jueves, 9 de julio de 2009

La bestia

Las tardes del otoño de 2001 encontraban a Paula sentada en el sofá bajo una breve tajada de luz que, débil, le calentaba un poco el muslo. Una taza de té, un computador y una canasta de sobres reposaban en la mesita de la sala. Era la primera vez en los diez años que llevaba en Brooklyn que tenía largas horas a su disposición. Sin embargo la mayoría del tiempo se sentía fatigada. Se pasó la mano por el abdomen, todavía plano, y estiró el brazo para alcanzar la canasta de sobres.

Algunos ya estaban abiertos, como el de la Clínica de la Mujer DeKalb. Sacó el papel escrito a máquina que le informaba de su estado de gravidez y que listaba varios números: para consultas y ecografías, marque…para orientación y otras opciones, marque…pacientes sin seguro marquen… Volvió a guardarlo en el sobre. Tomó el cortapapel, un elefante esculpido en madera perfumada adquirido años atrás en un almacén en Chinatown y abrió el sobre que decía “Estado de Nueva York Seguro para Desempleados” y sacó el cheque de trescientos cincuenta dólares con que viviría esa semana. En la canasta quedaban dos sobres para Tell y algunas cuentas: uno idéntico al de Paula del “Estado de Nueva York” y otro de manila, grueso y pesado, con la dirección del apartamento que compartían escrita a mano, y la palabra “privado” escrita en letras regordetas de colegiala, con círculo sobre la “i” en vez de punto. Puso los sobres para Tell de lado y abrió las cuentas de la luz y del teléfono, que no eran altas, pero que disminuirían de por lo menos un tercio su ración de dinero para la semana.

Al oír pasos por las escaleras, Paula metió el sobre de la clínica entre su cartera. Los pasos se acercaron cada vez más a la puerta y una llave giró en la cerradura. Tell entró y la saludó con aquel tono mitad de distancia y mitad de entusiasmo anónimo que últimamente usaba con ella, dejándole un sabor impersonal del cual le era difícil reponerse, aquel resabio que le dejaban siempre las frialdades de los americanos cuyo instinto consistía en escoger lo práctico por encima de lo personal.
Te llegaron dos sobres.
El le agradeció y los tomó y sin decir palabra se dirigió al pequeño estudio donde tenía su escritorio. ¿Alguien llamó?, preguntó ya desde lejos. No, nadie, respondió Paula. ¿Cómo te fue?, añadió. Bien, contestó Tell y Paula escuchó que prendía su computador. Paula se paró del sofá y se asomó por la oficina. ¿Sabes quién soy? Al no obtener respuesta lo repitió en tono más golpeado, y sólo consiguió que Tell tuviera una reacción aún más americana y le preguntara si se sentía bien. No, no me siento bien, para tu información, espetó Paula dándose cuenta demasiado tarde que se había traicionado al usar esa expresión tan americana. Sin embargo, no logró captar la atención de Tell pues en ese momento recibió la llamada de un amigo y le rogó con la mano que si podía esperar, al tiempo que se dirigía de nuevo a la puerta de la calle.

Otra vez sola, Paula volvió al sofá y abrió su computador, un viejo portátil que heredó de la compañía en donde había trabajado como diseñadora gráfica hasta algunas semanas atrás. La señal que captaba de los vecinos era tenue y se interrumpía con frecuencia. Aunque estaba hastiada de las noticias que no hacían sino hablar de la reciente tragedia, no pasaba un día sin leer El Tiempo ni el New York Times. No podía evitar el sutil alivio que sentía al ver que la primera página del periódico de Colombia todavía le consagraba generoso espacio a la tragedia extranjera, y no se dedicaba exclusivamente la repetitiva cadena de violencia local de secuestros y masacres en pueblos alejados, puntuada por las entrevistas con reinas de belleza y actores de las telenovelas populares: las Torres Gemelas ganándole terreno a los titulares sobre fosas comunes descubiertas hace poco, o los apartamentos de los famosos en Bogotá, con su mobiliario moderno, su vista panorámica a la ciudad y a los cerros, y las guitarras reclinadas contra la pared.

Al perder la señal de Internet por la enésima vez, Paula trató en vano de abrir varias pantallas al tiempo. Todas, la del artículo sobre Al-Quaeda, la de los restos humanos de Ground Zero y la de la nueva señorita Bogotá se abrieron vacías mostrando el mismo mensaje de inconexión.

Impaciente, caminó hacia la ventana y miró los cables de la televisión y del teléfono que se ramificaban caprichosos y que el viento balanceaba contra el muro de su edificio. Agradecía tanto esos detalles tercermundistas de la ciudad, como la avenida Flatbush, cuando las bolsas de plástico se posaban sobre las ramas de los árboles, acompañadas de extensiones capilares provenientes de las mil y un peluquerías. Alzó los ojos y dirigió la mirada hacia el sur de Manhattan que se erguía como una estatua impávida ante los vientos fríos y los ecos de un dolor reciente; los pináculos de los edificios punzando el cielo límpido y delgado como una gasa casi azul. Sólo los ecos de sirenas y camiones que bordeaban la rama oriental del río Hudson por el Brooklyn Queens Expressway interrumpían el silencio de la tarde. Así comenzaba noviembre del 2001, quitándole a cada día algunos minutos de luz.

