domingo, 26 de abril de 2009
ERNESTO
Es la hora de la siesta y no se escuchan muchos ruidos. Ernesto se cansa de contar coches, se retira de la ventana y anota en su cuadernito verde la cifra de hoy: 147. Guarda el cuadernito en la mesilla y se dirige hacia su taquilla. En la cama de al lado el viejo Pablo ronca de lo lindo. Ernesto se ríe. El viejo Pablo siempre le hace reír. Comparten la pequeña habitación desde hace casi tres años. Pablo duerme en la cama que está al lado de la puerta, Ernesto prefiere estar en la que queda más cerca de la ventana. Abre su taquilla y elige ropa para cambiarse, una bata limpia y otros pantalones. Todo de color blanco. Hace buen día. Ha decidido darse una vuelta por el jardín. Coge también la caja de bombones. Es una caja de lata, redonda, de color azul. Ya no tiene bombones, pero Ernesto siempre se la lleva cuando da paseos por el jardín.
Abre la puerta y sale al largo pasillo blanco. No hay nadie, todos duermen. Pasa por el puesto de control y la enfermera que tiene la verruga en la nariz le sonríe. Ernesto también. Llega al otro extremo del corredor, atraviesa la sala de la tele donde algunos roncan en los viejos sillones mientras se escucha el tiroteo de una peli de vaqueros, y baja las escaleras que van a parar a la puerta principal, la que da al jardín. Saluda también al guarda de seguridad, que sentado tras su mesa, apenas levanta la cabeza del Interview que está leyendo, y sale al exterior.
Atraviesa el paseo de pinos y después la rosaleda, a Ernesto le gusta sentarse en el banco más lejano del jardín, desde allí no se ve la valla que rodea el centro y los árboles tapan la silueta del feo edificio de color verde claro. Allí Ernesto se relaja. Allí puede estar totalmente solo y por unos momentos puede dejar de simular. No tiene que contar coches, ni reírse sin motivo, ni ponerse a gritar sin venir a cuento. Porque Ernesto no está loco. Se lo hace. Porque con el paso del tiempo Ernesto se ha acostumbrado al centro, al fin y al cabo, ¿dónde iba a ir si saliera de allí? Sin familia, sin amigos… Cuando mató a su hermano le diagnosticaron esquizofrenia paranoide. Y muy bien. Así no tuvo que ir a la cárcel. Así la gente le dio de lado. Con el paso del tiempo se olvidaron de él. Nunca le gustó la gente. Un caso sin remedio. Eso dicen los psiquiatras. Y Ernesto tan feliz. Chilla de vez en cuando, cuenta coches y… casi se le olvida, recoge bichos para su caja de bombones. Eso siempre da un toque de locura irrefutable. Lo vio en una película.
Ernesto recoge un par de arañas, las guarda en la caja junto al resto de bichos, algunos ya muertos, y vuelve contento hacia el hospital psiquiátrico. Las voces le preguntan qué hay de cenar, Ernesto les dice que no sabe, aunque le apetecería un buen filete con patatas. Las voces son sus amigas. Es lo único que le hace mantener algo de cordura entre tanto loco como hay allí dentro.
Texto: T. Vaquerizo
lunes, 20 de abril de 2009
LAS NUEVE ROSAS

Oscar, el chico con el pelo teñido de rubio y con algunos mechones de punta, se dirige con gesto taciturno a la floristería de Isabel, la más antigua del barrio. Se ha peleado con su novia y quiere sorprenderla con flores para pedirle perdón.
─Buenos días. Me gustaría enviar un ramo de nueve rosas rojas─ dice Oscar visiblemente impaciente y emocionado por la decisión que, sobre la marcha, acaba de tomar. “¡Rosas rojas para recuperar de nuevo a mi chica! Nueve, el día de nuestro encuentro; rojo, su color favorito…”, piensa Oscar entusiasmado con su ocurrencia.
Isabel se levanta de su taburete, deja encima de la mesa las tijeras de podar, y con una amplia sonrisa se dirige al lugar donde tiene las rosas y comienza a escogerlas para elaborar el ramo. “Seguro que es un regalo para una primera cita”, piensa la florista. Y siente la ilusión del primer amor, la vehemencia de una primera cita se cuela por sus recuerdos y se emociona casi hasta el llanto.
─Por favor, Liliana, toma nota a este chico del nombre y dirección de este bonito envío.
Liliana lleva apenas unos meses trabajando en la floristería de Isabel, pero lo que más le gusta de su perfumado y colorido trabajo son los encargos de amor. Y aunque sabe que también forman parte de la vida, detesta las coronas para los funerales. Con un gesto rápido y coqueto, Liliana se retira un mechón de su morena y rizada melena de la cara y comienza a recordar su primera cita: “¡fue tan excitante, qué guapo era aquel hombre!, un venezolano muy alto, tostadito como el café y elegante como este delicado y cuidadoso ramo de rosas rojas…”. Con la mirada lejana y soñadora, le pide los datos de envío a Oscar, que le va dictando a Liliana, la romántica:
“Rosas rojas para la flor más hermosa”
Más quiso el destino o el emotivo recuerdo de su primer amor, o ambas cosas, quién sabe, que Liliana se equivocara en dos letras. Darío, que así se llamaba su guapo venezolano, acostumbraba a hablarle a Liliana, así era él, del “cauce” que seguían las cosas en el momento en que dos personas se sentían atraídas de aquella manera.
Así que cuando Alfonso, el repartidor, recoge el ramo y la tarjeta de entrega, ésta reza así:
Para: Daría Pérez Baluarte
Avenida de los Cauces, 39,
De: O.M.L.
Ese día no hay demasiados repartos y Alfonso se alegra de poder llegar algo más pronto a casa. Sus dos hijos de once y trece años, se han marchado a casa de la tía Ruth a pasar el fin de semana con sus primos. Es viernes y… ¡tiene toda la noche por delante para estar a solas con Mónica, su mujer!
Alfonso es un tipo bajito, calvo y con una sonrisa entrañable. Ha alquilado “Nothing Hill” y además ha comprado una botella de Moët&Chandon junto con una tonelada de helado de chocolate. “La noche promete”, piensa imbuido por un intenso y repentino soplo romántico, como hace tiempo no siente. Mira el resplandeciente ramo de las nueve rosas rojas, y entonces el amor le parece el sentimiento más noble y digno que un ser humano pueda albergar. Le invade una sensación de inmensa alegría.
“Rosas rojas para la flor más hermosa”
Para: Daría
De: O.M.L.
Mar Solana. Villalba, 9 de abril de 2009.
la novia
LA NOVIA
Evidentemente iba de blanco. Ese color tan puro que en el fondo odiaba. Hubiera preferido ir de color champán pero no encontró vestido de su talla. Este era bonito, un poco cursi. Ceñido en el pecho y amplio de falda con caída agraciada que disimulaba los gorditos.No quiso velo, escogió una tiara tipo princesa, discreta y con unas florecitas repartidas por el largo cabello pelirrojo. La verdad es que estaba muy guapa. Se veía juvenil. Elegante pero sin exagerar.
Las medias eran de la mejor calidad, suaves y de una talla mayor a la necesaria. Así no tuvo problemas al ponérselas. Resbalaron fácilmente por sus piernas, un poco gordas pero firmes.
Los zapatos al final fueron de raso. Sus amigas le dijeron que mejor de charol, que era lo que este año estaba de moda. Pero se negó en rotundo, no le gustaba para nada el charol y era su día, su boda, se pondría lo que ella quisiera aunque el vestido fue forzado porque no había su talla en color champán.
No quería ponerse encima más cosas. De por si se sentía un árbol de navidad. Se miraba en el espejo del local y se sentía como la muñequita del pastel. Felizmente el pastel era de chocolate, negro, lejos del blanco que tanto odiaba.
Es que es el color de las novias le había dicho la asistente del departamento de vestidos de novias del Corte Inglés. Vaya gilipollez, el color puro. Tradición de tiempos de las abuelas, hoy en día lo único puro que llegaba a una boda era el cheque del restaurante. Eso si que le había dolido, el menú, las flores, el fotógrafo….todo una estafa legalizada.
Sin embargo se seguía mirando al espejo y se gustaba. Parecía una princesa, cursi pero hermosa. Vaya ironía, despotrico toda su vida contra estos estereotipos y ahora se gustaba. Se veía delgada, juvenil, guapa, elegante. La tiara le quedaba fantástica. Lástima del blanco.
Incluso llegó a imaginar qué pasaría si teñía el vestido. Un poquito gris, un poquito champán, algo que eliminara el blanco de la ecuación.
Y mientras pensaba en esto su amiga Nuria le dijo, acaba de marcar el Barca. Y como un milagro, el espejo le reflejo su maravillosa pose de color blaugrana!
Libertad Ordovás Joven
Abril 2009
domingo, 19 de abril de 2009
LA CORTA VIDA DEL LIBRO DE TONI CAMPANARIO
- Yo ya lo he leído – le dijo Toni – pero mi amigo necesita más opiniones. ¿Te importaría leerlo y decirme qué te parece?
- ¡Claro! No hay problema. ¿De qué va?
- Bueno, prefiero no contarte nada, mi amigo es un poco pesado, insistió mucho en que no nos contaminemos los unos a los otros con nuestras opiniones personales.
- Vaya… bueno, pues le echaré un vistazo y te cuento. Me voy corriendo que Rosario tiene que haber llegado ya a casa y tengo que ayudarle a preparar la cena, hoy tenemos visita.
Toni se marchó a casa satisfecho y Alfredo se dirigió hacia su coche. Pero el coche no arrancaba. Después de un par de patadas que le dejaron el pie hecho polvo y de unas cuantas maldiciones, Alfredo decidió dejar el coche allí aparcado y coger el metro hacia su casa. La línea 2 no iba muy llena a aquella hora y encontró sitio fácilmente. Llevaba “La Caja de los Sueños” en la mano, así que aprovechó que no había nadie en el asiento contiguo para dejar allí el libro. Y pasó lo que tenía que pasar. Llegó a su parada, bajó, y el libro siguió su camino, esta vez, en solitario.
En Opera subió Gonzalo Pacheco, un estudiante de veterinaria al que le llamó la atención el libro abandonado. Miró a su alrededor pero no parecía pertenecer a nadie así que decidió cogerlo. Lo abrió y le echó un vistazo por encima, le pareció curioso que el libro no fuera firmado, no contenía información alguna acerca del autor. Lo guardó en su mochila y bajó del metro en Noviciado para dirigirse a la residencia de estudiantes de la calle San Bernardo, donde compartía habitación con un checo que estudiaba Bellas Artes. Dejó el libro sobre el escritorio de su habitación y salió a cenar algo por la zona. El checo llegó minutos más tarde atormentado. Necesitaba urgentemente una buena idea para la escultura que tenía que entregar al día siguiente. De repente reparó en el libro de Toni Campanario y lo tuvo claro. Despedazó el libro y lo utilizó para empapelar una de las sillas que había en la habitación. En honor al título del libro lo llamó “La Silla de los Sueños”. La pieza obtuvo muy buena nota y el checo decidió ir un paso más allá. Organizó una performance callejera, construyó una plataforma de madera y puso “La Silla de los Sueños” en lo alto. Enchufó un iPod a unos altavoces bastante potentes para llamar la atención. Una canción de Sonic Youth sonó a todo trapo, y una vez que tuvo el público suficiente, el checo roció con gasolina la silla y le prendió fuego. La performance duró poco, enseguida llegó un coche patrulla de la policía a quien ese día acompañaba un equipo de televisión. Toni Campanario cenaba en casa tranquilamente cuando vio la noticia en el telediario… Sintió un extraño desasosiego cuando el locutor dijo que la obra del chico se llamaba “La Silla de los Sueños”, pero enseguida el pensamiento pasó fugaz por su cabeza y siguió cenando mientras, impaciente, contaba las horas para llamar a su amigo y preguntarle qué le habían parecido las primeras páginas del libro.
