lunes, 15 de noviembre de 2010
La ciudad de los muertos está rodeada de elefantes tallados en piedra, símbolo de
las antiguas supersticiones. Un cenicero repleto de puros humeantes se encuentra
anclado junto al epitafio que sigue: “Al alma inmortal que habitaba en ella”.
Cada año, en la noche de difuntos, se reúnen las ánimas que han traspasado el
umbral. Fuman Havanos y beben orujo que depositan junto a sus tumbas aquellos
creyentes que aún cumplen las tareas asignadas a sus antepasados, porque si
dejaran de cuidar de ellos, los espectros sobrepasarían su confinamiento en busca
de diversiones a los pueblos colindantes.
Este año le toca a Demiurgo limpiar los restos de la reunión, y ensimismado en sus
pensamientos, tropieza, y cae sobre toda la ceniza. Su cara gris, su boca repleta,
escupe y tose. ¿Porqué tendrán ellos una noche especial y él no? ¿Habrá de
esperar a la muerte para que le honren sus congéneres? ¡Maldita vida esclava!
Llena de decepciones, torpe y miserable, relegado a la mediocridad.
Tal vez esa sea la solución, pasar a ser espectro es la alternativa perfecta: “honrado
para toda la eternidad”.
Planea su viaje a la eternidad, este es el día. Ahorcarse es la forma más limpia e
impactante que se le ocurre, y en un lugar visible, para que no tarden en enterrarle.
Allí mismo, y cuando lleguen los familiares a visitar a sus antepasados, lo
encontrarían, llorarían su pérdida, y organizarían la parafernalia que le es propia a
la despedida.
Y se ahorca, tras unos espasmos, queda inmóvil. Cuando el resto del pueblo va
llegando, se horrorizan ante el espectáculo. Esperan al médico, para certificar la
muerte, al juez para levantar el cadáver, y al capellán, que lo excomulga de su
parroquia, ningún suicida es enterrado en la ciudad de los muertos.
Pobre Demiurgo, ni en la muerte descansa en paz.
Lúa
miércoles, 17 de junio de 2009
ASHY Y LA PRINCESA
Ashy había paladeado hacía poco el sabor agridulce del amor. El objeto de sus pasiones había sido una vela esbelta y orgullosa, de intenso color rojo, que sólo se dignó a dirigirle una mirada lagrimosa y blanca cuando se vio desfigurada y consumida por una llama encendida por el señorito Bellman para enamorar a miss Swan. La desaparición de Cenicienta -que era como él llamaba a su amada- le había acercado al cortapuros de plata, Zack, que había aparecido años atrás debajo del árbol de navidad y que, como él, en su tiempo había bebido los vientos por una vitola bellísima de color dorado, a la que sólo había visto una tarde y que tras varias horas de amor tranquilo acabó sus días, arrugada y maltrecha, en la papelera.
Zack acompañaba a menudo al señor Bellman: al club de campo, al teatro, a casa de la señora Potsie, que no era la señora Bellman, pero que era muy cariñosa con el señor Bellman, y al Zoo, un lugar que era motivo de un sinfín de charlas entre Zack y Ashy. Gracias a las expediciones de su amigo, Ashy sabía que los tigres eran feroces y olían mal, que las jirafas tenían un cuello largo como un puro inmenso, imposible de cortar, y que el mundo no sólo estaba habitado por los Bellman, su personal y sus amistades.
Un día Zack volvió muy excitado de la visita al zoológico.
-Ashy, -dijo-. Hoy he visto un elefante. ¡Qué animal tan enorme!
Y Zack empezó a describir a su amigo la forma fantástica del paquidermo que se exhibía desde hacía poco en el zoo, y le habló de su trompa y de la enorme corpulencia del animal. Ashy entornó los ojos y trató de hacerse una idea de cómo podía ser aquella fiera. Le puso unos ojos grandes y tristes, unas orejas dulces y lánguidas, una piel áspera y de un bello color ceniza.
-Cuéntame más cosas, Zack, ¿a qué huele? ¿Y dices que es muy grande? ¿Es como Parker, el mayordomo del señor, o más?
Zack le explicó todo lo que había visto de aquel animal; le contó que le había parecido un animal tímido, pero refinado, que no comía carne y que parecía bastante limpio.
-¿Eso de la trompa es como una nariz, no? ¿Y es verdad que la usa como los humanos utilizan la mano?
Zack el cortapuros suspiró e intentó describir a su amigo la tristeza de la mirada del animal, la cadencia con que agitaba las orejas, que eran muy grandes, y sus barritos, ora guturales ora agudísimos.
