miércoles, 17 de junio de 2009
ASHY Y LA PRINCESA
Ashy había paladeado hacía poco el sabor agridulce del amor. El objeto de sus pasiones había sido una vela esbelta y orgullosa, de intenso color rojo, que sólo se dignó a dirigirle una mirada lagrimosa y blanca cuando se vio desfigurada y consumida por una llama encendida por el señorito Bellman para enamorar a miss Swan. La desaparición de Cenicienta -que era como él llamaba a su amada- le había acercado al cortapuros de plata, Zack, que había aparecido años atrás debajo del árbol de navidad y que, como él, en su tiempo había bebido los vientos por una vitola bellísima de color dorado, a la que sólo había visto una tarde y que tras varias horas de amor tranquilo acabó sus días, arrugada y maltrecha, en la papelera.
Zack acompañaba a menudo al señor Bellman: al club de campo, al teatro, a casa de la señora Potsie, que no era la señora Bellman, pero que era muy cariñosa con el señor Bellman, y al Zoo, un lugar que era motivo de un sinfín de charlas entre Zack y Ashy. Gracias a las expediciones de su amigo, Ashy sabía que los tigres eran feroces y olían mal, que las jirafas tenían un cuello largo como un puro inmenso, imposible de cortar, y que el mundo no sólo estaba habitado por los Bellman, su personal y sus amistades.
Un día Zack volvió muy excitado de la visita al zoológico.
-Ashy, -dijo-. Hoy he visto un elefante. ¡Qué animal tan enorme!
Y Zack empezó a describir a su amigo la forma fantástica del paquidermo que se exhibía desde hacía poco en el zoo, y le habló de su trompa y de la enorme corpulencia del animal. Ashy entornó los ojos y trató de hacerse una idea de cómo podía ser aquella fiera. Le puso unos ojos grandes y tristes, unas orejas dulces y lánguidas, una piel áspera y de un bello color ceniza.
-Cuéntame más cosas, Zack, ¿a qué huele? ¿Y dices que es muy grande? ¿Es como Parker, el mayordomo del señor, o más?
Zack le explicó todo lo que había visto de aquel animal; le contó que le había parecido un animal tímido, pero refinado, que no comía carne y que parecía bastante limpio.
-¿Eso de la trompa es como una nariz, no? ¿Y es verdad que la usa como los humanos utilizan la mano?
Zack el cortapuros suspiró e intentó describir a su amigo la tristeza de la mirada del animal, la cadencia con que agitaba las orejas, que eran muy grandes, y sus barritos, ora guturales ora agudísimos.
Como no podía ser de otro modo, la llegada de la elefanta Wushai al zoológico de la ciudad ocupó durante unos días las noticias de los periódicos y las comidas de los Bellman. Ashy se valió de las conversaciones que oía y de las descripciones de Zack, para convertir en su cabeza al animal en una fiera hermosísima. Al saber que procedía de la India, imaginó que Wushai era una princesa elefante que había sido arrebatada de su familia por unos cazadores desalmados. Decoró la piel cenicienta de la elefanta con telas exóticas y festoneadas. En su imaginación, le alargó las pestañas y le pintó un poco los ojos. Le colgó en las orejas perlas y abalorios que al agitarse producían un bello ruido. Al poco, en la cabeza de Ashy sólo había sitio para la bella e inalcanzable Wushai.
-Ashy, ¿no te habrás enamorado, verdad? -le preguntó con recelo Zack, harto de que las conversaciones con su amigo sólo giraran en torno del paquidermo del zoo.
Pero Ashy —Zack ya lo sabía— estaba resquebrajado de amor, tenía su pequeño corazón gris roto por aquel enorme animal que nunca había visto. El pobre cenicero sabía que estaba condenado a no verla jamás, que nunca aspiraría su olor a almizcle y hierba fresca, que nunca oiría sus barritos tan dulces y penetrantes... Ashy tenía la certeza de que, aunque lograra, de algún modo imposible, conocer a su amada, la corta vida de los elefantes la haría desaparecer en poco tiempo, como a Cenicienta, y que él seguiría ahí, en la repisa de los Bellman, charlando con Zack hasta que el tiempo se encargara también de su amigo o que las manos regordetas de algún niño lo destrozaran sin remedio.