Decidió ir a dar un paseo. Abrió la basura para botar la bolsita de té. El bote escondía un amasijo de cables cubiertos de pintura vieja y polvo, lo que le provocó una oleada de náuseas. Se puso una chaqueta marinera de lana negra y una bufanda, agarró la cartera y bajó las escaleras estrechas de su edificio pasando bajo de un gran candelabro antiguo para alcanzar la pesada puerta de madera esculpida, a medio roer de las termitas. Las escaleras curvas de su viejo edificio y los pisos inclinados de baldosines intrincados siempre la complacían. Atravesó el umbral y la cerró con llave.

Le gustaba caminar por su calle de Brooklyn, de edificios decimonónicos marrones y los robles cuyas raíces levantaban los andenes, transformando las placas de cemento en desniveles caprichosos. Aceleró el paso y se apretó la chaqueta al sentir una ráfaga de viento helado proveniente del río. Recordó que en verano adoraba cruzar las calles y ver el East River enorme y azul cobalto asomarse a intervalos por Henry Street, la dulzura del aire ya ausente en el otoño tardío.

Caminó hasta la calle Montague en Brooklyn Heights y bajó las escaleras de la estación del metro. A los pocos minutos vio las dos luces circulares acercarse por el túnel. Las puertas se abrieron y Paula se montó. En su vagón iban una adolescente con audífonos, un muchacho mexicano y una mujer madura, elegantemente vestida. El tren avanzó durante algunos minutos, antes de detenerse en el túnel entre dos estaciones. No hubo explicación del altoparlante. Paula nunca entendía palabra de lo que los conductores explicaban por los altoparlantes pero siempre la reconfortaba escuchar sus voces estridentes. Mientras duró el silencio los cuatro miraron al piso sin gestos. La pausa sólo duró algunos segundos. Paula notó que la oleada de pánico que solía sentir en esta situación casi había desaparecido y sintió un alivio extraño al imaginarse que dentro de ella había un ser que no conocía el miedo. En pocos minutos el tren la dejó en la 14.

Apenas subió a la calle sonó su celular y lo sacó de la cartera tras quitarse un guante con los dientes y mucho tantear entre el desorden de sus cosas. Se dio cuenta de que era un mensaje de texto y no una llamada. Hubiera preferido la voz de Tell en vez de un poco de píxeles, pero lo abrió. Sólo decía en inglés: encontrémonos esta noche en el Brooklyn Inn. Volvió a echar el teléfono en su cartera y se aferró a su chaqueta al sentir el golpe de otra ventisca. Todavía el aire tenía ese olor del que nadie quería hablar, como de muerte y amoniaco con un toque dulzón, aunque ya era menos fuerte y el frío ayudaba a amainarlo bastante.

Quiso que Nueva York la distrajera como antes. Entró a una boutique de ropa que recordaba de su época de estudiante diseño en NYU, un lugar pequeño con escasas y finas prendas y se sintió inmediatamente a gusto. Era conciente de su belleza, que a los treinta y dos todavía no la abandonaba. La piel morena, los ojos grandes, las piernas largas, y el cabello espeso. La nariz aguileña y los pómulos pronunciados. Pasó algunas blusas con la mano que estaban en rebaja. Se fijó en una camiseta apretada con algunos fruncidos asimétricos, y fue pasándolas todas hasta la última, una camisa-vestido, de talle imperio, de algodón blanco con volantes, vestigio de la primavera anterior. Se preguntó cuál de ellas usaría en algunos meses si las comprara: cómo se vería su cuerpo; con qué ojos miraría Tell su redondez. Dio media vuelta y salió del lugar.

Caminó hasta su café preferido y sintió un alivio enorme al ver que seguía igual. Era un rincón cálido, y olía a canela. La luz amarilla desdibujaba los bordes de la barra y los reflejos de los pasteles del mostrador en un gran espejo. Se sentó en un banco cerca de la ventana a tomarse un capuchino y mirar a la gente a través del vidrio. Esperó algunos minutos a que se oscureciera para que el vidrio reprodujera las lámparas del café en el aire de la calle. Los transeúntes pasaron debajo de esas bolas de cristal de luz mantequillosa que no podían ver y Paula sintió una extraña intimidad con ellos. Se puso su abrigo y salió al aire helado. Dio un último vistazo al interior del café, a las lámparas ya en su lugar.

Al pasar por el parque de Union Square, donde pasaba el metro que la llevaría de vuelta a su barrio de Brooklyn, reconoció los afiches que desde septiembre doce colgaban de un muro improvisado, decolorándose, con aguatinta acumulándose dentro de las esquinas de los forros plásticos, meciéndose en el helado aire otoñal: fotos ampliadas de documento o de fiesta o de algún momento de alegría doméstica; desaparecido desde septiembre 11; si lo ve o sabe algo, favor llamar a estos teléfonos. Ya no se veían más las familias marchando con su pérdida a todo color por las calles, ejemplo de eso que Paula no sabía definir bien, pero que la asustaba de todos modos: el terco y cuasi agresivo optimismo americano, que desafiaba la fatalidad.

