jueves, 29 de diciembre de 2011

Florencia

Agosto en Roma, son las cuatro de la tarde y el calor aprieta. Me muevo por la sombra, es mi último día en la ciudad y la he recorrido entera, Foro, Coliseo, Catacumbas… es la tercera vez que estoy aquí pero siempre descubro algún rincón interesante fuera de las típicas rutas para turistas. Las italianas… ¿cómo decirlo? me resultan bastante frías, creo que “estrechas” es la palabra adecuada para definirlas. El taxi me da unas cuantas vueltas por la ciudad –el mapa y la cámara de fotos me delatan como “guiri”- y casi llego tarde a la estación, pero todavía faltan 10 minutos para que salga el tren a Florencia: El Ponte Vecchio, Miguel Ángel, tiendas y helados por todas partes… creo que me gusta más que Roma.

Estoy sudando, en el bar de la estación solo tienen Moretti y está caliente, me siento en un banco a repasar la Lonely Planet − ¡qué mala es la cerveza italiana! la próxima vez me pido una Cola− pienso mientras levanto la vista de la guía y la veo cruzar la calle, va revisando sus billetes y comprobando la hora –mira, otra que va con prisas−. Entra en la estación y la pierdo de vista, me parece agradable, pelo negro, ondulado y morenísima de piel. Su cara se esconde tras unas gafas de sol enormes, tan de moda entre las italianas, pero aún así, la intuyo bonita. La ropa, fina y ligera, se le pega al cuerpo dejando adivinar la forma de sus caderas, el movimiento de sus pechos al andar y la estrecha cintura. En un segundo la escaneo, creo que se da cuenta porque al girar la esquina vuelve la cabeza hacia mí. Por fin llega el tren, −ahora podré descansar un rato− me relaja viajar en tren, me relaja y me excita a partes iguales, sentir el aire que entra por la ventana y me acaricia y el vaivén del suave traqueteo me sumergen en una especie de sopor muy placentero. Dejo la maleta en el portaequipajes y me acomodo. No pasan ni cinco minutos cuando se abre la puerta del compartimento −¡joder!− pienso –ahora no podré estar a mis anchas− pero es ella, la chica de las gafas. Su respiración es rápida y está acalorada, se refresca con una botella de agua, saca un libro y se pone a leer sin apenas mirarme. − ¡Eh, que soy yo!− estoy tentado de decirle –el de la estación, el de las miraditas ¿no te acuerdas?− No puedo dejar de mirarla, es preciosa, un tirante de la camiseta se le resbala por el brazo dejando desnudo un hombro y el nacimiento de sus pechos que se intuyen firmes y también bronceados –será mejor que siga ojeando mi Lonely…− pero ¡La he cazado! ¡Me estaba mirando! La he pillado observándome a través de sus enormes gafas. Se las quita y unos ojos color miel se iluminan al tiempo que sonríe y me dirige un −hola− que suena travieso y cargado de promesas. − ¡Bien!−me digo –no es italiana.

Comenzamos a charlar, al principio la típica conversación de tren: ¿De dónde vienes? ¿Dónde vas? ¿Negocios? ¿Placer?, después sus tímidas miraditas se vuelven más descaradas y sus preguntas más directas. No quiero contestarlas, no quiero hablar de mí, precisamente hago este viaje para huir, al menos por unos días, de mi rutina, de mi monotonía, en fin, de mi vida. Una vida que cuando regrese seguirá estando en el mismo lugar, con la misma gente y tal como la dejé. Tampoco quiero que me cuente nada de la suya. Dos perfectos desconocidos en un tren, no necesito más. Tenemos tres horas de viaje para mirarnos, acompañarnos o simplemente sentirnos el uno al otro. Llegamos a Florencia y al fin podemos bajar de este viejo tren, aunque bien pensado, el viaje no ha estado tan mal… Ella no tiene alojamiento y le ofrezco pasar la noche conmigo, sé que es demasiado directo pero no tenemos tiempo para andarnos con rodeos, en menos de 48 horas cada uno volverá a su ciudad, a su vida. Acepta. Vamos al hotel, una vieja casona a las afueras. Dejamos las maletas y aprovechando las pocas horas de luz que quedan vamos a inspeccionar la ciudad. Nos perdemos por las callejuelas atestadas de gente, cruzamos el Ponte Vecchio, los últimos rayos de sol se reflejan en el Arno, parece oro líquido…

