Tengo miedo. Estoy escondida detrás del sofá mientras David enfurecido lanza uno a uno los vasos contra la pared. Tiemblo. Los cristales se esparcen en forma de mal augurio, percibo las paredes estrechándose, me cruje el estómago y me dejo llevar por la pesadez de mis párpados. Sus grotescas palabras me suenan a silbidos lejanos hasta que ya prácticamente no oigo nada.
Ahora me doy cuenta de que no debía habérselo dicho. Cualquier persona cuerda sabe que las historias de cuernos no deben contarse, yo también, pero Antonio no para de presionarme y yo temía que si no daba el paso errante de contárselo a David, Antonio no me iba a pagar nada hoy, porque hoy tengo que verlo. No le he dicho nada a David del dinero, por supuesto, no soy una puta, solo busco una salida para ambos, para David y yo, claro está, un camino fuera de la miseria. Ya hace más de un mes que terminé mis suplencias de maestra en la escuela del pueblo, también de que echaron a David de la fábrica de pizarras, así sin más, porque quebró la empresa y apenas sin cobrar, apenas sin comer. Mi David, me da pena. Yo quiero que todo vuelva a ser como antes, estábamos muy bien los dos en nuestra casa de campo antes de que todo quebrase. Ahora me da lástima haberle herido, preferiría no haberle contado nada, no recordar nada de esta conversación.
-¿Qué ha pasado? ¿Por qué lloras? ¿Qué es todo este desorden? Tengo hambre. ¿Qué hora es? –digo mostrándome más trastornada de lo que estoy.
-Tranquila cariño, te has desmayado. ¿Tu me amas, verdad? Todo debe ser culpa del hambre. No te preocupes, encontraré algo de trabajo muy pronto y nos comeremos un gran entrecot con un tinto del bueno. Dame tiempo Clara, yo te amo mucho, no me imagino la vida sin ti. Dime que aun me amas.
- Claro mi amor, que tontería. ¿Por qué lloras?
-¿En serio no recuerdas nada?
-¿De qué? Habré tenido una bajada de tensión, eso es todo.
-No entiendo como no puedes recordar, ¿te encuentras bien?
-Si cariño. Solo es hambre, desde que nos quedamos sin trabajo que apenas comemos.
Tal vez no sea verdad que le he dicho nada a David, tal vez la verdad sea sólo que me he desmayado, la tensión, ¿por qué no? Tal vez David me mire triste y resentido porque también esta desesperado. Tal vez nada sea verdad, tal vez. A mi David yo le amo mucho, es un buen hombre, me quiere tanto que sería capaz de olvidar el daño que le he hecho, tal vez. A Antonio también lo amo, pero no tanto. No es un buen hombre pero hay química y la adrenalina de traspasar los límites, además, me paga a veces y nosotros necesitamos dinero. Esta tarde tengo que verlo sin falta o ni David ni yo comemos. Antonio vive en el pueblo a unos diez kilómetros de nuestra casa en la aldea. Tal vez sea verdad que David no sepa nada, tal vez Boby, nuestro perro travieso, se subió a la mesa y rompió los vasos, tal vez pueda inventarme una excusa para bajar al pueblo.
-Cariño, esta mañana limpiando la casa, he encontrado unas monedas. Bajaré al pueblo, a ver si puedo comprar algo para cenar, ni que sea una barra de pan con atún. Quédate si quieres en casa y así limpias estos cristales, maldito perro, si no fuera tan juguetón no lo perdonaría, pero no sé que tiene que cuando me mira con estos ojitos olvido sus salvajadas. Mejor me voy o me cerraran el supermercado.
-Ya bajo yo al pueblo si quieres.
-No, no, que a ti se te da mejor poner la leña para encender la chimenea.
-Va, déjame acompañarte. Esta tarde te has desmayado, no quiero que te pase nada.
