miércoles, 13 de mayo de 2009

La nota de don Celestino (2)

“Si viene alguien preguntando por mí”. Nos reímos tanto como pudimos de la frase. Que yo recordase, en todos los años que llevaba de portero de la finca, don Celestino no recibió ninguna visita. Y resultaba ridículo pensar que esa nota fuese tan persuasiva como para que de repente se formase una cola de mujeres pulcras y correctamente vestidas esperando a ser recibidas por don Celestino.
- Habrá que poner una máquina repartidora de turnos - apuntó don Ernesto para gozo de todos los presentes.
Después, en cuanto las risas fueron decayendo y el repertorio de ocurrencias ya no daba más de sí, cada cual se marchó a lo suyo y la portería recobró su habitual tranquilidad de todos los días.
Y lástima que se fueron. Porque la aparición de aquella joven, pocos minutos después, hubiese sido para ellos como el segundo acto de aquel espectacular día. !Vaya personaje!Con sólo ver cómo iba vestida se hubiesen partido de risa. Llevaba una falda hasta los pies, de una tela que parecía recortada de una cortina, de aquellas que combinaban con esos papeles de pared de grandes motivos geométricos y colores anaranjados que se pusieron de moda en las casas de los años 70. Una falda como esa, no se encontraba ni en los mejores puestos del Rastro madrileño. !Y la blusa! Si les hubiese dicho a los vecinos que más que una blusa era un mantelito de punto de cruz, con el dibujo de un osito y dos tirantitos que la mantenían a duras penas sobre sus hombros, no se lo hubiesen creído. Pero así era.
- Buenos días. ¿Celis Mor, vive aquí? - me preguntó con voz aguda. Pronunció las palabras tan de prisa, como de corrido, que no pude entender ni una. Parecía nerviosa.
- ¿Perdón señorita, cómo dice?
- Celis Mor, el famoso cantante de boleros. Me han dicho que vive aquí - me dijo, esta vez más despacio, mientras se apartaba un mechón de su negro cabello que se balanceaba indómito por su frente.
¿Celis Mor? Si me hubiese preguntado por ese nombre antes de la sorprendente aparición de Don Celestino, la hubiese enviado a tomar viento fresco. Pero el nombre de Celis, todavía resonaba en mis oídos. Y eso me hizo suponer que la joven estaba preguntando por Don Celestino. Lo del apellido Mor me resultó del todo inexplicable. Que yo recordase, y su buzón me lo certificaba cada vez que depositaba la correspondencia, Martínez Esponja eran sus apellidos. Y lo de famoso cantante de boleros me intrigó de tal forma que pensé en preguntarle al señor Uriza tan pronto como lo viese. Nuestro presidente sabía más que nadie sobre las actividades pasadas y presentes del vecindario. Algo así, tenía que saberlo. Y si no, no le costaría nada averiguarlo.
- Verá, aquí vive un tal Celestino Martínez, pero no creo que sea quien está buscando - le dije.
- Pues en el teatro me han dicho que es aquí - insistió la joven.
De su bolsito de tela a juego con la falda extrajo un papel y me lo mostró. Era un gastado pasquín en el que con grandes letras modernistas aparecía el nombre de Celis Mor y la fotografía de un Don Celestino de apenas veinticinco años, en una bailarina pose, con el tallo de una rosa entre sus labios y vestido con uno de esos planchados trajes que hasta el día de hoy siempre había llevado. A pie de foto, ponía “Los mas románticos boleros, la voz más aterciopelada”.
No había duda, Celis Mor, el seductor cantante de boleros de la fotografía, era Don Celestino.
- ¿Vive aquí o no vive aquí? - dijo la joven, y repitió la frase dos o tres veces en apenas dos segundos.
No me dio tiempo a responder porque en ese momento, el portal se abrió y apareció él.
- Esta joven pregunta por un tal Celis Mor, ya le he dicho que... - le dije, pero me interrumpió.
- ¿Y qué desea una joven tan guapa y elegante? - dijo don Celestino, para mi sorpresa y estupor. Miró y sonrió amablemente a la joven. Esta se había quedado muda, con la cabeza hacia arriba, mirándolo con ojos tan grandes como los del osito de la blusa. Temí que el mantelito de punto de cruz se cayese de sus hombros, de tan encogida que estaba.
- Pero no nos quedemos aquí. Vamos a sentarnos y me explicas qué te ha traído por aquí - dijo don Celestino, dándole tiempo a la joven para que se sobrepusiese a la impresión. Muy caballerosamente, la cogió de un brazo y la acompañó hasta el sillón de dos plazas que había junto a la escalera. Ahí tomaron asiento.
!Cuánto me hubiese gustado tomar asiento con ellos para poder escuchar lo que ahí se estaba hablando! !Había tantas cosas que descubrir de don Celestino! En una sola mañana, se me habían revelado unos pocos trazos sueltos de una curiosa biografía. !Y quién no quisiera saber más? Indudablemente, por discreción y respeto, me mantuve alejado y me dediqué a mis habituales quehaceres en la portería. Sin embargo, no pude evitar escuchar algunos fragmentos de conversación. La joven habló de cuánto le gustaban sus boleros, que en el teatro en que trabajaba todavía conservaban sus pósters y que para ella era un sueño estar con él. Don Celestino parecía rejuvenecer por momentos, cuando recordó sus glorias pasadas, sus actuaciones en fiestas, güateques y pequeños teatros de Madrid. Y creo que al final la joven le preguntó si podría darle clases de canto, ya que quería convertirse en una gran estrella.
- Tendré que pensarlo. Aquí, en esta portería, no es el lugar más apropiado - dijo don Celestino, paseando su mirada por el espacio de la portería.
- Podría venir yo a su casa - sugirió la joven.
- Eso no es posible - dijo secamente don Celestino poniéndose de pie. De repente, todo su entusiasmo y su jovialidad se trastocaron. En su rostro, ahí arriba, apareció su habitual expresión seria y distante. Se alisó el flequillo, intentó plancharse con las palmas de la mano la americana de alpaca y acompañó a la joven hasta el portal. Esta salió a la calle, como expulsada por una invisible oleada de rabia. “Podría venir usted a mi teatro. Pregunte por mí, me llamo Patricia Ramirez”, fue lo último que alcancé a oír.
Don Celestino despegó de un tirón la nota del cristal del portal y subió silencioso y apesadumbrado las escaleras y se encerró en su piso.




Ignasi Raventos
Curso de Narrativa
Ejercicio de personajes que buscan, espían, ocultan

1 comentario:

Ignasi Raventós dijo...

Qué tontería! Por Dios. Disculpadme. Eso sólo un ejercicio