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martes, 9 de junio de 2009

El laboratorio

Me preguntaréis qué estoy haciendo yo solo, aquí en este maldito laboratorio, pasada ya la medianoche, con un bidón de gasolina y un encendedor que de momento utilizo para iluminar mi camino. Os asustaréis si veis mis ojos expectantes, escudriñando la oscuridad. 

¿Qué busco? Mejor preguntad a quién busco. O mejor aún ¿por qué lo busco?

Soy el director de este laboratorio químico y estoy aquí y ahora para acabar con su invisible presencia. Sé que se está vengando por lo que le hicimos. Pero dejadme que os explique que en vida nos atormentó a todos con su forma de ser, un torbellino de despropósitos y desbarajustes. No tuvimos otra opción que despedirlo. Y ahora que está muerto, finiquitado por fin en un desgraciado accidente de tráfico del cual sólo él tuvo la culpa por ir a doscientos kilómetros por hora, ahora cuando creíamos que podríamos seguir nuestro trabajo con tranquilidad, ahora ha vuelto y está acabando con todos nosotros. Yo soy el último superviviente, todos los demás han muerto. Por eso lo busco y por eso llevo este bidón de gasolina. Sólo el fuego y la destrucción pueden poner fin a su asesina venganza.

Sé que ha entrado. Me está advirtiendo de su presencia. He visto cómo las puertas giratorias de la entrada han empezado a girar por sí solas a diabólica velocidad. Esa misma velocidad con que las cruzaba cada mañana. Más que puertas giratorias parecían aspas de una turbina, a su paso. Esas prisas en todo. Esa forma de caminar a zancadas, con su enorme nariz por delante. Esa forma de hablar sin pausas y a toda pastilla, 


– Buenosdíasdirectorcomestáustedyomuybiengracias – me saludaba cada vez que pasaba por mi lado como una exhalación. Así de rápido hablaba el desgraciado en vida. Así he oído su voz de ultratumba esta noche, cuando una probeta de ácido se ha derramado sobre la pobre Mireia y la ha quemado viva:


– Estoporburlartedemimalditazorra – le ha susurrado antes de que el ácido llegase a sus oídos.

Sí, Mireia se había burlado mucho de él. ¿Y quién no? Si es que era patético. ¿Cómo un hombre puede andar con tantas prisas por el mundo? No paraba quieto. A su paso, los papeles volaban, las plantas perdían sus hojas, el pelo de la moqueta se erizaba. Y cuando llegaba al laboratorio, las probetas, los émbolos, los agitadores, los alambiques, las pipetas, todo lo que fuese de cristal o delicado prefería estallar en mil pedazos antes de que él las cogiese.

Prudencio, nuestro jefe de intendencia, el que proveía de material, también se había burlado mucho de él. Y Prudencio ha aparecido desangrado en el almacén, atravesado por infinitas astillas de cristal. Un vendaval inexplicable y de fuerza aterradora las ha arrancado de sus estanterías, las ha triturado y arrojado uno a una contra el desdichado de Prudencio.


– Tomaytomaytomaytomaytomaporchivartealdirectoryponermeesehorriblemote – se ha oído en cuanto el vendaval se ha disuelto dentro de la nariz del cadáver de Prudencio.


Sí, Prudencio tuvo que chivarse, porque no le quedó más remedio cuando me presentó la factura de gastos de material. 


– Deberíamos llamarle el Torpedo, porque además de rápido, es torpe como él sólo – me dijo días antes. Ya no volví a hablar nunca más con él.


No quiero pensar que todo fue culpa mía por haberlo fichado. Pude haber previsto que el tipo no era el más adecuado para ese trabajo, pese a que era licenciado en un curso acelerado de química aplicada. Un tipo que se compró una casa al lado de la autopista porque creía que podía aparcar en el arcén, saltar la valla y llegar a su casa, evitándose dar un rodeo. Un tipo que cada vez que pasaba por el arco de seguridad de un aeropuerto, el escaner no tenía tiempo de detectar si llevaba algo metálico. Un tipo capaz de trucar el motor del ascensor con tal de que subiera más rápido. ¿Cómo se me ocurrió fichar al tal Torpedo? Y que dios perdone al pobre Prudencio por su ocurrencia y a mí por mi candidez. 


