domingo, 4 de diciembre de 2011

Ainhoa y la hoja de papel en blanco - Oleguer Solsona

Ainhoa

Ainhoa cierra la ventana, le ha entrado frio y se sienta, casi saltando sobre la silla de oficina gris. Allí, no para de moverse, inquieta. Observa el cenicero repleto de colillas, el paquete de folios de la marca Guarro. “¡Eso es lo que tú eres!” masculla. Y la hoja a medio escribir que cuelga de la máquina de escribir acabada de heredar de su abuelo. Al lado, un cubo de basura con sus predecesoras de papel, arrugadas. Ainhoa se levanta. Vuelve a sentarse, tarareando adjetivos que puedan casar con el único personaje que tiene mínimamente definido, el alter ego de Javi, que la acaba de dejar para enrollarse con otra. Pasea sobre las baldosas en forma de rombo del altillo, a pasos cortos y nerviosos, en círculos rodeando la mesa, casi flotando en el aire. “Parezco la protagonista de un anuncio de compresas” murmura. Se sienta de nuevo enfrente de la Olivetti, observa la hoja, se levanta por enésima vez. Flota enfrente las viejas librerías repletas de folletos, revistas y libros llenos de polvo. “Un día de estos tengo que limpiar” se ordena sin mucho interés. Los mira, de arriba a abajo, de derecha a izquierda, en diagonal y del revés, como buscando algún tesoro escondido entre sus páginas que le haga encender la mecha… para quemar su historia con Javi y construir una nueva, alternativa, surgida de su iniciativa y no la de él. Busca palabras, frases, nombres para personajes secundarios, para la heroína del relato. “Sería demasiado obvio llamarle Ainhoa” razona. Ahora mira por la ventana, ahora se acomoda incómodamente en el sofá decorado con un cubre verde oscuro, con algunas quemadas de los porros de Javi. Busca en el diccionario palabras al azar, a ver si se inspira “maleta, consolador… piano, jamón…baúl, pez…” recita. Nada, no le viene nada con los binomios. “Esto no tiene nada de fantástico” piensa. Luego, agarra la escoba y barre el polvo acumulado, las migajas de pan y los restos de tabaco de liar, escondiéndolo todo junto bajo la alfombra, excesivamente cara, comprada en el gran bazar de Estambul (Ainhoa no tiene paciencia ni para regatear, lo quiere todo “ya”). Ainhoa prepara un cigarrillo, marca Pueblo. “Ahí debo volver, ahí si me tratan bien” susurra. Fuma sin apenas reparar en que está dejando caer las cenizas sobre la mesa baja de Ikea. “¿Cómo se redecora mi vida sin Javi?” proclama al aire. Se incorpora, busca el móvil, reafirma que no tiene ningún mensaje de él, “capullo” dice con voz suficientemente alta para que le oigan los vecinos. Baja a la planta principal, va a la cocina, prepara un bocadillo con mucho tomate, mucho aceite y mucho chorizo que le han enviado sus padres y agarra, por si acaso, una tableta de chocolate del cajón superior. “Adiós, dieta” proclama. Ainhoa regresa al altillo, se sienta, coge el tipexx de “escobilla” y borra la última línea. Y luego la penúltima. Así que se queda sólo con el título. Pasa de la narrativa y prueba con la poesía. Le sirve el mismo título. “Al menos, no tengo que empezar de cero” se convence. Abre una lata de cerveza, intenta concentrarse. “Imposible. ¿Qué rima con imbécil?” se interroga. Chasquea los dedos y rota los hombros, hace ejercicios de estiramientos que le conducen a borrar, al fin, también el título. Saca la hoja, la gira del revés (manchando la máquina de líquido blanco pues no le ha dado tiempo para secarse). Se levanta. Los estiramientos la han hecho sudar. Ainhoa abre la ventana, le ha entrado calor y se sienta, casi saltando sobre la silla de oficina gris. Allí, no para de moverse, inquieta. Observa el cenicero repleto de colillas, el paquete de folios.…

Y así hasta llegar a un bucle, a un estado de microondas mental que le hace olvidar… “¿Quién narices me ha dejado esta vez?”

La hoja de papel en blanco

Aproximadamente, unos 7 meses después…

Allí sigue, quieta, inmóvil, inerte. Pensativa, dejándose acariciar por el viento que entra de la ventana.

Incómoda por los pegostres de tipexx en su parte de atrás, que corroboran que un día se escribió sobre ella. La razón de su existencia, su única tarea en la vida. Tiene miedo a que no la usen para idear, sorprender, rimar o dibujar. Eso es lo que más desea desde que la sacaron del paquete de la marca Guarro.

Ainhoa la ha dejado en este estado vegetal (nunca mejor dicho), completamente olvidada. Se hubiera conformado, incluso, si la hubiera utilizado como avión de papel y ser lanzada por la ventana, que se ha abierto y cerrado tantas veces en estos meses... pero la papiroflexia no ha sido ninguna de las muchas actividades que Ainhoa ha iniciado, sin éxito. Mantenerse ocupada, estos hobbies efímeros han sido sus kleenex particulares, que le limpian entre relación y relación.

