sábado, 12 de noviembre de 2011

TARDE DE PLACER Y MUERTE (David Rubio Sánchez)

Tarde de placer y muerte

El encargo que recibió el Sr. López era muy simple; un precio, una foto y un mensaje en clave para confirmar su ejecución. El dinero ya estaba en el banco, el tipo de la foto estaba atado a una silla, con una rodilla deshecha por una bala, y en dos horas llamaría a su cliente para decirle “Soy Frank, fly me to the moon”.

No le costó doblegarlo y desde que lo inmovilizó sólo profería súplicas y ruegos a su Dios para que lo salvara. Esa tarde, el Sr. López tenía tiempo y, harto de sus rezos que continuaban incluso después de haberlo amordazado, le dijo: – Confías mucho en que venga tu Dios, pues bien te doy media hora para que venga a salvarte, son las cinco-. Recogió la mochila, donde guardaba sus herramientas, para ir al lavabo y curiosear por la casa, que parecía sacada de un catálogo de Ikea, con su pequeño jardín incluido. El tipo se quedó rezando, rabioso y resignado.

Dar media hora de esperanza a ese tipo le pareció morboso y excitante. Cualquier psiquiatra diría que la personalidad del Sr. López se formó en su infancia cuando fue abandonado por sus padres y en el colegio era blanco de las bromas de los demás niños por su doble condición de gordo y estudioso. Quizás ello pudo influir en su desprecio por los demás y su sentimiento de superioridad, pero sobre todo era el placer lo que guiaba sus acciones. En la carrera de medicina aprendió que el funcionamiento del hombre es pura física y química, y el placer era una liberación de dopamina en el cerebro cuando recibía ciertos estímulos. Y el sr. López los encontraba provocando el dolor humano. Nunca sintió culpa por sus actos como nadie la siente cuando degusta un pato a la naranja sin imaginarse a ese tierno ánade jugando con un niño. Al principio sólo mataba a mendigos y ancianas pero, como lo contrario al placer no es el dolor sino el aburrimiento, poco a poco encontró más importante la preparación morbosa del ritual del crimen que el acto en sí, acabar con el alma de la víctima antes que con su cuerpo. Entretanto decidió sacar partido de su vocación siendo asesino a sueldo. Ahora cercano a los cincuenta años le excitaba la incertidumbre de saber qué cosas podría llegar a hacer sin ser detenido. Las leyes humanas se habían mostrado inútiles para ello, quizás por eso le pareció excitante retar a Dios. Hacerle ese requerimiento expreso para que le impidiera asesinar a ese tipo atado a la silla le pareció la mayor prueba para la impunidad de sus actos. Si se manifestaba dejaría de matar, si no, por lo menos se habría divertido jugando con las esperanzas de su víctima.

Eran las 17:08, cuando entró en el dormitorio principal, había una sola foto de una adorable madre y su hija de unos doce años. Le pareció raro que el tipo no apareciera en ella. Más extraño le resultó no encontrar ninguna ropa de hombre en el armario. Revisó la foto que le había entregado su cliente. Sin duda el tipo de la foto era el que estaba en la silla pero en esa casa no parecía que viviera ningún hombre. Fue al lavabo y tampoco encontró espuma de afeitar. Lo estuvo siguiendo durante todo el día y lo vio abrir la puerta con llave por eso dio por supuesto que vivía allí, pero se equivocó. A lo lejos oyó un teléfono.

Volvió al salón tenía que hablar con el tipo.- No sé por qué te quieren muerto, me da igual, tampoco sé qué haces aquí, imagino que la mujer de la foto es tu mujer y la niña tu hija pero parece que tu visita es tan inesperada como la mía- El tipo lo miró expectante y gotas de sudor surcaban su mordaza. – Eso sólo puede significar que vienes a castigar o a perdonar, a mí no me importa porque te mataré igual salvo que tu Dios lo impida- El tipo gruñía quería decir algo mientras el Sr. López le hablaba. – Escúchame, no sé si valoras más tu vida que la de ellas pero si vienen las tendré que matar pero si acabo contigo ya me marcho y sólo tendrán que preocuparse por limpiar la alfombra, ¿aprieto ya el gatillo?. El tipo negó con la cabeza. El Sr. López rió y se quedó imaginando lo que podría disfrutar si llegaran, las dos.

Eran las 17:15 horas cuando la puerta de la calle se abrió en medio de una discusión entre madre e hija sobre una fiesta. No fue difícil reducirlas. Bastó con coger a la joven y apuntarle a la cabeza. La madre se arrodilló, dejándose atar y amordazar sin oponer resistencia. Cuando terminó de hacer lo propio con la hija las arrastró hasta el salón y las arrojó al sofá. La mujer era más hermosa que en las fotos. Tenía el rímel corrido, resaltando sus ojos verdes, brillantes por las lágrimas. Eran las 17:20 horas. El Sr. López se sentó en el sofá, entre ellas, y empezó a sentir ese calor en su pecho, esos escalofríos que le erizaban la piel mientras acariciaba la mejilla de la mujer que llevaba una camisa bajo su chaqueta blanca, con botones. Su cabeza se desbocaba, no podía contener su deseo. Se sentó sobre las piernas de la mujer y comenzó a arrancar los botones de su camisa dejando al descubierto su escote mientras ella se retorcía moviendo su cabeza de derecha a izquierda. Eran las 17:29 horas.

El plazo expiraba, tiempo tendría después de saciar su lujuria. Mordió el pecho de la mujer y se levantó. Cogió la pistola y encañonó al tipo que respingaba en la silla fuera de sí. Justo entonces sonó un teléfono, era el mismo timbre que escuchó minutos antes y procedía del bolsillo de la americana del tipo. Ring. El Sr. López comenzó a presionar el gatillo. Ring. Gemidos y pataleos histéricos procedían del sofá. Ring. El reloj marcaba las 17:30 horas. ¿Podría ser?, se preguntó mientras extraía el teléfono del bolsillo. Era un número privado, respondió con cautela -¿Diga?-, - ¡Escúchame!, ¡Soy Dios, aborta el encargo, sal de ahí! El Sr. López se apoyó desconcertado sobre el armario tratando de explicarse lo que había sucedido. ¿Así se manifestaba Dios?, no quería creerlo, pero esa llamada se había producido dentro del plazo y tenía que pensar qué podría significar. Cogió el cuchillo, cortó las ataduras de la mujer, recogió su mochila y se marchó.

Ésta sólo se movió cuando oyó cerrarse la puerta. Primero liberó y abrazó a su hija. Luego auxilió al hombre que estaba atado en su comedor con una herida de bala en la pierna. ¿Y Ud. cómo ha llegado aquí?, preguntó mientras le liberaba las manos. Sin embargo no fue gratitud sino ira lo que reflejaban los ojos del tipo quien, una vez libre, se abalanzó sobre ella, estrangulándola. Entre gritos la niña golpeaba en la espalda del agresor pero éste en ningún momento aflojó su presa. Cuando la mujer murió el tipo se levantó apoyándose sobre la silla, necesitaba reponerse del miedo que había pasado esa tarde. Había entrado en esa casa como verdugo y fue humillado, golpeado como una víctima. Miró a la niña abrazada a su madre. ¿Y ahora qué hago contigo?

Pese a la herida de su pierna logró llegar al coche, ayudado por un paraguas que encontró en el recibidor de la casa. Lo habían visto salir y pronto llamarían a la policía. Arrancó. Al cabo de un rato cogió su teléfono, tenía que confirmar la ejecución del encargo para el que fue contratado. – “¿Dios?”, soy “Jesús”, “María” ya está en el cielo-. Al otro lado del móvil se escuchó un grito – ¡Maldito seas!, me arrepentí y te llamé para que no la mataras,… ¿y mi hija?, ¿qué le has hecho?-. El tipo sonrió, rememoró la cara que se le quedó al asesino cuando respondió a la llamada de su móvil y entendió la irónica casualidad que le hacía seguir viviendo, un simple mensaje en clave en el momento oportuno con el receptor equivocado. – Su hija está bien, en su encargo sólo constaba su exmujer- y colgó pensando en que dejaría su “oficio”, por supuesto después de descubrir quién había encargado su muerte.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El diente y el espejo - Javier Ramírez


