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viernes, 19 de junio de 2009

"D" de Derrota

Con el corazón acelerado por la adrenalina, escondido tras una de las pilas de cajas de aquel enorme almacén, espero a que aparezca y me mate.
¿Quién nos mandaba quedarnos hasta tan tarde? Si no me había ido era por mis compañeros, pero no hacíamos nada que no pudiéramos dejar para mañana.
Entonces irrumpieron ellos, muy bien armados.
Por fortuna, el que se hacia llamar “Rata” era bastante inepto: incluso yo, el “Jodido novato” de informática, fui capaz de acercarme hasta él por detrás y enviarlo al otro barrio, con la ayuda del martillo que encontré en el taller.
Pero el jefe, “Boss”, es otra clase de pájaro: cuando “Rata” cayó por las escaleras y mis compañeros se apropiaron de sus armas, los certeros disparos del “Boss” nos obligaron a huir y dispersarnos por todo el almacén.
Una figura emerge por una puerta a unos veinte metros: Eusebio “Gordo cabrón”, de contabilidad, apunta aterrado en todas direcciones con lo que parece una pistola; ¿soy el único sin un arma decente? No me decido a llamar su atención; parece tan nervioso que es capaz de dispararme por error. Joder, oigo como sus pasos se acercan; no sé si me ha visto, pero no tardará en descubrirme.
Justo cuando decido salir de mi escondite, una detonación resuena por todo el almacén.
De la cabeza de Eusebio frota una salpicadura tan escarlata como su pelo, y su voluminoso cuerpo pecoso y peludo cae de rodillas desparramándose hacia mí. Una pistola resbala sobre el cemento hasta topar con mis botas; me agacho, la recojo y vuelvo a hundir la espalda tras la pila de cajas.
“¡Ese cabrón tiene un rifle de francotirador!” pienso, dejándome llevar por el pánico.
—¡Muere, hijo de puta!
El corazón me va como loco cuando miro hacia arriba y descubro a Eva “Culito prieto”, de marketing, que corre haciendo resonar sus tacones por la pasarela metálica sobre mi cabeza, mientras dispara con una escopeta a alguien que está a su misma altura.
Con esos dos ocupados, aprovecho para salir por pies, cruzando media sala hasta entrar por la puerta que lleva a los vestuarios.
Me quedo helado al oír la explosión. A través de la puerta abierta, veo el cuerpo de Eva caer desde la pasarela.
Se me han quitado las ganas de asomarme: ¡También tiene granadas!
No hay que ser matemático para contar los cadáveres; sólo queda una persona a parte de mí: el “Boss”, el hijo de la grandísima que nos está matando a todos.
Y yo con mi triste martillito y una pistola con poca munición. ¡Joder!
Mejor no me muevo de donde estoy; aquí tengo una buena visión del laberinto de pilas de cajas. Que venga a por mí, si tiene cojones.
Me aguanto las ganas de salir corriendo y pronto soy recompensado: cuando oigo sus pasos, le veo cruzar por delante de la puerta a tan poca distancia que podría haberle tocado.
No me ha visto ¡No me ha visto!
¡Esta es la mía! Me da la espalda, mientras corre hacia la escalera de reja metálica que sube hasta las oficinas. Por una vez sé lo que quiere hacer: desde allí arriba dominará todo el almacén.
¡Ya eres mío, cabronazo!
Le sigo despacio, mientras llega a la escalera; cuando la sube, yo estoy a unos pocos metros de él, quieto, al lado de una columna. En cuanto entra en la oficina, subo los peldaños tras él, procurando no hacer el más mínimo sonido. Mientras lo hago, veo como se asoma el cañón de su rifle por la ventana, pero yo ya no estoy a la vista, estoy aquí, justo debajo de su arma. Nunca pensará que en el tiempo que ha tardado en subir la escalera yo me he podido acercar tanto.
Entro a saco.
Afortunadamente, no me espera: está de espaldas, apuntando a la pila de cajas donde me encontraba hace unos minutos.
No abro la boca y empiezo a disparar, apuntando a su cabeza.
Le acierto en el hombro, pero el muy mamón lleva algún tipo de armadura y es resbaladizo como una anguila: rueda por el suelo y el resto de mis disparos salen por la ventana.
Cuando me quedo sin munición, mi triunfo se va al traste: sólo me queda bajar corriendo por la escalera.
Por un instante, miró hacia atrás y le descubro apuntándome con una enorme escopeta.
Oigo el disparo a la vez que mi cuerpo sale despedido por encima de la barandilla de la escalera.
Quedo paralizado en el aire. Su expresión de loco peligroso también se congela.

En la pantalla aparece el resultado:

¡”Boss” gana el torneo!
“Boss” 3 muertes.
“Jodido novato” 1 muerte.
“Culito prieto” 0 muertes.
“Gordo cabrón” 0 muertes.
“Rata” 0 muertes.

