela,
Me gusta tu relato por lo que de real y fatalista tiene, pero la vida es así. Tampoco hacen falta grandes excusas para querer cambiar.
Reflexionaremos.

Graciela dijo...

Hola a todos!!! Muchas gracias por vuestros comentarios. Es la primera vez que muestro algo escrito por mí y me ha encantado saber que fue leído y que no estaba tan mal.
Por supuesto soy conciente de todo lo que se puede mejorar y les agradezco por las ideas.
Hasta pronto!!
Graciela