miércoles, 29 de octubre de 2008

INSEGURIDAD

El tremendo estruendo procedente de la calle nos llevó a todos a mirar por el escaparate de la agencia de viajes donde trabajo. En los dos años que llevo en ella, he visto tantos accidentes de tráfico a través de su cristalera que he perdido la cuenta. Sin embargo, aquel me conmocionó el alma más que ningún otro, porque reconocí la matrícula del coche gris plata que se hallaba empotrado bajo las ruedas de un camión. Salí de la agencia como fantasma conducido por el diablo y vi, en el asiento del conductor, inconsciente, al único hombre que he conseguido amar. El hombre que ocupó mis sueños y mis desvelos, que por azares de la vida se alejó de mí antes de poder hacerle percibir cuánto lo amaba y que, a pesar de los años trascurridos sin verlo ni saber nada de su vida, aún conmovía mi ser.

Las sirenas de la ambulancia me sacaron de mi abstracción y solo un pensamiento me inundaba la cabeza: «que esté vivo, que esté vivo».

— ¿Dónde lo llevan? —pregunté al enfermero que lo sacaba en camilla.

— Al Gregorio Marañón —me contestó.

Al salir del trabajo, fui al hospital: «Está en la UCI —me comunicó la enfermera de recepción—, no puede verlo si no es familiar directo».

Así pasó un tiempo. Las visitas al hospital se convirtieron en una rutina diaria hasta que, por fin, en una de ellas, la enfermera me dio una noticia favorable:

— Está en planta recuperándose.

— ¡Ah!¡Qué alegría¡ —suspiré aliviada.

— ¿Quiere subir a verlo?

Después de un momento de duda, rechacé la propuesta:

— No…, seguro que tendrá una novia que lo cuide.

— ¿Quiere que, al menos, le diga que ha estado interesándose por él? —me preguntó de nuevo.

— No, no hace falta, con saber que se va a poner bien es suficiente —contesté pensando que, después de tanto tiempo sin saber nada el uno del otro, poco le iba a importar que anduviera por allí preocupada por su estado.

Cuatro meses después del accidente, en uno de esos días grises en los que mi ánimo parecía haberse escondido entre las nubes y ni el mejor maquillador me habría hecho sentir guapa, apareció por la agencia. Sus maravillosos ojos azules se hallaban ante mí buscando el viaje de novios perfecto para su prometida: una enfermera que conoció en el hospital tras un reciente accidente sufrido en la esquina de esta misma calle, según me fue narrando mientras mi corazón se comprimía de dolor. Mis dedos tecleaban con dificultad las opciones del viaje, en tanto pensaba si debía decirle que yo también había estado en el hospital cada día, preocupada y rezando por su recuperación. En la duda extravié mi oportunidad. Le sonreí, le deseé buena suerte y nos despedimos; su silueta se diluyó en la claridad de la mañana.


Rosa Mª Montoya

7 comentarios:

Aula de Escritores dijo...

Amargo y bonito a la vez, te felicito, me gusto mucho.
Libertad Ordovas Joven

Aula de Escritores dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Aula de Escritores dijo...

Ai, la inseguridad... O la falta de confianza. O el gusto por regodearse en el victimismo propio... A todos los que hemos sentido algo parecido este relato nos devuelve un pedacito de nuestra vida.

Manuel Santos.

Antonio Vallejo dijo...

¡Conciso y efectivo! Le imprimes ritmo y se lee muy bien, creas un clima de cierta opresión que resulta ideal. Me gusta.

Aula de Escritores dijo...

ME ENCANTA COMO DESARROLLAS LA ACCION EN TORNO AL PERSONAJE, ESTA MUY BIEN REDACTADO Y ME HA IMPACTADO MUCHO. EN MI OPINION LO UNICO QUE INTENTARIA SERÍA DAR UNA BASE MAS CONSISTENTE AL PRINCIPIO, PARA QUE EL IMPACTO FUESE MAYOR.
UN SALUDO.
...SOMBRAS...

Anónimo dijo...

El mensaje tiene mucha fuerza, es muy directo en pocas líneas, y creo que eso es lo más difícil. Es fácil identificarse con la situación de la chica, por todo el tiempo y las oportunidades que perdemos en la vida por el miedo a la respuesta negativa, a salir perdiendo... cuando en realidad se pierde mucho más si no se intenta.

Me ha gustado. Está muy bien escrito y da mucho que pensar al lector.

Ainara Rivera.

Juanmi dijo...

Yo le he sacado un par de lecturas.

Por un lado, el miedo a luchar por lo que queremos, que tantas oportunidades nos lleva a perder, como apunta Ainara.
Por otro lado, se entrevé lo que para mi es la mayor prueba de amor que existe: la renuncia (si realmente se hace por amor).

Muy real, me ha gustado.