Aparto el teclado y el ratón. ¡Mierda de escenario!
La cara del muy cabrón del jefe se asoma por detrás de mi monitor, sonriendo tanto que luce todas sus encías.
—¿Otra partidita?

Joan Villora Jofré
Relato de aventuras primera persona en tiempo presente

viernes, 12 de junio de 2009

Imperfectos

Aunque la gente se reía de él por sus peculiares costumbres, el viejo de pequeña estatura que, envuelto en una capa raída, subía descalzo por el camino empedrado y rodeado de olivos que cruzaba la acrópolis, es conocido hoy en día en todo el mundo. Su nombre: Sócrates.
Le acompañaba Aristocles, que apenas excedía de los veinte años y al que su rica túnica de lino delataba como miembro de la aristocracia ateniense.
El joven caminaba sin prisa, escuchando con atención las apreciaciones del que, según el oráculo de Delfos, era el hombre más sabio del mundo. Entonces observó la cara enrojecida y sudorosa del anciano.

—¡Que calor! Estoy agotado —dijo Aristocles, pasándose el reverso de la mano sobre la frente en un gesto teatral para, acto seguido, ir a sentarse sobre una ancha piedra a la sombra de un viejo muro que flanqueaba el camino.
Sócrates no dijo nada; el sudor que le resbalaba por su nariz respingona sólo se detenía al llegar a sus largas y blancas barbas. Suspiró y, sonriente, se sentó junto a su compañero.
El joven discípulo le dio la espalda para mirar hacia la cima de la colina, donde se erguía el Partenón.
—Aún nos queda un poco de subida.
—¡Vaya! esto… —comenzó a decir el anciano.
El joven se volvió hacia Sócrates, que permanecía callado, con el dedo índice extendido hacia el muro.
—¿Maestro? ¿Qué me quieres enseñar? Sólo son piedras, resquebrajadas por el tiempo —dije, extrañado.
Pero no me contestó; siguió señalando aquella pared.
¡Que capacidad de concentración tenía! Yo miraba sin ver nada extraordinario, pero, para él, aquellas peñas mal unidas y desechas encerraban una lección importante. Como siempre se negaba a escribir sus pensamientos, intenté averiguar cual.
—Si, ya veo la planta que se abre paso entre las grietas de esa piedra. El débil, con voluntad, es capaz de vencer al fuerte ¿No?
Pero el maestro permanecía impasible, señalando el muro.
—¿La tela de araña sucia? Si, un gobierno corrupto al final termina por caer y olvidarse.
Más Silencio.
—¡Ah! ¡Estúpido, estúpido de mí! Si casi lo digo antes. ¿El tiempo? ¿Nada está a salvo del paso del tiempo?
Ni pestañeó. ¿Por qué simplemente no me lo decía? Pensé, rascándome mi escasa barba.
—Pero… ¿Qué es? ¡Por todos los dioses! —dije, mirándole a los ojos, mientras acercaba mi cara a la suya.
Entonces, el maestro se introdujo en la boca el dedo con el que señalaba y lo chupó sonoramente.

—¡Como escuece! ¡Ya he tenido que rozar alguna ortiga! —exclamé, mientras a duras penas contenía la risa al ver la cara de mi desconcertado discípulo.
—Pero maestro… ¡estaba convencido de que me indicabas algo en esa pared!
—¿De verdad viste como señalaba la pared, joven Aristocles? —le pregunté, dándole tiempo para percibir su error.
—¿Es que ni siquiera podemos fiarnos de nuestro juicio o sentidos? ¿Acaso percibimos el mundo de forma imperfecta? —dijo, mirándome entristecido.
Le cogí del hombro, entendiendo por qué mis otros discípulos le denominaban Platón “el de espalda ancha”.
—Ánimo, Aristocles. Yo solo sé que no sé nada.

Ejercicio sobre cambio de Narradores (Omnisciente, Cámara, Testigo y Protagonista)

Joan Villora Jofré


sábado, 6 de junio de 2009

Sube, Quique

“Sube, Quique” decía la suave voz de mi madre a través del portero electrónico, cuando cada tarde volvía del colegio y mis pasos terminaban por dejarme, muerto de miedo, ante el gran portal de hierro de mi edificio.

Por aquel entonces era un chaval de ocho años, que acababa de quedarse sin padre.

Cuando la puerta se abría y el frío del amplio rellano empezaba a filtrarse bajo mis pantalones cortos, yo la empujaba hasta que no podía forzar más el muelle que la cerraba. Para entonces, ya notaba su presencia invisible, justo detrás de mí.

Sin atreverme a perder la calma, con mi mano derecha aferraba el asa de la cartera del colegio y, soltando la puerta, echaba a correr como un loco hacia los escalones: no sé como se me había metido en la cabeza que debía sobrepasar el tercero antes de oír como la puerta se cerraba, o él se vería libre para atraparme.

