-Hola, tú debes ser Vanesa, ¿verdad?- le dije con una sonrisa nerviosa a la chica, o más bien a la mujer que me esperaba sentada en la barra del bar con una flor en la mano.
-¿Es que ves a alguna otra mujer con una flor en la mano en esta barra?-me respondió mientras me revisaba de arriba a abajo- Así que tú eres Ricardo, el monaguillo.
-No… bueno, yo ya no… a ver… antes sí, pero ya no… era novicio, no monaguillo, y ahora ya no...- dije titubeando pues aquella mujer me ponía muy nervioso.
-Qué más da, novicio, monaguillo, o cura, todos iguales –me cortó-. Pídeme otro carajillo.
-Sí, ahora mismo. ¡Camarero, por favor! Sírvale a la señorita si es tan amable un carajillo, y para mí un cacaolat calentito, si no es mucha molestia.
-Eres una mujer muy hermosa- mentí para romper el hielo, porque en verdad debía tener por lo menos 20 años y kilos más que en la foto que me había enviado y si no llega a ser por la flor nunca la hubiera reconocido.
-Vaya, vaya… Así que aquí tenemos a otro enfermo salido y vicioso del chat- afirmó mientras me escrutaba con sus ojos saltones y sobrecargados de sombra azul.
-No, a ver… solo aficionado, desde que hace poco dejé el seminario me gusta contactar con personas diferentes, entablar amistades…-me justifiqué
-¿En un canal de sexo? –estalló en una carcajada- ahora me dirás que no has venido aquí con la intención de llevarme a la cama.
-Bueno, yo… no… a ver, dicho así… -dije yo sin lograr articular una frase coherente- Yo no he venido a eso, yo… además no era un canal de sexo que yo recuerde, era de amistad y de fe cristiana…
-Qué pasa, ¿es que no te quieres acostar conmigo? Ahora resulta que no soy lo suficientemente buena para el puñetero monaguillo, ¿es eso? que no te gusto, ¿no?
-No, no es eso…- me ruboricé- es que yo… a ver… no tengo mucha experiencia en el arte del cortejo, y yo… -me estaba poniendo muy nervioso, pero a la vez no quería irme y desaprovechar la primera oportunidad real de mi vida de yacer con una mujer, por horrible que fuera.
-Así que sí que quieres -sentenció.
-Bueno, vale, pues sí, visto así…
-Lo que yo decía, otro enfermo salido y vicioso del chat, por más cura que seas. -dijo mientras se encendía un cigarrillo- Mira, por ahí viene Ramón.
-¿Ramón?- pregunté yo, mientras veía acercarse a un hombre de mediana edad, corpulento, calvo, y vestido de cuero negro.
-¿Éste es el curita?- dijo Ramón a modo de presentación.
-Sí, servidor, mucho gusto en conocerle, pero yo no soy sacerdote, yo… -dije tendiéndole la mano, un poco sorprendido aun con la aparición repentina de este amigo de Vanesa.
-El gusto va a ser mío, créeme- me cortó Ramón estrujándome la mano con tanta fuerza que me pareció escuchar cómo me crujían los huesos.
-El curita me acaba de confesar que se muere por echarme un polvo- dijo Vanesa.
-¿Cómo? ¿Que te quieres acostar con mi mujer, cabrón?- gritó Ramón mientras todas las cabezas del bar se giraban para contemplarnos, incluido el camarero.
-No, Ramón, discúlpeme, por Dios, que se trata de una confusión –dije yo temblando e intentando justificarme- Yo es que no… ¡Yo no sabía que Vanesa era una señora casada! para nada he querido ofenderles, su mujer es una señora muy respetable, y sepan que yo la institución del sagrado matrimonio la respeto profundamente, yo nunca ¡nunca! intentaría llegar a la intimidad con ella…
-Qué me estas queriendo decir, ¿que mi mujer es fea?
-No, no…por favor, no me malinterprete, que me parece una mujer muy hermosa, y de buen gusto retozaría con ella, si no fuera naturalmente porque está casada.
-¡Ya sabía yo que te la querías tirar! ¡desde que he llegado aquí lo he visto claro! -dijo alzando la voz- ¡Y tienes la poca vergüenza de decírmelo a la cara! ¡Serás desgraciado!
-Si me disculpan yo me voy a tener que ir, que no me acordaba que tengo que realizar unos servicios, y…-dije levantándome del taburete y haciendo el gesto de pagar.
