sábado, 20 de junio de 2009

Pascuala

Después de instalarnos en aquel pequeño pueblo, decidimos buscar alguna persona que viniera a casa a colaborar en las labores domésticas. Fue entonces cuando llegó a mi vida Pascuala.
Pascuala tenía cuarenta y cinco años, mas bien bajita, de cabellos oscuros, y ojos claros, era bastante obesa aunque tenía una carita mona, a ella no le importaba ni le acomplejaba su físico. (al menos eso decía ella)
. Llegamos a un acuerdo cosa que no resultó difícil, pues las dos congeniamos rápidamente , decidimos que vendría todas las mañanas y por la tarde yo la acompañaría a su casa. El primer día vino con un pequeño conejo de angora como regalo a los niños, tuvimos que improvisar una conejera con el corralito de cuando eran pequeños nuestros hijos.
Pascuala era muy parlanchina, y a mi me gustaba escucharla, me explicó que acababa de abandonar a su marido después de convivir con él durante mas de veinte años, su matrimonio había sido un infierno, él era ferroviario y según contaba los ferroviarios acostumbran a tener muy mal carácter.
De manera que un buen día cogió sus bártulos y un billete de tren y salió de Albacete. En principio se quedó viviendo con una hermana suya y el marido de esta en Barcelona,
A todo el mundo le decía que era viuda , supongo que pensando en el que dirán de la gente.
Llevaba en casa de su hermana dos meses cuando tomó la decisión de buscar un compañero. Y apoyada por esta última se dirigió a una agencia matrimonial, por lo visto y contado por ella tú pagabas una cantidad de dinero, y tenias derecho a un cierto número de citas, ya llegaba al fin de las citas que le correspondían y todavía ninguno de los presentados le hacía “tilín” pero una tarde había quedado citada con Peret, Peret era algo mayor que ella, el si que era viudo, vivía en un pueblo de montaña (el mismo pueblo donde residíamos nosotros claro está) y se dedicaba al campo. Bueno! Ya tenía pareja, se fue a con él . Cuando nosotras nos conocimos , ella llevaba un año viviendo con “su” Peret.
Como ya he dicho anteriormente Pascuala y yo a pesar de todo lo que nos separaba, edad, cultura, principios, a pesar de todo eso llegamos a ser grandes amigas. Ella era feliz con su nueva pareja, me explicaba que no había experimentado un orgasmo hasta que conoció a su Peret , con el vivió felizmente durante nueve años, nueve intensos años, pero como todo tiene su fin el de este buen hombre llegó, y una madrugada de frío invierno falleció.
Ella continuo durante un tiempo viviendo en esta misma casa, pero no duró demasiado pues la familia se encargó de que la desalojase ya que según la ley no tenía ningún derecho sobre aquella vivienda.
Pascuala pronto empezó a encontrarse sola, y decidió probar suerte de nuevo en la agencia donde conoció a su Peret. De nuevo tuvo una pareja, se llamaba Eladio, pero Eladio vivía a sesenta Km. De nosotros, fue entonces cuando nuestra relación de trabajo-amistad quedó reducida sólo a lo segundo, venían algún fin de semana sobre todo por los niños que también la echaban de menos.
Así pasaron los años , y una noche sonó el teléfono era ella , Eladio acababa de fallecer, ¡otra vez sola!
También por aquellos días fallecía en Albacete su único y verdadero marido (el ferroviario) . Entonces se encontró con una pequeña herencia, ¡pero estaba sola! Una vez mas recurrió a la agencia y encontró otra pareja, que es la misma que tiene actualmente.
Yo no se si a su actual pareja le habrá contado que es el número cuatro, espero que no, por que correría el peligro de que saliera corriendo pues valga el símil solo Barba Azul podía compararse a nuestra querida Pascuala.


FEBRERO 2009 Valentina Moreno

Rayos de Ribemosle

Darío y su hermano Luis, a pesar de sus apenas seis años eran muy aficionados a la lectura, por aquellos días su tema favorito eran los robots y sus poderosos rayos.
En una ocasión uno de ellos leía la escena de dos luchadores, cuando uno de los cuales gritó : acabemos con él .... rayos, de-
ribemósle .

En el recreo de la mañana siguiente Darío comentó a su hermano hoy los venceremos , pues aparte del rayo Laser, el Gamma y el Beta, tenemos el de Ribemosle

Marzo 2009 .
Valentina Moreno

La Madre Rosario

Rosario nació en medio de la guerra civil española. Sus padres decidieron trasladarse a un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca, ya que allí apenas tenían noticias de lo que estaba ocurriendo en la capital. La familia de Rosario, pertenecía a lo que antes se llamaba clase acomodada, su padre era médico, y su madre era una gran señora. Rosario era la pequeña de cinco hermanos, en el pueblo de Tresjuncos estuvieron viviendo durante cuatro años, la vida allí era tranquila y agradable, dentro de los inconvenientes que conlleva vivir en un pueblo tan perdido, la gente allí se hacían llamar hermanos, el hermano Panadero, el hermano Herrero, y así sucesivamente. Después de terminar la guerra, volvieron a su Madrid natal, tanto Rosario, como sus hermanos, acudían a un colegio religioso, eran niños muy aplicados y estudiosos, la pequeña Rosario era conocida por sus acciones generosas con los menos favorecidos.

Una vez hubo terminado su Bachillerato, decidió estudiar Magisterio, para ella los estudios era algo fácil y atractivo, mientras cursaba esto último, conoció a un joven, pero su relación no duró mucho, pues ella tenía otras metas en su mente.

Un buen día comentó a su familia lo feliz que le haría ingresar en alguna comunidad religiosa, a sus padres no les agradaba demasiado la idea, pero al mismo tiempo , comprendían los deseos de su hija. De este modo, una vez terminados sus estudios, entró a formar parte como profesora y religiosa en un reconocido Colegio , todo esto tras haber hecho sus votos como religiosa. En este centro impartía clase a niñas de 1º de Bachiller. Era apreciada por todo el mundo, un día tuvo una brillante y generosa idea, dar clase fuera del horario escolar, a chicas analfabetas , lo propuso a la madre superiora, y en poco tiempo lo puso en marcha, dos días por semana, acondicionaba la nave del gimnasio , y allí recibía a un grupo cada vez mayor de muchachas trabajadoras de las fábricas de los alrededores, que gratuitamente aprendían a leer y escribir.

Una mañana de Primavera vino a visitar el colegio, el conocido padre Vicente Ferrer, no se sabe si por las conversaciones con el, o, simplemente por la inspiración que él le produjo, pero esta visita fue el detonante para que Rosario tomase una arriesgada y valiente decisión , después de once años de permanencia , en aquel bonito colegio, decidió marcharse de misionera a la antigua isla de Formosa. Su marcha, fue algo muy triste para todos cuantos la habían tratado hasta entonces, dejaba demasiada huella.

Una vez instalada en su nuevo ambiente, mantenía correspondencia con antiguas alumnas, y familiares. Pero un malogrado día, sus cartas dejaron de llegar, al principio, nadie dio demasiada importancia, pero, los días pasaban, y no se obtenía respuesta a su correspondencia, por fin una mañana de sábado llegaron noticias de la isla china, no eran de Rosario ... Rosario no contestaría más las cartas, ella había sido victima de un ataque terrorista. Con ella marchaba un ejemplar, al que podíamos aplicar el conocido dicho:

“ La estrella que brilla con mucha intensidad antes se apaga “

Marzo 2009 Valentina Moreno

viernes, 19 de junio de 2009

"D" de Derrota

Con el corazón acelerado por la adrenalina, escondido tras una de las pilas de cajas de aquel enorme almacén, espero a que aparezca y me mate.
¿Quién nos mandaba quedarnos hasta tan tarde? Si no me había ido era por mis compañeros, pero no hacíamos nada que no pudiéramos dejar para mañana.
Entonces irrumpieron ellos, muy bien armados.
Por fortuna, el que se hacia llamar “Rata” era bastante inepto: incluso yo, el “Jodido novato” de informática, fui capaz de acercarme hasta él por detrás y enviarlo al otro barrio, con la ayuda del martillo que encontré en el taller.
Pero el jefe, “Boss”, es otra clase de pájaro: cuando “Rata” cayó por las escaleras y mis compañeros se apropiaron de sus armas, los certeros disparos del “Boss” nos obligaron a huir y dispersarnos por todo el almacén.
Una figura emerge por una puerta a unos veinte metros: Eusebio “Gordo cabrón”, de contabilidad, apunta aterrado en todas direcciones con lo que parece una pistola; ¿soy el único sin un arma decente? No me decido a llamar su atención; parece tan nervioso que es capaz de dispararme por error. Joder, oigo como sus pasos se acercan; no sé si me ha visto, pero no tardará en descubrirme.
Justo cuando decido salir de mi escondite, una detonación resuena por todo el almacén.
De la cabeza de Eusebio frota una salpicadura tan escarlata como su pelo, y su voluminoso cuerpo pecoso y peludo cae de rodillas desparramándose hacia mí. Una pistola resbala sobre el cemento hasta topar con mis botas; me agacho, la recojo y vuelvo a hundir la espalda tras la pila de cajas.
“¡Ese cabrón tiene un rifle de francotirador!” pienso, dejándome llevar por el pánico.
—¡Muere, hijo de puta!
El corazón me va como loco cuando miro hacia arriba y descubro a Eva “Culito prieto”, de marketing, que corre haciendo resonar sus tacones por la pasarela metálica sobre mi cabeza, mientras dispara con una escopeta a alguien que está a su misma altura.
Con esos dos ocupados, aprovecho para salir por pies, cruzando media sala hasta entrar por la puerta que lleva a los vestuarios.
Me quedo helado al oír la explosión. A través de la puerta abierta, veo el cuerpo de Eva caer desde la pasarela.
Se me han quitado las ganas de asomarme: ¡También tiene granadas!
No hay que ser matemático para contar los cadáveres; sólo queda una persona a parte de mí: el “Boss”, el hijo de la grandísima que nos está matando a todos.
Y yo con mi triste martillito y una pistola con poca munición. ¡Joder!
Mejor no me muevo de donde estoy; aquí tengo una buena visión del laberinto de pilas de cajas. Que venga a por mí, si tiene cojones.
Me aguanto las ganas de salir corriendo y pronto soy recompensado: cuando oigo sus pasos, le veo cruzar por delante de la puerta a tan poca distancia que podría haberle tocado.
No me ha visto ¡No me ha visto!
¡Esta es la mía! Me da la espalda, mientras corre hacia la escalera de reja metálica que sube hasta las oficinas. Por una vez sé lo que quiere hacer: desde allí arriba dominará todo el almacén.
¡Ya eres mío, cabronazo!
Le sigo despacio, mientras llega a la escalera; cuando la sube, yo estoy a unos pocos metros de él, quieto, al lado de una columna. En cuanto entra en la oficina, subo los peldaños tras él, procurando no hacer el más mínimo sonido. Mientras lo hago, veo como se asoma el cañón de su rifle por la ventana, pero yo ya no estoy a la vista, estoy aquí, justo debajo de su arma. Nunca pensará que en el tiempo que ha tardado en subir la escalera yo me he podido acercar tanto.
Entro a saco.
Afortunadamente, no me espera: está de espaldas, apuntando a la pila de cajas donde me encontraba hace unos minutos.
No abro la boca y empiezo a disparar, apuntando a su cabeza.
Le acierto en el hombro, pero el muy mamón lleva algún tipo de armadura y es resbaladizo como una anguila: rueda por el suelo y el resto de mis disparos salen por la ventana.
Cuando me quedo sin munición, mi triunfo se va al traste: sólo me queda bajar corriendo por la escalera.
Por un instante, miró hacia atrás y le descubro apuntándome con una enorme escopeta.
Oigo el disparo a la vez que mi cuerpo sale despedido por encima de la barandilla de la escalera.
Quedo paralizado en el aire. Su expresión de loco peligroso también se congela.

