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martes, 24 de marzo de 2009

El secreto de Howard Carter

La gente quiere creer. ¿Quién prefiere la rutina diaria a una maravillosa y excitante mentira? El asesino de Lord Carnarvon, el filántropo co-descubridor de la tumba del joven faraón Tutankamón, lo sabía bien.
Aquella noche, acurruqué mi cuerpo bajo las sábanas, agradeciendo la frialdad de mi almohada, ya que la cabeza me ardía con los datos sobre la maldición de “la imagen viva de Amón” que había estado recopilado para hacer un relato corto.
Desperté sobre una gruesa alfombra, sabiéndome dormido. Estaba en una tienda de campaña, cuya entrada era ligeramente azotada por el frío viento nocturno del Sahara; a través de ella, vi como una figura se aproximaba desde una negrura abismal. Di un paso atrás, ya que por su avance vacilante bien podría haber sido una pesadilla de putrefacción que reclamara mi carne; pero lo que entró fue un niño aterrido de frío, cojeando con dificultad apoyado en una muleta de madera. Tenía la cabeza gacha, rapada. No tendría ni diez años. Me miró con unos ojos cargados de tristeza, blanquísimos, perfilados de un negro casi igual al de sus pupilas.
—“Ven” —dijo, con una voz poderosa y regia, mientras me ofrecía su mano. Avance hacia él y, al tomarla, me encontré en otro lugar: Putney Vale, en el extrarradio de Londres; un cementerio gótico, digno de la pluma del irlandés Bram Stoker. Estaba al lado de una lápida negra con una inscripción de reminiscencias egipcias: “Pueda tu espíritu vivir, durar millones de años, tú que amas Tebas, sentado con la cara al viento del norte, los ojos llenos de felicidad” era 1939; el final del camino para Howard Carter, el descubridor de la tumba del joven faraón. ¡Que escaso séquito le había acompañado hasta aquí! Entre ellos destacaba una mujer morena vestida de luto, con un elegante abrigo de visón, un gran sombrero y cargada de joyas. Se agachó y depositó una figura en la tumba: un corazón de piedra.
—Nunca me fallaste. —murmuró. Miró por última vez la lápida y se giró para irse, soltando un casi imperceptible suspiro. Sé su nombre. Pero no lo puedo recordar.
La mujer se paró a los pocos metros, dándome la espalda. Había cambiado; se cobijaba bajo un abrigo liso bastante menos ostentoso, casi tubular y poco favorecedor de las curvas femeninas. El enorme sombrero no mejoraba el conjunto. Ni siguiera estábamos en el cementerio: nos rodeaban las cuatro paredes de una habitación de Hotel cargada de papeles y objetos.
Una puerta se abrió a mi espalda; un hombre moreno, con algo de sobrepeso y que rondaba la cincuentena, salió del cuarto de baño en mangas de camisa y tirantes, sobresaltándose al descubrir a la intrusa. Poco tardé en reconocer el espeso bigote y la gran nariz.
—¿Cómo ha entrado aquí? —preguntó Howard Carter, con un ligero temblor en la voz.
Ella se giró, mostrando su joven rostro y su corta melena ondulada y oscura. Su mano enguantada estaba jugueteando con los objetos colocados sobre una mesa: unas figuritas de oro con la cara del niño que no me suelta de su mano.
—El dinero abre muchas puertas. Supongo que no me dirás que estos objetos están registrados y que los estás estudiando ¿verdad? no soy imbécil, Howard.
La cara del hombre enrojeció de la rabia, pero terminó por bajar la cabeza.
La chica recogió los preciados objetos; después se acercó a Carter y se los introdujo en los bolsillos.
—¿No estás harto de que te humillen por tu falta de estudios y dinero? ¿Piensas ser un criado toda tu vida? Yo podría acabar con todo eso… y olvidar estas chucherías.
Carter miró los ojos oscuros e intensos de la joven. Tras un corto silencio, por fin habló.
—¿Qué tengo que hacer?
Noté la presión de los dedos del niño-Dios en mi mano y la habitación desapareció en medio del fogonazo rojo de unos pendientes de diamantes, alcanzados por el sol del atardecer. Carter los estaba dejando caer en la mano de un joven egipcio bien vestido, en un café del Cairo.
—¡Nadie se tragará todo eso! —exclamó el joven, reticente.
—Funcionará. Tú haz tu parte, si sabes lo que te conviene —le respondió Carter.