A pocos días del atentado, frente a un bar en Canal Street se topó con una pareja que parecía ser de madre e hija. Caminaban con paso decidido sosteniendo la foto de un muchacho en smoking, posando en un jardín. ¿Alguien lo ha visto? Y para Paula fue extraño pasar a su lado sin decirles nada, desviando la mirada, y hablándole de cualquier chisme de la oficina a su amiga Gladis para romper el silencio, pensando secretamente en la soledad de Gladis. Tal vez no tener era la mejor forma de no perder, o tal vez en la vida de su compañera de trabajo, en vez de golpes un dolor diluído y cotidiano se había establecido.

Entró en la estación y bajó las escaleras hasta el andén del tren un buen rato mirando la gente ir y venir y asomándose por intervalos al túnel. Cuando llegó a su casa eran las seis de la tarde y encontró a Tell sentado en el sofá, con varios sobres en el regazo, un plato de espaguetis a medio terminar y las noticias prendidas sin volumen.
¿Hola, cómo te fue? Dijo Paula, tanteando el ánimo, sin mencionar que no la había esperado para la cena.
Bien, contestó Tell mitad amable y mitad frío, hasta que me puse a abrir todas estas cuentas. Apenas dijo esto asintió y se cruzó de brazos. Creo que si ambos estamos sin trabajo fijo debemos reducir nuestros gastos al máximo.
Paula se paró y miró por la ventana de su edificio al edificio de enfrente, una réplica del suyo de cemento café, ventanas estrechas, escaleras en frente y una pesada puerta de madera en el primer piso. Vio el magnolio sin hojas que en verano se revestía de pétalos rosados, antes de las primeras huellas verdes.
Tenemos que ahorrar y eliminar cuentas, continuó Ted y le sonrió.
Paula se calmó al ver cómo los ojos caídos de Ted se combinaban con las arrugas que enmarcaban su sonrisa y se maravilló de su ignorancia ante la inminente noticia que no se atrevía a contarle.
¿Y cuáles se te ocurren?
Creo que podríamos eliminar la cuenta del teléfono de la casa y quedarnos sólo con los celulares. ¿Viste mi mensaje de texto?, preguntó con el mismo tono que Paula le había escuchado en llamadas de trabajo, aludiendo a su invitación.

Paula asintió para dar por terminada la conversación y entró al baño. Era un aposento angosto con una tina antigua cuyas patas curvas reposaban en baldosines ordinarios, pegados de cualquier manera, y un lavamanos rectangular demasiado pequeño como para lavarse la cara. Paula abrió el gabinete detrás del espejo y sacó un sobrecito de gamuza falsa azul turquesa. Vio que le quedaban dos pastillitas blancas y las tiró a la basura.
¿Estás lista para salir? Les dije que estaríamos allí a las ocho. Paula asintió.
Tell y Paula se conocieron en la universidad y no tardaron en transformarse en una pareja típica de su barrio, poblado de adultos de treinta y algo que hacían lo que podían para quedarse en la veintena. El barrio consistía en una combinación de edificios marrones de tres pisos con viejas mansiones venidas a menos. Alguna vez Tell fue disk jockey. De vez en cuando salía a pasear en su monopatín con una camisa a cuadros demasiado pequeña para él sin sorprender a ninguno de sus vecinos.

Paula miró a Tell sentado en el sofá con su camisa a cuadros rota y su pelo grasoso y recordó su conversación con una antigua compañera de colegio. Cada vez que iba a Colombia, sin importar la distancia que se marcaba entre ellas, su amiga la invitaba a su casa de sofás de cuero, tapetes persas y pinturas originales de conocidos artistas suramericanos. Y la interrogaba mientras una sirvienta les pasaba té con galletas. Describirle su vida a esa amiga era un ensayo infructuoso, comenzando por decir que la gente en Nueva York toda sufría de síndrome de Peter Pan, omitiendo que mientras que el esposo de su amiga era un abogado calvo y de corbata, Tell era un niño grande y bello con sus ojos azules y sus arrugas, siempre cargando sus audífonos, su bicicleta o su monopatín.

Pero lo que más me gusta de él, recalcó Paula, es que no ve el mundo como símbolos, sino que ve en formas.
Como así, formas, preguntó su amiga imaginándose a su marido abogado diciendo “formas” burlonamente, dentro de algunas horas, en la mesa del desayuno.
Es como si no viera la vida tanto como significados sino como simples formas.
Y ¿cómo te vio a ti entonces?, preguntó la amiga, en tono socarrón.
Paula le repitió la frase que la enganchó la primera noche en que conversaron, esas palabras que le abrieron la puerta de su vida a Tell, cuando le dijo que su belleza era angular sin rastro de calidez en la voz y Paula fue sintiendo que se había apropiado de algo y que sólo dejándolo adentrarse en su vida podría alguna vez recuperarlo.

