martes, 26 de abril de 2011

El aventurero (1º ejercicio)

EL AVENTURERO (ABRIL 2011)

Por fin, en el último momento, cuando ya parecía que se había dado por vencido, Matías se decidió a salir a la búsqueda de su aventura particular, la que había prometido escribir.

Como cada año por estas fechas su padre había organizado su gran día, se acercaba su 63 cumpleaños y la fiesta prometía…prometía para todos menos para Matías que estaba nervioso y enfadado consigo mismo. ¿por qué? ¿por qué me meteré yo en estos berenjenales? Se preguntaba todos los días desde que hiciera aquella promesa a su tío Daniel.

Después de mucho tiempo el tío Daniel, el que vivía en algún pueblo remoto, de esos que ni vienen en los mapas, había decidido visitar a su hermano y, por supuesto, asistir a su fiesta. Antes de dejarlo todo y retirarse a aquel pueblo perdido, el tío Daniel había sido profesor de literatura en el instituto donde Matías estudió bachillerato y aquí venía, una vez más, a removerle la conciencia, como siempre había hecho.

Por aquel entonces la gente del instituto se dividía en dos grandes grupos “los de ciencias” y “los de letras”. Matías era un buen estudiante y los “buenos estudiantes”, como no, pertenecían a la clase de ciencias, eran los futuros ingenieros, los que sacarían adelante el país. Los de letras eran los que, pobrecitos, si es que no les daba más que para “dedicarse al arte”.

Matías nunca había tenido muy en cuenta lo que le decía su tío. Cuando le reprochaba que no diera a las letras la importancia que se merecían. Siempre le pedía un poco más de esfuerzo en sus trabajos de literatura. No estaba bien visto entre los de ciencias dedicar mucho tiempo a “las letras”, era asignatura obligatoria así que se hacía lo justo y necesario y ni un poco más y Matías no iba a ser “menos” que sus compañeros (que “a letras” se dedican los que andan espesos en matemáticas, hombre).

Su tío Daniel, su profesor, sabía como hacía su sobrino sus trabajos de literatura y cuanto tiempo dedicaba a ellos. Siempre igual, siempre daba a sus alumnos una semana para entregar los trabajos y conocía la costumbre de Matías. Dejar sus trabajos de literatura para el último momento. Ultimo día, última hora, cuando ya había hecho todo lo demás, todo lo que consideraba importante para su gran futuro como ingeniero.

Así que cuando tocaba corregir los trabajos de Matías le picaba todo, sobre todo la moral. Esa imaginación, esa soltura para escribir, esa facilidad que tenía y el zopenco de él no se enteraba o no quería enterarse. No sabía como hacérselo ver, tal vez si hubiera habido una formula matemática que lo expresara, su sobrino sí hubiera entendido la impotencia que sentía él como profesor. No entendía el por qué de aquello. Daniel recordaba cuando el chico aprendió a leer y pronto empezó a subir a la biblioteca del abuelo a leer todo lo que caía en sus manos, por no decir las veces que su madre le había pillado bajo las sábanas, con la linterna, leyendo a escondidas a altas horas de la madrugada y cuando, orgulloso le había enseñado su primer cuento. Solo tenía 9 años y el niño disfrutaba escribiendo, leyendo y mostrándole sus trabajos.

Pero cuando llegó la hora de elegir Matías optó por la clase de ciencias, porque era lo que tenía que hacer, porque aquello era lo que se consideraba querer convertirse en “alguien de provecho”. Vas a comparar uno de ciencias con uno (pobre) de letras. Vas a comparar, un ingeniero con un (pobre) profesor de literatura que escribe en sus horas libres.

Había pasado mucho tiempo y cuando su tío le llamó para decirle que este año estaría para la fiesta de su padre. Le había pedido “por favor escribe algo para mi. Prométeme que vas a escribir algo para tu viejo profesor, una de esas aventuras que inventabas,…venga, sobrino, inténtalo chico, solo intentarlo, a ver que sale, venga que tienes todavía una semana”…. Matías fue incapaz de negarse y ahora se estaba arrepintiendo. No se sentía capaz de hacerlo, pasaban los días se acercaba la fecha y no encontraba el momento, ni las ganas… ni las ideas.

Llegó el último día a última hora, cuando ya había hecho todo lo demás, todo lo que consideraba importante para su presente como ingeniero, pobrecillo, el que iba a sacar el país adelante y se le quedó atrás, 12 horas de trabajo diarias en algo con lo que nunca había disfrutado la mitad de lo que lo hacía escribiendo…tan listo que era, de la clase de “los de ciencias”… había prometido escribir una aventura y por fin, en el último momento, cuando ya parecía que se había dado por vencido, Matías se decidió a salir a la búsqueda de su aventura particular, la que había prometido escribir.

Una vez más, poco tiempo para dedicarse a lo que a uno le gusta,…la aventura de su vida, la única que pudo encontrar. Para su tío, su profesor de literatura, una hoja escrita precipitadamente y solo una frase,”tío Daniel: ¿crees que será tarde para cambiarme a la clase de “los de letras”?



FIN

viernes, 8 de abril de 2011

Historia Lírica de la Locura

Nací hace mucho tiempo. Yo, diosa misteriosa que al que toca con su mirada cambia para siempre. Soy tan antigua como la humanidad; de hecho nací de ella, del contacto entre el humano y el complejo mundo. O más bien sería decir que germine como una semilla misteriosa dentro de las aguas profundas del espíritu humano. Hoy quería hablaros de mí, porque no hay nadie que me conozca tan bien como yo misma. Esta va a ser una historia diferente, una historia sobre unas profundidades inhabitables que, por no comprender, hemos convertido en un tabú. En verdad estoy en cada instante de la vida. Cuando tocamos con las manos un cielo imaginado que tiene forma de ideas incontrolables, o cuando bajamos al infierno en una melancolía abrasadora. Estoy en las tormentas que asustan al hombre, en la pobreza impotente y en la naturaleza indiferente que no entiende de supuestas leyes humanas. Estoy en todas las cosas de la vida, que luchan por vivir y crecer y que al final resulta ser un caos al que buscamos cobijo y al que queremos dar forma para sentir que dominamos nuestras vidas y que estamos seguros. No quiero hacer apología de mi misma y tocar con mis ojos de luna a la razón y a la socialización sobre la que se han construido las civilizaciones. Pero tengo cosas a decir y a aportar al mundo. Tengo muchas caras y en mi interior hay infinidad de puertas que esperan ser cruzadas. Esperan ser cruzadas para comprender la existencia humana y nuestro derecho más preciado: la libertad. Tradicionalmente se me ha asociado con la sin razón y la vulgaridad; con la debilidad mental y seres deformes. Se me ha acusado de traición y se me ha catalogado como lo peor que le puede suceder a una persona. No negaré que alguna de mis caras más duras haya recaído sobre la faz de la tierra. No negaré mi culpa. No soy ni inocente ni culpable, soy como el universo: indiferente a los deseos de los hombres. Estoy entretejida a la totalidad de la vida como las raíces de un árbol a la tierra. Pero vosotros, los humanos, podéis hacer uso de mi. Atravesando mis puertas con precaución y valentía podéis internaros en nuevos senderos que os lleven a la realización. Se trata de recuperar una parte de la infancia; la parte espontanea y desinhibida de los niños. Cuando sintáis subir desde el fondo a la infancia lejana, me comprenderéis mejor, porque todos los niños están locos; locos de alegría, de espontaneidad, de volar por encima de la seriedad, de libertad en la palabra y en los actos; y en verdad, los niños, son muy razonables y sensatos. Lo que pasa es que su mente es pura, no está contaminada por el sistema social; su conciencia es pura energía. Vosotros podéis cumplir un sueño: la experiencia y el autocontrol del adulto, con la inocencia y libertad del niño. Os contaré una historia. Una de esas viejas historias que se cuentan por ahí: Era una vez un escritor que vivía en París en el siglo XVI. Soñaba con crear algo especial, algo diferente; algo que cautivara a los intelectuales de la época. Se dedico a viajar por Europa y a conocer a las gentes y lugares remotos para estudiar el alma humana y desvelar los secretos de la existencia. Se dice que poseía un talento extraordinario y mucha imaginación, pero que estaba limitado por un mal cruel e incapacitante: era tan inhibido que no lograba vivir con soltura; las garras de la vergüenza(la misma vergüenza de la que se ha valido la sociedad para controlar al pueblo) lo tenían preso en la oscuridad de la mente. Se dice que sufría, pues no hay peor mal que el hombre encerrado. No en prisiones del estado, sino en las prisiones invisibles de la propia mente. Una noche estaba el escritor en su pequeño piso en París, anotando los apuntes de una posible historia. Eran ya altas horas de la madrugada cuando se asomó a la ventana para contemplar la noche. Cuentan que en la noche antigua y lejana, el escritor posó sus ojos inteligentes en la luna y que allí, durante un instante, vio claramente la locura. Una lágrima de emoción incontenible rodaba por su dura mejilla, al tiempo que un poema impregnaba una hoja: Entre tu mirada Y mis palabras Entre tus labios Y mi alma He visto una luz que me lleva por senderos soñados desde el fondo de una ilusión

jueves, 7 de abril de 2011

EL SEMÁFORO

Luz roja, un minuto más tarde, luz verde y la roja se apaga. Luego sólo la luz ámbar y a los pocos segundos, otra vez salta a la luz roja. Sigue su juego de luces.
La lluvia lo tiene empapado, ni tan siquiera sus viseras lo protegen de las húmedas gotas que caen con tal la intensidad que es difícil distinguir los colores.
El viento sopla, sopla sin cesar, lo azota de un lado y luego del otro, haciéndole bailar al son de su música sin dejar de mostrar sus iluminadas intenciones una y otra vez.