Y ocurrió que un día, de improviso, la edición vespertina de un periódico trajo la fotografía de Wushai en blanco y negro, y Ashy la vio y pudo ver y admirar largamente a su amada grabada en el papel. El esmalte de su porcelana se resquebrajó un poco. Claro que Wushai no era exactamente cómo él la había imaginado, pero Ashy reconoció en ella a su auténtico amor. Nunca hasta ese día había querido tener manos y piernas, como los humanos, para alcanzarla. Se hizo de noche y la luna se coló entre los visillos de la sala y Ashy, con la vista fijada en Wushai, saltó al vacío y estalló en mil pedazos sobre su fotografía.
Por la mañana el servicio recogió el cenicero y lo abrigó con aquella hoja de periódico. Y Zack supo que eso estaba bien. Que así había de ser. Y recordó entonces la vitola dorada y lloró partido de un dolor agudo, que sólo un cortapuros es capaz de sentir. ¡Ah, el amor!
Marta M.
Curso Creatividad, estructura y técnicas narrativas
viernes, 12 de junio de 2009
Imperfectos
sábado, 7 de marzo de 2009
LA DELGADA LÍNEA
Se me heló el aliento. Me faltaba la respiración o probablemente olvidé respirar. Un sudor frío me empapó la nuca. Los latidos del corazón bombardeaban en mi cabeza, no sé si cerré los ojos o la luz blanca y fría del techo me cegó. Se me encogió el alma. No era este el final, no podía terminar así un día en que las circunstancias se habían confabulado contra mi. La secuencia retrospectiva de los hechos se atropellaron en mi mente. En un segundo todo había cambiado, me entró pánico. Me derrumbé.
El accidente había precipitado el momento. Cuatro coches por delante, frenaron bruscamente para no atropellar a un perro que, inconscientemente, quería cruzar los cuatro carriles de la autovía en una excursión suicida. El frenazo fue tan violento que no se pudo evitar la colisión.
La gente se arremolinaba alrededor del coche, intentaban tranquilizarme del tremendo susto, estaba mareada y sentía nauseas, me asaltaron a preguntas sin respuesta. Sólo pensaba en el maldito momento en que decidí coger el coche en lugar del autobús, rogando que ese error no le costara la vida a mi hijo, no me lo perdonaría nunca, tan solo le faltaban tres semanas para nacer y me notaba mojada.
-Respire profunda y lentamente, me dijo el sanitario cuando llegó, al ver que mi piel estaba muy pálida y sudorosa, mientras me miraba el volumen de mi panza preocupado. ¿Se encuentra mal? ¿siente muchas molestias?. Lo que sentía no era dolor, sino miedo y mucha culpa. Que no le pase nada a mi hijo, que no le pase nada, me repetía una y otra vez.
El sonido de las sirenas de fondo no me ayudaba a tranquilizarme, al contrario, me aceleraba más, parecía que llegábamos muy tarde a algo demasiado importante. El conductor, con sus improperios a los vehículos impasibles al paso de la ambulancia, mantenía en alerta mis sentidos, era imposible abstraerse de la conducción y en cada curva me atormentaba la convicción de que, si continuaba derrapando de aquella manera, mi hijo nacería en carrera.
La ambulancia se detuvo y sacaron la camilla, que rápidamente se dirigió por el pasillo hacia el paritorio para la primera exploración de la situación. Yo me sujetaba fuertemente a mi barriga.
-Ya está aquí,- dijo después de comprobar que el niño iba a nacer en pocos minutos. Todo irá bien.
