jueves, 19 de marzo de 2009

LA TELA DE ARAÑA

LA TELA DE ARAÑA

Seguía golpeando el cenicero con el dedo, arriesgándose a desperdigar por encima de la mesa los restos de ceniza y colillas. Aspiraba tranquilo y profundo el humo del cigarro que parecía estar atontándolo, esta tarde permanecía demasiado pensativo. El traje de franela gris con su áspero tacto picaba mucho, resultaba incomodo rascarse con el relleno que llevaba para dar volumen y estaba sofocado, las patas delanteras desabrochadas le permitían usar las manos, la máscara con las grandes orejas y la trompa permanecía siempre cerca por si los niños irrumpían colocársela y rápidamente simular que barritaba. Tenía 46 años y pronto sería un elefante.
“Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña..”. Llevaba un rato considerando que así era su vida, balanceándose frágilmente desde hacía ya muchos años, sobre un telar tejido de demasiados infortunios. Pespunteado de ilusiones rotas, de falsas esperanzas y de dolorosas mentiras. Sin posibilidad de cambiarla. Mientras intentaba recordar en que oportuno momento su existencia empezó a escribirse con renglones torcidos y demasiados borrones para aprobar con nota esta asignatura.
Las malas compañías lo perdieron, contaba su madre a quien le preguntaba, mientras atendía las mesas en aquel lugar de paso, ahora devorado por la gran urbe. Con seis años ya barría las colillas que años después recolectaría para exprimirles las hebras restantes de tabaco con ansiedad y vicio. Pronto asaltaría la caja, ante la desesperación de una madre soltera con falta de autoridad. Una imprudencia de juventud lo llevó a la cárcel, al atropellar al estanquero en la acera cuando venía de jugar su partida de dominó, saboreando su último cierre. Conducía borracho, sin permiso y con un coche robado. Confundió el acelerador con el freno, una constante en su vida: ir demasiado deprisa, no saber cuando parar. Se reincorporó a la sociedad diplomado en delincuencia y licenciado en drogas.
En esto pensaba mientras seguía jugando con el cenicero sin parar de darle vueltas, intentando que las colillas girasen al compás. El disfraz le seguía molestando horrores, mirando el cenicero con las colillas humeantes pensó cuanto se parecía a su vida, ya consumida y apagada. Apretó la colilla contra el cenicero achicharrándose la yema del dedo.
Recordó a la Reina de la fiestas, y su fuga durante dos días dementes e insensatos recorriendo los pueblos blancos de la costa en el Seat. Duró lo que tardaron los padres de ella en encontrarlos y arrancarla de un futuro nefasto, para llevarla muy lejos de allí, por siempre jamás. A la hija fruto de la aventura sólo la vio una vez en una foto que tenía su madre, la pobre abuela, en el costurero.
Miró con resignación la cabeza de felpa del elefante que mustio descansaba sobre el asiento de la silla, gris y sucio. Encendió otro cigarro y aspiró el humo, al tiempo que volvió a hacer girar el cenicero sobre su eje, el ruido al chocar el vidrio tallado contra la superficie de la mesa, le recordaba al del tren en marcha. Taca tá taca tá taca tá...repetía mentalmente.
Mientras la madre se consumía con los disgustos y la enfermedad, en sus postrimeros momentos, sin conciencia apenas, el hijo le obligó a firmar la venta de la taberna, era un animal en busca de su dosis, y la infeliz en un último lamento de lucidez pensó: -A ver si revienta, el hijo de mi alma, porque ya no tiene solución. Perdió la oportunidad de enderezar una trayectoria torcida, pudo ser su sustento, su futuro...pero prefirió seguir bebiéndose la vida a tragos largos hasta atragantarse.
Algunos lustros después intentó rehabilitarse en una ONG y allí se enteró de que su sangre se había infectado años atrás.
Se abrochó las patas delanteras después de apurar la última calada, se ajustó la máscara y se transformó en elefante.
Se ganaba unos eurillos en los cumpleaños y fiestas infantiles que celebraban en aquel local disfrazándose de elefante, jugando y cantando, se cubría todo el cuerpo con un disfraz de felpa gris con las orejas rosas y una gran trompa, no había peligro ni de contagio ni de enseñar las secuelas purulentas que se reflejaban en su cara que asustaba a los niños y alertaba a los padres. Curiosamente cuando se convertía en elefante se sentía una persona normal, quedaban ocultas todas sus miserias y se conformaba con que luego le dieran algo para tabaco y un cubata de cola. Recordó las tardes en los billares y las chicas revoloteando a su alrededor, cuando las invitaba a una cerveza a cambio de juegos prohibidos.
“ Como veían que no se caía, llámaron a otro elefante. Doce elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña.....” Se ponía a cuatro patas al tiempo que movía la cabeza hacía todos los lados barritando y cantaban siempre la misma canción. Hasta el infinito.
Sin embargo, cada vez se celebraban menos cumpleaños en el local, preferían ir donde había toboganes y piscinas de bolas, elegían a la multinacional de las hamburguesas. Tocaba renovarse y el dueño del local había tomado una decisión semanas antes para hacer frente a la situación y le insinuó que estaba pensando en otro tipo de distracción, los niños son así, se cansan enseguida de todo, ahora se llevan otras cosas, una play con juegos de karaoke quizá...
Y dejó de ser un elefante, volvieron las miserias y la falta de esperanza. ¿Y ahora qué?. Cogió el cenicero de antes, y lo giró de nuevo, taca tá taca tá taca tá... Saboreó el cigarrillo con calma, sin fuerzas para suplicar la limosna de otra compasión, cansado de su vida y derrotado, sintió pereza del futuro. Salió del local dejando la máscara de elefante junto al cenicero, bajó a las vías de la Estación y esperó al último tren de la noche que lo arrancara para siempre de su tela de araña.