En la pantalla aparece el resultado:

¡”Boss” gana el torneo!
“Boss” 3 muertes.
“Jodido novato” 1 muerte.
“Culito prieto” 0 muertes.
“Gordo cabrón” 0 muertes.
“Rata” 0 muertes.

Aparto el teclado y el ratón. ¡Mierda de escenario!
La cara del muy cabrón del jefe se asoma por detrás de mi monitor, sonriendo tanto que luce todas sus encías.
—¿Otra partidita?

Joan Villora Jofré
Relato de aventuras primera persona en tiempo presente

DETRAS DE LA VENTANA

Miro por la ventana y veo el sol, el sol y el mar
Sobre todo el mar, tan azul, tan tranquilo
Me gusta mucho ver el mar, el agua azul
Me calma, me da paz, me recuerda a mi madre
Cuando ella me cuenta historias de sirenas
Me gusta ver el mar, el azul como una postal
Pero estoy detrás de la ventana, no puedo abrirla
Casi puedo tocar el mar con mi mano
Pero no es posible, lo ha dicho el señor de blanco
El mar lo puedes ver por la ventana
Puedes verlo desde tu cama incluso, no preguntes
Miro por la ventana y veo el mar azul
Y las palmeras que me recuerdan las vacaciones
Aquí no hay vacaciones ni cole ni nada
Solo estoy en una cama todo el día
Miro por la ventana, pronto vendrá mi mama
Y miraremos el mar las dos, ella llorando
Yo no quiero llorar, el mar me gusta tan azul
El hombre de blanco me dice que tranquila
Hay como una planta en tu interior, es mala
Pero tu sigue mirando por la ventana
Me gusta el mar, tan azul detrás de mi ventana…

Irène

miércoles, 17 de junio de 2009

JUSTICIA O VENGANZA

JUSTICIA O VENGANZA

Al despertar, Edfran vió una gran luz que cegaba su visión; al girar la cabeza hacia la izquierda una bandeja metálica que contenía todos los utensilios que él solía utilizar, bisturí, tijeras, pinzas, gasas... a su derecha un gran scanner destacaba sobre aquella pared de blancos azulejos de brillo inmaculado.

Al intentar incorporarse comprobó atónito como sus muñecas y tobillos habían sido inmovilizados utilizando las correas de aquella camilla metálica. El pánico se iba apoderando de él de forma vertiginosa cuando de repente, detrás de su cabeza, justo en el ángulo que no alcanzaba visualmente oyó una voz, de sobras conocida, que le dijo:

- Ya estamos al final del camino.

-¿Al final del camino?- preguntó desesperadamente Edfran, mientras su tensión se aceleraba como un caballo desbocado. ¿Porqué me haces esto? insistió, ante la falta de respuesta a su pregunta anterior y en un tono cada vez más exasperado a la vez que sus brazos y piernas luchaban inútilmente por liberarse de aquellas malditas correas.

-En el fondo creo que es algo que debí hacer hace ya mucho tiempo- contestó por fin aquel personaje acercándose con paso firme hacia él.

Edfran notaba como un sudor frío le recorría el cuerpo cada vez con más intensidad, la ausencia de ropa, el helor del metal de aquella camilla y la desesperante situación lo estaba llevando al borde de un ataque de pánico.

-¡Me has drogado y traído aquí para vengarte!- gritó encolerizado.

- Venganza no es la palabra exacta- contestó con voz pausada aquel hombre de estilizada figura. Justicia lo llamaría yo –prosiguió- acercándose a la camilla y dirigiendo una encolerizada mirada justo a los ojos de un desesperado Edfran.

Abrochándose la bata blanca, dirigió sus pasos hacia la parte inferior de la camilla y ajustó las correas de los tobillos asegurándose de que los agitados movimientos no las habían aflojado, a continuación fué hacia un armario repleto de medicinas.

-¿Justicia dices? ¡Fue un maldito accidente!- exclamó Edfran dejando ir en sus gritos una clara petición de clemencia.

Girándose sobre sí mismo y de forma enérgica, aquel tipo alto, de cabello totalmente blanco y profunda mirada replicó:

-Los accidentes son acontecimientos imprevisibles, lo que ocurrió era más que previsible... -En cualquier caso –prosiguió- debí suponer que algún día podría suceder algo así. Siempre pensaste sólo en ti. Maldito egoísta. No tuviste suficiente con que Halen abandonara toda su carrera por ti, ni que nos abandonara para ir contigo a aquella maldita ciudad a pesar de su complicado embarazo. Lo único importante era tú éxito como “gran cirujano”, tus citas sociales, tú, tú… ¡tú!. Tú y el alcohol…

- ¡Piensa en todo lo vivido por Dios!, no puedes hacerle esto a tu…

- ¡Calla de una maldita vez!…cuando nació la pequeña Josan nos resultó como la luz de la vida; su delicada salud me hizo creer que nunca más me volverías a pedir que te concediera aquella plaza de director del hospital de Osgal, que no las obligarías a seguirte, que las amabas…una vez más volví a equivocarme contigo.

Edfran notaba como sus músculos se entumecían y poco a poco dejaban de responder a sus vanos intentos de moverlos. Su mirada absolutamente enrojecida era fiel reflejo de su desesperante estado.

- …aquella noche después de la cena, todos te rogamos que no condujeses, incluso te ofrecimos que te marchases y las dejases en casa; una vez más la bestia que se despierta en ti blasfemó y amenazó hasta el punto de que lo único que pudo hacer Halen –como tantas otras veces- fue rogarnos que os dejáramos partir, al fin y al cabo eran unos pocos kilómetros…egocentrismo y alcohol… explosivo coctel. El resto… ya lo conoces.

Edfran que escuchaba totalmente abatido, notaba como prácticamente había perdido totalmente la sensibilidad en su cuerpo. Sus ojos absolutamente encharcados en lágrimas miraban suplicantes a su verdugo aún a sabiendas de que sus posibilidades de sobrevivir eran prácticamente inexistentes.

Sacando un bisturí de aquella impecable bata blanca, aquella majestuosa figura se acercó a la camilla y le miró fijamente a los ojos diciendo:

-No sufrirás, al menos no físicamente.

Primero la derecha, después la izquierda, de forma absolutamente profesional y ante la total impotencia de Edfran llevó a cabo una pequeña y a la vez profunda incisión en cada una de las muñecas de su víctima. La sangre empezó a brotar y a recorrer aquella camilla creando un juego de color macabro sobre su superficie.

-Te lo suplico p …susurró Edfran con un mínimo hilo de voz y sin poder siquiera acabar sus palabras.

-Como sabes, lentamente una sensación de mareo te invadirá, sin dolor… Psicológicamente será difícil, pero tú y yo sabemos que es lo único que puedes ofrecer a aquellos dos ángeles inocentes. Quizás ellas, allá donde estén, puedan perdonarte. Espero que Dios me perdone a mí por haber engendrado un monstruo tan egoísta, tan frío e incapaz de sentir y dar amor…

Edfran escuchaba de forma enloquecedora como, lentamente, la sangre salpicaba el suelo de aquel quirófano …

Conrado S.

ASHY Y LA PRINCESA

Para los ceniceros el tiempo carece de importancia; de hecho, para los ceniceros como Ashy lo importante era mantener el tipo, ser íntegro, no resquebrajarse jamás. Acabar magullado, o reparado torpemente con hilos de pegamento por el cuerpo era lo peor que el destino le podía reparar. Ashy no era un cenicero convencional. Tenía cincuenta años, una porcelana intacta de elegante color metalizado y, aunque odiaba el tacto áspero y desagradable de los cigarrillos, no era cenicero contra natura. A él le gustaba el tabaco. Su mejor placer eran las largas conversaciones con los puros habanos que le hablaban del mar, del compás de las olas y el olor de las algas. Y de la pipa del señor Bellman, su amo, le encantaba la suave caricia de la ceniza al resbalar muy suavemente por su interior cóncavo con un olor a hierba fresca, evocador de un mundo que él posiblemente nunca conocería.
Ashy había paladeado hacía poco el sabor agridulce del amor. El objeto de sus pasiones había sido una vela esbelta y orgullosa, de intenso color rojo, que sólo se dignó a dirigirle una mirada lagrimosa y blanca cuando se vio desfigurada y consumida por una llama encendida por el señorito Bellman para enamorar a miss Swan. La desaparición de Cenicienta -que era como él llamaba a su amada- le había acercado al cortapuros de plata, Zack, que había aparecido años atrás debajo del árbol de navidad y que, como él, en su tiempo había bebido los vientos por una vitola bellísima de color dorado, a la que sólo había visto una tarde y que tras varias horas de amor tranquilo acabó sus días, arrugada y maltrecha, en la papelera.
Zack acompañaba a menudo al señor Bellman: al club de campo, al teatro, a casa de la señora Potsie, que no era la señora Bellman, pero que era muy cariñosa con el señor Bellman, y al Zoo, un lugar que era motivo de un sinfín de charlas entre Zack y Ashy. Gracias a las expediciones de su amigo, Ashy sabía que los tigres eran feroces y olían mal, que las jirafas tenían un cuello largo como un puro inmenso, imposible de cortar, y que el mundo no sólo estaba habitado por los Bellman, su personal y sus amistades.
Un día Zack volvió muy excitado de la visita al zoológico.
-Ashy, -dijo-. Hoy he visto un elefante. ¡Qué animal tan enorme!
Y Zack empezó a describir a su amigo la forma fantástica del paquidermo que se exhibía desde hacía poco en el zoo, y le habló de su trompa y de la enorme corpulencia del animal. Ashy entornó los ojos y trató de hacerse una idea de cómo podía ser aquella fiera. Le puso unos ojos grandes y tristes, unas orejas dulces y lánguidas, una piel áspera y de un bello color ceniza.
-Cuéntame más cosas, Zack, ¿a qué huele? ¿Y dices que es muy grande? ¿Es como Parker, el mayordomo del señor, o más?
Zack le explicó todo lo que había visto de aquel animal; le contó que le había parecido un animal tímido, pero refinado, que no comía carne y que parecía bastante limpio.
-¿Eso de la trompa es como una nariz, no? ¿Y es verdad que la usa como los humanos utilizan la mano?
Zack el cortapuros suspiró e intentó describir a su amigo la tristeza de la mirada del animal, la cadencia con que agitaba las orejas, que eran muy grandes, y sus barritos, ora guturales ora agudísimos.

