jueves, 16 de abril de 2009

En el tren

Cómo cada día cogí el tren para volver a casa después de un largo día de trabajo, pero aquel trayecto iba a ser diferente, aquel día, en aquel tren me encontré a mí misma.
Subí al vagón ayudada por los empujones de la gente que, deseosa de llegar a casa con los suyos y volver a sentirse alguien, pierden el respeto por sus congéneres. Divisé un asiento libre y corrí para llegar hasta él antes que la persona que había al otro lado del pasillo y que también le había echado el ojo. En esa ocasión gané yo, me senté satisfecha de mi hazaña.
Al lado había una señora mayor que me miró y me sonrió, cosa extraña a esas horas en el tren, la saludé con la cabeza y acto seguido abrí mi libro para evitar conversaciones inoportunas, pero a la señora mi libro no le pareció suficiente impedimento y empezó a hablar, presuntamente conmigo:
- ¿Estás cansada, verdad?, claro, hoy en día todo va demasiado deprisa, nadie tiene tiempo de sentarse a conversar, ni tan siquiera tienen tiempo de mirar a la cara del de al lado –no pude evitar darme por aludida y sentirme un tanto maleducada así que cerré el libro.
- Sí, estoy muy cansada, trabajo muchas horas. Ya sabe el que algo quiere…–dije intentando sonreír a la pobre abuela.
- Ahí hija, en mis tiempos era fácil realizar tus sueños, había menos distracciones, si trabajabas duro y tenías claro el objetivo, triunfabas seguro. No teníamos el plato de comida asegurado así que arriesgarse era gratis. –tenía la voz serena y la mirada cálida.
- ¿Y cuál era su sueño? –pregunté con sincero interés.
- Bailar. Bailaba como los ángeles desde bien pequeña. Mi madre cantaba muy bien y en casa nunca faltaba música sin necesidad de tocadiscos. Yo bailaba y mama cantaba. Eso ayudaba a engañar al hambre. Algunas veces nos acercábamos a la plaza del pueblo y montábamos un pequeño espectáculo, conseguíamos algunas monedas y eso nos daba para comer algunos días. –la mujer sonreía, parecía rememorar esos momentos con dulce nostalgia.
- Debieron ser momentos duros –eso de pasar hambre por mucho que lo amenizaras con cante y baile no me parecía a mí una situación para recordar con alegría.
- No, al contrario fueron momentos muy felices, recuerdo a mi madre con su falda de los domingos, sentada en el taburete de madera que le hizo mi padre, con su larga melena suelta, su olor a lavanda y su voz, esa voz que me mecía. –cerró los ojos y empezó a mecerse abrazándose al mismo tiempo.
- ¿Pudo cumplir su sueño? ¿Triunfó bailando?
- Si
- ¿Actuó en grandes teatros y cosas así?
- Bailo cada domingo para mi marido, mis cinco hijos y mis ocho nietos, también lo hago para mis amigos en ocasiones especiales. Me aplauden, me abrazan, no faltan ni un domingo. Es un momento muy especial para todos.
- ¡Ah bueno! –exclamé casi sin darme cuenta.
- ¿Decepcionada?
- A decir verdad, un poco. Esperaba que hubiera sido usted una gran bailarina, que hubiera conocido a personas importantes, que hubiera alternado con apuestos caballeros y que hubiera ganado dinero a espuertas.
- Soy una gran bailarina porque bailo desde el corazón, he conocido a las únicas personas realmente importantes, mi familia y mis amigos, y he alternado con mi marido que ha sido siempre un apuesto caballero. En cuanto al dinero, nunca ha sido mi prioridad. ¿Quizá el problema está en tu percepción del éxito?
- Bueno, no sé a qué se refiere.
- Para mí el éxito es hacer feliz a los demás haciendo lo que me gusta, y lo he conseguido, así que puedo decir que he tenido éxito en la vida.
- Bueno, hoy en día el concepto de éxito es un poco distinto. La sociedad es muy competitiva –dije haciéndome la interesante aunque realmente no tenía ni idea de lo que estaba diciendo.
- Jaja, los jóvenes siempre acabáis echándole la culpa a la sociedad, la cultura o la tele. El éxito no es algo social es algo personal, íntimo. Cada cual debe encontrar su éxito. No existe la sociedad, la sociedad no es más que la suma de muchos individuos. Si cada uno se compromete con encontrar su felicidad, la sociedad dejará de ser un elemento opresor y se convertirá en la red de seguridad que nos evite desfallecer en nuestra búsqueda.
La verdad es que costaba contradecirla. Mi vida era cada vez más gris, me pasaba 10 horas en el despacho, llegaba a casa de mal humor, le daba un beso a mi marido por costumbre más que por ganas, cenábamos sin apenas cruzar palabra y me acurrucaba en el sofá a ver la tele esperando que los días pasaran lo más rápido posible. Hacía tiempo que no me planteaba que es lo que realmente me hacía feliz.
- Por cierto, ¿Tú tienes algún sueño? Bueno seguro que lo tienes ¿Cuál es tu sueño? –preguntó dirigiéndome una sonrisa.
- ¡Escribir!
- Pues escribe con el corazón, el éxito está garantizado.

Sonia Sánchez

1 comentario:

Mar Solana dijo...

Hola, Sonia:

Como ya te dije en tu blog, este relato me gustó especialmente porque es muy afectivo. Uno se traslada a aquella época de la juventud donde todo son sueños de triunfo y éxitos, sin pensar en otra cosa... Pero la cosa tiene que ponderarse con la sabia voz de una anciana que sabe hacer las cosas desde aquel lugar, único, que sólo nos puede dar la felicidad: nuestro corazón.

Me gustan tus ideas y como las cuentas. Sin embargo(jeje, siempre hay un pero...),como lectora te diré que me faltan descripciones, no todos los trenes son iguales. Igualmente también me falta ubicar más a los personajes por su descripción o perfil: ¿cómo es esa sabia mujer que aconseja a la jóven?, ¿cómo es la chica del tren?, por ejemplo.

Trabaja con tus protagonistas, porque lo demás ya lo haces muy bien.

Un cariñoso saludo desde Villalba,