viernes, 26 de junio de 2009

DOS AMORES

DOS AMORES

Tumbados en la cama, con las últimas olas de un orgasmo furtivo, se abrazaron, él le susurró un “te quiero” al oído, ella le miró con la dulzura que desprenden los ojos enamorados hasta el alma.

-No te marches Lidia

-Carlos, no me lo pidas de nuevo por favor, sabes que es imposible
-contestó ella acariciándole la mejilla-.

Lidia le besó dulcemente, se incorporó y fue recogiendo aquel reguero de ropa que con tanta efusividad había ido perdiendo camino de la cama. Pausadamente se vistió, como si no quisiera poner fin a aquella escena. Mientras, él la miraba absolutamente embelesado.

-No se puede amar más –pensó Carlos- mientras ella acababa de arreglar aquellos rizos rubios por los que él la llamaba “mi sirena”.

-Cuídate amor- dijo ella, después de besarle de nuevo. A continuación se dirigió hacia la puerta de la habitación de aquel pequeño nido de amor junto a la playa.

-Te quiero tanto Lidia… cualquier día haré una locura.

Ella le miró lanzándole un beso, como si no le hubiese oído, después desapareció tras la puerta hacia el pasillo. El sonido al cerrarse la puerta de la entrada devolvió a Carlos a su soledad. Tumbado en la cama, observó como el sol de la tarde aún se colaba por la ventana y se posaba caprichosamente sobre aquella fotografía de Lidia junto al espejo. Se giró hacia la mesa de mimbre de su izquierda, cogió el teléfono y marcó un número.

-¡Carlos!

-Hola Rosa…

-¿Dónde estás Carlos?

- No importa, necesito hablar contigo…

De vuelta a casa, mientras conducía, Lidia pensaba en la difícil situación en que se encontraba. Locamente enamorada de dos hombres a la vez y con tan pocas posibilidades de que eso fuera posible mantenerlo en el tiempo. Por si eso fuera poco, ahora además…

Aquella fría mañana de invierno, el cielo había escogido su mejor azul para decorar aquel cementerio junto al mar. Lidia y su marido se acercaron a Rosa. Los tres se fundieron en un efusivo abrazo.

-Juan necesito sentarme, me estoy mareando de nuevo –dijo Lidia dirigiéndose a su marido-.

- No te preocupes Juan, yo la acompaño –dijo Rosa-

Ambas se dirigieron hacia un banco, mientras Juan atendía al resto de familiares y amigos.

- No lo podré soportar Rosa

-Tienes que ser fuerte Lidia, ya sé que es terrible pero…

-¿Cómo pudo precipitarse al mar en una carretera que conocía perfectamente?

-La policía tampoco se lo explica Lidia, ni siquiera hay huellas de frenada, más bien parece…en fin, creo que ahora deberías serenarte. Habla con Juan, todos queríamos a Carlos, pero a él le puede extrañar tu estado; es obvio que tú dolor es más el de una viuda enamorada que el de una gran amiga.

-No tiene porque saber nada. Ahora menos que nunca. Yo amo a Juan tanto o más de lo que he amado a Carlos. Durante todo este tiempo les he amado a los dos y eso Juan no lo entendería, así que lo mejor será dejar las cosas como están. Además hay algo que deberías saber…

-¿Qué sucede?

-Estoy embarazada.

-¡Maldita seas!

-Cálmate Rosa. Cualquiera de ellos podría ser el padre, necesito no saberlo con certeza. Siento que es mejor así.

-¿Se lo has dicho a Juan?

-Eres la primera persona que lo sabe. Cuando pase todo esto se lo diré, seguro que lo hará muy feliz.

-Sinceramente no sé donde te llevará tu forma de hacer las cosas… hay algo importante que debo decirte pero no es el lugar ni el momento adecuado, llámame y te lo explicaré. Y por favor medita bien tus decisiones.

Una vez finalizado el sepelio Juan y Lidia acompañaron a Rosa hasta su casa. Durante el trayecto, Rosa dejó discretamente un sobre bajo el asiento de Lidia mientras ésta fijaba la vista perdida en el horizonte, a su lado Juan conducía sin mediar palabra. Al llegar a casa Lidia marcó un número de teléfono.

- Lidia

- Tu dirás Rosa

-El pasado martes, después de marcharte del apartamento Carlos me llamó…

- ¿Cómo sabes que el martes estuve allí?

-El mismo me lo dijo, pero eso no tiene más importancia. Me citó en su despacho. Estuvimos solos. Según me dijo había acordado con tu marido hacer una visita sorpresa a la delegación de Roma y se marchaba al día siguiente muy temprano. Me pidió que te entregara un sobre de forma absolutamente confidencial hoy viernes. Sospechaba que Juan tenía algún turbio asunto que le ocultaba sobre esa delegación y me insinuó que en ese sobre había información que sólo tú debías tener.