EL DIENTE Y EL ESPEJO
Lisa era una de esas niñas que creen que el monstruo se esconde bajo su cama. Como solían recordarle, era algo parecido a un saco repleto de huesos y miedos. Muchos miedos.
—Aquí tampoco hay nada —pensó Lisa después de mirar debajo de la cama.
Cada noche comprobaba la inexistencia de los peligrosos seres con grandes dientes y afiladas garras que, como todos los niños deberían saber, pueden esconderse bajo la cama o entre los calcetines de algún oscuro cajón del armario. Solo así podía conciliar el sueño a pesar de que su madre la considerara ya mayor para ese tipo de cosas. También miraba en el fondo de su viejo baúl de madera, entre el polvo de los viejos juguetes que descansaban sedientos de historias. A su lado, permanecía impasible ante el olvido su caballito rosa de cartón con el que tantas veces había jugado.
Lisa intentaba dar sentido a los ruidos y misterios que acompañan a la noche. Cuando todo está en silencio, si se presta atención, se puede llegar a escuchar, sobre las sábanas, un dulce e inquietante revoloteo de viejas historias susurradas al oído.
A lo lejos, el suelo de madera comenzó a crujir. Alguien se acercaba a la habitación. Unos nudillos golpearon suavemente la puerta. Era su madre. Se acercó hasta el rincón en el que se encontraba ella.
—Lisa, ya sabes que no deberías estar despierta a estas horas —le advirtió su madre.
—Ahora mismo me iba a acostar —contestó—. Mamá, hace días que el diente me duele pero nunca se me llega a caer y me molesta mucho.
—Se te caerá pronto. Ya sabes que si lo dejas debajo de la almohada y te portas bien, a la mañana siguiente encontrarás un caramelo.
—Pensaba que era una moneda… Anna se encontró una moneda.
—Eso es sólo para las niñas que ya son mayores —contestó—.
—Entonces la abuela debe tener una fortuna —pensó Lisa. Sabía que era mejor no decirlo si quería que su madre no se enfadara.
—Y tú —continuó su madre— todavía te comportas como si tuvieras tres años, lloriqueando por un simple diente de leche.
—Es que me duele mucho… —aseguró Lisa intentando no llorar.
—Déjame ver —ordenó su madre. Lisa sabía que cuando su madre decía eso, lo que en realidad quería decir era: ‘Déjame que toque dónde dices que te duele a ver si es verdad’.
—¡Mamá, me duele mucho! —se quejó Lisa a la vez que apartaba la mano de su madre.
—Siempre tienes que quejarte por todo —dijo con seriedad su madre.
—Es hora de que dejes de lloriquear como si fueras una niña pequeña. Deberías empezar a comportarte. A ver si aprendes algo de tus hermanos. No deberíamos haberte malcriado tanto y consentirte todas estas tonterías. Espero que cambies pronto. Buenas noches Lisa —se despidió dando un portazo y el silencio se apodero de la habitación.
Aunque aquella noche Lisa no tardó en acostarse, sus miedos no se hicieron esperar. Todos los temores acechaban al borde de la cama, dispuestos a morder a su inocencia en la garganta. Escuchó un chasquido. Temblaba. Se escondió bajo la sábana y se tapó los ojos esperando que todo desapareciera. Cuando consiguió dominar el miedo, asomó sobre la sábana sus pequeños y brillantes ojos de los que su abuela siempre decía que le recordaban al color miel de una tarde de mayo.
Lisa se levantó y encendió la luz que había junto a la cómoda. Estaba confusa y asustada. Su mirada se clavó en el espejo. En la fría superficie de cristal pudo ver el reflejo de algo que le resultaba desconocido. Allí, junto a su cepillo del pelo y la caja de música, encontró una manzana tan brillante que parecía estar recubierta de caramelo. Un desconocido sentimiento de delicioso horror se apoderó de ella. Al coger la manzana, se dibujó en su cara una media sonrisa algo traviesa. Lo cierto es que le daba un aire encantador. Con el primer mordisco, el diente se quedó clavado en la manzana y un leve escalofrío recorrió su cuerpo.
La manzana cayó sobre la cómoda con un golpe seco. Lisa se miró al espejo y vio el hueco que había dejado el diente. No se reconocía en el reflejo. Ya no había rastro de aquella media sonrisa de niña traviesa. Los ojos del espejo le recordaron a la más fría y oscura noche de noviembre. Había algo en su mirada que no conseguía reconocer. Aquella noche, desaparecieron de su memoria los cuentos de su abuela y el caballito rosa de cartón se esfumó sin dejar rastro. La ventana se abrió de golpe y la luz se apagó.
Bajo la almohada, una brillante moneda plateada esperaba el amanecer.

Noche fría. Cuando reprimirse no es una opción. Lusch

Aquella noche fría, mientras Paula se miraba en el espejo repartiendo el carmín por sus labios, le vio acercarse por detrás con los ojos llenos de ira. Pero no imaginó lo que traía entre manos, ni que su silueta nerviosa saliendo presurosa por la puerta sería lo último que vería. Sólo sintió un golpe y un mareo sin saber bien de dónde venían y vio el tibio charco que se iba dibujando bajo sus pies, cayó sin fuerzas de rodillas, y la barra de labios quedó atrapada en el creciente lago rojo.


Paula sonreía con los verdes ojos. Era un auténtico camaleón, por las mañanas con gafas de intelectual en la facultad, por las noches con sus libros como filósofa ocasional y los fines de semana con tacones promocionando un bar. Estaba criticando un libro tirada en el sofá con Claudia cuando Santiago la vio por primera vez. Irradiaba vida, libertad, y esa madurez desencajada con su edad. Y cuando él le expuso su mejor discurso argumental, algo en ella despertó: curiosidad. Pero Paula sólo jugaba a experimentar qué se sentiría al estar con alguien que le doblaba la edad y que además era un padre convencional. Y más tarde, en la antesala de reyes se presentaría Santiago en su portal con un regalo como excusa para verla: -¡Qué bonito reloj!-dijo ella. Santiago cogió su rostro con ambas manos, lo apretó fuerte y la besó. Y Paula pensó que había sido el beso más tenso que había probado; y si acaso había cubierto el gasto del detalle. Le daba la impresión de que podía cortar el viento con su cuerpo, sus manos, sus hombros, parecía un robot, era frío, y la espontaneidad le sabía a cortocircuito. Aún así, jugó a probar. Muchas charlas y tres visitas nocturnas más, con la confirmación de que hay a quienes los años y las enfermedades no perdonan; el cuerpo caduca, la mente también; le diría claramente sin dejarlo de mirar: ¡déjame en paz!, y tras cerrar la puerta y encender el ordenador, desatando los análisis típicos de su profunda observación, escribiría: Me es difícil escribir sin tanta subjetividad, quizá ahora la irritabilidad me precede y me muestro cruel, no es el caso. Me molesta tremendamente esas quejas infantiles de tía, sí, son las típicas discusiones y los letreritos de vendo pena, quería mandarlo a la mierda y hacer añicos su ridículo ego, a veces puedo ser tan villana… pero esa actitud tan pasiva y quejumbrosa, tan apática y evasiva, tan agobiante y ansiosa…sí, es un apego ansioso, como dicen los libros de psicología…He sido propensa a juntarme con personas así, quizá porque lo era yo también; pero hay máscaras que no me pienso volver a poner. Quería que se viera tal y como yo lo percibía, y hacerle ver lo absurdo y patético de su comportamiento, no sólo era infantil sino que era una conducta madurada en la culpabilidad suya y ajena de la cual hasta se sentía orgulloso… ¿eso es ser bueno? ¡Y una mierda! No tiene mérito parecer bueno por ignorancia e inconsciencia, y mucho menos por conocimiento e irresponsabilidad… Y luego pensaba que tenemos lo que nos merecemos, cosechas lo que siembras, siempre…

Unos días después, recibiría una llamada menos subida de tono, más pausada, de Santiago dejando de insistir y tratando sólo de retomar una amistad. ¿Por qué no? se dijo cuando aceptó verle. Esa noche hacía frío, Santiago llegó temprano, Paula era confiada y dejó que la esperase en su salón mientras se terminaba de arreglar para salir a cenar. Sólo sería eso pensaba, una charla y una cena, como viejos camaradas, no era tan villana después de todo. Así levantaría aquellos cargos de conciencia y llevaría la tregua en paz, así no perdería un amante, sino que hasta podría ganar un amigo.


A Santiago le adornaban cuatro canas la cabellera rubia que peinaba hacia atrás, los ojos azules y pequeños escondidos por asombros reprimidos acompasaban con la estampada sonrisa falsa. Pensaba que las desgracias que componían el currículo de su vida eran castigos no merecidos de un titiritero cruel y burlón al que despreciaba con furia. Tras las cicatrices del pecho, el corazón operado aún llevaba tiritas repartidas por un frustrado amor que nunca sanaría. Y en el maletero del coche guardaba las herramientas oxidadas para reparar un matrimonio de pantomima. Incluso los besos de buenas noches de sus hijas eran incapaces de darle un sentido más sentido a su triste monotonía. Y entre cafés sin cafeína oyéndola reír y conversar, quiso que Paula, compañera de su hija Claudia, decorase su vida con guirnaldas de sonrisas y camas desechas donde desfogar, sería la anestesia perfecta para aguantar su miserable rutina, y creyó que un par de frases sobrarían para sorprenderla, seducirla, retenerla.

Días más tarde, tras pasar por la joyería, le llevaría envuelto un presente, como se hacía en su época, detalles de caballero, presumía. Y después de horas enteras entre palabras, sabiéndola demasiado lista, demasiado sola, dejó colarse la oferta de un “déjame conocerte más”, y Paula accedería tan espontánea y cariñosa como era. Pero ni el tiempo invertido en largas conversaciones, ni las caricias con que ella cubrió su cuerpo gastado logró conmover a esa mujer de hielo en la que pareció convertirse cuando él quiso, después de unos encuentros, saciarse una vez más.

