martes, 14 de abril de 2009

El caracol iluminado

A Cuernecitos largos lo raptaron un día mientras hibernaba en la montaña. Su vida hasta ese momento, como la de cualquier caracol silvestre, no había estado exenta de peligros. Los ciempiés, las aves, los sapos, las pisadas humanas o de caballos, los escarabajos e incluso las hormigas eran una amenaza constante que había ido sorteado no sin dificultad ni sin cierta dosis de buena fortuna.
Nada ansiaba más Cuernecitos largos en esta vida que vivir sin miedo y en paz, sin depredadores ni peligros. Por eso, cuando una fina y refrescante lluvia le despertó del letargo, y se vio en medio de un campo de césped cubierto, en un ambiente cálido y húmedo, rodeado de suculentos y tiernos brotes de hierba y de otros caracoles que le informaron de que ya nada tenía que temer, lo primero que pensó es que había muerto y estaba en el cielo. Su misión consistiría desde aquel momento en comer hasta reventar y en reproducirse al máximo. Aquello era lo más parecido al paraíso que podía imaginar, el sueño de cualquier caracol y de cualquier especie de ser vivo que se precie de serlo.
-Qué suerte hemos tenido de caer aquí, ¿eh?-comentó Cuernecitos a un compañero de cópula un día.
-Sí, supongo que sí…
-¿Supones?-dijo Cuernecitos mirándole atentamente con sus cuatro cuernos- ¿Acaso te imaginas una vida mejor?
-No… si está muy bien todo esto… Es sólo… bueno, se oyen cosas por ahí.
-¿Cosas?
-Sí, cosas…-respondió el compañero abatido, mientras disparaba su esperma en dirección a Cuernecitos- cosas malas. Desapariciones.
-¿Desapariciones?-repitió éste.
-Sí… ¿Tú te acuerdas de los caracoles veteranos, aquellos tan gordos que siempre se comían los mejores brotes?
-Sí, claro que me acuerdo, ¿por qué?
-Ya no están.
-Y qué te crees, ¿que se los ha tragado un trébol? –Cuernecitos rió su ocurrencia mientras en esta ocasión era él el que disparaba su esperma- Se habrán cansado de este campo. No te habrás enamorado de alguno, ¿no? Aquellos caracoles estaban ya de vuelta de todo.
-No… es sólo que… no sé, es tan raro que no estén… dicen por ahí que una noche estaban y por la mañana ya no.
-¡Bah! No te creas todo lo que se dice… Te habrán querido meter miedo- dijo Cuernecitos no sin cierta inquietud en la voz mientras se separaba del compañero-. Ya está. A ver si nos salen huevos sanos.
-A ver.
A Cuernecitos aquella conversación le afectó mucho más de lo que hubiese deseado y a partir de aquel momento empezó a fijarse obsesivamente en todos sus compañeros. Sobretodo en los más gordos. Y se dio cuenta de que, efectivamente, algunos desaparecían de la noche a la mañana mientras dormían.
Su temor se convirtió en terror cuando el caracol miedoso compañero de cópula que le había advertido, desapareció misteriosamente.
-Oye, ¿tú te has dado cuenta de que aquí faltan caracoles?- le preguntó a un compañero que mascaba ruidosa y despreocupadamente uno de los trozos de lechuga que de vez en cuando caían del cielo.
-Por mí pueden faltar todos. A más tocaremos- dijo el caracol, concluyendo con un eructo y una sonora y grotesca carcajada. Y es que en aquel campo había caracoles de todas las condiciones, educados y no tan educados.
A partir de entonces, Cuernecitos largos ya no fue capaz de disfrutar de la comida, y cada vez se reproducía menos. Vivía atemorizado. Dormía poco y mal, con constantes pesadillas. Analizó con tanto detenimiento la situación y a todos sus compañeros, que pronto fue capaz de predecir las desapariciones, pues éstas seguían ciertos patrones. Más o menos cada ocho soles desaparecían los caracoles gordos y marrones oscuros. Mientras que más o menos tres soles después, desaparecían los más grandes de otra especie más pequeña y de color beige.
-¿De qué color soy?- preguntó Cuernecitos a un caracol de los beige de cuernos bastante atractivos.
-Beige claro. ¿Por qué?
Cuernecitos le explicó a su compañero sus temores.
-Creo que más pronto que tarde nos va a tocar -dijo temblando a su nuevo amigo.
-Creo que deberías relajarte y disfrutar. Si nos toca que nos toque, pero por lo menos nos vamos de este mundo contentos- dijo el caracol atractivo, rozándole con sus cuernos suavemente.