Noto que su espíritu invisible me está acechando en la oscuridad. Sólo veo el brillo de la llama del mechero reflejada en las probetas de cristal. Está cerca. Casi puedo sentir su gélido aliento en la nuca. !Ahhggg! La afilada boca de un alambique acaba de pasar volando, muy cerca de mi cuello. La he esquivado de milagro. Porque estoy prevenido. Y sé cómo actúa y cómo detectar su presencia. ¿Es eso el tintineo de una probeta? No, es él que quiere clavármela en el ojo. ¿Es el sillón quién se ha girado? No, es él que ha pasado como una exhalación por su lado. Está detrás de mí. Lo noto, lo siento. Ese termómetro que me apunta, el mercurio que sube y sube. !A cubierto, va a explotar! Lo conozco como si lo hubiese parido. Ahora está aquí, ahora allá, veloz y silencioso como un suspiro. ¿Y estos bultos en el suelo que me hacen tropezar? !Ah, sí! Los cadáveres de Julio, Santiago, Marta y Tomás. Han caído todos. Una muerte rápida, más rápida y fulminante que un disparo o que el corte de una guillotina. Una muerte acelerada, sin escatimar en macabros recursos. Permitidme que evite los detalles. Me sería muy difícil describirlos. Ahora no es el momento de recordar sus muertes. Ahora tengo que salvar mi vida.!Dios, qué eso? ¿Qué tengo en el culo? ¿Dónde está mi bidón de gasolina? !Mi mechero! Dios que rápido es el hijo puta del Torpedo. ¿Y esta mecha? ¿Y ese olor a pólvora?


– Tresdosunoceroigniciónadiosqueridodirectoooooooooor ,




Ignasi Raventós

Curso de narrativa

Ejercicio de fantasmas


miércoles, 13 de mayo de 2009

La nota de don Celestino (2)