No pude evitar un espasmo y tragar saliva. Olvidaría el accidente porque ya estaba preparada para traerle al mundo y no quería perder ni un detalle de lo que iba a suceder, deseaba retenerlo todo, cada imagen, cada olor, cada sonido, cada emoción. Lo cierto es que no me lo esperaba así. Dos empujones y su cabecita rápidamente asomaba a este mundo, pronto vería su carita. Me estaba emocionando. Enseguida acabaría todo, menuda mañanita, al fin y al cabo era un día perfecto para nacer. Un esfuerzo más y.....
No sigas -me indicó el médico-, viene con vuelta.
En ese instante por mi mente pasaron pensamientos torpes y confusos, por experiencia ya mi vida estaba plagada de situaciones en las que si existía una posibilidad de que algo saliera mal, se cumplía inexorablemente. Siempre cargando con la culpa y el miedo de tomar la decisión errónea. Rompí a llorar por mi desdicha cuando sentí que me cogían una mano y la ponían sobre algo caliente. Levanté la cabeza hacia mi pecho y allí estaba lo mejor que yo había hecho jamás, una vida. Lloré de felicidad, de alegría, de alivio. La emoción y la tensión acumuladas me impedían hablar. Apenas transcurrieron unos segundos, una maniobra rápida y certera y su cuello quedaba libre del cordón umbilical que caprichosamente se le había enrollado. Ese tiempo me pareció eterno. Como si estuvieras viendo una película a cámara lenta y deseas que no te esté sucediendo, que no sea verdad.
Permanecí toda la noche en vela, comprobando que respiraba, dormía tan plácidamente que me inquietaba, no dejé de mirar aquella carita de ángel que asomaba tímidamente entre el muletón. Durante la vigilia mis sentimientos eran contradictorios, iban de los nervios del accidente a la alegría de tenerle allí, pasando por el miedo y la tristeza de poder perderle. Imposible olvidar este día.
Qué línea tan delgada hay entre la dicha y la tristeza, la risa y el llanto, la vida y la muerte. Qué es lo que determina que estés a un lado o a otro de esa línea, qué decide que sea el momento más feliz o el más amargo. En un instante todo puede cambiar. Qué suerte hay que tener en la vida para que te toque a este lado y no al otro. Que suerte la mía, me repito, cada vez que le abrazo.
Marien.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Cuatro Descripciones
1 - Descripción de Objeto
Aquí, en mi mano, este objeto pequeño y alargado parece de lo más inocente; incluso han llegado a añadirle una pinza para que se pueda llevar cómodamente en el bolsillo de la camisa; pero no pocas veces este delgado cilindro de metal, vidrio o plástico se ha esgrimido con furia y son incontables las personas que han resultado heridas por su punta metálica; allá donde se posa esta, brota su sangre azul, que guarda en un cartucho de plástico en su interior. Ha dicho mentiras indelebles e incluso ha sentenciado a muerte. Pero tiene dos filos: también ha servido para crear grandes historias o diseñar maravillas de la técnica y la ingeniería. De su sangre azul emergerán, sin duda, la cura del cáncer, el remedio para el cambio climático y maravillas que aún ni alcanzamos a imaginar. El bien o el mal está en la mano que lo usa.
2 - Descripción de Interior
Cuando llego a mi casa me recibe mi propio reflejo que, al igual que yo, deposita llavero, cartera y monedero sobre la orla de encaje que recubre el pesado mueble de mármol rosado parecido a un altar. A veces, dejo sobres con facturas al lado de los muslos de una impúdica joven de cerámica, de pechos pequeños y duros, que disimula su turbación mirando una flor con la mirada gacha. El móvil suele terminar tras la puerta de cristal a mi izquierda, que me lleva al comedor y a la mesa redonda de madera; ahí le dejo reposar, mientras, con su pajita negra, se alimenta de la pared. Pequeñas estatuillas de lladrò, recuerdos de mi madre, me observan mientras me dirijo al gastado sofá sobre el que esta el mando del televisor. Conecto la tele, sobre la que descansa el aparato de Ono que me permite ver el canal Discovery: el mejor que hay. Lástima que sólo pueda permitirme mirarlo unos pocos minutos, porque ya me levanto para ir al lavabo, con sus viejos grifos para agua caliente y fría, su triple armarito de espejos (donde mi reflejo se afeita cada mañana) y el váter que me alivia. Después del placer, la obligación: tomo la tabla de planchar y la traslado al comedor, donde plancho y veo la tele. Después me dedicaré a prepararme la cena y la comida de mañana y, ya a las tantas, tal vez escriba en el pequeño netbook que me compré hace unas semanas; algo para escritura creativa o narrativa. Yo que sé, lo que más rabia me dé.