Paula se miró en el pequeño espejo del baño, y se peinó un poco con las manos. Tell la esperaba en el umbral de la puerta. Ambos bajaron las escaleras de afán y se fueron camino al bar que sólo quedaba a algunas cuadras de su apartamento.
Tell era mucho más alto que Paula y caminaba demasiado rápido para su gusto. Paula lo tomó de la mano para que ralentizara el paso.
Hoy por la tarde estuve en Union Square, declaró Paula, rompiendo el silencio. Todavía están las fotos y los afiches de las familias.
Parece que hay una compañía que los quiere comprar para un proyecto, contestó Tell.
¿Y a quién se los va a comprar?
Supongo que a las familias o a la ciudad.
Y ¿qué proyecto puede hacer uno con ellos? No están en muy buen estado, insinuó Paula.
Pues ya sabes que la universidad de Columbia está recogiendo testimonios de septiembre once y creo que escuché por ahí que el proyecto tiene un componente visual con todos esos afiches improvisados
Pero ya están arruinados por la lluvia, contestó Paula.
El desgaste del papel puede dar un efecto interesante.
Sí, muy interesante, contestó Paula. Seguro que a los protagonistas de las fotos les gustará quedar interesantes.
No les gustará ni lo llegarán a saber, contestó Tell indiferente a la provocación de Paula.
¿Y cómo sabes?, dijo Paula, levantando la voz.
Paula y Tell no eran una pareja que peleara. O tal vez era que sus disgustos no hallaban jamás continuidad.
Me imagino que no lo sé.
Eso es. No lo sabes. No lo sabes, gritó y aceleró el paso. Tell la alcanzó y le dio la mano.

Últimamente le pasaba eso. Sentía en oleadas. Oleadas fuertes y cortas. No las veía venir y la dominaban entera, terminando frecuentemente en sollozos algunas veces. Muchas veces un gesto silencioso de Tell era suficiente para atajarlas. A pesar suyo su mente se puso a crear el proyecto. ¿Cómo se verían esos afiches? Quizás le gustaría diseñarlos. Tal vez podría fotografiarlos e imprimirlos en metal, darles un aspecto de óxido a la vez bello y evocador del acero que se tragó a los sujetos. Se imaginó las placas en una galería, caras y expresiones reducidas a trazos, a líneas. Pensó en los muros de cemento liso, en la elegancia del lugar. En ese renacimiento del desastre que un artista podría exacerbar, o explotar.

Al entrar al Brooklyn Inn, casi no se podía mover del gentío que ocupaba el espacio entre las paredes pintadas de terracota y las altas ventanas que daban a un pequeño jardín. Encima de la mesa de billar una larga cadena sostenía un candelero de cobre. Paula lo miraba ocupar el amplio espacio que daba el techo alto para no sentirse tan encerrada entre la multitud. Solamente la foto de un viejo con su perro colgada muy alta en la pared compartía el espacio con el candelero.

Escuchó algunas conversaciones extrañas esa noche. Se hablaba de los atentados incómodamente, con desaciertos. Un tipo bien plantado de anteojos de carey declaró que después de septiembre 11 veríamos bien quién amaba de verdad a Nueva York y que todos los demás se irían, como si la ciudad se hubiera convertido en filtro para cobardes. El tipo era de ascendencia latina, sin duda, y hablaba de abrir un restaurante contratando “algunos mexicanos”. Otros contaban lo que habían hecho ese día con anécdotas no carecientes de la cálida ironía típica de las narraciones de los jóvenes de Brooklyn: el ejecutivo que no canceló una reunión aún tras ver ambos desmoronamientos por la ventana y se quedó sólo, esperando en la sala de juntas; el grupo de jóvenes que se cansaron tras horas de hacer fila a la entrada de un hospital para donar sangre y decidieron irse a un bar y pedir unos bloodymarys, que resultaron ser inferiores a los que servía el Brooklyn Inn; los amigos que cruzaron el puente de Manhattan con el cortejo interminable de ejecutivos cubiertos en ceniza sobre sus cabezas canosas y sus vestidos de paño gris. Cuando Tell añadió que el desmoronamiento de las torres le había dado “la perfecta idea de gravedad”, Paula quiso soltarle la mano, pero se limitó a mirarlo boquiabierta y a tomarse una soda con limón a pequeños intervalos, lo más despacio posible.

No supo contribuir a la charla con su versión de los hechos. Su familia no le había preguntado demasiados detalles desde Colombia. Lo vieron todo en directo por televisión. Paula no se sentía con el derecho de ser parte de este desastre, el único que había presenciado, pues su vida en Colombia había sido relativamente tranquila y privilegiada, y el único trauma que sufrió fue preguntarse que hacer con los horrores que escuchaba en el noticiero. Paula pasó su niñez y sus primeros años universitarios en Bogotá, rodeada de cariño y de amigos en una casa que daba a los hermosos cerros cubiertos de eucaliptos, con una buena colección de libros casa y una empleada anciana que servía chocolate con arepas todas las tardes. En su vida cotidiana, los horrores de la guerra y las fechorías de Pablo Escobar sólo se asomaban en el noticiero de las siete, narradas por bellísimas ex reinas de dientes muy blancos y pelos largos y sedosos cuya seriedad no lograba eclipsar todo su glamour.

