martes, 24 de marzo de 2009

ÚLTIMA TRAVESÍA

Omar se encontraba recogiendo los aparejos de pesca y amontonándolos cerca de la chabola que le servía de hogar a él, a su hermano mayor, sus tres hermanas menores y a su padre y. Omar a sus 16 años ya era experto en estas labores.
Ese día el tiempo era plácido, soleado pero no muy caluroso, algo que se agradece cuando se vive en la costa mauritana, sin embargo todo pareció oscurecerse cuando su padre le planteó la necesidad de emigrar como único medio para salir de la insoportable situación económica en la que se encontraba su familia. Omar escuchó de boca de su padre como en España las cosas eran mucho más fáciles.
Así las cosas, reunieron los 2.000 euros necesarios para pagar el viaje, toda una fortuna y pactaron con Yusuf el viaje de Omar. Yusuf era un delincuente dedicado a cualquier negocio lucrativo y amigo del hermano mayor de Omar.
Al atardecer de un día de primavera en el que la luna no les iluminaría, Omar fue llevado por su hermano al punto de encuentro convenido con Yusuf, que a la sazón era uno de los patrones del cayuco. Omar vio cambiar de manos un mazo de billetes y así, con ese nimio y fugaz gesto su vida pasaba a depender de un individuo del que nunca se había fiado.
Su hermano se despidió de él con cariño, pero no tanto como cabría esperar dada la situación, le dio una bolsa con unos cuantos litros de agua y unas galletas, alimentos que debían ser suficientes para cinco días de navegación.
Yusuf a partir de ese momento y sin mostrar un mínimo de amabilidad tomó el mando de la situación. Llevó a Omar junto a los otros 33 pasajeros del cayuco que se encontraba amarrado en la playa: 20 metros de fibra de vidrio al que habían dado forma de embarcación. Omar era el mas joven, y desde luego el más asustado.
Por la noche iniciaron la travesía, Yusuf en el mejor lugar de cayuco se echó a dormir a pesar del estruendo del motor, el segundo patrón, un amigo suyo de la infancia, tomó el mando de la embarcación, que manejaba magistralmente. Ambos impusieron su ley en el cayuco, y se notaba tanto en el modo de actuar, como en el revólver que Yusuf llevaba en el cinturón.
Las primeras 24 horas de navegación pasaron sin incidentes, la emoción del viaje y las perspectivas creadas eclipsaban el miedo, mantenían un relativo buen humor a pesar de los mareos que los ocupantes sufrían continuamente, todos excepto Omar y los patrones que estaban acostumbrados a navegar.
Omar entabló cierta amistad con Hadmed, situado a su izquierda y que como todos los demás procedía del interior de Mali.
El segundo día de navegación se complicó la travesía, el Atlántico se revolvía, el cayuco se encabritaba y resultaba difícil mantenerse agarrado para no caer al agua. El agotamiento iba dejándose notar en los pasajeros que traían a sus espaldas varios meses de viaje, penalidades y hambruna. Los patrones permanecían al margen del malestar que invadía el cayuco, no les afectaba lo más mínimo ni el estado de los pasajeros ni el hedor que ya emanaba de la embarcación.
El tercer día empeoró aún mas la situación, la deshidratación hizo mella en varios ocupantes, no en Omar que se las arreglaba para hidratarse y desde luego tampoco en los patrones que disponían para ellos solos de un buen bidón de agua, que por supuesto no compartían.
El mar no daba tregua, el cayuco navegaba más despacio de lo previsto, no solo por el oleaje sino también por el sobrepeso de la embarcación. Con el ánimo de reducir los riesgos y aprovechando la oscuridad de la noche, Yusuf tiró por la borda a varios de los ocupantes, los más débiles, moribundos que no podían ofrecer resistencia, nadie se dio cuenta de ello excepto Omar, que le recriminó tal acción y abalanzándose sobre Yusuf intentó detenerle, pero no pudo evitar un puñetazo que alcanzando su rostro le hizo perder el conocimiento. La vieja amistad de Yusuf con su hermano le había salvado la vida porque a buen seguro, de ser otro en lugar de Omar, lo hubiera matado sin vacilar.
Cuando Omar despertó, vio a Yusuf discutir fuertemente con el segundo patrón, que no estaba de acuerdo en tirar por la borda a nadie que no estuviera muerto. En medio de la discusión Yusuf tomó su revolver y disparó dos veces sobre su compañero, una vez más Omar intentó tímidamente intervenir, pero es difícil hacerlo contra un asesino que tiene un revólver en la mano.
Yusuf cogió un mazo de billetes del bolsillo de su víctima y tiró el cadáver por la borda. Al cabo de un rato, cuando Omar pudo pensar se dio cuenta de que había sido el único en intentar algo contra Yusuf, es más, se dio cuenta de que en realidad se encontraba totalmente solo en una embarcación de 20 metros son 27 personas a bordo, y esta sensación le horrorizó.
La cuarta jornada de navegación aún fue mas dura, el motor se averió y quedaron a la deriva. El número de pasajeros seguía descendiendo y a nadie parecía importarle, a excepción de Omar que aunque se sentía relativamente seguro, sabía que Yusuf no dudaría en deshacerse de él si se daba el caso. La angustia y el miedo a Yusuf se apoderaba de Omar poco a poco, sin embargo también sabía tener paciencia y sólo tenía que aguantar un día más, al menos eso creía él, para pisar tierra firme y perder de vista a Yusuf.
Finalmente fue Omar quien arregló el motor, pero las corrientes habían arrastrado el cayuco decenas de millas fuera del rumbo original y corregirlo costaría dos o tres días más de navegación. Omar intentó convencer a Yusuf de la necesidad de compartir su bidón de agua para salvar las vidas de los ocupantes que aún quedaban en el cayuco. Yusuf se negó rotundamente, sólo preocupado por su propia vida amenazó a Omar con el revólver, Hadmed que se encontraba cerca de ambos intercedió por Omar, lo hizo tímidamente porque sus fuerzas no le permitían casi ni ponerse en pie, pero fue lo suficiente para provocar más aún a Yusuf, que apuntando a Hadmed con el revólver disparó dos veces contra él matándole en el acto, y casi inmediatamente le empujó fuera de del cayuco. Omar vio el cuerpo inerte de su amigo flotado en el mar y la ira se apoderó de él, se abalanzó sobre Yusuf que soltó sin querer el revólver, pero tuvo tiempo y reflejos para sacar un cuchillo que mantenía guardado bajo la camisa.
Cogiendo a Omar por el cuello se disponía a degollarle cuando un disparo resonó de nuevo en el cayuco, un pasajero anónimo y casi moribundo había cogido el revolver del suelo y había disparado a Yusuf, éste mirando incrédulamente a su verdugo cayó muerto sobre Omar. Esta vez era el cadáver de Yusuf el que flotaba en el Atlántico.
Omar no perdió tiempo, tomó el bidón de agua y algo de pan que aún quedaba de los víveres de Yusuf y lo racionó entre los escasos sobrevivientes, tomó el GPS de Yusuf y puso rumbo a Las Canarias.
Fueron dos interminables días de navegación, pero dos días en los que las 16 personas que aún sobrevivían pudieron respirar tranquilas, sabiendo que nadie les empujaría al mar y que Omar, a pesar de que sus fuerzas ya flaqueaban, se ocuparía de sus maltrechos cuerpos.
La Cruz Roja les estaban esperando en la playa cuando el cayuco tropezó con la arena, ninguno hizo el más mínimo movimiento para intentar salir del cayuco, ni tan siquiera para levantarse, no tenían fuerzas.
Omar consiguió su objetivo y no fue repatriado.