Así han pasado los días para la hoja de papel en blanco, las semanas han volado y los meses se le han escapado sin unas tristes comillas que la animen. El tono de su piel ha cambiado, ha perdido ya del todo el blanco radiante de los inicios pasando a ser amarillenta.

La historia de Ainhoa daría para una novela, ha querido muchas veces auto escribirse. Y su historia, aún no ha empezado.

Tras Javi, Ainhoa ha acumulado varias historias sin final de cuento de hadas (cuanto le hubiera gustado que escribieran en ella una nueva versión de la Cenicienta). Después apareció Matías, el comedor de pizzas de pepperoni, tras cortar con ella, a Ainhoa le dio por el masaje. Compró una camilla plegable y media docena de libros. Hasta quiso practicar con el sesentón vecino del quinto. ¡Qué triste imagen para los ojos imaginarios de la hoja en blanco, cuando la toalla se deslizó y el culo flácido del señor Ortiz quedó al descubierto!

Tras Paco, el fumeta de barrio pijo, Ainhoa se decantó por hacer maquetas con palillos y después de Samuel, el latino que está estudiando un Máster en Barcelona, intentó aprender a tocar la armónica.

Y aún, más recientemente, Ainhoa ha experimentado con un huerto urbano en el balcón, hacer collages o incluso con el videoarte. Todo eso lo ha observado, sin poder opinar, viendo como Ainhoa iba perdiendo los ahorros y la ilusión.

La hoja en blanco ya lleva unos días sin luz, Ainhoa se fue hace dos semanas al pueblo y no hay noticias de ella. La hoja quiere ser útil pero no le queda esperanza. A oscuras, no puede soportar más compartir espacio con aceites corporales, una caja de palillos con un dibujo de un chino y la armónica, el instrumento más soso que se ha creado. Tiene miedo a desintegrarse con la compañía de una bolsa gigante de abono, un pote de cola y una videocámara. Así que, convencida, no le queda más remedio que reunir todas sus fuerzas, despedirse de su preciosa vivienda metálica, la máquina de escribir Olivetti, y escalar el rodillo para escapar, dejarse caer al vacío, acariciada con ese viento que tanto la ha refrescado y caer, desilusionada, al cubo de basura con otras hojas de papel, arrugadas.

El reencuentro

Un par de semanas más tarde…

Ainhoa ha vuelto del pueblo a devolver las llaves del piso. Allí se ha dado cuenta que quiere regresar con sus amigos de infancia, familia y sus lugares favoritos. Estar tranquila con ella misma, volver a sentirse capaz de hacer algo y disfrutarlo, crear su propio espacio y construir su vida sin prisas. Quién sabe si escribir, de cero, una nueva historia. Es por eso que, mientras vacía la papelera, repara en la vieja hoja de papel en blanco en la que intento escribir una historia. Pero ahora ya quiere ser ella la protagonista. Escribe en la parte donde borró el título anterior: “La historia de Ainhoa”.

Podrá recuperar la paciencia y olvidar a Javi, Paco y los otros, las baldosas en forma de rombo, abrir la nevera compulsivamente y los muebles de Ikea.

En paralelo, la hoja de papel en blanco, tras un largo mes sin más luz que la etiqueta fosforito del envase de aceite corporal, podrá recuperar la actividad y el color blanco radiante, incluso sin reparar en lo incomodo que es tener pegostres de tippex. Ser la primera página, marcar la pauta para otras, más nuevas que ella, iniciando un paisaje de muchas palabras y párrafos. Y borrar, desde lo más alto de las páginas escritas, el olor a porros y pepperoni, la pesada bolsa de abono y el pegajoso pote de cola, el sonido repetitivo de la armónica, y, sobretodo, la visión del trasero del señor Ortiz.

6 comentarios:

Marutxi dijo...

Me ha gustado mucho tu relato!!!

Oleguer Solsona Regueiro dijo...

Gracias Marutxi. ¿También escribes y haces algún curso en aula? Si es así, me tienes que informar para que lea algo tuyo.

Marutxi dijo...

Si, hago uno de los cursos y suelo publicar los relatos en este blog, me llamo María Revilla.

Saludos y feliz año nuevo!!

Oleguer Solsona Regueiro dijo...

te leeré entonces aquí en el blog, y ya iré colgando relarots para intercambiar opiniones
feliz año nuevo

DAVID RUBIO dijo...

¿Qué da valor a las cosas?, se crea el Universo,con el la materia las estrellas, galaxias, un mundo,la vida una civilización capaz de convertir árboles en hojas de papel para que alguien escriba sobre ellas su historia, esa hoja se puede lanzar a la papelera o ser el inicio de una nueva vida para alguien... perdona la reflexión pero es lo que he pensado leyendo tu buen relato, saludos

Oleguer Solsona Regueiro dijo...

Muchas gracías por la lectura David. Creo que una hoja de papel en blanco tiene mucho simbolismo, y me alegra que te haya inspirado la reflexión. Tengo pendiente leer alguno más de los que has colgado.

Por cierto, si os interesa, tengo un blog donde voy colgando relatos y otros escritos (precisamente, acabo de colgar este mismo de Ainhoa). Si tenéis tiempo para echarle un vistazo aquí está el enlace
http://narradorcurioso.blogspot.com/