Pero Cuernecitos no estaba para rozamientos. Necesitaba saber qué iba a ser de él. Añoraba sus días en la montaña, donde los riesgos eran conocidos, donde sabía qué podía esperar de la vida. ¿Dónde iban a parar los caracoles que desaparecían? ¿Qué había después de ese paradisíaco campo?
En ese estado de angustia y zozobra se sucedieron las semanas que podrían haber sido las más felices en la vida de Cuernecitos largos. En lugar de disfrutar de la comida y de la compañía, del bienestar de la humedad cálida del ambiente, de las lechugas que repentinamente caían del cielo, de los compañeros atractivos y complacientes, se dedicaba a sufrir por miedo a un futuro que se le perfilaba demasiado incierto.
-Debe tratarse de un castigo –llegó a la conclusión finalmente en un afán desesperado por encontrarle una explicación a las desapariciones-. ¡Claro! ¡Eso es! Un castigo, un castigo por todos nuestros excesos. Son los caracoles más gordos los que antes desaparecen. Nos estamos dejando llevar por el vicio, cuando es en realidad a través de la constricción como llegaremos a salvarnos.
Y Cuernecitos con esta explicación se quedó mucho más tranquilo. Tan seguro estaba de que un ser superior a ellos les estaba poniendo a prueba, que se dedicó a predicar su teoría al resto de caracoles para intentar salvarles. Los más débiles y temerosos, pronto acataron como ciertas todas las suposiciones y fueron divulgando el mensaje de Cuernecitos por toda la comunidad. Como Cuernecitos gracias a la observación era capaz de predecir quién iba a desaparecer, empezó además a ser temido. Muchos le tomaron como el representante del ser superior en el campo, alguien a quien obedecer si no querían ser los siguientes en caer en el juego macabro en el involuntariamente estaban participando. Y Cuernecitos, en pleno trance iluminatorio ocasionado por la falta de alimento, empezó a creerse él mismo el líder del campo.
-¡Compañeros! –gritaba Cuernecitos a su público- Mirad a esos caracoles gordos de ahí, que comen y se reproducen sin descanso… -decía con voz apocalíptica, señalando con sus cuernos a los caracoles que hacían caso omiso a sus advertencias y disfrutaban de la vida sin miedo al mañana- ¡Miradlos bien, porque pronto dejaréis de verlos!
Y algunos caracoles atemorizados dejaron entonces de comer del todo para contentar al ser superior y no desaparecer del campo, produciéndose entonces las primeras bajas por inanición. Las conchas de los caracoles muertos desaparecían días después misteriosamente, pero Cuernecitos, lejos de pensar que podía estar equivocado en su interpretación del divino castigo, concluyó en que aquellos que en vida habían renunciado a los placeres del campo, abandonaban al irse de él las ataduras de la carne, dejando la pesada carga de su concha detrás, para acompañar al ser superior en un mundo mejor, donde no habría ya nada que temer, donde la paz del alma, alejada de las pasiones del cuerpo, reinaría proporcionando la estabilidad y la seguridad que tanto ansiaban.
Entonces empezaron a caer del cielo alimentos mucho más tentadores y suculentos.
-¡No caigáis en la tentación! - gritaba Cuernecitos fuera de sí mismo- ¡es una prueba! ¡Tenemos que superarla! ¡Pronto obtendremos nuestra recompensa!
Algunos caracoles no pudieron resistirse y comieron hasta reventar, dándoles igual lo que decía Cuernecitos y lo que vendría después. Él mismo estuvo a punto de sucumbir a la tentación cuando una rodaja de un tomate maduro y brillante le cayó del cielo justo delante de su boca. Sin embargo se mantuvo firme en sus convicciones, dando ejemplo a todos sus fieles, a todos aquellos que le seguían incondicionalmente y a los que se debía.
El día del juicio final no tardó en llegar. Y ese día los pocos caracoles sanos, gordos y felices que quedaban fueron extraídos de golpe del campo y separados de los débiles y hambrientos. Los primeros se reunieron con los compañeros que anteriormente habían desaparecido en otro campo igual de frondoso y bien acondicionado, donde clasificados por tamaños y especies, marrones y beige, fueron destinados a la producción de la más pura de las babas para la industria farmacéutica y cosmética, y donde vivieron felices y alimentados hasta el final de sus días. Mientras, los caracoles débiles, enfermizos y hambrientos que no servían ni para reproducirse, fueron triturados y vendidos como abono para fertilizar estanques. Entre ellos Cuernecitos largos y todos sus seguidores.

