miércoles, 4 de febrero de 2009

Plumero y Galaxia

Nada hacía pensar que aquella mañana iba a ser distinta que otras, Francisca se despertó y, sin abrir los ojos, esperó a que las cosas volvieran a ordenarse lentamente en su cabeza. Poco a poco fue recobrando la conciencia, los recuerdos volvían y Francisca dejó que se ordenaran y recompusieran su realidad, abrió los ojos, giró la cabeza hacia la izquierda y allí estaba la otra mitad de la cama perfectamente hecha.

Se levantó despacio, el dolor en las articulaciones le recordó que 76 años no pasan en vano, preparó el café, encendió un telediario que vomitaba noticias sobre desastres naturales, crisis, conflictos étnicos y fracasos diplomáticos que ocurrían lejos, muy lejos de aquél pueblo encajonado entre la ría y la montaña, y al que sólo podía accederse por medio de una estrecha y sinuosa carretera.

Dejó el montón de cartas en una punta de la mesa y, aunque más no fuera por no cambiar de hábitos empezó con las tareas. Primero el dormitorio, plumero en mano fue repasando de arriba a bajo y de adentro hacia afuera las figuras de porcelana, los portarretratos ovalados con fotos de un pasado siempre mejor, la lámpara colgante de gotas de cristal ya amarillento por el tabaco y los años.

El tabaco y los años... nunca quedaría claro si fueron los sesenta cigarrilos diarios o los cuarenta años respirando el polvo de mineral de hierro de la antigua fábrica de cemento, el caso es que Luis ya no dormía a su izquierda desde hacía varios meses.

Salió por un pasillo de paredes empapeladas y cargadas de adornos. El polvo volaba y las partículas brillaban al cruzar los rayos de sol que se colaban por la ventana entreabierta, luego el cuarto de invitados, intacto desde hacía más de 30 años. Primero fue para los niños, pero con el tiempo y en voz baja la pequeña habitación fue cambiando de nombre y de destino.

De vuelta en la cocina Francisca echó un vistazo, todo estaba tal y como a Luis le hubiera gustado encontrarlo al llegar, era lunes, así que tocaba ir al mercado, revisó la nevera de forma automática, ya que compraría lo mismo que cada lunes en los mismos puestos del mismo mercado.

De pronto algo llamó su atención, allí, encima de la mesa y entre el montón de cartas vio un sobre manuscrito con un montón de sellos... y venía a su nombre: Dña. Francisca Domínguez Patiño. Giró el sobre intrigada: Rte.: Don Carlos Américo Soler Domínguez, calle Fray Juan de Torquemada Nº 48, 06800 México D.F.

Abrió el sobre con curiosidad, segura de que se trataba de un error, pero venía a su nombre y estaba en su buzón, así que no estaba cometiendo delito alguno, ¿pero México?, seguro que en el telediario alguna vez había oído hablar de México y seguro que era un lugar extraño y peligroso.

Del sobre salieron dos hojas perfectamente manuscritas, con una caligrafía pareja como la de una maestra, también unas cuantas fotos antiguas y algunas más recientes a juzgar por el color y el brillo del papel.

Leyó las dos hojas con toda la velocidad y comprensión que le permitían sus tres años de escuela, cuando las hubo acabado cogió la foto más grande con las manos sudadas y aun temblorosas, era una panorámica hecha desde una pequeña altura desde donde se veía una antigua casa de piedra con su hórreo de seis pegollos, su quinta de árboles frutales y el pozo de agua... más allá la ría y más allá la montaña. Levantó la vista hacia la ventana y allí la vio, esta vez con todos los colores de aquella mañana de marzo, la antigua casa de piedra ahora invadida por la maleza, el pozo, la ría, la montaña.

Volvió al principio de la lectura y esta vez fue más despacio, deteniéndose en cada nombre, en cada fecha, dejando que los recuerdos volvieran cada vez más claros.

–Mire que ponerle Américo a una criatura, exclamó, y su voz, su propia voz se le hizo extraña rebotando por las paredes de su propia casa, su casa, la casa donde había pasado los últimos cuarenta y siete años y que había construido junto a Luis en lo más alto del terreno después que en el invierno del '54 la ría subiera tanto que la obligó a pasar casi tres meses durmiendo en el hórreo junto a la tía Adelina y al tío Vicente.

Habían pasado 50 años desde aquél invierno, Francisca se estremeció, por primera vez en 76 años comprendió que lo que le quedaba por vivir era mucho menos de lo que había vivido, sintió que la vida aun se agitaba nerviosa, que le pedía salir fuera, que quería saber qué había más allá de esa montaña y más allá. ¿Y luego qué? ¿Y quién escribía esas cartas inútiles que cada mes llegaban del banco? ¿Y cómo vivía el hombre que cada mañana desayunaba desastres en el telediario? ¿Y dónde acababa la carretera estrecha y sinuosa?

–¿Y por qué yo?, se preguntó mirando las fotos.

–¿ Y por qué no...?

Pensó que las dos antiguas maletas de cartón prensado y bordes de madera no serían suficientes para meter todo lo que necesitaba, pero aun quedaba sitio y ya no quedaba nada importante que llevar. El taxi hacía más de diez minutos que esperaba, miró a su alrededor, todo estaba limpio y en su sitio, tal y como a Luis le hubiera gustado encontrarlo al llegar. Luis –pensó–, descolgó el viejo portarretratos con la foto de la boda y el polvo volvió a arremolinarse caótico y brillante entre los últimos rayos de sol.

El silencio sonó tras el portazo, el pueblo fue haciéndose cada vez más pequeño y la carretera cada vez más ancha, la noche se cerró, todo era nuevo y sin embargo nada había cambiado, el mundo seguía girando en la periferia de aquella galaxia en espiral barrado por un camino de estrellas, con los ojos perdidos en el recuerdo sonaron en su cabeza las palabras del tío Vicente cuando subían al techo del hórreo las noches sin luna a ver el cielo: "...y eso que parece leche derramada son estrellas que guían al peregrino en el Camino de la Plata, y recuerda hija, cada camino es un camino, ninguno es igual a otro y nadie puede caminar el nuestro."

Pablo

5 comentarios:

Irène dijo...

Pablo,

Me ha gustado mucho tu relato, el personaje de Francisca es muy real y muy tierno. Preciosa historia, de verdad. Felicidades!

Irène

ignasi dijo...

Precioso relato. El pasar del tiempo. Las descripciones ensoñadoras. EL personaje. La nostalgia.
Me ha gustado mucho

milagros dijo...

Muy bonito, muy tierno.
Nunca es tarde para recorrer un nuevo camino.
Me ha gustado.

Juanmi dijo...

Que bonito, de verdad...

Te baña de nostalgia y ternura,te engancha en el acto, el personaje está muy bien creado...

Muy muy bonito.

Pablo dijo...

Gracias a todos, es lo primero que escribo y lo cierto es que lo colgué con un montón de dudas!!, gracias por todos sus comentarios!!