Pedro.

4 comentarios:

Aula de Escritores dijo...

Pedro,

Vaya pedazo de relato, me da la piel de gallina. buen bien escrito, muy real y muy bien contado. Y un final feliz, qué más se puede pedir?

Bravo!
Irène

Joan Villora dijo...

Una historia clara, completita, actual, con suspense, denuncia, acción, en definitiva: buena.

Sólo te sugeriría que intentaras que el final no fuera tan abrupto; siempre queda mejor un final en escena, y, ya teniéndolo, añades un resumen muy corto, que aunque sea un final feliz, quizá quede algo forzado y tal vez ni te haga falta.

Siempre a mi entender, no te fíes demasiado. Espero que mis sugerencias te sirvan.

Joan

Judi Cuevas dijo...

Hola Pedro,

desdeluego sabes narrar una historia. Sigues un orden muy claro y en un relato tan largo en el que pasan muchas cosas haces que el lector no se pierda.

Por otro lado, creo que a tu historia le falta emoción. Es como si hicieses una pincelada de los sucesos pero no te adentras en ellos. Pasan cosas muy fuertes, abandonar una tierra, un cayuco, el océano, disparos, tirar cadávares al mar y lo cuentas como si no pasase nada! como si el protagonista no tubiese sentimientos (bueno, yo lo veo así, será que soy muy emotiva), tan sólo dices que se sentía solo entre tanta gente o que él era el único que hacía algo contra el patrón.
Quizás si estas cosas tan impactantes las narrases en escena, las hicieses más visibles (la pelea, la muerte del amigo) conseguirías que el lector impatizase más con el protagonista y se alegre de que después de todo lo que ha vivido él llegue sano y salvo a la playa.
Pero esta es mi opinión y como dice Joan, no te fies mucho de ella.

Un saludo :)

Ignasi Raventós dijo...

Hola PEdro.
El tema de tu relato es muy bueno y sobrecogedor. La de historias de cayucos que podrían contarse. Tu relato es una mirada a esas miles de vidas que se han perdido en los mares que nos separan.
Permíteme que te diga que estoy con Judi. Pienso que lo narras desde la distancia y que un drama de estas magnitudes obliga en cierta forma a ahondar mucho más en los sentimientos.
Creo que te ayudaría usar la voz de un narrador omnisciente que nos metiera más en la piel y en los pensamientos del personaje.
Pienso esto, igual hay otra forma.

Recibe un cordial saludo