viernes, 9 de enero de 2009

Un Minuto Basta

Un Minuto Basta



Se llamaba Gloria, y todo en ella hacía honor a su nombre. Amante de cuanto quisiera decir “vida”, los animales la adoraban, hacía magia con las plantas… Irradiaba un aura de confianza que contagiaba y vestía a todos de humanidad. Su vida era dedicarse a los demás, ayudar a todo el mundo. Cedía el asiento en el autobús, se llevaba a los indigentes a comer, sabía escuchar, y sus palabras eran un bálsamo para cualquier dolor del alma. Idealista hasta el tuétano, confiaba en las personas, en el potencial de ser mejores, y se entregaba a los suyos sin reserva. No había sacrificio del que no fuera capaz por sus seres queridos, y cuanto tocaba, como el rey Midas, se convertía en oro. Jamás salió un reproche de su boca, sólo argumentos. Era buena, atenta y leal.

Hacía días que no salía de casa. Desde que recibiera aquella fría llamada. Su relación había terminado, sin una razón de peso que comprender, y ahora nada tenía sentido. La última semana la pasó navegando entre recuerdos desnudos de felicidad, acumulando platos por fregar. El aire a su alrededor era cada vez más irrespirable, y el polvo se recostaba en los estantes, adueñándose de cada rincón. Los días y noches habían pasado como una sucesión de horas muertas, sin luz ni oscuridad, la soledad se había hecho fuerte entre los cuadros, los libros y la música que ya no sonaba. En los maceteros, las plantas se marchitaban, y su canario había dejado de cantar.

El timbre de la puerta la sacó de su letargo. Dejó sobre la mesa la fotografía que miraba sin cesar, y recordando una vez más el momento en que fue tomada, se acercó despacio al balcón. El timbre sonó de nuevo, insistente. A través del cristal se reencontró con aquellos paquetes, y su mente se perdió de nuevo. Recordó cómo había comprado y preparado cada uno de los regalos, pensando únicamente en él, y cómo los había desterrado a la intemperie, tratando de huir del dolor que le causaban. Desde el rellano, alguien aporreó la puerta. Gloria vio un fugaz reflejo de sí misma en el vidrio, y apartó la mirada, avergonzada. Otra vez esos golpes en la puerta. “Gloria, estas ahí? Soy Dalia”. Pero Gloria no estaba. Había abierto el balcón y, bañada por la luz del atardecer, se dejaba conquistar por el llanto seco. “Gloria, por favor, ábreme. Estoy muy preocupada por ti”, insistía Dalia llamando al timbre de nuevo. Pero ella sólo escuchaba una voz: seis pisos más abajo la calle la llamaba, la seducía, y se perdía en aquella voz hechizante que le susurraba “Ven conmigo, Gloria. Ven a mí, y el dolor se acabará al fin”…

Bajo la única mirada de los edificios de enfrente, metió la mano en el bolsillo y extrajo un anillo. Se lo puso despacio, sintiendo el metal arrastrarse sobre su dedo, y lo miró con el alma encogida. Se asomó a la barandilla una segunda vez.

Dalia, consciente de que algo no iba bien, empezó a asustarse. Bajó los escalones de dos en dos en busca del portero, sabedora de que este tenía una copia de la llave de cada vecino. Los pisos desfilaban vertiginosamente ante ella, mientras se hundía en sucesivas atmósferas con aroma a lejía, a comida, a perfume recién puesto…

Gloria entró en casa como un fantasma, directa a la cocina, en busca de su viejo taburete. Acarició los imanes de la nevera con aire melancólico, leyendo sin prestar atención los papeles que pendían de ellos. Las recetas que siempre le preparaba desfilaron por su mente en torbellino, y volvió sobre sus pasos.

Con el teléfono en la mano, Dalia rellamaba a su amiga una y otra vez, mientras el timbre del portero le quemaba en el dedo.

Al pasar al lado de la mesa, con el taburete en la mano, recogió aquella amarga foto y la guardó al calor de su pecho, junto al corazón. Su móvil cantaba sin cesar, y ella quería silencio, que el mundo entero callara. Rechazó la llamada y lo apagó.

Cuando la llamada se cortó, y la voz de la telefonista empezó a desviarla al buzón de voz en sucesivos intentos, sus ojos se encharcaron. El portero rebuscaba en los cajones sin éxito visible.

Cruzó el comedor despacio, bajo la apenada mirada de su canario, grabando a fuego cada segundo vivido entre aquellas paredes. Salió otra vez al balcón, y colocó la pequeña banqueta junto a la barandilla.

Dalia se lanzó escaleras arriba con el corazón desbocado, el eco de sus pasos retumbando en los descansillos. Se agarraba a la barandilla, impulsándose más, librando la carrera más importante de su vida. Mil imágenes de su amiga desfilaban ante ella. El pánico le empapaba la piel con la misma agitación con que respiraba.

Ahora sí, las lágrimas arrastraban lo poco que quedaba de humano en Gloria, resbalando solemnes por sus mejillas. Miraba sin ver, con la razón nublada por miríadas de recuerdos, punzantes como alfileres, que la perforaban hasta lo más profundo de su ser. Se agarró el pecho, apretando contra sí la fotografía. Puso un pié sobre el taburete.

