domingo, 11 de enero de 2009

LA CIUDAD PERDIDA

Los ocho soldados que formaban la escolta militar sólo atinaron a ver cómo una sola flecha certera, con toda seguridad impregnada de curare, ensartaba el cuello de Humboldt, que se desplomaba muerto ante la estupefacción de todos.

¿Cómo era posible? ¡No se veía a nadie! Se encontraban en un punto de la carretera de la provincia peruana de Loreto, muy cerca de la frontera con Brasil, en un tramo recto y despejado, sin apenas tráfico de vehículos. Los arcenes estaban limpios de maleza, y la vegetación tupida se apartaba varias decenas de metros más allá. Previamente, la policía militar se había encargado de hacer una batida por los alrededores para prevenir emboscadas, para que nada ni nadie pudiera amenazar la vida de su protegido.

Pero allí estaba la flecha. Había segado la vida del último superviviente de la expedición que meses atrás había partido de Boa Vista, en el extremo Norte de Brasil, en busca de la ciudad perdida de los incas. Un año antes, los periódicos locales habían dado la noticia de que un grupo de investigadores iba a seguir la orilla del Río Negro hacia el Oeste hasta llegar al país de los Yanomani, una tribu cuyos miembros decían que eran de ojos azules, y que se creía que descendían de sangre quechua mezclada con la de los españoles.

Humboldt había dejado su cátedra de antropología en California para unirse a una expedición integrada por arqueólogos, antropólogos y expertos en civilizaciones perdidas. Iba con ellos una joven reportera francesa llamada Corinne y un millonario de gustos extravagantes que sufragaba buena parte de los gastos del proyecto. William Foster, profesor de arqueología en la universidad de Yale e impulsor de la expedición, había postulado la existencia de una verdadera ruta en plena selva amazónica que los incas habrían utilizado siglos atrás para huir de los conquistadores. Localizaba su origen al norte de Iquitos, en el extremo oriental de Perú, y se adentraba en la selva hasta llegar al curso medio del Amazonas. Foster había propuesto hacer el recorrido a la inversa, de Este a Oeste, siguiendo los pasos de las expediciones que desde el siglo XVI habían intentado dar con la ciudad y el tesoro de los incas.

Los expedicionarios habían echado a andar en febrero de aquel año desde Boa Vista siguiendo la orilla del Río Negro, un enorme afluente del Amazonas. Unos cuantos periodistas habían difundido los preparativos del proyecto, atrayendo un poco de atención de ociosos de todo el mundo. Los medios de comunicación dieron noticias de los exploradores que iban a la búsqueda de El Dorado mientras les pudieron seguir durante los primeros días de la marcha. Pero a los pocos días de que la expedición se internase en la jungla profunda, sin más escolta que la de los insectos, alimañas y pájaros exóticos, la expectación por la suerte los expedicionarios fue perdiendo fuelle.

Y nada se volvió a saber de ellos hasta que, tres meses después, cuatro de ellos reaparecieron cerca del punto de partida. Explicaron que la expedición había abandonado las orillas del Río Negro a la semana de internarse en la espesura desviándose muchos kilómetros hacia el sur, y que tras una interminable y penosa marcha luchando con insectos, diarreas y enfermedades, encontraron los mojones que marcaban el camino de los incas. Traían consigo fotografías asombrosas tomadas en plena selva en las que aparecían construcciones de piedra de evidente factura quechua, mucho más elaborada que la de las tribus amazónicas. Una sucesión de torreones, estrellas líticas de ocho puntas, túmulos funerarios, losas semihundidas en la vegetación y bases de piedra dispuestas una tras otra en dirección al suroeste daban testimonio de la existencia de una ruta transitada desde antiguo en la profundidad de la jungla.

Pero aquellos cuatro que habían vuelto sobre sus pasos también contaron que, de los doce miembros de la expedición, dos habían desaparecido sin dejar rastro poco después de haber encontrado el camino del Inca, y que al amanecer del día siguiente otros dos habían aparecido muertos con el cuello roto sobre el lecho de ramas blandas que habían dispuesto para dormir.

Contaron también cómo aquella mañana los restantes miembros estuvieron discutiendo durante largo rato sobre la decisión que debían tomar. A la falta de comida y de agua potable, a las enfermedades y el cansancio, se añadió el pánico a una persecución de los indígenas de la selva. Explicaron que Foster, Corinne, Humboldt y el millonario continuaron la marcha en dirección al Oeste siguiendo el plan inicial, mientras que ellos cuatro decidieron volver a Boa Vista.

