lunes, 2 de marzo de 2009

El Vecino

Se despertó sobresaltado por el sonido de los cristales rotos. Tomó su bata, buscó a tientas las zapatillas y se preparó para salir de la habitación. No quiso encender las luces, seguro de que había alguien afuera, esperándolo. Se detuvo en el umbral de la puerta y escuchó, con la respiración acelerada, el silencio profundo que había seguido al estruendo anterior. El corazón le latía con tal fuerza que no le permitía pensar. Estaba convencido de que alguien lo observaba y, aunque la casa estuviera en penumbras, el ruido de sus latidos habría ya delatado claramente su presencia. Permaneció allí unos minutos – o tal vez más – hasta que sus piernas empezaron a cansarse y tuvo que sentarse. Al hacerlo, sintió los trozos de vidrio en el suelo que le cortaron el pijama y se clavaron en sus piernas. Tuvo que apretar los dientes para ahogar el gemido que estuvo a punto de soltar. Eso, sin duda, hubiese sido fatídico. Por unos segundos se enorgulleció del control que era capaz de ejercer sobre sí mismo. Y pensar que todos los consideraban un cobarde de voluntad dudosa. Si lo vieran ahora, callado, aguantando el dolor punzante… El aire se había vuelto frío. Pensó en levantarse a buscar un abrigo pero la oscuridad lo intimidó. Se preguntaba por qué no escuchaba nada. Seguramente su adversario estaría sentado en silencio, esperando a que él cometiera algún error. Pero eso no sucedería. No esta vez.

Sus ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad. Podía ahora distinguir las sombras de todos los objetos que había en su habitación. Nada parecía moverse, ni siquiera el aire. Sintió la sangre correr por sus piernas y entonces recordó el ruido. Había supuesto que se trataba de una ventana pero, de ser así ¿por qué había vidrios en su habitación? Ésta no tenía ventanas – eso hubiese sido un descuido imperdonable – y él era demasiado astuto como para dormir expuesto al mundo exterior. Sobre todo después que se mudara aquel hombre al apartamento contiguo. “Claro”, pensó, “es el vecino neurótico quien ha entrado a mi casa”. Hacía meses que Roberto intentaba entrar con pretextos fútiles. Primero pidió un poco de azúcar, luego unos huevos, llegó, incluso, a pedir el teléfono con la excusa de que el suyo no funcionaba. Menos mal que él, con su inteligencia inigualable, había comprado uno inalámbrico y pudo pasárselo a través de los barrotes de la puerta. Deseó entonces haber llamado a la policía cuando lo pensó por primera vez. Era ahora demasiado tarde. Ya había entrado y estaba esperándolo en algún lugar del pequeño apartamento. ¿Qué querría? ¡Qué pregunta tan tonta! Matarlo, sin duda… pero no lo lograría. Ya lo habían intentado tantos otros sin éxito. Él era mucho más listo que todos, aunque el mundo lo considerara un mequetrefe. Sin embargo, éste nuevo adversario tenía mérito. Hacía horas que lo acechaba en silencio, en el más absoluto silencio.

El dolor de las cortadas comenzó a hacerse insoportable. Los vidrios se habían clavado profundamente en su piel. Los vidrios, la ventana, el ruido. Volvió a pensar en el ruido. Si los vidrios estaban en el piso de su cuarto entonces… entonces era evidente que también debía estarlo su vecino. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo había perdido tanto tiempo sentado allí al lado de su asesino? Los latidos se aceleraron de nuevo, un terror helado le recorrió el cuerpo. Trató de levantarse de prisa mas las piernas, debilitadas por las heridas, no lo sostenían. Intentó buscar algo en qué apoyarse pero no lograba ver bien a causa de la oscuridad. Extendió los brazos y sintió un poste que parecía sólido. Se aferró a él con fuerza y comenzó a impulsarse hacia arriba. Entonces escuchó nuevamente un ruido ensordecedor y sintió el cuerpo fornido de su vecino caer sobre él. Lo invadió un temor intenso. El mismo temor en el que había vivido toda su vida, un temor paralizante que le había impedido salvarse. Sonrió, sin embargo, al darse que cuenta que sentía, por vez final, esa humillante sensación. Respiró hondo y se resignó. Esta vez el enviado de la muerte había logrado cumplir su misión.

A la mañana siguiente llegaron los bomberos. Tardaron varias horas en cortar la reja de hierro que bloqueaba la puerta del apartamento. Cuando finalmente pudieron entrar lo encontraron tirado en el suelo, debajo de una silla caída y tendido sobre los vidrios de un vaso roto. El forense determinó que había muerto de un infarto. Explicó que, seguramente, había intentado levantarse al sentir el dolor, tirando al suelo el vaso que estaba en su mesita de luz y tropezando con la silla antes de caer.

Como no tenía familia, Roberto ofreció ocuparse de todo. Tomó el dinero que el viejo escondía en el armario, pagó el entierro y guardó el resto para él. Después de todo, se lo merecía por haberlo aguantado durante tantos años. Un par de semanas más tarde decidió mudarse. Alquiló un apartamento en otro edificio de ancianos. A nadie le llamó la atención que no tuviera equipaje, tan sólo un vaso y una silla.

Paula Martínez Streignard

6 comentarios:

milagros dijo...

Al principio parece la reflexión de un paranoico muy bien llevada, con un final que no me lo esperaba.
Me ha gustado mucho.

Marien dijo...

Me ha sorprendido el final,lo vas preparando hasta que llega sin que se sospeche. Describes muy bien lo que va pensando y sintiendo el futuro fiambre. Me gusta el final inesperado.
Marien

MAR SOLANA dijo...

Me ha gustado mucho tu relato, Paula, las descripciones son muy buenas y conduces muy bien al lector hasta ese final tan inesperado. Me ha sucedido igual que a Milagros, parecían los pensamientos obsesivos de un paranoico, sin embargo... nada es lo que parece ¿verdad amigos?
Tan sólo una pega muy pequeñita, ¿podrías poner el tamaño de fuente más grande para el próximo relato? es que soy un poco rompetechos :)

Mar

Aula de Escritores dijo...

Hola chicas, pues mil gracias por sus comentarios. Todos muy alentadores! Me encanta saber que habeís entendido perfectamente lo que intentaba transmir. Lamento mucho lo del diminuto tamaño de la letra, pero ya he aprendido para la próxima :)

Juanmi dijo...

Pues si, un buen relato, de esos en los que crees tenerlo todo claro hasta que el desenlace le da la vuelta.

Vaya tela con Roberto caza-ancianos... Y es que el crimen perfecto (como se declara en el film "Los Crímenes de Oxford") no es el que no se resuelve nunca, sino el que se resuelve con un falso culpable, en este caso, el infarto.

Muy bien, la idea es buena y está bien desarrollada. Se lee con facilidad y te mantiene en tensión.

Judi Cuevas dijo...

Hola Paula,

me ha hecho mucha gracia el principio: ante el miedo y la expectación creo que nadie se entretendría en ponerse las zapatillas y la bata!!
Por otro lado creo que es muy valorable la atmósfera que consigues, pues vas leyendo y te metes en la habitación, en la oscuridad y en el silencio y haces que el lector esté ansioso por saber qué va a pasar, vas creando una tensión muy buena con los hechos y con lo pensamientos.
Y como no, el final es muy bueno, dando sentido a todo lo que ha pasado durante el relato.
Está muy bien Paula!!