Como no podía ser de otro modo, la llegada de la elefanta Wushai al zoológico de la ciudad ocupó durante unos días las noticias de los periódicos y las comidas de los Bellman. Ashy se valió de las conversaciones que oía y de las descripciones de Zack, para convertir en su cabeza al animal en una fiera hermosísima. Al saber que procedía de la India, imaginó que Wushai era una princesa elefante que había sido arrebatada de su familia por unos cazadores desalmados. Decoró la piel cenicienta de la elefanta con telas exóticas y festoneadas. En su imaginación, le alargó las pestañas y le pintó un poco los ojos. Le colgó en las orejas perlas y abalorios que al agitarse producían un bello ruido. Al poco, en la cabeza de Ashy sólo había sitio para la bella e inalcanzable Wushai.
-Ashy, ¿no te habrás enamorado, verdad? -le preguntó con recelo Zack, harto de que las conversaciones con su amigo sólo giraran en torno del paquidermo del zoo.
Pero Ashy —Zack ya lo sabía— estaba resquebrajado de amor, tenía su pequeño corazón gris roto por aquel enorme animal que nunca había visto. El pobre cenicero sabía que estaba condenado a no verla jamás, que nunca aspiraría su olor a almizcle y hierba fresca, que nunca oiría sus barritos tan dulces y penetrantes... Ashy tenía la certeza de que, aunque lograra, de algún modo imposible, conocer a su amada, la corta vida de los elefantes la haría desaparecer en poco tiempo, como a Cenicienta, y que él seguiría ahí, en la repisa de los Bellman, charlando con Zack hasta que el tiempo se encargara también de su amigo o que las manos regordetas de algún niño lo destrozaran sin remedio.
Y ocurrió que un día, de improviso, la edición vespertina de un periódico trajo la fotografía de Wushai en blanco y negro, y Ashy la vio y pudo ver y admirar largamente a su amada grabada en el papel. El esmalte de su porcelana se resquebrajó un poco. Claro que Wushai no era exactamente cómo él la había imaginado, pero Ashy reconoció en ella a su auténtico amor. Nunca hasta ese día había querido tener manos y piernas, como los humanos, para alcanzarla. Se hizo de noche y la luna se coló entre los visillos de la sala y Ashy, con la vista fijada en Wushai, saltó al vacío y estalló en mil pedazos sobre su fotografía.
Por la mañana el servicio recogió el cenicero y lo abrigó con aquella hoja de periódico. Y Zack supo que eso estaba bien. Que así había de ser. Y recordó entonces la vitola dorada y lloró partido de un dolor agudo, que sólo un cortapuros es capaz de sentir. ¡Ah, el amor!
Marta M.
Curso Creatividad, estructura y técnicas narrativas
sábado, 28 de marzo de 2009
El azul de mis venas
La llama azulada del fogón es de un fuego tan frío como mi sangre. Hoy se cumple una semana desde que enterré a mi hijo; pero él no lo ha mencionado ni una sola vez.
—¡Paloma! ¿Dónde está mi café? —grita mi marido, Fermín, levantando la voz entre los últimos compases del “Cara al Sol” de la radio. Hoy es el vigésimo aniversario del alzamiento nacional.
Saco la cafetera del fuego y lleno una taza; la pongo en una bandeja, “como tiene que ser”, y salgo de la cocina, no sin antes verme reflejada en las ollas. ¿Desde cuando soy esa vieja gruesa y ojerosa?
—¡Paloma! —vuelve a gritar Fermín, fustigándome con su voz.
Lo único que recibí de él fue mi hijo, Pablo. Y me lo ha quitado.
Cuando llego a la terraza, sólo me saludan los trinos de las golondrinas. El viejo esta sentado junto a la mesa redonda de mimbre: encorvado, ceñudo y con la mirada clavada en el periódico.
Se ha puesto su odioso uniforme de la falange.
—Ya era hora. ¡Siempre tan lenta para todo! —dice, chasqueando la lengua en señal de disgusto.
—¿Porqué te has puesto el uniforme?
—¡Por que el azul de esta camisa corre por mis venas! Ya lo sabes.
Ese azul, ese veneno, no es el único que corre por sus venas; el mío está en el aire que le envuelve, en el mismo cielo, en el mar que se ve y oye desde la terraza.
Mirando las arrugas que se le marcan en las mejillas de su rostro enjuto, me pregunto que vi en aquel hombre bajo y de bigotito ridículo. Como cada tarde, toma la bandeja y ni me mira.
Pero hoy el timbre de la puerta me deja helada.
—Buenas tardes, señora Pardo. ¿Como se encuentra?