Santiago no pudo quitársela de la cabeza, su desnudez física y mental, su calidez y la frialdad con que le había tirado la puerta la última vez. Se mezclaban sentimientos de devoción, adoración y rencor, que envueltos en un remolino obsesivo de impotencia, fomentaba sus ansias de hablarle, verla, olerla y convencerla de ser el más idóneo para ella. Le insistió muchas veces con el mismo tema, volver, eso quería, continuar, pero no pareció funcionar -salgo con un hombre mucho más maduro que tú, y no hablo de edad, hablo de madurez mental, ¡crece y deja de molestarme!, tienes una familia, debería darte vergüenza- le había dicho a secas; y sonsacando a Claudia con excusas de curiosidad se había enterado que salía con un profesor de la universidad. Así de simple, así de fresca, como quien cambia de sombrero. Le había dicho que la quería, había sentido que era mutuo, ¿estaba fingiendo ella o era tal vez él engañándose a sí mismo? Ella, la cruel e inmadura aquí era ella, ¿estaba jugando con él? Ahora él jugaría con ella, se decidió.

Al cabo de unos días le pidió una última cita: sólo para conversar, aseguró, y ella accedió. Fue entonces a visitarla aquella noche fría. Paula aún se estaba arreglando cuando Santiago llegó, lo hizo pasar entre un saludo cordial y un espérame un ratico, y se desapareció en el pasillo que daba al baño y a la habitación que él perpetuaba con detalle en su memoria. En el salón el ordenador estaba encendido. Santiago impaciente volvió a quemarse por dentro por tenerla, unos celos lo invadieron pensando en que probablemente con otro, más tarde, se revolcaría. Se acercó a la pantalla con ansias de encontrar cualquier retazo de su intimidad: fotos, cartas, pruebas, el morbo le podía. Vio, para su asombro, un texto con su nombre y leyó. Fue la gota que derramó el vaso, quedó sorbido en la vergüenza y el atropellado orgullo. Venía con la intención de pintarle mariposas y ponerla a corretear tras ellas mientras él la atraparía en sus redes de don Juan, y otra vez sería suya, sí, suya. La odiaba entonces, la odiaba ahora más. La odiaba por haberlo rechazado, la odiaba por no quererlo, por no entenderlo, por su frescura para hacerle daño, la odiaba por todos aquellos que había odiado y tenido que aguantar. Quería que sintiese igual y hacerla pagar por todo cuanto había sufrido en su vida. No lo conocía, no lo comprendía, era como todos, una más. No lo soportaba más, todos esos silencios de repugnante condescendencia, todos esos desprecios, y todas esas risas imaginadas atolondrando su cabeza. Miró en la esquina unas pesas, se acercó sin pensar, seducido por la ira cogió una de ellas y se fue hasta el baño. La miro sonriendo por el espejo, tan suelta, tan sencilla, la odio aún más y sin temblarle el pulso levantó el hierro y lo volcó con rabia, asco y fuerza sobre esa melena oscura que nunca más vería.





viernes, 4 de noviembre de 2011

La solución en la crisis - Stasa Durdic


     En su apartamento de treinta metros cuadrados, situado en un barrio no muy lejano del centro de la capital búlgara, está sentado el señor Gregorio. La cara de Gregorio se ve arrugada por el paso de los años y él, tomando por costumbre el café matutino del día, no piensa en fumar. En lugar de eso, entre sorbo y sorbo observa como los políticos en un plató de televisión discuten sobre algún tema (esta vez se trata de cierta consecuencia de la crisis económica en el país, la pobre venta de cigarros), sin reaccionar. Igual que siempre.
     No obstante, esta mañana la rutina se rompe. De hecho, asustado por la actual situación - muchos ciudadanos no tienen suficiente dinero para comprar los paquetes enteros - el gobierno hizo una especie de ley hacia los propietarios de todos los kioscos con el objetivo de vender cigarros por unidades y de esa manera aumentar su venta.
     Con la intención de llegar cuanto antes al kiosco más cercano a su piso, el hombre mayor se levanta de la silla, se dirige a la puerta, la abre y baja las escaleras hasta la salida del edificio. Desde allí entra en la calle.
     Por el asfalto agrietado camina tan fácilmente que oye los pasos en su interior. Frecuentes éstos, resuenan como un eco motivador de siete palabras. ¡A por la solución en tu crisis!
     Palabra por palabra, paso a paso, yendo casi flotando, gira por una esquina, a continuación por otra, hasta alcanzar una plaza entre varios pisos pintados de verde. Allí se encuentra el deseado kiosco; adentro de él, una joven dependienta de ojos grandes. El hombre se le dirige amablemente, recordándose de la frase que con el miedo crecen los ojos y queriendo prevenir un probable asusto, con la demanda:
          - Un cigarrillo, por favor.
     Después de percibir esa petición poco usual, a la chica se le quedan los ojos como platos. Sin embargo, manteniéndose en su puesto, temerosamente explica, como si se estuviera justificando:
          - Señor Gregorio, no es factible eso. No sé de dónde sacó usted la idea de pedir...
     Permaneciendo sin voz en medio de la frase, desagradablemente sorprendida por la mentira con la cual ha tratado de resolver la crisis en la que el pensionista le involucró. Como si él fuera una amenaza, por la cabeza de la dependienta voló una pregunta incómoda. ¿Y si el hombre roba una revista durante que ella le da la espalda, coge una caja y ábrela con el fin de atrapar un cigarro? De hecho, si alguien hurta cualquier cosa del mostrador, el daño se compensa con el salario de la dependienta. No preparada para tomar ese riesgo, decide fingir como si no hubiera oído hablar de dicha praxis. Así se libraría del peligro y también de los pobres reclamos, repetidos otra vez por el pensionista:
          - Escuche, en la televisión dijeron que es posible obtener tabaco por unidades.
          - No sé lo que usted habrá advertido en la televisión. En este kiosco no se lleva a cabo. Al menos todavía no. ¡Lo siento!
          - ¿Pero dónde vivo yo si aquí no puedo comprar lo que se vende en Bulgaria?
     La joven resta callada, mas sus ojos continúan parloteando. Escondiéndose detrás de unos parpadeos, advierten que ambos residen en Sofía, la ciudad cuyo noble nombre significa sabiduría. ¿Y qué persona sabia podría llegar a la idea de que se venden cigarrillos por unidades casi en su centro?
     Como si supiera lo que ella está cavilando, el hombre mayor responde:
          - Niña, precisamente los políticos sabios lo procuran llevar a cabo.
     Al contar eso, se va sin despedirse. Está tratando de, contando los pasos, cubrir la vergüenza antes del eco alentador de la ida. Un paso en vez de un cigarro que no ha conseguido comprar. Dos, en vez de dos ojos miedosos. Tres, en vez de tres últimos mañanas desde que no fumaba. Cuatro, en vez del cuarto día que no alcanza la pensión por la cual no posee suficiente dinero para adquirir un paquete de cigarrillos.
     Deja de enumerar en el número cinco. La vergüenza por el fracaso no se puede ocultar, medita, tampoco contar. Por lo contrario, similar a los pasos, los intentos se pueden computar y por ellos no hace falta avergonzarse, sino alegrarse. Así como por los días, piensa y luego formula para sí mismo:
          - Únicamente si los hubiera más. Aunque sin tabaco.
     No obstante, como si ya hubiera oído estas palabras, la chica fija su mirada al hombre alejándose del kiosco. Él, bien que de espalda y en la distancia, intuye que, si la vendedora no intenta frenar que sus ojos miedosos continúen agrandándose, correrá el peligro de que pronto llenen el interior del kiosco, de la ciudad o incluso del mundo y dentro de poco no causen otras crisis, sino una nueva realidad. La realidad del susto a la cual no siempre es fácil hallar una solución.