3 - Descripción de Exterior
Cuando trabajaba en Diputación, solía bajar por las Ramblas todo lo lejos que me permitiera el escaso tiempo de que disponía, aunque hay que tener huevos para cruzarla por el centro los días que esta llena hasta la bandera; por unos minutos eres un delantero centro esquivando defensas mulatos de metro noventa de envergadura de hombros, para ir a parar contra una hipopótama alemana de piel magenta y sombrerito adornado con una franja de tela con dibujos de margaritas. Evitando por los pelos hundir la cabeza entre sus tetazas, saltas de lado a través de una rendija entre la gente, para casi dejarte los piños contra el asiento de porcelana de un tío de blanco, cagando bajo su bombín. Eso es bueno: quiere decir que te has alejado de los dos locos en bicicleta que te hubieras encontrado algo más arriba.
Aquí la densidad en carne es mayor. No hay más remedio que bajar en procesión aprovechando el efecto arado del culo de una ecuatoriana, siendo contemplado por decenas de loros, conejos, cobayas, jerbos y tarántulas sumergidas en policarbonato, de tal forma, que estás más tentado de huir hacia los melones del mercado de la boquería que a los de alguna guapa vikinga en shorts. Pasando de estatuas de cera, y de que te hagan cien retratos en los que no te reconocerás, tendrás tu premio: una corta visita al Mediterráneo.
4 - Autorretrato
Soy Acuario en el zodiaco, Serpiente en el zodiaco maya y Mono en el chino. No creo en ningún más allá, pero he de reconocer que comparto las características atribuidas a los tres signos. Curiosamente, también soy un Fauno; lo verás si miras mis ojos inquisitivos, juguetones y lascivos, adoradores de la belleza de las ninfas y recubiertos de un barniz castaño. Uso estos ojos para verlo todo, y cuando digo todo, es todo: nada se me escapa, aunque lo parezca. Ellos me dan mi tremenda capacidad de empatía, que me permite adivinar lo que va a decir alguien y cuando lo dirá. Acierto edades, descubro engaños y capto el más sutil movimiento que hagas o dejes de hacer. No me mires mal, lo hago sin poder evitarlo y me gustaría. Mi cara refleja que he tenido bastantes más malos encuentros en la vida de los que suelen tocar de media; pero mi humor es invencible, por mucho que se ennegrezca. Mi mente vive en las nubes, atrapada entre mi imaginación psicópata y mis locos sueños, atada a este mundo por un cuerpo abotargado y peludo que revela mi naturaleza bestial. Como defectos, te diré que puedo ser iracundo y rencoroso, pero la belleza o la amabilidad amansan al demonio que me domina; otra manera de contentarle es mediante sacrificios regulares de historias e ideas nuevas que alimenten su imaginación, por lo que sigo los blogs de alta tecnología y leo fantasía en general y ciencia-ficción (más bien futurista) en particular.