La llave se resistía a entrar en la cerradura. Resbalaba entre sus dedos como si pudiera pensar, pero Dalia no desistía. Empujaba aquel trozo de metal como si la vida le fuera en ello, hasta que encajó de pronto. La llave entró hasta el fondo.

De pié sobre el taburete, Gloria dejó caer ambos brazos a los lados, y cerró los ojos. Vio aquel primer beso, como si estuviera pasando en aquel momento, la primera vez que se arrojó a sus brazos, la primera vez que lloraron juntos, el primer amanecer que contemplaron… Todo marchito, todo putrefacto, yermo, caduco… No había carnero lo bastante grande para sacrificar a Dios, le tocaba a ella pagar la cuenta de la felicidad.

La cerradura cedió con un chasquido, pero la puerta no se abrió. “Maldita sea, ha echado el cerrojo”, susurró Dalia masticando las palabras. Por suerte, recordaba que era un pestillo pequeño, y se creyó capaz de derribar la puerta a empujones. A veces, creer es la diferencia entre lograr o no lograr. La muchacha se lanzó contra la puerta con todas las fuerzas que le quedaban…

Al borde del abismo, dejó que el vértigo la envolviera unos segundos, tomó una última bocanada de aire y… Y unas palabras resonaron en su interior con su propia voz: “La noche pasará, Dalia. Siempre amanece de nuevo. De todo sale algo bueno”. Tuvo que soltar el aire, sobrecogida por aquel recuerdo de su amiga hundida, y no pudo sostenerle la mirada al vacío. Al girar la cabeza, se encontró con un macetero de plantas amarillas y agónicas. Pero de entre las nubes, un único rayo de sol llegó hasta la planta, revelando una flor fresca que nacía, brillante y hermosa, entre tanta desolación. “Siempre amanece de nuevo, siempre hay un nuevo renacer…” Siguió mirando aquella flor durante unos segundos más, y muy despacio, bajó del taburete.

Con un crujido sordo, el cerrojo saltó por los aires, la puerta cedió, y Dalia cayó de bruces. Con el labio partido, se incorporó y corrió hasta el comedor. Se detuvo. Gloria entraba del balcón con una maceta en la mano, acariciando la única flor que se abría en ella. Se miraron, no hicieron falta palabras. Dejó la planta sobre una mesita, y ambas se abrazaron con fuerza, entre ríos de lágrimas. “Perdóname Gloria, perdóname por haberte fallado, debí venir antes…”. “No has fallado Dalia, me has salvado. Tú me has salvado”.



Juanmi, Taller de Escritura Creativa

5 comentarios:

milagros dijo...

Desde luego que has conseguido describir sentimiento y emoción.
Hay por aquí algunas frases preciosas, muy significativas.
Me ha encantado.
Felicidades

Aula de Escritores dijo...

Dios mio Juanmi, antes de escribir estas cosas , se avisa.........buf tengo que recuperarme. Irène

Sonia dijo...

Hola Juanmi,

Muy intenso, desde luego, y me ha gustado mucho, aunque quería comentarte alguna cosilla. Encuentro que hay un cambio demasiado brusco entre el primer párrafo y el segundo. Me faltaría que quedara más explicado cómo llega a sentirse tan mal, qué cosas pasan por su mente para llegar a plantearse algo tan fuerte como un suicidio, porque no me acaba de cuadrar que una persona con tanta confianza en sí misma y que disfruta tanto de la vida, de repente pase a despreciarla sólo por un desengaño amoroso. Entiendo la tristeza, el desánimo, pero un pensamiento de suicidio para una persona tan vital me parece demasiado fuerte y no me cuadraría con la situación tal y como está presentada. Igual se podría desarrollar más el tema de la ruptura, que se le juntara con muchas más cosas, algo que explique el porqué…
El final me ha gustado mucho, que utilice sus propios consejos y se los aplique está muy bien, y salvo por este detalle me ha gustado mucho.

Juanmi dijo...

Pues si, Sonia. La verdad es que cuanto más lo leo, más me doy cuenta de que falta algo.

La idea era fracturar la realidad de Gloria de golpe, y eliminé todo un párrafo parecido a lo que me sugieres. Fue un error, porque queda inconexo.

Un shock emocional puede darle la vuelta a toda esa realidad maravillosa que describo, no es tan raro ni siquiera en personas como Gloria, pero debí dejar el párrafo en el que explicaba cómo y porqué le afacta tanto. Creo que tienes razón.

Se agradecen críticas así, de verdad.

Un abrazo, y gracias por tu interés, Sonia.

Aula escritores dijo...

Hola Juanmi,

me ha parecido bastante bueno tu relato, sobretodo porque has sabido combinar qué hace cada personaje dejando en suspense qué hace el otro mientrastanto y creando impaciencia por saber qué pasará al final.

Me gustan también algunas expresiones, como por ejemplo "llanto seco", pues en situaciones así puedes seguir llorando pero llega un momento que ya no te salen lágrimas.

También es un acierto que simbolices la esperanza con una flor fresca, conectándolo con la naturaleza, y que entre tanta desolación como tú dices, puede florecer algo bueno y bello.

Y como crítica, quizás es un poco largo y estoy de acuerdo con la inconexión que te comentaba sonia sobre el primer párrafo...

Judi Cuevas