A CAL COIX DE LA VALL

Relat d’en Tomeu
Els fa res que segui aquí? Al compartiment del costat tothom fuma i ja n’he tingut prou de fum jo, avui, a fe de Déu!  Endemés, aquell galifardeu que hi ha, s’assembla com un comdemnat a l’Enric. Sí, sí, a l’Enric, ja us ho dic jo. Ah!, és clar, no sabeu pas qui és l’Enric, doncs bé, és...
Va arribar a casa que feia pena: esprimatxat, esmaperdut, remullat de dalt a baix. Alt, cabells negres esbullats que li queien sobre la cara on hi destacaven per sobre de tot els ulls enormes i foscos com una gola de llop. El rictus de la cara i la seva expressió traslluïa una barreja de por, espant i sorpresa. Anava de xiruca. Bé, ja m’enteneu! Pantalons arrapats i descosits, amb la samarreta baldera. No sé pas que caram hi busquen per aquells viarals amb la motxilla a l’esquena, un tros de pa sec – “bocata” en diuen ara- i la cantimplora buida.
Prou que ho devia tenir tot preparat, el molt carallot!
Era una nit de llamps i trons i be li havia de donar aixopluc, no creieu?. La Carme, bona dona, una santa, de seguit el va fer entrar. Tot i anar tant xop, feia patxoca:
-         Només fins que m’assequi; em va dir.
Carai! Vatua Déu! La sequera li va durar forces dies. Li vaig oferir vi del racó. No parava d’aixecar el colze, el noi. I aquells ulls..., aquells ulls com els del galifardeu d’aquí al costat: grossos, negres, penetrants; no deixaven la dona de petja. Se la mirava de dalt a baix i de baix a dalt com un tanoca, com si mai hagués vist dona. S’hi va estar força dies a casa, l’Enric. Us faré llenya- em deia. Ja us adobo això. I jo veia la Carme altra cop riallera, feliç. Vaig decidir doncs, llogar-lo per a les feines més pesades i així, si li donava feina es deixaria de fer aquelles mirades, estaria tan rebentat que li passarien les ganes de fer carantoines i manetes i ullades de reüll i somriures mal dissimulats. Maleït el dia, vatua l’olla! Que vaig fer un pas així!
Val a dir, però, que la Carme és de bon mirar, bé... ara potser no ho és tant.
Ens vam conèixer a la Festa Major del poble i era la xicota més alegre i trempada que veia. De seguit ens vam ullar. Tres agarraos i unes quantes moixaines de les que agraden a les dones i ja la vaig tenir llesta. “Em sembla que aquesta em sortirà bé” vaig pensar. I tal dia farà un any, i dos i tres, fins a deu de casats.
I prou bé que em va sortir. Prou espavilada per la feina, la casa com un mirall i el menjar,...ah! el menjar. Ni el millor restaurant de ciutat.
Només tenia una dèria, reina dels cels, que no compartíem ni poc ni gens: sortir ,sortir,  sortir; anar al ball, a les festes, a veure a un i a un altre...Però on hem d’anar, refot! Us imagineu!! Estàs tot lo dia trescant, feina per aquí i per allà i només esperes per arribar a casa i que et contemplin que prou bé que t’ho mereixes. El sopar a taula i la dona al llit. Vès si no s’és feliç així!
Però ella insistint, insistint.
Algun dia prou li vaig fer cas. I llavors ella es mudava tota cofoia. Bé, es mudava... millor dit, es transformava: vestit cenyit, pintarrajeada, cabells recollits i mitges de seda, un goig de bo de bo! A mi això no m’agradava.
Quan arribàvem a lloc jo ja volia marxar; tot eren mirades, aquells esprimatxats semblava que se la volien menjar amb els ulls, com l’Enric.
Després de quatre sortides i quatre envelats vaig decidir que allò s’havia d’acabar. Vaig comprar la tele; bé que era entretingut: festes, concursos, pel·lis. I els partits de futbol!!: jo, al sofà amb una cervesa i un puret, tranquil com el que més, veient córrer la pilota amunt i avall; podia cridar a cor que vols, i caram!, hi havia àrbitres que estaven pagats: fatxenda, gavatx!!, mal parit!! Fot-li!!!! Goooooollllllll!!!!!!!!!
Quedava tan cansat que quan anava al llit i la dona em feia moixaines, jo no estava per res, encara tenia el cap ple de joc. Oh!!, i feia “quinielas”, llàstima que no vaig encertar mai els catorze, bé, tampoc els tretze ni els dotze; algun cop en vaig fer deu! Però quan guanyava el Barça, m’animava com el que més i tenia desig de dona. Ella múrria, semblava que no volia ni mirar-me: avui tinc mal de cap, avui estic cansada, deixa’m!, quina pudor de cervesa que fas. Tot excuses de mal pagador. La dona va anar quedant insulsa, havia anat perdent la vivor, sabeu.
Finalment, li vaig comprar el vídeo. Quan anava a ciutat llogava unes quantes pel·lícules per passar la setmana: del Wayne o del Fred Aster, o d’aquell.... com es deia..... el guaperes, home!....si, això, el Paul Newton.
Fins que va arribar l’Enric.
Els veia a la cuina; quan jo entrava feien aquells dissimulos que es noten tant. Anava al cobert i allà estaven mirant-se com dos pardalets. A fe de Déu que me n’he de pensar alguna, em vaig dir.
I avui, quan menys m’ho esperava se m’ha presentat l’ocasió. El que passa és que no m’ha sortit tant rodó com em creia, valga’m Déu! Però al cap i a la fi si la Carme no era meva, si ja estava mústia, tant se val, per posar el sopar a taula en puc trobar una altra. Encara sóc de bon veure, jo.
Doncs avui, fent endreços al cobert he trobat unes llaunes de benzina que ja creia perdudes. Pel tractor, m’he dit de primer. De cop, al girar-me, m’els he vist, ben amorrats estaven, petonejant-se i fent-se carantoines. Ja no eren mirades això! I a un home, que voleu que us digui, se li encén la sang!
De tanta llenya com m’ha volgut fer, el poca vergonya, el cobert n’estava ple i la palla acabada d’assecar; tant seca com la secada de l’Enric.
No sé pas què m’ha passat pel cap...

Bo que he sortit corrent, cames ajudeu-me. Tot era fum allò!

Relat de la Carme
Bé, per fi, ja està. Ràpid i net. Com havíem planejat.
Però on és l’Enric? Enric!, Enric!
No cal que m’amoïni, deu haver sortit. He! Com es quedarà en Tomeu! M’agradaria veure la cara que farà. El poca pena ! Potser si que es pensava que m’estaria consumint tota la vida amb ell. Jo, encara faig goig. Em mereixo una altra cosa; no un home que només està de bones quan està tip. I menja com un bacó, el desgraciat.
Una dona sóc, no una serventa, ni sa mare que li ha permès tot. Sort que és morta ja. Encara li ho haig d’agrair, però. Si no arriba a ser per ella... Pobra dona, però, m’ha fet un favor i no sap pas quin! Això que la vem portar a casa a contracor, és a dir, a contracor era jo que estava. Ara només em falta la sogra! Malalta, posa-li el menjar, cuida-la, fes-li tot, i somrient! Ha durant uns mesos aquesta creu, però, pobra dona, s’ha mort aquest mes. Va anar quedant quieta i pansida com un pollet que diuen i ens hem tret un pes de sobre! Ah! Un bon picot que li ha deixat al Tomeu, tot i que no en veurà cap, és clar. Sort encara que entrant a l’habitació la vaig fer garlar abans no es morís: m’ho heu de dir tot, dona, on teniu els papers, les joies, els diners,.... no voldrà pas que se’ls quedi La Caixa els quartos! Això la va fer decidir a xerrar pels descosits. Vaig fer les operacions convenients amb les llibretes i fer-la signar mentre encara podia, que si no no els haguéssim pogut treure. I la molt mala peça, se n0havia guardat a casa, com abans feien els vells. Carme – em va dir- al pot de sucre que està a l’armari de la cuina, al darrera de la gerra de llet, hi ha uns estalvis. Digues-li al Tomeu, sobre tot, que potser ja no se’n recorda! Si, dona no pateixi –encara li vaig dir. “Digues-li al Tomeu”, una mica més se m’escapa el riure! Si, vaig pensar, estàs fresca!, això ha de ser per l’Enric i per mi. I mentre tenia el Tomeu mirant el seu Barça del cor, va ser el més fàcil: anar a la cuina a fer el sopar i agafar el pot i posar-lo al cistell de la compra: vaig a l’hort a buscar un enciam!, li vaig dir. Ni em va sentir tant capficat com estava amb la piloteta dels nassos. Ara amb l’Enric marxarem lluny , ben lluny. Del Tomeu ja se n’encarregarà la poli.
Com en una pel·lícula. Aquella que vaig veure fa un temps al vídeo que em va comprar el Tomeu per a que estigués “contenteta”, em va dir. També li hauré de donar les gràcies, al final de tot. Si no arriba a ser per això. D’allí en vaig treure la idea i la vaig explicar a l’Enric; si va avenir de seguida el meu xicot!. 
No podia suportar més. A casa tot lo dia, ni tant sols a ma mare podia anar a veure. “Tothom et mira”, deia, “ no vagis provocant”; però bé m’havia d’arreglar, jo. No pots sortir de qualsevol manera, llavors si que tothom et mira! Ell be prou que hagués volgut que sortís feta un nyap, una pena,...com la “cenicienta”. Però ara seré princesa, princesa per al meu Enric. Princesa, bombó, xocolateta, pardalet, rateta meva,... tot això em diu. I em mira amb tanta tendresa. No com aquell dropo que quan hi penso encara m’en faig creus com he pogut aguantar tant!
L’Enric sí que em sabia mirar, i mimar-me. El dia que va arribar a casa: aquell dia...Anava xop, ben xop, l’aigua li regalimava per tota la cara i barba avall, estava tant espantat!. Al moment vaig saber que seria per mi, que estaríem junts, sempre, sempre.
Vaig fer el que vaig poder per a que es quedés: et falten braços, Tomeu, vas massa cansat, ell és fort, jove, li podríem donar alguna coseta i que fes la feina pesada; podràs descansar, que bé que t’ho mereixes, sempre treballant...
Sí, sempre treballant per a res, ja em diràs, per quatre xavos. Sort que s’ha mort sa mare. El molt tanoca no té classe per a guanyar més; endrapar sí que en sap! I jo tot lo dia a la cuina, corsecant-me. Ell arribava a casa i s’aclofava al sofà i au! Aquí estic jo el rei de la casa, que m’ho facin tot.
Però mira, s’hi va avenir a llogar a l’Enric. Li vam donar quatre peles, un lloc al cobert i la manutenció. Com que el noi estava sense feina i jo li feia gràcia, doncs es va quedar de ganes. I ha treballat de valent. Poc a poc vam anar planejant junts l’asunto.
Li vam posar els bidons ben a la vista. L’Enric se n’ha encarregat de tot. Ha omplert el cobert de llenya, pobre, tot lo dia donant cops de destral, per a la llar de foc a l’hivern, vam pensar. I va recollir la palla, ben seca, que farà força fum. Sortirà corrent. Vam esperar que passés pel cobert i el vam animar una miqueta amb les nostres carantoines. L’Enric m’anava petonejant i engrapant: deixa’m estar, li vaig dir, que foterà el camp! No dona, ell que  xiuxiuejava; com més enfilat, més perdrà el cap. I tant que l’ha perdut!
I la sorpresa que s’endurà. També se n’ha encarregat l’Enric, d’això. Quan arribi a l’estació l’estaran esperant,... a la garjola, de pet, pobre. Deu pensar que som morts!
Però on és l’Enric?. Enric, Enric!!
Deu ser fora, ja. Més val que m’espavili, ja no veig per on vaig i se m’està ficant el fum al coll i als ulls. Necessito respirar.
Ja sóc a la porta. La porta,.. sempre ha anat forta..., no la puc obrir. Enric!!, la porta!! Cada cop hi ha més fum aquí dins!