Primer escalón… segundo… ¡Tercero! Pensaba y, entonces, el estrépito de la puerta al cerrarse me sobresaltaba y yo continuaba subiendo, sin mirar atrás, forzándome a ir cada vez más deprisa, alejándome de la figura invisible que imaginaba rabiosa y frustrada; llegaba asfixiado al primero primera, clavando mi dedo índice en el timbre de casa.

Sólo me sentía a salvo cuando hundía la cabeza en el delantal de mamá y ella me abrazaba.

Mi madre, “la señora Paquita”, era regordeta como una muñeca de trapo, pero nada blanda: el día que mi padre llegó a casa borracho y le dio por golpearme con más saña que nunca, aquella mujer bajita y dulce corrió a la cocina y, tomando el cuchillo más grande que pudo encontrar, atacó decidida a un hombre furioso que la doblaba en tamaño. Recuerdo a mi padre huyendo de casa, gritando con el cuchillo clavado entre las tripas. Oí como tropezaba y rodaba por las escaleras hasta caer en el rellano como un saco de patatas.

 

Veinte años después, aún me daba prisa al subir aquellas escaleras; el último día que visité a mi madre también suspiré de alivio al sobrepasar el tercer escalón.

Cuando me abrió la puerta, forcé una sonrisa a sabiendas del mal estado de mis dientes. Estaba pálida, aún más débil y vieja.

—Hola, mamá.

 Su mirada triste me hirió más que nunca.

—Hola Enrique —me dijo, mientras le plantaba un par de besos.

—¿Ya has encontrado trabajo? —me preguntó, bajando la mirada al dejarme pasar.

—Ayer tuve una entrevista. Supongo que me llamarán —mentí, esperando que mi ropa no oliera demasiado.

Sobre el pequeño mueble del recibidor, descansaba un busto de la virgen y una vieja foto mía dónde mis ojos castaños aún parecían vivos y mi melena oscura no era tan rala y estaba libre de canas; aparté la vista y terminé por seguir a mi madre por el pasillo. La artrosis apenas la dejaba andar arrastrando las zapatillas. Pero el piso era pequeño y ella apenas tenía que caminar; aún así, era mucho mejor que la chabola donde yo malvivía.

Llegamos al comedor. Salvo por un pequeño televisor, todo era viejo, aunque limpio y bien cuidado. Me senté en el sillón que solía usar mi padre.

¡Que recuerdos! Mi madre solía ayudarme a hacer los deberes en aquella mesa cuadrada, aunque estuviera cansada de fregar suelos.

—Espérame aquí, que cenarás algo. ¿Quieres una tortilla, hijo?

—¡Si! —dije, quizás algo impaciente.

En cuanto me dio la espalda, me lancé a por el bolso que había visto sobre una de las sillas. No era la primera vez que abría su cremallera y “limpiaba” el monedero.

Ni me di cuenta de que mi madre me espiaba desde el pasillo. Se acercó y, sin decir nada, me arremangó la manga izquierda de la camisa.

Al ver la gran cantidad de pinchazos se apartó de mí, negando con la cabeza.

—¡No pasaré por esto otra vez! ¡Vete! ¡Vete y no vuelvas! Vete…—me repetía.

Algo pasó: se encogió y, emitiendo un quejido, se llevó una mano al pecho, mirándome fijamente a los ojos.

—¿Mamá? —acerté a decir, mientras ella caía de rodillas. Me miró y, sin decir nada, me señaló el teléfono que reposaba en una repisa del armario junto al televisor.

Di un paso hacia él… y me detuve.

La miré. Siguió señalándome el teléfono, hasta que leyó en mi mirada que la heroína ya me había helado el corazón. Murió maldiciéndome con un hilo de voz.

 

Me mudé a nuestro viejo piso la primera noche tras el entierro. Desde el sillón de mi padre, observé mi reflejo oscuro en el televisor apagado.

A veces, mi madre también se me había quedado mirando; “Como te pareces a él” decía.

Nunca quise creerla, pero ahora yo era la viva imagen de mi padre: ojos saltones, demacrado, incluso los dientes podridos. Mi peor pesadilla.

—¡Mamá! —exclamé, sollozando desesperadamente.

Entonces oí los roces: unas zapatillas tras la puerta del comedor. Me levanté en silencio y escuché; se fueron alejando hasta que ya no pude oírlas. Despacio, abrí la puerta y me asomé al pasillo. Era casi tan largo como recordaba de pequeño. Cuando ya casi me había convencido de que debían ser ruidos de los vecinos de arriba, vi que la puerta del dormitorio estaba abierta. Recordaba haberla cerrado al volver del lavabo.

Oí con claridad el chirrido de los muelles de la cama, sólo un poco más allá de aquel umbral oscuro. Corrí hasta la puerta de la escalera, la abrí, y abandoné el piso sin molestarme en cerrarla, bajando los escalones a toda prisa.

Estaba a punto de llegar al rellano, cuando me percaté de la sombra borrosa que oscurecía parte de la puerta de la calle. Tuve la certeza de que avanzaba lentamente hacia mí.