Texto: T. Vaquerizo
LA CAJA
LA CAJA
Soy marrón claro, de cartón rugoso, resistente, de forma cúbica con laterales que ensamblan a la perfección. Toda yo de material reciclable, más que nada por estar al día. De tamaño mediano tirando a grande, soy amplia y cómoda, doy facilidades para el correcto embalaje de todo tipo de objetos. Aunque no soy resistente al agua aguanto bien las humedades. Mi único defecto es que necesito la ayuda de cinta de aislar para no desfondarme. Vivo plegada en cualquier almacén, debajo de una cama, en un armario, y no tomo mi forma corpórea hasta que me necesitan. Estoy orgullosa de mi misión en la vida, facilitarle la vida a los humanos, permitirles trasladarse con comodidad, almacenar o simplemente arrumbar la más variada y rica colección de objetos. Soy la guardiana de los recuerdos más personales de una vida, la chófer de un sin fin de artefactos necesarios para la misma, la amiga útil en todo momento. Mi vida es relativamente larga y me permite conocer a profundidad los más recónditos pensamientos y sentimientos de mis dueños. Según el contenido puedo saber con certeza qué es lo que está pasando a mi alrededor. Por eso soy feliz. Tengo además montones de hermanas. Unas más grandes que yo y otras pequeñitas que requieren mis consejos y atenciones. Sin embargo, de mis hermanas menores aprendí muchas cosas. Ellas guardan objetos pequeños en tamaño pero inmensos en valor, también suelen contener accesorios muy necesarios como agujas, botones, clips, etc… ellas me enseñan la importancia del orden en el quehacer de cada día. Por todo esto estoy orgullosa de mí misma y de mi especie, y, a diferencia de otros recipientes, mi vida no suele contener grasos elementos. Ni qué decir que espero mi muerte serenamente. Yo no voy a ser enterrada y olvidada. Seré reciclada y por lo tanto tendré vida eterna en cualquier otra forma de existencia, pero siempre útil y servicial.
Libertad Ordovás Joven
Un garbanzo en una enorme silla
Lorena rompió a llorar cuando colgó el teléfono. Esperó unos instantes, se secó las lágrimas con el delantal y se dirigió al sótano, donde su jefe estaba sacando una hornada de pan.
- Señor Mateo, lo siento pero me han llamado del colegio de mi hijo, por lo visto se ha peleado con un compañero. El director quiere verme, me ha pedido que vaya lo más pronto posible –mientras se lo decía, sus uñas iban escarbando en el fondo del bolsillo, de la misma forma que lo hacía cuando era pequeña y la llamaban a la pizarra, o cuando le hacían el examen oral que ella tanto odiaba.
- Vaya, vaya –le dijo su jefe sin mirarle a la cara. Pero no tarde mucho, que hay trabajo.
Lorena le dio las gracias, se puso el abrigo y cambió su calzado de trabajo por sus zapatos de tacón que se había comprado en las rebajas el mes anterior. Mientras se dirigía hacia el metro iba mirándose los pies, se sentía una intrusa en esos zapatos que no iban con ella; maldijo la ocurrencia que tuvo de ponérselos esa mañana, era como si estuviese en un escaparate, y ella fuese el maniquí al que estaban decorando. En su trayecto hacia el colegio intentaba evitar pensar en el tema que le preocupaba, el causante de su pérdida de sueño de las últimas noches, de las últimas semanas.
Hacía exactamente un mes y una semana que había encontrado en el bolsillo de un pantalón de su hijo de dieciséis años dos pastillas pequeñas envueltas en papel aluminio. Cuando le preguntó con toda sospecha que era aquello, su hijo le contestó con una expresión mentirosa que ella conocía perfectamente en su rostro, le dijo que pertenecía a un compañero de clase y un montón de patrañas añadidas. A todo esto se sumaba un comportamiento violento hacia ella que en los últimos días se había acentuado.
Entró en el recinto del colegio con una sensación de impotencia, con una necesidad vital de desaparecer por un tiempo del mundo, o tener un largo sueño, como en La Bella Durmiente, y al despertar que sus conflictos, o mejor dicho, su conflicto se hubiese esfumado.
El conserje le acompañó hasta el despacho del director. Intuyó su mirada curiosa como quien mira a un bicho raro, se sintió observada y posiblemente hasta juzgada por aquel individuo.
- Siéntese, por favor –le señaló la silla libre que había en el despacho, al lado de su hijo. Lo que tengo que decirle me duele, pero no tengo otra salida. El comportamiento de su hijo en este curso está siendo cuestionado por todos los profesores y por parte del alumnado, que son víctimas de su agresividad verbal y hasta física en dos ocasiones este mes. Esta mañana ha agredido a un compañero suyo, que ha tenido que ser asistido por algunas contusiones.
El director seguía hablando. A medida que él iba creciendo en su argumento, ella iba disminuyendo en su tamaño, hasta sentirse como un garbanzo en aquella enorme silla. Su corazón había encogido y sus zapatos habían pasado por el zoom de aumento hasta llenar aquella habitación.
- Esta mañana hemos tenido una reunión y hemos decidido expulsar a su hijo durante un periodo no inferior a un mes. Le recomendamos que le trate un psicólogo. Más adelante se pone en contacto con el colegio para estudiar su vuelta a clase, siempre y cuando haya una mejoría en su carácter o esté siguiendo un tratamiento –concluyó el director con un punto y aparte en sus palabras.
- Mi hijo no está pasando por un buen momento, desde que su padre y yo nos hemos separado ha adoptado una actitud rebelde. Entiendo su decisión y la respeto. Lamento mucho lo de ese compañero, jamás pensé que mi hijo llegara a agredir a nadie. Le llamaré –se despidió con un apretón de manos y con su autoestima por los suelos.
Salieron sin pronunciar palabra alguna. Su hijo la seguía a unos cuantos centímetros de distancia, arrastrando la mochila y los pies, esperando la reprimenda de su madre. Pero no la hubo, en ese preciso instante no podía hablar, estaba tan enfadada como asustada. Enfadada consigo misma por no haber dado la talla como madre, por no saber comunicarse con su hijo, por no poder protegerle de las malas compañías. Asustada por no saber por dónde empezar, por presentir que se le estaba escapando de las manos la situación.
Después de recapacitar durante largo rato, concluyó que no solo su hijo necesitaba ayuda, ella también.
Milagros Herrero
sábado, 18 de abril de 2009
Eva
Me encontraba perdido y desorientado, había sufrido un desengaño amoroso, aunque no en el sentido habitual del término y sin duda por culpa mía, pero quien puede controlar al amor, sea del tipo que sea: siempre es libre de ir, venir o quedarse.
Eva tenía 27 años cuando la conocí y el aspecto de poder enseñarme todo lo que yo ansiaba saber de este mundo y que hasta ahora no había estado a mi alcance. Era atractiva, pelo negro a media melena, ojos oscuros y expresivos, en muchas ocasiones no necesitaba hablar para hacerme saber lo que pensaba. Su boca me esclavizó desde el primer momento.
Yo era inexperto, no sabía cómo comportarme delante de ella, si hablar o callar, si moverme o estarme quieto. . . poco a poco me fui acostumbrando a estar a su lado. Me trataba con cariño, creo que al principio tenía curiosidad por mí, me trataba como si fuera una especie en extinción, mi pasado reciente no es lo que se puede decir normal, pero tampoco era un bicho raro.
Sin darme cuenta fui transformándome, cuando sonaba el teléfono el corazón me daba un brinco en el pecho solo de pensar en que era Eva quien llamaba, era incapaz de centrarme en nada que no fuera Eva, mis manos temblaban cuando pensaba en ella y si no pensaba en ella me venían a la cabeza imágenes fugaces de su rostro, su voz y su cuerpo: me había enamorado.
Sin embargo yo era incapaz de insinuarle mis sentimientos y mucho menos pensar en tener una relación con ella, sencillamente estaba fuera de mi alcance. Afortunadamente para mí, yo sí estaba a su alcance. Una tarde en el cine Eva tomó la iniciativa. Nos sentamos juntos, me cogió de la mano y como si un rayo me hubiera alcanzado, mi brazo se encogió para intentar evitar su contacto.
Acercó su boca a mi oído y me preguntó si me ocurría algo. Su voz susurrante me erizó todo el vello de la nuca, me cogió la mano por segunda vez y de nuevo un cosquilleo electrizante me invadió y recorrió mi cuerpo desde el estómago hasta la cabeza. Nunca antes había sentido algo así. Más tarde me avergoncé de mí mismo porque el pelo no fue lo único que se me erizó.
Después de la mano, su boca me regaló el primer beso de amor en mi vida, y digo bien, porque fue un auténtico regalo, y desde luego para mí fue de amor, no podía ser nada más. Su boca me enloquecía, por fin era mía, me pertenecía y podía sentirla dentro de mí, estaba entrando en un éxtasis como nunca había conocido.
Aún hoy, años después y felizmente casado, cuando recuerdo aquel beso, todo mi ser se llena de una pequeña histeria que me resucita.
Eva notó en mí el nerviosismo típico de la inexperiencia, pero continuó besándome hasta el final de la película como si de una clase magistral se tratara. El sábado siguiente me invitó a su casa. Me enseñó la cocina, el comedor y al llegar al dormitorio mis nervios me delataron, ella me tranquilizó:"No te preocupes, no estás obligado a hacer nada que no quieras, lo que tenga que llegar, llegará en su momento".
Yo era, aún soy, una persona mucho más espiritual que carnal. Estaba enamorado de ella, amor puro y virginal, al menos para mí. Podría estar con ella toda mi vida sin ninguna necesidad de relaciones carnales. Por otro lado pensar en el contacto de toda su piel con la mía, en su cuerpo desnudo junto al mío, hacía crecer en mí sensaciones que desde luego me resultaban muy agradables, pero al mismo tiempo me producían desasosiego, esta era la disyuntiva a la que me enfrentaba.
Nos sentamos en el sofá y noté cómo mi inquietud inicial se transformó en excitación sexual. Eva cogió mis manos y las guio por debajo de su camisa, recorrió todo su cuerpo, me llevó a explorar lugares inaccesibles, recónditos e inimaginables para mí hasta entonces.