¿Qué me molesta? Las cucarachas y las explosiones de “globitos” de chicle; no necesariamente en ese orden.
sábado, 28 de febrero de 2009
EL PORTERO
El presidente de la Escuela de Fútbol lo anunció por sorpresa la víspera del acontecimiento: los alumnos de 5 años jugarían un partido exhibición que abriría la competición interescuelas de los dos días siguientes. Sería su primer partido. El entrenador intentó instruirles, precipitadamente, en algunas reglas básicas del fútbol, pero pronto desistió. El primer año es para tomar contacto con el balón, de goma espuma, y divertirse. No sabían sacar de banda, todos eran porteros, todos eran delanteros, todos eran defensas, no tenían ni idea de lo que el árbitro podía pitar, y para colmo no sabían ni colocarse en el campo, ninguno tenía una posición definida, donde iba el balón corrían todos detrás. Eligió como portero al más alto y a los demás les dijo:-¡¡¡¡ todos arriba a meter goles!!!!!!! No podía hacer otra cosa.
El equipo contrario se situó en el campo como si se tratara de las piezas de un ajedrez. No era su primer partido, estaba claro. El árbitro hizo sonar el silbato. Atropelladamente, salieron los locales en tromba hacia el balón, todos, no quedó ninguno en su sitio, incluso se daban patadas y empujones entre ellos por coger el balón. Entre tanto desconcierto, los rivales no tenían que esforzarse demasiado, dos pases y chutaban a gol, burlando a un desesperado portero que no acertaba a parar nada. Con el marcador de su equipo a cero, y encajado el último tanto, el cancerbero presa del llanto corrió hacia donde estaban sus padres. Presente la imagen del portero goleado huyendo y sus amigos desolados acabó el fatídico primer tiempo, 0-14 ganando el equipo visitante.
Durante los diez minutos que duró el descanso el entrenador insistía airadamente que había que meter un gol, que todos, familia, amigos, vecinos, los estaba viendo y esperaban ese gol. Quería un gol, ya.
Pero ocurrió algo que nadie advirtió. El presidente no estaba dispuesto a que la humillación fuera histórica, y para evitarlo, se le ocurrió una gran idea. Le dijo al portero de la categoría prebenjamin, de 7 años, que se colocara en la portería, confiando en que nadie repararía en que era mayor. Justo en el momento en que el árbitro depositó el balón en el lugar del saque el nuevo portero se situaba bajo los palos.
Daba comienzo la segunda parte. En el círculo central estaban los dos niños encargados de hacer el saque, con una idea: marcar. Sonó el pitido, piiiiiiiiiii y en un arrebato de furia uno de los niños agarró el balón y sin pararse a pensar en nada más se enfiló raudo y veloz hacia la portería. No dejaría que le alcanzaran, no se lo quitarían, ciego de vanidad infantil y mirando la portería fijamente, siguió corriendo a trompicones sin escuchar los gritos que vociferaban sus compañeros, sin mirar a nadie que le pudiera distraer de su objetivo, ni ver al presidente echarse las manos a la cabeza. Fueron segundos lo que duró aquella carrera y cuando se encontró frente al portero, desconcertado y moviendo las manos, supo que solo le quedaba empujar el balón y dejarlo sentado, vencido y goleado. Rozó el poste, el balón se precipitó al fondo de la red, y el goleador se tiró de rodillas al césped, con los brazos abiertos y mirando al cielo, como tantas veces había visto en los partidos de la tele, esperando el reconocimiento de sus compañeros que le abrazarían como locos y los gritos del público. Menuda gesta.
¡¡¡¡¡¡¡¡ MUY BIEN, MUY BIEN, PERO LA PRÓXIMA VEZ EN LA OTRA PORTERIA, TONTO¡¡¡¡¡¡
El portero le estaba gritando muy enfadado. El goleador no comprendía lo que le estaba diciendo, ¿ Quién era ese chiflado que le gritaba? ¿Qué era su portero? ¿Gol en propia puerta? ¡¡¡ Pero si no lo había visto nunca!!! ¿Cómo podía ser?. ¿ Qué tontería era aquella? Miró al entrenador, a sus compañeros, a los rivales, no podía ser verdad,¡¡ era de su equipo ¡!. ¿Quién le puso a él?.