Me volví sobre mis pasos, sintiendo una terrible punzada en el pecho. Estaba en el primer escalón, sólo debía subir dos más. Ya levantaba un pie con dificultad, cuando escuché el chirriar de unos goznes y levanté la vista. Con la boca abierta, observé como la puerta de mi casa se cerraba a toda velocidad, terminando por dar un gran portazo.

Joan Villora Jofré

Ejercicio de cuento de terror con dos fantasmas diferentes

sábado, 2 de mayo de 2009

Recuerdos

Bajo el soleado ventanal de la residencia de ancianos, Antonia, a sus noventa años, observa el paisaje boscoso desde su silla de ruedas, con la mirada perdida, mientras su hija Celia le cepilla el pelo sentada a su lado.

Las dos guardan silencio, observando los árboles y escuchando los trinos de las golondrinas, como cuando pasaban los veranos en el chalet de la sierra.

Por primera vez en varios días, Celia sonríe.

Su madre se da cuenta y la mira.

—Hija mía —dice, mientras una lágrima le recorre la mejilla—  ¿Por qué Dios me ha permitido vivir para verte con Alzheimer?

Joan Villora Jofré

Curso de Narrativa. Ejercicio de microrelato (ventana-compartir)

jueves, 9 de abril de 2009

Mi impactante suerte

Mi padre solía decir que estábamos a merced de la suerte; yo le respondía que forjaría la mía. Aprendí esgrima con grandes maestros, monta con los más diestros jinetes. Cuando conseguí destacar entre las filas de nuestro ejército, y la propia reina me reclamó ante su presencia, elegí con el máximo cuidado traje, peluca y sable. Ya ante ella, le dediqué la más profunda de las reverencias, de tal guisa, que el extremo de la vaina de mi sable tuvo a bien ascender trazando un arco, deteniéndose abruptamente en las más nobles partes de mi dolorido rey.


Micro-relato para una cena

(Dedicado a Irène, Judi, Sonia, Juanmi, Mariano e Ignasi)

Joan Villora Jofré


sábado, 28 de marzo de 2009

El azul de mis venas

La llama azulada del fogón es de un fuego tan frío como mi sangre. Hoy se cumple una semana desde que enterré a mi hijo; pero él no lo ha mencionado ni una sola vez.

—¡Paloma! ¿Dónde está mi café? —grita mi marido, Fermín, levantando la voz entre los últimos compases del “Cara al Sol” de la radio. Hoy es el vigésimo aniversario del alzamiento nacional.

Saco la cafetera del fuego y lleno una taza; la pongo en una bandeja, “como tiene que ser”, y salgo de la cocina, no sin antes verme reflejada en las ollas. ¿Desde cuando soy esa vieja gruesa y ojerosa?

—¡Paloma! —vuelve a gritar Fermín, fustigándome con su voz.

Lo único que recibí de él fue mi hijo, Pablo. Y me lo ha quitado.

Cuando llego a la terraza, sólo me saludan los trinos de las golondrinas. El viejo esta sentado junto a la mesa redonda de mimbre: encorvado, ceñudo y con la mirada clavada en el periódico.

Se ha puesto su odioso uniforme de la falange.

—Ya era hora. ¡Siempre tan lenta para todo! —dice, chasqueando la lengua en señal de disgusto.

—¿Porqué te has puesto el uniforme?

—¡Por que el azul de esta camisa corre por mis venas! Ya lo sabes.

Ese azul, ese veneno, no es el único que corre por sus venas; el mío está en el aire que le envuelve, en el mismo cielo, en el mar que se ve y oye desde la terraza.

Mirando las arrugas que se le marcan en las mejillas de su rostro enjuto, me pregunto que vi en aquel hombre bajo y de bigotito ridículo. Como cada tarde, toma la bandeja y ni me mira.

Pero hoy el timbre de la puerta me deja helada.

—Buenas tardes, señora Pardo. ¿Como se encuentra?

El fornido joven de elegante traje a rayas que me sonríe en el umbral es Alberto, el niñito rubio de grandes ojos claros que me pedía caramelos cuando yo aún trabajaba en la farmacia de su familia. Apenas un año antes, había regresado de la ciudad con la carrera de medicina terminada y el deseo de conservar el negocio familiar a la muerte de su padre. Mi marido le admiraba por ello: incluso le sugirió que tomara a Pablo como dependiente “para hacer de él un hombre de provecho”. Fue el fuerte brazo del joven el que me sostuvo en el entierro; sus ojos los que lloraron a mi hijo, mientras Fermín evitaba asistir fingiendo estar enfermo.

¿Cómo cerrarle la puerta, a pesar de todo?

—Ya lo ve. Vamos tirando ¿Qué otra cosa podemos hacer? pase, no se quede en la puerta —digo, mientras me muerdo los labios, le cojo del brazo y le guío por el estrecho pasillo hasta la terraza.