Del sofá pasamos a su dormitorio y continuamos haciendo el amor. Borracho de sensaciones, bajo mis pies había desaparecido la tierra, me sentía caer al vacío una y otra vez, y Eva siempre estaba allí, conmigo, acompañándome en mi camino por el placer sexual.
Nuestra relación duró un año, ocho meses y tres semanas, lo suficiente para recuperar gran parte de lo que me perdí durante los veinte años que dediqué a la Iglesia, de los que no me arrepiento, pero las vocaciones no siempre son eternas y en esta vida hay tiempo para todo.
Mi relación con Eva fue un proceso de reinserción, seguramente el mejor que pueda existir. Después de Eva me enriquecí con otras relaciones más o menos efímeras, más o menos profundas, hasta que finalmente encontré a la persona con la que decidí compartir el resto de mi vida. Y ahora pasado el tiempo, me doy cuenta de que una vez encontrado el primer amor auténtico, todos lo demás son bisutería, falsificaciones que coleccionamos, abrillantamos y exhibimos para rellenar el hueco vacío de un diamante que tuvimos y perdimos tiempo atrás, un diamante cuyo brillo nunca podremos olvidar.
Pedro.
jueves, 16 de abril de 2009
En el tren
Subí al vagón ayudada por los empujones de la gente que, deseosa de llegar a casa con los suyos y volver a sentirse alguien, pierden el respeto por sus congéneres. Divisé un asiento libre y corrí para llegar hasta él antes que la persona que había al otro lado del pasillo y que también le había echado el ojo. En esa ocasión gané yo, me senté satisfecha de mi hazaña.
Al lado había una señora mayor que me miró y me sonrió, cosa extraña a esas horas en el tren, la saludé con la cabeza y acto seguido abrí mi libro para evitar conversaciones inoportunas, pero a la señora mi libro no le pareció suficiente impedimento y empezó a hablar, presuntamente conmigo:
- ¿Estás cansada, verdad?, claro, hoy en día todo va demasiado deprisa, nadie tiene tiempo de sentarse a conversar, ni tan siquiera tienen tiempo de mirar a la cara del de al lado –no pude evitar darme por aludida y sentirme un tanto maleducada así que cerré el libro.
- Sí, estoy muy cansada, trabajo muchas horas. Ya sabe el que algo quiere…–dije intentando sonreír a la pobre abuela.
- Ahí hija, en mis tiempos era fácil realizar tus sueños, había menos distracciones, si trabajabas duro y tenías claro el objetivo, triunfabas seguro. No teníamos el plato de comida asegurado así que arriesgarse era gratis. –tenía la voz serena y la mirada cálida.
- ¿Y cuál era su sueño? –pregunté con sincero interés.
- Bailar. Bailaba como los ángeles desde bien pequeña. Mi madre cantaba muy bien y en casa nunca faltaba música sin necesidad de tocadiscos. Yo bailaba y mama cantaba. Eso ayudaba a engañar al hambre. Algunas veces nos acercábamos a la plaza del pueblo y montábamos un pequeño espectáculo, conseguíamos algunas monedas y eso nos daba para comer algunos días. –la mujer sonreía, parecía rememorar esos momentos con dulce nostalgia.
- Debieron ser momentos duros –eso de pasar hambre por mucho que lo amenizaras con cante y baile no me parecía a mí una situación para recordar con alegría.
- No, al contrario fueron momentos muy felices, recuerdo a mi madre con su falda de los domingos, sentada en el taburete de madera que le hizo mi padre, con su larga melena suelta, su olor a lavanda y su voz, esa voz que me mecía. –cerró los ojos y empezó a mecerse abrazándose al mismo tiempo.
- ¿Pudo cumplir su sueño? ¿Triunfó bailando?
- Si
- ¿Actuó en grandes teatros y cosas así?
- Bailo cada domingo para mi marido, mis cinco hijos y mis ocho nietos, también lo hago para mis amigos en ocasiones especiales. Me aplauden, me abrazan, no faltan ni un domingo. Es un momento muy especial para todos.
- ¡Ah bueno! –exclamé casi sin darme cuenta.
- ¿Decepcionada?
- A decir verdad, un poco. Esperaba que hubiera sido usted una gran bailarina, que hubiera conocido a personas importantes, que hubiera alternado con apuestos caballeros y que hubiera ganado dinero a espuertas.
- Soy una gran bailarina porque bailo desde el corazón, he conocido a las únicas personas realmente importantes, mi familia y mis amigos, y he alternado con mi marido que ha sido siempre un apuesto caballero. En cuanto al dinero, nunca ha sido mi prioridad. ¿Quizá el problema está en tu percepción del éxito?
- Bueno, no sé a qué se refiere.
- Para mí el éxito es hacer feliz a los demás haciendo lo que me gusta, y lo he conseguido, así que puedo decir que he tenido éxito en la vida.
- Bueno, hoy en día el concepto de éxito es un poco distinto. La sociedad es muy competitiva –dije haciéndome la interesante aunque realmente no tenía ni idea de lo que estaba diciendo.
- Jaja, los jóvenes siempre acabáis echándole la culpa a la sociedad, la cultura o la tele. El éxito no es algo social es algo personal, íntimo. Cada cual debe encontrar su éxito. No existe la sociedad, la sociedad no es más que la suma de muchos individuos. Si cada uno se compromete con encontrar su felicidad, la sociedad dejará de ser un elemento opresor y se convertirá en la red de seguridad que nos evite desfallecer en nuestra búsqueda.
La verdad es que costaba contradecirla. Mi vida era cada vez más gris, me pasaba 10 horas en el despacho, llegaba a casa de mal humor, le daba un beso a mi marido por costumbre más que por ganas, cenábamos sin apenas cruzar palabra y me acurrucaba en el sofá a ver la tele esperando que los días pasaran lo más rápido posible. Hacía tiempo que no me planteaba que es lo que realmente me hacía feliz.
- Por cierto, ¿Tú tienes algún sueño? Bueno seguro que lo tienes ¿Cuál es tu sueño? –preguntó dirigiéndome una sonrisa.
- ¡Escribir!
- Pues escribe con el corazón, el éxito está garantizado.
Sonia Sánchez
miércoles, 15 de abril de 2009
SABOR A MELOCOTÓN
El progenitor le insistía poniéndole el brazo por encima de los hombros:
- Un puñado para tu Superior, que esté contento, a ver si te manda pronto para casa. Que no suframos más.- Dejando como punto final el sonido de un suspiro desde lo más profundo.
- No te preocupes, papá. Estaré aquí muy pronto.
La noche antes se había despedido de sus amigos haciendo la típica zurra, mezcla de melocotón troceado, vino y gaseosa, como ya era costumbre. Simón disfrutaba de sus vacaciones estivales siempre en su pueblo, con la familia y los amigos de toda la vida, coincidiendo también con las fiestas patronales. Todos sabían que era Guardia Civil, y que trabajaba en un grupo especial de información o algo relacionado con el terrorismo, no daba nunca demasiadas explicaciones, pero si que contaba a veces anécdotas y vivencias, omitiendo datos precisos, miedos y tropiezos. Los primeros días en el pueblo todavía permanecía muy tenso, miraba por encima de su hombro si oía pisadas y revisaba los bajos del coche cada vez que lo aparcaba en la calle. Volvía a Madrid a esperar instrucciones de desplazarse al norte, para continuar con la vigilancia y seguimiento del caso que le asignaran.
Sus padres permanecieron de pie, despidiéndole con la mano, mientras el coche se alejaba con su preciada carga. Atravesó el pueblo por la calle principal donde ya los primeros paisanos comenzaban su faena, cruzó el puente de hierro sobre el río cuyo cauce discurría casi seco, hasta llegar al cruce para coger la carretera principal. Todo a un lado y a otro era huerta, en los melocotoneros las ramas se doblaban por el peso bajo el sol, eran los mejores de toda Europa.
Pronto el dulce olor de la fruta invadió el vehículo, su tentador aroma arrebataba los sentidos y le revolcó la memoria. Cuando era un crío correteaba con los amigos por los bancales,cogiendo la fruta del árbol y comiéndola sin lavar, simplemente frotándola contra el pantalón. Su primer beso de amor fue un día de marzo bajo un melocotonero en flor,con ocho años. Y que hubiera sido de él si cuando se precipitó al río, que entonces pasaba caudaloso, no le hubieran arrojado una rama para sacarlo antes de llegar a la presa. Definitivamente aquel perfume le traía muy buenos recuerdos, aromas de verano, de juventud, de vida. Había planeado que cuando se jubilara plantaría un huerto con una casita con soportal desde donde vería amanecer y por la tarde la brisa inundaría la casa con el delicioso olor de los frutales. Se encontraba cansado de no disfrutar una vida normal, con veintiocho años no tenía novia, aunque en estos días se reencontró con un amor de juventud y ya veríamos lo que pasaba hasta que regresara para el puente de Todos los Santos. Debido al mutismo que imponía su trabajo era difícil entablar relaciones personales y estaba hastiado, le faltaba sólo un año más.
Todo el trayecto lo hizo embriagado por el aroma dulzón que emanaba del maletero. Su compañero de fatigas era un palentino que esperaba impaciente su regreso, o precisando mejor, el del rico manjar que traía siempre de vuelta de sus vacaciones. Nada más llegar a su destino salieron de viaje a cumplir una misión de investigación, con la promesa a su compañero de no olvidar cargar los melocotones en el coche. Darían buena cuenta de ellos en las tediosas horas de espera.
En la madrugada del 10 de Agosto, conducía el palentino por los vericuetos caminos de la montaña, Simón acababa de sacar la bolsa de los melocotones, preparada para aquella noche, y la dejó abierta sobre sus piernas mientras le daba el primer bocado al melocotón, jugoso y crujiente, al tiempo que cerraba los ojos y aspiraba su fragancia. “No hay otro sabor igual”, dijo, mientras le ofrecía uno a su compañero y ambos asintieron con un leve movimiento de cabeza. La ráfaga de metralla impactó en los cristales del vehículo por sorpresa, sin tiempo para reaccionar ante la emboscada terrorista. El volantazo hizo que se detuviera al estrellarse sin control contra un roble junto a la carretera. Al abrir la puerta del Jeep para intentar salir, un intenso olor a muerte se escapó de su interior, los melocotones rodaron por el suelo, salpicados de sangre caliente y quedando esparcidos junto a su cuerpo agonizante en el asfalto, en su boca permanecía todavía sin tragar el último mordisco a la vida. Cuando los encontraron, amanecía en la mejor huerta de Europa.
Marien
Taller Escritura Creativa
Mirando al mundo
Todo es gris, el cielo, las calles, la gente, los árboles del parque, los pájaros. Y este olor, está por todas partes, la ciudad apesta. Las fachadas de los edificios están sucias, los coches circulan expulsando un irrespirable humo gris, la gente deambula por las calles, sus caras están difuminadas, borrosas.