Como no podía ser de otro modo, la llegada de la elefanta Wushai al zoológico de la ciudad ocupó durante unos días las noticias de los periódicos y las comidas de los Bellman. Ashy se valió de las conversaciones que oía y de las descripciones de Zack, para convertir en su cabeza al animal en una fiera hermosísima. Al saber que procedía de la India, imaginó que Wushai era una princesa elefante que había sido arrebatada de su familia por unos cazadores desalmados. Decoró la piel cenicienta de la elefanta con telas exóticas y festoneadas. En su imaginación, le alargó las pestañas y le pintó un poco los ojos. Le colgó en las orejas perlas y abalorios que al agitarse producían un bello ruido. Al poco, en la cabeza de Ashy sólo había sitio para la bella e inalcanzable Wushai.
-Ashy, ¿no te habrás enamorado, verdad? -le preguntó con recelo Zack, harto de que las conversaciones con su amigo sólo giraran en torno del paquidermo del zoo.
Pero Ashy —Zack ya lo sabía— estaba resquebrajado de amor, tenía su pequeño corazón gris roto por aquel enorme animal que nunca había visto. El pobre cenicero sabía que estaba condenado a no verla jamás, que nunca aspiraría su olor a almizcle y hierba fresca, que nunca oiría sus barritos tan dulces y penetrantes... Ashy tenía la certeza de que, aunque lograra, de algún modo imposible, conocer a su amada, la corta vida de los elefantes la haría desaparecer en poco tiempo, como a Cenicienta, y que él seguiría ahí, en la repisa de los Bellman, charlando con Zack hasta que el tiempo se encargara también de su amigo o que las manos regordetas de algún niño lo destrozaran sin remedio.
Y ocurrió que un día, de improviso, la edición vespertina de un periódico trajo la fotografía de Wushai en blanco y negro, y Ashy la vio y pudo ver y admirar largamente a su amada grabada en el papel. El esmalte de su porcelana se resquebrajó un poco. Claro que Wushai no era exactamente cómo él la había imaginado, pero Ashy reconoció en ella a su auténtico amor. Nunca hasta ese día había querido tener manos y piernas, como los humanos, para alcanzarla. Se hizo de noche y la luna se coló entre los visillos de la sala y Ashy, con la vista fijada en Wushai, saltó al vacío y estalló en mil pedazos sobre su fotografía.
Por la mañana el servicio recogió el cenicero y lo abrigó con aquella hoja de periódico. Y Zack supo que eso estaba bien. Que así había de ser. Y recordó entonces la vitola dorada y lloró partido de un dolor agudo, que sólo un cortapuros es capaz de sentir. ¡Ah, el amor!

Marta M.
Curso Creatividad, estructura y técnicas narrativas

martes, 16 de junio de 2009

EL ABUELO

EL ABUELO

Pablo sentía una gran sensación de paz y tranquilidad junto a su abuelo. Con once años, la vida colegial marcaba la pauta semanal y era el sábado cuando tenía la oportunidad de estar con él. Sus padres, inmigrantes de origen humilde, procuraban a Pablo una educación selecta para que el día de mañana fuera un "feliz hombre de provecho". Sólo dejaban que pasara los sábados con el abuelo, a veces, si había suerte, también el domingo. A Pablo esos sábados le parecían mágicos.

Poco podía imaginar que aquel sábado marcaría para siempre sus vidas...
Pablo era más bien pequeño para su edad, moreno y algo regordete, y, según decía su abuelo, con los mismos ojos verdes de su abuela. Su abuelo era un tipo alto, delgado y con el pelo prácticamente blanco, desde allí abajo a él le parecía la imagen de un ciprés, y eso le proporcionaba una gran seguridad. Entrado en los sesenta, conservaba el atractivo de aquellos que de jóvenes habían estado del bando de los guapos -al menos eso era lo que afirmaba la madre de Pablo-. El abuelo era campesino de origen y desde que llegó a Barcelona, en los años cincuenta, había trabajado en casi todo. A diferencia de los padres de Pablo, vivía en el extrarradio de la ciudad, en un barrio formado por barracas que los propios inmigrantes habían construido a su llegada. Casas de una sola planta, hechas piedra a piedra y encaladas de blanco al más puro estilo andaluz. Unidas unas con otras, como cosidas a modo de pesebre, con suelos arenosos, techos de uralita y patios engalanados de flores; todas con un pequeño huerto donde poder cultivar todo tipo de hortalizas y verduras. Cada sábado, su padre, mientras le acompañaba, le insistía en que debía ir con sus amigos del colegio y estar en ambientes "menos rurales". Él le miraba haciendo ver que atendía, pero en su cabeza ya rondaba la idea de ir a buscar a Miguel, su amigo de aventuras y adentrarse por todas aquellas callejuelas en busca de alguna lagartija a la que cortar la cola o cualquier otra aventura que nunca podría vivir en aquellos ambientes digamos, "menos rurales".Al llegar sabía perfectamente dónde estaría su abuelo. Si hacía una buena mañana de sol, seguro que andaría por el huerto regando, arrancando hierbas, plantando... a él le encantaba ir a buscarlo allí, y empezar ya pronto a chapotear en aquella tierra que desprendía "olor a vida" que decía el abuelo; si el día era lluvioso lo más probable es que estuviera al final del patio, en una especie de cobertizo -en el que en la propia pared había construída una especie de chimenea que partía del mismo suelo-, preparando fuego. Esos días de lluvia alrededor del fuego le entusiasmaban, mientras comían patatas asadas el abuelo le explicaba historias fantásticas y cuentos increíbles. Cuando se quedaba con ellos Miguel, su compañero de andanzas, Pablo pedía al abuelo que contara historias de miedo para aterrar a Miguel, y así ellos acabar muertos de risa. En alguna ocasión pasaba por allí Emilio, un tipo mayor -pensaba Pablo- aunque no tanto como el abuelo.

- Buenos días Pablo, qué tal va?- Bien , aquí con mi abuelo...

Pocas palabras más se cruzaban entre él y Emilio, un cuarentón vecino de aquel poblado que, según le explicó el abuelo, era hijo de un buen amigo suyo. Pasaba siempre como con prisas y hablaba en tono bajo con el abuelo. En realidad, a Pablo no le hacían ninguna gracia las visitas de Emilio. Eran visitas cortas pero, como por arte de magia, en esos momentos se hacía como invisible para ambos. Y aquellos cuchicheos, que muchas veces coronaban con unas risitas... Había algo de oculto en el comportamiento de Emilio -pensaba Pablo-. Manuel decía de él que era como una nenaza...

Pronto sabría quien era realmente Emilio...

En ocasiones, algún objeto de la casa le recordaba vagamente a su abuela. Murió siendo el tan pequeño que en realidad no tenía más que fotografias mentales de ella; su abuelo le hablaba a menudo de como era de guapa y de lo bien que cocinaba. - Te quería mucho hijo. Ahora está en el cielo y seguro que desde allí cuida de ti. Aquel sábado habían estado en el huerto con Manuel regando, era lo que más les gustaba. Era un día cálido de primavera y el abuelo dejaba que se "enfangaran como verdaderos cochinos"", expresión que utilizaba para definir como chapoteaban la tierra mojada y ésta a su vez les devolvía por todo el cuerpo infininidad de manchas marronosas que sólo a base de un buen baño lograban hacer desaparecer. Después habían cogido unos tomates y los habían dejado en un plato a la espera de que el abuelo trajese un poco de bacalao seco y pan que sería el almuerzo para los tres. Pan, bacalao y tomate, extraño almuerzo para niños de once años, al menos eso decían sus compañeros de clase cuando en ocasiones lo explicaba. En aquel huerto, en aquel ambiente y con barro hasta en las cejas...el mejor almuerzo del mundo pensaba Pablo.

Después de almorzar recogieron las malas hierbas y limpiaron las herramientas, el abuelo, a la vista de que el cielo amenazaba con lluvia, les propuso lavarse un poco y llevar un poco de leña al cobertizo para preparar fuego para la comida. Hoy Manuel se quedaría a comer con ellos y así a la tarde los dos chavales inventarían cualquier aventura que vivir por aquella montaña.

- Hoy haremos volar una cometa- dijo Manuel, mientras llevaban la leña al cobertizo.
- ¿De dónde sacaremos la cometa?- preguntó Pablo.

Manuel le miró con cara de pillo, con aquella mirada que le dirigía cada vez que quería que Pablo se muriese de intriga. Después le sorprendería con aquella extraña habilidad que tenía para componer el mejor juguete del mundo con tres tablas y una cuerda, o cómo en el caso de la cometa con un periódico viejo, unas cañas y un poco de cuerda, y ahí estaba, una cometa. Mientras el abuelo acababa su tarea en el huerto, ellos buscaron en la habitación que el abuelo tenía a modo de taller los elementos que, siempre a criterio de Manuel, eran necesarios para confeccionar la cometa. En ello estaban cuando apareció Emilio.