La porta, la porta, maleïda porta, Enric! Enric! Enric!!

Relat de l’Enric
Si, vés cridant, vés cridant. Que t’ho penses que sortiràs. Una ocasió així...
Me l’he ficada ben al pot, aquesta meuca: estava embadalida amb mi, enganxosa, ensucrada,...
I aquell home poca-pena que tenia per marit. Acabarà bé aquell també. Poc s’ho espera, el paio.
M’ha sortit rodó; poc m’ho podia pensar jo el dia de la tronada. Ben moll estava: Em deixaran entrar, vaig pensar. Un cop dins, ella ja no em va deixar de petja que diuen. Tot lo dia davant i darrera, no me la podia treure de sobre. Prou que va convèncer l’home per a que els fes les feines. Ara, Enric això, ara Enric allò,... S’ho feia venir bé per a que els fes alguna coseta entretinguda, un pel lluny de la casa, a l’estable, als límits del terreny com quan em va fer posar estaques per delimitar tota la propietat. Ja ho crec que me’n vaig adonar de la propietat que tenien, unes quantes hectàrees de terra bona i cultivable. I pensar que era tota d’aquests dos talosos.... no m’ho podia ni creure que hi hagués gent d’aquesta mena. Oh! I ni se l’havien guanyada!... Tot herència!!!!. Que ja et dic jo que n’hi ha que han nascut amb estrella i d’altres ben estrellats, a fe de Déu!
Ara que quan em van explicar la mort de la sogra. Allò em va agradar. Encara en treure’m suc d’aquí! em vaig dir. I vaig continuar la comèdia: que si un ullet per aquí, una “ tocadeta” per allà, petonets, galindaines, amoretes,...hi havia dies que em venia basca, però bé s’ho valia. Quan la pobra dona, l’Agustineta, la va palmar,.... ei!, sembla que feia temps que estava malalta i ells la “suportaven”... que era també pesada la sogra! Quan venia el metge a visitar-la no paraven de gemegar: ai! Senyor doctor, com ens hem de veure!..., quina creu!.... Som massa bons, ja ho pot dir, ja! Però davant del futur que se’ls presentava pràcticament sense fer res, ja podien aguantar, ja! I l’herència que van cobrar va ser un bon picot! I mira si va ser bleda que em va fer acompanyar-la a tots els tràmits: al gestor, a la caixa, al notari,... Tot ho vaig saber!
Hem de fer alguna cosa, Carme, jo ja no puc viure sense tu. Hem de pensar-ne alguna, perquè els anys van passant, Carme, i hem de fer arrels. Hem de dir-li al Tomeu. No!!, va exclamar, pobre de mi, si ho sabés em mataria. Si home!, matar-la... si el tanoca del Tomeu no matava ni una mosca! Doncs, hem d’idear un pla!
I a sobre, ella mateixa va fer el pla. De pel·lícula, va dir. Si, si, de pel·lícula... i jo vaig perfeccionar el guió.
.... Si. Crida!, crida!, bleda!, així t’ofegaràs més aviat.
M’he de donar pressa amb aquest trasto de cotxe. No sé perquè amb la milionada no se n’han comprat un de nou, tant que li agrada fardar a ella pel poble. Quan sortia i s’arreglava d’aquella manera semblava una pepona! I el marit cornut!
Caram! M’ha sortit que ni pintat!. Un a la garjola, l’altra encara es basqueja cridant. I jo, representa que ja sóc cendra. I amb el sarró ple.
Au, maco, vinga!, engega d’una vegada, a veure si encara em trobaran aquí, que ja seria mala sort.

Ara!!, ja era hora. Endavant, nano, fot-li canya! A tota merda que ja he perdut prou  temps.

Un soroll de ferralla es va sentir camí enllà. La polseguera va durar una estona, fins que al cap d’uns minuts alguna cosa va espetegar en aquell indret silenciós i una olor de socarrim empudegà l’aire.

AVUI, dissabte 3 de juliol
Notícies breus: A  la masia de cal Coix prop del terme de La Vall s’ha trobat el cos calcinat d’una dona. Uns quilometres més enllà, el cadàver del mosso ha estat trobat dins un cotxe estimbat. Al portaequipatges hi havia una maleta amb més d’un milió de pessetes. En T.G.B., l’amo de la masia, ha estat detingut  quan es disposava a marxar amb el tren; nega els fets. Ha estat posat a disposició judicial.

Núria Comas

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El fin de la inocencia (María Revilla)

El fin de la inocencia


Sentía frío, sentía hambre, pero sobre todas las cosas, sentía miedo. ¿Cómo había llegado a esa situación? No estaba segura, intentaba revivir, recordar aquellos días del pasado. Cerró los ojos y pensó en su familia, en su casa, ese lugar cálido y seguro que nunca debió abandonar. ¿Por qué no hizo caso a su padre cuando le advirtió sobre Marcos? A pesar del tiempo transcurrido, todavía podía sentir la fuerza de sus manos aferrándose a su cintura, todavía podía escuchar aquella música de fondo, distinguir las luces de la verbena... Era peligroso, pero ¿qué sabía ella de mítines, de sindicatos ilegales o ideas revolucionarias? Ella solo entendía o creía entender lo que sentía cuando él la estrechaba entre sus brazos, lo demás no importaba. ¿Qué podía sucederla? nada, él la protegería. Pero, cuando llegó el momento, no lo hizo.

Dejó todo por él, no solo su casa, también su pueblo y su trabajo para seguirle a la capital, se dejó seducir, su padre diría “engañar”, por aquellas ideas revolucionarias e hizo suyo el famoso No pasarán. Se instalaron en una pensión, él con documentación falsa. Se enteraría después, cuando desapareció, cuando la abandonó a su suerte la mañana que los policías llamaron a su puerta. ¿De dónde habían salido aquellas armas? Y ¿toda aquella propaganda antifascista? ¿A dónde iba él en realidad cuando decía que tenía que trabajar? Ella no lo sabía, ella solo sabía lo que él le contaba, lo que él quería que supiera, nada. “Es por tu bien”, respondía Marcos cuando ella se empeñaba en saber. Y al final supo, se lo hicieron entender a golpes, en una sala vacía, de azulejos fríos, apenas iluminada por una bombilla desnuda y rodeada de hombres que la miraban con ojos llenos de odio, de asco, de rencor, como si no mereciera ni siquiera el aire que respiraba, ni las ropas hechas jirones que apenas cubrían su cuerpo. Así, golpeada, humillada y rota despertó rodeada de otras mujeres, todas como ella, sucias, sangrantes, derrotadas. Se podía oler el miedo, incluso tocarlo.

Aun así, se sentía tranquila, confiada, pronto acabaría todo. Su padre no, su padre nunca la había fallado, iría a buscarla y la sacaría de allí. Volvería a casa, todo sería como antes, antes de que él apareciera en su vida, antes de que él apareciera en aquella verbena de verano para robarle un baile, una ilusión, la vida.


María Revilla

lunes, 31 de octubre de 2011

EL REINO ROBADO (de David Rubio Sánchez)

El Reino Robado

Es necesario que los hechos vividos por mí, el gran caballero Jonás “el valiente”, y mi inseparable elfo enano sean escritos antes de que el olvido los borre para siempre.

No hace mucho vivía en el Reino de la Rivera del Río con mi viuda madre. Junto a otros valerosos guerreros, debía defenderlo de los ataques del Ominoso, el todopoderoso señor de las artes oscuras. Día tras día nos enviaba a sus terribles emisarios en reclamo de un sacrificio. Terribles dragones, centauros y gusanos de enormes bocas se cobraban su deuda de sangre y contra ellos debíamos luchar con arrojo y abnegación.