El fornido joven de elegante traje a rayas que me sonríe en el umbral es Alberto, el niñito rubio de grandes ojos claros que me pedía caramelos cuando yo aún trabajaba en la farmacia de su familia. Apenas un año antes, había regresado de la ciudad con la carrera de medicina terminada y el deseo de conservar el negocio familiar a la muerte de su padre. Mi marido le admiraba por ello: incluso le sugirió que tomara a Pablo como dependiente “para hacer de él un hombre de provecho”. Fue el fuerte brazo del joven el que me sostuvo en el entierro; sus ojos los que lloraron a mi hijo, mientras Fermín evitaba asistir fingiendo estar enfermo.
¿Cómo cerrarle la puerta, a pesar de todo?
—Ya lo ve. Vamos tirando ¿Qué otra cosa podemos hacer? pase, no se quede en la puerta —digo, mientras me muerdo los labios, le cojo del brazo y le guío por el estrecho pasillo hasta la terraza.
Mi marido nunca ha sido amante de las visitas; pero un cierto servilismo le obliga a bajar el volumen de la radio y levantarse a recibir al antiguo jefe de su hijo.
—Siento que no pudiera asistir al entierro. Quería darle mi pésame personalmente —le dice el joven, estrechándole la mano.
—Muchas gracias —responde Fermín, en un susurro.
—Fue un buen trabajador. Nunca me dio un motivo de queja. Aunque entiendo que trabajar en una farmacia no podía compararse con su sueño de ser pintor. Tenía una gran sensibilidad.
Ante la sorpresa de Alberto, la cara de mi marido se torna roja en un instante.
—¿Sensible? ¿Qué insinúa con sensible? ¡Un hijo mío… nunca! ¡Antes…!
No puedo contenerme.
—¡Antes muerto! ¿Verdad? —grito fuera de mí— ¡Desde que viste sus dibujos ya no podías seguir engañándote! ¡Esas fuertes manos que parecían salir del papel, esas espaldas de músculos tensos y vivos!
—¡Calla desgraciada!¡No estamos solos!
—Él jamás te hubiera alzado la mano; pero tú casi lo matas de la paliza. Le humillaste, le dijiste que no volviera hasta que te demostrara que tenía sangre en las venas. ¡Le mataste!
Mi marido aún tiene las fuerzas suficientes como para tirarme al suelo de una bofetada.
—¿Fue el día que le encontró muerto en la bañera? ¿Fue ese día?—exclama Alberto, mirándome y agarrando a Fermín por la camisa.
Asentí. Cuando le encontré, el cuerpo desnudo y frío de Pablo se reflejaba en las baldosas, ya por siempre azules: se había cortado las venas con la navaja de afeitar de su padre.
En aquel momento morí y el azul entró en mi carcasa reseca, ya vacía y helada.
—¡Hijo de puta! ¡Desgraciado! Debería…
Alberto calla. Ha visto los dedos de Fermín, cuyas uñas azuladas me delatan ¿Habrá comprendido el propósito real del cianuro que le pedí? Ya todo me da igual, no me importa que se sepa que ahora que mi hijo había perdido su vida gota a gota, Fermín estaba perdiendo la suya taza a taza.
—Incluso quemó todos sus dibujos. No dejó ningún recuerdo que pudiera conservar.
Incrédula, miro la expresión dura con la que el joven mira a mi marido; nunca hubiera pensado que aquellos ojos pudieran ser de un azul tan oscuro e intenso.
—Déjale Alberto. Es mi marido —digo, cogiendo el hombro del joven.
Era yo la que me había dejado engañar por aquel sargento de los nacionales que me hablaba de su soledad y siempre tenía una palabra amable. En cuanto nos casamos, me hizo abandonar mi trabajo en la farmacia: una sirvienta y una puta era lo que buscaba.
Alberto termina por soltarle.
—¡No se atreva a volver a tocarme! ¡Y… si cuenta algo de esto, yo…! —grita el estúpido de mi marido.
—Usted ¿Qué? ¡Como le vea un solo cardenal a su mujer, ese será el menor de sus problemas!
—Se acordará de esta, hijo de rojos. ¡No vuelva a esta casa! ¡Paloma, enséñale dónde está la puerta! ¡Y no te entretengas! tráeme otro café ¡Este está helado!
Mi marido se sienta con dificultad. Yo voy tras Alberto; cuando éste llega a la puerta, la abre y sale sin volverse a mirarme. Pero, tras un instante de vacilación, se detiene en el umbral.
—Cuando él muera, llámeme; recuerde que soy médico… y un amigo.
Asiento con la cabeza, aunque no me mira.
—Ojala supiera expresarle cuánto amé a su hijo.
Paralizada, reconozco aquellas fuertes espaldas, aquellas manos tan bien dibujadas.