Subo al autobús para ir a casa, le pido el billete al conductor, no puedo evitar fijar la vista en lamparones de su uniforme. El autobús está lleno de pequeñas manchas en los cristales, en el suelo, en los asientos, en la barra, estiro la manga de mi jersey para agarrarme… la gente apesta, es el mismo olor que envuelve la ciudad.
Llego a casa y busco a mamá. El olor de mamá siempre me reconforta. La encuentro en el jardín, al verme sonríe.
- Hola cariño ¿qué tal el día? – viene hacia mí, necesito que me abrace, que su olor anule este apestoso olor que me acompaña y que el brillo de su mirada borre el sucio gris de la ciudad.
- Mamá, el mundo es una mierda. Todo es gris, sucio. Y apesta, la ciudad apesta –me abraza, ya estoy a salvo, mamá lo arreglará.
- Hijo, siempre te he dicho que el mundo es un reflejo de nosotros mismos. Es un espejo, sólo te devolverá tu imagen. –me acaricia el pelo.
- Mamá, ¿estás diciendo que soy sucio y apestoso?
- Cielo, límpiate las gafas y cámbiate de zapatillas. El mundo te lo agradecerá.
Sonia Sánchez Ortiz
En la consulta
- Vamos, entra, llevas una temporada un poco rara, mejor será que te miren. –dijo Boni mientras empujaba a Raquel hacia la sala de espera.
- Bah que chorrada, no sé por qué dices eso.
- Sabes que desde que murió Harry, no quieres salir de casa, apenas te relacionas -Boni miró a Raquel de reojo, sabía que recordarle a su peludo y muerto perro la haría claudicar.
- Echo de menos a Harry, eso es todo. Además, me relaciono contigo.
- Harry era un buen perro, pero era un perro al fin y al cabo. Tienes que relacionarte con gente, con hombres sobre todo, un poquito de mambo y se te curan todas las penas.
- No me gustan nada los médicos –Raquel intentó cambiar de tema, hablar de hombres la ponía un poco nerviosa.
- A nadie le gustan, anda, sentémonos ahí que hay dos sitios.
- ¿Por qué no decoran estos sitios de una forma más alegre? –Raquel miraba las asépticas paredes de la sala de la que colgaban posters informando de diversas campañas preventivas que te hacían recordar la cantidad de enfermedades que se pueden pillar en la sala de espera de un ambulatorio.
- Bueno es que si te animas antes de entrar igual te curas y se quedarían sin trabajo -Boni rio, y Raquel sonrió.
- Ay Bonifacia, ¿Qué haría yo sin ti? –estiró la mano para alcanzar la de Boni.
- ¡No me llames Bonifacia! –levantó la voz y apartó la mano bruscamente –odio ese nombre.
- Pues a mí me gusta, cuando era pequeña había unos dibujos que me encantaban en los que salía una niña monísima que se llamaba Bonifacia, era muy lista, siempre resolvía los misterios.
- Si ya recuerdo esos dibujos, una niña moníiiiisima –dijo Boni irónicamente.
- Creo que deberíamos callarnos, la gente nos mira –la gente de la sala que las miraba con mala cara.
- Si, es verdad, mira aquel que cara, parece que esté estreñido –Boni miró al hombrecillo gris, con cara pálida y ojerosa, que no paraba de mirarlas y menear la cabeza de un lado a otro– Ábrete un poquito el escote a ver si le suben un poco los colores que el pobre parece un difunto.
- Sshhh, calla.
- Y aquella señora, parece que se haya tragado el palo de la escoba –Boni intentó imitar la postura tiesa de la señora que se sentaba justo enfrente de ella.
- Boni, por favor, cállate, no me hagas pasar vergüenza –Mascullo Raquel.
- Vale, vale, ya me callo. Voy a coger una revista –se levantó y en ese momento llegó una chica y ocupó su asiento.
- Perdone –dijo Raquel dirigiendo hacia la chica que se acababa de sentar a su lado –aquí está mi amiga.
- Pues a mí me parece que el asiento está libre –La voz de la chica era casi tan repelente como su cara.
- Tranquila Raquel, que la gente está un pelín irritada hoy. Esta debe venir mal follada de casa .
- ¿Señorita Raquel García? –Una enfermera asomó la cabeza desde la consulta de la Doctora.
- Si aquí –Se apresuró a responder Raquel, a la vez que recogía su bolso y su chaqueta.
- Buenas tardes, hacía tiempo que no venías por aquí –La doctora la recibió de pie y extendiéndole la mano.
- Si, hacía un tiempo.
- Cierra la puerta y toma asiento, por favor.
- Si un momento que vengo con una amiga –Raquel se asomó a la puerta y llamó a Boni que se había quedado rezagada. –Vamos Boni que hay mucha gente esperando.
- Ya voy, ya voy. Hola! –Boni saludó a la doctora que no levantó la cabeza del historial de Raquel.
- Bueno doctora, yo realmente me encuentro bien, pero Boni ha insistido en que viniera. Harry, mi perro murió y he estado un poco triste, no tengo muchas ganas de salir de casa, nada grave.
- Ya veo –la doctora miró a Raquel con cara de preocupación -me alegro de que te animaras a venir. Te sentirías muy sola cuando murió Harry, supongo.
- Si, fue muy duro. –Una lágrima escapó de sus ojos pese a sus esfuerzos por contenerla.
- Todos necesitamos amigos y cuando los perdemos nuestro mundo se tambalea, ¿verdad? –La doctora recorrió cariñosamente la cara de Raquel secándole la lágrima furtiva.
- Cierto.
- Toma estas pastillas que te relajaran un poco y pide hora para el psiquiatra lo antes posible, yo le pasaré tu historial.
- Bueno, creo que con las pastillas es suficiente, por una pequeña depresión no voy a ir al psiquiatra. No pienso volver al psiquiatra. Además me comprometo a salir más y a intentar conocer gente, de verdad, Boni me ayudará.
- Raquel, Boni no puede ayudarte en esto.
- Si, doctora ella me ha estado apoyando y me ha animado mucho. Díselo tú Boni.
- Raquel, en esta habitación sólo estamos tú y yo.
Sonia Sánchez(Ejercicio de Diálogo)
martes, 14 de abril de 2009
El caracol iluminado
Nada ansiaba más Cuernecitos largos en esta vida que vivir sin miedo y en paz, sin depredadores ni peligros. Por eso, cuando una fina y refrescante lluvia le despertó del letargo, y se vio en medio de un campo de césped cubierto, en un ambiente cálido y húmedo, rodeado de suculentos y tiernos brotes de hierba y de otros caracoles que le informaron de que ya nada tenía que temer, lo primero que pensó es que había muerto y estaba en el cielo. Su misión consistiría desde aquel momento en comer hasta reventar y en reproducirse al máximo. Aquello era lo más parecido al paraíso que podía imaginar, el sueño de cualquier caracol y de cualquier especie de ser vivo que se precie de serlo.
-Qué suerte hemos tenido de caer aquí, ¿eh?-comentó Cuernecitos a un compañero de cópula un día.
-Sí, supongo que sí…
-¿Supones?-dijo Cuernecitos mirándole atentamente con sus cuatro cuernos- ¿Acaso te imaginas una vida mejor?
-No… si está muy bien todo esto… Es sólo… bueno, se oyen cosas por ahí.
-¿Cosas?
-Sí, cosas…-respondió el compañero abatido, mientras disparaba su esperma en dirección a Cuernecitos- cosas malas. Desapariciones.
-¿Desapariciones?-repitió éste.
-Sí… ¿Tú te acuerdas de los caracoles veteranos, aquellos tan gordos que siempre se comían los mejores brotes?
-Sí, claro que me acuerdo, ¿por qué?
-Ya no están.
-Y qué te crees, ¿que se los ha tragado un trébol? –Cuernecitos rió su ocurrencia mientras en esta ocasión era él el que disparaba su esperma- Se habrán cansado de este campo. No te habrás enamorado de alguno, ¿no? Aquellos caracoles estaban ya de vuelta de todo.
-No… es sólo que… no sé, es tan raro que no estén… dicen por ahí que una noche estaban y por la mañana ya no.
-¡Bah! No te creas todo lo que se dice… Te habrán querido meter miedo- dijo Cuernecitos no sin cierta inquietud en la voz mientras se separaba del compañero-. Ya está. A ver si nos salen huevos sanos.
-A ver.
A Cuernecitos aquella conversación le afectó mucho más de lo que hubiese deseado y a partir de aquel momento empezó a fijarse obsesivamente en todos sus compañeros. Sobretodo en los más gordos. Y se dio cuenta de que, efectivamente, algunos desaparecían de la noche a la mañana mientras dormían.
Su temor se convirtió en terror cuando el caracol miedoso compañero de cópula que le había advertido, desapareció misteriosamente.
-Oye, ¿tú te has dado cuenta de que aquí faltan caracoles?- le preguntó a un compañero que mascaba ruidosa y despreocupadamente uno de los trozos de lechuga que de vez en cuando caían del cielo.
-Por mí pueden faltar todos. A más tocaremos- dijo el caracol, concluyendo con un eructo y una sonora y grotesca carcajada. Y es que en aquel campo había caracoles de todas las condiciones, educados y no tan educados.
A partir de entonces, Cuernecitos largos ya no fue capaz de disfrutar de la comida, y cada vez se reproducía menos. Vivía atemorizado. Dormía poco y mal, con constantes pesadillas. Analizó con tanto detenimiento la situación y a todos sus compañeros, que pronto fue capaz de predecir las desapariciones, pues éstas seguían ciertos patrones. Más o menos cada ocho soles desaparecían los caracoles gordos y marrones oscuros. Mientras que más o menos tres soles después, desaparecían los más grandes de otra especie más pequeña y de color beige.
-¿De qué color soy?- preguntó Cuernecitos a un caracol de los beige de cuernos bastante atractivos.
-Beige claro. ¿Por qué?
Cuernecitos le explicó a su compañero sus temores.
-Creo que más pronto que tarde nos va a tocar -dijo temblando a su nuevo amigo.
-Creo que deberías relajarte y disfrutar. Si nos toca que nos toque, pero por lo menos nos vamos de este mundo contentos- dijo el caracol atractivo, rozándole con sus cuernos suavemente.
Pero Cuernecitos no estaba para rozamientos. Necesitaba saber qué iba a ser de él. Añoraba sus días en la montaña, donde los riesgos eran conocidos, donde sabía qué podía esperar de la vida. ¿Dónde iban a parar los caracoles que desaparecían? ¿Qué había después de ese paradisíaco campo?
En ese estado de angustia y zozobra se sucedieron las semanas que podrían haber sido las más felices en la vida de Cuernecitos largos. En lugar de disfrutar de la comida y de la compañía, del bienestar de la humedad cálida del ambiente, de las lechugas que repentinamente caían del cielo, de los compañeros atractivos y complacientes, se dedicaba a sufrir por miedo a un futuro que se le perfilaba demasiado incierto.
-Debe tratarse de un castigo –llegó a la conclusión finalmente en un afán desesperado por encontrarle una explicación a las desapariciones-. ¡Claro! ¡Eso es! Un castigo, un castigo por todos nuestros excesos. Son los caracoles más gordos los que antes desaparecen. Nos estamos dejando llevar por el vicio, cuando es en realidad a través de la constricción como llegaremos a salvarnos.