Luz verde. Carcasa amarilla y rota por la parte inferior, sin ningún reparo en mostrar sus intimidades a todo el mundo, prácticamente hueco en su interior e iluminado con el color de una hermosa pradera.

Luz ámbar. Con grietas en su lente y prácticamente rota, deja entrever su transparente y encendida bombilla.
Baila y baila sin parar.

Luz roja. Añora la pasión de los primeros días. Ahora, destiñe un vago recuerdo de su pasado.

El viento sigue azotándolo caprichosamente hasta tal punto que no lo soporta más y cae.
Sigue cayendo, arrastrado por el viento hasta que impacta contra el suelo y se rompe en dos. Pero no se queda aquí, una de las partes se arrastra por el suelo hasta impactar contra la pared de un edificio. Allí se sumerge entre el polvo y los escombros. En el olvido.
La otra mitad sigue su recorrido calle abajo, dejando atrás su mitad. Cada vez se aleja más y más hasta donde alcanza la vista. Esperando encontrar a su mitad en el olvido.

domingo, 3 de abril de 2011

EL CASO DE LA ELEFANTE BAILARINA

Los extremos de la mesa estaban cubiertos por dos torres de papeles, enmarcando en el centro la figura del Juez, que le sonreía mientras jugaba con un vulgar boli bic.

- Veamos si usted es capaz de explicarme todo este lío, porque la declaración de sus compañeros los payasos, ha sido, y permítame la expresión “de chiste”. - y el juez estalló en risas girándose hacia su secretaria - ¿Lo ha cogido Jiménez?, payasos y chiste, ¿a qué es muy bueno?.

La secretaria esbozó una sonrisa cansada.

- Si Señor Juez, lo he cogido a la primera, y le recuerdo una vez más que Jiménez se prejubiló hace dos meses, no estaría mal que me llamase por mi nombre alguna vez. Me llamo A – NA.

- Ya se que usted no es Jiménez – ahora la melancolía nubló la cara del Juez – a Jiménez si le gustaban mis chistes.

Ana, alias Jiménez, movió con furia el ratón del ordenador.

- ¿Podríamos empezar ya con las diligencias?. Este señor tendrá cosas que hacer, y a mí me gustaría salir hoy un poco pronto, para variar. Tengo que hacer la compra y cocinar para toda la semana. Y sinceramente, con la declaración de los payasos ya he tenido bastante por hoy. - la secretaria colocó sus dedos sobre el teclado y lanzó una mirada amenazante al Juez.

El Juez centró su atención en el final del túnel de papeles, donde un hombre se comía las uñas con saña.

- Entonces, ¿usted es el domador de la elefante?. - Al pronunciar “elefante” el Juez sonrió urdiendo un chiste para sus adentros.

- No, yo no, yo soy sólo su cuidador, el domador es... bueno, era, mi hermano. - y añadió un poco más bajo – a mí no me gusta salir a la pista, tengo miedo escénico.

- ¿Cuánto tiempo lleva usted encargándose de … como se llama ... ? - el juez revolvió entre sus papeles.

- Ely – apuntó la secretaria – la elefanta se llama Ely, como la amiga de Pocoyó.

- ¿Pocoyó? - preguntó el Juez. - ¿Ese quién es? ¿Otro payaso?.

- No, es un dibujo animado que tiene por amiga una elefante rosa llamada Ely. A mis sobrinos les encanta. - la secretaria contestó sin separar la vista del ordenador, como si el diálogo no fuese con ella.

- Perdonen, pero se llama “Verbena”, Ely era su nombre artístico. - Puntualizó el cuidador tímidamente.

- Vaya, que curioso, no sabía que los animales tuviesen nombres artísticos – el Juez parecía a punto de estallar en risas, ante la mirada cada vez más severa de Ana. - Bueno, ¿Cuánto tiempo llevaba usted encargándose de “Verbena”?.

- Desde siempre, “Verbena” nació en el circo, como yo, mi padre me encargó su cuidado y educación, decía que era muy importante desarrollar lazos de afecto entre el animal y su domador.

- Pero usted no era su domador, ¿no?, no podía serlo porque tiene “miedo escénico”. - Señaló el Juez.

De repente el Juez dejó de parecerle al cuidador un tipo gracioso con problemas para recordar nombres, y en su cerebro empezó a percibir tenues señales de alarma.

- No, pero no me importaba, disfrutaba cuidándola, no hay nada mejor que recibir el cariño del animal, son seres puros. - al descubrir que ya no le quedaban uñas por devorar, el cuidador optó por apoyar las manos sobre la mesa, bien lejos de la boca.

El Juez contempló unos segundos los dedos carcomidos.

- Seres puros y maniáticos, o por lo menos “Verbena” lo era, según los payasos, nunca salía a escena sin fumar antes un cigarrillo, usando un cenicero propio al que estaba terriblemente apegada. Es una historia curiosa sin duda, una elefanta fumadora con un agudo sentido de la propiedad privada... no se ve todos los días. ¿Por cierto, cual era la opinión de su padre al ver que usted había convertido a un “ser puro” en una fumadora empedernida?.

- Mi padre murió hace un año, antes de que “Verbena” empezase a fumar, y se nos ocurriese la forma de sacar adelante el circo. - El cuidador se tapó la cara con las manos, al tiempo que se balanceaba atrás y adelante-.

Ni el Juez ni la secretaria parecieron sorprenderse ante el comportamiento del cuidador, uno porque estaba mirando hacia un punto invisible en el aire, pensativo, y la otra porque se limitaba a teclear mirando de vez en cuando al Juez con antipatía.

Repentinamente el Juez abandonó su ensoñación: - ¿Podría usted explicarse un poco mejor? ¿Contarnos la historia desde el principio, cuando su padre muere, y “Verbena” se convierte en la primera elefanta adicta a la nicotina?.

El cuidador vaciló, tomó aire, y tartamudeando aveces, casi sin respirar otras, contó su historia:

- Mi hermano y yo heredamos el circo arruinado, la situación era desesperada, fuimos vendiendo todos los animales hasta que sólo nos quedó “Verbena”, no podíamos deshacernos de ella, era una más de la familia, como una hermana pequeña un poco tonta, no se si me explico. - El Juez asintió comprensivo - Entonces, mi hermano, vio en la tele un programa infantil “Pocoyó” ¿lo conoce?, en el salía bailando un niño azul con una elefanta rosa llamada Ely, eso dio la idea a mi hermano, “Verbena” siempre había tenido aptitudes para el baile, le encantaba la música desde pequeña, sólo teníamos que cambiarle el nombre y pintarla de rosa. Nos anunciamos como “El Circo de Ely”, la idea era buena, atraía al público, pero teníamos un problema: “Verbena” se ponía histérica cuando la pintábamos de rosa, y más que bailar, correteaba como una loca por la pista. Buscamos mil remedios, pero no había forma, hasta que un día, no se como, alguien le dio un cigarrillo y... se relajó. Desde entonces, mientras la pintaba de rosa para actuar, ella fumaba.

- Nunca había oído nada igual – el Juez parecía realmente sorprendido – Desde luego, el mundo animal es un misterio. Pero creo que ha olvidado mencionar un elemento importante en su historia: el cenicero.

- ¿Qué?. - El cuidador palideció. - Era un cenicero normal y corriente, de los chinos... no se que importancia puede tener.

- Según los payasos, el cenicero sí era importante. - la sonrisa había desaparecido de la cara del Juez mientras exhibía un papel en la mano.- En su declaración aseguran (sin dejar de reírse) que “Ely”, o “Verbena” como usted la llama, tenía obsesión por un cenicero determinado, si no se lo daban, se ponía furiosa y era difícil de manejar. Los payasos lo describen, y leo textualmente, como “una horterada azul oscuro con peces amarillos”. Sin embargo, en la jaula de “Verbena” encontramos este otro cenicero – y el juez alzó como un trofeo un cenicero azul pintado con flores. - Es parecido al habitual, pero no es el mismo, y el “accidente” parece indicar que “Verbena” descubrió la suplantación y se enfureció.

- No lo se, es posible. - balbuceó el cuidador.

- Según todos los testigos, usted era la única persona que accedía a la jaula de “Verbena”, y el que tocaba sus cosas. Por tanto, el único que pudo cambiar los ceniceros. - el juez inclinado sobre la mesa, se mostraba implacable.

- Es cierto, lo admito, sustituí el cenicero por otro parecido cuando se rompió, creí que “Verbena” no se daría cuenta, por amor de dios, no es más que un animal...

- Pero se dio cuenta.

- Sí, eso parece...

- Entonces, la pregunta ahora es: ¿Dejó usted salir a su hermano a la pista con un animal enfurecido?.