-Cariño, no voy a tardar mucho. Aprovecha para poner velas y así tenemos una cena romántica como las que hacíamos antes, me haría ilusión.
Al viejo motor le cuesta arrancar bajo la fría escarcha pero lentamente se pone en marcha entre los eucaliptos coruñeses del campo. A la segunda curva me suena el móvil. Es Antonio preocupado por saber si se lo he dicho. Me despido alegando que nos vemos en media hora en su casa y paro el coche aturdida. Pienso que David tiene razón, debe ser el hambre. Intento pensar, recapacitar, tomar una decisión una vez más y, nada. Pongo el coche en marcha y compro las malditas latas de atún. De vuelta cojo el desvío hasta la casa de Antonio asegurándome de que nadie me ha visto.
Antonio sonriente me abre la puerta. Nos besamos con hambre, devorándonos hasta alcanzar el clímax.
-Debo irme –Confieso.
-Quédate a cenar. Tengo una botella de vino y unos entrecots que nos esperan bajo la penumbra del fuego.
-No puedo, lo sabes.
-¿No se lo dijiste?
-No –miento, tal vez¾. No he podido.
Veo a David impaciente tras los cristales de la casa esperándome. Entro, pero no dice nada; se le nota aun turbado. Hay velas entre las piedras del salón y una mesa vestida sin comida. David me mira deseoso y miedoso. Sonrío, corto unas rebanadas de pan, lo beso agradecida y me pego una ducha rápida y profunda. Me visto con mi viejo vestido para las veladas especiales y comemos bajo la temerosa mirada de David que aun tiene los ojos cristalinos. Se nota que hay que romper el hielo, así que al fin acordamos por unanimidad abrir la botella de orujo que reservábamos para cuando vinieran nuestros amigos.
Sentados en el sofá, frente a la chimenea y a media botella, siento mis ojos húmedos reflejados ante las rojizas pupilas de David.
-¿En serio no te acuerdas de lo sucedido esta tarde?
-No hay nada que recordar. –Digo y me digo-. Será el hambre.
- ¿Cuántas veces...? ¿Cuánto tiempo...? ¿Por qué...?
-Te digo que no hay nada que recordar mi amor. Te amo desde siempre.
-Esta bien, yo también te amo mucho. Voy a bajar al pueblo a por otra botella de orujo. Espérame tranquila que enseguida vuelvo.
-¡David! Pero si aun nos queda media botella y está todo cerrado a estas horas. Además, no tenemos dinero.
-No te preocupes de nada, relájate y olvídate del dinero. No habrá nada que recordar.
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sábado, 13 de junio de 2009
viernes, 29 de mayo de 2009
Premoniciones
Premoniciones
Esta noche le iban a robar, o al menos eso es lo que pensó Laura mucho antes de quedar con Marta para ir a tomar unos mojitos en la rambla del Raval.
―Que sí Marta, tu no me crees —insistía Laura eufórica después del primer mojito— pero tengo la certeza de que esta noche me roban.
―Se te va la olla ―afirmaba su amiga―, ni que lo hubieras soñado, y aun así...
―Calla, calla Marta; ahora que sacas lo del sueño me he dado cuenta de que sí, lo he soñado.
―Ostras Laura, qué pasada, ¿te das cuenta?
―¿De qué? ¿Te mola que me roben?
―No. Del ladrón, si lo has soñado ya sabes como es, ¿está bueno?
―Joder Marta, tu siempre pensando en tíos, hasta cuando te hablo de un tragedia. Los sueños no son como piensas, son como símbolos, metáforas de la vida, yo que sé si esta bueno.
―Mira Laura, no lo estropees ahora que empiezo a tener interés con el robo y hasta he empezado a creérmelo. Si lo has soñado es porque será un robo que tendrá que ver con tu destino, ¿o te piensas que no sé nada de sueños?
―Si, por eso estoy un poco asustada, porque yo también me he dado cuenta de que no será un robo cualquiera. Me temo que tendrá que ver con mi destino y me da miedo.