Y Cuernecitos con esta explicación se quedó mucho más tranquilo. Tan seguro estaba de que un ser superior a ellos les estaba poniendo a prueba, que se dedicó a predicar su teoría al resto de caracoles para intentar salvarles. Los más débiles y temerosos, pronto acataron como ciertas todas las suposiciones y fueron divulgando el mensaje de Cuernecitos por toda la comunidad. Como Cuernecitos gracias a la observación era capaz de predecir quién iba a desaparecer, empezó además a ser temido. Muchos le tomaron como el representante del ser superior en el campo, alguien a quien obedecer si no querían ser los siguientes en caer en el juego macabro en el involuntariamente estaban participando. Y Cuernecitos, en pleno trance iluminatorio ocasionado por la falta de alimento, empezó a creerse él mismo el líder del campo.
-¡Compañeros! –gritaba Cuernecitos a su público- Mirad a esos caracoles gordos de ahí, que comen y se reproducen sin descanso… -decía con voz apocalíptica, señalando con sus cuernos a los caracoles que hacían caso omiso a sus advertencias y disfrutaban de la vida sin miedo al mañana- ¡Miradlos bien, porque pronto dejaréis de verlos!
Y algunos caracoles atemorizados dejaron entonces de comer del todo para contentar al ser superior y no desaparecer del campo, produciéndose entonces las primeras bajas por inanición. Las conchas de los caracoles muertos desaparecían días después misteriosamente, pero Cuernecitos, lejos de pensar que podía estar equivocado en su interpretación del divino castigo, concluyó en que aquellos que en vida habían renunciado a los placeres del campo, abandonaban al irse de él las ataduras de la carne, dejando la pesada carga de su concha detrás, para acompañar al ser superior en un mundo mejor, donde no habría ya nada que temer, donde la paz del alma, alejada de las pasiones del cuerpo, reinaría proporcionando la estabilidad y la seguridad que tanto ansiaban.
Entonces empezaron a caer del cielo alimentos mucho más tentadores y suculentos.
-¡No caigáis en la tentación! - gritaba Cuernecitos fuera de sí mismo- ¡es una prueba! ¡Tenemos que superarla! ¡Pronto obtendremos nuestra recompensa!
Algunos caracoles no pudieron resistirse y comieron hasta reventar, dándoles igual lo que decía Cuernecitos y lo que vendría después. Él mismo estuvo a punto de sucumbir a la tentación cuando una rodaja de un tomate maduro y brillante le cayó del cielo justo delante de su boca. Sin embargo se mantuvo firme en sus convicciones, dando ejemplo a todos sus fieles, a todos aquellos que le seguían incondicionalmente y a los que se debía.
El día del juicio final no tardó en llegar. Y ese día los pocos caracoles sanos, gordos y felices que quedaban fueron extraídos de golpe del campo y separados de los débiles y hambrientos. Los primeros se reunieron con los compañeros que anteriormente habían desaparecido en otro campo igual de frondoso y bien acondicionado, donde clasificados por tamaños y especies, marrones y beige, fueron destinados a la producción de la más pura de las babas para la industria farmacéutica y cosmética, y donde vivieron felices y alimentados hasta el final de sus días. Mientras, los caracoles débiles, enfermizos y hambrientos que no servían ni para reproducirse, fueron triturados y vendidos como abono para fertilizar estanques. Entre ellos Cuernecitos largos y todos sus seguidores.
Sonia Ramírez
viernes, 10 de abril de 2009
Cartas de amor
-Tranquila, en cuanto empiece el acto te sentirás mejor. ¿Qué quieres tomar?
-Una cerveza.
-Camarero, por favor, una caña y un zumo de piña.
-Enseguida, señor.
-Papá, quién me iba a decir que hoy estaríamos aquí, en la casa de América de Madrid, presentando mi primera novela.
-Lástima que tu madre ya no pueda vivir este momento con nosotros.
-Aquí tienen, una caña y un zumo de piña.
-Gracias, pero es al revés, la caña es para ella.
-Mamá estaría orgullosa de tí, como lo estaría el abuelo. Ya conoces la afición que tenía el abuelo por la literatura.
-Sí, todavía recuerdo las historias que me contaba de pequeña, cuando vivíamos en Chile.
-Pues hay algo de tu abuelo que nunca te he contado.
-¿Qué es?
-Es algo que sucedió hace muchos años. Tu todavía no habías nacido. A tu madre y a mí siempre nos ha costado hablar de eso. Es una historia que tiene que ver con el hecho de que tú estés en este mundo y con lo que va a pasar dentro de un rato aquí.
-Cuéntamelo ya, me tienes en ascuas.
-Como sabes tu madre tuvo una hermana que nunca llegaste a conocer, ya que murió poco antes de que tu nacieras. Pues bien, cuando a tu madre y a tu tía les llegó la edad de casarse, ya ambas con novio formal, su padre las reunió un día y les dijo: “Mirad hijas, nosotros somos una familia muy humilde y yo no puedo aportar dos dotes, así que una de vosotras tendrá que esperar un tiempo a casarse”.
-¿De cuánto tiempo estaba hablando?
-Pues el abuelo les dijo que una de ellas debería esperar cinco años para casarse.
-!Que injusto! !¿Y cómo decidió quién de las dos, a cara y cruz?!
-No hija, eso es lo que te quería contar. El abuelo les dijo a sus hijas que se casaría primero la que recibiera de su novio las más bellas cartas de amor. Igual no te parece justo. A mí tampoco me lo pareció en ese momento. Pero es lo que hizo que yo me casara con tu madre y la razón de tu existencia.
-!Vaya historia!¿Por qué no me la habíais contado nunca?
-Seguramente, porque el resultado de aquella decisión tuvo una consecuencia que ni tu abuelo ni nadie podíamos adivinar en aquel momento.
-¿Y cuál fue?
-¿No te la imaginas? Tu tía no llegó a casarse nunca.
-No me lo había planteado. Claro, ella murió dos años después de casaros vosotros.
-Sí, y es algo que tu abuelo nunca se perdonó. Siempre se sintió culpable de haber impedido que su hija viviera feliz los dos últimos años que le quedaban, sin poder compartirlos con el hombre de su vida.
-Pero, el no podía saberlo.
-No, ninguno de nosotros podíamos, pero eso no quita que todos recordársemos aquel episodio cuando ella murió.
-Es una historia muy triste. Mamá nunca me habló de ello.
-Sí, y quizás yo no he elegido el mejor momento para contártela.
-No te preocupes, para estas cosas nunca hay un buen momento. Me tienes que explicar esta historia con más tranquilidad. Por cierto papá, ¿conservas esas cartas?
-Sí, tu abuelo nos las devolvió el día de la boda. Nunca he querido deshacerme de ellas. A veces, me sorprendo sentado en la cocina leyéndolas, pretendiendo volver a aquellos tiempos.
-Papá, si mañana me paso por tu casa, ¿me las dejarás leer? Se me está ocurriendo algo.
-Claro hija.
-Tengo que preguntarte muchas cosas.
-Acábate la cerveza, Isabel, ya falta poco para empezar. ¿Sabes?, adivino que me va a encantar leer tu segunda novela.
Mariano Salvadó (Curso escritura creativa: ejercicio de diálogo)
jueves, 9 de abril de 2009
¿Qué es la mentira?
Juanmi, Taller de Escritura Creativa
(Dedicado a Irène, Judi, Sonia, Mariano, Joan e Ignasi)
Mi impactante suerte
Mi padre solía decir que estábamos a merced de la suerte; yo le respondía que forjaría la mía. Aprendí esgrima con grandes maestros, monta con los más diestros jinetes. Cuando conseguí destacar entre las filas de nuestro ejército, y la propia reina me reclamó ante su presencia, elegí con el máximo cuidado traje, peluca y sable. Ya ante ella, le dediqué la más profunda de las reverencias, de tal guisa, que el extremo de la vaina de mi sable tuvo a bien ascender trazando un arco, deteniéndose abruptamente en las más nobles partes de mi dolorido rey.
Micro-relato para una cena
(Dedicado a Irène, Judi, Sonia, Juanmi, Mariano e Ignasi)
Joan Villora Jofré
Micro-relato para una cena
(Dedicado a Irène, Judi, Sonia, Juanmi, Joan e Ignasi)
Clarisse estaba contenta aquella tarde, iba a poder volver a hacer la colada. Se acababa de preparar otro gin tonic con mentiras para quitarse esa manía de masticar chicle. Ya se había olvidado de la última vez que metió, por equivocación, un paquete de tabaco en el lavadora. Casi le da un ataque al corazón. Sí, ese corazón que un día se comería un perro.
Días después del accidente, frente al espejo del peluquero, su marido, un soplador de vidrio, pensaba: “me dejé una vida”. No sólo por haber perdido a su mujer, sino también por haber matado al pez que no nadaba. Se había convertido en un asesino por disgusto, que observaba el azul de sus venas, iluminado por una partícula de luz que se colaba, cada atardecer, por la puerta entreabierta de un aula de escritores.
Mariano Salvadó (Curso escritura creativa)
domingo, 5 de abril de 2009
¿El crimen perfecto?
Denuncia nº 5.783/2009
El demandante declara que, tras haber leído el anuncio expuesto a continuación, recibió una respuesta que no cumplió sus expectativas, denunciando a la empresa anunciante con cargos de publicidad engañosa.
Anuncio aparecido en el número 256 del semanario “La dimensión desconocida”, revista especializada en freakismos y encuentros en la tercera fase.
“¿Esta harto de que le ninguneen? ¿Odia a su marido y no sabe cómo librarse de él? ¿No soporta a su jefa? ¿Desea eliminar a esa persona odiosa e indeseable que le hace la vida imposible?
¡Enhorabuena! ¡Nosotros podemos ayudarle a cometer el crimen perfecto!
1. Envíe un sms con las palabras CRIMEN espacio PERFECTO al 77X88.
2. Recibirá en su móvil un mensaje de texto con la premisa principal para ejecutar el crimen perfecto*.
3. Borre el mensaje de texto para eliminar cualquier pista.
* El sms se enviará automáticamente desde un centro de mensajería instantánea no rastreable. No habrá pruebas de contacto entre nuestra organización y usted.”
Detallamos a continuación la respuesta recibida por el demandante a través de sms:
“El crimen perfecto es aquel que NO se comete”.
Por Marta Navarrete Ardanuy, para el curso de Escritura Creativa (grupo Miércoles).
miércoles, 1 de abril de 2009
EL CORAZÓN QUE UN DÍA SE COMIÓ UN PERRO
¿Cómo pudo darse tal desafortunada circunstancia? Se preguntará el lector, acaso sorprendido, acaso intrigado. Bien, tal desafortunada circunstancia pudo darse debido a una serie de pequeñas y fatales coincidencias, que tengo hoy a bien relatar.
