domingo, 9 de noviembre de 2008

LA SOLUCIÓN

Sin mediar palabra los cuatro forman una piña improvisada. Se agrupan con cierta pesadumbre en el punto más central de la nave, se apoyan los unos con los otros y siguen en absoluto silencio. Ni siquiera se plantean darse un poco de calor para luchar contra el creciente descenso de la temperatura; no tendrían tiempo de sufrirlo en demasía. El humo resultante del incendio se va metiendo silenciosamente en la sangre de todos ellos, ahogando unos sueños de libertad que les había costado años construir.
Todo empieza con una explosión. A partir de ese momento la mayoría de los tripulantes comienzan a moverse en torno a ella: Gabriel se afana frente al panel de control, Natasha está a su lado apagando las llamas con el pequeño – y único – extintor que llevan a bordo. Peter se mueve de un lado para el otro. En su boca nacen frases cortas y concisas sin cesar, de sus ojos salen miradas acusadoras que buscan posibles efectos de la explosión. Inspecciona cada rincón de aquella especie de lata en la que están metidos: una nave vieja, pequeña, un cubículo habitado en exceso y que debería estar en desuso, pero al que todos cogieron cariño tras tantos años de trabajo y tantas esperanzas. El denso metal de color gris gastado que les separa del vacío sigue mostrándose viejo y robusto, pero no parece que haya sufrido daños.
Marcos es el único que no hace nada. Muy a su pesar no es capaz de trabajar bajo presión: los nervios le dominan, su mente se queda en blanco. Un inexplicable cortocircuito le impide usar lo que muchos consideran un cerebro privilegiado. Si es la propia vida la que pende de un hilo, esa presión se multiplica a niveles inauditos. De modo que no es de mucha ayuda. Herido en su orgullo, culpable en su propio juicio, se mantiene apartado. El espacio es reducido, pero al menos puede mantenerse a una distancia prudencial de la zona afectada, y a una distancia aún mayor del reciente cadáver. Permanece arrinconado justo frente a una de las pequeñas ventanillas, por las que apenas le cabe media cara. Se asoma y observa con preocupación la pequeña bola azulada que es la Tierra, haciéndose más pequeña a una velocidad tan escasa que parece nula. Sabía que le pasaría algo así, era consciente de que en algún momento u otro tendría que afrontar una situación de emergencia. Pero no ahora, no tan pronto. ¡Por Dios, acabamos de salir! Nos hemos precipitado, piensa. Quizá no era el momento de escapar.
En cuanto Peter ha descartado nuevos desperfectos, centra su atención en el cuerpo sin vida de Wilson. Se agacha escrupulosamente junto a la cabeza, diminuta en comparación con el robusto cuerpo que corona; es una mezcla de sangre caliente, carne quemada y súbita ausencia de cabello. Peter acerca una de sus huesudas manos, temblorosa, pero no llega a tocar ni un ápice de lo que fue su compañero. No es necesario, salta a la vista que allí dentro ya no hay vida. Marcos querría estar allí, tratando de hacer algo útil, o por lo menos de demostrar que le duele infinitamente la muerte de Wilson, pero sigue sin poder mover nada que se encuentre fuera de las cuencas de los ojos. Al contrario, a cada segundo que pasa se encoje más sobre si mismo, se agazapa, se repliega. Querría huir de allí, no tener que ver la desesperación de sus compañeros, no tener que oír esa mezcla de gritos y alarmas, ni el siseo ahogado de un extintor que ya no da más de sí.
Todo cambia en pocos segundos. Las llamas se apagan, las frases breves y exhortativas cesan. Ahora se oyen regueros de tos (pues los filtros que limpian el aire no pueden deshacerse fácilmente del humo), mezclados con susurros severos en torno al diminuto Gabriel. Peter y Natasha están a su lado, tratando de averiguar si van a salir con vida de ésta, pues es el único que puede saberlo. No hace más que teclear insistentemente, con la cabeza gacha, pegada a la pantalla. Marcos apenas puede oírles. Se planeta levantarse y acercarse a ellos, formar parte del improvisado comité de crisis. Pero permanece donde está, mirándoles a ellos y a la pequeña bola azulada de la ventanilla, con el corazón agarrotado.
- ¿Qué demonios ha pasado? ¿La nave aguantará? – pregunta Natasha, mientras se atusa la melena rubia inconscientemente.
- Todavía no lo sé… estoy en ello – contesta Gabriel con dificultad. Peter le hace una señal a ella, como dando a entender que deben dejarle tranquilo para que termine cuanto antes.
Ensimismados como están, los demás no se dan cuenta de que el humo está dejando de desaparecer. Marcos puede ver cómo se aposenta, como se revuelve sobre sí mismo y sobre sus cabezas, al no encontrar salida. Da la sensación de que cada vez es más negro y espeso. Por si fuera poco, comienza a hacer más frío. De pronto las luces fallan, tan solo un segundo, pero fallan. A ojos del petrificado Marcos, el trío está perdiendo el tiempo, ya nada puede hacerse. Los efectos de la explosión son demasiado evidentes.
Llegado un punto, Marcos ya no sabe si se siente mal por que algún soporte vital está averiado o por el terror creciente de saber que éstos son sus últimos momentos de vida. Con un denso nudo en la garganta mira a su alrededor e imagina de cuantas horribles formas uno puede morirse allí dentro. Mira la cabeza abrasada de Wilson y le envidia, al menos lo suyo fue rápido, ni siquiera tuvo tiempo de sentir miedo. Nadie va a venir a ayudarles. Son ilegales, salieron de la Tierra por sus propios medios y asumieron todos los riesgos derivados de usar una mecánica vieja e inestable; incluido el de morir.
De pronto Gabriel da un golpe seco contra el teclado. Luego otro algo más débil, con mayor carga de impotencia. Natasha se tapa la boca con ambas manos, ahogando lo que parece un primer sollozo. Sus grandes ojos no son capaces de ocultar lo que piensa. Peter se pone las manos sobre la cabeza, suspira profundamente y se gira. Parece que la cruel pantalla a la que atosigan con sus ojos les ha mostrado la peor de sus pesadillas.
- Tendremos que decírselo – le dice Natasha a Peter, tras mirar al rincón donde Marcos se refugia.
Sin embargo, Marcos está muy al tanto. Está nervioso pero no es ningún tonto. En un arranque de decisión presiona una palanca roja que hay cerca de donde está sentado. Durante el primer instante le miran horrorizados, pero no hacen nada para evitarlo. También saben que la muerte por ausencia de oxígeno puede ser una de las menos crueles si la nave que les protege del vacío del espacio está muriéndose a pasos agigantados. Es la mejor solución. El humo ayudará a que el final llegue antes, si todo va bien les adormecerá con rapidez.
Efectivamente, los cerebros van apagándose paulatinamente. El de Marcos se sumerge en una difusa ensoñación, en la que sus sueños se hacen realidad, en la que aquella nave termina llegando a la colonia de Marte, ese lugar lleno de oportunidades, ese escaparate que durante tantos años se ha lucido con desvergonzada lujuria ante una humanidad atestada.