— ¡Qué envidia! ¿Y dices que te da miedo? Es como una película de “Thelma & Loise”, mira que si te roba un Brad Pitt.
Estaba Marta aun soñando con el ladrón cuando interrumpió la conversación un tipo flaco y no muy agraciado.
―¿Una rosa? Muy bonitas, un euro. ―Las dos amigas miraron al paquistaní perplejas y luego se miraron entre ellas al tiempo que no pudieron aguantar una risa de complicidad.―Un euro y una gratis, muy bonitas ―continuaba el paquistaní acostumbrado con su discurso e impasible a las reacciones.
―Hacemos un pacto, ¿vale? ―Dijo Laura aun sonriente― Yo te compro una rosa y tu, tu., tu...
―Tu no le robas ―Concluyó Marta.
―Si. Una rosa un euro, cinco rosas cuatro euros. Yo no robar, yo vender rosas para chicas guapas, tu muy guapa.
―Dame una.
―Cinco rosas cuatro euros, yo regalo dos, dos regalo porque tu muy guapa.
―Una rosa y no me robas.
―Yo bueno, yo no robar. Toma seis rosas cuatro euros, solo para tu.
―No tengo cuatro euros. Una rosa y tu no robar o nada.
―Vale, vale. Toma una rosa pero yo no comer esta noche. Un euro ¿Tu amiga no querer rosas?
El bar se fue llenando. La música pasaba rápida como la noche, de reggae a rock de los setenta, hip hop y músicas étnicas. Se oía hablar animadamente bajo la tenue luz. No había horas, un reloj antiguo de pared marcaba el sin tiempo con su péndulo inamovible, los muebles rústicos abrían juego a las grietas de las paredes mientras las coloradas vestimentas de los clientes se entremezclaban con las rojas miradas de los mojitos. Laura y Marta acababan de pedir uno más.
―Chicas, tener cuidado con vuestras pertenencias. ―Advertía el camarero al tiempo que depositaba los mojitos en la mesa― Acaban de entrar dos tipos en el bar que son carteristas. ―Concluyó bajando su tono de voz y poco antes de continuar mesa por mesa a advertirlo al resto de los clientes.
Laura empezó a mirar alrededor, primero con la satisfacción que le confería ya saberlo, tras pocos segundos con pánico de saberse víctima de un robo que le iba a cambiar la vida.
―¡Joder tía! No sé qué decir ―fue lo único que pudo decir Marta después de un corto momento de silencio que se hizo largo.
Tras unos apurados sorbos más de mojito ambas empezaron a hablar, a mostrar su desconfianza.
―Ten cuidado con estos de la mesa de al lado Laura ―le susurraba su amiga―, creo que son ellos, ¿no has visto como miraban nuestros bolsos?
―No sé Marta, yo también me he fijado y no me gustan mucho, pero luego, no sé, ¿tú crees? Luego me he fijado en los tipos de la barra y esos de allí detrás de ti y, qué más da. Haga lo que haga me van a robar esta noche, lo soñé, ¿no te acuerdas?
Marta se quedó un instante pensativa. Hubo silencio. Luego una risa estridente, casi histérica como el que descubre que no pasa nada y se lo toma a burla. Laura la miraba y se calcaban los rostros. El mojito hacía su efecto, la noche continuaba y Marta decidió que era más alegre encontrar a un ladrón guaperas.
―Claro que me acuerdo de que lo has soñado, quien no se acuerda eres tu. Vamos a ver, ¿cómo es el ladrón? ¿Está bueno o no?
―Yo qué sé, ojalá lo esté.
―Tu cuéntame tu sueño que yo me ocupo de encontrar al ladrón.
―Como quieras, pero no te servirá de nada.