Un timbre estalló en mis oídos: un teléfono, una conferencia, los pasos de una joven criada antes de que pudiera verla cruzar una habitación forrada de roble y coger el molesto aparato.
—¡Señorita! ¿Quiere hablar con…? ¿Conmigo? —respondió, extrañada— sí, sí. Por supuesto que lo sé. Ya le dije que le debía un favor. Recuerdo donde está la jeringa, sí.
La mujer palideció; creí que iba a decir algo, pero terminó por colgar y alejarse del teléfono, mientras se frotaba las manos en el delantal.
Mi guía me transportó al exterior; estábamos a los pies de los dieciséis escalones que bajan hasta su tumba. Carter apareció caminando entre los trabajadores, precediendo a un hombre bastante mayor, delgado y bien vestido, que caminaba ayudado por un bastón. Sin previo aviso, Carter golpeó con la mano abierta la mejilla izquierda de su mecenas.
—¡Ah! Demasiado lento, amigo mío: me ha picado —dijo Lord Carnarvon.
—Debería ponerse Yodo: este lugar es muy insalubre.
—Ya sé que no cree en estas cosas, pero… ¿Se ha fijado que el faraón también parece tener una picadura de mosquito en la mejilla? ¡Y justo en el mismo sitio!
Carter rió la ocurrencia, mientras escondía entre sus dedos una fina aguja metálica, impregnada de un líquido pestilente. Lo siguiente que vi fue a Lord Carnarvon delirando de fiebre en el que sería su lecho de muerte. A su lado estaba la joven, sentada junto a la cama, a la luz de la luna.
—¡Tanto dinero despilfarrado! ¡Estúpido, estúpido viejo! —espetó.
En la habitación contigua, un reloj daba dos campanadas.
“Es la hora”, susurró la voz de Howard Carter. Observé como el elegante joven egipcio colgaba el teléfono y, tras levantarse con disimulo de su puesto en la central eléctrica, se acercó a unos interruptores de control y los cerró. Poco tardó el sistema en sobrecargarse y estallar, creando un efecto dominó de sobretensión que dejó todo el Cairo a oscuras.
“Es la hora”, dijo la voz de la joven, y volví a ver a la criada, alumbrándose con un candelabro mientras entraba en una habitación cuajada de libros. Avanzó hacia el Fox Terrier que dormía plácidamente cerca de los rescoldos aun calientes de la chimenea, empuñando en su mano derecha una primitiva jeringa de cristal llena de un líquido oscuro.
La perrita, que me recordaba mucho al Milú de Tintín, se incorporó extrañada y retrocedió cojeando sobre sus tres patas, mientras la criada depositaba el candelabro en el suelo. Después, con un rápido movimiento, la mujer atrapó el cuello del can, que empezó a ladrar como loco intentando escapar. El candelabro recibió una patada que lo hizo rodar y apagarse, dejándome a oscuras. Solo pude oír un lastimero aullido de dolor.
—Ya está, Susie. Ya está —murmuró la mujer entre sollozos.
Quedé en la oscuridad hasta que una diminuta llama tembló en el aire enrarecido. Fue suficiente para ver ante mí el perfil de madera del dios Anubis. Solo tuve que girarme para ver la caja dorada que servía de capilla a las vísceras del joven rey, protegida por las efigies de Isis y Selkis: estaba en la antecámara de la tumba. El niño se soltó mi mano, dirigiéndose al otro cuarto, hacia su sarcófago.
—¿Puede usted ver algo? —escuché.
—Si ¡Cosas maravillosas!
Me encaminé hacia el orificio del que provenían la luz y las voces y atravesé la pared.
Por primera vez vi a Callender, el egiptólogo que hacia sus propias investigaciones a algunos kilómetros de la tumba. A los demás ya los conocía: Lord Carnarvon, Carter y… la joven, que me miraba a los ojos, con cara de espanto; escapó de ella un grito agudo, que parecía no tener fin.
Desperté y de un golpe acallé al despertador. Eran las siete menos cuarto. Sobre la mesita de noche estaban las notas de mi relato, con las fotos. Tomé la superior. En ella, una chica morena me miraba descarada con sus ojos fríos. Parecía reírse de mí, sabiendo que jamás podría demostrar nada.
La gente quiere creer. Creerán la maldición que había arrebatado la vida al patrocinador de la profanación de la tumba de Tutankamón; se asombrarán al saber que al morir Lord Carnarvon toda la ciudad del Cairo quedó a oscuras, mientras su perrita moría tras emitir un quejumbroso aullido, allá en la lejana Inglaterra: con la mayor cortina de humo de la historia, Evelyn Carnarvon, la hija del Lord, había logrado el crimen perfecto.