Recordaba absurdamente algunas anécdotas familiares, fábulas que se burlaban de personajes arribistas cuyas desgracias siempre ocurrían en el extranjero: el señor que se torció el tobillo en París y de fulanita de tal que gritaba a los cuatro vientos que la habían atracado en Italia. Era extraño para Paula haber vivido esa catástrofe en la ciudad a la que tantos en su país aspiraban ir. Su madre había resumido los hechos y cerrado la puerta a cualquier discusión posible con la frase categórica: siempre supe que estarías bien.

A Paula le era inimaginable jugar ese papel de madre, enorme, ya fuera en presencia o ausencia, como una sombra colosal sobre la vida de alguien. Ella misma sentía su pequeñez, su cuasi inexistencia enmarcada por la ciudad. Como los hombrecitos miniatura en pantalones beige que salían volando de las torres, inconsecuentes ante las heridas humeantes de los edificios, que Paula se encontró cuando alzó la mirada desde la calle Canal. A Paula no le fue difícil pasar toda la velada distraída y hablando apenas, pues el bar tan lleno que la gente tenía que gritar para poder escucharse.

Ya bien entrada la noche regresaron al apartamento en silencio entrelazándose las manos por intervalos. Subieron las escaleras y Paula le dio un beso de buenas noches y entró a su habitación.
Ahora voy, dijo Tell.
Paula se cambió. Escuchó a Tell rebrujar papeles, y abrir un sobre. Entreabrió la puerta silenciosamente y lo vio de espaldas, su fortaleza de nadador inutilizada en ese gesto desprevenido. Todavía lo encontraba tan hermoso como al principio. Lo vio abrir el sobre de manila, prender una lámpara y mirar unas fotografías que sacaba de éste a contraluz para después guardarlas cuidadosamente. Su cabeza se inclinó y sus hombros temblaron. Se llevó una mano a la frente. Paula se metió en la cama y cerró los ojos, fingiendo estar dormida, hasta quedarse inconsciente, y no sentir a Tell, hasta que lo oyó por la mañana arrancando pedazos de cables viejos en el apartamento, que habían quedado sepultados bajo capas y capas de pintura.
El asbestos es malo para el cerebro, le dijo Paula, y lo abrazó.
¿Todo bien? Preguntó Tell.
Ella se sentó en su sudadera y puso a hervir el agua en una tetera irritada porque ella era la que debía estar haciéndole esa pregunta a él y ambos lo sabían.
Me siento muy cansada. Vio dos maletas grandes al lado de la puerta:
¿Qué es eso? ¿Acaso es que te vas?, le preguntó Paula sintiendo la primera oleada de náuseas del día.
Voy a guardar algunas cosas donde un amigo, es todo.
Paula nunca sabía con Tell. Antes, en las épocas buenas, cuando no tenía que preocuparse por el dinero, era como si viviera en varios lugares. A veces dormía en casa de un antiguo compañero de colegio con quien grababa música. Durante unos meses alquiló un estudio en Red Hook, un barrio industrial cerca al río, en compañía de unos amigos, para dedicarse a la música experimental los fines de semana. En esa época Paula se conformaba con que pagara la mitad del arriendo y durmiera con ella la mayoría de las noches. Se consideraba su pareja y se la llevaba bien con él sin hacerle demasiadas preguntas. Tenía bastantes amigos en la ciudad y no le molestaba que Tell fuera independiente. Sin embargo estas maletas eran las grandes, las que había traído en la mudanza y en las que, salvo por el computador, la cámara y el monopatín, había embutido todas sus pertenencias, hasta que, paradas, parecían vacas que, barrigonas e inmóviles la observaban.
Te ves cansada, susurró Tell.
Paula no contestó y miró el agua hervir en la tetera antes de echarla a una cafetera de vidrio francesa.
Te vas a quedar sin ropa aquí.
Tengo ropa en la lavandería desde hace meses, le dijo Tell, y tú también. Deberías recogerla.
Pero siempre son cincuenta dólares, se quejó Paula.
Aquí hay treinta. Ahora me tengo que ir. Después de tomarse un trago de café, y acabada de bañar, Paula se metió otra vez a la cama. Sentía las náuseas empeorar y algo de cansancio. Se tapó con las cobijas hasta que su cabeza desapareció, algo que no hacía desde que era niña.

Una camioneta destartalada, del hermano de Tell, subió con paso de animal viejo al parqueadero de la Clínica de Reposo del Río Hudson. Tell se bajó y haló las dos maletas negras que rodaban, pesadas y sin afán. En la recepción preguntó que dónde podía dejarlas y explicó que era una donación anónima, hasta que la recepcionista, una joven raquítica de dientes salidos, pelo enlacado y expresión ausente, lo obligó a indicar su relación con el sitio. Tell se impacientó pues ya había hecho varias visitas para hacer donaciones en los últimos meses. La antigua recepcionista, que recordaba a su madre, lo dejaba rondar por los corredores con toda libertad. Con esta tendría que empezar de nuevo.
Catherine Marie Millam.
¿Relación?
Madre
¿Año de ingreso?
1980
¿Año de salida?
Tell se quedó en silencio.
¿Fallecida?
1984.