Para avivar la inspiración de Laura, Marta decidió pedir un par de mojitos más. Aprovechó la espera para ir al lavabo. Cuando volvió los mojitos ya estaban en la mesa y Marta traía consigo una pícara sonrisa difícil de ocultar. Bastó una simple mirada de su amiga para que ella empezara a hablar.
―Laura, no lo creerás, pero acabo de descubrir al ladrón y, la verdad, es muy guapo.
―¿Quién es? ¿Dónde está?
―Primero el sueño. El sueño a cambio del ladrón.
Laura encendió un cigarrillo y se cepillo la melena sabiéndose importante mientras las pupilas de Marta esperaban impaciente la historia. Se bebió un sorbo más de mojito, otra calada y, más bien por intimidación que por contar, empezó a hablar sabiendo que no podía tener a su amiga permaneciendo por más tiempo a la expectativa.
―Vi el mar. ―tras una pausa Marta seguía interrogándola, así que ella supo que tenía que dar más detalles, y lentamente, prosiguió― Un mar revuelto, muy bravo.
―¿Te robarán en la playa? ―Preguntó su amiga un poco harta del mar y esperando que la historia se avivara.
―Puede ser, no lo he pensado.
―Bueno, ¿y qué más? Continúa el sueño que ya se me empieza a poner piel de gallina.
―Eran unas aguas verde azuladas, muy profundas. ―De nuevo se vio Laura obligada a seguir― Muy profundas y con mucha espuma, feroz, como si hubiera un tornado.
―Ya, la imagen del mar ya me la hago, pero, ¿y qué más? Cuéntame Laura, ¿qué paso?
―Eso es todo. Bueno, no todo. Cuando me desperté lo hice con la certeza de que esta noche me robarían y reparé en el sueño cuando me preguntaste si lo había soñado. Vamos, no pongas esta cara de decepción ¿es que no te das cuenta? Vi en un libro de interpretación de sueños que si sueñas con un mar tempestuoso es señal de que te va a pasar algo malo, y la sensación que tuve al despertar. Está muy claro, todo liga.
―Ligar, no liga nada y, lo peor, nosotras tampoco. Déjame a mí que te enseñe al ladrón que he visto, se te va a caer la baba.
― ¿Cómo sabes que es mi ladrón?
―Porque no te quita ojo de encima, está más claro que tu rollo del mar.
Laura sabía que había frustrado la expectativa de su amiga con la historia del mar. No la creía, “poco me importa” pensó, al fin y al cabo la noche pasaba divertida entre misterios y lo que es inevitable poco remedio tiene. Decidió hacer punto y aparte a la historia del robo y se interesó más por el ladrón, ahora ya había entrado en el juego, el alcohol hacía su efecto y la noche debía seguir joven.
―A ver, ¿cómo es mi ladrón?
―Es guapísimo. Tiene un rostro que enamora, sus ojos son muy vivos y lleva algo de melena muy rubia con una perilla que le hace irresistible, ¡dios! Cuando lo veas, qué rostro. Es delgado pero no anémico, tiene algo de músculo y un culito que no he visto porque está sentado.
― ¿Dónde está? Y tú si tienes tanto interés en él ¿por qué no te lo ligas?
―Porque va muy bien acompañado de un morenazo de ojos grandes y cuerpo de... el cuerpo ya te lo cuento mañana cuando lo halla probado. ¿Vamos?
Mientras la impaciente Marta intentaba conquistar a Laura para que fueran a ligar con esos tipos, el camarero informó que era hora de cerrar. Para el que quería había vasos de plástico. Hacia la puerta se dirigían los dos tipos seguidos apresuradamente por Marta y resignadamente por Laura.
― ¿Sabéis de algún local por aquí? ¿Adónde vais vosotros? ―Preguntó Marta.
Los cuatro llevaban horas bailando. Marta se arrimaba a Freddy y Andrés intentaba ligar con Laura; Laura se sentía cansada y algo aburrida con Andrés que nada tenía que ver con la descripción que le hizo su amiga.
