martes, 6 de enero de 2009

Cuando deje de nevar

Nevaba. Nevaba sin tregua como si no tuviera intención de amainar nunca. Nieve, nieve y más nieve, nieve por todas partes. Y soledad. Porque estaban solas. Aterradas y solas. La grieta en la que se habían refugiado a duras penas si podía contener los envites de la furibunda tempestad blanca. Las volutas de nieve atravesaban el umbral de aquella ceñida cueva y les caían en la cara, cegándolas, y después se amontonaban a su alrededor como un maléfico molde de escayola helada. Pronto quedarían sepultadas.
Encajada en aquel agujero, Maribel se retorcía de dolor como un gusano decapitado e intentaba proteger su maltrecho cuerpo de los copos. Estirada en el suelo, a sólo unos palmos del abrupto abismo que se abría a sus pies, luchaba sin suerte por contener la mayor de sus múltiples hemorragias, agarrándose la pierna derecha con ambas manos. La sangre había teñido completamente de rojo su vestimenta de esquiadora.
Una fatídica placa de hielo tuvo la culpa. Maribel resbaló y se despeñó sin remedio. La caída fue brutal. Ni el resistente material del equipo de montaña, otrora invulnerable, resistió al violento golpe ni a las cuchilladas de las aristas rocosas de la ladera. La montañera rodó y rodó por la escarpada vertiente norte como un monigote de gore-tex abierto en canal sin poder agarrarse a nada, sintiendo el precipicio definitivo cada vez más cerca, más cerca, más cerca. Pero los mismos riscos que le desgarraron las piernas y el vientre, dejando un reguero de tripas de plumón desparramadas sobre la vasta piel de la intemperie, frenaron su descenso. Se detuvo en el mismísimo borde del más profundo de los barrancos completamente derrotada, hecha un amasijo de huesos quebrados, heridas sangrantes y fibras sintéticas.
La nieve seguía entrando sin piedad dentro de la gruta. Y Maribel deliraba. A su lado, hecha un ovillo, Mamen la miraba de reojo, protegida por las enormes gafas de ventisca. Prefería no mirarla directamente. Prefería no hacerlo. No quería que leyera en sus ojos que no tenía salvación posible, que las lesiones eran más graves de lo que habían pensado en un principio y que seguramente no llegaría a la noche. No podía evitar pensar que cuando Julián y Susana regresaran con los equipos de rescate sería tarde y muy posiblemente Maribel ya estaría muerta. Dios santo, muerta. Intentaba arrancarse el pensamiento para que ella no se lo leyera en los ojos. No quería que se lo leyera en los ojos. Pero no podía. La imagen de su compañera de escalada muerta en sus brazos le martilleaba el interior del cerebro como un implacable badajo. Bajó la cabeza y la escondió entre los brazos para que Maribel no viera que lloraba.
-Mamen, acércate -pidió Maribel, incorporando ligeramente la cabeza y separándola de la entrada de la cueva-. Quiero que me ayudes…-suplicó. Y le extendió una mano.
-Es mejor que no te muevas- le respondió Mamen volviéndole a poner la mano sobre la pierna magullada-. No tardarán en llegar. Ya deben estar cerca, estoy segura. Es mejor que no te muevas…
-No, Mamen, no - insistió Maribel-. Hemos de hablar-. Y arrastrándose con dificultad, la maltrecha montañera se colocó de costado, tomó aire y dejando escapar un amortiguado alarido apretó la palma de la mano que no tenía rota contra la pared de la caverna hasta que logró sentarse.
-¡Estás loca!– la reprendió Mamen, quien la asió por la cintura e intentó colocarla de nuevo sobre el suelo-. ¡Vuelve a tumbarte! Ya deben estar a punto de llegar.
Pero Maribel no obedeció. Apartó a su compañera y se recostó más todavía en la pared de la cueva, atrancando los pies en un montículo de nieve manchada con su propia sangre
-¡Suéltame! Tienes que saberlo! ¡Tienes que saberlo! Si me pasara algo…