Cogemos un autobús y llegamos a San Miniato al Monte, una iglesia situada en lo alto de una colina y desde donde la vista de la ciudad es espectacular. Corre una ligera brisa ahí arriba y el cielo, que hasta ahora estaba despejado, se va tornando cobre arrancando reflejos rojizos de su pelo y pienso en lo atractiva que es. Nos miramos y es como si nos hubieran sacudido una descarga eléctrica, casi se puede palpar el deseo a nuestro alrededor. De repente, la brisa se convierte en viento y el cielo se oscurece, amenaza tormenta, a lo lejos se oyen truenos y empiezan a caer las primeras gotas, pocas pero suficientes para hacer que los pocos turistas que quedan corran a los autobuses. Nosotros seguimos allí, sentados muy juntos en el mirador, no nos importa mojarnos un poco después del calor del tren. Ahora llueve con más fuerza y los truenos están cada vez más cerca. Me coge de la mano y corremos a refugiarnos bajo el pórtico de la iglesia, pero ya estamos empapados. Su falda, que antes se alborotaba con libertad, ahora está totalmente pegada al cuerpo. La camiseta se le transparenta y el tirante se vuelve a resbalar por el hombro. No puedo evitarlo, más bien, no quiero evitarlo, me inclino hacia adelante para besarla, tiene la cara mojada y sabe a lluvia. Ella me rodea el cuello con los brazos y me acaricia la nuca, estamos cada vez más cerca… tan cerca que puedo sentir en mi cuerpo cada milímetro del suyo. Seguimos besándonos cada vez con más intensidad, ya es casi de noche y amparado por la oscuridad le bajo el otro tirante de la camiseta, deseaba hacerlo desde esta mañana, deseaba acariciar su piel morena, ahora temblando de frio y de deseo. Desliza las manos por mi espalda, un leve roce, casi sin tocarme, pero hace que me vuelva loco, y cuando me baja la cremallera del pantalón pierdo totalmente el control de la situación. Ya no oigo los truenos ni la lluvia, solo escucho sus gemidos que se confunden con los míos… un grito ahogado en mi cuello y un estremecimiento final me dicen que puedo abandonarme al placer…

− ¿Y ahora?− me pregunta después.

No lo sé, no quiero pensar, solo sé que necesitaba esto desde hace mucho tiempo, que mi vida estaba vacía, resultará extraño, pero he sentido más y con más intensidad en estas horas con ella que en los últimos años de mi supuesta vida de ensueño. He sido más feliz con ella, en el suelo mojado, debajo del pórtico de una iglesia de lo que no había sido en mucho tiempo y ahora lo único que quiero es que no se rompa este momento. Pero, y ¿si fuera posible? Romper con todo y empezar de nuevo. No será fácil, será difícil, muy difícil, pero ¿por qué no? Todos merecemos una segunda oportunidad. Si ella quisiera…

− ¿Ahora?− le respondo –. Ahora toca ser feliz.

María Revilla

3 comentarios:

Oleguer Solsona Regueiro dijo...

María, me ha encantado el relato. Para empezar, este verano he estado en Florencia, así que alguno de los lugares que describes los tengo aún frescos.
Me gusta la manera en cómo desarrollas la acción, en una historia sin más conflicto que una jornada de viaje en qué dos personas se conocen y disfrutan juntos. Donde se olvida el pasado y se disfruta el momento. La acción, descrita de manera suave, pausada, y a la vez, in crecendo, se hace muy fluída de leer.
Te felicito

Oleguer Solsona Regueiro dijo...

Ah! y casi me olvido. Que risa con la descripción de las italianas, Frias y estrechas, jajajaja. Siempre me dieron esa sensación, como que necesitan que un hombre esté todo el día detrás suyo, yendo con un caballo blanco y un ramo de flores para prestar algo de atención.

DAVID RUBIO dijo...

Hola Marutxi, creo que todos vemos a alguien en el tren o en el metro, nos gusta y nos imaginamos toda una vida con ella, por lo menos hasta que llegamos a nuestro destino y la olvidamos. En el relato cuentas una fantasía que todos hemos tenido... Ah!, cuantas miradas pueden recibir unos tirantes que caen... buen relato y además en presente.