Era una época donde había tragedia pero servía para gozar de la alegría. Había fealdad, pero así se resaltaba la belleza de un mundo en el que el Sol siempre brillaba salvo cuando era solapado por las pequeñas nubes que servían de casa a los bellos unicornios voladores. Por la mañana un arcoíris enmarcaba las casas de madera y en el río siempre había bellos nenúfares de los que se podía extraer su zumo o bien su aroma, ese que tanto le gustaba a mi amada Nereida, la aprendiz del Gran Maestro que me enseñaba a mejorar mis virtudes como guerrero.

Pero, no sé precisar cuándo, todo empezó a cambiar. Nadie cayó en la cuenta pero de repente se dejaron de ver a los centauros correr por las calles.

A pesar de las advertencias de mi elfo enano sobre los planes del Ominoso para acabar con todo el Reino para siempre, no empecé a comprender sus intenciones hasta que una mañana me enfrenté con un enorme dragón en el centro del pueblo. Muy lentamente me sitúe delante de él, los dragones no ven bien de frente y es la única manera de acercarte sin que sus dientes se cierren sobre tu cuerpo. Alrededor se encontraban los pobres campesinos paralizados por el miedo al ver como un niño se acercaba a la bestia, por eso tuve que ensartar mi espada en su pecho. Pero el dragón no se movió, ni cayó al suelo su cuerpo muerto. El niño se fue llorando y casi tropezó con mi madre que venía con jugosas viandas para la comida. De vuelta a casa le comenté que el dragón no se movió un milímetro cuando le ataqué. “Oh, pero eso es muy bueno, cielo”. “No digo que sea malo, pero es raro”, exclamé.

Desde entonces pasaron los días y dejé de ver unicornios en el cielo. Pasaron las estaciones y la madera de las casas empezó a endurecerse y volverse fría como la piedra. Le pregunté a mi elfo qué podíamos hacer y me dijo que nada, sólo recordar. Nada parecía poder detener esos cambios en lo que antes era un mundo lleno de magia.

Antes de la última visita que tuve con el Gran Maestro fui, como siempre, al río a buscar nenúfares para Nereida, aunque para cogerlos tuviera que luchar contra enormes lobos hambrientos. Pero esa tarde no encontré ninguno ni hubo lobos contra los que luchar. Lo siento Nereida. “Oh, pero es muy bueno que no haya lobos, cielo”. “No digo que sea malo pero es que tampoco había nenúfares", respondí.

Hoy mi elfo enano se ha ido. Lo he buscado debajo de mi cama, en la cocina y en el lavabo. He salido a la calle y tampoco estaba bailando en la fuente de la plaza. Se ha ido con el arcoíris. Me he dado cuenta que ya sólo quedo yo. Por eso he tenido que escribir mi historia antes de que el guerrero Jonás desaparezca. Luego iré con mi madre a ver al Gran Maestro que ya no tiene una túnica sino una bata blanca, y ahora se hace llamar doctor. Le diré que mi elfo enano se ha ido y que ya no recuerdo ni tan siquiera cuando vi por última vez al Ominoso. Sé que me dirá “Oh, pero eso es muy bueno”. Mi madre reirá y se abrazará a Nereida. Yo comprenderé que en el mundo real no existen duendes, si no niños, los gusanos no son más que transporte para ir de un lugar a otro y los dragones funcionan con monedas.

Y les tendré que decir que no es que sea malo que el Reino desaparezca pero también lo han hecho mi espada, mi armadura y mi amada.

jueves, 27 de octubre de 2011

ILIANA, LA NIÑA DEL BOSQUE (ANTONIO PEDRO RIERA)

ILIANA, LA NIÑA DEL BOSQUE

Me llamo Iliana, tengo casi 11 años y ahora vivo con mi mamá y mi hermana mayor, aquí, en una casa al lado de un bosque, un bosque grande, con muchos árboles y que mamá no me deja ir sola. Mama piensa que soy muy pequeña y las pocas veces que he ido ha sido siempre cogida de la mano, tiene miedo de que me vaya corriendo y me coma un oso. Le contesto que no es verdad, no me gusta correr y nunca he visto al oso.
El bosque, siempre me ha gustado, recuerdo los veranos y los paseos subida a los hombros de papá.Las hojas eran muy verdes y el sol daba mucha luz. Caminando y hablando sin parar. Todos reíamos, mamá también.
Una tarde, octubre quizás, hacía un poco de viento y mamá me abrochó hasta arriba el anorak. Me paré un momento viendo el color amarillo que llenaba todo el bosque y su silencio. Mamá preguntó qué pasaba, contesté que nada pero no podía apartar la vista. No sé por que lo hice pero si sé que al llegar a casa, mamá nos preparó la cena. Papá no estaba en casa, hacía días que no venía y no entendía por qué. Oímos como se cerraba la puerta de casa y entró. Mamá se fue a la cocina, triste y con lágrimas que le caían por las mejillas. Ese día papá nos dijo a mi hermana y a mí que nos quería mucho y qué no lo olvidáramos. No paró de besarnos y abrazarnos. Después de un rato, se fue.
Mamá nos explicó más tarde que ya no dormían juntos, pero que nunca dejarían de ser mis padres.No la escuchaba, mi cabeza pensaba en el amarillo silencioso y triste del bosque y en lo bonito que se pone cuando es verde y soleado.
Ahora todo es diferente, a papá lo veo algunos días, hago los deberes en su piso que tiene en la ciudad y jugamos en el comedor.Mamá me ayuda a vestirme y a ponerme los zapatos. Tengo un pelo rubio y largo y mamá me da tirones, no le digo nada, por que sé que se enfada si la contesto.
Diana es mi hermana mayor y es tonta. Tiene novio desde hace meses. Siempre se están besando.No me hacen ni caso y además me ponen mala, como estar enferma sin dolerte nada.Un día le pregunté si dormían juntos, como hacían antes mis padres.Se puso roja y me gritó. Yo también me puse roja sin saber por que.
Tengo tortugas, son pareja pero no son papás, no duermen juntos y no tienen hijos.Las tortugas me gustan por sus colores en los caparazones, la hembra es de color verdoso y el macho marrón.Me gustaría tener caparazón y un color divertido. Además guardaría cosas dentro.Caminan por la caja, con sus ojos tristes y duermen cuando se aburren.
Mamá dice que son unos animales idiotas, a mi me da rabia que diga eso, fueron un regalo de papá y como siguen enfadados culpa a las tortugas.A veces imagino que soy otra tortuga, paseando por una caja más grande.
En la clase sólo me hablo con un chico que es callado como yo: se llama Ramón.Tiene peces. Un día en su casa los vi. Son azules y blancos, dan vueltas por la pecera con un buzo que suelta burbujas.
Hoy estoy sola en casa y voy a ir al bosque. Es pronto, las 10 de la mañana. Acabo el almuerzo, me llevo una botella de agua, galletas y las guardo en mi mochila. Las llaves de casa están encima del mostrador, cierro la puerta y camino hacia el bosque.El sol me da en la cara, se me escapa la risa y me pongo las gafas de sol que papa me regaló.Oigo a los pájaros, veo el verde de las hojas y al mirar hacia arriba veo el final de los árboles. Al lado un río donde cae el agua, la toco con las manos y mojo mi cara. Esta fría pero me gusta. Salto el rió (es muy pequeño) y me siento en una piedra grande, el sol no molesta y me quito las gafas.Recuerdo este sitio y también recuerdo lo divertido que era venir aquí.
Miro hacia atrás, el camino entre los árboles. No estoy lejos de casa.No lo veo venir, camina sin hacer ruido y con una bolsa transparente.
Es Ramón.
Se queda extrañado cuando me ve, se acerca y me dice hola sentándose a mi lado. Yo le contesto y le pregunto que qué hace aquí. Dice que va a tirar los peces al río y dejarlos sueltos.Estoy distraída mirando los peces de la bolsa y no lo escucho.Ramón ríe.
Empiezo a enfadarme en broma, y para que vea que no soy tonta, le doy con el dedo a la bolsa de los peces, no muy fuerte para que no se asusten. Levantándose de la piedra Ramón se acerca al río y se agacha, abriendo la bolsa. Es un poco patoso por que le cae el agua en los zapatos y los peces van de un lado a otro moviéndose con cara de loco. Ahora lo hace bien, los tira al agua y nos quedamos agachados, viendo los peces alejándose por el río. Hasta que no los vemos más.Al levantarme busco en mis bolsillos y le doy una galleta.
Ramón está serio y no para de repetir:- Mi hermano se va a cabrear, eran sus peces favoritos-, dice mientras come la galleta.Si yo hiciese lo mismo con las tortugas de mi papá, se enfadaría. Y recordé a mamá.- ¿Quieres volver a casa o caminar?-, le pregunté porque seguía sin hablar.- No lo sé,- me contestó -, estoy sólo en casa y no tengo muchas ganas de volver.
Ramón odia a su hermano mayor; le grita y le pega. Un día le vió unas letras chinas en el cuello y Ramón le preguntó como se lo había pintado. Su hermano mayor le dijo que un señor le había pinchado con una aguja y tinta por la piel y que no se iría nunca. Como su hermano es muy mentiroso, Ramón sacó el compás de su estuche y le pincho en el cuello para saber si pintaba la piel. Su hermano chillo mucho y le salió mucha sangre.Dijo que quería matarle mientras decía muchas palabrotas.
Me da la risa, Ramón esta serio y sigue hablando.
Su hermano mayor colecciona novias. Yo le contesto que las novias no se coleccionan. Si tienes una no puedes tener más y no creo que vendan álbumes para pegarlas como cromos.Ramón dice que su hermano, sale con una un tiempo, luego con otra, dos a la vez y así siempre.Le digo a Ramón que su hermano es un asqueroso y el mueve la cabeza diciendo que si.
En este momento me acuerdo de mi hermana y le pregunto si la conoce. Le explico como es mi hermana.Ramón lo recuerda enseguida, los ha visto en su casa besándose todo el rato.Viene con su novia, le echa de su habitación y Ramón se va al comedor para ver sólo la tele.Sus padres duermen juntos, pero están todo el día fuera por que trabajan y vienen a casa cuando es de noche. Está harto y por eso ha tirado los peces al río.
Se hace tarde, lo sé porque tengo un reloj con alarma y a las 4 de la tarde suena. Es para acordarme de que tengo que darle de comer a las tortugas, sino se morirán y no podrán dar vueltas por la caja. Ramón está nervioso, seguramente de miedo.No le digo nada, no sé que decirle y andamos hasta la puerta de mi casa.
Estoy contenta. Me siento otra vez igual que antes, subida a los hombros de papá. Le doy dos besos para despedirme de Ramón; no le gusta, se limpia la cara con la mano y me mira extrañado. Al entrar veo a mi hermana hablando por el móvil. Esperaré a que cuelgue, entonces le hablaré de su novio y si todo va como yo pienso, dejará de tenerlo y volveremos a jugar juntas. Y mañana si no está castigado le diré a Ramón que venga a mi casa a ver mis tortugas.
¿ Quién sabe ? Podríamos volver otra vez al bosque otro día soleado.