Ricky, el perro de las orejas largas y rizaditas, a parte de gran aficionado a las vísceras en general y a los corazones en particular, cumplía con una noble misión en la vida, que no era otra que la de ser la luz en los ojos de un invidente. Era, en otras palabras para los poco avispados y los que no pillan las ideas al vuelo, un perro guía o un perro lazarillo. Dándose la circunstancia de que su dueño, aparte de invidente, era enano, y aparte de enano, hipocondríaco y de que como enano sufría de los males típicos de los enanos, y como hipocondríaco, de todos los males que acertaba a oír nombrar, Ricky y su dueño se pasaban en la sala de espera de urgencias del hospital todas las tardes de sábado que podían, así como todas las de los domingos en las que la madre del dueño de Ricky no les invitaba a merendar por encontrarse jugando al bingo con las amigas.
No es de lo más habitual, en efecto, encontrarse en la sala de espera de un hospital a un perro, ni siquiera a un perro lazarillo o guía como Ricky. De hecho, suelen ser las normas de los hospitales en este punto en extremo rígidas e inquebrantables. Pero en este caso concreto y teniendo en cuenta que la directora de urgencias era amante de los animales, y que además tenía una madre ciega, y que además ella misma también era madre, y que además lo era de un niño enano, las normas en el servicio de urgencias de aquel hospital se relajaban y hacían una excepción con Ricky y con su dueño.
Aquel domingo, el dueño de Ricky se encontraba en la sala de espera aquejado de una uña del pie negra. Algún lector perspicaz podría decir, que siendo éste ciego, para él todas lo eran. En efecto, nunca hubiera el dueño de Ricky adivinado el color de su uña, si no hubiese sido porque esa mañana, una prostituta rusa con la que solía alternar, así se lo había anunciado. “Tienes una uña del pie negra” le dijo mientras recogía su dinero de la mesita y se marchaba, dejando al dueño de Ricky hundido en la más profunda de las miserias. Seguro como estaba de que aquello era el síntoma de una enfermedad en su fase terminal, quien sabe si un cáncer o incluso algo peor, no dudó en perdonar la merendola en casa de su madre para presentarse en el hospital.
Dado que era diciembre y que la epidemia de gripe estaba en su más virulento apogeo, Ricky y su dueño tuvieron que esperar durante muchas horas sin ser atendidos, y sin que las más básicas necesidades del perro, tales como alimentarse o evacuar se vieran satisfechas.
Ricky, adiestrado en una de las más prestigiosas escuelas suizas de perros guía, aguantó estoicamente hasta no poder más, momento en el cual empezó a anunciarle a su dueño mediante pequeños aullidos, y tironcitos de correa que necesitaba orinar.
El dueño de Ricky, sensible a las necesidades de su perro, se dirigió al exterior del hospital por una puerta que daba a la zona por donde las ambulancias entraban y salían, para que con disimulo, el perro desahogara sus necesidades. Siendo como era ya de noche, y siendo los dos, perro y amo de la misma pequeña estatura, y siendo que el encargado de llevar la nevera con el corazón de Manolo, estaba recién operado de miopía y no enfocaba demasiado bien por la noche, era inevitable que se produjera el fatal tropiezo que causó que la nevera saliera volando, el corazón por los aires, y Ricky detrás cazándolo al vuelo, mostrando así las cualidades del perro de caza que llevaba dentro y que le hubiese gustado ser, si no hubiese dedicado su vida a la loable actividad de ser la luz en los ojos de un invidente enano e hipocondríaco.
No se le puede pedir a un perro guía o lazarillo que distinga entre un corazón humano listo para ser transplantado, de un suculento corazón de vaca. No entra dentro de sus responsabilidades, nadie nunca en la escuela Suiza se lo había pedido.
Así fue como Manolo se quedó, después de dos años de espera, sin su tan ansiado corazón.
Si no hubiese sido de noche, si el encargado de llevar la nevera no se hubiera operado de miopía, si no hubiese habido una epidemia de gripe, si Ricky no hubiera tenido ganas de orinar y hambre, si no hubiese tenido dotes de perro caza, si la prostituta no le hubiera dicho que la uña de su dueño estaba negra, si la directora del hospital no hubiese sido amante de los animales, si no hubiera tenido una madre ciega y un hijo enano, y si el dueño del perro no hubiese sido hipocondríaco, Manolo podría volver a sonreír con un nuevo corazón instalado en su pecho. Cualquier cambio en las variables anteriores, cualquiera, hubiera marcado la diferencia entre un Manolo con un corazón nuevo en el pecho, y un perro con un corazón en el estómago.
Aunque puestos a reflexionar, si al verdadero propietario del corazón no se le hubiera cruzado un perro en la autopista, si no hubiese pegado un volantazo para evitar atropellarlo, si no hubiera dado cinco vueltas de campana, si un camión no lo hubiese rematado y si no hubiera sido donante de órganos, no hubiese habido ni un corazón en una nevera, ni un Manolo ilusionado, ni un perro alimentado, y ni tan siquiera una historia que contar en esta aburrida tarde de lluvia.
Sonia Ramírez
martes, 31 de marzo de 2009
Plagio creativo – Cuento de la Cenicienta
Esa era la banda sonora de su vida desde que salió de la facultad de periodismo y entró como becaria en el universal, el mejor periódico del país. Su profesor Don Luís le había escrito una larga carta de recomendación resaltando sus innumerables virtudes. “Tú llegarás lejos cenicienta, llevas el periodismo en las venas y escribes cómo los ángeles” solía decirle. Pero en cuanto conoció a su nuevo jefe supo que aquello no iba a ser tan fácil. Sus únicas tareas en la redacción era hacer fotocopias, enviar faxes y archivar papeles a parte de recibir gritos y desplantes de su jefe un sesentón amargado e incluso misógino al que el talento se le suponía por el cargo que ocupaba. Don Gabriel era de la vieja escuela, de los de la letra con sangre entra, en sus buenos tiempos le encantaba palmear todo culito que se le ponía a tiro, las mujeres no debería salir de casa, pensaba secretamente. Sus compañeros no eran mucho mejores, dudaba que alguno supiera su nombre, alguno incluso debía pensar que era un accesorio de la impresora.
Cenicienta soñaba con firmar sonados reportajes de investigación, escribir artículos incendiarios y publicar libros de culto. Lo único bueno que tenía su trabajo es que su imaginación podía volar.
Aquel día mientras archivaba los documentos que acababa de recoger del despacho de don Gabriel vio una carta dirigida a los jefes de sección que le hizo pensar que su sueño podía llegar. La carta rezaba:
Queridos todos,
Me dirijo ustedes para hacerles saber que ha quedado vacante el puesto de redactor jefe de la sección de internacional. Es un puesto de suma importancia por lo que yo mismo realizaré la selección. El proceso será el siguiente:
- Todos los empleados escribirán un relato de 5 páginas tema libre.
- Los jefes de cada sección seleccionarán los 3 mejores y me los harán llegar antes del miércoles a las 9 de la mañana.
Con la seguridad de que entienden la importancia de la tarea que les encomiendo, me despido.
Reciban un cordial saludo,
El Director
El plazo acababa mañana. Le comentó a Don Gabriel su interés por presentarse al concurso y evidentemente este se mofó con ganas y le hizo saber que en ningún caso presentaría un relato de la becaria.
Cuando Cenicienta llegó a casa se tiró en el sofá llorando desconsoladamente y allí la encontró Ada, su compañera de piso. No tenían nada en común pero en el año que llevaban compartiendo piso se habían convertido en las mejores amigas, casi hermanas.
- ¿Qué pasa tronca? ¿Otro mal rollo en el curro? – dijo Ada con su deje macarra.
- Ada, nunca saldré de ese agujero, nunca seré periodista. – Se lamentó cenicienta -Han convocado un concurso de relatos para el puesto de redactor jefe y Don Gabriel no me deja presentarme. El director hará la selección personalmente.
- Pues que le den a Don Gabriel, ¿no?
- ¿Y cómo voy a hacer llegar el relato al Director?
- Bueno, Tú te acuerdas de la cena de navidad a la que te acompañé?
- Y eso a que viene ahora
- ¿Te acuerdas que me presentaste a Antonio?
- ¿El señor Antonio? ¿El ordenanza?
- Digamos que celebramos la navidad varias veces en los lavabos del restaurante.
- Ada!! – exclamó cenicienta escandalizada
- El caso es que había quedado con él a las 6 de la mañana en la oficina, para, ya sabes. Podría llevarle el relato y pedirle un favorcillo.
- Igualmente, no tengo ordenador, ni máquina de escribir.
- Espera que por aquí hay un artilugio que te puede servir, ¡anda mira!. – Dijo Ada pasándole un bolígrafo.
- Muy graciosa, pero es que llevo 15 horas trabajando llevo 10 cafés y aún así me caigo de sueño, tengo la cabeza embotada.
- Estás de suerte, Mi colega, el Ratón, me acaba de pasar unas pastillitas que te ponen el cerebro a 2000 por hora – dijo rebuscando en sus bolsillos y dejando sobre la mesa pastillas de todos los colores. Le acercó una dorada con forma de estrella – El único inconveniente es que el efecto dura sólo 4 horas y en cuanto se pase caerás dormida.
A Cenicienta nunca le habían gustado los medicamentos sin receta pero era un caso de extrema necesidad, así que antes de que su conciencia pudiera impedírselo, se tragó la pastilla, al instante, notó como una descarga recorría todo su cuerpo los ojos se le abrieron como platos las ideas se agolpaban en su cerebro, los brazos le temblaban. Cogió el boli, su mano se desplazaba frenética de un lado a otro del papel. Justo antes de firmar el relato el efecto de la pastilla pasó y cayó fulminada sobre la mesa.
Ada se levantó temprano y vio que Cenicienta había concluido su relato, sabía que tardaría en despertarse así que lo cogió, lo metió en un sobre usado que encontró por la casa y salió hacia su cita.
Antonio vio llegar a Ada y rápidamente abrió la puerta que permanecía cerrada al público hasta las 8 de la mañana. Sin mediar palabra la guió hasta el cuarto de las escobas. Antonio salió de allí con 30 años menos y una misión entre manos.
Cenicienta llegó tarde a trabajar, y tal era el revuelo que ni siquiera se molestaron en echarle bronca. Al parecer el Director había leído los relatos y le había encantado uno que había llegado manuscrito y sin firma. A Cenicienta se le pusieron los pelos de punta, debía ser el suyo.
Dada la cantidad de empleados que se habían atribuido la autoría, el director iba a pasar por todas las secciones para comprobar la caligrafía de cada uno de ellos personalmente.
El director llegó a la sección de local y enseguida se formó una larga cola delante de él. Cenicienta se apresuró a ponerse en la cola pero Don Gabriel le salió al paso y se lo impidió bajo amenaza de despido inminente.
Ninguno de los empleados de redacción tenía la caligrafía como la del relato. El director, desesperado, se disponía a llamar al personal de limpieza y conserjería cuando vio a cenicienta llegar cargada de fotocopias.
- Señorita
Cenicienta miró a su alrededor para asegurarse de que se dirigía a ella.