“No olvide llevarle el café” le oigo decir antes de que se cierre la puerta.
Ejercicio sobre Binomio Fantástico: Azul y Resquemor
Joan Villora Jofré
domingo, 15 de marzo de 2009
VACACIONES DE VERANO
En cuanto llegaban las vacaciones de verano sus padres le llevaban a casa de sus abuelos. Como siempre, era un verano caluroso, y en el pueblo extremeño, durante el día, no se veía un alma. Los del pueblo salían muy temprano por la mañana a hacer sus recados y sus labores del campo, y en cuanto el sol estaba en alto solo se escuchaba el sonido de las chicharras. A Santi no le importaba pasar allí las vacaciones, le dejaban campar a sus anchas y siempre encontraba cosas con las que divertirse. Este año tenía un elefante azul en el corral. Y además, hablaba.
Los días en el pueblo, para Santi, se sucedían a través de un horario marcado por las actividades cotidianas: desayunar, ayudar a los abuelos a echar de comer a los animales, jugar con el elefante azul, comer, dormir la siesta, jugar otra vez con el elefante azul, cenar y por último, antes de dormir, sentarse en el porche a escuchar al abuelo contar historias fantásticas mientras fumaba su gran puro diario. El abuelo sabía hacer figuras con el humo y Santi se reía mientras averiguaba las formas que salían de su boca. Al lado de su abuelo, siempre, su cenicero con forma de estrella. Un cenicero de colores que le regaló Santi hacia un par de años, cuando el abuelo se puso malo y estuvo ingresado en el hospital.
El verano transcurría con normalidad. Santi se hizo muy amigo del elefante, pero un día cometió un error. Habló con el elefante sin darse cuenta de que su abuela andaba cerca. Y su abuela no era como su abuelo, su abuela no entendía de sucesos fantásticos. Así que, llamó asustada a sus padres y les dijo que Santi hablaba solo, les dijo que no jugaba con otros niños, que se pasaba todo el tiempo en el corral y que dudaba de que el niño estuviera cuerdo. Al día siguiente llegaron sus padres. Pero su abuelo impidió que se lo llevaran. Su abuelo se sentó con ellos en el porche, cogió su cenicero con forma de estrella y se puso a fumar de su gran puro mientras hacia figuras de humo y les tranquilizaba con su voz suave.
Un par de semanas después Santi se levantó a desayunar, pero el abuelo no estaba. Su abuela tampoco. Una vecina que no paraba de llorar le preparó el desayuno, aunque se le quemaron las tostadas y se le derramó la leche, de lo nerviosa que estaba. Después le dijo que se sentara y entonces le explicó que su abuelo se había ido al cielo y que su abuela había ido a despedirle. Cuando acabó de desayunar Santi salió al corral, pero el elefante azul también se había ido. Por la tarde llegaron sus padres, también llorando, y se lo llevaron. Pero antes Santi se guardó el cenicero con forma de estrella de su abuelo.
Santiago Almeida se dio cuenta de que se había quedado ensimismado recordando el pasado. Volvió en sí mismo, carraspeó, y con una sonrisa, miró al niño que tenía sentado enfrente, en su consulta, y le guiñó un ojo, mientras le preguntaba a la madre:
- Entonces, dice que el niño, desde que murió su abuelo, no ha vuelto a hablar con esos duendes imaginarios, ¿no es así?
- Sí, así es. Es una buena noticia, ¿no?
- Bueno, como psicólogo, y por experiencia propia además, puedo decirle que la muerte de un familiar querido puede haber provocado que el niño, de alguna manera, al afrontar la realidad, se haya convertido en adulto, dejando de lado su mundo imaginario. En cuanto a si es una buena noticia… depende. Es una pena que la realidad nos haga dejar de ser niños tan pronto, ¿no cree?
- Sí, es posible, pero yo, la verdad, me quedo mucho más tranquila ahora que no tiene esas visiones…
- Bueno, pues entonces creo que hemos terminado el tratamiento. De todas formas, ¿le importaría dejarnos solos un momento?
La mujer pareció confundida un segundo, pero al momento sonrió, dio un beso al niño y salió del despacho del psicólogo. Santiago miró al niño y le dijo:
- No te olvides nunca de esos duendes. Forman parte de ti. No te olvides nunca de soñar y de ser un niño… Ahora ya puedes irte.
El niño salió corriendo, abrió la puerta del despacho y desapareció. Santiago abrió uno de los cajones de su mesa y sacó el cenicero de colores con forma de estrella de su abuelo. Encendió un cigarrillo y sonrió mientras las virutas de humo quedaban suspendidas en el aire formando un elefante.
Texto: T. Vaquerizo