- Buenas jóvenes.
- Hola- contestaron los dos casi al unísono.
- ¿Anda por aquí tu abuelo?- preguntó mirando a Pablo.
- Debe estar aún en el huerto- contestó Pablo, de mala gana.

Cuando Emilio se dirigía hacia el huerto, Manuel gesticuló como imitando a una niña, Pablo se rió por lo bajini y a continuación prosiguieron con su búsqueda. En pocos minutos Manuel acabó de montar la cometa, Pablo aún sorprendido de aquella extraña habilidad, se preguntaba si realmente aquel artefacto casero podría llegar a volar.

Para mayor sorpresa de Pablo, tras unos primeros intentos fallidos la cometa comenzó a surcar el cielo, cuando más emocionante estaba el vuelo vieron aparecer al abuelo y a Emilio, quien hizo ademán de apedrear a los chicos.

- Querrá hacerse el simpático- pensó Pablo.

- Vamos chicos -indicó el abuelo- Emilio también se quedará a comer.

Ni a Pablo ni a Manuel les pareció la mejor noticia del día, pero al fin y al cabo tampoco era ningún drama, o al menos eso pensaron ellos...

Siguiendo las instrucciones del abuelo fueron a la cocina a buscar unas patatas y un paquete con carne que había en la nevera, haciendo carreras como siempre, se dirigieron hasta el fondo del patio al cobertizo donde el abuelo ya había comenzado a preparar el fuego.

La comida transcurrió de una forma mágica para los niños. Emilio les explicó varias historias de su niñez en el pueblo.

- No es tan mal tipo- pensó Pablo, por quién se preocupó especialmente al hacer su exposición de aventuras infantiles. Tan atentos estaban de las palabras de Emilio que ni se percataron de que la lluvia había hecho acto de presencia, de modo que los planes de la cometa quedaron aparcados para otro día.

Ante el cambio de planes, Manuel propuso que ambos fueran a su casa a "tirar al gato", un juego -invento por supuesto de Manuel- que consistía en torpedear a bolazos de trapo un viejo gato de cartón, muy apropiado para los días en que la aventura en el interior era más aconsejable que en el exterior.

-De acuerdo- dijo el abuelo -en un par de horas te vendré a buscar Pablo, así aprovecharé para comentar unas cosas con el padre de Manuel- -No dar mucho la lata -remató.

Tras este último comentario los chicos corrieron montaña abajo hacia la casa de Manuel, llovía tan fuerte que no era aconsejable chapotear en algún charco por si éste se los "tragaba".

Llegaron a casa de Manuel, la lluvia caía con más intensidad, así que se refugiaron rápidamente a través del patio hacia la puerta de entrada. La puerta estaba cerrada.

-¿No hay nadie? preguntó Pablo mirando a Manuel.
- Mi madre está trabajando y mi padre seguro que "en los conejos"- contestó Manuel.

Ambos se miraron y salieron corriendo hacia la parte trasera de la casa donde el padre de Manuel tenía una especie de granero en el que, entre otros animales, tenía unos conejos con los que Pablo y Manuel de vez en cuando también se divertían.

Así era, allí estaba el padre cuidando de aquellos animales que un día u otro acabarían siendo homenajeados en la mesa. Estuvieron un buen rato incordiando a aquellas pobres bestias indefensas y después, tal y como habían planeado, fueron a la casa a "tirar al gato".

Después de una buena tanda de bolazos a aquel destartalado gato de cartón llegó el padre de Manuel y les propuso que mientras padre e hijo recogían unas plantas, Pablo fuera a casa de su abuelo y le propusiese venir para preparar una buena merienda con ellos. Estaban encantados con la idea, como otros sábados aquella merienda acostumbraba a estar acompañada de un chocolate muy especial que, sólo el padre de Manuel -según el mismo decía- sabía de donde procedía.

Dicho y hecho, Pablo enfiló veloz el callejón de piedras que conducía a casa de su abuelo. Poco antes de llegar vió como aún humeaba la chimenea del cobertizo y hacia allí se dirigió con el firme propósito de dar a su abuelo un susto de "muerte". Sigilosamente se acercó hasta la puerta del cobertizo y de un hábil salto se coló en el interior. Para su decepción el abuelo ya no estaba allí, así que su susto quedo sólo en intento. Dió media vuelta y se dirigió a través del patio al interior de la casa, se imaginaba que, como en otras ocasiones, el abuelo debía estar ordenando "cachibaches" en aquella especie de taller. Sin pensarlo dos veces se plantó en la puerta y apenas sin aliento volvió a intentar "matar" a su abuelo de un buen susto.

-¡Abuelo!- gritó, abriendo la puerta con un sonoro manotazo.

Sabía que ese tipo de bromas a su abuelo no le entusiasmaban, pero siempre acaban los dos riendo.

Sin embargo ese día fué ...muy diferente.

La imagen que se apareció ante sus ojos lo dejó absolutamente paralizado...

...Hoy también es sábado, un sábado triste y lluvioso.

Toda la familia está reunida en el cementerio. Todos alrededor del féretro del abuelo. Pablo, junto a otros familiares, lo han dejado al pie mismo de la tumba.

Hoy Pablo, ya convertido en un "feliz hombre de provecho", abraza a sus padres en un vano intento de consuelo ante tan grande pérdida.

Con una mano sobre el ataud y los ojos absolutamente encharcados Pablo murmura,

- Querido abuelo, te querré y te admiraré siempre, y conmigo morirá nuestro secreto. Después de tantos y tantos sábados maravillosos... sé lo duro que fué para tí aquel sábado de hace ya muchos años...aún recuerdo tu ojos llenos de lágrimas intentando explicarme que los hombres no sólo aman a mujeres, que en ocasiones también pueden amar a otros hombres...

-Hoy si puedo entenderlo.

Mirándole, al otro lado del féretro, llora desconsoladamente un ya anciano Emilio.

Conrado S.

sábado, 13 de junio de 2009

Hambre

Tengo miedo. Estoy escondida detrás del sofá mientras David enfurecido lanza uno a uno los vasos contra la pared. Tiemblo. Los cristales se esparcen en forma de mal augurio, percibo las paredes estrechándose, me cruje el estómago y me dejo llevar por la pesadez de mis párpados. Sus grotescas palabras me suenan a silbidos lejanos hasta que ya prácticamente no oigo nada.

Ahora me doy cuenta de que no debía habérselo dicho. Cualquier persona cuerda sabe que las historias de cuernos no deben contarse, yo también, pero Antonio no para de presionarme y yo temía que si no daba el paso errante de contárselo a David, Antonio no me iba a pagar nada hoy, porque hoy tengo que verlo. No le he dicho nada a David del dinero, por supuesto, no soy una puta, solo busco una salida para ambos, para David y yo, claro está, un camino fuera de la miseria. Ya hace más de un mes que terminé mis suplencias de maestra en la escuela del pueblo, también de que echaron a David de la fábrica de pizarras, así sin más, porque quebró la empresa y apenas sin cobrar, apenas sin comer. Mi David, me da pena. Yo quiero que todo vuelva a ser como antes, estábamos muy bien los dos en nuestra casa de campo antes de que todo quebrase. Ahora me da lástima haberle herido, preferiría no haberle contado nada, no recordar nada de esta conversación.

-¿Qué ha pasado? ¿Por qué lloras? ¿Qué es todo este desorden? Tengo hambre. ¿Qué hora es? –digo mostrándome más trastornada de lo que estoy.
-Tranquila cariño, te has desmayado. ¿Tu me amas, verdad? Todo debe ser culpa del hambre. No te preocupes, encontraré algo de trabajo muy pronto y nos comeremos un gran entrecot con un tinto del bueno. Dame tiempo Clara, yo te amo mucho, no me imagino la vida sin ti. Dime que aun me amas.
- Claro mi amor, que tontería. ¿Por qué lloras?
-¿En serio no recuerdas nada?
-¿De qué? Habré tenido una bajada de tensión, eso es todo.
-No entiendo como no puedes recordar, ¿te encuentras bien?
-Si cariño. Solo es hambre, desde que nos quedamos sin trabajo que apenas comemos.

Tal vez no sea verdad que le he dicho nada a David, tal vez la verdad sea sólo que me he desmayado, la tensión, ¿por qué no? Tal vez David me mire triste y resentido porque también esta desesperado. Tal vez nada sea verdad, tal vez. A mi David yo le amo mucho, es un buen hombre, me quiere tanto que sería capaz de olvidar el daño que le he hecho, tal vez. A Antonio también lo amo, pero no tanto. No es un buen hombre pero hay química y la adrenalina de traspasar los límites, además, me paga a veces y nosotros necesitamos dinero. Esta tarde tengo que verlo sin falta o ni David ni yo comemos. Antonio vive en el pueblo a unos diez kilómetros de nuestra casa en la aldea. Tal vez sea verdad que David no sepa nada, tal vez Boby, nuestro perro travieso, se subió a la mesa y rompió los vasos, tal vez pueda inventarme una excusa para bajar al pueblo.
-Cariño, esta mañana limpiando la casa, he encontrado unas monedas. Bajaré al pueblo, a ver si puedo comprar algo para cenar, ni que sea una barra de pan con atún. Quédate si quieres en casa y así limpias estos cristales, maldito perro, si no fuera tan juguetón no lo perdonaría, pero no sé que tiene que cuando me mira con estos ojitos olvido sus salvajadas. Mejor me voy o me cerraran el supermercado.
-Ya bajo yo al pueblo si quieres.
-No, no, que a ti se te da mejor poner la leña para encender la chimenea.
-Va, déjame acompañarte. Esta tarde te has desmayado, no quiero que te pase nada.
-Cariño, no voy a tardar mucho. Aprovecha para poner velas y así tenemos una cena romántica como las que hacíamos antes, me haría ilusión.

Al viejo motor le cuesta arrancar bajo la fría escarcha pero lentamente se pone en marcha entre los eucaliptos coruñeses del campo. A la segunda curva me suena el móvil. Es Antonio preocupado por saber si se lo he dicho. Me despido alegando que nos vemos en media hora en su casa y paro el coche aturdida. Pienso que David tiene razón, debe ser el hambre. Intento pensar, recapacitar, tomar una decisión una vez más y, nada. Pongo el coche en marcha y compro las malditas latas de atún. De vuelta cojo el desvío hasta la casa de Antonio asegurándome de que nadie me ha visto.