- No, yo no podría... yo quería a mi hermano y a “Verbena”. Nunca les haría algo tan horrible. Cuando se rompió el cenicero, mi hermano decidió comprar uno nuevo, parecido. Dijo que los elefantes no pueden distinguir unas flores de unos peces... el siempre tenía buenas ideas, era muy listo, y yo le hice caso. Antes de actuar, le dije que “Verbena” estaba muy nerviosa, y que deberíamos cancelar la función, pero no quiso, teníamos todas las localidades vendidas, habría sido un desastre.

- Entonces, ¿un domador experto como su hermano, se arriesgó a actuar con un animal nervioso?. - la incredulidad del Juez se palpaba en el ambiente.

- El pensó que cuando saliesen a la pista, “Verbena” olvidaría su cenicero, y actuaría por rutina.

- Pero no fue así – el Juez no daba tregua al cuidador que temblaba ligeramente y le costaba hablar.

- No... “Verbena” perdió la razón y …

- Le mató. Lo tiró al suelo y le pisó la cabeza, delante de cientos de niños histéricos. El Juez apoyó la espalda en el sillón, se colocó la chaqueta y la corbata en su sitio. Por unos momentos sólo se oyeron en el despacho las teclas del ordenador. - ¿Usted afirma que todo ha sido un accidente provocado por la imprudencia de su hermano? Dijo el Juez suavemente.

- Bueno... sí, yo le advertí, pero no me hizo caso.

- Entonces ya hemos terminado – dijo el juez, coreado por el suspiro de alivio de la secretaria. Salvo por un pequeño detalle. Si fue un accidente, ¿por qué escondió el cenicero dentro de un saco de forraje?. - como si fuese el triunfo de una partida de cartas, el juez arrojó sobre la mesa un cenicero azul con peces amarillos.

Noemí Herrera

ejercicio del binomio

Encuentros

Las puertas de cristal se abrieron de golpe produciendo el efecto de un pequeño terremoto: sillas bailando, movimiento peligroso de los cuadros, cortinas ondeando como locas, y en el epicentro del desastre: María agitando el movil con cara de loca:

- ¡Chicas! ¡No os lo váis a creer! ¡Me ha llamado un hombre!.

Las chicas, acostadas cada una en un sofá, siguieron mirando hacia la televisión. Apenas un leve movimiento en los sofás demostró la existencia de vida inteligente en el salón, pero no su interés por como le había ido el día a su compañera de piso. María, insensible al fracaso, arrebató el mando a Clarita y con gesto decidido apagó la tele.

- Es encantador, listo, guapo y muy inteligente. Creo que es el definitivo. – muy satisfecha, María se sentó en una butaca tirando al suelo un par de cojines.

Clarita y Marga reactivaron sus neuronas y como dos sierpes se lanzaron sobre María intentando recuperar el mando.

- Esto te pasa todos los días, no es una novedad. – dijo Clarita con sinceridad aplastante mientras intentaba reducir a María.

- Además, ahora va a empezar CSI, y hoy va a ser muy emocionante. – Marga había agarrado a María por un pico del jersey y tiraba de él con tozudez. - Danos el mandooooooooooooooo, y no te sientes encima de el que lo vas a romper.

María se retorció como pudo, hasta que logró ocultar el mando entre unos cojines sobre los que se sentó sin perder la sonrisa:

- No os lo daré, hasta que os lo haya contado todo, veréis como es muy bueno.

Las chicas se dieron por vencidas. Después de un año de convivencia les había quedado claro que sólo la tozudez de María podía igualar a su capacidad de enamoramiento.

De dos tirones, Clarita se hizo con los cojines blandos mientras lanzaba la pregunta que María esperaba desde su entrada catastrófica en la sala:

- ¿cuándo has conocido a ese dechado de virtudes que te llevará al altar?.

Si alguien buscase en ese momento "satisfacción" en la wikipedia, habría aparecido al lado la imagen de María: sentada en una butaca, con las piernas cruzadas a lo buda, las manos sobre la barriga, y una sonrisa tan ancha como su cintura, contemplaba su auditorio esperando despertar la suficiente expectación. Enfadada, Marga le arrojó un cojín que fue atrapado limpiamente, y utilizado para acomodar la espalda por la protagonista del momento:

- Empieza ya a contar, encima de que te aguantamos, no te hagas la interesante. – Marga había empezado a limarse las uñas con rabia decidida a aprovechar el tiempo.

- Y cuanto antes empieces, antes acabas, y aún podemos salvar algo del CSI. – Clarita no se resignaba a perder la noche de televisión y vigilaba con disimulo el lugar donde el mando había sido sepultado.

- Vale, no os mato más de curiosidad: le conocí esta mañana en el metro. – María siempre había hecho gala de una espontaneidad rayana en la locura, pero aquello a las chicas las superó

- ¿Me estás diciendo que has dado tu teléfono a un desconocido que te lo pidió esta mañana en el metro?. Clarita había cerrado los ojos y contado hasta tres antes de abrir la boca.

- No, claro. – Contestó María - no estoy tan tonta.

Suspirazo de Marga:

- Menos mal, vaya susto.

- Yo fui la que se acercó a el, y le dio el teléfono. – explicó María.

- ¿Pero es que te has vuelto loca?. ¿Cómo se te ocurre acercarte a un desconocido y darle tu teléfono?. – la incredulidad impedía a Marga cerrar la boca.

- Y encima en el metro, a hora punta. – el horror de Clarita contrastaba con la tranquilidad de María, que les contestó haciendo uso de su lógica particular:

- Por supuesto que en el metro, y a hora punta, que es cuando van los chicos honrados y trabajadores. Os dije la semana pasada, que se habían acabado los vagos y maleantes en mi vida, a partir de ahora sólo hombres trabajadores, encantadores y guapos.

Marga empezó a recogerse el pelo con unas horquillas.

- Bueno, a hora punta, también van carteristas. ¿O no Clarita?.

- Muy cierto, recordad cuando me robaron el monedero y tuve que pedir prestado para volver a casa, fue horrible.

Insensible a su hipotético matrimonio con un carterista madrugador, María seguía con su relato.

- Sois unas desconfiadas y unas amargadas, así no se puede ir por la vida, hay que ser más alegres, más abiertas de mente, más...

- ¿Aventureras? Las tres sabemos como acaban tus aventuras, pero si quieres te refrescamos la memoria.

- Equivocarse es la salsa de la vida, no podemos ser todos perfectos, como en esa película horrible que vimos ayer, y que al final eran todos extraterrestres, y así, claro, no se equivocaban. Porque, enteraos de una vez, (y aquí María cogió aire para que su teoría tomase más peso) los humanos nos equivocamos, y por eso somos humanos.

Clarita sacudió la cabeza mientras intentaba asimilar lo del desconocido hipotético honrado trabajador o malvado carterista, y la posible imperfección del ser humano que le diferenciaba de extraterrestres, para centrarse en un tema más practico:

- Entonces, te ha llamado. ¿Y que te ha dicho?.

- Ah, pues que con locas no queda, pero que tiene un amigo al que le gustaría conocerme.

Marga y Clarita preguntaron a coro: ¿Que vas a hacer?.

María estiró las piernas, tiró al suelo los cojines, y lanzó el mando hacia Clarita:

- Pues quedar con el amigo e intentar ligarme al otro. Desde luego hoy ha sido un gran día: con un simple gesto he conocido al hombre definitivo y a su maravilloso amigo. ¿Qué más se puede pedir de la vida?.

Noemí Herrera

Segundo ejercicio del curso

Buscando una respuesta

Empujaba el carrito de la biblioteca a última hora de la tarde, agradeciendo que no hubiese mucha gente presenciando sus esfuerzos para evitar que el carro se desviase tercamente hacia la derecha, por más que se intentaba mantenerlo derecho, las ruedas giraban y el carro avanzaba tropezando contra las estanterías: plack plack plack. Tan concentrada estaba por evitar colisiones, que tardó en darse cuenta de que alguien la seguía. Al principio fingía rebuscar entre los libros de idiomas, luego se lo tropezó vagando junto a las estanterías de cocina, poco después toqueteaba los lomos de los cómics, sin sacarlos de su sitio. Tras recorrer casi media biblioteca, optó por arrollarlo junto a los diccionarios. Y aprisionado entre el carro y un diccionario de antónimos y sinónimos, se atrevió a preguntar:

- ¿Puede ayudarme? He localizado una serie de libros en el ordenador, pero no los encuentro entre las estanterías -y añadió en voz baja como si fuese un estigma- es la primera vez que vengo aquí.

Ella le sonrió amable pero con firmeza, tal y como hacía con todos los chicos de Instituto, que llegaban desorientados buscando libros para sus trabajos académicos. Le miró de arriba abajo: menudo, con gafas, cara de tímido, vestido moderno pero sin pasarse. Lo suyo era el ordenador y no los libros, ahora le pediría “Platero y yo” especificando que era un libro escrito por un señor muy mayor, o algo así. Juventud: divino tesoro.

- Claro que te ayudo, y no te preocupes si vienes por primera vez, lo importante es que a partir de ahora seas asiduo.

El chico sonrió más tranquilo. Y le tendió una hoja pulcramente doblada en cuatro. “Amabilidad y firmeza, pensó ella sonriendo, y estos niños se te deshacen en las manos, aún haremos de ellos lectores ejemplares”.