Mi marido nunca ha sido amante de las visitas; pero un cierto servilismo le obliga a bajar el volumen de la radio y levantarse a recibir al antiguo jefe de su hijo.

—Siento que no pudiera asistir al entierro. Quería darle mi pésame personalmente —le dice el joven, estrechándole la mano.

—Muchas gracias —responde Fermín, en un susurro.

—Fue un buen trabajador. Nunca me dio un motivo de queja. Aunque entiendo que trabajar en una farmacia no podía compararse con su sueño de ser pintor. Tenía una gran sensibilidad.

Ante la sorpresa de Alberto, la cara de mi marido se torna roja en un instante.

—¿Sensible? ¿Qué insinúa con sensible? ¡Un hijo mío… nunca! ¡Antes…!

No puedo contenerme.

—¡Antes muerto! ¿Verdad? —grito fuera de mí— ¡Desde que viste sus dibujos ya no podías seguir engañándote! ¡Esas fuertes manos que parecían salir del papel, esas espaldas de músculos tensos y vivos!

—¡Calla desgraciada!¡No estamos solos!

—Él jamás te hubiera alzado la mano; pero tú casi lo matas de la paliza. Le humillaste, le dijiste que no volviera hasta que te demostrara que tenía sangre en las venas. ¡Le mataste!

Mi marido aún tiene las fuerzas suficientes como para tirarme al suelo de una bofetada.

—¿Fue el día que le encontró muerto en la bañera? ¿Fue ese día?—exclama Alberto, mirándome y agarrando a Fermín por la camisa.

Asentí. Cuando le encontré, el cuerpo desnudo y frío de Pablo se reflejaba en las baldosas, ya por siempre azules: se había cortado las venas con la navaja de afeitar de su padre.

En aquel momento morí y el azul entró en mi carcasa reseca, ya vacía y helada.

—¡Hijo de puta! ¡Desgraciado! Debería…

Alberto calla. Ha visto los dedos de Fermín, cuyas uñas azuladas me delatan ¿Habrá comprendido el propósito real del cianuro que le pedí? Ya todo me da igual, no me importa que se sepa que ahora que mi hijo había perdido su vida gota a gota, Fermín estaba perdiendo la suya taza a taza.

—Incluso quemó todos sus dibujos. No dejó ningún recuerdo que pudiera conservar.

Incrédula, miro la expresión dura con la que el joven mira a mi marido; nunca hubiera pensado que aquellos ojos pudieran ser de un azul tan oscuro e intenso.

—Déjale Alberto. Es mi marido —digo, cogiendo el hombro del joven.

Era yo la que me había dejado engañar por aquel sargento de los nacionales que me hablaba de su soledad y siempre tenía una palabra amable. En cuanto nos casamos, me hizo abandonar mi trabajo en la farmacia: una sirvienta y una puta era lo que buscaba.

Alberto termina por soltarle.

—¡No se atreva a volver a tocarme! ¡Y… si cuenta algo de esto, yo…! —grita el estúpido de mi marido.

—Usted ¿Qué? ¡Como le vea un solo cardenal a su mujer, ese será el menor de sus problemas!

—Se acordará de esta, hijo de rojos. ¡No vuelva a esta casa! ¡Paloma, enséñale dónde está la puerta! ¡Y no te entretengas! tráeme otro café ¡Este está helado!

Mi marido se sienta con dificultad. Yo voy tras Alberto; cuando éste llega a la puerta, la abre y sale sin volverse a mirarme. Pero, tras un instante de vacilación, se detiene en el umbral.

—Cuando él muera, llámeme; recuerde que soy médico… y un amigo.

Asiento con la cabeza, aunque no me mira.

—Ojala supiera expresarle cuánto amé a su hijo.

Paralizada, reconozco aquellas fuertes espaldas, aquellas manos tan bien dibujadas.

“No olvide llevarle el café” le oigo decir antes de que se cierre la puerta.