Antonio sonriente me abre la puerta. Nos besamos con hambre, devorándonos hasta alcanzar el clímax.
-Debo irme –Confieso.
-Quédate a cenar. Tengo una botella de vino y unos entrecots que nos esperan bajo la penumbra del fuego.
-No puedo, lo sabes.
-¿No se lo dijiste?
-No –miento, tal vez¾. No he podido.

Veo a David impaciente tras los cristales de la casa esperándome. Entro, pero no dice nada; se le nota aun turbado. Hay velas entre las piedras del salón y una mesa vestida sin comida. David me mira deseoso y miedoso. Sonrío, corto unas rebanadas de pan, lo beso agradecida y me pego una ducha rápida y profunda. Me visto con mi viejo vestido para las veladas especiales y comemos bajo la temerosa mirada de David que aun tiene los ojos cristalinos. Se nota que hay que romper el hielo, así que al fin acordamos por unanimidad abrir la botella de orujo que reservábamos para cuando vinieran nuestros amigos.
Sentados en el sofá, frente a la chimenea y a media botella, siento mis ojos húmedos reflejados ante las rojizas pupilas de David.
-¿En serio no te acuerdas de lo sucedido esta tarde?
-No hay nada que recordar. –Digo y me digo-. Será el hambre.
- ¿Cuántas veces...? ¿Cuánto tiempo...? ¿Por qué...?
-Te digo que no hay nada que recordar mi amor. Te amo desde siempre.
-Esta bien, yo también te amo mucho. Voy a bajar al pueblo a por otra botella de orujo. Espérame tranquila que enseguida vuelvo.
-¡David! Pero si aun nos queda media botella y está todo cerrado a estas horas. Además, no tenemos dinero.
-No te preocupes de nada, relájate y olvídate del dinero. No habrá nada que recordar.

viernes, 12 de junio de 2009

Imperfectos

Aunque la gente se reía de él por sus peculiares costumbres, el viejo de pequeña estatura que, envuelto en una capa raída, subía descalzo por el camino empedrado y rodeado de olivos que cruzaba la acrópolis, es conocido hoy en día en todo el mundo. Su nombre: Sócrates.
Le acompañaba Aristocles, que apenas excedía de los veinte años y al que su rica túnica de lino delataba como miembro de la aristocracia ateniense.
El joven caminaba sin prisa, escuchando con atención las apreciaciones del que, según el oráculo de Delfos, era el hombre más sabio del mundo. Entonces observó la cara enrojecida y sudorosa del anciano.

—¡Que calor! Estoy agotado —dijo Aristocles, pasándose el reverso de la mano sobre la frente en un gesto teatral para, acto seguido, ir a sentarse sobre una ancha piedra a la sombra de un viejo muro que flanqueaba el camino.
Sócrates no dijo nada; el sudor que le resbalaba por su nariz respingona sólo se detenía al llegar a sus largas y blancas barbas. Suspiró y, sonriente, se sentó junto a su compañero.
El joven discípulo le dio la espalda para mirar hacia la cima de la colina, donde se erguía el Partenón.
—Aún nos queda un poco de subida.
—¡Vaya! esto… —comenzó a decir el anciano.
El joven se volvió hacia Sócrates, que permanecía callado, con el dedo índice extendido hacia el muro.
—¿Maestro? ¿Qué me quieres enseñar? Sólo son piedras, resquebrajadas por el tiempo —dije, extrañado.
Pero no me contestó; siguió señalando aquella pared.
¡Que capacidad de concentración tenía! Yo miraba sin ver nada extraordinario, pero, para él, aquellas peñas mal unidas y desechas encerraban una lección importante. Como siempre se negaba a escribir sus pensamientos, intenté averiguar cual.
—Si, ya veo la planta que se abre paso entre las grietas de esa piedra. El débil, con voluntad, es capaz de vencer al fuerte ¿No?
Pero el maestro permanecía impasible, señalando el muro.
—¿La tela de araña sucia? Si, un gobierno corrupto al final termina por caer y olvidarse.
Más Silencio.
—¡Ah! ¡Estúpido, estúpido de mí! Si casi lo digo antes. ¿El tiempo? ¿Nada está a salvo del paso del tiempo?
Ni pestañeó. ¿Por qué simplemente no me lo decía? Pensé, rascándome mi escasa barba.
—Pero… ¿Qué es? ¡Por todos los dioses! —dije, mirándole a los ojos, mientras acercaba mi cara a la suya.
Entonces, el maestro se introdujo en la boca el dedo con el que señalaba y lo chupó sonoramente.

—¡Como escuece! ¡Ya he tenido que rozar alguna ortiga! —exclamé, mientras a duras penas contenía la risa al ver la cara de mi desconcertado discípulo.
—Pero maestro… ¡estaba convencido de que me indicabas algo en esa pared!
—¿De verdad viste como señalaba la pared, joven Aristocles? —le pregunté, dándole tiempo para percibir su error.
—¿Es que ni siquiera podemos fiarnos de nuestro juicio o sentidos? ¿Acaso percibimos el mundo de forma imperfecta? —dijo, mirándome entristecido.
Le cogí del hombro, entendiendo por qué mis otros discípulos le denominaban Platón “el de espalda ancha”.
—Ánimo, Aristocles. Yo solo sé que no sé nada.

Ejercicio sobre cambio de Narradores (Omnisciente, Cámara, Testigo y Protagonista)

Joan Villora Jofré


martes, 9 de junio de 2009

El laboratorio

Me preguntaréis qué estoy haciendo yo solo, aquí en este maldito laboratorio, pasada ya la medianoche, con un bidón de gasolina y un encendedor que de momento utilizo para iluminar mi camino. Os asustaréis si veis mis ojos expectantes, escudriñando la oscuridad. 

¿Qué busco? Mejor preguntad a quién busco. O mejor aún ¿por qué lo busco?

Soy el director de este laboratorio químico y estoy aquí y ahora para acabar con su invisible presencia. Sé que se está vengando por lo que le hicimos. Pero dejadme que os explique que en vida nos atormentó a todos con su forma de ser, un torbellino de despropósitos y desbarajustes. No tuvimos otra opción que despedirlo. Y ahora que está muerto, finiquitado por fin en un desgraciado accidente de tráfico del cual sólo él tuvo la culpa por ir a doscientos kilómetros por hora, ahora cuando creíamos que podríamos seguir nuestro trabajo con tranquilidad, ahora ha vuelto y está acabando con todos nosotros. Yo soy el último superviviente, todos los demás han muerto. Por eso lo busco y por eso llevo este bidón de gasolina. Sólo el fuego y la destrucción pueden poner fin a su asesina venganza.

Sé que ha entrado. Me está advirtiendo de su presencia. He visto cómo las puertas giratorias de la entrada han empezado a girar por sí solas a diabólica velocidad. Esa misma velocidad con que las cruzaba cada mañana. Más que puertas giratorias parecían aspas de una turbina, a su paso. Esas prisas en todo. Esa forma de caminar a zancadas, con su enorme nariz por delante. Esa forma de hablar sin pausas y a toda pastilla, 


– Buenosdíasdirectorcomestáustedyomuybiengracias – me saludaba cada vez que pasaba por mi lado como una exhalación. Así de rápido hablaba el desgraciado en vida. Así he oído su voz de ultratumba esta noche, cuando una probeta de ácido se ha derramado sobre la pobre Mireia y la ha quemado viva:


– Estoporburlartedemimalditazorra – le ha susurrado antes de que el ácido llegase a sus oídos.

Sí, Mireia se había burlado mucho de él. ¿Y quién no? Si es que era patético. ¿Cómo un hombre puede andar con tantas prisas por el mundo? No paraba quieto. A su paso, los papeles volaban, las plantas perdían sus hojas, el pelo de la moqueta se erizaba. Y cuando llegaba al laboratorio, las probetas, los émbolos, los agitadores, los alambiques, las pipetas, todo lo que fuese de cristal o delicado prefería estallar en mil pedazos antes de que él las cogiese.

Prudencio, nuestro jefe de intendencia, el que proveía de material, también se había burlado mucho de él. Y Prudencio ha aparecido desangrado en el almacén, atravesado por infinitas astillas de cristal. Un vendaval inexplicable y de fuerza aterradora las ha arrancado de sus estanterías, las ha triturado y arrojado uno a una contra el desdichado de Prudencio.


– Tomaytomaytomaytomaytomaporchivartealdirectoryponermeesehorriblemote – se ha oído en cuanto el vendaval se ha disuelto dentro de la nariz del cadáver de Prudencio.


Sí, Prudencio tuvo que chivarse, porque no le quedó más remedio cuando me presentó la factura de gastos de material. 


– Deberíamos llamarle el Torpedo, porque además de rápido, es torpe como él sólo – me dijo días antes. Ya no volví a hablar nunca más con él.


No quiero pensar que todo fue culpa mía por haberlo fichado. Pude haber previsto que el tipo no era el más adecuado para ese trabajo, pese a que era licenciado en un curso acelerado de química aplicada. Un tipo que se compró una casa al lado de la autopista porque creía que podía aparcar en el arcén, saltar la valla y llegar a su casa, evitándose dar un rodeo. Un tipo que cada vez que pasaba por el arco de seguridad de un aeropuerto, el escaner no tenía tiempo de detectar si llevaba algo metálico. Un tipo capaz de trucar el motor del ascensor con tal de que subiera más rápido. ¿Cómo se me ocurrió fichar al tal Torpedo? Y que dios perdone al pobre Prudencio por su ocurrencia y a mí por mi candidez. 


Noto que su espíritu invisible me está acechando en la oscuridad. Sólo veo el brillo de la llama del mechero reflejada en las probetas de cristal. Está cerca. Casi puedo sentir su gélido aliento en la nuca. !Ahhggg! La afilada boca de un alambique acaba de pasar volando, muy cerca de mi cuello. La he esquivado de milagro. Porque estoy prevenido. Y sé cómo actúa y cómo detectar su presencia. ¿Es eso el tintineo de una probeta? No, es él que quiere clavármela en el ojo. ¿Es el sillón quién se ha girado? No, es él que ha pasado como una exhalación por su lado. Está detrás de mí. Lo noto, lo siento. Ese termómetro que me apunta, el mercurio que sube y sube. !A cubierto, va a explotar! Lo conozco como si lo hubiese parido. Ahora está aquí, ahora allá, veloz y silencioso como un suspiro. ¿Y estos bultos en el suelo que me hacen tropezar? !Ah, sí! Los cadáveres de Julio, Santiago, Marta y Tomás. Han caído todos. Una muerte rápida, más rápida y fulminante que un disparo o que el corte de una guillotina. Una muerte acelerada, sin escatimar en macabros recursos. Permitidme que evite los detalles. Me sería muy difícil describirlos. Ahora no es el momento de recordar sus muertes. Ahora tengo que salvar mi vida.!Dios, qué eso? ¿Qué tengo en el culo? ¿Dónde está mi bidón de gasolina? !Mi mechero! Dios que rápido es el hijo puta del Torpedo. ¿Y esta mecha? ¿Y ese olor a pólvora?