La lista le cambió la cara, con letra caligráfica, a dos colores, ordenados alfabéticamente el joven lector solicitaba: “Vida después de la muerte”, “Comunicarse con los espíritus”, “Como usar la ouija”, así hasta 10 libros. Después de la sorpresa inicial sólo pudo pensar “Cuanto daño está haciendo “Crepúsculo”.

Le guió hasta la estantería y cuando estuvieron delante de ella, por primera vez al chico se le iluminó la cara:

- ¡Pero si tenéis muchos más libros! Vuestro buscador es un desastre, no se encuentra nada, si no llega a ser por tí, todo esto no lo veo - Extraía los libros entusiasmado, los ojeaba con ojo crítico y volvía a colocarlos, a toda velocidad. - ¿Cuántos puedo llevarme?

- Cinco.

- No son muchos, tendré que escoger muy bien.

- Bueno... cuando los devuelvas puedes sacar otros cinco, y así poco a poco ir leyendo lo que te interese.

El chico se detuvo un segundo para mirarla - lo que pasa es que no se si voy a tener tiempo.

- ¿Tiempo? Claro que vas a tener tiempo, te los prestamos 20 días, más que de sobra para que los leas y si no te da tiempo puedes renovarlos por 10 días más. - En eso si era igual al resto de los adolescentes: lo querían todo y nunca les bastaba el tiempo.

El chico la miró con cara “tu no lo puedes entender” y ella se encogió de hombros pensando “tienes razón, no puedo entenderlo, pero tampoco me interesa, con terminar de colocar los libros antes de la hora del cierre, tengo bastante”.

No volvió a verle hasta que el conserje empezó a apagar las luces, surgió de entre las tinieblas con los libros entre los brazos, gritando si aún estaba a tiempo para sacarlos. Ella suspiró, era la misma historia de todos los días: justo cuando estás apagando el ordenador, aparece el rezagado y no puedes salir a tu hora, con el frío que hace en invierno y las ganas que tenía de llegar a su casa para cenar y meterse en la cama.

Hizo un esfuerzo y sonrió, el chico era nuevo, y no quería que se llevase una mala impresión, por menos de eso se largaba la gente pensando “yo aquí no vuelvo, que la bibliotecaria es una borde”.

- Lo siento, es que me ha costado mucho decidirme, me habría gustado llevarme más, pero con estos tendrá que bastar.

Ella siguió sonriéndole distraída, pensando en cerrar el ordenador, coger el abrigo y salir corriendo hacia su casa.

- Ya te he dicho que puedes renovarlos, y el resto te seguirán esperando tranquilamente en su sitio. No es un tema del que haya mucha demanda, la verdad.

- No lo entiendo, ¿a tí no te interesa saber si hay algo después?.

Estuvo tentada de explicarle que a ella lo que le interesaba era largarse a su casa cuanto antes, y no ponerse a divagar sobre la vida y la muerte, si el chaval buscaba un interlocutor, que le diese la lata a sus padres.

- Bueno, ya sabes lo que dicen – empezó apagar el ordenador – nunca ha vuelto nadie para contarlo - Guardó los bolígrafos y le miró poniendo cara - eres muy simpático, pero ahora mismo sólo quiero irme a casa.

- ¿Te gustaría que alguien lo hiciese?. - El chico parecía no tener casa o pocas ganas de volver a ella.

- ¿Hacer qué?

- Regresar y contártelo.

- Pues claro – bromeó ella levantándose de la silla con cara de “vete ya, por favor” - siempre es interesante conocer cosas nuevas.

- Entonces volveré a verte – la puerta acristalada se cerró con un crujido metálico, y ella pensó “¡Por fin!”.

El primer día que encontró los cinco libros distribuidos por el suelo de la biblioteca, pensó que el chico tenía una forma curiosa de devolverlos, el segundo día estaban apilados sobre una mesa, justo debajo de la lampara de lectura, como si alguien los hubiese olvidado allí después de consultarlos, el tercero la esperaban en el carro junto al resto de los libros ordinarios, pero no fue hasta el cuarto cuando se enfadó de verdad: al mover su silla cayeron con estrépito sobre el suelo. Si aquello era una broma no le veía la gracia, ni la causa. Buscó sus datos en el ordenador y con la determinación que da el malhumor llamó por teléfono a su casa. Contestó un hombre de voz ronca, que la escuchó en silencio hasta el final, cuando arrastrando un poco las palabras respondió:

- Señorita, no entiendo nada de lo que me está contando, yo fui quien devolvió los libros, mi hijo se suicidó hace unos días.

Sentada con el teléfono en la mano, mirando los libros sobre la mesa le cruzó una idea “voy a tener que colocaros durante mucho tiempo”.


primer ejecicio del curso

Noemí Herrera

sábado, 2 de abril de 2011

Cruce de Caminos

Ella estaba en el borde del camino, tal vez contemplando el súbito vuelo de un pajarillo, entre los árboles, el bosque frondoso que se abría en adelante, como un gran edificio imposible. El camino es poco transitado, callejuelas de arena que se abren paso entre campos, donde a lo lejos se ve la silueta de un payes encorvado hacia la tierra, y la brisa canta su lenguaje sereno. A la chica le gusta estar allí, es un lugar anónimo, un espacio donde no eres juzgado, la naturaleza es un sabio que arropa con su calma y su sabiduría. Y la chica siente que ella también se desvincula de su identidad mundana; se siente otra, libre; libre de su pasado, libre del mundo, una flor en la brisa. Camina, se adentra en el bosque. Contempla las formas y los colores, la inmensa riqueza: se adentra en ramas ondulantes como serpientes adormecidas, árboles míticos; la luz del Sol baña el interior del bosque y hace un contraste de sombras e hilos de luz que danzan con la brisa. Es un mundo primordial, originario. La chica no recuerda como ha llegado hasta aquí, pero no se quiere ir, todavía. Por el camino, pasa un joven. Viene caminando, paseando; no parece ir a ningún lugar, solo camina, se deja llevar. Y la ve. Recostada contra un árbol a la entrada del bosque. Le hace un tímido saludo, y prosigue su camino. Pero de pronto se da cuenta de algo: la imagen no es habitual, una hada en su bosque, eso piensa, i se gira a mirar. La chica sigue allí. Y él siente que ella lo espera, piensa que ella es diferente, diferente a todo, huida del sistema, lejana a las costumbres que hacen de la vida una obra patética, ella es pura vida libre, la palabra articulada por vez primera, lo visto con ojos limpios, nuevos, y decide ir hacia ella. Se reconocen el uno al otro , igual que la tierra y el agua, igual que la sed de las plantas, un deseo nacido… Y hablan, pero con palabras viejas, sepultadas en el interior, hablan; y ese discurrir del habla se confunde con las flores y las ramas, es un habla lejos de todo, casi un idioma diferente. No tienen necesidad de ocultarse nada, se ven como espejos claros, y el amor florece entre ellos. Son la raza humana desnuda, la libertad primera. El bosque arropa la unión, el camino arenoso conduce a eso, les conduce a eso; A esa libertad. Pero de repente pasa una persona en bicicleta; Un coche deja su estruendo en el camino; un grito lejano les hace darse cuenta de algo, y saben que se tienen que separar. Tal vez puedan quedar otro día para tomar un café, o ir al cine… Tienen miedo. -Nos volveremos a ver?. –pregunta el chico. -Siempre podremos vernos, pero no quiero saber nada de tu vida. -Yo tampoco. –dice él. - Solo sabremos esto, este sitio. Tu alma, mi alma… - Donde nos veremos? La chica sonríe y le besa: -En el cruce de caminos, lejos, muy lejos…

viernes, 1 de abril de 2011

LA PELOTA (SUBPERSPECTIVA DE ANTONIO PEDRO RIERA)

