martes, 13 de enero de 2009

Zapatos sin cordones

El placer que sentía venía del odio, no podía venir de otro sitio. Sabía que los demás hablaban sobre él, que pronto llegaría su fin, que tenía los días contados. No lo había buscado, no lo había provocado, pero era así. Decidió que debía desaparecer, que antes que le encontrasen y le echasen se iría, aunque nunca se fue del todo.
Buscaba a aquellos que le habían hecho sentir mal consigo mismo. Buscaba a aquellos que se merecían lo que les iba a pasar, a aquellos que jamás aprenderían nada.
En un almacén lleno de zapatos con sus correspondientes cordones, ser el único defectuoso, el único anormal, el único que no estaba atado, era un tormento. Siempre hay un consuelo o una esperanza y para un par de zapatos sin cordones, la única salvación es que los demás no los tengan.
Sigiloso se escondió y en su escondite observaba cómo sus enemigos partían en sus cajas y con sus cordones hacia el paraíso: la zapatería, allí donde todos los zapatos cumplían su misión en esta vida, su razón de existir, ser adquiridos por unos pies. Él nunca llegaría a eso, cuando unas manos y unos ojos se diesen cuenta que a esos zapatos les faltaba algo, que estaban incompletos, sería rechazado, devuelto, destruido, porque él no era unas botas, él no era unos mocasines, ni siquiera unas simples zapatillas, él era unos zapatos sin cordones.
Des de su escondrijo planeaba el golpe y le gustaba pensar, una y otra vez, que la condena a la que estaba predestinado la cumplirían otros; serían castigados los que tendrían que haber sido sus compañeros y apiadarse de él, los que se jactaban de que tenían una razón de ser y él no.
Cuando pasaba a la acción se convertía en el justiciero, en el que señalaba con el dedo que no tenía. Le temían, lo había oído. Entre los perfectos se había extendido ya el rumor de que por la noche, alguien se adentraba en tu caja y te robaba los cordones. Sí, los cordones.
Pero aún y así, ante la alerta que se había generado en el ambiente, cada par de zapatos pensaba que nunca les tocaría la vez.
Esperar el momento. Esperar el preciso momento. Era delicioso. Saboreaba el instante justo antes de palpar la venganza. Estaba atento y sabía, que como siempre, él era el único. Estaba en guardia y ansioso. Pero no podía descontrolarse, pues cada uno de los movimientos tenía que ser exacto: abrir la caja, despacio, lentamente, sin hacer ruido. A veces le ocurría que al ver a su víctima, al contemplarla dormir indefensa e inocente, se preguntaba por qué y entonces miraba los cordones y sabía el motivo. Estirar de ellos, deshacer su entramado, sentir cómo se deslizaban, cómo se separaban de su dueño, era el éxtasis. Un último vistazo. Sí, lo había vuelto a conseguir, el destino de alguien era de su propiedad. Era una pena que no pudiese utilizar aquellos cordones para sí mismo, mas no eran para él, a cada zapato le encajaba sólo su cordón y él no tenía.
Una noche tras otra era el justiciero y ésa era la única razón de su vida, impartir justicia.
Pero ay, no es la justicia cosa de zapatos. Porque llegó el día en el que se percató que así como salían zapatos y más zapatos hacia los camiones, ya no entraba ninguno. En poco tiempo vio como su mundo de paz en el odio se desvanecía y ante no poder vengarse de nadie se encontró más perdido que nunca.
Estando ahora en la oscuridad, observando las altas estanterías vacías de cajas, rememorando sus mejores tiempos como ladrón de destinos, se dio cuenta que aquello por lo que había vivido ya no existía. Que sus cordones debían estar en alguna parte, y que había perdido mucho tiempo en obsesionarse en lo que los demás tenían y a él le faltaba, que había dado excesivo valor a aquellos que en la vida podían conseguirlo todo fácilmente.
Entonces, acordándose de aquellos a los que había dejado sin cordones y que no podrían jamás volver a ponérselos porque los tenía él, emprendió el viaje de vuelta a sus orígenes, a buscar, a encontrar y a atarse sus propios cordones.


Judi Cuevas

4 comentarios:

Aula escritores dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Aula escritores dijo...

Al relato le falla el argumento. Sería necesario que hubiera un "conflicto" antes, algo que atrajera la atención. Si le das una vuelta de tuerca te puede quedar un relato majo porque el fondo, el mensaje del relato está muy bien

Sonia dijo...

Muy original. Me ha gustado mucho.
No sé, igual no era la intención, pero a mí me ha enternecido. Le he cogido cariño al zapato sin cordones, así, tan cabroncete él, tan envidioso… jajajajaaja. Es que tengo cierta debilidad por los anti-héroes.
A mí me ha gustado así tal cual, la moraleja es clara y muy buena, y retratas muy bien la figura del envidioso, al que en realidad lo que le molesta es que los demás sí tengan lo que a él le falta.
Quizás retocaría un pelín el final, no sé… igual que un día él encuentre el cordón que le falta, y se lo roben, pero ya te digo que me ha gustado así tal cual.

Viere dijo...

Yo también creo que el final podrías mejorarlo. Te deja un poco a medias después de un relato tan interesante.
Xavier