-No va a pasarte nada, no va a pasarte nada –replicó Mamen acariciándole el pelo-. Es mejor que descanses.
-¡No! No quiero descansar. Tienes que saberlo todo- repitió apartándose la nieve de la cara con los guantes-. Tu marido te engaña.
-¿Pero qué dices, Maribel? Julián no me engaña, es incapaz de hacerlo. Pero si quieres, cuando regrese con los equipos de rescate se lo preguntamos y salimos de dudas. ¿Eh? Pero ahora debes…
-¡Es… estúpida! –la interrumpió Maribel entre jadeos-. Claro que te engaña. Te engaña…- balbuceó. Ya casi no podía sostener la cabeza.
-No digas tonterías. Deliras. Debe ser la fiebre. Sí, debes tener fiebre- insistió Mamen. Se sacó uno de los guantes y comprobó la temperatura de la frente de su amiga-. Lo que te decía. ¡Estás ardiendo! Será mejor que descanses.
-No quiero descansar –contestó Maribel muy enfadada-. Y qué más da si tengo fiebre. Sé lo que estoy diciendo. Julián te engaña, sí te engaña… Te engaña… conmigo.
-¡Por Dios, Maribel, qué imbecilidad es esa! Estás delirando. Tú serías incapaz de hacerme eso a mí, a tu mejor amiga. La fiebre te está volviendo loca –dijo sin separar la mano de la frente de su compañera-. Estás ardiendo…
-No es la fiebre –ya casi no le brotaban las palabras-. Hace más de un año que nos vemos a escondidas.
Mamen se arrancó las gafas de un estirón y clavó unos inquisidores ojos en los de su compañera.
-¿Hablas en serio?
-Sí, sí… -contestó Maribel con la voz completamente rota, esforzándose en mantener la espalda pegada a la pared de la cueva. Le costaba hablar. Se ahogaba-. Julián pensaba decírtelo hoy mismo. Cuando estuviéramos de vuelta en el refugio- . Hizo una pausa para tomar algo de aire, para acabar de envalentonarse-. Iba a dejarte. Me lo había prometido…
-¡Dime que estás delirando, Maribel, por favor! ¡Dime que estás delirando! Que todo son invenciones tuyas- vociferó Mamen acercándole la cara hasta casi morderle.
-No puedo. Es todo cierto. Amo a Julián. Lo he amado siempre. Lo siento, Mamen, lo siento... Hubiera preferido… -sollozó y se volcó de bruces contra el suelo, soltando un afilado alarido. Y se quedó quieta.
Mamen permaneció unos segundos inmóvil contemplando el cuerpo estrujado y silencioso de Maribel sin saber qué hacer, como aturdida. El viento gélido y la inesperada confesión de su amiga le abotargaban la cabeza. No podía pensar. No sabía qué desear. Como pudo, agarró a Maribel por la cintura y volvió a sentarla. Seguía viva. Respiraba. A trompicones, pero todavía respiraba. No había sido más que un inoportuno desmayo.
Una parte de su alma ardió de cólera al escuchar sus latidos, al notar que aún tenía pulso. Hubiera preferido que ya estuviera muerta. Sí, muerta. La otra parte se apiadó de ella. Al fin y al cabo no era más que una moribunda. Y era su amiga.
La nieve estaba a punto de tapiar completamente la entrada a la cueva pero Mamen no se dio ni cuenta. Su mente seguía perpleja, atascada. Revivía una y otra vez la caída de su compañera como en una película cíclica y al mismo tiempo imaginaba a Maribel en brazos de su marido. En una sucesión de lentos fotogramas se veía a ella misma jugándose la vida, descolgándose por una traicionera pared de témpanos y granito para acudir en ayuda de su amiga e inmediatamente la invadía un irrefrenable deseo de arrancarle los labios con los que habría besado más de mil veces a Julián. "Julián, qué pedazo de cabrón. Es él quien tendría que estar aquí. Él y no yo. Soy yo la que tendría que haberme marchado con Susana a buscar ayuda", pensaba y se atormentaba imaginando a Julián y a Maribel haciendo el amor en mitad de aquella interminable tempestad mientras un salvaje alud los sepultaba.
Un repentino bofetón de nieve la devolvió a la realidad. Nevaba tan fuerte que parecía que la caverna no tuviera techo. La abertura ya no era más que un diminuto orificio por el que no cabía ni un pie. Debían salir de allí o nunca las encontrarían con vida.