LA PELOTA (ANTONIO PEDRO RIERA) El niño juega en la calle con una pelota haciendo malabares, es sábado por la tarde y sus amigos no han salido todavía, tampoco tiene deberes y esta concentrado jugando. Levanta el pie y le da un balonazo demasiado fuerte, la pelota sale despedida rebotando en un coche, calle abajo. El conductor del mismo insulta al niño y este, acobardado se va corriendo a su casa olvidando la pelota. Entre golpes e insultos desciende por la izquierda de la calle, donde una pareja de ancianos la ven pasar y la abuela, entusiasmada, intenta cogerla con las manos extendidas y cae al suelo. El abuelo, asustado, intenta ayudarla y desvía la pelota de un bastonazo y la pelota baja a la derecha de una calle que hace pendiente. Tropieza con un árbol y parece que se va a parar, pero en un extraño giro en espiral en el bordillo de un árbol, la acelera de nuevo, hasta los pies del dueño de un bar que está fumando en la puerta, y este, cabreado por la poca clientela que hay dentro le da un puntapié que atraviesa por los aires la calle como si fuese un globo a medio gas. Nadie se extraña cuando del cielo ven bajar una pelota en medio de una rúa por los derechos de los homosexuales, nadie oye el grito del hombre del megáfono soltando slogans, entre bailes y música estridente, y casi nadie percata el balonazo que recibe en toda la cabeza. La pelota salta de un camión sin techo a otro camión, y sus integrantes, creyendo que es un juego de la organización, se la van pasando con las manos, sin dejar que toque el suelo. Un gay bizco, se equivoca al palmearla y dándole con demasiada fuerza sale despedida a la acera donde es recogida por un rumano despistado que lleva un carrito del súper. Sobresaltado por el impacto no para a pensar lo que ha ocurrido, está demasiado ocupado en correr, perseguido por un guardia de seguridad de un Carrefour cercano. Toman velocidad, el carro y el rumano, bamboleándose la pelota dentro del carrito y cuando el hombre logra despistar al guarda la tira directamente a las manos de una adolescente okupa. Está, sorprendida deja con tranquilidad la pelota en el suelo y con la puntera de sus botas militares, chuta, apuntando directamente a su exnovio perroflauta, que despistado, se está liando un cigarro, dándole en el bajo vientre. El perroflauta, encogido y dolorido la cabecea en una postura imposible y la pelota, desplazada en diagonal por la acera, acelera de velocidad. Llega hasta la calle de abajo, donde se oyen gritos y cargas policiales. Los antidisturbios tiran gases lacrimógenos contra una casa okupada. Ocupada, entre otros, por la expareja anterior. Un policía con mala leche la cuela en la portería de la casa con un golpe de su escudo donde está un rasta encolerizado volteando bolsas de basura y tirándolas a los policías. En uno de los molinillos el rasta alcanza la pelota y esta vuelve a salir, impulsada en parte por el furor del rastas y la rabia de los antidisturbios. Entre las aceras, bajando por calles de izquierda a derecha, sin respetar ninguna lógica, camina ligera la pelota hasta que suavemente, toca el pie de un parado, que escucha en silencio y asqueado la conferencia de prensa del alcalde. Su discurso sobre las equipaciones y las necesidades del barrio lo tiene alterado, le da todo igual, al jubilado y al alcalde. Y en un arrebato, se agacha y cogiendola con las dos manos le estampa la pelota en la cara del alcalde. Ese momento queda registrado en directo por todas las cámaras de televisión y más tarde, emitido en los telediarios, zappings y el youtube, donde alcanzará récords de visitas. Y el niño del primer párrafo estando en su casa, aburrido y viendo la televisión grita: ¡ Mi pelota !

sábado, 26 de marzo de 2011

Ejercicios primera y tercera persona

Ejercicio en primera persona

Tan intensamente contemplé

Soy un hombre común, con sus cualidades y defectos, con su trabajo, con el intrincado cruce de emociones en la garganta; soy un ser humano, tan solo-o increíblemente- un ser humano. Esto tenía que tener algún sentido; si, yo era paleta, me llamaba Juan, y estaba iniciando una bonita relación con una mujer algo mayor que yo; Tenía mis hobbies, los domingos por la tarde me entristecían, y quería cumplir mis sueños. Dicen que nada sucede por casualidad, sino que hay un sentido oculto en la vida; yo no ví tal sentido cuando por casualidad, subí al segundo piso de la biblioteca municipal.
Caminé poco a poco hacia aquella estantería, la hilera de libros escrupulosamente ordenados, el silencio letárgico pero lleno de vida que trashumaba el lugar, y la intensa emoción que embargaba mi alma anunciando una nueva cita con Carol, debieron alterar mi percepción visual, porque de pronto fijé la vista en un libro, un ejemplar viejo y desgastado que parecía reclamar mi interés, lo cogí entre mis rudas manos de paleta y lo abrí al azar, y en el leí un poema titulado: Tan intensamente contemplé. De Cavafis.
Algo se encendió en mi al leer aquel poema. Empecé, no a mirar, sino a ver. Contemplé parques y jardines, contemple las calles y las aves, vi la luz del sol formar una línea recta, perfecta, en un prado; decidí contemplar la Naturaleza con ojos surrealistas, y de pronto, un árbol era tan bello que sentía su respiración sosegada expandiéndose en el frondoso bosque; contemplé, hasta que quise poner mi mirada en el infinito, allí donde el mar se pierde en una raya imperceptible. Hice mío el misterio de la vida, y fue entonces cuando empecé a vivir.








Ejercicio en tercera persona

Tan intensamente contemplé

Decían en el pueblo que había un hombre, un hombre común, que elevó la cualidad humana al justo reconocimiento que se merece. Era paleta de profesión y no salía nunca a la ciudad. Era, sin embargo, una alma inquieta. Pensaba que la vida era algo más que tener un nombre, un trabajo, una pareja, estar inmerso en una sociedad…
Mientras trabajaba realizando chapuzas en las casas del pueblo, pensaba, pensaba en Carol, su novia, en su trabajo, y en un momento en que el jefe no miraba, se detenía a oler una simple flor.
La vida, con su caprichoso azar, le hizo subir un día, por la tarde, el segundo piso de la biblioteca municipal. La sala estaba en silencio, solo el sonido de algún lector que pasaba las páginas de un libro, y una tenue respiración. Un libro llamó su atención, y fue hacía el, como quien va hacia adelante, en busca de un sueño. Lo abrió al azar y encontró un bello poema: Tan intensamente contemplé, de Cavafis.
El tiempo pasó, inexorable, y el inquieto paleta concibió un proyecto un tanto insólito.
Construyó una alta torre en los límites del pueblo, allí donde empezaba el frondoso bosque, y siempre se retiraba a aquel lugar.
Un día le preguntaron :
-Para que es esta torre?
Y él, con una sonrisa en los labios, contestó:
-Para ver…solo para ver.

Nota: Bueno, he disfrutado mas con el primero, y me ha costado un poco reconstruir el relato en tercera persona, he tenido que hacer algunos cambios, pero los he escrito un poco rápido los dos y sin pensar mucho en la estructura. Pienso que este relato en concreto va mejor en primera persona. Pero ha sido interesante plantearse la historia desde distintos puntos de vista. Si soy sincero, el de tercera persona me ha costado mas.

Marc Ribas

martes, 22 de marzo de 2011

Veinticuatro rosas rojas (Jovita Ferrer)

Abre bien los ojos, mira.
Jules Verne, Miguel Strogoff


Todavía no ha amanecido en la plaza Tetuán, pero ya se desplazan por su rotatoria cientos de coches que se apresuran a pasar con los semáforos en verde o frenan para dejar pasar impacientes a los pocos peatones que transitan por ella. Es ésta una secuencia del ciclo de la vida ciudadana que se repite incansablemente hora tras hora, día tras día, sin apenas cambios. Al menos aparentemente, porque en realidad a un observador atento siempre se le ofrecen detalles interesantes en un lugar como éste.
Ahí está, por ejemplo, ese curioso objeto tirado en una papelera. A primera vista parece una cometa multicolor abandonada ahí por algún niño, pero basta acercarse un poco para ver que se trata de un ramo de rosas. No es un ramo de rosas cualquiera, sino una de esas composiciones triunfales que sólo salen de las mejores floristerías de la calle Valencia, como indica muy bien la etiqueta sobre el lúcido celofán verde. Son veinticuatro preciosas rosas escarlata dispuestas en espiral dentro de un cesto de mimbre rojo con ribetes dorados, que resaltan sobre un elaborado entresijo de hojas de tuya y helecho. La composición, envuelta en un llamativo celofán, está rematada por un pomposo lazo de rafia dorado.

Mientras el sol naciente va arrancando destellos al ramo de rosas, nada parece cambiar en derredor de la papelera y su extraño contenido. Sólo un perro solitario se acerca a husmearla y encontrándola de su agrado levanta unos instantes una pata trasera para rendirle homenaje.