Marien

lunes, 16 de marzo de 2009

Daniel. Relato.

Hola, soy Rosa Sallent. Te envio el ejercicio de relato libre, no sé si te llegará bien o es esta página, pero lo intento. Por favor dime también que me tengo que mirar de la teoría y cuál es el ejercicio. Grácias, un abrazo.

CUMPLEAÑOS
Mis brazos cayeron al aire cuando me di media vuelta en busca del cuerpo de Daniel, mi marido. Somnolienta pensé "que boba" y me giré hacia el otro lado de la cama dándome de bruces contra el suelo. Frustrada y dolorida alargué la mano en busca del interruptor de la luz; me dolía el brazo de tanto estirarlo y tenía las articulaciones de los dedos temblando por el esfuerzo. "Maldito interruptor" pensé, y sin llegar a dar con él, la luz se encendió.
- ¿Daniel?
Pero Daniel no estaba.
- ¿Estas bien? Te ayudaré a levantarte.
- ¡Papá! ¿Qué haces en casa?
- Ven aquí cariño -me dijo mientras me acomodaba en la cama-. Procura dormirte que mañana celebramos tu cumpleaños, ¿recuerdas?
- Claro que sí papá. Cumplir veinticinco años no es algo que se pueda olvidar.
- Duérmete guapa que estás cansada y es muy tarde. -Sentenció mientras me daba un beso en la frente antes de ajustar la puerta tras él.

Miré el despertador digital; mi padre tenía razón, eran las cinco de la madrugada, un poco tarde realmente. No entendía nada. Mi Daniel no estaba a mi lado, la cama se había encogido, por eso me caí, me dolía un poco la pierna del golpe y los músculos del brazo por el esfuerzo, y no sabía que estaba haciendo mi padre en casa. Creo que de los nervios me meé un poco, pero sólo un poco. Me aparté buscando sábanas secas y volví a caerme. "¡Au!" chillé al recibir el impacto. En menos de un minuto ya estaba mi padre otra vez en la habitación.
- Ven -dijo llevándome a mi habitación-, te cambiaré las sábanas, tu duérmete aquí tranquila que mañana será un día feliz. -Y me volvió a arropar.
-Buenas noches papá -Dije avergonzada por haber mojado las sábanas, pero contenta de regresar a mi doble cama y pensar en mi cumpleaños.
-Buenas noches cariño.

