martes, 13 de enero de 2009

¡Buen Provecho!

Tiene que hacer algo, doctor. Ya no puedo soportarlo. Ya no me quedan fuerzas. Usted es mi última esperanza, doctor. Le aseguro que lo he probado todo, que he hecho de todo. Y nada. No mejoro, no mejoro ni un poco. Al revés, yo diría que empeoro un grado más cada día que pasa. Me estoy quedando en los huesos. Para mis ojos, el mundo está cubierto de una molesta neblina, casi ni puedo verle a usted. Y me duele cada músculo del cuerpo, cada órgano. Y las manos, y las piernas, y el pecho… Apenas puedo tenerme en pie. Doctor, seguro que puede hacer algo. Ya no puedo seguir así. Necesito alivio. Dicen que usted es el mejor. Dicen que es el mejor. ¡Por favor, doctor, ayúdeme! Sólo usted puede hacerlo…
Sí, ya sé que es culpa mía. No hace falta que me lo recuerde. Sé que en el fondo es culpa mía. Pero, que quiere, somos débiles, la carne es débil, tan débil. Y al principio no me pareció peligroso. ¡Que va! Todo lo contrario, era extremadamente placentero. Quien iba a sospechar que acabaría así, rendido, acabado…Quien lo iba a sospechar.
Podría echarle la culpa a ella pero sería injusto. Es verdad que sin ella tal vez nada de esto habría pasado, pero ella no es la culpable. No lo es. La culpa es sólo mía, sólo mía.
Aunque si no me hubiera abandonado, si no me hubiera dejado es muy posible que no estuviera aquí, doctor. Es posible que nada de esto hubiera ocurrido. O no. Quién sabe. Tal vez yo ya estaba marcado desde el principio, desde siempre. Tal vez era inevitable que antes o después descubriera este don o este estigma que se ha apoderado completamente de mí y cayera en la tentación, como caí cuando ella me dejó…
Lo reconozco, no debí hacerlo, no debí hacerlo. Pero, entiéndame doctor ¿Qué solución me quedaba? ¿Qué otra cosa podía hacer? Ella lo había sido todo para mí durante muchos años, lo que se dice todo. Estoy prácticamente convencido de ello. Creo que éramos tan felices juntos…
Pero se marchó, se largó sin avisar siquiera. Eso es lo que me han dicho. Me plantó, sin ningún motivo. No me dio ninguna explicación. ¿Puede creerlo, doctor? Un día no regresó a casa y me encontré solo. Creí que me moría, de eso sí que estoy seguro, eso es lo único que no se ha borrado. No salí a la calle durante meses, ni fui a trabajar, ni quise ver a nadie. Me encerré en mi buhardilla, subsistiendo a base de sopa de sobre y latas de conserva…
Los recuerdos de ella abotargaron mi mente como una obsesión, lo sé porque lo dejé anotado en mi diario. No podía pensar en otra cosa. La parte trasera de mis retinas funcionaba igual que una pantalla panorámica en la que continuamente se proyectaban escenas de mi vida con ella. Las buenas y las malas. Sin descanso. Millones de fotogramas y fotogramas disparados sin piedad contra las paredes de mi cráneo. Recuerdos y más recuerdos que daban vueltas, que se enredaban entre sí, que me martilleaban las sienes. Hasta que decidí acabar con los malditos recuerdos, eliminarlos de raíz, comérmelos, tragármelos… Y lo hice. Lo hice. ¡Por Dios, si lo hice! Textualmente. Me los comí. ¡Lo que oye, doctor, lo que oye! Cuando mi deseo de acabar con las imágenes que me atormentaban se tornó omnipresente, algo se activó en mi mente, como un resorte. Mi desesperado deseo pulsó un interruptor y conectó un extraño mecanismo que puso a mi cerebro a masticar cada recuerdo como si tuviera dientes. A masticarlos, sí, a masticarlos. Pude sentir como desgarraba hasta las hebras más finas, que tenían un fuerte regusto a salado, como a cecina. Hacía un ovillo con aquellos trazos de memoria, los ensalivaba y los deglutía de uno en uno. Después los maceraba en el fondo de alguna neurona y dejaban de existir. Ni siquiera recuerdo como se llamaba ella. No recuerdo nada.