-Tú no vas a ninguna parte -dijo Ramón sujetándome del brazo- Que no pasa nada, hombre, perdona mi mal carácter. Es el pronto que tengo, que me pierde… -dijo cambiando totalmente el tono- Encima que vienes a ayudarnos con lo nuestro… Si yo ya sé que mi mujer está muy buena, y es normal que te guste. Cualquier hombre de este bar, escúchame bien, ¡cualquiera! -dijo señalando a todos los clientes del bar- se dejaría amputar su mano derecha por tirarse a mi mujer, así que no te sientas culpable porque seas un cura, que ese es un instinto muy natural.
-Cierto, muy cierto -dije yo, aunque dudaba bastante que nadie se dejara amputar nada por pernoctar con Vanesa, y no entendía bien su cambio repentino de actitud conmigo- de todas maneras, yo es que me tengo que ir yendo, ¿saben? ha sido un verdadero placer conocerles, un matrimonio envidiable, de verdad, pero es que yo…
-¡Tú no vas a ninguna parte! -dijo Ramón- En todo caso nos vamos los tres a nuestra casa, como estaba previsto. A ver si ahora, porque te haya gustado mi mujer, vas a dejar de cumplir con lo nuestro.
-¿Lo nuestro? –pregunté desconcertado- No se molesten, de verdad, otro día, si eso ya nos damos los teléfonos y quedamos tranquilamente para tomar algo, es que hoy tengo un poco de prisa y… -dije en un intento desesperado por huir.
-¡Ni otro día ni hostias! ¡Vamos hoy a nuestra casa! ¡Me cago en Dios! –dijo golpeando con el puño en la barra, mientras repentinamente le cambiaba el ánimo y empezaba a sollozar- Ya no podemos más… nos sentimos tan solos... ¿es que no lo ves, que estamos desesperados? ¡te lo pido por favor! –imploró.
-De acuerdo, a ver… si se empeñan vamos a su casa a tomar algo, pero poquito rato, ¿eh? que yo me tengo que ir pronto- accedí finalmente por lástima, deseando fervorosamente que fueran una pareja muy necesitada de amistad y compañía. Por si acaso, empecé a rezar para mis adentros durante el tiempo que tardamos en llegar a su casa, no fuera que en lugar de una pura y bonita amistad, se cumplieran mis más oscuros presagios, y desearan algo muy diferente.
-Espérate aquí -me ordenó Ramón al entrar en su casa- Vanesa y yo vamos a buscar los instrumentos ya que tú no has traído nada y ahora volvemos- dijo Ramón
-¿Instrumentos? ¿Qué instrumentos? –pregunté yo asustado.
-A ver, qué instrumentos van a ser. Para qué hemos venido aquí -me dijo Ramón con la fingida paciencia que se le muestra a un idiota– Ya te lo habrá explicado Vanesa. Tú relájate, que parece que no tienes mucha experiencia en esto y he oído que a muchos les puede llegar a doler la primera vez que él intenta meterse en el cuerpo. ¿Dónde vas? ¡Cobarde!- empezó a gritarme Ramón mientras yo salía disparado de la casa dispuesto a retomar mis votos, consagrar mi vida al señor y olvidarme para siempre del chat.
-¡Ya sabía yo que no tenías lo que hay que tener, gallina! -gritaba a lo lejos Ramón, mientras yo corría desesperadamente escaleras abajo con tanta prisa y desespero que atropellé a una vecina y la tiré al suelo.
-Lo lamento, señora, lo lamento muchísimo. ¿Le he hecho daño? –dije nervioso ayudando a levantarse a la señora- Dios mío, señora, cuídese de sus vecinos del tercero… ¡están enfermos!…
-No me diga más, ha venido usted por lo del exorcismo…
-¿Exorcismo?
-Sí… pero no se preocupe, Ramón es un loco inofensivo… se pasa la vida buscando a sacerdotes que le ayuden a sacar al diablo de su casa -dijo la señora y de repente bajó el tono de voz como para contarme un cotilleo- aunque en verdad, el único diablo que tiene en casa es a su mujer, ¿sabe? una loca enganchada a Internet que disfruta haciendo que su marido se pelee con todos los hombres con los que queda.
-¡Exorcismo! Entonces… ¡lo que se me iba a meter en el cuerpo era el diablo! -respiré aliviado- Gracias, señora, gracias por la información y perdone de nuevo…- dije yo respirando profundamente, bastante más tranquilo que unos minutos antes aunque sin abandonar la idea de volver a la paz del seminario. Lo que me había ocurrido aquella tarde era la señal divina que tanto había ansiado, esa que me devolviera la fe y me indicara el camino. Miré al cielo, me santigüé, y di las gracias.
Sonia Ramírez
Ejercicio de diálogo