Ejercicio sobre Binomio Fantástico: Azul y Resquemor

Joan Villora Jofré

martes, 24 de marzo de 2009

El secreto de Howard Carter

La gente quiere creer. ¿Quién prefiere la rutina diaria a una maravillosa y excitante mentira? El asesino de Lord Carnarvon, el filántropo co-descubridor de la tumba del joven faraón Tutankamón, lo sabía bien.
Aquella noche, acurruqué mi cuerpo bajo las sábanas, agradeciendo la frialdad de mi almohada, ya que la cabeza me ardía con los datos sobre la maldición de “la imagen viva de Amón” que había estado recopilado para hacer un relato corto.
Desperté sobre una gruesa alfombra, sabiéndome dormido. Estaba en una tienda de campaña, cuya entrada era ligeramente azotada por el frío viento nocturno del Sahara; a través de ella, vi como una figura se aproximaba desde una negrura abismal. Di un paso atrás, ya que por su avance vacilante bien podría haber sido una pesadilla de putrefacción que reclamara mi carne; pero lo que entró fue un niño aterrido de frío, cojeando con dificultad apoyado en una muleta de madera. Tenía la cabeza gacha, rapada. No tendría ni diez años. Me miró con unos ojos cargados de tristeza, blanquísimos, perfilados de un negro casi igual al de sus pupilas.
—“Ven” —dijo, con una voz poderosa y regia, mientras me ofrecía su mano. Avance hacia él y, al tomarla, me encontré en otro lugar: Putney Vale, en el extrarradio de Londres; un cementerio gótico, digno de la pluma del irlandés Bram Stoker. Estaba al lado de una lápida negra con una inscripción de reminiscencias egipcias: “Pueda tu espíritu vivir, durar millones de años, tú que amas Tebas, sentado con la cara al viento del norte, los ojos llenos de felicidad” era 1939; el final del camino para Howard Carter, el descubridor de la tumba del joven faraón. ¡Que escaso séquito le había acompañado hasta aquí! Entre ellos destacaba una mujer morena vestida de luto, con un elegante abrigo de visón, un gran sombrero y cargada de joyas. Se agachó y depositó una figura en la tumba: un corazón de piedra.
—Nunca me fallaste. —murmuró. Miró por última vez la lápida y se giró para irse, soltando un casi imperceptible suspiro. Sé su nombre. Pero no lo puedo recordar.
La mujer se paró a los pocos metros, dándome la espalda. Había cambiado; se cobijaba bajo un abrigo liso bastante menos ostentoso, casi tubular y poco favorecedor de las curvas femeninas. El enorme sombrero no mejoraba el conjunto. Ni siguiera estábamos en el cementerio: nos rodeaban las cuatro paredes de una habitación de Hotel cargada de papeles y objetos.
Una puerta se abrió a mi espalda; un hombre moreno, con algo de sobrepeso y que rondaba la cincuentena, salió del cuarto de baño en mangas de camisa y tirantes, sobresaltándose al descubrir a la intrusa. Poco tardé en reconocer el espeso bigote y la gran nariz.
—¿Cómo ha entrado aquí? —preguntó Howard Carter, con un ligero temblor en la voz.
Ella se giró, mostrando su joven rostro y su corta melena ondulada y oscura. Su mano enguantada estaba jugueteando con los objetos colocados sobre una mesa: unas figuritas de oro con la cara del niño que no me suelta de su mano.
—El dinero abre muchas puertas. Supongo que no me dirás que estos objetos están registrados y que los estás estudiando ¿verdad? no soy imbécil, Howard.
La cara del hombre enrojeció de la rabia, pero terminó por bajar la cabeza.
La chica recogió los preciados objetos; después se acercó a Carter y se los introdujo en los bolsillos.
—¿No estás harto de que te humillen por tu falta de estudios y dinero? ¿Piensas ser un criado toda tu vida? Yo podría acabar con todo eso… y olvidar estas chucherías.
Carter miró los ojos oscuros e intensos de la joven. Tras un corto silencio, por fin habló.
—¿Qué tengo que hacer?
Noté la presión de los dedos del niño-Dios en mi mano y la habitación desapareció en medio del fogonazo rojo de unos pendientes de diamantes, alcanzados por el sol del atardecer. Carter los estaba dejando caer en la mano de un joven egipcio bien vestido, en un café del Cairo.
—¡Nadie se tragará todo eso! —exclamó el joven, reticente.
—Funcionará. Tú haz tu parte, si sabes lo que te conviene —le respondió Carter.