Casi tampoco me acuerdo de los detalles de aquella primera digestión cerebral, que me regaló una plácida sensación de bienestar, como la que se alcanza después de paladear una copa de buen vino. También me dejó somnolencia, una pesada somnolencia que me lastró los párpados y me invitó a un reparador sueño.
Cuando desperté tenía hambre, mucha hambre, un apetito voraz. Abrí la despensa pero ninguna de las pocas viandas almacenadas me atrajo lo más mínimo. Ni el bote de alubias precocinadas ni el tarro de albóndigas en salsa ni la crema de espárragos. Pensé en los deliciosos postres que me preparaba mi madre y antes de que la silueta del pastel casero se hubiera dibujado en mi cabeza, mi cerebro se lo zampó de golpe. ¡Estaba delicioso! Mis pensamientos se llenaron de azúcar y de canela, de olorosas manzanas asadas que se derretían en el interior del encéfalo. Tuve que respirar profundamente para poder asimilar tan delicados aromas, para poder apreciar cada matiz, cada sabor. ¡Qué explosión de sensaciones! Fue como si mi organismo comiera por primera vez. Nada que ver con el resabio a cecina de aquellos recuerdos que había tomado como aperitivo.
Inmediatamente pensé en un humeante guiso de caldereta y mi cerebro lo engulló de una dentellada, sin saborearlo siquiera. Luego imaginé un complejo plato a base de texturas, emulsiones y deconstrucciones de cocina molecular, uno de esos que tanto triunfan en la televisión y que resultan inalcanzables para mi bolsillo. ¡Maravilloso! Mi cerebro casi se empacha al paladearlos, al envolverlos en el interior de su garganta de axones y dendritas. Entró en una erupción de júbilo y de placer, en un éxtasis de lava que quería escapar del corazón del cráneo. Yo sentí algo parecido: un intenso latigazo de electricidad desde la espina dorsal que duró varios minutos y me dejó completamente exhausto, mientras mi cerebro se deleitaba como un gourmet.
Aquel día ya no pude pensar en nada más. Tampoco pude comer nada por los medios tradicionales. No me apetecía lo más mínimo. Es como si la boca del estómago se me hubiera cerrado a cal y canto.
Al día siguiente, mi cerebro se despabiló con el desayuno continental más surtido que nadie pudiera imaginar y tomó de postre una harmoniosa composición de helados de todos los sabores. Pero la experiencia no nos dejó satisfechos a ninguno de los dos. Demasiado almibarado, demasiado encorsetado. Y excesivamente previsible. Volví a intentarlo imaginando una creativa propuesta de cocina de autor, de guía Michelín, pero tampoco acerté. Mi cerebro solo probó un bocado y lo escupió. Le aburrió soberanamente. Buscaba otra cosa.
No sé si por complacer a mi materia gris o porque me sentía extraordinariamente animado, salí a la calle por primera vez en varios meses y me mezclé entre el gentío. Fue algo increíble, doctor, algo fantástico. Fue como caer de golpe en un cuadro impresionista, lleno de colores y de trazos. Fue como bucear en un cálido océano de estímulos contradictorios, en una madeja de ideas deshilachadas… Sé que le resultará increíble, doctor, pero me di cuenta de que también podía leer en el interior de las mentes que me rodeaban, podía acariciar los pensamientos de aquellos que pasaban a mi lado -como se acaricia el lomo de un gato- y hasta era capaz de deshojarlos, arrancarlos del córtex y volver a colocarlos donde estaban. Podía jugar con ellos, estirarlos, encogerlos, amasarlos… Y mi cerebro descubrió que también podía comérselos. Y que estaban deliciosos.
