sábado, 28 de marzo de 2009

El azul de mis venas

La llama azulada del fogón es de un fuego tan frío como mi sangre. Hoy se cumple una semana desde que enterré a mi hijo; pero él no lo ha mencionado ni una sola vez.

—¡Paloma! ¿Dónde está mi café? —grita mi marido, Fermín, levantando la voz entre los últimos compases del “Cara al Sol” de la radio. Hoy es el vigésimo aniversario del alzamiento nacional.

Saco la cafetera del fuego y lleno una taza; la pongo en una bandeja, “como tiene que ser”, y salgo de la cocina, no sin antes verme reflejada en las ollas. ¿Desde cuando soy esa vieja gruesa y ojerosa?

—¡Paloma! —vuelve a gritar Fermín, fustigándome con su voz.

Lo único que recibí de él fue mi hijo, Pablo. Y me lo ha quitado.

Cuando llego a la terraza, sólo me saludan los trinos de las golondrinas. El viejo esta sentado junto a la mesa redonda de mimbre: encorvado, ceñudo y con la mirada clavada en el periódico.

Se ha puesto su odioso uniforme de la falange.

—Ya era hora. ¡Siempre tan lenta para todo! —dice, chasqueando la lengua en señal de disgusto.

—¿Porqué te has puesto el uniforme?

—¡Por que el azul de esta camisa corre por mis venas! Ya lo sabes.

Ese azul, ese veneno, no es el único que corre por sus venas; el mío está en el aire que le envuelve, en el mismo cielo, en el mar que se ve y oye desde la terraza.

Mirando las arrugas que se le marcan en las mejillas de su rostro enjuto, me pregunto que vi en aquel hombre bajo y de bigotito ridículo. Como cada tarde, toma la bandeja y ni me mira.

Pero hoy el timbre de la puerta me deja helada.

—Buenas tardes, señora Pardo. ¿Como se encuentra?

El fornido joven de elegante traje a rayas que me sonríe en el umbral es Alberto, el niñito rubio de grandes ojos claros que me pedía caramelos cuando yo aún trabajaba en la farmacia de su familia. Apenas un año antes, había regresado de la ciudad con la carrera de medicina terminada y el deseo de conservar el negocio familiar a la muerte de su padre. Mi marido le admiraba por ello: incluso le sugirió que tomara a Pablo como dependiente “para hacer de él un hombre de provecho”. Fue el fuerte brazo del joven el que me sostuvo en el entierro; sus ojos los que lloraron a mi hijo, mientras Fermín evitaba asistir fingiendo estar enfermo.

¿Cómo cerrarle la puerta, a pesar de todo?

—Ya lo ve. Vamos tirando ¿Qué otra cosa podemos hacer? pase, no se quede en la puerta —digo, mientras me muerdo los labios, le cojo del brazo y le guío por el estrecho pasillo hasta la terraza.

Mi marido nunca ha sido amante de las visitas; pero un cierto servilismo le obliga a bajar el volumen de la radio y levantarse a recibir al antiguo jefe de su hijo.

—Siento que no pudiera asistir al entierro. Quería darle mi pésame personalmente —le dice el joven, estrechándole la mano.

—Muchas gracias —responde Fermín, en un susurro.

—Fue un buen trabajador. Nunca me dio un motivo de queja. Aunque entiendo que trabajar en una farmacia no podía compararse con su sueño de ser pintor. Tenía una gran sensibilidad.

Ante la sorpresa de Alberto, la cara de mi marido se torna roja en un instante.

—¿Sensible? ¿Qué insinúa con sensible? ¡Un hijo mío… nunca! ¡Antes…!

No puedo contenerme.

—¡Antes muerto! ¿Verdad? —grito fuera de mí— ¡Desde que viste sus dibujos ya no podías seguir engañándote! ¡Esas fuertes manos que parecían salir del papel, esas espaldas de músculos tensos y vivos!

—¡Calla desgraciada!¡No estamos solos!

—Él jamás te hubiera alzado la mano; pero tú casi lo matas de la paliza. Le humillaste, le dijiste que no volviera hasta que te demostrara que tenía sangre en las venas. ¡Le mataste!

Mi marido aún tiene las fuerzas suficientes como para tirarme al suelo de una bofetada.

—¿Fue el día que le encontró muerto en la bañera? ¿Fue ese día?—exclama Alberto, mirándome y agarrando a Fermín por la camisa.

Asentí. Cuando le encontré, el cuerpo desnudo y frío de Pablo se reflejaba en las baldosas, ya por siempre azules: se había cortado las venas con la navaja de afeitar de su padre.

En aquel momento morí y el azul entró en mi carcasa reseca, ya vacía y helada.

—¡Hijo de puta! ¡Desgraciado! Debería…

Alberto calla. Ha visto los dedos de Fermín, cuyas uñas azuladas me delatan ¿Habrá comprendido el propósito real del cianuro que le pedí? Ya todo me da igual, no me importa que se sepa que ahora que mi hijo había perdido su vida gota a gota, Fermín estaba perdiendo la suya taza a taza.

—Incluso quemó todos sus dibujos. No dejó ningún recuerdo que pudiera conservar.

Incrédula, miro la expresión dura con la que el joven mira a mi marido; nunca hubiera pensado que aquellos ojos pudieran ser de un azul tan oscuro e intenso.

—Déjale Alberto. Es mi marido —digo, cogiendo el hombro del joven.