-¿Un sobre? ¿asuntos ocultos de Juan en Roma? ¡el propio Juan me comentó, hace unos días, que irían juntos a Roma en breve a una importante reunión por la buena marcha de la delegación! ¿dónde está ese maldito sobre?

-Lo dejé en tu coche mientras volvíamos del cementerio, bajo tu asiento.

-¿Bajo mi asiento, pero estás loca? ¿Y si lo ve Juan?

-Lo dudo, lo coloqué entre la alfombra y el suelo. Sólo alguien que supiese que está allí lo podría localizar.

Lidia colgó inmediatamente, sin siquiera despedirse. Al llegar, Juan la había dejado en casa y se había marchado a –según dijo- revisar los documentos que Carlos habría dejado pendientes en el despacho. Ahora, él debía ver como resolvía todo tras la ausencia de Carlos. Así las cosas, sólo le quedaba la opción de esperar a que Juan volviera del despacho y ver como localizar el sobre sin levantar sospechas. Por unos instantes, pensó que lo mejor sería ir al despacho de Juan y acceder al parking, pero la idea le pareció tan descabellada que la descartó de inmediato. El tiempo que tardase en volver Juan se le iba a hacer eterno. Pasadas las diez de la noche, Juan llegó por fin.

-¿Cómo estás cariño?

- Bien…¿y tú?

-Bien. ¿Te has vuelto a marear?

-No, no… estoy mucho mejor, ¿qué tal por el despacho?

-Bien. Carlos era el tipo más organizado del mundo y todos los expedientes están en orden. Estos días pensaré en quien delegar todas sus funciones. Al final me tocará ir a mi solo a Roma. En fin…sigo sin creerme todo esto. Me voy directamente a dormir.

-¿Por cierto, has visto una pequeña carpeta que tenía en el asiento trasero del coche?

-No me he fijado cariño.

-Bajaré un momento a buscarla, juraría que la dejé allí. No son más que cuatro notas de un corresponsal de la radio, pero debería echarles un vistazo antes de la reunión de mañana.

Lidia bajó hasta el garaje con el corazón en la boca. Juan no sabía nada del sobre, ella le conocía bien y su forma de actuar lo corroboraba. Abrió la puerta del copiloto como un rayo, golpeándose la pierna violentamente. Ni siquiera sintió dolor, con desespero comenzó a buscar bajo el asiento. Por fin, entre la alfombra, localizó su tesoro. En su interior encontró primero una breve nota: “La carta cerrada que encontrarás junto a esta nota me la entregó Carlos para ti, indicándome que pronto se iría de viaje. Rosa”. Hacía apenas unas horas del entierro de Carlos y ahora recibía a través de su mejor amiga una carta de él mismo… destrozó literalmente el sobre que acompañaba a la nota mientras el corazón latía con violencia, con la única esperanza de encontrar en su interior una respuesta coherente a tanta locura.

“Amor mío, soy incapaz de compartir nuestro amor con Juan. Créeme si te juro, que durante todo este tiempo he luchado por intentar convencerme de que no eras una egoísta. En realidad, no sé que nos hace pensar que no se pueda amar a más de una persona a la vez. En cualquier caso, él es una gran persona y sé que te ama tanto como yo. Te cuidará y te amará toda la vida. Una última cosa, en nombre del amor cuéntale toda la verdad. Esté donde esté te amaré siempre “mi sirena”. Carlos.”

Lidia no podía creer lo que estaba leyendo. Lloró desconsoladamente, con rabia. “Maldito cobarde –pensó- sabía que era imposible que fuese un accidente… ¡llegar al extremo del suicidio!”. En su interior, el dolor se mezclaba con un incontenido sentimiento de rabia hacia la vida, hacia lo establecido, hacia las normas. Un sentimiento de culpa la invadía, mientras ella misma trataba de justificarse, pidiendo al cielo que le explicase porqué maldita razón nadie podía entender el modo de amar que ella sentía.


Los meses posteriores transcurrieron lentamente, del dolor inicial por la ausencia de Carlos, tanto Lidia como Juan, pasaron a un estado de ilusión por el pequeño que estaba en camino. En ocasiones, Lidia sentía que Juan estaba como ausente, dubitativo, frío quizás; de repente, entendía que esas sensaciones no eran más que una mala pasada de su mente ante ese atroz sentimiento de culpa que día y noche la acompañaba. Tras un embarazo difícil, nació Olver. Lidia y Juan estaban radiantes de felicidad. Lidia sentía que aquel pequeño parecía haber llegado a iluminar alguna ausencia. Aquella tarde de verano, cuando Olver contaba con apenas un mes de vida, Lidia salió para hacer unas compras junto a Rosa, sólo serían un par de horas en las que Juan se encargaría del pequeño. No se marchaba muy tranquila, Juan no tenía mucha práctica con el bebé y además, en los últimos días, lo había notado especialmente nervioso con el tema del traspaso del negocio. Finalmente se marchó, no sin antes hacer que Juan le prometiese que si tenía algún problema la llamaría. Las dos horas de compras se le estaban haciendo eternas, así que decidió llamar para ver como iba todo.