– Tresdosunoceroigniciónadiosqueridodirectoooooooooor ,




Ignasi Raventós

Curso de narrativa

Ejercicio de fantasmas


lunes, 8 de junio de 2009

En la Tierra ancestral nadie gobernaba sobre los demás, todo era caos y desolación causada por las luchas entre los diferentes bandos por dominar la Tierra, pero la batalla final se acercaba. Los Magos Negros vigilantes en la altura desde sus escobas, se habían reunido en el Gran Desierto. Justo debajo de ellos, los trolls esperaban ruidosamente el momento del ataque.
Los Magos Negros y los trolls luchaban juntos por dominar la Tierra y lo conseguirían cuando acabaran con el último bosque que daba cobijo a sus enemigos. El bosque se encontraba al sur del Gran Desierto y en él vivían Hadas, Duendes y Elfos. Las Hadas se habían apostado entre las copas de los árboles dispuestas a contrarrestar el ataque aéreo de los Magos Negros, por su parte Duendes y Elfos lucharían en tierra al amparo de los árboles, que con sus ramas bajas y gruesos troncos formaban una espectacular barrera contra los trolls.
Bordeando el Gran Desierto y el bosque se encontraban los océanos. Mucho tiempo atrás, dos facciones de magos se enfrentaron por dominar el Mundo Mágico. Los Magos Negros fueron los vencedores. Los Magos Rojos, derrotados y humillados tuvieron que elegir entre ser esclavizados o vivir en las profundidades marinas transformados en Sirenas y Tritones. Todos sin excepción prefirieron perder sus poderes mágicos y ser desterrados al océano. Ahora, desde las profundidades marinas seguían atentamente los acontecimientos en tierra firme, pero sin poder participar en ellos.
En la superficie del mar, sobre débiles embarcaciones sobrevivían los hombres ajenos a la guerra y a todo lo que no fuera la búsqueda de alimento. Llegaron al mar expulsados primero por los Magos Negros al considerarlos inútiles por no poseer poderes mágicos y mas tarde, los habitantes de los bosques los desterraron por ser una plaga dañina para su bosque.
Los Trolls iniciaron el ataque durante la noche, pues no soportaban la luz del día. Los enormes robles y hayas organizados por los Duendes y apoyados por los Elfos soportaron bien los envites de los Trolls. Al alba, los Magos Negros volando en sus escobas atacaban las copas de los árboles. El ataque en sí no suponía una sorpresa, puesto que cada contendiente conocía la situación de su oponente, sin embargo los habitantes del bosque sí se vieron sorprendidos por la intensidad del ataque. Los Magos Negros habían mejorado y aumentado sus hechizos desde la última batalla unos meses atrás, los chispazos que salían de sus varitas arrasaban las copas de los árboles, cuya mágica defensa proporcionada por las hadas era claramente insuficiente.
Poco a poco el bosque se debilitaba por los ataques combinados de Magos y Trolls. Aún así, bosque, Hadas y Elfos aguantaron hasta que la luz del sol y el calor se hizo insoportable para los Magos Negros y Trolls, que tuvieron que retirarse, pero todos sabían que un nuevo ataque de esa intensidad sería el último y que tanto el bosque como sus habitantes serían aniquilados.
En su desesperación, los habitantes de los bosques acudieron a los Hombres, cuyo número sobrepasaba a Trolls y Magos juntos, sin duda esta circunstancia equilibraría las fuerzas. A cambio de su ayuda, los Hombres recibirían de Hadas y Elfos ciertos poderes mágicos que les serían de utilidad para enfrentarse a los hechizos de los Magos Negros. Pero los Hombres, desconfiados y ladinos a partes iguales traicionaron a Elfos y Hadas al ofrecer un pacto a Sirenas y Tritones. Después de siglos de rencor acumulado hacia los Magos Negros, las Sirenas y Tritones aceptaron el pacto sin que los Hombres tuvieran que insistir demasiado: los Hombres utilizarían su recién adquirida magia para devolverles su condición inicial de Magos Rojos, a cambio los Hombres recibirían de Sirenas y Tritones ayuda para enfrentarse a Trolls y Magos Negros.
La ayuda llegó en forma de corazas y escudos escamados, procedentes de la piel de dragones marinos y con la suficiente dureza como para repeler los hechizos del los Magos Negros. Los escudos se complementaban con lanzas de coral que se utilizarían para acabar con los Trolls.
Comenzó el último ataque, pero esta vez los sorprendidos fueron los Magos Negros al comprobar como sus hechizos se volvían contra ellos al rebotar en las corazas y escudos de los Hombres. Su asombro aumentó aún más al darse cuenta de que los Trolls no corrían mejor suerte: rodeados por los hombres y atacados con lanzas de coral, los Trolls estaban siendo exterminados.
Los Magos Negros aún disponían de fuerzas suficientes para un nuevo ataque, pero la repentina aparición de los Magos Rojos les desconcertó de tal forma que emprendieron la retirada. Los Magos Rojos y los Hombres les persiguieron hasta dar caza a casi todos ellos, sólo unos pocos consiguieron escapar.
Para hadas, Duendes y Elfos la victoria fue agridulce. Sí, habían ganado y el bosque se encontraba a salvo, pero habían sufrido importantes bajas y lo que mas desasosiego y temor les producía era el poder que ahora tenían los Hombres y sus inesperados aliados los Magos Rojos. Sus ejércitos combinados superaban ampliamente a los habitantes de los bosques tanto en número como en poder mágico, el precio pagado por la victoria había sido muy alto.
Elfos y Hadas se conjuraron y retiraron la magia a los Hombres sin que éstos ni los Magos Rojos tuvieran tiempo de hacer algo para evitarlo. Al desaparecer la magia de los Hombres, también desapareció el hechizo sobre los Magos Rojos, volviendo a las profundidades del océano donde aún siguen viviendo transformados en Sirenas y Tritones. Los Hombres ya no tenían poderes mágicos pero mantenían sus corazas, escudos y lanzas, lo necesario para iniciar una nueva batalla y obligar a Duendes, Hadas y Elfos a huir y esconderse en lo más recóndito del bosque, donde todavía hoy siguen escondidos.
Los escasos Trolls supervivientes se vieron empujados por los Hombres hacia lo más profundo de los bosques y altas montañas. Por su parte los Magos Negros fueron perseguidos incansablemente durante siglos, capturados y ejecutados en la hoguera hasta casi su total exterminio.
De este modo casual y fantástico, el Hombre se hizo dueño de la Tierra y de todos los seres vivos que en ella habitan, mágicos o no. Con el tiempo los druidas y chamanes, a la sazón guardianes de las antiguas grandes gestas, fueron olvidando aquella gran batalla pero tal fue su trascendencia y el miedo que sobre los vencidos causó que todavía hoy, miles de años después los Trolls, Magos, Duendes y Hadas permanecen escondidos y evitan ser vistos por los hombres por miedo a sus represalias.


Pedro.

sábado, 6 de junio de 2009

Sube, Quique

“Sube, Quique” decía la suave voz de mi madre a través del portero electrónico, cuando cada tarde volvía del colegio y mis pasos terminaban por dejarme, muerto de miedo, ante el gran portal de hierro de mi edificio.

Por aquel entonces era un chaval de ocho años, que acababa de quedarse sin padre.

Cuando la puerta se abría y el frío del amplio rellano empezaba a filtrarse bajo mis pantalones cortos, yo la empujaba hasta que no podía forzar más el muelle que la cerraba. Para entonces, ya notaba su presencia invisible, justo detrás de mí.

Sin atreverme a perder la calma, con mi mano derecha aferraba el asa de la cartera del colegio y, soltando la puerta, echaba a correr como un loco hacia los escalones: no sé como se me había metido en la cabeza que debía sobrepasar el tercero antes de oír como la puerta se cerraba, o él se vería libre para atraparme.

Primer escalón… segundo… ¡Tercero! Pensaba y, entonces, el estrépito de la puerta al cerrarse me sobresaltaba y yo continuaba subiendo, sin mirar atrás, forzándome a ir cada vez más deprisa, alejándome de la figura invisible que imaginaba rabiosa y frustrada; llegaba asfixiado al primero primera, clavando mi dedo índice en el timbre de casa.

Sólo me sentía a salvo cuando hundía la cabeza en el delantal de mamá y ella me abrazaba.

Mi madre, “la señora Paquita”, era regordeta como una muñeca de trapo, pero nada blanda: el día que mi padre llegó a casa borracho y le dio por golpearme con más saña que nunca, aquella mujer bajita y dulce corrió a la cocina y, tomando el cuchillo más grande que pudo encontrar, atacó decidida a un hombre furioso que la doblaba en tamaño. Recuerdo a mi padre huyendo de casa, gritando con el cuchillo clavado entre las tripas. Oí como tropezaba y rodaba por las escaleras hasta caer en el rellano como un saco de patatas.

 

Veinte años después, aún me daba prisa al subir aquellas escaleras; el último día que visité a mi madre también suspiré de alivio al sobrepasar el tercer escalón.

Cuando me abrió la puerta, forcé una sonrisa a sabiendas del mal estado de mis dientes. Estaba pálida, aún más débil y vieja.

—Hola, mamá.

 Su mirada triste me hirió más que nunca.

—Hola Enrique —me dijo, mientras le plantaba un par de besos.

—¿Ya has encontrado trabajo? —me preguntó, bajando la mirada al dejarme pasar.

—Ayer tuve una entrevista. Supongo que me llamarán —mentí, esperando que mi ropa no oliera demasiado.