―Chicos, tengo que irme, lo siento. Acabo de recordar que mañana tengo que hacer unas cosas y no puedo quedarme más tiempo. Te llamo mañana Marta, nos vemos.
― ¿Ya te vas? Déjame acompañarte, tengo la moto aparcada muy cerca.
Cuando salieron Andrés logró conquistarla para ver juntos el amanecer en la barceloneta.
―Prometido, de verdad. Vemos salir el sol y te dejo delante mismo la puerta tu casa. No me digas que no, si estamos al lado y además vamos con la moto.
El mar estaba tranquilo. Un sol anaranjado salía para reflejar sus rayos en las aguas azules. Andrés había sabido escoger un rincón que parecía mágico, estaban solos.
― ¿Has visto? Es bonito. ―Dijo Andrés al tiempo que quiso robar un beso no correspondido. ―Bañémonos, bañémonos desnudos, quiero verte.
―Es bonito, pero de verdad, quiero irme a casa, estoy muy cansada.
―No lo estropees. ¡Desnúdate!
Laura sintió pánico. Se levantó para irse pero Andrés la cogió y cayeron en la arena.
La mañana amaneció con un cielo raso y un mar sereno contemplado por los llantos de una chica sola y desnuda. Alrededor suyo en la arena había un reloj, un bolso, un vestido roto y manchas de sangre.
Esta noche le iban a robar, o al menos eso es lo que pensó Laura mucho antes de quedar con Marta para ir a tomar unos mojitos en la rambla del Raval.
―Que sí Marta, tu no me crees —insistía Laura eufórica después del primer mojito— pero tengo la certeza de que esta noche me roban.
―Se te va la olla ―afirmaba su amiga―, ni que lo hubieras soñado, y aun así...
―Calla, calla Marta; ahora que sacas lo del sueño me he dado cuenta de que sí, lo he soñado.
―Ostras Laura, qué pasada, ¿te das cuenta?
―¿De qué? ¿Te mola que me roben?
―No. Del ladrón, si lo has soñado ya sabes como es, ¿está bueno?
―Joder Marta, tu siempre pensando en tíos, hasta cuando te hablo de un tragedia. Los sueños no son como piensas, son como símbolos, metáforas de la vida, yo que sé si esta bueno.
―Mira Laura, no lo estropees ahora que empiezo a tener interés con el robo y hasta he empezado a creérmelo. Si lo has soñado es porque será un robo que tendrá que ver con tu destino, ¿o te piensas que no sé nada de sueños?
―Si, por eso estoy un poco asustada, porque yo también me he dado cuenta de que no será un robo cualquiera. Me temo que tendrá que ver con mi destino y me da miedo.
— ¡Qué envidia! ¿Y dices que te da miedo? Es como una película de “Thelma & Loise”, mira que si te roba un Brad Pitt.
Estaba Marta aun soñando con el ladrón cuando interrumpió la conversación un tipo flaco y no muy agraciado.
―¿Una rosa? Muy bonitas, un euro. ―Las dos amigas miraron al paquistaní perplejas y luego se miraron entre ellas al tiempo que no pudieron aguantar una risa de complicidad.―Un euro y una gratis, muy bonitas ―continuaba el paquistaní acostumbrado con su discurso e impasible a las reacciones.
―Hacemos un pacto, ¿vale? ―Dijo Laura aun sonriente― Yo te compro una rosa y tu, tu., tu...
―Tu no le robas ―Concluyó Marta.
―Si. Una rosa un euro, cinco rosas cuatro euros. Yo no robar, yo vender rosas para chicas guapas, tu muy guapa.
―Dame una.
―Cinco rosas cuatro euros, yo regalo dos, dos regalo porque tu muy guapa.
―Una rosa y no me robas.
―Yo bueno, yo no robar. Toma seis rosas cuatro euros, solo para tu.
―No tengo cuatro euros. Una rosa y tu no robar o nada.
