sábado, 26 de marzo de 2011

Ejercicios primera y tercera persona

Ejercicio en primera persona

Tan intensamente contemplé

Soy un hombre común, con sus cualidades y defectos, con su trabajo, con el intrincado cruce de emociones en la garganta; soy un ser humano, tan solo-o increíblemente- un ser humano. Esto tenía que tener algún sentido; si, yo era paleta, me llamaba Juan, y estaba iniciando una bonita relación con una mujer algo mayor que yo; Tenía mis hobbies, los domingos por la tarde me entristecían, y quería cumplir mis sueños. Dicen que nada sucede por casualidad, sino que hay un sentido oculto en la vida; yo no ví tal sentido cuando por casualidad, subí al segundo piso de la biblioteca municipal.
Caminé poco a poco hacia aquella estantería, la hilera de libros escrupulosamente ordenados, el silencio letárgico pero lleno de vida que trashumaba el lugar, y la intensa emoción que embargaba mi alma anunciando una nueva cita con Carol, debieron alterar mi percepción visual, porque de pronto fijé la vista en un libro, un ejemplar viejo y desgastado que parecía reclamar mi interés, lo cogí entre mis rudas manos de paleta y lo abrí al azar, y en el leí un poema titulado: Tan intensamente contemplé. De Cavafis.
Algo se encendió en mi al leer aquel poema. Empecé, no a mirar, sino a ver. Contemplé parques y jardines, contemple las calles y las aves, vi la luz del sol formar una línea recta, perfecta, en un prado; decidí contemplar la Naturaleza con ojos surrealistas, y de pronto, un árbol era tan bello que sentía su respiración sosegada expandiéndose en el frondoso bosque; contemplé, hasta que quise poner mi mirada en el infinito, allí donde el mar se pierde en una raya imperceptible. Hice mío el misterio de la vida, y fue entonces cuando empecé a vivir.








Ejercicio en tercera persona

Tan intensamente contemplé

Decían en el pueblo que había un hombre, un hombre común, que elevó la cualidad humana al justo reconocimiento que se merece. Era paleta de profesión y no salía nunca a la ciudad. Era, sin embargo, una alma inquieta. Pensaba que la vida era algo más que tener un nombre, un trabajo, una pareja, estar inmerso en una sociedad…
Mientras trabajaba realizando chapuzas en las casas del pueblo, pensaba, pensaba en Carol, su novia, en su trabajo, y en un momento en que el jefe no miraba, se detenía a oler una simple flor.
La vida, con su caprichoso azar, le hizo subir un día, por la tarde, el segundo piso de la biblioteca municipal. La sala estaba en silencio, solo el sonido de algún lector que pasaba las páginas de un libro, y una tenue respiración. Un libro llamó su atención, y fue hacía el, como quien va hacia adelante, en busca de un sueño. Lo abrió al azar y encontró un bello poema: Tan intensamente contemplé, de Cavafis.
El tiempo pasó, inexorable, y el inquieto paleta concibió un proyecto un tanto insólito.
Construyó una alta torre en los límites del pueblo, allí donde empezaba el frondoso bosque, y siempre se retiraba a aquel lugar.
Un día le preguntaron :
-Para que es esta torre?
Y él, con una sonrisa en los labios, contestó:
-Para ver…solo para ver.

Nota: Bueno, he disfrutado mas con el primero, y me ha costado un poco reconstruir el relato en tercera persona, he tenido que hacer algunos cambios, pero los he escrito un poco rápido los dos y sin pensar mucho en la estructura. Pienso que este relato en concreto va mejor en primera persona. Pero ha sido interesante plantearse la historia desde distintos puntos de vista. Si soy sincero, el de tercera persona me ha costado mas.

Marc Ribas