LA VERDADERA HISTORIA DEL POEMA "EL CUERVO"

LA VERDADERA HISTORIA DEL POEMA "EL CUERVO"
(ANTONIO PEDRO RIERA)
Quiera que en este día, con los rayos del sol poniéndose en el horizonte, reflejando su agónica luz a través de las cristalera de esta taberna, venga la musa por última vez y me de la inspiración, la cordura y la verdad de espíritu; razones todas ellas suficientes para relatar con mano firme y decidida los hechos tal como sucedieron.
Ha pasado el suficiente tiempo para que mis lectores y el mundo sepan, a través de mi puño y letra, las causas que provocaron el escribir el poema mas conocido de toda mi obra: "El Cuervo". Desde entonces se han dicho demasiadas tonterías y falsas interpretaciones que en nada se ajustan a la realidad. Ahora, sintiéndome viejo y débil noto la presencia de la Parca que viene a por mí. Es el momento, pues, de contar dicha verdad.
A mis treinta y cuatro años vivía en mi casa colonial, en Baltimore, con mi joven esposa Virginia y mi leal pero torpe criado Tobías. No era demasiado bueno en sus labores. A la memoria me vienen las no pocas veces que tuve que castigarle para que aprendiese quien era el amo y quien el criado. Pero más adelante volveré a hablar de él, no quiero adelantar acontecimientos.
Tal como decía antes, nuestro hogar era austero, sin excesos y con mis recursos económicos limitados. Escribía poco y las ventas de los libros no eran muy entusiastas. El verano campaba por nuestra ciudad y el calor era sofocante. Es la época del año que personalmente menos me gusta. La humedad y el exceso de sudor me afectan sobremanera.
Virginia es la mujer de mi vida, a sus veintitrés años es mi diosa virginal. Mi inspiración y paño de lágrimas en los momentos de flaqueza. Paciente, trabajadora y dedicada esposa. No tiene ma- yor gozo en su corazón que el de estar pendiente de mi y de mis necesidades. Sólo hay un mancha entre tanta pureza; su delicado estado de salud. No deja de toser y permanece postrada en la cama durante el día.
Hacia las ocho de la tarde y con mi vaso de vainilla y nueces de cola escribía, en la soledad del comedor, los primeros esbozos de lo que podría llegar a ser un futuro relato. Así, en el papel ha- bía escrito palabras sueltas, inconexas, tales como Busto de Palas, invierno, pesadumbre y cortinas rojas. Estaba contento, en mi cabeza bullía como una caldera a presión imágenes de tormentos, pasiones y oscuras noches. A mi lado, el "Saturday Visitor", el periódico de la ciudad que informaba como noticia principal la llegada del más famoso circo parisino "Le Siecle Des Lumieres" de tournée por nuestro país.
Oí el grito de Tobías desde la cocina acompañado del sonido de los platos estrellándose contra el suelo. Tras el brinco inicial me dispuse a andar hacia allí, mascullando imprecaciones por la nueva torpeza de mi criado. Mi alteración era tal que distraído, no vi el bulto en movimiento que se acercaba hacia una ventana cerrada y como en una exhalación lo atravesó, rompiendo el cristal en mil pedazos. Un animal de la especie pan troglodytes, comúnmente llamado chimpancé.
Su impetuosa entrada continuó en el comedor, donde atropelladamente se iba golpeando con las sillas y las patas de roble de la mesa. Después de un rato que pareció interminable, paró, aturdido.
Movido por la curiosidad, me acerqué a él con la mano extendida dispuesto a tranquilizarlo. Pero de manera traicionera me mordió y aprovechando la sorpresa y mis gritos se levantó y ascendió por la estantería repleta de libros y manuscritos apilados. Al llegar arriba se volvió a sentar, ahora más tranquilo ya que no podía alcanzarle.
Nuestras miradas se cruzaron. Pude ver la expresión de odio en sus ojos. Era evidente que me estaba desafiando, así lo creí.
Detrás mío escuché los pasos de Tobías trayéndome en una bandeja mi pipa de opio. Bien por disimular su nuevo desastre con la cubertería o por sincera sorpresa, se quedó estupefacto, quieto y con los ojos muy abiertos al ver al animal intruso descansando en la estantería. Empezó a murmurar extrañas palabras con voz tan baja que apenas se entendían. Mi criado es muy supersticioso, culpa sin duda de sus ancestros, que estando libres y salvajes en su país, Zanzíbar, les enseñaban desde la infancia los temores y miedos de sus dioses paganos. Pensábamos que una vez esclavizados y útiles para el trabajo desaparecerían estas supercherías, pero desgraciadamente no era así en todos los casos.
Sin apartar la vista del primate le ordené que buscase gasas para limpiar la mano y el látigo para darle su merecido castigo por el incidente de la cocina. Tobías soltó un bufido. Tras curarme la herida y ponerme la gasa se dirigió, a regañadientes, hacia la entrada de la casa, donde guardo mis enseres para domar a los caballos y también a los malos criados.
Más calmado me acerqué a la estantería, con paso firme y el animal, percatándose, me tiró varios papeles y algunos libros. Retrocedí un par de pasos, por puro instinto y un libro que no vi caer me dio en la cabeza, causándome, entre nuevos gritos y maldiciones, una profunda herida. La sangre bajaba con total libertad por mi frente y los ojos. Alcé la vista y le pregunté al chimpancé:
- ¿Qué quieres maldito animal?
El chimpancé me contestó. No con palabras. Sino por una cadencia que se repetía una y otra vez. Casi humano. Una risa. Constante en la altura de la estantería. Giró la cabeza y agarró con su mano peluda un libro que al instante reconocí, el "Mundus Subterraneus" de Athanasius Kircher. Miraba con interés las páginas y lo más asombroso; pasaba a una nueva cuando acaba de leer la anterior. Reí nervioso, era imposible lo que mis ojos veían. El chimpancé también. Y más fuerte que yo cuando instantes después tiró el libro. Me aparté sin dejar de vigilarle con la vista. El animal se limitó a buscar otro, ahora "El Mago" de Francis Barret.
- ¡Asqueroso animal! - dije fuera de mi.
No recibí respuesta. El chimpancé dejo de reír. Leía, y tras un rato lo tiró de nuevo hacia mí. Se irguió y tomando impulso saltó con agilidad por los muebles hasta que finalmente salió por la ventana rota y desapareció.
Olvidando el castigo ordené a Tobías que buscase al cristalero y que diese parte a las autoridades del incidente. Recogí uno de los libros que había tomado el animal, sin duda al azar, el chimpancé y pude ver sus huellas por las hojas. Daba la impresión de que el animal lo había leído con interés.
Y así pasó ese día. Con mi cabeza y mano lastimadas y sin poder escribir nada más.
A la tarde siguiente seguí con la misma rutina. Tobías me había informado por la mañana que la ventana no seria reemplazado hasta dentro de cuatro días. Virginia seguía en cama, con un ataque de tos muy fuerte.
En el comedor mi pipa estaba prácticamente consumida y ni rastro de la musa. Con aire aburrido miraba la ventana y mi corazón se aceleró, sin duda al recordar al chimpancé. Y ese momento oí golpes en la chimenea. Una sucesión de ruidos descendentes y rápidos. De pronto ahí estaba, como una aparición.
Me sorprendió verlo de nuevo, pero esta vez no me moví por temor a una nueva mordedura. El demonio ennegrecido por el carbón volvía a por otra tanda de libros. Empecé a pensar en las posibles causas del comportamiento del animal mientras él, quieto y erguido, miraba la cabeza de mármol del emperador romano Augusto con curiosidad. Con un grito firme llamé a Tobías y le ordené que permaneciese quieto, a mi lado y presto a ayudarme. El chimpancé palmeó con enfa- do el busto, seguramente por la falta de respuesta del mismo y acto seguido, volvió sus pies hacia la biblioteca subiendo por ella.
Efectuó la misma ceremonia, "El Arbor Mirabilis" de Ulric Des Mein y "El Liber Logaeth" de Alkindi Godzihe's que leídos volvió a tirar al suelo, cerca nuestro.