Un timbre estalló en mis oídos: un teléfono, una conferencia, los pasos de una joven criada antes de que pudiera verla cruzar una habitación forrada de roble y coger el molesto aparato.
—¡Señorita! ¿Quiere hablar con…? ¿Conmigo? —respondió, extrañada— sí, sí. Por supuesto que lo sé. Ya le dije que le debía un favor. Recuerdo donde está la jeringa, sí.
La mujer palideció; creí que iba a decir algo, pero terminó por colgar y alejarse del teléfono, mientras se frotaba las manos en el delantal.
Mi guía me transportó al exterior; estábamos a los pies de los dieciséis escalones que bajan hasta su tumba. Carter apareció caminando entre los trabajadores, precediendo a un hombre bastante mayor, delgado y bien vestido, que caminaba ayudado por un bastón. Sin previo aviso, Carter golpeó con la mano abierta la mejilla izquierda de su mecenas.
—¡Ah! Demasiado lento, amigo mío: me ha picado —dijo Lord Carnarvon.
—Debería ponerse Yodo: este lugar es muy insalubre.
—Ya sé que no cree en estas cosas, pero… ¿Se ha fijado que el faraón también parece tener una picadura de mosquito en la mejilla? ¡Y justo en el mismo sitio!
Carter rió la ocurrencia, mientras escondía entre sus dedos una fina aguja metálica, impregnada de un líquido pestilente. Lo siguiente que vi fue a Lord Carnarvon delirando de fiebre en el que sería su lecho de muerte. A su lado estaba la joven, sentada junto a la cama, a la luz de la luna.
—¡Tanto dinero despilfarrado! ¡Estúpido, estúpido viejo! —espetó.
En la habitación contigua, un reloj daba dos campanadas.
“Es la hora”, susurró la voz de Howard Carter. Observé como el elegante joven egipcio colgaba el teléfono y, tras levantarse con disimulo de su puesto en la central eléctrica, se acercó a unos interruptores de control y los cerró. Poco tardó el sistema en sobrecargarse y estallar, creando un efecto dominó de sobretensión que dejó todo el Cairo a oscuras.
“Es la hora”, dijo la voz de la joven, y volví a ver a la criada, alumbrándose con un candelabro mientras entraba en una habitación cuajada de libros. Avanzó hacia el Fox Terrier que dormía plácidamente cerca de los rescoldos aun calientes de la chimenea, empuñando en su mano derecha una primitiva jeringa de cristal llena de un líquido oscuro.
La perrita, que me recordaba mucho al Milú de Tintín, se incorporó extrañada y retrocedió cojeando sobre sus tres patas, mientras la criada depositaba el candelabro en el suelo. Después, con un rápido movimiento, la mujer atrapó el cuello del can, que empezó a ladrar como loco intentando escapar. El candelabro recibió una patada que lo hizo rodar y apagarse, dejándome a oscuras. Solo pude oír un lastimero aullido de dolor.
—Ya está, Susie. Ya está —murmuró la mujer entre sollozos.
Quedé en la oscuridad hasta que una diminuta llama tembló en el aire enrarecido. Fue suficiente para ver ante mí el perfil de madera del dios Anubis. Solo tuve que girarme para ver la caja dorada que servía de capilla a las vísceras del joven rey, protegida por las efigies de Isis y Selkis: estaba en la antecámara de la tumba. El niño se soltó mi mano, dirigiéndose al otro cuarto, hacia su sarcófago.
—¿Puede usted ver algo? —escuché.
—Si ¡Cosas maravillosas!
Me encaminé hacia el orificio del que provenían la luz y las voces y atravesé la pared.
Por primera vez vi a Callender, el egiptólogo que hacia sus propias investigaciones a algunos kilómetros de la tumba. A los demás ya los conocía: Lord Carnarvon, Carter y… la joven, que me miraba a los ojos, con cara de espanto; escapó de ella un grito agudo, que parecía no tener fin.
Desperté y de un golpe acallé al despertador. Eran las siete menos cuarto. Sobre la mesita de noche estaban las notas de mi relato, con las fotos. Tomé la superior. En ella, una chica morena me miraba descarada con sus ojos fríos. Parecía reírse de mí, sabiendo que jamás podría demostrar nada.
La gente quiere creer. Creerán la maldición que había arrebatado la vida al patrocinador de la profanación de la tumba de Tutankamón; se asombrarán al saber que al morir Lord Carnarvon toda la ciudad del Cairo quedó a oscuras, mientras su perrita moría tras emitir un quejumbroso aullido, allá en la lejana Inglaterra: con la mayor cortina de humo de la historia, Evelyn Carnarvon, la hija del Lord, había logrado el crimen perfecto.