―Vale, vale. Toma una rosa pero yo no comer esta noche. Un euro ¿Tu amiga no querer rosas?
El bar se fue llenando. La música pasaba rápida como la noche, de reggae a rock de los setenta, hip hop y músicas étnicas. Se oía hablar animadamente bajo la tenue luz. No había horas, un reloj antiguo de pared marcaba el sin tiempo con su péndulo inamovible, los muebles rústicos abrían juego a las grietas de las paredes mientras las coloradas vestimentas de los clientes se entremezclaban con las rojas miradas de los mojitos. Laura y Marta acababan de pedir uno más.
―Chicas, tener cuidado con vuestras pertenencias. ―Advertía el camarero al tiempo que depositaba los mojitos en la mesa― Acaban de entrar dos tipos en el bar que son carteristas. ―Concluyó bajando su tono de voz y poco antes de continuar mesa por mesa a advertirlo al resto de los clientes.
Laura empezó a mirar alrededor, primero con la satisfacción que le confería ya saberlo, tras pocos segundos con pánico de saberse víctima de un robo que le iba a cambiar la vida.
―¡Joder tía! No sé qué decir ―fue lo único que pudo decir Marta después de un corto momento de silencio que se hizo largo.
Tras unos apurados sorbos más de mojito ambas empezaron a hablar, a mostrar su desconfianza.
―Ten cuidado con estos de la mesa de al lado Laura ―le susurraba su amiga―, creo que son ellos, ¿no has visto como miraban nuestros bolsos?
―No sé Marta, yo también me he fijado y no me gustan mucho, pero luego, no sé, ¿tú crees? Luego me he fijado en los tipos de la barra y esos de allí detrás de ti y, qué más da. Haga lo que haga me van a robar esta noche, lo soñé, ¿no te acuerdas?
Marta se quedó un instante pensativa. Hubo silencio. Luego una risa estridente, casi histérica como el que descubre que no pasa nada y se lo toma a burla. Laura la miraba y se calcaban los rostros. El mojito hacía su efecto, la noche continuaba y Marta decidió que era más alegre encontrar a un ladrón guaperas.
―Claro que me acuerdo de que lo has soñado, quien no se acuerda eres tu. Vamos a ver, ¿cómo es el ladrón? ¿Está bueno o no?
―Yo qué sé, ojalá lo esté.
―Tu cuéntame tu sueño que yo me ocupo de encontrar al ladrón.
―Como quieras, pero no te servirá de nada.
Para avivar la inspiración de Laura, Marta decidió pedir un par de mojitos más. Aprovechó la espera para ir al lavabo. Cuando volvió los mojitos ya estaban en la mesa y Marta traía consigo una pícara sonrisa difícil de ocultar. Bastó una simple mirada de su amiga para que ella empezara a hablar.
―Laura, no lo creerás, pero acabo de descubrir al ladrón y, la verdad, es muy guapo.
―¿Quién es? ¿Dónde está?
―Primero el sueño. El sueño a cambio del ladrón.
Laura encendió un cigarrillo y se cepillo la melena sabiéndose importante mientras las pupilas de Marta esperaban impaciente la historia. Se bebió un sorbo más de mojito, otra calada y, más bien por intimidación que por contar, empezó a hablar sabiendo que no podía tener a su amiga permaneciendo por más tiempo a la expectativa.
―Vi el mar. ―tras una pausa Marta seguía interrogándola, así que ella supo que tenía que dar más detalles, y lentamente, prosiguió― Un mar revuelto, muy bravo.
―¿Te robarán en la playa? ―Preguntó su amiga un poco harta del mar y esperando que la historia se avivara.
―Puede ser, no lo he pensado.
―Bueno, ¿y qué más? Continúa el sueño que ya se me empieza a poner piel de gallina.
―Eran unas aguas verde azuladas, muy profundas. ―De nuevo se vio Laura obligada a seguir― Muy profundas y con mucha espuma, feroz, como si hubiera un tornado.