Sonia Ramírez

10 comentarios:

Joan Villora dijo...

¡Ja Ja! ¡que cruel!

Me ha gustado, supongo que habrá algún fallo, pero al leerlo de corrido ni me he dado cuenta.

Una historia muy buena. Pero me has fastidiado otra que iba a ir sobre caracoles también.

Lo que si has de tener en cuenta son los signos de raya "—" (son mucho más largos que los guiones "-") y las acotaciones empiezan en minúscula, con el guión pegado delante.

Los caracoles de tierra son hermafroditas; pero no se lanzan el esperma como si tiraran cubos (Loca fiesta tropical): tienen un órgano con el que se conectan y comparten esperma.

Muy buena.

Arrumacos del Joan

Sonia Sánchez dijo...

jaja, pobre caracol.
Después de leer esto me dejaré llevar por los placeres de la carne no sea que la liemos.
Muy buena, me encantan tus historias.

Ignasi Raventós dijo...

Pobre Caracol iluminado. Algunos se creen en posesión de la verdad y la verdad tiene mil facetas, a cuál más sorprendente.
Buen relato, Sonia. Aunque se me ha hecho un poco largo. No sabría decirte por qué. Tengo la sensación de que las argumentaciones están repetidas y me interrumpen las escenas o resúmenes.
Es mi impresión.

Un saludo

Irène dijo...

Sonia,

Parece un relato infantil pero para adultos. Es muy fresco, imaginativo como siempre con tus relatos.
El caracol que se cree un predicador, es realemtne genial.
Os recomiendo por cierto , la receta francesa con ajo, perejil u mantequilla, son de muerte. A ver si pillo unos por ahí....

Estoy con Ignasi, que es un poc largo, se podría acortar un poco el texto .

Besos
Irène

Marien dijo...

Muy buena historia, es divertida, está bien contada y el final ha sido muy convincente. Original como todas las tuyas y para leer de un tirón. Me ha gustado mucho.
No sabía que los caracoles copulaban sin parar.

Sonia dijo...

Joan, qué gracia me ha hecho lo de la loca fiesta tropical, jajajaja.. La verdad es que miré en wikipedia la reproducción de los caracoles y después lo interpreté a mi manera. En cuanto a los guiones largos, es que en mi teclado no existen! Lo he buscado y requetebuscado, y en el ordenador de casa sí, pero en este no, así que me quedo con los cortitos, que ya me hacen el apaño.

Muchas gracias a todos por leerme y por vuestros comentarios. La verdad Ignasi e Irène, que no sé por dónde acortar. En un principio pensé en eliminar las dos conversaciones que tiene Cuernecitos, una con el caracol guarro y la otra con el sensual, pero después me daba pena quitarlo pues me hacía gracia, así que no sé por donde cortar, sin tener la sensación de amputación. Qué me aconsejáis?

Un beso!

Irène dijo...

Sonia,

No cortes nada.
Aqui no amputamos a nadie (de momento)

Irène

Yo tampoco sé donde estan los guiones largos.¿ Se me han escapado del teclado?

Irène

Ignasi Raventós dijo...

Sonia.
Creo que la alternancia entre escenas y resúmenes rompe un poco el ritmo. Los diálogos los ponen en resúmenes y eso me suena raro, como poco vividos. Ls escenas son demasiado cortas y se circunscriben básicamente a los diálogos que enseguida se interrumpen cuando pasas al modo de resumen.
Creo que podrías hacer más relevantes las escenas o hacer los diálogos indirectos en los resúmenes.
No sé. Es mi opinión de principiante. Por si te ayuda

Mar Solana dijo...

Sonia, compañera, es un placer leerte, ya lo sabes.

Esta historia tiene más miga de lo que parece a simple vista ;-).

Está muy bien contada, con sus dosis acertadas de humor (lo del apareamiento es genial, ¡me imagino lo que dice el Joan y es que me parto en dos de la risa!)y con la sutileza elegante de su mensaje. Biieeen, Sonia.

¡ah!, a mí no se me ha hecho nada larga, "la he deglutido" del tirón, como suelo hacer con las lecturas que me gustan.

Un fuerte abrazo,

milagros dijo...

Un relato como un cuento, lleno de imaginación y humor.
No se me ha hecho largo, lo he leído de un tirón y me ha gustado mucho.
¡Pobre Cuernecitos!