Todos libros ocultistas, de olvidadas ciencias... ¿Qué significaban estos rituales? Ya no podía ser una simple coincidencia. Y mientras cavilaba posibles interpretaciones lógicas a este comportamiento, el simio lanzó un tercer libro leído hacia otra ventana cerrada, rompiéndola, tras lo cual, y después de algunos saltos acrobáticos, se escapó por ella, acompañado por la oscura noche.
Tobías se movió hacia él, en un intento de perseguirlo, pero sus pies tropezaron con la alfombra con tal mala fortuna que agarrándose a la estatura de mármol, la hizo caer a mis pies, rompiéndome los dedos. Entre gritos de dolor le ordené buscar de nuevo al médico y al cristalero bajo pena de castigarlo severamente. Y mientras iba pensaba, entre lágrimas, el porque del comportamiento del animal. Recogí lastimosamente uno de los libros del suelo y pude ver sus huellas por las hojas.
El médico vino al poco y me curó de nuevo las heridas. Afortunadamente sólo me había fracturado tres dedos. Un bastón me ayudaba a caminar, a trompicones, maldiciéndome por mi torpeza al andar y por el nuevo caos originado por mi criado.
Al día siguiente y siendo otra vez la tarde, paseaba por el comedor, cojo y nervioso. Poco había avanzado en mis notas. Virginia tosía cada vez más intensamente y no me podía concentrar. Tuve que encender la pipa para que desapareciese el dolor y recuperase el ánimo. Vigilaba cada rincón, sabiendo que el chimpancé volvería y esta vez estaba preparado. En la entrada reposaba paciente mi escopeta. Tobías la había limpiado y estaba a punto. A medida que se acercaba la hora fatídica aparecían de nuevo la angustia y la pesadumbre.
Eran las nueve de la noche y ni rastro del animal hasta que...
Vi un fuego que se iba acercando. Mis ojos se empequeñecieron para agudizar la vista. Me levanté del sillón y ahí estaba ese demonio portando una antorcha que sin duda había robado del circo y se acercaba con las peores intenciones.
Grité y Tobías fue tras la escopeta en el instante que un surco de llamas entraba por la ventana rota e impactaba en la estantería.¿Otro presagio? Pensé. De manera inmediata el criado marchó corriendo a por un cubo de agua que al traerlo, tiró de manera descuidada sobre mi cuerpo en vez de hacerlo sobre la estantería que ya se estaba convirtiendo en una pira funeraria. En ese instante, el chimpancé se encaramó en la ventana, sentándose y observándome.
Y señalándome con su peludo dedo volvió a reír.
Tobías me entregó la escopeta y en un arrebato colérico la atraje hasta mí. Fue tan instantáneo que no me di cuenta de que estaba sin seguro.
Agradezco al Señor y a la Divina Providencia su intervención para impedir mi muerte, solo encuentro esa explicación. Lo que ocurrió pasó tan deprisa que apenas tuve tiempo de reaccionar: alcé la escopeta un poco más arriba de mi cara y el disparo atronó por toda la casa. Debería de haber muerto de manera instantánea. Más no fue así, me libré de morir pero no de sufrir otro lamentable accidente: el calor del fogonazo hizo arder mi pelo y las cejas. Lo último que oí antes de desmayarme fue el estertor del chimpancé por el balazo recibido y la voz triunfante de Tobías gritando:
- ¡Nunca más!
No sé cuanto tiempo había pasado, me encontraba recostado en la cama del hospital, al lado de mi mujer, recubierto por un vendaje que cubría toda mi cabeza y el doctor Desmond a mi lado, mirándome intranquilo. A duras penas pude balbucear algunas palabras y el doctor, que es algo sordo, se acercaba a mis labios en un intento de entender lo que mi dolorida boca quería decir. Tras varios intentos estériles me desmayé de nuevo.
Al recobrar el conocimiento me sirvió una copa de jerez para recobrar el ánimo, tras lo cual me relató la parte de la historia que desconocía. El fuego se extendió por toda la casa, reduciéndose a cenizas. Tobías y los bomberos pudieron rescatar a duras penas a mi enferma esposa.
Me volví a desmayar.
Transcurrió una semana. El circo fue removido de arriba abajo sin encontrar ningún rastro del animal. Examinado de manera minuciosa. El propio director, Mr. Jules confirmó, mediante la entrega de toda la documentación, que "Le Siecle Des Lumieres" nunca había tenido chimpan- cés en el espectáculo.
Todo el personal fue interrogado. Nadie supo nada. Otro enigma sin resolver. Con las fuerzas mermadas nos instalamos en la casa de mi editor y amigo Thomas White, decidido a ayudarnos.
Una mañana y más recuperado me preparé una pipa y encendiéndola, esperé la llegada de la musa inspiración que no tardó en aparecer. Sin apenas descanso escribí en pocas horas el poema. Había plasmado mis temores, mis pesadillas, el tortuoso significado de aquellas tardes.
Sin duda, era lo mejor que había hecho nunca.
Rápido cómo alma que lleva al diablo y tembloroso por la emoción le entregue el manuscrito original titulado: "El Chimpancé".
Thomas, me acompañó con el brazo y me invitó a sentarme mientras el leía el poema con interés. Poco más tarde empezó a carraspear y a rascarse la oreja nervioso. Agarré mi pipa y fumé contagiado por su estado. Después levantó la cabeza y con voz seria me preguntó:
- ¿Qué demonios es esto Edgar?
Hice un par de caladas profundas y le contesté. Defendí con ardor mi poema mientras Thomas negaba con la cabeza todas mis afirmaciones. Se acaloró tanto la conversación que mi editor, dando un puñetazo en la mesa concluyó:
- Esto es impublicable. Escríbelo de nuevo. Y olvídate del maldito chimpancé
Me dejó estupefacto. Pensaba que había escrito mi obra maestra y mi editor lo despreciaba.
Aspiré una bocanada de mi pipa, en silencio y derrotado en la batalla dialéctica. Tras unos instantes le contesté desafiante:
- Déjame el despacho. Una hora te pido.
Thomas asintió y allí me dejó, sólo. Malhumorado por su contestación y mareado por mi pipa paseé distraída mi mirada por la habitación. Mi editor es un gran cazador y ahí estaban, como mudos trofeos, las cabezas disecadas de varios animales. Zorros y bisontes en su mayoría. Me detuve en uno negro y pequeño. Sus ojos clavados sobre mi: un corvus corax.
Las alas orgullosamente desplegadas, el pico señalándome delatoramente como un recordatorio del maldito chimpancé. Un ave fénix renacido tarde tras tarde martirizándome mi existencia: un cuervo.
Reescribí el poema de manera furiosa. A mi cabeza vinieron imágenes de ventanas abiertas en noches aciagas, pájaros enigmáticos y el dolor por la perdida de un ser amado, (algo que posteriorrmente iba a ser muy profético).
El resto, mis queridos lectores, ya es sabido. Esta vez Thomas dió su consentimiento y lo publicó. No hace falta decir el enorme éxito que tuvo el rebautizado poema llamado ahora como "El Cuervo" para los críticos y el público en general.
Hasta Virginia parecía que recobraba la salud, pero por desgracia por poco tiempo, ya que murió tras sufrir dolores insoportables, víctima de tuberculosis.
Durante los años siguientes cayeron mas cuentos y muy pocos poemas, como libros ardientes golpeando las ventanas de la razón y la desesperanza. Más no todo fue malo. En los momentos de inspiración y acompañado por la musa aproveché fragmentos de ellos para escribir varios, entre ellos: "Conversación con una momia", por los vendajes que recubrieron mi cara, y más tarde: "Los asesinatos de la Rue Morgue", convirtiendo al chimpancé en un gorila asesino.
Otra idea que me rondó durante varios días y luego rechacé, fue la de gigantesco mono que tras ser capturado en África, destrozaba mi ciudad al ser liberado por descuido.
Estoy llegando al final y es noche cerrada aquí, en esta taberna repleta de borrachos. Mandaré al mozo que entregue esta nota a la redacción del periódico local, confiando que la publiquen de manera íntegra. Mi legado a las generaciones venideras.
Y después, seguiré bebiendo entre callados suspiros, recordando a mi pobre esposa Virginia y la risa del chimpancé que día a día me visitan como una letanía perenne.