FIN

Ejercicio sobre novela histórica de capa y espada y crimen perfecto.

Joan Villora Jofré


miércoles, 4 de marzo de 2009

Cuatro Descripciones

1 - Descripción de Objeto

Aquí, en mi mano, este objeto pequeño y alargado parece de lo más inocente; incluso han llegado a añadirle una pinza para que se pueda llevar cómodamente en el bolsillo de la camisa; pero no pocas veces este delgado cilindro de metal, vidrio o plástico se ha esgrimido con furia y son incontables las personas que han resultado heridas por su punta metálica; allá donde se posa esta, brota su sangre azul, que guarda en un cartucho de plástico en su interior. Ha dicho mentiras indelebles e incluso ha sentenciado a muerte. Pero tiene dos filos: también ha servido para crear grandes historias o diseñar maravillas de la técnica y la ingeniería. De su sangre azul emergerán, sin duda, la cura del cáncer, el remedio para el cambio climático y maravillas que aún ni alcanzamos a imaginar. El bien o el mal está en la mano que lo usa.

2 - Descripción de Interior

Cuando llego a mi casa me recibe mi propio reflejo que, al igual que yo, deposita llavero, cartera y monedero sobre la orla de encaje que recubre el pesado mueble de mármol rosado parecido a un altar. A veces, dejo sobres con facturas al lado de los muslos de una impúdica joven de cerámica, de pechos pequeños y duros, que disimula su turbación mirando una flor con la mirada gacha. El móvil suele terminar tras la puerta de cristal a mi izquierda, que me lleva al comedor y a la mesa redonda de madera; ahí le dejo reposar, mientras, con su pajita negra, se alimenta de la pared. Pequeñas estatuillas de lladrò, recuerdos de mi madre, me observan mientras me dirijo al gastado sofá sobre el que esta el mando del televisor. Conecto la tele, sobre la que descansa el aparato de Ono que me permite ver el canal Discovery: el mejor que hay. Lástima que sólo pueda permitirme mirarlo unos pocos minutos, porque ya me levanto para ir al lavabo, con sus viejos grifos para agua caliente y fría, su triple armarito de espejos (donde mi reflejo se afeita cada mañana) y el váter que me alivia. Después del placer, la obligación: tomo la tabla de planchar y la traslado al comedor, donde plancho y veo la tele. Después me dedicaré a prepararme la cena y la comida de mañana y, ya a las tantas, tal vez escriba en el pequeño netbook que me compré hace unas semanas; algo para escritura creativa o narrativa. Yo que sé, lo que más rabia me dé.

3 - Descripción de Exterior

Cuando trabajaba en Diputación, solía bajar por las Ramblas todo lo lejos que me permitiera el escaso tiempo de que disponía, aunque hay que tener huevos para cruzarla por el centro los días que esta llena hasta la bandera; por unos minutos eres un delantero centro esquivando defensas mulatos de metro noventa de envergadura de hombros, para ir a parar contra una hipopótama alemana de piel magenta y sombrerito adornado con una franja de tela con dibujos de margaritas. Evitando por los pelos hundir la cabeza entre sus tetazas, saltas de lado a través de una rendija entre la gente, para casi dejarte los piños contra el asiento de porcelana de un tío de blanco, cagando bajo su bombín. Eso es bueno: quiere decir que te has alejado de los dos locos en bicicleta que te hubieras encontrado algo más arriba.

Aquí la densidad en carne es mayor. No hay más remedio que bajar en procesión aprovechando el efecto arado del culo de una ecuatoriana, siendo contemplado por decenas de loros, conejos, cobayas, jerbos y tarántulas sumergidas en policarbonato, de tal forma, que estás más tentado de huir hacia los melones del mercado de la boquería que a los de alguna guapa vikinga en shorts. Pasando de estatuas de cera, y de que te hagan cien retratos en los que no te reconocerás, tendrás tu premio: una corta visita al Mediterráneo.

4 - Autorretrato

Soy Acuario en el zodiaco, Serpiente en el zodiaco maya y Mono en el chino. No creo en ningún más allá, pero he de reconocer que comparto las características atribuidas a los tres signos. Curiosamente, también soy un Fauno; lo verás si miras mis ojos inquisitivos, juguetones y lascivos, adoradores de la belleza de las ninfas y recubiertos de un barniz castaño. Uso estos ojos para verlo todo, y cuando digo todo, es todo: nada se me escapa, aunque lo parezca. Ellos me dan mi tremenda capacidad de empatía, que me permite adivinar lo que va a decir alguien y cuando lo dirá. Acierto edades, descubro engaños y capto el más sutil movimiento que hagas o dejes de hacer. No me mires mal, lo hago sin poder evitarlo y me gustaría. Mi cara refleja que he tenido bastantes más malos encuentros en la vida de los que suelen tocar de media; pero mi humor es invencible, por mucho que se ennegrezca. Mi mente vive en las nubes, atrapada entre mi imaginación psicópata y mis locos sueños, atada a este mundo por un cuerpo abotargado y peludo que revela mi naturaleza bestial. Como defectos, te diré que puedo ser iracundo y rencoroso, pero la belleza o la amabilidad amansan al demonio que me domina; otra manera de contentarle es mediante sacrificios regulares de historias e ideas nuevas que alimenten su imaginación, por lo que sigo los blogs de alta tecnología y leo fantasía en general y ciencia-ficción (más bien futurista) en particular.

¿Qué me molesta? Las cucarachas y las explosiones de “globitos” de chicle; no necesariamente en ese orden.

Joan Villora Jofré

 

sábado, 14 de febrero de 2009

Una partícula de luz (Microrelato)

Una partícula de luz nace de una pequeña estrella, zambulléndose llena de energía entre los océanos vacíos que separan los cuerpos celestes. Esquiva millones de restos de polvo, mil asteroides, se retuerce al bordear la enorme boca de un hambriento agujero, más que oscuro, negro; ignora los tenues y coloridos velos de diez nebulosas, adelanta a un cometa, esquiva el faro de un púlsar, no se deja deslumbrar por una supernova, evita el abrazo de algún planeta gigantesco, pero árido; por fin cruza un último mar de negrura y tiempo para, ya cansada, deslizarse sobre el hielo de los anillos de Saturno y, de la mano de la luz de la luna, alcanzar la Tierra, abandonando el cielo para caer en el paraíso y morir feliz, fundida un instante con el reflejo de la mirada de la pequeña Ana.


por Joan Villora Jofré

Ejercicio con Subestructura del taller de Escritura Creativa

648 caracteres sin espacios; 786 caracteres con espacios