Un rayo de sol que se dejaba entrever a través de las cortinas me despertó. Cerré los ojos tapándome la cabeza con la almohada y haciéndome un regalo de cinco minutos más, a fin de cuentas hoy es mi cumpleaños. Seguramente al mediodía vendría la familia a comer, no tenía que preocuparme de nada porque a Daniel le gustaba cocinar. La tarta, ¿sería de fresas? No me atrevía a preguntárselo porque de pequeña siempre había preferido la sorpresa, aunque lo de la tarta de fresas sabía que ya era un clásico, con veinticinco velas, ni una más ni una menos, ni mucho menos eso tan feo del dos y el cinco; son veinticinco, pues que sean también veinticinco las velas; había de ser así para que el deseo funcionara, aun tenía que pensar seriamente lo que pediría. Luego vendrían los regalos, todos sorpresa y mi impaciencia rompiendo los envoltorios. Seguro que Daniel me regalaría lago bonito, tal vez el vestido azul que tanto me gusta o alguno de esos conjuntos pícaros de ropa interior del que haría gala esta misma noche.
- Carmen, cariño, es hora de levantarse que van a venir todos a comer. -Dijo mientras yo susurré cinco minutos más aun con la cabeza metida en la almohada.
- Muy bien, pero ni uno más. Por cierto ¡Feliz cumpleaños!
- Daniel, métete conmigo un rato, venga, abrázame los cinco minutos.
- Cariño, ya me gustaría pero tengo cosas que hacer, ¿sabes qué hora es?
- No, pero no me lo digas que estoy durmiendo.

En la mesa todos hablaban de no sé que cosas, pero se veían animados. Daniel se sentó un poco distante.
- Cariño, ven aquí a mi lado, ¿desde cuando nos sentamos separados tu y yo? ¿Ya no me quieres?
- Claro que te quiero -Y se sentó a mi lado galantemente, aunque yo le notaba un poco tenso.
- No te preocupes amor -le susurré al oído-, estas cansado, te has levantado muy pronto. Esta noche después de una buena siesta cuando se vayan todos, salimos de fiesta y te animas.
Sonrió tímidamente. Los demás continuaban hablando y yo pensaba que Daniel me amaba mucho, se había tomado muchas molestias y el pollo relleno era excelente, yo también lo amaba.

Mi padre se levantó y fue a la cocina, se notaba que era para encender las velas.
- Daniel, siempre vas tu, a mi me gusta que la traigas tu.
-¿El qué?
-¡La tarta! No soy tonta.
-Ah si, pero hoy le hace ilusión a él, ¿no pasa nada verdad?
-No, claro que no. -Y me puse a pensar rápido en el deseo-.
Mientras veía las velas acercarse en la penumbra decidí que pediría un viaje romántico a las islas; un buen soplido y Daniel y yo pasaríamos el verano en Mallorca.

La tarta llegó a la mesa con toda su ceremonia de luces fuera y cantos en honor a mi cumpleaños. Cerré los ojos con fuerza pensando en las islas y retuve todo el aire del que fui capaz, dispuesta a soplar. Al abrir los párpados, casi a punto de soltar todo el aire contenido, vi la tarta y se me entrecortó la respiración.
-¿Qué significa esto? -Dije mientras la rábia me daba fuerzas para hablar.
- Cariño, es de fresas como todos los años. -Respondió mi padre perplejo.
Miraba a toda la familia; ellos también a mí. No entendía, era una broma muy pesada pero se notaba que ellos tampoco entendían nada por las caras de sorpresa y espectación que me dirigían.
- Daniel, sabes que siempre me ha gustado soplar vela por vela, como todos los años y...
- Abuela, son ochenta años, es difícil vela por vela -me respondió él a la defensiva.
-¿Cómo que abuela? ¿Cómo que ochenta? -Dije mirando el ocho y el cero muy fijamente.
Mi padre se acercó, por su mejilla resbalaba una lágrima silenciosa. Me abrazó con mucha fuerza y me dio un regalo. Rompí el envoltorio sin dejar de mirarlo. Cuando vi el vestido azul el corazón me dió un vuelco.
-¡Daniel! ¡Eres tu! -Dije mientras mi llanto se desahogaba en besos.