La señorita le indicó a Tell que siguiera por un corredor de oficinas hasta un depósito. La casa de reposo parecía un hotel, con sus tapetes rosa, y cuadros de pájaros y flores en las paredes. Sin embargo el aire tenía un dejo de olor a remedio y a cuarto de bebé, como una mezcla de pañales sucios con loción. Tell abrió la puerta y haló de la cadenita pegada del bombillo. Olía a humedad y había cajas de cartón desparramadas por todas partes. Abrió las maletas: su contenido estaba en terrible desorden: ropa vieja y libros usados de Tell: varias camisas de franela, gorras polvorientas y libros de texto con el sello de la biblioteca de su universidad; algunos vestidos de mujer, collares de pepas plásticas y aretes nonos, provenientes de casa de su padre. Distribuyó el contenido de las maletas en dos cajas vacías que encontró: una de ropa y otra de todo lo demás. La asistente del psiquiatra, una mujer fofa con demasiado maquillaje, se asomó a la puerta y le dijo que todas estas cosas se venderían en el bazar benéfico de la clínica que tendría lugar en algunas semanas. Entre el barullo Tell vio unas gafas de papel para ver imágenes en tercera dimensión enredadas con un collar de bolas de plástico amarillo. Miró las gafas, en cuya esquina había un pequeño roto, las desenredó del collar y se las metió al bolsillo. Apresurado, se dirigió a la recepción.
¿Necesita recibo?, preguntó la asistente.
No, gracias, respondió Tell.

Recordó que las gafas venían con un libro sobre la vida animal en Afica, con magníficos dibujos que cobraban vida si se miraban a través de los lentes de celofán rojizo. Cuántas veces habían mirado ese libro, cuando ella había entrado en su silencio. El altoparlante anunció que era hora de la cena para pacientes. Miró el reloj. No eran ni las cinco de la tarde. Molesto, pues sabía que su madre tenía que haber detestado ese horario infantil, aceleró el paso por el corredor rosa y salió del lugar. Tuvo que calentar la camioneta durante un par de minutos y dejó la clínica a sabiendas de que no volvería.

Tell decidió pasar por el lote donde yacían las torres gemelas antes de llegar a casa. La carretera desde el sanatorio bordeaba un pedazo del río Hudson. Había poco tráfico. Hubiera disfrutado del paisaje si lo que sentía en esa carretera en particular, desde que era niño, no hubiera irrumpido en su mente. Sintió un alivio al meterse en la autopista, igual en todas partes, sin puntos de referencia. El cielo estaba bastante despejado. En la ciudad parqueó en Wall Street y caminó hasta el lote del derrumbe. Como siempre había bastantes curiosos y algunos vendedores de suvenirs ya se habían instalado de tiempo completo para vender platos de pocelana, camisetas, toallas y demás objetos ilustrados con las Torres Gemelas que como por arte de magia habían aparecido días después de la catástrofe, todos made in china.

Se escabulló entre la gente y logró quedar en primera fila. Los restos de las torres eran de varios pisos de altura y despedían un humo tóxico. Se sacó las gafas tridimensionales del bolsillo y se las colocó frente a los ojos. Movió su pupila izquierda y miró por entre el roto como cuando era niño y filtraba las escenas miedosas de películas por entre las ranuras de los dedos.

Recordó los juegos silenciosos que disfrutaba con su madre al final de su enfermedad, cuando había perdido el habla pero no la capacidad motriz. Madre e hijo pasaban horas recortando y mirando la luz colarse entre los huequitos de papel de colores, repetidos en bellos patrones dados por dobleces inteligentes que los dedos largos de su madre elaboraban sin el más mínimo esfuerzo. Las hábiles manos de su madre tomaban las cosas con delicadeza, y podían modificarlas con rapidez. Aquellos últimos días de su vida cuando su padre no lo llevó ya a la clínica, y cuando se sentó él sólo a recortar rotos en el papel volvieron a su memoria. No se explicaba cómo esas fotos terminaron en la casa de su prima.

De pronto recordó en dónde estaba y comenzó a mirar por el roto de las gafas de nuevo hasta que lo invadió un enorme deseo de abarcar con la vista el desastre entero. Caminó unos pasos hacia atrás y se retiró las gafas de la cara. Alzó la mirada hasta encontrar la cima de esa inmensa tumba de cemento y de acero retorcido. Dejó que el aire tóxico invadiera sus pulmones y exhaló largamente.