Sus compañeros tampoco conocían al portero, nadie se había enterado del cambio. Era para la otra portería. El tanto subió al marcador, 0-15.
Aquel día marcó su único gol, nunca volvería a hacerlo. Le pidió al entrenador ser el portero del equipo para los siguientes partidos, y lo fue, acaso pensó que así no se volvería a equivocar.
Y aunque han pasado bastantes años, todavía cuando alguien le recuerda al chico la tremenda galopada que se dio para meter un gol en propia puerta, él sigue defendiéndose porqué aquel no era su portero.
Marien
viernes, 27 de febrero de 2009
Mar Solana
Haciendo gala de una presteza inaudita en ella, planeó. Más bien levitó, si uno lo observaba desde lejos, durante apenas unas décimas de segundo sobre los cuatro escalones metálicos del autobús. Se abalanzó sobre aquel que creía su presa. Cogiéndole por las curtidas solapas de lo que parecía un abrigo de piel, le espetó─: ¡devuélveme lo que me has quitado en el autobús, desgraciado!─ Algunas personas que pasaban por allí, las que esperaban en la parada y todas las que iban apeándose del autobús, se arremolinaron, expectantes, alrededor de la extraña y a la vez, cómica pareja.Era una mujer muy joven, delgada como el tallo de una flor. Tenía el pelo castaño con irisaciones de color granate. Su mirada, perdida y vidriosa, se enfocaba a través de unos ojos verdes que con la indolencia que pesa sobre una vida plagada de pesar y despropósitos, se habían negado ya a refulgir. ─ ¡Qué me des ahora mismo lo que me has quitado, sé que has sido tú, ibas a mi lado sin perder un detalle sobre mí durante todo el viaje!─ le volvió a interpelar con exasperación y sin dejar de zarandearle─. Sintió, a pesar de la presión de sus puños contrariados, apretados en las solapas del interfecto, la suavidad característica de una buena piel y pensó: “¡Guau!, ¡menudo abriguito para un chorizo de poca monta…creo que aquí algo no va bien!”Mientras, un viscoso hilillo de baba se deslizaba, patético, por una de las comisuras del zarandeado. Con la lengua extendida fuera de la boca cual persiana granate y gelatinosa, jadeaba sin descanso. Sus grandes fauces exhalaban un aliento espeso y pútrido. Unos ojos negros como el carbón y redondos como pelotas se clavaron suplicantes en los de ella. Intentó zafarse de aquellos puños iracundos haciendo unos extraños aspavientos con unos delgados y peludos brazos. Los movía sin control alguno, a modo de convulsiones desesperadas. Una especie de gruñido lastimero se escapó de su boca como única respuesta hasta el momento.─No me vas a dar lo que me has quitado, ¿verdad?─ le dijo un poco más calmada, pero sin soltar aún aquellas peludas y extrañas solapas─ ¿Estás jugando conmigo?, ¿acaso me estás suplicando? ¡Maldita sea, dime algo, aunque sea para mentirme o para defender tu estima, si es que tú tienes de eso!Las personas que habían cerrado el círculo a modo de improvisados espectadores callejeros, se reían y se dedicaban unos a otros miradas cómplices y burlonas. Cuchicheaban entre sí, juntaban sus palmas como en un aplauso sin terminar y volvían su atención y sus miradas, de nuevo, hacia ese extraño y divertido incidente callejero.De repente, alguien se precipitó hacía el círculo haciendo aspavientos y profiriendo imprecaciones. Era una mujer de algo más de cincuenta años, de formas compactas y con el pelo color ceniza. Estaba furiosa. En su mano derecha llevaba algo que se asemejaba a una correa y que movía en el aire al mismo tiempo que gesticulaba impetuosamente, casi hasta el paroxismo y gritaba─: ¡pero que hace esta chalada, seguro que está borracha! ¿Qué mierda es esta?