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domingo, 31 de mayo de 2009

ENCIENDE LA LUZ

ENCIENDE LA LUZ

La mañana que leí la noticia no puede contener las lágrimas. Se comentaba la Inauguración en un prestigioso Centro de Arte de Madrid de la asombrosa exposición de esculturas narrativas realizadas por una joven artista llamada Alba. Entonces recordé la primera vez que la vi en el festival infantil de navidad del colegio, cantando un villancico y con las secuelas de la varicela todavía en su cara. En aquel momento nadie sospechaba que nunca olvidarían ese día. Durante los años siguientes como Directora del colegio donde estudiaba Alba, me tocó compartir la desolación de sus padres en un primer momento y facilitar un apoyo a la niña, con los medios a mi alcance, para que su desarrollo curricular estuviera al nivel de sus compañeros. Según me contaron, todo comenzó aquel día en el que recorrían el pasillo de su casa a oscuras.
Enciende la luz que no te oigo –le dijo Alba a su madre, girándose para mirarla a los labios, mientras esperaba a que se iluminara. Y sus vidas cambiaron para siempre.
El nervio auditivo resultó dañado durante la enfermedad infecciosa de meses atrás, provocando una gran pérdida de audición . La niña, muy activa, escrutaba todo lo que sucedía a su alrededor y solventó la hipoacusia con la lectura labial, subsistiendo durante meses sin que nadie percibiera que casi no oía.
El primer día con los audífonos la niña fue el centro de atención del colegio, todos querían ver “ los aparatos con los que oía la sorda “, le faltaba un mes para cumplir cuatro años y sólo percibía que el resto de los niños eran diferentes a ella.
- Mamá, ¿cuando lo voy a oír todo para poder quitarme los aparatitos.?-preguntaba Alba inocentemente a medida que crecía y se convertían en un obstáculo para cosas tan cotidianas como hablar por teléfono con sus amigas o ir al cine. Creía que los sonidos se coleccionarian en sus audifonos hasta completarse y ya no los necesitaría más. En ese momento un nudo agrio en la garganta impedía contestar a su madre y se le estrangulaban las entrañas.
- Ya veremos -le decía con desazón, y le explicaba la importancia de llevar los audífonos para poder oír todo bien. Le quedaban muchas cosas por escuchar en la vida.
Ante la amenaza de la sordera profunda, se propuso que Alba conociera la mayoría de los sonidos hermosos del universo: las olas del mar al romper en la orilla, el viento al pasar entre las ramas de los árboles, los acordes de una guitarra, las risas de los niños, el llanto del bebe, el canto del gallo al amanecer, los maullidos del gato en celo, el cri cri del grillo en la noche, el trueno de la tormenta, el agua al golpear la roca, el zapateado de un tacón flamenco... Tantos y tantos sonidos que su hija desconocería si se cumplían los inciertos presagios. Alimentaba la esperanza de que se produjera el avance científico que la rescatara del abismo, viviendo todos los días entre la incertidumbre y la confianza, temerosos de encontrar el silencio absoluto por sorpresa en cualquier esquina
Alba, hacía tiempo ya que sabía de lo afortunada que era de conservar los restos auditivos aunque necesitara de los audífonos y tomaba conciencia en la adolescencia de que su discapacidad importaba mucho a los chicos y ninguno se le acercaba a decirle palabras de amor entre susurros. En las largas noches de insomnio cuando los terribles pensamientos de perder la audición rondaban galopantes por su cabeza y una sensación de ahogo no la dejaba dormir, Alba se levantaba sigilosamente y se metía en la cama de su madre para llorar en silencio entre sus brazos.
Recuerdo una conversación con la madre superada ya la etapa escolar, en la que se lamentaba de su incomprensible reacción desde la desesperación: la felicidad de los demás la martirizaba. Ella se encerró en su caparazón y se fue hundiendo poco a poco en una oscuridad profunda, en algún momento tocaría fondo para volver a la superficie y aceptar el problema que la mantenía ciega de amargura. No conseguía encender la luz que guiara a su hija. Con los años Alba encontró una luminaria en su interior y se dejó guiar por el corazón, aprendió a descifrar en las expresiones lo que no oía, logró completar las frases con sus sentidos agudizados, resolvió cada momento de su vida moldeándose con la fuerza del cariño, al amor no correspondido lo hundió en el barro dejándolo sin forma y ante la crueldad respondió a golpe de cincel.
Apoyándose en sus figuras como medio plástico, Alba creó un mundo particular a través del que contaba sus historias tal y como ella las había percibido desde su silencio durante más de cuatro lustros. Personajes llenos de magia y vitalidad que parecían querer relatarnos con la mirada y la expresión del rostro la difícil e incesante lucha, las miserias y las esperanzas del hombre, entendiendo su manifiesto sin necesidad de pronunciar palabra alguna, consiguiendo finalmente el gratificante placer del que goza con todos los sentidos.
La crítica cultural se descubría ante la evidente capacidad de la artista para reproducir en sus obras los gestos escrutados día a día en el rostro de su interlocutor, y resaltando la conmoción de todos los asistentes al confesar Alba en su breve alocución inaugural, que el secreto de sus obras no estaba en sus manos con las que daba forma a esas maravillosas expresiones sino en su corazón en el que guardaba, como preciado tesoro, los sonidos más maravillosos de la creación conservados con esmero desde su infancia.
Entonces lloré emocionada por aquella niña indefensa y desconcertada a la que señalaban el resto de niños en el patio del colegio y que coleccionaba sonidos, convertida ahora en la mujer valiente que mostraba el resultado de su silenciosa lucha, de sus amores frustrados, de su ilusión latente, de su orgullo conquistado y de la superación personal alcanzada, exponiéndose sola y deslumbrante ante el mundo. La eterna candela de la victoria iluminaría siempre su vida. Ya no era necesario encender la luz.

Marien