Durante los días siguientes a su retorno, los cuatro murieron atravesados por flechas envenenadas con curare. Dos de ellos, mientras descansaban en los bungalows que el gobernador del estado de Roraima había puesto a su disposición, y los otros dos pocas horas antes de dirigirse al aeropuerto para tomar el avión de vuelta a su país. La prensa internacional, que ya se había hecho cierto eco del hallazgo de la ruta olvidada de la selva, dedicó páginas y páginas a la maldición de los incas. Pero la ausencia de posteriores novedades y de culpables provocó que el asunto acabara cayendo en el desinterés por segunda vez.


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Un día del mes de noviembre, unos lugareños del extremo nororiental de Perú limítrofe con Brasil encontraron una pareja de blancos extraviados salidos de la selva profunda. El hombre era alto, de pelo cano y barba muy larga; la mujer era rubia y parecía bastante más joven. Los dos estaban enfermos y desnutridos, sucios, desarrapados y comidos por picaduras de insectos y heridas.

Los lugareños les dieron alimento, aseo, la ropa limpia que pudieron conseguir y una primera cura de urgencia. Cuando hubieron reunido unas pocas fuerzas, los llevaron hasta el puesto de policía de la zona. Allí, los agentes practicaron como mejor supieron un interrogatorio a aquellos dos gringos famélicos de expresión desencajada y mirada vidriosa que parecían tener miedo de todo lo que se movía. Los balbuceos iniciales fueron evolucionando a frases en inglés y francés mezcladas con expresiones en español que dejaban entrever que aquellos dos infelices eran los únicos supervivientes de la expedición de la selva que había dado que hablar meses atrás.


El profesor Humboldt y Corinne habían envejecido décadas. Conforme fueron pasando las horas en la comisaría, el retorno a la civilización les devolvió una parte de la cordura perdida, y poco a poco pudieron explicar que, de todos los miembros de la expedición, sólo ellos habían escapado con vida de los diablos de la selva. Foster y los demás habían perecido, unos a causa de las enfermedades, y otros atravesados por flechas envenenadas. Humboldt les entregó algunas piezas de oro macizo que había traído consigo, joyas de talla primorosa de auténtica imaginería inca. Explicó que la más grande de ellas representaba a Huiracocha, la figura suprema entre los dioses incaicos, en cuyo nombre se habían lanzado los ataques contra los blancos impíos.

Los policías avisaron a la prefectura, que a su vez avisó al Gobierno central de la aparición de los expedicionarios. Por respuesta, se recibió la orden de mantenerles en el puesto de policía, aislados de toda comunicación externa en tanto no llegase una escolta militar que se haría cargo de su traslado hasta Lima.

A primera hora del día siguiente, dos todo-terrenos del ejército peruano que transportaban una dotación de soldados se detuvieron frente a la puerta del puesto de policía. Tenían órdenes de tomar declaración a los lugareños que habían encontrado a los extranjeros, de recabar cuantos objetos y evidencias pudiesen existir sobre aquel asunto, y de trasladar a los dos extranjeros a Lima bajo secreto y garantizando su seguridad.

Cuando entraron en la estancia que habían recibido para pasar la noche, los militares observaron que la postura rígida y retorcida de la chica no podía permitirle descansar. Al acercarse, observaron que tenía los ojos fuera de las órbitas, y que su rostro presentaba una mueca nerviosa, típica de una muerte provocada por la acción de alguna sustancia venenosa. Llamaron al comisario y le dieron instrucciones para que se sacase el cuerpo en silencio antes de que el que quedaba vivo se despertase.

Poco antes de salir del cuartel con Humboldt, el sargento que dirigía la escolta militar habría jurado que uno de los agentes de policía, de rostro verdaderamente quechua, se sonreía para sí mismo…


Escrito según el modelo de relato que comienza por detonante.

4 comentarios:

Juanmi dijo...

No se quien eres, pero es un magnífico relato.

Bien diseñado, bien conducido, intrigante, documentado...

Muy bien, la verdad, me ha gustado mucho.

Aula escritores dijo...

Ruben

Te confirmo lo ya dicho: me gusta mucho el relato, es un excelente ejemplo de como crear una atmósfera.

Muy acertado
bravo!
Irène

Aula escritores dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
JuanM dijo...

Quisiera aprovechar para presentarte un libro que te podría interesar sobre la temática de las civilizaciones perdidas, en concreto un libro titulado "LA PIEDRA HABBAASSI", cuya novela inicia su andanza en las remotas tierras de Chile, en una civilización casi desconocida LOS PARACAS, descubre los secretos que guardaban.
Sin duda un libro interesante si te gusta hacerte planteamientos sobre el pasado, real y el posible.
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