Esa tarde, mientras Tell estaba por fuera, Paula no pudo resistir las ganas de saber cuál era aquel secreto que competía con el suyo en el pequeño apartamento, en el rincón del mundo que compartía con Tell. Se dirigió al sobre de manila, que yacía boquiabierto y silencioso en la repisa. Sus dedos lo tocaron con cuidado de no doblarlo. Sacó una nota firmada por una tal “Patricia, tu prima” del sobre de manila. Era una hoja de papel rayado arrancada de un cuaderno espiral, escrita a la carrera, con letra de colegiala, muy distinta a la mínima y cuasi ilegible escritura de Tell: encontré estas fotos cuando desempacábamos el ático y pensé que deberías tenerlas tú. Eran fotos de Tell y su madre. Parecían de los años setenta, el papel granuloso, los colores atenuados y las líneas algo desdibujadas, como si el paso del tiempo fuera un exceso de luz. En ellas, una mujer rubia con una camisa de cuello puntudo abrazaba a un niño de unos ocho años sentado en su regazo: el mentón de la madre apoyado en el pequeño hombro recubierto de los cuadros de una camisa de franela. Las yemas de los dedos de Paula acariciaron el papel granuloso, y sintieron rastros de pegante seco a cada lado del rectángulo en el reverso. Sacó las otras fotos del sobre y vio que estaban recubiertas de papel de colores. Al levantarlo se dio cuenta que eran muy parecidas a la original: madre e hijo abrazándose y posando para la cámara, asomados por el papel de colores recortado en formas geométricas, como extrañas ventanas: una rajadura en forma de luna, dejando sólo ver los ojos de la mujer y la boca del niño, una de rayas, dando un efecto de prisión, varias triangulares dejando ver sólo parte de sus facciones y algunos mosaicos, como si madre e hijo estuvieran asomándose por la reja de una mezquita.

Paula miró con detenimiento la cara de ese niño de ocho años a quien reconocía sólo en parte: los ojos ligeramente inclinados hacia abajo y la sonrisa que, como paréntesis, plegaba sus mejillas. Más allá del obvio cambio a adulto, había algo distinto que Paula no podía atribuir solamente al paso de veinte años. Algo casi imperceptible le faltaba al Tell con que ella vivía en comparación con ese niño de ojos vivaces y de sonrisa generosa. El Tell que ella conocía era mucho más medido con sus gestos. Devolvió las fotos al sobre y lo puso en su sitio.

Sin saber a qué horas volvería Tell, Paula decidió salir a visitar a Gladis, su amiga y ex compañera de oficina a quien iban a operar del corazón. No era la primera vez que la salud de Gladis flaqueaba, pues Paula recordaba sus ausencias de la oficina, pero le sorprendía de todas formas que su amiga de recientes caminadas por Manhattan ahora estuviera tan mal. Se puso un abrigo y bajó las escaleras de su edificio. Cuando llegó a la habitación de hospital dieron unas cinco de la tarde oscuras.
Sabés, dicen que es ansiedad, le dijo su amiga, con una sonrisa de pícaro agradecimiento.
Paula observó la vejez desnuda de Gladis, sin su ropa negra ni sus collares de plata. Vio el cuerpecito menudo, la piel colgante, los ojos saltones bordeados de negro, los dientes amarillos. Estaba entubada y la operaban al día siguiente.
Pero no saben estos médicos gringos si primero es el corazón o la ansiedad, y, como dicen aquí, si primero fue el huevo o la gallina. Yo les dije que no mezclaran naranjas con manzanas, el dicho más estúpido de la lengua inglesa, y quedaron muy complacidos.
¿Cómo te sientes?, preguntó Paula tomándola de la mano. ¿Hay dolor? Y sintió que había dicho eso con una cadencia diferente de su acento colombiano, como imitando el de Gladis sin poder evitarlo.
¿Qué querés que te diga, nena?... Más bien dejáme contarte la historia de Santa Teresa Cabrini, patrona de este hospital y a quien me encomiendo, pues por error de la agencia de viajes tercermundista de Queens mi hermana y mi sobrina no pueden llegar sino hasta mañana después de la cirugía.
Paula se sentó obediente en una vieja silla de metal, frente a unas cortinas de enormes cuadros rosados, azul pastel y beige. Gladis comenzó a contar la biografía de la santa, que llegó a Nueva York y fundó varios colegios y hospitales.
La primera americana canonizada, dijo al terminar el relato, sin pasar la oportunidad para otra ironía.
Pero no sabés lo peor, añadió animándose repentinamente ante la entrada de una enfermera algo hostil, como si el mejor desquite fuera hablar español delante de ella. Después de muerta, y no me preguntés porqué pues son cosas de la iglesia católica, la dejaron aquí. Está en una iglesia en Nueva York. Pero si vos te fijás, la cabeza y las manos son de cera, porque las reales están en Italia.
¿Cosas de la iglesia?, preguntó Paula sintiendo que su ironía no era comprendida y que así este fuera su último encuentro con Gladis esta siempre pensaría que la joven diseñadora se lo tomaba todo literal.
Así es. Cuando yo salga de aquí vos y yo iremos a verla.
Paula miró su reloj y vio que marcaba las seis y media. Le dio un abrazo a su amiga, sintiendo el frío del tubo de plástico contra su piel. Y pensó que el guardar un secreto la obligaba al silencio.

Decidió ir a la lavandería camino a casa. Pensó que esto del embarazo tendría que ser decidido pronto, antes de que fuera inevitable. Escuchó las palabras de su madre, refiriéndose a los últimos años de su juventud: este es tu momento.