Cuando, poco después, se multiplican los transeúntes que pasan por la plaza, paseo arriba, paseo abajo, del edificio más cercano a la papelera sale Manuel. Se ha levantado de mal humor esta mañana. El empleado del banco, al que él y sus compañeros llaman el Corbatas, no se ha andado con muchos miramientos para despejar el cajero donde duermen desde hace unas cuantas noches. Le habría gustado dormir un poco más arropado en su manta, le irrita ser arrancado así del sueño, pero no ha dicho nada, no fuera a ser que el Corbatas acabara impidiendo del todo que pasaran la noche allí, justo ahora que habían encontrado un lugar tan cómodo y caliente donde pernoctar.
Manuel acaba de arrastrar la manta mugrienta y el cartón hasta el hueco de la entrada de una tienda que siempre tiene las persianas bajadas, se rasca un momento la espalda con las dos manos, se ajusta los pantalones raídos y recoge del suelo todas sus pertenencias: una mochila ligera y un alambre grueso, curvado por uno de los extremos. Le gustaría irse a tomar un café con leche con el Cojo y el Charli, sus dos compañeros de fatiga, pero hoy ninguno de los tres tiene dinero, así que cada uno toma un camino distinto y se disponen a ir buscando por ahí, en los contenedores de basura, algo que llevarse a la boca o vender por un par de euros.
Sus pasos lo llevan en línea recta hasta el semáforo más cercano y a la papelera que hay al lado, donde a veces se para a mirar si hay alguna colilla aprovechable para liarse un cigarrito. Sólo que hoy en la papelera hay tirado algo que atrae inmediatamente su atención de hombre rastreador. Es, sin duda, una de las cosas más bonitas que ha visto nunca y no es que Manuel no vea nunca cosas bonitas. ¡Al contrario! Su vida de clochard lo lleva a pasar por muchas calles y ha visto escaparates magníficos en muchos puntos de la ciudad. Además, él suele tener tiempo, para mirar y remirar las cosas, con toda calma, meticulosamente, saboreando a través de la sola vista, lo que no le es dado catar con el resto de sus sentidos. Pero es que ese ramo de rosas rojas, envueltas en ese papel tan fino y brillante, tirado así, en esa papelera donde habitualmente sólo se encuentran porquerías, no es algo normal. Manuel se pregunta qué hace ahí “esa cosa” con la desconfianza propia de quien no está acostumbrado a recibir nada gratuitamente y mientras alarga una mano para tocar el extraño objeto ya está pensando en retirarla. Es como si temiera quemarse al tocarlo.
Ahí delante tiene ese precioso ramo de rosas, podría cogerlo, podría llevárselo a alguna de las chicas del puerto y apabullarla, podría ir a vendérselo a los Encantes, pero no puede evitar pensar que algo así no es normal, seguro que trae mala suerte. Por algo será si alguien se ha deshecho de algo tan bonito. Manuel piensa que debe ser porque le ha dado mal de ojo a quien lo haya recibido. Y además fulminante, porque está impecable, sin un pétalo fuera de su sitio, como recién salido de la tienda. La mala suerte te debe asaltar bien rápido si las flores aún no han tenido tiempo de marchitarse un poco. Manuel suelta algunas palabrotas que suenan a conjuro y se aleja de la papelera haciendo gestos groseros con una mano. En cualquier caso, el cenizo no ha llegado a echársele encima, porque no pasa ni media hora y ya tiene el dinero suficiente para ir al bar de la plaza a tomarse un café con leche bien calentito.

Hace ya más de una hora que el sol ilumina ya de pleno la plaza, cuando del banco donde trabaja sale Miguel para ir a almorzar al bar más cercano. Como siempre, dedica unos instantes a recorrer con la vista los jardines de la plaza, con sus plantas siempre verdes, sus magnolias y palmeras, una imagen que le gusta imprimir en sus retinas para tenerla ante sí, en su mente, durante toda la mañana. Pero hoy hay algo ahí delante que llama su atención. Miguel se pregunta qué será, casi se lleva la mano al bolsillo para sacar las gafas y ver mejor de qué se trata, pero al acercarse un poco más ya ve bien lo que es: un precioso ramo de rosas rojas. Se le escapa un silbido al leer la etiqueta. ¡Un cesto de rosas de Navarrete! Nada menos. Ahora ya no le extraña que una cosa así le haya llamado la atención, desde luego. Lo extraño es que esté tirado ahí, en esa papelera. Ensimismado en estos pensamientos, sus manos se alargan para tocar el cesto, sin levantarlo, como para asegurarse de que es real o para sospesar la oportunidad de cogerlo o no. No sabe si pasa mucho o poco tiempo jugando con la idea de llevárselo, pero de repente parece darse cuenta de que alguien podría estarle viendo ahí, cogiendo algo de una papelera. Quizás un compañero de la oficina o incluso el jefe. Siente que le sube por el cuello una oleada de vergüenza y se pregunta cómo se le puede haber ocurrido una cosa así ¿Y si encima estuviera infectado de bichos o algo así y por eso lo habían tirado?
Sin las gafas no puede ver si hay por ahí algún pulgón, pero ahora no va a perder ni un minuto para sacarlas del bolsillo y ponerse a comprobarlo. Se da la vuelta, se ajusta el nudo de la corbata mirando a derecha e izquierda, como comprobando que no le haya visto nadie, y a grandes zancadas se dirige al bar.

Hacia las doce del mediodía, Ramón, el chico del bar, ve salir al último cliente del almuerzo, deja el trapo con el que está secando unos vasos sobre la barra y sale a respirar una bocanada de aire. Ahora recuerda que hoy dos clientes le han venido con el mismo cuento, no los ha acabado de entender bien, pero hablaban de un extraño ramo de rosas tirado por ahí. No es que Ramón les haga mucho caso a los clientes cuando hablan de esto y lo otro y lo de más allá, pero le choca que dos personas tan diferentes, como Manuel, el mendigo, y Miguel, el empleado del banco, al que en la zona muchos conocen como el Corbatas, le hayan venido a contar más o menos la misma cosa. Picado por la curiosidad, estira un poco el cuello para dirigir la mirada hacia el centro de la plaza y entonces ve los colores vivos y brillantes del ramo de rosas. Se acerca y se queda mirándolo fijamente. A Ramón, que desde hace un tiempo ha descubierto su alma de poeta, el ramo de rosas le hace evocar un amor desgraciado. Casi le parece ver sobre los pétalos rojos las lágrimas de honda pena de alguna mujer traicionada, que arrojando las flores a la papelera hubiese querido deshacerse de un gran desengaño, de un dolor inmenso…
-Una gran mujer, que no se ha dejado comprar por quien no la merece… –musita apartando la vista del ramo. Vuelve al bar y sigue secando vasos, maquinalmente, imaginando cómo debe ser la misteriosa y desafortunada desconocida.
Ni por un momento se le ha pasado por la cabeza la idea de quedarse con el ramo.

Son casi las doce y media cuando una furgoneta se para bruscamente junto a la papelera y Toni, el conductor, baja de ella precipitadamente y aferra rápido el ramo. Casi tiene ganas de besarlo, de lo contento que está. A pesar de haber recorrido muchos kilómetros con la esperanza de encontrarlo en alguna parte del recorrido matinal, ahora todo lo que ve le parece increíble: que esté aún en tan buen estado, que nadie se haya llevado ni una sola rosa, que esté ahí impecable, exactamente como si se acabara de caer de la furgoneta.
Toni se siente feliz por la porción de buena suerte que acaba de recibir en este día y piensa que se ahorrará los setenta euros que vale el ramo y la bronca del jefe, lo que vale aún mucho más. Aún así no puede evitar hacerle un comentario al compañero que viaja con él haciendo los repartos:
-Digo yo, que hay que estar ciego para no ver una cosa así y llevársela corriendo. Pero ya es eso, ya, que la gente va por el mundo como ciega, corriendo de aquí para allá sin ver nada, vamos. Nadie le presta atención a nadie ni a nada. Así va el mundo…



Barcelona, 1 marzo 2011

lunes, 21 de marzo de 2011

EL SEMÁFORO

Luz roja, un minuto más tarde, luz verde y la roja se apaga. Luego sólo la luz ámbar y a los pocos segundos, otra vez salta a la luz roja. Sigue su juego de luces.
La lluvia lo tiene empapado, ni tan siquiera sus viseras lo protegen de las húmedas gotas que caen con tal la intensidad que es difícil distinguir los colores.
El viento sopla, sopla sin cesar, lo azota de un lado y luego del otro, haciéndole bailar al son de su música sin dejar de mostrar sus iluminadas intenciones una y otra vez.

Luz verde. Carcasa amarilla y rota por la parte inferior, sin ningún reparo en mostrar sus intimidades a todo el mundo, prácticamente hueco en su interior e iluminado con el color de una hermosa pradera.

Luz ámbar. Con grietas en su lente y prácticamente rota, deja entrever su transparente y encendida bombilla.
Baila y baila sin parar.

Luz roja. Añora la pasión de los primeros días. Ahora, destiñe un vago recuerdo de su pasado.

El viento sigue azotándolo caprichosamente hasta tal punto que no lo soporta más y cae.
Sigue cayendo, arrastrado por el viento hasta que impacta contra el suelo y se rompe en dos. Pero no se queda aquí, una de las partes se arrastra por el suelo hasta impactar contra la pared de un edificio. Allí se sumerge entre el polvo y los escombros. En el olvido.
La otra mitad sigue su recorrido calle abajo, dejando atrás su mitad. Cada vez se aleja más y más hasta donde alcanza la vista. Esperando encontrar a su mitad en el olvido.

jueves, 17 de marzo de 2011

¡Vaya negocio!

Ejercicio en 1ª persona.

Hoy me he levantado de la cama realmente enfadado.

Ayer por la tarde se me cayó el primer diente y como mi madre me dijo que esa misma noche seguramente vendría el ratoncito Pérez a llevárselo para su colección y que a cambio me dejaría un regalito, yo antes de que se lo llevara quería conocerlo personalmente. Pretendía hacerle unas cuantas preguntas y llegar a un acuerdo con él ya que yo no quiero que me haga regalitos cada vez que se me caiga uno, prefiero tener un regalo grande, que ya tengo decidido qué puede ser, a cambio de todos los dientes que se me vayan cayendo. Decidí que lo mejor era que me fuera dejando vales por mi gran regalo cada vez que yo le cediera uno de mis dientes para que con el último que se me desprendiera me trajera lo que yo tanto deseo.

Pues bien. Decidí mantenerme despierto toda la noche, claro que haciéndome el dormido ya que según mi madre el ratoncito Pérez no viene si ve que estás despierto, para pillarlo in fraganti y tener una conversación larga y provechosa con él. Pero, tanto hacerme el dormido…. al final caí rotundo.