Se incrustó las gafas de ventisca, se colocó de nuevo los guantes y se puso a escarbar con ambas manos en la nieve como una posesa hasta que logró dejar un agujero lo suficientemente amplio como para salir al exterior.
Miró a Maribel y respiró hondo. No podía abandonarla allí. Deseaba hacerlo. Se merecería que lo hiciera. Pero no podía. No podía. Sacó la cantimplora de su mochila y le dio un sorbo. Ya casi no les quedaba ni agua. Ni demasiadas energías. No aguantarían mucho tiempo más. No. No la abandonaría. Seguro que los equipos de rescate estaban a punto de llegar. Agarró a su amiga de las manos y haciendo un esfuerzo sobrehumano la sacó a rastras fuera de la cueva y la dejó recostada en un tronco.
El exterior le pareció un infierno, un infierno glaciar. Una densa cortina de mechones nevados lo envolvía todo y dificultaba los movimientos. Se sintió dentro de una de esas bolas de navidad que se agitan para que nieve sobre el pesebre a la que alguien hubiera condenado a rotar eternamente. Le crujían las piernas. Estaba exhausta. Como pudo se alejó unos metros de la grieta en busca de algún refugio más seguro pero era incapaz de ver nada más allá de sus propias pisadas. Solamente nieve y nieve y nieve. Y el borde del precipicio, a menos de un palmo.
Maribel abrió los ojos.
-Mamen, abrázame. Quiero que me abraces- rogó entre estertores la moribunda, que había encontrado fuerzas en algún remoto rincón de su tullido cuerpo y había logrado ponerse en pie, tambaleante. Apretaba los dientes para disimular que el punzante dolor de sus desgarradas articulaciones había decido acabar de matarla.
-¡Maribel, estás mejor! –se sorprendió Mamen-. Aguanta un poco más. Un poco más. Me ha parecido ver que algo se movía a lo lejos. Deben ser ellos. ¡Seguro que son ellos! Ya vienen a buscarnos…
Y Mamen asió a Maribel con fuerza para evitar que se le escurriera y la apretó contra su pecho como si deseara fundirse con ella. Se le escaparon dos regueros de lágrimas. La nieve golpeaba con furia, como si fuera plomo.
-Mamen. Mamen. Tienes que perdonarme, tienes que perdonarme…- imploró la montañera herida y con su último aliento, antes de caer mortalmente desplomada sobre el umbral de la tapiada gruta, empujó a Mamen barranco abajo.
El cuerpo sin vida de Mamen rodó y rodó ladera abajo como un monigote de gore-tex arponeado por una jauría de saetas blancas. Ajena a la tragedia, la nieve continuó cayendo con insistencia, sepultando los árboles y las piedras, enterrando los dos cadáveres bajo una fría lápida. Siguió nevando en las cimas, en las laderas y en el valle donde estaba el refugio en el que los cuerpos desnudos de Julián y Susana seguían devorándose el uno al otro, al calor de la lumbre.
Susana agitó sus insaciables caderas camino de la ducha.
-Cariño, ¿cuándo avisaremos a los equipos de rescate para que vayan a buscarlas? Ya deben estar muertas.
Y Julián le contestó con desgana, arrebujado entre las sábanas.
-No sé. Cuando deje de nevar.


XAVIER ADELL

3 comentarios:

milagros dijo...

¡Vaya nido de cuervos¡
Me ha gustado mucho.
Felicidades.

Sonia dijo...

Me ha encantado. La parte descriptiva creo que está super bien trabajada, te imaginas realmente dentro de la ventisca y con la nieve por todas partes.
El final es muy bueno, es lo que menos me hubiera esperado.
¿Tendría muchas amigas más esta chica?

elena dijo...

Me ha gustado mucho. La verdad es que tu descripción evoca tantísimos desenlaces que es díficil dejar de leer.

Me ha enganchado desde la primera línea y cada frase encadena la siguiente. Además, esa atmósfera helada, blanca... fría y retorcida como el final...

Muy logrado, enhorabuena.