FIN

Ejercicio sobre novela histórica de capa y espada y crimen perfecto.

Joan Villora Jofré


domingo, 8 de junio de 2008

20 Reglas para Escribir sobre el Crimen Perfecto

Para todos vosotros, amantes del género policíaco, un listado de sugerencias. No estoy muy de acuerdo con todas estas aseveraciones, pero creo que os serán de utilidad. Divertíos. Atte. Ana

1. El lector y el detective deben tener las mismas oportunidades para solucionar el problema. Todas las pistas deben enunciarse y describirse con todo detalle.
2. El autor no debe emplear frente al lector trucos distintos de los que el propio culpable emplea frente al detective.
3. La verdadera novela policíaca está absenta de cualquier intriga amorosa. El amor sería, en efecto, distraer la atención del lector sobre el mecanismo del problema puramente intelectual.
4. El culpable nunca debe descubrirse bajo la presión del propio detective ni de ningún miembro cualquiera de la policía.
5. Descubrir al culpable debe venir determinado por una consecuencia de deducciones lógicas y no por casualidad, por accidente, o por confesión espontánea.
6. En toda novela policíaca es necesario, por definición, a un policía. Ahora bien, este policía debe hacer su trabajo y debe hacerlo bien. Su tarea consiste en reunir las pistas que le conducirán hasta el culpable. Si el detective no llega a una conclusión satisfactoria por el análisis de las pistas que reunió, no solucionará el problema.
7. Una novela policíaca sin cadáver, no existe. Hacer leer trescientas páginas sin ofrecer un asesinato sería mostrarse demasiado exigente frente a un lector de novela policíaca.
8. El problema policial debe solucionarse con ayuda de medios estrictamente realistas. Descubrir la verdad por el espiritismo, la clarividencia o las bolas de cristal está estrictamente prohibido. Un lector puede competir con un detective que recurre a los métodos racionales. Si debe competir con los espíritus y la metafísica, perdió por adelantado.
9. Debe haber un único detective. Reunir los talentos de tres o cuatro policías para la caza al bandido sería no solamente dispersar el interés y perturbar la claridad del razonamiento, también tomar una ventaja injusta sobre el lector.
10. El culpable debe ser una persona que desempeña un papel más o menos importante en la historia, es decir, algún personaje que el lector conozca y que interese. Acusar del crimen, en el último capítulo, a un personaje que acaba de ser presentado o que desempeñó en la trama un papel poco importante, sería por parte del autor, reconocer su incapacidad de medirse con el lector.
11. El autor nunca debe elegir al criminal entre el personal doméstico, como criados, crupieres, cocineros u otros. Sería una solución demasiado fácil.
12. Debe haber un único culpable, sin tener en cuenta el número de crímenes cometidos.
13. Las sociedades secretas, mafias, sectas… no tienen lugar en la novela policial. Hay que distinguir la novela de aventuras o la novela de espías con la novela policial.
14. El modo en que se comete el crimen y los medios que deben conducir al descubrimiento del culpable deben ser racionales y científicos. El pseudoscience, con sus aparatos puramente imaginarios, no tiene lugar en la novela policial.
15. La solución al enigma debe aparecer de forma clara pero ambigua durante la trama. Quiero decir que, si el lector relee el libro una vez solucionado el enigma, vera que, de algún modo, la solución saltaba a los ojos desde el principio, que todas las pistas permitían desvelar la identidad del culpable.
16. No debe haber largas descripciones, no más que un análisis sutil. Lo contrario no haría más que entorpecer la trama; se trata de exponer claramente un crimen y de buscar el culpable. Tales pasos retrasan la acción y distraen la atención, desviando al lector del objetivo principal que consiste en plantear un problema, en analizarlo y en encontrarle una solución satisfactoria.
17. El escritor debe abstenerse de elegir el culpable entre los profesionales del crimen. Las fechorías de los bandidos están incluidas en el ámbito de la policía y no del de los autores y detectives aficionados.
18. Lo que, en un principio, se presentó como un crimen no puede, al final de la novela, revelarse como un accidente o un suicidio. Plantear, narrar o describir una investigación larga y complicada para terminarla en un simple desengaño sería traicionar al lector.
19. El motivo del crimen debe ser estrictamente personal. La novela policíaca debe reflejar las experiencias y las preocupaciones diarias del lector.
20. Finalmente, querría enumerar algunos trucos a los cuales no recurrirá ningún autor respetable, porque ya han sido demasiado utilizados y, en adelante, familiares a todo aficionado a la literatura policial:
- El descubrimiento de la identidad del culpable comparando los restos de cigarrillo encontrado en el lugar del crimen con los que fuma el sospechoso.
- La sesión espiritista amañada en la cual el criminal, presa del miedo, se denuncia.
- Las falsas huellas dactilares.
- La coartada constituida por medio de un maniquí.
- El hermano gemelo del sospechoso o un padre que se le asemeja culpables
- La jeringuilla hipodérmica y el suero de la verdad.
- El asesinato cometido en presencia de los representantes de la ley.
- El empleo de las asociaciones de palabras para descubrir el culpable.
- El descifrado de un criptograma por el detective o el descubrimiento de un código calculado.