“Si viene alguien preguntando por mí”. Nos reímos tanto como pudimos de la frase. Que yo recordase, en todos los años que llevaba de portero de la finca, don Celestino no recibió ninguna visita. Y resultaba ridículo pensar que esa nota fuese tan persuasiva como para que de repente se formase una cola de mujeres pulcras y correctamente vestidas esperando a ser recibidas por don Celestino.
- Habrá que poner una máquina repartidora de turnos - apuntó don Ernesto para gozo de todos los presentes.
Después, en cuanto las risas fueron decayendo y el repertorio de ocurrencias ya no daba más de sí, cada cual se marchó a lo suyo y la portería recobró su habitual tranquilidad de todos los días.
Y lástima que se fueron. Porque la aparición de aquella joven, pocos minutos después, hubiese sido para ellos como el segundo acto de aquel espectacular día. !Vaya personaje!Con sólo ver cómo iba vestida se hubiesen partido de risa. Llevaba una falda hasta los pies, de una tela que parecía recortada de una cortina, de aquellas que combinaban con esos papeles de pared de grandes motivos geométricos y colores anaranjados que se pusieron de moda en las casas de los años 70. Una falda como esa, no se encontraba ni en los mejores puestos del Rastro madrileño. !Y la blusa! Si les hubiese dicho a los vecinos que más que una blusa era un mantelito de punto de cruz, con el dibujo de un osito y dos tirantitos que la mantenían a duras penas sobre sus hombros, no se lo hubiesen creído. Pero así era.
- Buenos días. ¿Celis Mor, vive aquí? - me preguntó con voz aguda. Pronunció las palabras tan de prisa, como de corrido, que no pude entender ni una. Parecía nerviosa.
- ¿Perdón señorita, cómo dice?
- Celis Mor, el famoso cantante de boleros. Me han dicho que vive aquí - me dijo, esta vez más despacio, mientras se apartaba un mechón de su negro cabello que se balanceaba indómito por su frente.
¿Celis Mor? Si me hubiese preguntado por ese nombre antes de la sorprendente aparición de Don Celestino, la hubiese enviado a tomar viento fresco. Pero el nombre de Celis, todavía resonaba en mis oídos. Y eso me hizo suponer que la joven estaba preguntando por Don Celestino. Lo del apellido Mor me resultó del todo inexplicable. Que yo recordase, y su buzón me lo certificaba cada vez que depositaba la correspondencia, Martínez Esponja eran sus apellidos. Y lo de famoso cantante de boleros me intrigó de tal forma que pensé en preguntarle al señor Uriza tan pronto como lo viese. Nuestro presidente sabía más que nadie sobre las actividades pasadas y presentes del vecindario. Algo así, tenía que saberlo. Y si no, no le costaría nada averiguarlo.
- Verá, aquí vive un tal Celestino Martínez, pero no creo que sea quien está buscando - le dije.
- Pues en el teatro me han dicho que es aquí - insistió la joven.
De su bolsito de tela a juego con la falda extrajo un papel y me lo mostró. Era un gastado pasquín en el que con grandes letras modernistas aparecía el nombre de Celis Mor y la fotografía de un Don Celestino de apenas veinticinco años, en una bailarina pose, con el tallo de una rosa entre sus labios y vestido con uno de esos planchados trajes que hasta el día de hoy siempre había llevado. A pie de foto, ponía “Los mas románticos boleros, la voz más aterciopelada”.
No había duda, Celis Mor, el seductor cantante de boleros de la fotografía, era Don Celestino.
- ¿Vive aquí o no vive aquí? - dijo la joven, y repitió la frase dos o tres veces en apenas dos segundos.
No me dio tiempo a responder porque en ese momento, el portal se abrió y apareció él.
- Esta joven pregunta por un tal Celis Mor, ya le he dicho que... - le dije, pero me interrumpió.
- ¿Y qué desea una joven tan guapa y elegante? - dijo don Celestino, para mi sorpresa y estupor. Miró y sonrió amablemente a la joven. Esta se había quedado muda, con la cabeza hacia arriba, mirándolo con ojos tan grandes como los del osito de la blusa. Temí que el mantelito de punto de cruz se cayese de sus hombros, de tan encogida que estaba.
- Pero no nos quedemos aquí. Vamos a sentarnos y me explicas qué te ha traído por aquí - dijo don Celestino, dándole tiempo a la joven para que se sobrepusiese a la impresión. Muy caballerosamente, la cogió de un brazo y la acompañó hasta el sillón de dos plazas que había junto a la escalera. Ahí tomaron asiento.
!Cuánto me hubiese gustado tomar asiento con ellos para poder escuchar lo que ahí se estaba hablando! !Había tantas cosas que descubrir de don Celestino! En una sola mañana, se me habían revelado unos pocos trazos sueltos de una curiosa biografía. !Y quién no quisiera saber más? Indudablemente, por discreción y respeto, me mantuve alejado y me dediqué a mis habituales quehaceres en la portería. Sin embargo, no pude evitar escuchar algunos fragmentos de conversación. La joven habló de cuánto le gustaban sus boleros, que en el teatro en que trabajaba todavía conservaban sus pósters y que para ella era un sueño estar con él. Don Celestino parecía rejuvenecer por momentos, cuando recordó sus glorias pasadas, sus actuaciones en fiestas, güateques y pequeños teatros de Madrid. Y creo que al final la joven le preguntó si podría darle clases de canto, ya que quería convertirse en una gran estrella.
- Tendré que pensarlo. Aquí, en esta portería, no es el lugar más apropiado - dijo don Celestino, paseando su mirada por el espacio de la portería.
- Podría venir yo a su casa - sugirió la joven.
- Eso no es posible - dijo secamente don Celestino poniéndose de pie. De repente, todo su entusiasmo y su jovialidad se trastocaron. En su rostro, ahí arriba, apareció su habitual expresión seria y distante. Se alisó el flequillo, intentó plancharse con las palmas de la mano la americana de alpaca y acompañó a la joven hasta el portal. Esta salió a la calle, como expulsada por una invisible oleada de rabia. “Podría venir usted a mi teatro. Pregunte por mí, me llamo Patricia Ramirez”, fue lo último que alcancé a oír.
Don Celestino despegó de un tirón la nota del cristal del portal y subió silencioso y apesadumbrado las escaleras y se encerró en su piso.