Sobre el pequeño mueble del recibidor, descansaba un busto de la virgen y una vieja foto mía dónde mis ojos castaños aún parecían vivos y mi melena oscura no era tan rala y estaba libre de canas; aparté la vista y terminé por seguir a mi madre por el pasillo. La artrosis apenas la dejaba andar arrastrando las zapatillas. Pero el piso era pequeño y ella apenas tenía que caminar; aún así, era mucho mejor que la chabola donde yo malvivía.

Llegamos al comedor. Salvo por un pequeño televisor, todo era viejo, aunque limpio y bien cuidado. Me senté en el sillón que solía usar mi padre.

¡Que recuerdos! Mi madre solía ayudarme a hacer los deberes en aquella mesa cuadrada, aunque estuviera cansada de fregar suelos.

—Espérame aquí, que cenarás algo. ¿Quieres una tortilla, hijo?

—¡Si! —dije, quizás algo impaciente.

En cuanto me dio la espalda, me lancé a por el bolso que había visto sobre una de las sillas. No era la primera vez que abría su cremallera y “limpiaba” el monedero.

Ni me di cuenta de que mi madre me espiaba desde el pasillo. Se acercó y, sin decir nada, me arremangó la manga izquierda de la camisa.

Al ver la gran cantidad de pinchazos se apartó de mí, negando con la cabeza.

—¡No pasaré por esto otra vez! ¡Vete! ¡Vete y no vuelvas! Vete…—me repetía.

Algo pasó: se encogió y, emitiendo un quejido, se llevó una mano al pecho, mirándome fijamente a los ojos.

—¿Mamá? —acerté a decir, mientras ella caía de rodillas. Me miró y, sin decir nada, me señaló el teléfono que reposaba en una repisa del armario junto al televisor.

Di un paso hacia él… y me detuve.

La miré. Siguió señalándome el teléfono, hasta que leyó en mi mirada que la heroína ya me había helado el corazón. Murió maldiciéndome con un hilo de voz.

 

Me mudé a nuestro viejo piso la primera noche tras el entierro. Desde el sillón de mi padre, observé mi reflejo oscuro en el televisor apagado.

A veces, mi madre también se me había quedado mirando; “Como te pareces a él” decía.

Nunca quise creerla, pero ahora yo era la viva imagen de mi padre: ojos saltones, demacrado, incluso los dientes podridos. Mi peor pesadilla.

—¡Mamá! —exclamé, sollozando desesperadamente.

Entonces oí los roces: unas zapatillas tras la puerta del comedor. Me levanté en silencio y escuché; se fueron alejando hasta que ya no pude oírlas. Despacio, abrí la puerta y me asomé al pasillo. Era casi tan largo como recordaba de pequeño. Cuando ya casi me había convencido de que debían ser ruidos de los vecinos de arriba, vi que la puerta del dormitorio estaba abierta. Recordaba haberla cerrado al volver del lavabo.

Oí con claridad el chirrido de los muelles de la cama, sólo un poco más allá de aquel umbral oscuro. Corrí hasta la puerta de la escalera, la abrí, y abandoné el piso sin molestarme en cerrarla, bajando los escalones a toda prisa.

Estaba a punto de llegar al rellano, cuando me percaté de la sombra borrosa que oscurecía parte de la puerta de la calle. Tuve la certeza de que avanzaba lentamente hacia mí.

Me volví sobre mis pasos, sintiendo una terrible punzada en el pecho. Estaba en el primer escalón, sólo debía subir dos más. Ya levantaba un pie con dificultad, cuando escuché el chirriar de unos goznes y levanté la vista. Con la boca abierta, observé como la puerta de mi casa se cerraba a toda velocidad, terminando por dar un gran portazo.

Joan Villora Jofré

Ejercicio de cuento de terror con dos fantasmas diferentes

LA PRIMERA VEZ


Hoy, cuando cumplo 45 años, he decidido que ha llegado el día. Ha llegado el momento. Sí, ya no voy a retrasarlo más, que creo que ya va siendo hora. Hoy voy a perder mi virginidad.
Sí, ya sé que puede parecer raro. Sé que he tardado en decidirme un poco más de lo normal, que he alargado el momento algo más que la media. Que me he reservado mucho. Y sé también, que después de tanta espera, no parece normal que haya decidido hacerlo hoy con cualquiera. Sí, con cualquiera, no nos vamos a engañar. Que soy consciente de que mis pechos hace tiempo ya que perdieron su turgencia, y que los años de sedentarismo frente al ordenador han incidido en el aspecto fláccido y almohadillado de mis nalgas. También soy consciente de que mi rostro ha perdido la definición que algún día tuvo y ahora viene adornado de una papada que me da el aspecto de tener dos caras. Todo eso lo sé, y por eso he decidido bajar el listón y hacerlo hoy con cualquiera que esté dispuesto. Que ya no albergo sueños románticos, que ya no espero a que un príncipe azul venga a rescatarme en su caballo y me haga el amor bajo la luz de la luna, que no, que me conformo sólo con echar un polvo. Que ya lo voy necesitando.


Eso me dijo Roberta esta mañana por teléfono cuando la llamé para felicitarle el cumpleaños. Estaba nerviosa, excitada, desatada, fuera de si misma. No parecía la Roberta funcionaria del ayuntamiento que conozco. No parecía la mujer recatada, aburrida, gordita con gafas que atiende cada día a los ciudadanos con el rostro avinagrado. No. Ahora resulta que Roberta también necesita sexo. Y yo que pensaba que con el palo que parece llevar metido por el culo ya tenía bastante, y resulta que no. ¿Virgen con 45 años? ¿Sueños románticos? A ver, que su vida sexual no era la más activa de la ciudad se podía intuir, pero ¿virgen?
El caso es que esta noche piensa ir a la Paloma a ligar, y como no tiene amigas, me ha suplicado que la acompañe como cebo. A la Paloma, para atraer a hombres ya maduros, a divorciados que podrían ser mi padre. Este es el plan: yo los atraigo, y ella se los tira. Bueno, con uno basta. Espero que salga bien a la primera y pueda retirarme pronto.


Roberta y Elena se encuentran en la estación de metro acordada. Se dan dos besos y conversan. Roberta luce una camisa escotada naranja que le marca un estómago prominente y unos pantalones que le aprietan en sus partes íntimas. Se arregla el cabello con las manos con frecuencia y camina con las piernas muy abiertas y arrastrando los pies. A su lado, Elena, de complexión menuda y ataviada con un vestido negro muy corto, va llamando la atención de todos los hombres que se le cruzan. Llegan a la puerta de la discoteca, pagan 15 euros y reciben una consumición junto con el ticket de entrada. Una vez dentro, con la música a todo volumen, proceden a dar una vuelta de reconocimiento, para finalmente sentarse en una barra donde piden dos gintonics.
―Venga, vete fijando, a ver cuál te gusta ―apremia Elena a Roberta.
―No, si por mí, mientras venga aseado y tenga dientes…
―Roberta, joder, qué fuerte, intenta ser un poco selectiva, coño, que no has esperado 45 años para tirarte ahora a cualquiera.
―Es que de hoy no pasa. De hoy no pasa, eso seguro ―repite Roberta mientras se bebe de un trago el gintonic―. Ponme otro ―le dice al camarero―. Mira, ése mismo de ahí, ese calvo con bigote.
―Tía, qué fuerte, si ese parece recién salido de un concierto de los Village people. Mira cómo mira al camarero. Así no me extraña que sigas virgen.
―Ah, pues vaya, y yo que lo veía tan masculino, con tanto pelo saliéndole así por fuera de la camisa… Por cierto, ¿tú crees que tengo que avisar de que soy virgen?
―Estás de coña, ¿no? Qué quieres, ¿espantarlos? Eres una mujer de 45 años muy experimentada, que no se te olvide.
―Vale.
―Mira ese, el de las gafitas, por ejemplo. Ese tiene pinta de contable divorciado, recién duchado, con traje y corbata, perfumado, pulcro, parece que con la dentadura completa, yo lo veo bastante potable.
―Hombre, pues sí, no está mal. Venga, hazle señas o algo ―responde Roberta emocionada.
―Tía, que no es un perro, joder. Vamos a empezar por mirarle. Venga, las dos.


Elena y Roberta inician el proceso de cortejo con Manuel. Las dos le miran y le sonríen. Manuel empieza a sentirse incómodo ante las dos mujeres que tiene enfrente. Ya no sabe dónde mirar. Intenta concentrarse en otro punto, pero las miradas persisten, las sonrisas también. La gorda le hace incluso una seña con las manos, una especie de saludo. ¿Serán prostitutas? No sería la primera vez que en locales como ése entran mujeres de la vida buscando clientes, su madre ya se lo ha advertido un montón de veces. No tendría que haber salido, piensa Manuel, con lo a gusto que se está en casa, o en misa con el Padre Ricardo, tocando la guitarra y cantando santo, santo, santo es el señor. Ya lo sabía, que no era ese el lugar apropiado para encontrar a una mujer como Dios manda, a la futura madre de sus hijos, a una mujer de las que esperan hasta el matrimonio para consumar el sagrado acto de la reproducción, tal y como también hace él, y no como las dos prostitutas que tiene delante. Manuel se levanta del taburete y decide abandonar la discoteca.
―¡Que se va! ¡Joder! ¡Haz algo, venga, lo que sea, pero que no se vaya! –exclama Roberta con desesperación, presa del pánico.
Elena reacciona a tiempo y le pone la zancadilla a Manuel, que aterriza sobre Roberta, con la cara justo a la altura donde los pantalones le aprietan. Buena señal, piensa Roberta.
―Uy, te has tropezado ―le dice mientras le guiña un ojo.
―Sí, has estado un poco torpe. ―añade Elena― ¿Porqué no te sientas con nosotras y nos tomamos los tres una copa?
―No, si es que yo me tengo que ir ya, que me están esperando.
―Ah, que estás casado, ¿no? Que has venido aquí sólo a intentar echar una canita al aire. Pues fíjate qué suerte has tenido de conocernos, ¿verdad, Roberta?
―Sí, sí… un montón de suerte, un montón, un montón ―repite Roberta nerviosa―. Ponme otro gintonic ―le dice al camarero―. Y qué te parece, ¿eh? si nos vamos a otro sitio más tranquilo, para hablar, ¿eh? ¿Por ejemplo a un hotel? ―propone Roberta, entrando ya en materia y dejándose de preámbulos.
―No, a ver, si yo, con todos mis respetos… yo es que no estoy buscando esa clase de servicios, yo no… yo no lo considero apropiado, yo no… y menos para una primera vez ―responde Manuel, con la mirada extraviada.
Las dos mujeres se miran entre si, sorprendidas de que ese hombre haya averiguado que se trata de la primera vez de Roberta. ¿Es que lo lleva escrito en la cara? La primera en reaccionar es Elena.
―Uy, primera vez, dice… pues no tiene ya mi amiga Roberta tiros pegados…
―Ufff un montón, un montón de tiros pegados. No sé ya ni cuántos tiros, pero un montón, un montón ―repite Roberta histérica, bebiéndose de un trago el nuevo gintonic que le acaba de servir el camarero.
Si a esas alturas Manuel albergaba aun alguna duda sobre si esas dos mujeres eran prostitutas, ahora ya lo tiene muy claro. Y le parece una pena. Sobretodo por la mujer entradita en carnes. Mirándola de cerca, algo le atrae de ella. Le inspira ternura, no sabe bien qué es. Le resulta familiar. Ese rictus amargo en la cara, ese aire severo… ¡Ya está! si es que esa mujer es igualita a su madre. ¡Igualita! Por su mente, a la velocidad de un rayo, se recrean una serie de situaciones que podría vivir en su compañía: un primer beso, un primer paseo por la playa, la primera misa del gallo juntos… Pero esa mujer, a diferencia de su madre, se acuesta con hombres por dinero, y eso no hay que olvidarlo. Eso lo cambia todo. Manuel despierta de su dulce ensoñación de golpe y decide irse a su casa, a introducirse con sigilo en la cama de su madre, para pedirle perdón por haber salido, para darle la razón, todas las mujeres son iguales: malas, malas, malas… para acurrucarse en posición fetal y abrazarse a la única mujer del mundo que le quiere y le comprende, la única que merece la pena.
―Me tengo que ir.
Y Manuel se va, dejando a Roberta y a Elena perplejas frente a la barra del bar.