En la lavandería Paula saludó a la trabajadora mexicana con amabilidad. Notó que la mujer respondía a su saludo en español con la misma deferencia ausente que usaba con los clientes americanos y lamentó que no la mirara a los ojos. La mujer continuó doblando ropa cabizbaja y Paula sintió que la había ofendido con su excesiva calidez. La puerta se abrió y un niño de unos diez años entró al local. Era corpulento, de mejillas rellenas y mirada triste. La mujer dejó la ropa de lado y le dio un abrazo.
Hola, mijo.
Sólo se permitió dos palabras antes de ponerse a buscar la bolsa de Paula y de Tell que estaba detrás de las otras porque llevaba meses allá. La encontró, la puso en la balanza y le cobró a Paula 47 dólares. El niño, que era fuerte, ayudó a bajar la bolsa pero cuando casi se le cae encima la mujer la sostuvo y la puso en el suelo. Después el niño se paró en la balanza y se pesó y Paula vio que la mujer se fijaba en el peso. Después le extendió la mano y lo ayudó a bajarse. Agárrate, le dijo suavemente, pero el niño se bajó sólo, con facilidad.
Paula caminó varias cuadras con su bolsa de lavandería de 47 libras pasándosela de un brazo al otro, sin poder encontrar una posición cómoda. En momentos como éstos la vida en Nueva York era difícil y ridícula, pensó. Era una ciudad que no se dignaba a encargarse de lo trivial, cuyos apartamentos viejos no disponían de los tubos para ponerles lavadora, o por lo menos eso decían sin falta quienes los arrendaban. Y se le ocurrió, sin quererlo, pensar en lo que sería el tamaño de la bolsa si fueran tres, y cómo haría para llevarla al tiempo que un niño de brazos. Pero detuvo inmediatamente ese pensamiento y se dijo que lo que llevaba en su cuerpo todavía no era un niño sino un tejido. Un racimo plano de células como esos que pintaba en clase de biología, como huevos de rana con núcleo adentro. Cuando llegó a su edificio, casi no sentía las manos del frío. Vio que la pita de la bolsa de lavandería las había raspado. La maldita palabra racimo le invadía el pensamiento últimamente, cuando pensaba en su situación, agrediéndola con su significado absurdo. Abrió la puerta con dificultad y tiró la bolsa al piso. Ya Tell la traería. Subió las escaleras a paso cansado. A cada respiro la palabra le venía a la cabeza, violenta y encima ahora en inglés: cluster, cluster, cluster. Al llegar al tercer piso buscó la llave entre su cartera primero con el tacto, después vaciándola casi del todo en el piso. Cuando por fin pudo entrar sintió el aire helado adentro y vio que la ventana de la cocina se había quedado entreabierta. La cerró, haciéndole fuerza con las dos manos y vio como esta rebotaba con su borde de madera irregular.

Unas horas más tarde Paula oyó los pasos de Tell por las escaleras, arrastrando la absurda bolsa de 47 libras. La llave giró en la cerradura. Paula se levantó y lo esperó sentada en el sofá. Tell la saludó con una sonrisa cansada. Se paró y fue a buscar el sobre de la clínica DeKalb. Antes de entregárselo, le dijo que había mirado el contenido del sobre de manila y que por favor la dejara irse a acostar. Tell asintió en silencio, y la miró intensamente a la cara antes de soltar su mano. Descansa.

La tarde del día siguiente volvió a encontrar a Paula sentada en el sofá bajo la misma tajada de luz. Esta vez Tell estaba con ella y le levantaba la blusa para dejar que el débil triángulo luminoso jugara en la piel de su abdomen. A Paula le recordaba uno de esos pescados chinos de papel celofán que se doblan como por arte de magia en la palma de la mano.

Constanza Jaramillo Cathcart

6 comentarios:

Lapiz0 dijo...

Sorprendido de la forma de descripcion de ambientes y detalles minimos...

Sonia dijo...

Me encanta la manera en que está escrito. A pesar de ser tan largo, no se hace en absoluto pesado, podría ser el primer capítulo de una novela tranquilamente. El final lo he encontrado un pelín precipitado, pero me ha gustado mucho.

CONRADO dijo...

Estoy absolutamente de acuerdo con los dos comentarios anteriores. Encantadora la forma en que está escrito y cómo las descripciones te llevan a la escena. Me ha dejado frío el final. Creo que la historia puede ser perfectamente el inicio de una novela.

Palafox Gelover dijo...

Constanza,

Creo que a todos nos dejaste igual...
¡Estoy impresionado!

Como relato me gustó, no tanto porque creo que esbozaste tan bien a los personajes y los escenarios están cuidados al mínimo detalle que creo que te has quedado corta.
Coincido con el buen Conrado en que bien podría ser el capítulo inicial o final o el que sea, pero de una novela.

Muchas felicidades. Fué todo un placer leerte.
ojalá y nos veamos seguido por estos rumbos.

Recibe un afectuoso saludo.

Anónimo dijo...

Amigos de Aula,
Muchas gracias por sus criticas y sus comentarios y un afectuoso saludo para todos! Desde muy lejos les digo que soniaria con estar en la hermosa Barcelona conversando con uds y escuchando sus relatos.
Constanza

ACPE dijo...

leí los tres primeros párrafos y ya conectada hasta el final. Meláncólico y descriptivo. Da gusto tener detalles de un lugar conocido o no. Y lo mejor para mi son algunas frases reflexivas sobre la vida, la gente y la dinámica americana. Ah! además de la sinceridad femenina tan orgánica.

Gracias!
un segundo capítulo?

Alicia