Era yo la que me había dejado engañar por aquel sargento de los nacionales que me hablaba de su soledad y siempre tenía una palabra amable. En cuanto nos casamos, me hizo abandonar mi trabajo en la farmacia: una sirvienta y una puta era lo que buscaba.

Alberto termina por soltarle.

—¡No se atreva a volver a tocarme! ¡Y… si cuenta algo de esto, yo…! —grita el estúpido de mi marido.

—Usted ¿Qué? ¡Como le vea un solo cardenal a su mujer, ese será el menor de sus problemas!

—Se acordará de esta, hijo de rojos. ¡No vuelva a esta casa! ¡Paloma, enséñale dónde está la puerta! ¡Y no te entretengas! tráeme otro café ¡Este está helado!

Mi marido se sienta con dificultad. Yo voy tras Alberto; cuando éste llega a la puerta, la abre y sale sin volverse a mirarme. Pero, tras un instante de vacilación, se detiene en el umbral.

—Cuando él muera, llámeme; recuerde que soy médico… y un amigo.

Asiento con la cabeza, aunque no me mira.

—Ojala supiera expresarle cuánto amé a su hijo.

Paralizada, reconozco aquellas fuertes espaldas, aquellas manos tan bien dibujadas.

“No olvide llevarle el café” le oigo decir antes de que se cierre la puerta.

Ejercicio sobre Binomio Fantástico: Azul y Resquemor

Joan Villora Jofré

9 comentarios:

Irène dijo...

Joan,

!Vaya binomio, es fantástico!
La recurencia del azul me gusta, como un leitmotiv en todo el relato. Morir "gota a gota y taza a taza" , me encanta esta expresión. Pedazo relato, la verdad.
Una sugerencia: ¿el final podria ser diferente, quizás?

Irène

Mar Solana dijo...

¡Qué triste tu relato, Joan!
Está muy bien hilado el binomio: azul y resquemor, no sé, pero tiene un aire a corto de Almodóvar de los 80 :-) El personaje de Paloma podría ser muy bien Carmen Maura, todo el día entre ollas y con un marido al que detesta, amargo como la hiel.
Sin embargo, Joan, me faltan descripciones, quizás intercaladas entre los diálogos, que sí son más abundantes, de ahí que me parezca el guión para un corto :-)
Bueno, y el final ¿un pelín precipitado?
Me ha gustado leerte, compañero.

Sonia dijo...

Hola Joan,

Qué bueno y qué triste. Logras dibujar con pocas pinceladas a la perfección a los personajes, al cabrón del padre, la fortaleza y la frialdad de la madre. Uno intuye también la del suicida, su pareja y la época en que les ha tocado vivir. Muy bueno, no le pongo ni una pega, me ha gustado todo tal cual.

milagros dijo...

Un excelente binomio.
Me ha gustado mucho la historia y los personajes.

Marien dijo...

Muy original como utilizas el azul del binomio, me gusta este tipo de relatos sin dar demasiadas vueltas y con un final que aunque sospechas no te da tiempo a pensarlo. Sin adornarlo innecesariamente tiene fuerza, pero si quieres puedes hacerlo tan largo como te apetezca. Me ha parecido un binomio genial.

Judi Cuevas dijo...

Joan, ¿lo has cambiado? No recordaba el enfrentamiento entre Alberto y Fermín. Si es así esta versión me gusta más porque alguien le da un poco de su merecido a Fermín, alguien le planta cara.

Creo que has conseguido meterte en la piel de Paloma, en su dolor por la muerte "forzada" de su hijo.

De todos los relatos que has leído en clase, éste es mi preferido, porque es muy sensible y además vengativo y justiciero!

Ignasi Raventós dijo...

Joan:
Mucho mejor ahora. Muy intenso. Muy dramático.

Un saludo

Joan Villora dijo...

Ante todo, muchas gracias a todos por leerlo (en algunos casos más de una vez)

Al final, he realizado algunas correcciones, para dar algún barniz a los personajes y poco más.

Es inevitable el que quede un poco almodovarado: están todos los temas recurrentes de almodovar: esa madre, esa tristeza, ese tema tan femenino, esos gayers pasándolo mal...

Pero como le meta descripciones como "...los tacones de la mujer se alejaban por el pasillo..." aún será peor.

Normalmente pongo muchas descripciones pero, en este caso en particular, toda la fuerza del relato son los diálogos, por lo que las descripciones han de ser las justas para describir la época y los personajes y así no desviar la atención.

Bien pensado, a Almodovar no le fue mal, oscars, posando en el Vanity Fair con la "Pene"...

Por cierto, soy pero que muy "heterosesuá" ¿eh? Hay que tener muy clara la sexualidad propia como para meterse sin problemas en un tema así, pero mi capacidad de meterme en los zapatos de los demás (aunque sean de tacón) me ha ayudado.

¡Muchas gracias por vuestra ayuda y paciencia!

Un abrazo fuerte del Joan.

Joan Villora dijo...

En Narrativa me vieron algunos fallos. Espero que os sirvan, si os pasáis por aquí:

1) No empiezo a saco en el conflicto.
2) No hay un único conflicto, por lo que despisto
3) Secuencias recurrentes entre diálogos – [pensamientos - resumenes]
4) Se hecha de menos marco y atmósfera (si que hacia falta al final)

Algo más habrá

Joan