- Señorita, acérquese. – repitió el director
- Señor Director es sólo la becaria, ella no… - se apresuró a decir Don Gabriel
- Todo el personal pasará esta prueba hasta que encuentre al autor – interrumpió el director.
Cenicienta se acercó tímida y mirando de reojo a Don Gabriel que la mataba con la mirada.
- Por favor, escriba aquí unas cuantas frases.
En cuanto cenicienta empezó a escribir al director se le iluminó la cara, tomó a cenicienta de la mano, la levantó de la silla y clavando una rodilla en el suelo le pidió que fuera su redactora jefe
.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
Binomio fantástico – El Mejillón y la Rueda
El acantilado se levantaba abrupto sobre el mar con el que mantenía un violento pulso por ocupar el mismo espacio. En una de las rocas del acantilado es encontraba Mejillón lamentándose por amanecer otro nuevo día en el mismo lugar. Cada noche se acostaba con la esperanza de que mientras durmiera le crecieran patitas o aletas que le permitieran salir de allí e ir a visitar el mundo que se le antojaba debía ser enorme.
De repente un fuerte ruido procedente de lo alto del acantilado le saco de su ensimismamiento y acto seguido vio como empezaban a caer piezas que unidas debían componer un coche… El mejillón se acurrucó en su concha esperando que pasara la tempestad.
- Hola - El mejillón abrió un ojo y miró desconfiado hacia dónde había escuchado la voz.
- Hola – contestó. Una rueda había quedado enganchada en una roca justo a su lado
- Que vista tan maravillosa, no es mal lugar para acabar mis días. – dijo la rueda admirando el paisaje
- Bueno no te confíes, esta noche subirá la marea y probablemente acabarás en el fondo del mar cómo todos tus colegas. – comentó el mejillón con cierto desdén
- Vaya gracias, ya me siento mucho mejor. Bueno por lo menos disfrutaré de este día. Ojala pudiera quedarme aquí para siempre.
- No sabes lo que dices, esto es un aburrimiento. Todos los días son iguales. Me despierto y ahí está el sol, el mar, el viento y la roca. Ojala fuera libre como tú para poder ir a cualquier parte y conocer mundo, vivir emociones. – Mejillón cerró los ojos imaginando las cosas que podría hacer con unas patitas.
- Uhm, el sol ofreciéndote su calor, el mar acariciándote, la roca abrazándote y el viento susurrándote bonitas canciones, uy si, ¡¡qué vida tan horrible!!. – rio la rueda con sorna.
- Bah, tú que sabrás!! – se quejó el mejillón.
- Mi vida si que ha sido dura. He ido de un lado a otro, sin descanso. Nadie se ha preocupado nunca por mí. No formo parte de nada, no pertenezco a ningún sitio, nadie me espera y nadie me echará de menos. Tú en cambio formas parte de este lugar. Este lugar sería distinto sin ti. Me encantaría acostarme sabiendo que puedo dormir tranquilo porque a la mañana siguiente todo seguirá igual, el sol, el mar, la roca, el viento. – La rueda respiró hondo intentando fundirse con el viento.
- Si, Bueno – el mejillón intentó disimular su satisfacción – Pero, ¿qué me dices de todas las aventuras que has debido disfrutar?, correr contra el viento, agarrarte a las curvas, deslizarte por las rectas, patinar en el hielo, pisar la nieve, notar el calor del asfalto en verano, rebozarte por el barro, sentir la hierba fresca... Despertarte cada día sin saber lo que va a pasar, sentir que tu destino no está escrito. Ser libre!!
- Eso de ver mundo está sobrevalorado. Todos los tesoros que muchos buscan toda su vida, los tienes aquí, paz, tranquilidad, belleza. – Dijo la rueda respirando profundamente de nuevo.
- Eso lo sabes porque has tenido la posibilidad de comparar.
- Si, he visto muchas cosas, cosas bonitas, cosas feas, cosas buenas, cosas malas… - la rueda suspiró mientras rememoraba momentos vividos. - aunque, desde luego no esperaba que mi destino fuera acabar despeñado por un acantilado. – añadió decepcionada.
- Si te sirve de consuelo, yo seguramente acabaré amenizando alguna paella. – Dijo el mejillón mientras un escalofrío recorría su cuerpo. - Bueno así veré mundo. – ambos rieron con ganas. Luego se quedaron en silencio.
- Sabes mejillón – dijo la rueda casi en un susurro - la verdad es que mi vida ha sido bastante emocionante.
El mejillón miró a la rueda y luego echó un vistazo a su alrededor.
- Si esto es realmente bello, creo que no podría vivir en ningún otro lugar.
Ambos suspiraron, se miraron y sonrieron.
Si, sus vidas eran maravillosas.
Sonia Sánchez Ortiz
lunes, 30 de marzo de 2009
Me dejé una vida
Ahora has cambiado. Estás más guapa, te vistes con la elegancia de aquella primavera que nos vió juntos una última vez, eres más coqueta y seductora. Pero yo te prefería antes, tan natural y honesta, con tu traje retro y tu sabor añejo... Había que saber mirarte, pero si alguien te encontraba el encanto, caía rendido a tus pies.
Nunca te pedí perdón por irme así, fuí un egoísta creyendo que sólo sufría yo, que sólo yo sentía aquella ausencia en lo más hondo de mi. Lo siento, ahora lo haría de otro modo, aunque ya sé que perdí mi crédito contigo, y que merezco tu incredulidad. Jamás podré saldar esa deuda, lo se, y también que lo nuestro se esfumó, que es solamente polvo de recuerdos. Pero eres como esa hoguera cuyas cenizas siempre humean, como ese amor que trae la brisa del verano, ese que nunca más se repite pero que se lleva dentro para siempre.
Por eso voy a escribirte un tango, lento y apasionado, lo voy a macerar en la barrica de nuestros años juntos, y voy a regalárselo al mundo. Así, cuando todos te contemplen, podrán decir que eres la estación de metro más entrañable, y que pasando por ti dejan huella en nosotros y en nuestra historia. Este es mi homenaje para ti, siempre serás mucho más que una estación, serás mi Liceo del alma. Este Jefe de Estación te recordará siempre.
Juanmi, Taller de Escritura Creativa.
ATRACCIÓN FATAL
A Soccer († 24 de marzo de 2009)
¡Me voy a atrever, por fin, me voy a acercar a ella! Y aunque me tiembla todo el cuerpo y apenas acierto a marcar un rumbo fijo, un rumbo que me acerque a su belleza, que me aproxime a su fulgurante y radiante destello. Y aunque otras compañeras más avezadas en estas lides ya me han advertido, voy a hacerlo, voy a verla de cerca, esta noche. Es mucho más fuerte el deseo que ahora late en mí, tanto, que casi puedo sentir como palpita por cada rincón de mi cuerpo. De arriba abajo y de abajo a arriba, a través de este cuerpo largo y regordete. Atrás quedó el tiempo de habitaciones oscuras y selladas, de la renovación, el tiempo de arrastrarse. Ahora es el momento de disfrutar de mi libertad, de usar este hermoso vestido ¡aún después de que el reloj marque las doce!
Quiero hacerlo y nadie me lo va impedir, voy a verla de cerca, ¡dios, es tan hermosa, qué bonita es! Acabo de divisar su brillo, hoy también suenan esas voces cerca de ella,” ¡Envido… voy a tres… la del monte! ¡Eh, tú, ponme otro carajillo, cago entó lo que se menea!” Voces que atruenan, que desvían mi atención, que intentan alejarme de ella. Pero no, debo ser fuerte y continuar hacia mi deseo, ¡es lo más bello que existe en este mundo tan oscuro, fragoso y estentóreo!
Cada vez estoy más cerca, las voces ahora suenan como el intenso y aterrador ruido que se oye después de que esa centelleante y eléctrica luz azul rasgue el cielo durante algunos segundos. Pero esta vez no me iré, no señor, no me refugiaré. Estoy aprendiendo a ser valiente, a disfrutar de mi existencia. El mundo es hermoso, ella es preciosa.
Es increíble, tiemblo tanto que apenas si puedo coger aire y respirar en esta calurosa noche de finales de primavera, ahora dudo: “¿podré hacerlo, llegaré a poder mirarla de cerca… podré besarla?
Estoy tan cerca… una nube negra entorpece ahora mi destino, pero puedo dar un rodeo, ¡ah, mira, una compañera que se aleja!, ¿vendrá de estar con ella? ¡Qué suerte! Ahora ella titila como nunca. ¡Ambos titilamos! Allá va mi cuerpito largo y rechonchete…
Volando, volando… Alas osadas, licenciosas, que con destreza me acercan a la más bella de la noche. El privilegio del caos. Luz que devora las tinieblas, bastión en medio de tanta oscuridad… Ya llegué, por fin… Gloriosa, perfecta, subli…
─ ¡Me cago entó lo que se menea, va pestuza a bicho chamuscao! ¡As de bastos!
Villalba, 27 de marzo de 2009
domingo, 29 de marzo de 2009
CITA A CIEGAS
-¿Es que ves a alguna otra mujer con una flor en la mano en esta barra?-me respondió mientras me revisaba de arriba a abajo- Así que tú eres Ricardo, el monaguillo.
-No… bueno, yo ya no… a ver… antes sí, pero ya no… era novicio, no monaguillo, y ahora ya no...- dije titubeando pues aquella mujer me ponía muy nervioso.
-Qué más da, novicio, monaguillo, o cura, todos iguales –me cortó-. Pídeme otro carajillo.
-Sí, ahora mismo. ¡Camarero, por favor! Sírvale a la señorita si es tan amable un carajillo, y para mí un cacaolat calentito, si no es mucha molestia.
-Eres una mujer muy hermosa- mentí para romper el hielo, porque en verdad debía tener por lo menos 20 años y kilos más que en la foto que me había enviado y si no llega a ser por la flor nunca la hubiera reconocido.
-Vaya, vaya… Así que aquí tenemos a otro enfermo salido y vicioso del chat- afirmó mientras me escrutaba con sus ojos saltones y sobrecargados de sombra azul.
-No, a ver… solo aficionado, desde que hace poco dejé el seminario me gusta contactar con personas diferentes, entablar amistades…-me justifiqué
-¿En un canal de sexo? –estalló en una carcajada- ahora me dirás que no has venido aquí con la intención de llevarme a la cama.
-Bueno, yo… no… a ver, dicho así… -dije yo sin lograr articular una frase coherente- Yo no he venido a eso, yo… además no era un canal de sexo que yo recuerde, era de amistad y de fe cristiana…
-Qué pasa, ¿es que no te quieres acostar conmigo? Ahora resulta que no soy lo suficientemente buena para el puñetero monaguillo, ¿es eso? que no te gusto, ¿no?
-No, no es eso…- me ruboricé- es que yo… a ver… no tengo mucha experiencia en el arte del cortejo, y yo… -me estaba poniendo muy nervioso, pero a la vez no quería irme y desaprovechar la primera oportunidad real de mi vida de yacer con una mujer, por horrible que fuera.
-Así que sí que quieres -sentenció.
