miércoles, 1 de abril de 2009

EL CORAZÓN QUE UN DÍA SE COMIÓ UN PERRO

Manolo se quedó sin corazón porque vino un perro y se lo comió. Y no estoy hablando en un sentido figurado y metafórico, que daría a entender que a fuerza de golpes en la vida, Manolo se habría quedado incapacitado para el amor o para cualquier otro tipo de emoción atribuido a este órgano. No. Pero tampoco lo hago en un sentido estrictamente literal. No es que un perro rabioso saliera de la nada, se le echara encima a Manolo, le mordiera el esternón y le arrancara el corazón de cuajo para después comérselo. Tampoco. Estamos hablando de que un perro de orejas largas y rizaditas, un perro peludo de color marrón y carácter bonachón, se comió el corazón que iba a serle transplantado a Manolo.
¿Cómo pudo darse tal desafortunada circunstancia? Se preguntará el lector, acaso sorprendido, acaso intrigado. Bien, tal desafortunada circunstancia pudo darse debido a una serie de pequeñas y fatales coincidencias, que tengo hoy a bien relatar.
Ricky, el perro de las orejas largas y rizaditas, a parte de gran aficionado a las vísceras en general y a los corazones en particular, cumplía con una noble misión en la vida, que no era otra que la de ser la luz en los ojos de un invidente. Era, en otras palabras para los poco avispados y los que no pillan las ideas al vuelo, un perro guía o un perro lazarillo. Dándose la circunstancia de que su dueño, aparte de invidente, era enano, y aparte de enano, hipocondríaco y de que como enano sufría de los males típicos de los enanos, y como hipocondríaco, de todos los males que acertaba a oír nombrar, Ricky y su dueño se pasaban en la sala de espera de urgencias del hospital todas las tardes de sábado que podían, así como todas las de los domingos en las que la madre del dueño de Ricky no les invitaba a merendar por encontrarse jugando al bingo con las amigas.
No es de lo más habitual, en efecto, encontrarse en la sala de espera de un hospital a un perro, ni siquiera a un perro lazarillo o guía como Ricky. De hecho, suelen ser las normas de los hospitales en este punto en extremo rígidas e inquebrantables. Pero en este caso concreto y teniendo en cuenta que la directora de urgencias era amante de los animales, y que además tenía una madre ciega, y que además ella misma también era madre, y que además lo era de un niño enano, las normas en el servicio de urgencias de aquel hospital se relajaban y hacían una excepción con Ricky y con su dueño.
Aquel domingo, el dueño de Ricky se encontraba en la sala de espera aquejado de una uña del pie negra. Algún lector perspicaz podría decir, que siendo éste ciego, para él todas lo eran. En efecto, nunca hubiera el dueño de Ricky adivinado el color de su uña, si no hubiese sido porque esa mañana, una prostituta rusa con la que solía alternar, así se lo había anunciado. “Tienes una uña del pie negra” le dijo mientras recogía su dinero de la mesita y se marchaba, dejando al dueño de Ricky hundido en la más profunda de las miserias. Seguro como estaba de que aquello era el síntoma de una enfermedad en su fase terminal, quien sabe si un cáncer o incluso algo peor, no dudó en perdonar la merendola en casa de su madre para presentarse en el hospital.
Dado que era diciembre y que la epidemia de gripe estaba en su más virulento apogeo, Ricky y su dueño tuvieron que esperar durante muchas horas sin ser atendidos, y sin que las más básicas necesidades del perro, tales como alimentarse o evacuar se vieran satisfechas.
Ricky, adiestrado en una de las más prestigiosas escuelas suizas de perros guía, aguantó estoicamente hasta no poder más, momento en el cual empezó a anunciarle a su dueño mediante pequeños aullidos, y tironcitos de correa que necesitaba orinar.
El dueño de Ricky, sensible a las necesidades de su perro, se dirigió al exterior del hospital por una puerta que daba a la zona por donde las ambulancias entraban y salían, para que con disimulo, el perro desahogara sus necesidades. Siendo como era ya de noche, y siendo los dos, perro y amo de la misma pequeña estatura, y siendo que el encargado de llevar la nevera con el corazón de Manolo, estaba recién operado de miopía y no enfocaba demasiado bien por la noche, era inevitable que se produjera el fatal tropiezo que causó que la nevera saliera volando, el corazón por los aires, y Ricky detrás cazándolo al vuelo, mostrando así las cualidades del perro de caza que llevaba dentro y que le hubiese gustado ser, si no hubiese dedicado su vida a la loable actividad de ser la luz en los ojos de un invidente enano e hipocondríaco.
No se le puede pedir a un perro guía o lazarillo que distinga entre un corazón humano listo para ser transplantado, de un suculento corazón de vaca. No entra dentro de sus responsabilidades, nadie nunca en la escuela Suiza se lo había pedido.
Así fue como Manolo se quedó, después de dos años de espera, sin su tan ansiado corazón.
Si no hubiese sido de noche, si el encargado de llevar la nevera no se hubiera operado de miopía, si no hubiese habido una epidemia de gripe, si Ricky no hubiera tenido ganas de orinar y hambre, si no hubiese tenido dotes de perro caza, si la prostituta no le hubiera dicho que la uña de su dueño estaba negra, si la directora del hospital no hubiese sido amante de los animales, si no hubiera tenido una madre ciega y un hijo enano, y si el dueño del perro no hubiese sido hipocondríaco, Manolo podría volver a sonreír con un nuevo corazón instalado en su pecho. Cualquier cambio en las variables anteriores, cualquiera, hubiera marcado la diferencia entre un Manolo con un corazón nuevo en el pecho, y un perro con un corazón en el estómago.
Aunque puestos a reflexionar, si al verdadero propietario del corazón no se le hubiera cruzado un perro en la autopista, si no hubiese pegado un volantazo para evitar atropellarlo, si no hubiera dado cinco vueltas de campana, si un camión no lo hubiese rematado y si no hubiera sido donante de órganos, no hubiese habido ni un corazón en una nevera, ni un Manolo ilusionado, ni un perro alimentado, y ni tan siquiera una historia que contar en esta aburrida tarde de lluvia.