Manuel Santos.
Creatividad, estructura y técnicas narrativas.

5 comentarios:

Lepnor dijo...

Que desasosegante.
Muy imaginativo y opresivo.
Te sientes como navegando con ellos.
Buen relato, me ha gustado.

Aula de Escritores dijo...

HOLA K TAL?? EN MI OPINION CREO QUE TE FALTA AL PRINCIPIO UNA PEQUEÑA DESCRIPCION QUE NOS SITUE MEJOR DENTRO DE LA NAVE Y LUEGO UNA LACONICA EXPLICACION DE POR QUE SUCEDEN LOS HECHOS, CREO QUE NO QUEDA MUY ACLARADO.
UN SALUDO
...SOMBRAS...

Anónimo dijo...

Me ha gustado. No termino de entender muy bien como se desarrolla el suceso, pero están muy bien descritos las sensaciones y la angustia de los cuatro personajes, tan diferentes entre sí. Creo que te has centrado en lo esencial de la historia, en cómo cada uno nos enfrentamos a la muerte inminente de manera radicalmente opuesta.

Ainara Rivera

Aula de Escritores dijo...

Me gusta, frases cortas, buen ritmo, sientes la opresión.

Antonio.

Aula de Escritores dijo...

Saludos!

Respecto al origen del suceso... es cierto que no se sabe nada al respecto. En parte porque así nos podemos sentir más cercanos al punto de vista de Marcos, quien tampoco lo sabe. Ello contribuye más a una atmosfera confusa y precipitada.
En parte, también es así porque en dos páginas resulta complicado explicar unos hechos, transmitir unas emociones y al tiempo dar detalles sobre una historia que puede llegar a ser muy compleja.

Gracias por las críticas!
Manuel Santos