Ha llegado contenta al ayuntamiento. Parece otra. Relajada, satisfecha. Escucha a los ciudadanos con empatía, incluso con una sonrisa en los labios. Parece haberse quitado el palo del culo.
Yo es que me tuve que ir a los diez minutos del intento frustrado con el contable divorciado que después estaba casado, o lo que sea. La dejé con dos gintonics más en el cuerpo, incapaz de vocalizar y mirando con descaro al de los Village people y al camarero. Lo que pasó después no lo sé, todavía no me lo ha contado.


A mis 45 años y dos días, sigo siendo virgen. Y lo digo con la cabeza bien alta, que quede claro, que me siento muy orgullosa. Que no tengo ninguna prisa, que no estoy desesperada.
El sábado, después de quedarme sola en la barra de aquel bar, tuve algún problema para mantener el equilibrio al bajarme del taburete, del cansancio, supongo. El caso es que caí rodando al suelo tirándome por encima el último gintonic. Y allí, junto a mí, en el suelo, reluciente, marrón, pequeña y de piel, apareció la cartera de Manuel, que sin duda perdió al tropezar y caer de bruces sobre mis pantalones, que por cierto me aprietan un poco y me molestan al caminar. Me la llevé a mi casa y dormí abrazada a ella. Al despertar, le eché una ojeada al contenido, no por cotillear, que eso está feo, sino para saber dónde llevarla. Y revisando sus tarjetas, me llevé la sorpresa de encontrar entre ellas un carné que reconocía a Manuel como miembro honorífico de la comunidad cristiana del santo pastor, cuyo lema es “La pureza de la virginidad hasta el matrimonio, la mayor de las ofrendas a Dios”. Hice un pequeño trabajo de investigación por Internet, y resulta que esa comunidad está formada por personas que, como yo, han traspasado la barrera de los 40 años y siguen sin mácula. Y como todos los domingos se reúnen en un local, decidí pasarme por ahí para devolverle la cartera a Manuel, y de paso unirme al grupo.
No quisiera aburrir con los detalles, pero Manuel y yo vamos en serio. Tan en serio, que este domingo, después de misa, me va a presentar a su madre. Queremos ir despacio, que como ya he dicho antes, prisa ninguna. Y es que por fin, después de 45 años, he encontrado al príncipe azul que siempre soñé. Un príncipe dispuesto a rescatarme con su caballo y a hacerme ver las estrellas bajo la luz de la luna.
Y en cuanto al hombre calvo, peludo y con bigote que amaneció desnudo en mi cama junto a la cartera, no le doy la menor importancia. Y es que en verdad, las cosas que no se recuerdan es como si nunca hubieran sucedido, y yo, de lo que sucedió esa noche, no me acuerdo.

Sonia Ramírez

domingo, 31 de mayo de 2009

ENCIENDE LA LUZ

ENCIENDE LA LUZ

La mañana que leí la noticia no puede contener las lágrimas. Se comentaba la Inauguración en un prestigioso Centro de Arte de Madrid de la asombrosa exposición de esculturas narrativas realizadas por una joven artista llamada Alba. Entonces recordé la primera vez que la vi en el festival infantil de navidad del colegio, cantando un villancico y con las secuelas de la varicela todavía en su cara. En aquel momento nadie sospechaba que nunca olvidarían ese día. Durante los años siguientes como Directora del colegio donde estudiaba Alba, me tocó compartir la desolación de sus padres en un primer momento y facilitar un apoyo a la niña, con los medios a mi alcance, para que su desarrollo curricular estuviera al nivel de sus compañeros. Según me contaron, todo comenzó aquel día en el que recorrían el pasillo de su casa a oscuras.
Enciende la luz que no te oigo –le dijo Alba a su madre, girándose para mirarla a los labios, mientras esperaba a que se iluminara. Y sus vidas cambiaron para siempre.
El nervio auditivo resultó dañado durante la enfermedad infecciosa de meses atrás, provocando una gran pérdida de audición . La niña, muy activa, escrutaba todo lo que sucedía a su alrededor y solventó la hipoacusia con la lectura labial, subsistiendo durante meses sin que nadie percibiera que casi no oía.
El primer día con los audífonos la niña fue el centro de atención del colegio, todos querían ver “ los aparatos con los que oía la sorda “, le faltaba un mes para cumplir cuatro años y sólo percibía que el resto de los niños eran diferentes a ella.
- Mamá, ¿cuando lo voy a oír todo para poder quitarme los aparatitos.?-preguntaba Alba inocentemente a medida que crecía y se convertían en un obstáculo para cosas tan cotidianas como hablar por teléfono con sus amigas o ir al cine. Creía que los sonidos se coleccionarian en sus audifonos hasta completarse y ya no los necesitaría más. En ese momento un nudo agrio en la garganta impedía contestar a su madre y se le estrangulaban las entrañas.
- Ya veremos -le decía con desazón, y le explicaba la importancia de llevar los audífonos para poder oír todo bien. Le quedaban muchas cosas por escuchar en la vida.
Ante la amenaza de la sordera profunda, se propuso que Alba conociera la mayoría de los sonidos hermosos del universo: las olas del mar al romper en la orilla, el viento al pasar entre las ramas de los árboles, los acordes de una guitarra, las risas de los niños, el llanto del bebe, el canto del gallo al amanecer, los maullidos del gato en celo, el cri cri del grillo en la noche, el trueno de la tormenta, el agua al golpear la roca, el zapateado de un tacón flamenco... Tantos y tantos sonidos que su hija desconocería si se cumplían los inciertos presagios. Alimentaba la esperanza de que se produjera el avance científico que la rescatara del abismo, viviendo todos los días entre la incertidumbre y la confianza, temerosos de encontrar el silencio absoluto por sorpresa en cualquier esquina
Alba, hacía tiempo ya que sabía de lo afortunada que era de conservar los restos auditivos aunque necesitara de los audífonos y tomaba conciencia en la adolescencia de que su discapacidad importaba mucho a los chicos y ninguno se le acercaba a decirle palabras de amor entre susurros. En las largas noches de insomnio cuando los terribles pensamientos de perder la audición rondaban galopantes por su cabeza y una sensación de ahogo no la dejaba dormir, Alba se levantaba sigilosamente y se metía en la cama de su madre para llorar en silencio entre sus brazos.
Recuerdo una conversación con la madre superada ya la etapa escolar, en la que se lamentaba de su incomprensible reacción desde la desesperación: la felicidad de los demás la martirizaba. Ella se encerró en su caparazón y se fue hundiendo poco a poco en una oscuridad profunda, en algún momento tocaría fondo para volver a la superficie y aceptar el problema que la mantenía ciega de amargura. No conseguía encender la luz que guiara a su hija. Con los años Alba encontró una luminaria en su interior y se dejó guiar por el corazón, aprendió a descifrar en las expresiones lo que no oía, logró completar las frases con sus sentidos agudizados, resolvió cada momento de su vida moldeándose con la fuerza del cariño, al amor no correspondido lo hundió en el barro dejándolo sin forma y ante la crueldad respondió a golpe de cincel.
Apoyándose en sus figuras como medio plástico, Alba creó un mundo particular a través del que contaba sus historias tal y como ella las había percibido desde su silencio durante más de cuatro lustros. Personajes llenos de magia y vitalidad que parecían querer relatarnos con la mirada y la expresión del rostro la difícil e incesante lucha, las miserias y las esperanzas del hombre, entendiendo su manifiesto sin necesidad de pronunciar palabra alguna, consiguiendo finalmente el gratificante placer del que goza con todos los sentidos.
La crítica cultural se descubría ante la evidente capacidad de la artista para reproducir en sus obras los gestos escrutados día a día en el rostro de su interlocutor, y resaltando la conmoción de todos los asistentes al confesar Alba en su breve alocución inaugural, que el secreto de sus obras no estaba en sus manos con las que daba forma a esas maravillosas expresiones sino en su corazón en el que guardaba, como preciado tesoro, los sonidos más maravillosos de la creación conservados con esmero desde su infancia.
Entonces lloré emocionada por aquella niña indefensa y desconcertada a la que señalaban el resto de niños en el patio del colegio y que coleccionaba sonidos, convertida ahora en la mujer valiente que mostraba el resultado de su silenciosa lucha, de sus amores frustrados, de su ilusión latente, de su orgullo conquistado y de la superación personal alcanzada, exponiéndose sola y deslumbrante ante el mundo. La eterna candela de la victoria iluminaría siempre su vida. Ya no era necesario encender la luz.

Marien