Antes de acostarnos, llegué a un acuerdo con mi hermanita, que duerme en la cama de al lado en la misma habitación, pidiéndole que a cambio de mantenerse despierta conmigo, por si yo caía, le dejaría usar mi gran regalo cuando lo consiguiera. Pero, también se durmió con lo que también me he enfadado mucho con ella.

No creo que sea para tanto lo que le quiero pedir ya que se dedica a dejar tonterías a todos los niños por todos sus dientes, que yo creo que le tiene que salir una pasta, y yo sólo quiero uno. A mi madre se lo pedí por mi cumpleaños, pero me dijo que yo aún era muy pequeño y que lo que pedía era demasiado caro por lo que ella no me lo podía comprar. Por eso decidí pedírselo a él. Sabía que me iba a suponer un gran reto mantenerme despierto toda la noche, pero en mi opinión merecía la pena. ¿O no creéis que se merece un esfuerzo la moto de Batman? ¡Es la mejor moto que he visto en mi vida! Corre más que los coches de los malos, puede volar y pegar unos saltos increíbles, ¡es preciosa!

Yo sé que mi hermanita es demasiado pequeña para utilizarla, pero le mentí para conseguir que me ayudara, aunque de momento no ha funcionado, pero bueno aún me quedan más dientes. No pasa nada porque yo le puedo dar una vuelta, pero despacito para que no se maree. Mi madre dice que yo también soy aún pequeño para una moto, pero ¡yo ya tengo 6 años! No importa. El día que lo consiga la esconderé en el cobertizo y de vez en cuando, sin que mi madre se entere, me escaparé con ella a darme un paseo. Ahora, lo más importante es conseguirla primero.

De todas formas, ¡qué le vamos a hacer! Esta noche he perdido la primera oportunidad de negociarlo, pero como digo aún me quedan más dientes. Por lo menos no está tan mal el regalito que me ha traído el ratoncito Pérez ya que me hacía falta un balón para jugar al fútbol, porque el que tenía se pinchó la semana pasada cuando jugando con mis amigos se nos cayó a la carretera y lo pilló una moto, por cierto, bastante parecida a la que yo quiero. Siempre me queda seguir soñando con ella por las noches mientras espero a que se me caiga el siguiente diente.

Ainhoa Barriola

jueves, 10 de marzo de 2011

UN SABADO COMPLICADO

— ¡Por fin sábado! —exclamo Luisa acariciando el negro pelo a Mario.
—Si cariño, déjame dormir un poco más. — respondió Mario.
—Mario cielo si ya son las diez En quince minutos te espero en la mesa para desayunar, voy haciendo las tostadas y el café.
—Ya vooooy.
Luisa se viste y se dirige hacia la cocina.
— ¡Máriooooooooooo! —grita Luisa pasada media hora.
—Ya estoy aquí
—Venga púes desayunamos que después tenemos que ir al Súper que estamos con la nevera vacía y vienen tres días de fiesta. Además tenemos que pasar por el sastre a recoger tu traje.
—Siempre andas con prisas, eres un nervio, —responde Mario—, te tienes que tomar las cosas con más calma.
—Ya son las once, entre que llegamos allí y volvemos ya será hora de comer y hoy tenemos que comer pronto que a las cinco tenemos que salir de aquí sino llegaremos tarde a la boda. —responde Luisa—. Si acaso ves a buscar el coche al parking mientras yo acabo de recoger esto, cojo la lista de la compra y cierro la casa.
—Como tú mandes, tú eres la que diriges el cotarro, como todas las mujeres, no si ya lo decía mi madre… en fin mejor me callo. ¡Te espero abajo!
Pasados diez minutos Mario recoge a Luisa en la portería.
—La ciudad esta medio vacía, casi no hay tráfico— comenta Mario— acabaremos pronto
—Eso espero.
Realmente encuentran el Súper casi vacío, en media hora han pasado por la carnicería, la pescadería y la frutería. Han cargado las bebidas y ya están pasando por caja.
—Son 130 € — dice la cajera— ¿Tienen la tarjeta cliente?
—Si aquí la tiene la cliente y la visa. —Dice Luisa
—El DNI por favor.
—Aquí está.
—Perfecto. —Dice la cajera.
Pasados unos segundos se vuelve a dirigir a Luisa
—Disculpe pero esta tarjeta me da error.
Luisa pone cara de circunstancias.
—No puede ser si ayer la utilice y no me dio ningún problema.
—La volveré a pasar.
—Sigue dando error.
—No se preocupe yo siempre llevo efectivo —dice Mario. — tenga y disculpe las molestias. Adiós buenos días.
—Gracias. Adiós buenos días.
—Que manía tienes de no llevar nunca efectivo ¿tanto te cuesta llevar 200€ de reserva para emergencias?
—Cariño es la primera vez que me ocurre una cosa así. —contesta Luisa
— Venga no nos entreténganos, vamos al parking.
— Y tu ¿Cómo es que has pagado en efectivo en vez de con tarjeta?—Pregunta Luisa
—La mía caducó ayer, tenia que ir al banco a recoger la nueva, pero cuando Salí de la oficina era tarde y ya habían cerrado.
— ¿Te queda dinero para pagar el traje o pasamos por el cajero y saco? El cajero está muy cerca de aquí.
—Púes la verdad me has dejado pelado.
Al cabo de diez minutos ya han cargado el coche y salen del parking.
—Para en la siguiente esquina, bajo y saco 200€.
Pasado el semáforo Mario para y Luisa baja del coche y se dirige al cajero.
No me lo puedo creer, —piensa Luisa— Tampoco me deja sacar dinero
Luisa vuelve al coche cabizbaja.
—Tampoco me deja sacar dinero. Me da error—Comenta Luisa a Mario.
— ¡Púes ya me dirás que hacemos yo necesito el traje para esta noche! — Exclama Mario— ¡Y tu como siempre sin un duro! ¡Esa manía tuya de pagarlo todo con tarjeta y no llevar nunca efectivo ¡
— Pero eso no es verdad. Si que llevo pero no en las cantidades que llevas tu. Llevo para las pequeñas cosas del día a día, que si un café, que si una tarjeta de metro, cosas así y luego llevo 20€ por si tengo que coger un taxi.
— Mira mejor cállate un poco y empieza a pensar como solucionamos lo del traje, que ya me estoy empezando a poner nervioso.
— Llamaré a mi hermana ella es de los tuyos siempre tiene efectivo en casa.
Luisa saca el móvil del bolso y marca.
—Hola cariño, soy tu tía Luisa ¿Se puede poner tu madre?
Pasados unos segundos dice:
—Muy bien, no, no te preocupes ya la llamare en otro momento. Adiós cielo.
Luisa cuelga el teléfono.
—Se ha ido de fin de semana con Pepe.
— ¡Perfecto!—exclama Mario—, ¿Y ahora que hacemos? ¿Me lo puedes decir?
— ¡En vez gritarme te agradecería que aportaras tu alguna solución!
— ¡Que solución ni que leches yo no tengo a nadie en esta ciudad, ni amigos ni familia! — Responde Mario—
— ¿No puedes llamar a tu amiga Eva? Con ella tienes mucha confianza. ¿No? Os pasáis las noches hablando por el Messenger según tú.
—Pásame el bolso porfa que buscare su número en la agenda.
— ¡Otra cosa que no entiendo! ¿Por qué no te grabas los números en el Móvil?
—Porque la agenda es para siempre y el móvil no. ¿Entiendes? Y por favor cálmate un poco.
—Toma tu bolso, saca la agenda y soluciona esto de una vez.
—No la encuentro.
—No si ya lo digo yo, siempre llevas un montón de cosas en el bolso y nunca encuentras lo que buscas.
—Aquí esta, ya la tengo, voy a llamar.
— ¡Eva! Hola ¿Qué tal estas? Soy Luisa. Oye necesito pedirte un favor. ¿Tienes 200€ para dejarme? Me he quedado sin Visa y tenemos que ir a recoger el traje de Mario para la boda de esta tarde.—OK gracias ahora pasamos por tu casa a recogerlos
Luisa cuelga el teléfono y mira a Mario y le dice “Tiene el dinero, ¡vamos a buscarlo!”
—Guíame que yo no se como llegar a casa de esta chica.
—No te preocupes esta muy cerca, es la tercera calle a la derecha y luego la segunda a la izquierda.
Pasados cinco minutos Luisa toca al interfono de Eva, sube a por el dinero y vuelve al coche coche. “Venga vamos a recoger tu traje que están a punto de cerrar suerte que nos queda a dos minutos de aquí. Solo tienes que bajar esta calle, esta a cien metros.”
Mario pone el coche en marcha y se dirigen hacia la sastrería.
—La persiana esta medio bajada. —comenta Mario.
—No te preocupes —dice Luisa — tienen timbre fuera.
Luisa baja del coche, toca el timbre y entra. Al cabo de diez minutos sale con el traje colgado en una percha y lo deja en la parte trasera del coche.
—Ves todo solucionado— dice Luisa— a veces nos ponemos nerviosos por tonterías, ojala todos los problemas en este mundo fueran estos.
Mario la mira de reojo y le dice:
—Prefiero no contestarte. Vamos a casa a comer y a descansar un poco antes de la boda.

miércoles, 9 de marzo de 2011

La huida

RELATO PRIMERA PERSONA

- Nos está siguiendo la policía -. Dije a mi socio que conducía, mientras miraba por el retrovisor de mi lado.
Estaba nervioso, íbamos por la autopista a doscientos veinte kilómetros por hora. Se oía perfectamente el silbido del aire al chocar contra nuestro coche. Un Lamborghini Reventón, negro como la más absoluta oscuridad, con motor que parecía una manada de caballos de la más pura sangre que jamás existió.