Ignasi Raventos
Curso de Narrativa
Ejercicio de personajes que buscan, espían, ocultan

miércoles, 6 de mayo de 2009

La nota de Don Celestino

“Viudo serio y honesto busca señora de compañía. Se ruega pulcritud y corrección en el vestir.”
La nota apareció enganchada con dos tiras de celo en la cara interior del cristal del portal de la portería, de forma que sólo se podía leer desde la calle.
“Llamar al segundo primera” , concluía.
No sé qué me asombró más, si el anacronismo del mensaje, escrito a mano, con una retorcida caligrafía que en otros tiempos hubiese maravillado por su romántica laboriosidad, o saber que esa nota la había escrito Don Celestino, el vecino del segundo primera.
!Don Celestino! !Qué poco sabíamos de ese hombre! Metro noventa y pico de humanidad que bajaban cada mañana por la escalera y me saludaba con un “Ciaooooooo”, tan largo como él mismo. Ciaoooo por la mañana. Ciaooo por la noche cuando regresaba con una bolsa del supermercado en una mano y los periódicos del día en la otra. Nada más sabíamos.
Esa nota nos revelaba mucho aspectos nuevos de él. Un don Celestino que con delicado y sereno pulso anunciaba al mundo su condición de viudo - nadie en la vecindad lo había visto vestir de negro -, su ejemplar conducta - jamás había dado motivo para pensar lo contrario - y su más imperiosa necesidad: compañía femenina. No había nada en el texto del que extraer sospechosas intenciones que, por otra parte, no cuadrarían en un hombre a punto de entrar en la tercera edad y cuya compostura, pulcritud en el vestir y ademanes no dejaban entrever conductas interesadas o malintencionadas. No, por Dios, no era de esa clase de personas. Aunque era trabajo suyo demostrarlo si se diera el poco probable caso de que alguna pulcra y correctísima señora se interesase por el mensaje.
Todo eso y aún más nos decía en su nota. Esa nota que más pronto de lo que yo hubiese deseado se convirtió en el tema del día entre todos los vecinos de la escalera.
- Anda que no pide nada - dijo con sorna el señor Uriza, el presidente de la comunidad. Y después de unos segundos de dudas, añadió - no es este lugar para guarrerías de este tipo. 
- Ja, con la pinta que tiene, ese no se va a comer una rosca - apuntó con desdén y falta de consideración, don Luis. Aunque hay que reconocer que su observación no iba del todo mal encaminada. Y es que Don Celestino parecía un galán salido de una película de Hollywood de los años cuarenta. Uno podía recorrer con la mirada sus trajes sin tropezar con ninguna arruga. Y cuando llegase a los pantalones, la vista se precipitaría hacia abajo, encarrilada por dos rectísimas rayas en cada pernera, hasta llegar a los dobladillos que montaban sobre unos zapatos acharolados que milagrosamente nunca perdían el brillo. Don Celestino era el hombre mejor planchado que he visto jamás. 
- Hasta el flequillo se plancha, qué hombre más estirado - remató doña Emilia. 
- Alguien debería poner al día a ese hombre - sugirió don Ernesto.
- O buscar en los museos, a ver si encontramos una reliquia para él - se jactó Pablo, el joven del quinto segunda.
- No hay mujer que esté a su altura - apuntó otro.
Se formó ahí mismo, frente a la nota de don Celestino, un corrillo de vecinos que competían por el comentario más ocurrente y disparatado. Debo confesar que alguna risa se me escapó. 
Y en esas estábamos cuando apareció en el portal una señora que parecía salida de una película todavía más antigua. Un “Huuuuyyyy” generalizado salió de boca de todos cuando la señora pulsó el botón del cuarto primera y no el del segundo primera, el de don Celestino. La pobre señora no entendió a qué venían tantas risas. A mí me supo mal, puesto que la señora encajaba muy bien en el perfil que demandaba en la nota.
La señora se marchó correctísima y digna y nos dejó a todos atacados por una hilaridad desenfrenada. Hasta que el sonido de unos pasos, en la escalera, nos hizo enmudecer a todos. Eran los inconfundibles pasos de don Celestino. Nos miramos todos extrañados en cuanto vimos que el don Celestino que esperábamos ver, no era tal. Era un don Celestino puesto al día, elegante, vestido con un traje claro de arrugada alpaca y unas nike de diseño. Lucía rostro bronceado y su largo flequillo canoso volaba de un lado a otro en cuanto giraba la cabeza. 
- !Don Celestino!, parece usted otra persona! - dijo alguien.
- Celis, por favor, llámenme Celis - dijo a la concurrencia y luego se dirigió hacia mí - y si viene alguien preguntando por mí, dígale que vuelvo en media hora. Ciaoooo.