―Ya, la imagen del mar ya me la hago, pero, ¿y qué más? Cuéntame Laura, ¿qué paso?
―Eso es todo. Bueno, no todo. Cuando me desperté lo hice con la certeza de que esta noche me robarían y reparé en el sueño cuando me preguntaste si lo había soñado. Vamos, no pongas esta cara de decepción ¿es que no te das cuenta? Vi en un libro de interpretación de sueños que si sueñas con un mar tempestuoso es señal de que te va a pasar algo malo, y la sensación que tuve al despertar. Está muy claro, todo liga.
―Ligar, no liga nada y, lo peor, nosotras tampoco. Déjame a mí que te enseñe al ladrón que he visto, se te va a caer la baba.
― ¿Cómo sabes que es mi ladrón?
―Porque no te quita ojo de encima, está más claro que tu rollo del mar.
Laura sabía que había frustrado la expectativa de su amiga con la historia del mar. No la creía, “poco me importa” pensó, al fin y al cabo la noche pasaba divertida entre misterios y lo que es inevitable poco remedio tiene. Decidió hacer punto y aparte a la historia del robo y se interesó más por el ladrón, ahora ya había entrado en el juego, el alcohol hacía su efecto y la noche debía seguir joven.
―A ver, ¿cómo es mi ladrón?
―Es guapísimo. Tiene un rostro que enamora, sus ojos son muy vivos y lleva algo de melena muy rubia con una perilla que le hace irresistible, ¡dios! Cuando lo veas, qué rostro. Es delgado pero no anémico, tiene algo de músculo y un culito que no he visto porque está sentado.
― ¿Dónde está? Y tú si tienes tanto interés en él ¿por qué no te lo ligas?
―Porque va muy bien acompañado de un morenazo de ojos grandes y cuerpo de... el cuerpo ya te lo cuento mañana cuando lo halla probado. ¿Vamos?
Mientras la impaciente Marta intentaba conquistar a Laura para que fueran a ligar con esos tipos, el camarero informó que era hora de cerrar. Para el que quería había vasos de plástico. Hacia la puerta se dirigían los dos tipos seguidos apresuradamente por Marta y resignadamente por Laura.
― ¿Sabéis de algún local por aquí? ¿Adónde vais vosotros? ―Preguntó Marta.
Los cuatro llevaban horas bailando. Marta se arrimaba a Freddy y Andrés intentaba ligar con Laura; Laura se sentía cansada y algo aburrida con Andrés que nada tenía que ver con la descripción que le hizo su amiga.
―Chicos, tengo que irme, lo siento. Acabo de recordar que mañana tengo que hacer unas cosas y no puedo quedarme más tiempo. Te llamo mañana Marta, nos vemos.
― ¿Ya te vas? Déjame acompañarte, tengo la moto aparcada muy cerca.
Cuando salieron Andrés logró conquistarla para ver juntos el amanecer en la barceloneta.
―Prometido, de verdad. Vemos salir el sol y te dejo delante mismo la puerta tu casa. No me digas que no, si estamos al lado y además vamos con la moto.
El mar estaba tranquilo. Un sol anaranjado salía para reflejar sus rayos en las aguas azules. Andrés había sabido escoger un rincón que parecía mágico, estaban solos.
― ¿Has visto? Es bonito. ―Dijo Andrés al tiempo que quiso robar un beso no correspondido. ―Bañémonos, bañémonos desnudos, quiero verte.
―Es bonito, pero de verdad, quiero irme a casa, estoy muy cansada.
―No lo estropees. ¡Desnúdate!
Laura sintió pánico. Se levantó para irse pero Andrés la cogió y cayeron en la arena.
La mañana amaneció con un cielo raso y un mar sereno contemplado por los llantos de una chica sola y desnuda. Alrededor suyo en la arena había un reloj, un bolso, un vestido roto y manchas de sangre.
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