─ vociferó la mujer a medida que se iba acercando, abriéndose paso entre los curiosos.─ ¡Eh, abuela, sin insultar, menuda boca y vaya ejemplo! Sólo estoy reclamando lo que es mío, ¿vale?─ dijo ella alargando un poco la última vocal en un intento de resultar irónica, o tal vez sensata. Aunque en realidad estaba muy frustrada y enormemente contrariada con todo aquello. Su cartera seguía sin aparecer.─ ¿Y cree usted, señorita, que puede reclamar lo que es suyo a un pobre perro? ¡Vamos, déjelo en paz de una vez, está usted sonada amiga!, ¿no ve que a pesar de su tamaño ha conseguido asustarlo?─ y suavemente cogió a su perro, le enganchó de nuevo la correa al cuello, no sin antes dedicarle unas palabras cariñosas y unos mimos para intentar calmar al pobre animal, un Dogo alemán que parecía de lo más pacífico y entrañable. Un Gran Danés, ahora asustado y huidizo. La mujer, visiblemente más calmada, se alejó de allí con un perro ahora cabizbajo y de caminar incierto. El resto de público que se había congregado allí para disfrutar de aquella súbita pantomima, fue también abriendo el círculo y despejando aquel lugar de humos reconcentrados y ruidos estridentes. Algunos se llevaban su dedo índice a la sien y lo giraban. Otros fruncían los labios y entrecerraban sus ojos en un gesto que contenía desdén y lástima, al mismo tiempo, por aquella joven.
Ella titubeó y dirigió a su público una mirada huidiza, tímida y avergonzada, sin dar crédito o entender todavía lo que le acababa de suceder. Intentó dar alguna clase de explicación a los que todavía se encontraban por allí, pero sus labios y su mente sólo alcanzaron a proferir unas frases entrecortadas e inconexas.
“En este mundo tan extraño que entre todos estamos ayudando a construir ya nada es lo que parece y todo parece nada. Tranquilizantes y alcohol: ¡menudo cóctel funesto!” pensó mientras se alejaba de allí, mareada y confusa, como si acabara de despertar de un sueño. Ignoraba que su monedero se encontraba en el bolsillo derecho de sus gastados y descoloridos pantalones vaqueros.
Villalba, 26 de febrero de 2009.
viernes, 20 de febrero de 2009
LOS SERES OBNUBILOSOS POR MAR SOLANA
Por Mar Solana
Era un día de finales de verano. Algunas nubes surcaban el cielo, iban y venían pidiendo, mientras tanto, permiso al sol para descargar algo de agua sobre la tierra seca y ajada por el incesante calentamiento del estío. Y aunque todavía hacía algo de calor, ya no incidía sobre las testas como sol de agosto en plena canícula.
Caminaba contando los adoquines y echando una ojeada de vez en cuando y como de soslayo a las vías del tren, a su derecha, rodeadas de pinos y encinas y desprendiendo ese característico olor a retama quemada.
Caminaba distraído, sumido en sus pensamientos obsesivos que le remitían una y otra vez a aquellas tareas prosaicas que debía concluir porque de otra manera amenazaban con convertirse en un pesado y molesto grano.
Levantó la vista del suelo y al dirigir la mirada al frente, observó cómo una persona con paso inseguro pero a la vez confiado se acercaba hacia él.
Era muy extraño, ya que a medida que sus pasos se iban acercando cada vez más, pudo ver, esta vez con algo más de detenimiento, como esta persona no se parecía a ninguna en particular y sin embargo, albergaba los rasgos de casi todas las personas que él conocía y recordaba. Era como si en un mismo semblante estuvieran contenidos otros muchos, pero todos ellos indefinidos y sin acabar de perfilar. Un semblante inacabado unido a un porte disperso e irregular.
Sin llegar a parecerle una presencia extraterrestre, su fisonomía evocaba, en todo caso, extrañas sensaciones.