Ignasi Raventos
Curso de Narrativa
Ejercicio de personaje enigmático

miércoles, 29 de abril de 2009

La mesa

Cuando la guerra, mi amiga Fátima y yo, tan pronto oíamos sonar las sirenas, corríamos asustados a mi casa a refugiarnos debajo de la vetusta mesa de roble. Una de esas veces, después de un duro bombardeo que duró horas, me quedé dormido y soñé que generales y mandatarios de ambos bandos firmaban la paz sobre esa misma mesa. Al despertar, Fátima seguía conmigo y el brillo de sus lágrimas en la oscuridad encendieron mi corazón. Nos amamos por primera vez, sin importarnos qué ocurría ahí fuera.




Ignasi Raventos
Curso de Narrativa. Ejercicio de microrelato

jueves, 9 de abril de 2009

Mi impactante suerte

Mi padre solía decir que estábamos a merced de la suerte; yo le respondía que forjaría la mía. Aprendí esgrima con grandes maestros, monta con los más diestros jinetes. Cuando conseguí destacar entre las filas de nuestro ejército, y la propia reina me reclamó ante su presencia, elegí con el máximo cuidado traje, peluca y sable. Ya ante ella, le dediqué la más profunda de las reverencias, de tal guisa, que el extremo de la vaina de mi sable tuvo a bien ascender trazando un arco, deteniéndose abruptamente en las más nobles partes de mi dolorido rey.


Micro-relato para una cena

(Dedicado a Irène, Judi, Sonia, Juanmi, Mariano e Ignasi)

Joan Villora Jofré


domingo, 8 de febrero de 2009

Mala hierba

Dicen que mala hierba nunca muere. Vana esperanza, chico, ya tienes la soga al cuello. No alimentes ilusiones, tus días se han acabado, dicen esas miradas fijas en tu mirada. Por un buen puñado de dólares, te dieron caza cuando bajaste la guardia. No les gusta que cabalgues libre y forjes tu leyenda pueblo tras pueblo. ¿Cuántos días pensabas que te quedaban? ¿Cuántas balas de libertad en tu cargador? ¿Cuántas millas de soledad en tus alforjas? No pierdas el tiempo, chico. Tus amores de noches furtivas no vendrán a salvarte. Han tenido trabajo extra esta noche y ahora ni se atreven a mirarte, ocultas tras las cortinas de sus alcobas. El alcohol barato y mal destilado ha evaporado tu nombre y tu rostro de la memoria de quienes te cobijaron. Olvídate, chico. No hay luz ni taquígrafos que dejen constancia de tu pasado. No jugarán los niños a ser tú, porque otros juegos ocupan ya su imaginación. Tu leyenda se extinguirá tan rápido como lo que se tarda en segar un campo. No sueñes en la gloria, porque esta soga te va a despertar. "Hijo, ¿quieres decir tus últimas palabras?", te ofrecerá un alma caritativa. El verdugo apretará el nudo alrededor de tu cuello. Y tú dirás: "Sí, padre, sólo decir que mala hierba nunca muere. Y que están robando el banco". "Al ladrón, al ladrón", gritará alguien desde la puerta de la sucursal bancaria. Y saldremos todos corriendo tras el ladrón. Te liberarás de la soga, abandonarás el cadalso por tu propio pie y volverás a cabalgar dejando tu semilla de libertad, ahí por donde pases.

Ignasi Raventós