Mi socio, seguía sin decir nada, estaba concentrado en la carretera y mirando por el retrovisor cada poco rato. Yo seguía mirando a la carretera y pensando como podíamos salir de aquella situación, pensando como podríamos esquivar a la policía.

- Esto se pone interesante -. Dijo mi socio con tono irónico.
- ¿A qué te refieres? -. Le miré preocupado, esperando saber que quería decir con aquello.
- Sólo fíjate en el coche que nos está alcanzando -. Dijo mientras exhalaba el aire con fuerza, intentando relajarse.

Miré por el retrovisor y vi un vehiculo que se acercaba, en su techo mostraba las parpadeantes y azules luces de un cocho de policía. Cada segundo que pasaba se acercaba más. Cuando a unos pocos metros de nuestro coche, conseguí distinguir el modelo. Era un Chevrolet Corvette, un deportivo que no daría dolores de cabeza si queríamos despistar a la policía.
No tuve tiempo de corroborar a mi compañero lo que veía porque el Corvette nos embistió, usaba las dos barras metálicas y verticales que tenía en el frontal del coche para agredir a nuestro vehículo.
Con el impacto, mi socio movía el volante para poner bajo control el Lamborghini, dado que las sacudidas a esa velocidad podrían hacernos volcar y dar vueltas de campana.

- Creo que se están cabreando -. Dije con cierto tono irónico.

Entonces mi compañero, giró el volante hacia la derecha y tomó a la salida, derrapando y chirriando las ruedas. El coche seguía derrapando en plena curva, yo me agarré a la puerta para no salir despedido encima de mi socio, mientras él sujetaba firmemente el volante. Al salir de la curva vimos que enfrente de nosotros había un pueblo, así que nos adentramos. Estaba muy tranquilo y como habíamos despistado a la policía, lo que nos preocupaba era escondernos y deshacernos del vehículo.

Nos metimos en un granero vacío, mi socio detuvo el coche, puso el freno de mano y apagó el motor. Luego salimos del Lamborghini, cogimos el botín y limpiamos el coche rápidamente para no dejar huellas.

Oímos un ruido, como si fuera de lejos, no sabíamos que era exactamente, pero cuando nos quisimos dar cuenta de que era un helicóptero, la policía nos rodeó.

- ¡La próxima vez seré yo quien planee el robo al banco y quien conduzca! -. Le dije a mi socio muy enfadado.

La policía nos dijo que nos rindiéramos, que nos pusiéramos de rodillas con las manos en la cabeza y ambos así lo hicimos.




RELATO EN TERCERA PERSONA

Eran las doce del mediodía en al autopista, a las afueras de la ciudad. Un deportivo circulaba a toda velocidad, mientras era perseguido por la ley y el orden, montados en sus vehículos.

Este deportivo, el Lamborghini, huía de la policía salvando cierta distancia con ellos gracias a la potencia italiana que producía este vehículo. A simple vista parecía que tenía todas las de ganar para librarse de ellos despistándolos, dado que los demás vehículos que lo seguía eran simples turismos. No obstante, se les acercaba otro vehículo toda velocidad y no daban señales de haberse dado cuenta de ello.

Otro deportivo, con las intermitentes luces azules encima del capó del coche, un Chevrolet Corvette. Otro deportivo, de potencia americana, que pondría a prueba las habilidades de ambos conductores.
El Corvette seguía acercándose hasta el punto que embistió al Lamborghini, haciendo que este perdiera momentáneamente el control del vehículo. Al recuperarlo, este se desplazó a la izquierda al carril de más a la izquierda, fregándose contra el muro de hormigón y haciendo chispas de su carrocería, para poder evadir el bloqueo policial que tenía enfrente. El Lamborghini pasó a través del bloqueo pero no sin haber sacudido uno de los vehículo policiales que hacía de barrera, haciéndole perder al Lamborghini su retrovisor derecho.

Los demás vehículos de la policía que seguían a los ladrones que iban en el Lamborghini, tuvieron que derrapar y frenar en seco porque no se atrevía a cruzar el bloqueo que ellos mismo pidieron. Faltó muy poco para que provocasen un accidente de tráfico entre ellos mismos.
Mientras que los ladrones tomaron la primera salida, arriesgando sus propias vidas al no reducir la velocidad. Su coche derrapaba con tal intensidad que el contacto del neumático con el asfalto provocaba que la goma de las ruedas se calentara en exceso y se quemasen las ruedas, soltando una humareda blanca que seguía toda la curva que estaban tomando.

Los ladrones, al salir de la curva redujeron la velocidad, tenían enfrente de ellos un pueblo y querían aprovechar la confusión del recién bloqueo policial para esconderse. Pero no se dieron cuenta que durante toda la persecución les seguía un helicóptero de la policía que iba dando indicaciones de cada uno de sus movimientos.

El helicóptero dio claras indicaciones que el Lamborghini entró en un granero y que la zona parecía libre para poder actuar y detenerlos. Y así fue, al cabo de un par de minutos, coches de la policía rodearon el granero y entraron sujetando sus armas.

domingo, 27 de febrero de 2011

Un Dilluns per Amanda.


Obro els ulls desorientada, el primer que enfoco és la finestra de vidres emplomats.
Respiro alleujada. És el meu dormitori.
Des de que la Gertrude em va abandonar per fugir amb el Sebastian, cada nit es una aventura que es difumina a l'endemà en imatges etíliques no sempre agradables. No em llevo sempre on toca.
El despit per l'abandonament m'empeny a buscar plaers fugaços i boniques mentides en els primers llavis que em dediquen un somriure.

Tinc el cap tèrbol i pesant. Una piconadora treballa dins el crani triturant les neurones que troba.
Un soroll diferent es va fent present, travessant capes de embotiment fins que capto el seu significat. Són els motors de la banyera d'hidromassatge en funcionament.
Em paralitzo, immòbil com la mosca atrapada a la teranyina quan intueix que s'apropa l'aranya, resistint-me a girar-me per esbrinar la identitat del meu visitant. No goso respirar, atenta a nous indicis sonors.
- Què vas fer ahir tros de suro? Amb qui et vas ficar al llit? - em planyo.
Una terrible certesa m'assalta. Aixeco els llençols. El que em temia, estic tota nua, encara pitjor, sense depilar.

Aconsegueixo asserenar-me desprès d'un lleuger mareig. Ensumo l'aire viciat a la recerca de nous indicis: la ferum normal a mitjons bruts, llençols que tenia que haver rentat fa una setmana, i perfum barat que no identifico. Jo faig pudor a suor, tabac i ginebra.
El soroll de les bombolles explotant en la sopa calenta que és la banyera em treu de polleguera. -Perquè no canta? Tothom canta al bany.
Em regiro dins el llit, no puc suportar estar més estona d'esquena. Una acció tant senzilla em fa venir basques. Em faig la falsa promesa que tornaré a beure tant.
- Que vaig fer ahir?. Vaig tornar a insinuar-me matusserament al cambrer del Tabú?. És ben possible, i ....... sí!, una noia, una rossa de corbes generoses ..... no això va ser al Tequila, ..... desprès, merda!, no ho recordo.
Amago el cap sota el coixí, i venen algunes imatges confoses. Aquell paio escanyolit i amb pinta de pertorbat. No, ell no. No he pogut caure tan baix.

La porta del bany no està del tot ajustada, un baf blanquinós s'esmuny apropant-me l'escalfor de l'altra cambra.
Tinc que esbrinar qui gasta els meus xampús i embruta les tovalloles. Ni tant sols faig l'esforç de posar-me alguna cosa al damunt. Miro de no caure, eludint els paranys de les muntanyes de roba, escampades com en camp de mines. Tot gira, però aconsegueixo agafar-me al marc de la porta. L'obro d'una puntada, intentant oferir la imatge d'una llunàtica violenta que faci impossible qualsevol intent d'apropament o conversa.
- Què collons ....? - callo abans d'acabar la frase. No hi ha ningú dins la banyera. Contemplo amb la boca oberta les bombolles que segueixen explotant, gronxant la meva col·lecció d'aneguets banyuts.
Començo a sentir-me alleujada. - Vaig ser jo, doncs? -. Assajo una ganyota que vol ser un somriure.
M'apropo al mirall i em quedo glaçada. El cor em batega desbocat. Les cames em fan figa, i em deixo caure al terra humit i relliscós. La seva fredor no m'ajuda a baixar la sufocació que sento. Amb el meu pintallavis de l'Oréal han escrit un missatge. Llegeixo un cop i un altre:

“Amanda, hem sortit a buscar alguna cosa de menjar. Te'm preparat el bany. Te l'has ben guanyat”. Petons, Gertrude i Sebastian.

(exercici: escena amb conflicte).
Sergi G. Oset. Curs d'Escriptura Creativa