-Bueno, vale, pues sí, visto así…
-Lo que yo decía, otro enfermo salido y vicioso del chat, por más cura que seas. -dijo mientras se encendía un cigarrillo- Mira, por ahí viene Ramón.
-¿Ramón?- pregunté yo, mientras veía acercarse a un hombre de mediana edad, corpulento, calvo, y vestido de cuero negro.
-¿Éste es el curita?- dijo Ramón a modo de presentación.
-Sí, servidor, mucho gusto en conocerle, pero yo no soy sacerdote, yo… -dije tendiéndole la mano, un poco sorprendido aun con la aparición repentina de este amigo de Vanesa.
-El gusto va a ser mío, créeme- me cortó Ramón estrujándome la mano con tanta fuerza que me pareció escuchar cómo me crujían los huesos.
-El curita me acaba de confesar que se muere por echarme un polvo- dijo Vanesa.
-¿Cómo? ¿Que te quieres acostar con mi mujer, cabrón?- gritó Ramón mientras todas las cabezas del bar se giraban para contemplarnos, incluido el camarero.
-No, Ramón, discúlpeme, por Dios, que se trata de una confusión –dije yo temblando e intentando justificarme- Yo es que no… ¡Yo no sabía que Vanesa era una señora casada! para nada he querido ofenderles, su mujer es una señora muy respetable, y sepan que yo la institución del sagrado matrimonio la respeto profundamente, yo nunca ¡nunca! intentaría llegar a la intimidad con ella…
-Qué me estas queriendo decir, ¿que mi mujer es fea?
-No, no…por favor, no me malinterprete, que me parece una mujer muy hermosa, y de buen gusto retozaría con ella, si no fuera naturalmente porque está casada.
-¡Ya sabía yo que te la querías tirar! ¡desde que he llegado aquí lo he visto claro! -dijo alzando la voz- ¡Y tienes la poca vergüenza de decírmelo a la cara! ¡Serás desgraciado!
-Si me disculpan yo me voy a tener que ir, que no me acordaba que tengo que realizar unos servicios, y…-dije levantándome del taburete y haciendo el gesto de pagar.
-Tú no vas a ninguna parte -dijo Ramón sujetándome del brazo- Que no pasa nada, hombre, perdona mi mal carácter. Es el pronto que tengo, que me pierde… -dijo cambiando totalmente el tono- Encima que vienes a ayudarnos con lo nuestro… Si yo ya sé que mi mujer está muy buena, y es normal que te guste. Cualquier hombre de este bar, escúchame bien, ¡cualquiera! -dijo señalando a todos los clientes del bar- se dejaría amputar su mano derecha por tirarse a mi mujer, así que no te sientas culpable porque seas un cura, que ese es un instinto muy natural.
-Cierto, muy cierto -dije yo, aunque dudaba bastante que nadie se dejara amputar nada por pernoctar con Vanesa, y no entendía bien su cambio repentino de actitud conmigo- de todas maneras, yo es que me tengo que ir yendo, ¿saben? ha sido un verdadero placer conocerles, un matrimonio envidiable, de verdad, pero es que yo…
-¡Tú no vas a ninguna parte! -dijo Ramón- En todo caso nos vamos los tres a nuestra casa, como estaba previsto. A ver si ahora, porque te haya gustado mi mujer, vas a dejar de cumplir con lo nuestro.
-¿Lo nuestro? –pregunté desconcertado- No se molesten, de verdad, otro día, si eso ya nos damos los teléfonos y quedamos tranquilamente para tomar algo, es que hoy tengo un poco de prisa y… -dije en un intento desesperado por huir.
-¡Ni otro día ni hostias! ¡Vamos hoy a nuestra casa! ¡Me cago en Dios! –dijo golpeando con el puño en la barra, mientras repentinamente le cambiaba el ánimo y empezaba a sollozar- Ya no podemos más… nos sentimos tan solos... ¿es que no lo ves, que estamos desesperados? ¡te lo pido por favor! –imploró.
-De acuerdo, a ver… si se empeñan vamos a su casa a tomar algo, pero poquito rato, ¿eh? que yo me tengo que ir pronto- accedí finalmente por lástima, deseando fervorosamente que fueran una pareja muy necesitada de amistad y compañía. Por si acaso, empecé a rezar para mis adentros durante el tiempo que tardamos en llegar a su casa, no fuera que en lugar de una pura y bonita amistad, se cumplieran mis más oscuros presagios, y desearan algo muy diferente.
-Espérate aquí -me ordenó Ramón al entrar en su casa- Vanesa y yo vamos a buscar los instrumentos ya que tú no has traído nada y ahora volvemos- dijo Ramón
-¿Instrumentos? ¿Qué instrumentos? –pregunté yo asustado.
-A ver, qué instrumentos van a ser. Para qué hemos venido aquí -me dijo Ramón con la fingida paciencia que se le muestra a un idiota– Ya te lo habrá explicado Vanesa. Tú relájate, que parece que no tienes mucha experiencia en esto y he oído que a muchos les puede llegar a doler la primera vez que él intenta meterse en el cuerpo. ¿Dónde vas? ¡Cobarde!- empezó a gritarme Ramón mientras yo salía disparado de la casa dispuesto a retomar mis votos, consagrar mi vida al señor y olvidarme para siempre del chat.
-¡Ya sabía yo que no tenías lo que hay que tener, gallina! -gritaba a lo lejos Ramón, mientras yo corría desesperadamente escaleras abajo con tanta prisa y desespero que atropellé a una vecina y la tiré al suelo.
-Lo lamento, señora, lo lamento muchísimo. ¿Le he hecho daño? –dije nervioso ayudando a levantarse a la señora- Dios mío, señora, cuídese de sus vecinos del tercero… ¡están enfermos!…
-No me diga más, ha venido usted por lo del exorcismo…
-¿Exorcismo?
-Sí… pero no se preocupe, Ramón es un loco inofensivo… se pasa la vida buscando a sacerdotes que le ayuden a sacar al diablo de su casa -dijo la señora y de repente bajó el tono de voz como para contarme un cotilleo- aunque en verdad, el único diablo que tiene en casa es a su mujer, ¿sabe? una loca enganchada a Internet que disfruta haciendo que su marido se pelee con todos los hombres con los que queda.
-¡Exorcismo! Entonces… ¡lo que se me iba a meter en el cuerpo era el diablo! -respiré aliviado- Gracias, señora, gracias por la información y perdone de nuevo…- dije yo respirando profundamente, bastante más tranquilo que unos minutos antes aunque sin abandonar la idea de volver a la paz del seminario. Lo que me había ocurrido aquella tarde era la señal divina que tanto había ansiado, esa que me devolviera la fe y me indicara el camino. Miré al cielo, me santigüé, y di las gracias.
Sonia Ramírez
Ejercicio de diálogo
LA PITONISA
Empecé practicando con las amigas, y para ser sincera, se me daba mejor adivinarles el pasado, al menos el que yo había compartido con ellas, que el futuro. Pero soy una mujer de recursos, yo diría que me crezco ante las complicaciones, así que empecé a vaticinar un futuro más moldeable, algo sencillito en donde yo pudiera intervenir sin que se notara demasiado. Algo para lo que luego necesité un ayudante, ya que la cosa se complicó más de la cuenta. Pero vamos, por orden… La idea realmente era buena, yo vaticinaba el futuro, y en vez de esperar a que se cumpliera por obra y gracia del destino, pues… le echaba una mano.
La primera vez fue con Merche, una antigua amiga, le vaticiné que rompería con su novio. Fue una crueldad, lo sé. Pero estaba empezando, y no hay nada como el boca a boca para que tu negocio empiece a prosperar. Fue bastante sencillo. El novio de Merche recibió un buen día una carta anónima donde se decía que su novia era algo así como un putón verbenero que le ponía los cuernos día sí, día también. Y claro, rompieron. Y a la semana vino Merche llorando, diciéndome que había dado en el clavo, que era increíble que lo hubiera adivinado. Y luego vinieron más amigas de Merche. Y yo, Madame Ursula, pues me iba animando.
Pasaron los años. Y el negocio crecía. Mi madre murió, la pobre. Y al quedarme sola, se me fue definitivamente de las manos. Un día, maldad pura la mía, se me ocurrió vaticinarle a la vecina del cuarto que iba a tener un accidente de coche. Y oye, que mandé a un raterillo del barrio a que le hiciera un apaño en los frenos del vehículo en cuestión. Y la pobre tuvo un accidente tremendo. Estuvo dos meses en el hospital echa un cristo. Pero es que lo peor de todo … bueno, lo peor de todo es que no tuve remordimientos. Es que era una vecina muy pesada, y fue estupendo tenerla fuera sin molestar ese tiempo. Además mi reputación creció muchísimo entre el vecindario. Y a partir de ahí… Bueno, el raterillo se convirtió en mi ayudante, le daba un tanto por ciento de las ganancias, que por aquel entonces eran ya muchas. Y vaticinaba el futuro que me daba la gana. A veces también cosas buenas, no solo maldades. Dependía de mi estado de humor y de lo bien o mal que me cayera la persona en cuestión.
Lo de Paco, el cartero, fue la gota que colmó el vaso, lo sé. Pero es que era tan impertinente… Así que, cuando vino a mi consulta y me contó que estaba harto de todo y que solo pensaba en la muerte, pues oye, que me lo puso a huevo. Y así a lo bruto, le vaticiné que moriría en 24 horas. Y no se asustó ni nada, se fue tan contento el tío tonto. Al día siguiente, cuando iba con la saca haciendo el reparto diario, un coche le embistió en un paso de cebra. Es que mi ayudante muy discreto no era, todo hay que decirlo. Y claro, le cogieron la matrícula. Llamaron a la policía. Le pillaron, y el miserable lo contó todo. Pero bueno, no pasa nada, aquí en la cárcel se vive bien. Y además tengo un plan. Solo tengo que conseguir que la directora me deje leerle la mano, porque aquí Tarot no tengo. A ver si cuela. A ver si cree en el futuro. En ese futuro donde pone en libertad a Madame Ursula y gracias a ello gana mucho, mucho dinero. Porque eso está hecho. Del futuro ya me encargo yo.
T. Vaquerizo
sábado, 28 de marzo de 2009
En el vagón
El abuelo de buenos modales se aferra a la barra con la misma fuerza que a la vida. A la misma barra que la chica brillante y la mujer desolada. A la misma a la que un argentino que durante años engañó al hambre a fuerza de mate, se les une y me mira. Me mira con una intensidad que me traspasa. Me estudia, me imagina, me intuye y me desnuda. Ya son cuatro en la misma barra y cincuenta en el vagón, pero a partir de ese momento, de ese preciso instante, tan sólo existimos él y yo, yo y él, mirándonos, imaginándonos y desnudándonos. Esta noche, y mientras dure el trayecto, vamos a bajarnos los dos en una estación que no aparece en los planos, en una estación cercana y lejana a la vez, olvidada a veces y necesaria siempre. Vamos a bajarnos los dos en una estación llamada imaginación y deseo, fantasías y sueños.
Sonia Ramírez