Pensando que pasaría a su lado, sin más y seguiría su camino, intentó encontrar sus ojos, captar más cosas de ese ser que parecía una persona y todas a la vez, por su mirada.
De repente y para su sorpresa, el extraño ser se detuvo delante de él. Ahora pudo ver como sus ojos parecían normales, sin embargo su mirada estaba allí y en muchas otras partes a la vez, proyectando miles de extrañas imágenes en forma de destellos intermitentes.
- Hola, soy un ser obnubiloso, y tú ¿quién eres tú?, ¿estás aquí?
Abrumado no tanto por sus preguntas sino por el hecho de que le estuviera hablando a él, se quedó algo bloqueado y sin salir todavía de su asombro, contestó:
- Yo… yo soy… pues (…) yo soy un Yo, quiero decir, un ser terrenal- le contestó a aquel ser, quizás intentando ser preciso con su respuesta.
Y sí, estoy aquí, como tú ¿no?
- ¿cómo quién?, ¿cómo quién?- repetía el ser como si fuera su eco. Los seres obnubilosos- continuó diciendo- estamos aquí y en muchas partes a la vez. Esto es esto y también lo demás. Queremos decir cosas, pero en realidad nunca decimos nada. Parecemos amigos pero no somos amigos de nadie. Nuestro discurso parece rico y grandilocuente pero también es pobre y vacío. Hacemos muchas cosas al tiempo pero en verdad, nunca hacemos nada. Nuestros pensamientos son unos tentáculos que se esparcen, ora aquí, ora allá, a diestro y a siniestro, pero nunca concretan nada, ni enseñan nada.
Albergamos siglos y siglos de sabiduría que, de repente, puede quedar derretida como mantequilla al fuego o esparcida en granos como azucarillo en agua.
No sabemos lo que significa un compromiso o amar a alguien. Sin embargo, queremos a todo el mundo y a nadie a la vez.
Cada mañana, para poder seguir aquí, entre vosotros, debemos darnos un buen baño de flores secas y dispersión.
- Pero… ¿cuánto… qué quieres decir con eso de entre vosotros? ¿No sois de aquí?- le espetó él, verdaderamente obnubilado por su extraño, por definirlo de alguna manera, discurso.
-Somos seres obnubilosos, somos de aquí y de todas partes a la vez. Un día llegamos aunque en realidad, estamos siempre viniendo. Si un ser obnubiloso te toca tu antebrazo izquierdo, serás ya uno de ellos…- le contestó alargando hacia él lo que parecían dedos como tentáculos, pero al mismo tiempo podrían ser como botones de semillas, eran varios dedos y muchos a la vez, era muy desconcertante, la verdad.
Sin embargo y a pesar de lo inaudito de aquella situación, sacó fuerzas de flaqueza y superando todo su miedo y la confusión de aquel momento, se acercó un poco más a aquel extraño ser y desplegando toda su bizarría le tendió su mano con firmeza al tiempo que le decía:
- te ofrezco mi mano con sus cinco dedos en señal de amistad y porque reconozco una parte de mí en ti, podemos ser amigos si quieres, conocernos mejor. Sin embargo, no puedes obligarme a ser cómo eres tú. El amor y la amistad no conocen presiones pues se basan en la libertad de elección de cada uno de nosotros.
Turbado ante aquellas palabras, aquel ser pareció esbozar una sutil y breve sonrisa, aunque también parecía una mueca de enfado o incluso, un gesto que contenía la mayor de las indiferencias. Y con sus extraños ojos que ahora parecían querer encontrar los de él para despedirse y sin embargo, seguían mirando en todas direcciones, aquel insólito ser continuó su camino con paso decidido e inestable a la vez.
Él se quedó allí, observando como aquel incierto ser se alejaba de su lado, pensando sobre todo lo que había pasado y sintiéndose satisfecho con su condición terrenal y feliz porque seguía siendo un Yo, a veces algo obnubiloso, pero certero y constante.
Collado Villalba, 21 de septiembre de 2008