-Rosa, Juan no contesta.

-No te preocupes por Dios, estará haciendo algo y no podrá atender la llamada.

No habían transcurrido ni diez minutos cuando decidió intentarlo de nuevo.

-No insistas Lidia, él verá que le has llamado y te llamará

-Sigue sin contestar Rosa, creo que algo no va bien…

-¡Por Dios Lidia!

Juan seguía escuchando como sonaba el teléfono, -no tengo mucho tiempo- pensó. Mientras acaba de poner un nuevo pijama a Olver, observó con detenimiento aquella pequeña manchita rosácea con forma de flor junto a su pequeño pié. Volvió a mirarse su propio pié comprobando, como con el paso de los años, aquella mancha seguía allí, rosácea, junto al tobillo.

-Rosa, ahora mismo me vuelvo para casa.

-Pero Lidia por favor…

-¿Me acompañas?

Con cierta inquietud, Rosa paró el primer taxi que vió. Nada más llegar, en una primera visión del salón, comprobaron varios cajones abiertos y tremendamente revueltos.

-¡Juan!

-¡¡Juan!!

Sin apenas aliento, Lidia se dirigió hacia su dormitorio, y una vez allí a la cuna de Olver temiéndose lo peor. En su cabeza sonaba la palabra culpa, la posibilidad de que Juan lo hubiese sabido todo y que eso lo hubiese llevado a hacer cualquier barbaridad. Pero era imposible. él no podía saber absolutamente nada… o quizás si.

Horrorizada, comprobó como en la cuna sólo quedaba aquel pequeño pijamita con el nombre de su bebé. Y algo más. Allí estaba, en la cuna de Olver, un sobre gris, exactamente igual al que Rosa le dejó en el coche el día del entierro de Carlos. A diferencia del suyo, éste ya estaba abierto, sin pensarlo dos segundos cogió la carta de su interior.

“Querido Juan, si lees esta carta querrá decir que hoy es el día de mi entierro y que Claudia, nuestra secretaria, ha cumplido el encargo con total discreción, le pedí personalmente que te la entregase, solamente si me sucedía algo muy grave. Me marcho definitivamente de vuestras vidas. No he podido evitar amar a Lidia hasta la locura, ni ella a mí, pero créeme si te digo, que ella ha sido capaz de amarnos a los dos, aunque yo no pueda comprenderlo. Os deseo toda la felicidad del mundo. Carlos.”

En una línea inferior, manuscrita, una pequeña nota, “después de haber leído esta carta, por favor, no nos busques, estaremos muy lejos. Olver estará bien. Te amaré siempre. Juan.”


Conrado S.

5 comentarios:

Sonia dijo...

Hola Conrado!

La verdad es que tal y como comentamos en clase, la historia está muy bien hilvanada, engancha, atrapa, y se nota que tienes madera de novelista!
Ya te comenté la única pega que le vi, y es que no me acabo de creer que alguien sea capaz de suicidarse así sin más, sin un detonante, algo fuerte que le haga querer, incluso después de muerto, vengarse, enviando las dichosas cartas.
Pero el relato funciona, te tiene atento todo el tiempo.

épsilon dijo...

Hola! estoy de acuerdo con Sonia, el relato me ha enganchado todo el rato y has dibujado escenas muy bonitas pero la historia se me hace inverosímil y a veces confusa. Cuando Carlos llama a Rosa, deducí erroneamente que era su esposa, y el suicidio es muy poco creíble. Aún así creo que podrías cambiarlo y meter detonantes diferentes e incluso alargarlo porque la historia da de sí.

Un saludo

Lapiz0 dijo...

La historia engancha, en el suspenso y la curiosidad... el detalle de los lugares te transporta.

Como suspenso esta bien, aunque sin llegar a volverme loco con el final algo anunciado...

Palafox Gelover dijo...

Conrado,
Dejame decirte antes que nada que tu historia está muy bien contada. Desde el inicio enganchas tan bien al lector que es imposible no llegar hasta al final, y la tensión y angustia que le imprimes es... ¡no tengo palabras!.
Muy buen trabajo.
Lo único que no me pasó y coincido literalmente con nuestra querida Sonia es que:"no me acabo de creer que alguien sea capaz de suicidarse así sin más, sin un detonante, algo fuerte que le haga querer, incluso después de muerto, vengarse, enviando las dichosas cartas".
Talvez y seas un escritor mal apreciado o mal entendido por todos nosotros. Pero bueno. esa es mi humilde observación y comentario.

Recibe un afectuoso saludo.

natalie dijo...

me ha encantado, yo si creo que por amor se puede ser irracional...