El primer pensamiento ajeno lo engulló sin avisarme y por poco me caigo al suelo de la sorpresa. Me tambaleé y tuve que sujetarme a una farola para no desplomarme. Creo que nos comimos las divagaciones de un aficionado a la música. ¡Dios mío! Nunca había sentido algo parecido. Fue el deleite total. Ni siquiera un orgasmo lo supera, se lo aseguro. ¡Que sensación más excelsa, doctor! El placer más intenso inyectado a la vez en los cinco sentidos. Mi cerebro se relamió varias veces.
Pero no tuvo bastante. Unos metros más abajo llamó nuestra atención un apetitoso pensamiento infantil casi transparente. Daba vueltas alrededor de la cabeza de una niña con trenzas, como si diera saltos. Mi cerebro se lo tragó de golpe y a punto estuve de desmayarme de una sobredosis de emociones. Sentí en la nuca un big bang de caramelo fundido que estalló en miles de pedazos y volvió a recomponerse en menos de un segundo. Brutal… Después supe que nos habíamos merendado un sueño en estado puro.
El paseo se convirtió en un festín. Una pizca especiada de idea brillante aquí, una ración de dudas y cábalas al dente más abajo, un menú variado de reflexiones profundas al llegar a la plaza y, lo mejor de todo, las fantasías y las obscenidades. ¡Ay, doctor! ¡Bocato di Cardinale!.
Probé de todo, o mejor dicho, mi cerebro cató de todo: ideas de hombre y de mujer (todas igual de exquisitas), razonamientos certeros y erróneos (ambos suculentos), planes de futuro y evocaciones, vaticinios y memoria, preguntas y respuestas… Nunca hubiera pensado que el talento humano fuera tan goloso, que el intelecto fuera capaz de parir pensamientos tan heterogéneos, tan dispares y, sobre todo, tan sabrosos.
Pero, ay doctor, tampoco pensé nunca que alimentarse de ellos fuera adictivo, que acabaría convirtiéndome en algo parecido a un antropófago intelectual. Ni imaginé que dejaría consumir todas mis energías en una interminable jauría gastronómica. Quién iba a pensar que quedaría atrapado en una bacanal de asaltos encefálicos, en el desenfreno de una pitanza de ideas, de elucubraciones robadas, Con sólo intuir cerca un pensamiento fresco, me hierve la sangre e irremediablemente mi cerebro se le lanza a la yugular como un vampiro.
Por que eso es lo que soy. Soy un vampiro, o un caníbal, un despreciable caníbal de mentes ajenas. Ya no puedo alimentarme de otra cosa. Pero en realidad yo no ingiero nada, sólo se nutre mi cerebro. Estoy raquítico, doctor, pero no puedo, no puedo evitarlo. No puedo evitarlo, se lo juro. Y míreme, mire lo que soy ahora. ¡Míreme! Soy un despojo, un manojo de huesos, un cadáver. No sé desde cuando no pruebo un bocado sólido, ni siquiera unas migajas. Y estoy a punto de desfallecer. Doctor, debe ayudarme. Doctor, por favor, se lo suplico, se lo suplico. ¡Haga algo, doctor! Por favor, no puedo soportarlo más… Doctor, doctor, doctor… ¡Aaayyyy! ¡Doctor! ¿Qué está pasando? ¿Doctor? ¡No! ¡No! ¡Noooo!
¿Qué diablos?

El famélico paciente cerró de golpe la puerta de la consulta y se escabulló escaleras abajo arrastrado por un apetito desmedido. Al salir al exterior, olisqueó el aire como un perro de caza y frotándose el estómago se dejó llevar por el rastro de pan recién hecho que se escapaba desde el obrador de la esquina.
Cuando estuvo seguro de que nadie podía oírle, el cerebro del doctor se despachó con un sonoro eructo.

Xavier Adell

3 comentarios:

Aula escritores dijo...

Xavier,
Me has dejado atónita. Que puedo decir excelente, genial,brillante, sobresaliente....

"Chapeau"!
Irène

milagros dijo...

Original, divertido y bien escrito.
Sencillamente, genial.
Me ha fascinado.
!Bravo, Xavier¡

Sonia dijo...

Wow!... Me ha encantado! Fenomenal, en serio. No puedo ponerle ni una sola pega, porque es sencillamente genial! Lo he leído con muchísimo interés,atrapada desde la primera línea.
Muchísimas felicidades!