Sonia Ramírez

10 comentarios:

milagros dijo...

¡Genial, Sonia!
Como siempre, con una imaginación envidiable. Has conseguido todo un relato con un inacabable tono de humor.Me ha gustado mucho.

Ignasi Raventós dijo...

Je, je, je, je...
Muy rico este corazón...

¿sabes qué me ha pasado? Que al principio he pensado que Manolo era otro perro. El primer párrafo me ha confundido un poco: "estamos hablando de que a Manolo, un perro de orejas largas y rizaditas, un perro peludo de color marrón y carácter bonachón," me ha parecido que esa descripción correspondía a Manolo.
Igual no he prestado la debida atención y no sólo me ha pasado a mí.

Un saludo y felicidades. Me ha divertido mucho

Ignasi Raventós dijo...

perdón, quería decir: "y sólo me ha pasado a mí"

Sonia dijo...

Es verdad Ignasi! Según como se lea puede dar lugar a pensar que Manolo es el perro, jajajaja. He cambiado el orden de la frase para evitarlo, ahora creo que ya se ve claro. Gracias por la sugerencia! Y gracias a los dos por los comentarios.

Joan Villora dijo...

Muy original, me ha gustado sobre todo porque me has sabido llevar por la historia sin agobiar y haciendo que mantuviera la atención, a base de ir añadiendo poco a poco nueva información.

De corassón te lo digo

Joan.

Marien dijo...

Ay Sonia, qué bueno, qué vértigo de la velocidad del relato, qué manera de unir las innumerables explicaciones, qué imaginación, brutal de verdad, me ha parecido genial. Me da pena el pobre Manolo, pero seguro que pronto las casualidades le llevan otro corazón. POr cierto no sabía que había escuela Suiza para perros...que fino el enano ciego cuya madre...

Joan Villora dijo...

Una última cosa:

Con ese título...

¿Fue el perro el que se comió al corazón o el corazón el que se zampó al perro?

Inquietante...

Joan

Mar Solana dijo...

¡Qué historia más buena, Sonia!

Tus relatos siempre me arrancan una gran sonrisa "en esta aburrida (y triste)tarde de lluvia"

Alejaré a mi perro de las urgencias, por si acaso...

:-)

Sonia dijo...

Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios, me alegro mucho de haberos arrancado una sonrisa. La verdad es que sois una inyección de motivación, animáis a continuar y así da gusto escribir, la verdad!
Un beso!

Judi Cuevas dijo...

Sonia,

puedes declararte experta en "efectos mariposa" después de este corazón precedido por el paquete de tabaco en la lavadora!!