Manera simplificada de meter un elefante (o más) en un cenicero


Lo primero que debe hacer el lector – una vez que ha decidido que esto es lo que quiere hacer – es determinar qué clase de elefante usará para esta hazaña. El lector común, que en ningún momento habría de prestar la menor atención a estas reglas, seguramente desconoce la diferencia básica entre una elefante africano y uno asiático. Dado que el africano tiene un mes más de gestación que el asiático resulta entonces evidente – y pido disculpas por escribirlo explícitamente – que se debe escoger el africano. Si el objetivo es meter más de un elefante en el cenicero, recomiendo ampliamente – sobre todo porque el objetivo ya por sí solo resulta un tanto complicado – utilizar un único tipo de elefante. Es decir, si nos hemos decidido por el africano, entonces todos los elefantes han de ser africanos. Lo más conveniente resulta entonces trasladarse, digamos, hasta Kenia. Antes de partir debe usted asegurarse de empacar el elemento primordial para este viaje: el cenicero. Pido perdón nuevamente si en algún momento mi explicación resulta excesivamente detallista. No pretendo con esto insultar su inteligencia, muy por el contrario, mi intención es asegurarme que yo no he olvidado ningún paso que sea fundamental para el cumplimiento de esta misión.

Lo más sencillo es volar hasta Nairobi y, una vez allí, contratar los servicios de algún guía local. Diríjase luego, junto con él, a la sabana arbustiva que limita con Tanzania. Sé que puede usted pensar que resultaría más ventajoso ir al Masai Mara, conocido por su fauna excepcional, pero debo advertirle, si tiene a bien usted escucharme, que el gobierno ha colocado múltiples unidades contra la caza furtiva. Esto sólo añadiría complicaciones innecesarias a esta elemental tarea.

Ya en la sabana habrá usted completado la parte más engorrosa de la misión. Ahora sólo debe sentarse a esperar. En cuanto divise al elefante, dispárele los dardos reductores que debe haber empacado junto con el cenicero. Espero no haberme olvidado de decírselo, pues no se consiguen en ninguna parte del Serengueti. Los dardos tardan unas horas en hacer efecto. Durante este tiempo puede aprovechar para descansar o para empezar a recoger el campamento que usted y su guía local habrán, indiscutiblemente, armado para hacer la espera un poco más placentera.

Luego de unas cuatro o cinco horas, tome el cenicero y acérquese al elefante caído. Ya para este momento deberá haberse reducido lo suficiente. Claro, el tiempo necesario de reducción será proporcional al tamaño del cenicero que haya escogido. Levante entonces al elefante y compruebe si ya cabe. De no ser así, déjelo reposar un par de horas más. Continúe durmiendo o recogiendo el campamento. Una vez que el elefante haya alcanzado el tamaño justo, colóquelo dentro del cenicero. Si había usted decidido meter más de un elefante, repita el procedimiento hasta que tenga el número de elefantes deseado.

Paula Martínez Streignard

Ejercicio Binomio Fantástico Elefante-Cenicero

domingo, 15 de marzo de 2009

VACACIONES DE VERANO

El elefante era azul, azul intenso y tenía la trompa roja. El pequeño Santi lo encontró nada más llegar a la casa de sus abuelos, en el corral de la parte de atrás de la casa. Había gallinas y un par de vacas. Y ahora, también, un elefante azul.

En cuanto llegaban las vacaciones de verano sus padres le llevaban a casa de sus abuelos. Como siempre, era un verano caluroso, y en el pueblo extremeño, durante el día, no se veía un alma. Los del pueblo salían muy temprano por la mañana a hacer sus recados y sus labores del campo, y en cuanto el sol estaba en alto solo se escuchaba el sonido de las chicharras. A Santi no le importaba pasar allí las vacaciones, le dejaban campar a sus anchas y siempre encontraba cosas con las que divertirse. Este año tenía un elefante azul en el corral. Y además, hablaba.

Los días en el pueblo, para Santi, se sucedían a través de un horario marcado por las actividades cotidianas: desayunar, ayudar a los abuelos a echar de comer a los animales, jugar con el elefante azul, comer, dormir la siesta, jugar otra vez con el elefante azul, cenar y por último, antes de dormir, sentarse en el porche a escuchar al abuelo contar historias fantásticas mientras fumaba su gran puro diario. El abuelo sabía hacer figuras con el humo y Santi se reía mientras averiguaba las formas que salían de su boca. Al lado de su abuelo, siempre, su cenicero con forma de estrella. Un cenicero de colores que le regaló Santi hacia un par de años, cuando el abuelo se puso malo y estuvo ingresado en el hospital.

El verano transcurría con normalidad. Santi se hizo muy amigo del elefante, pero un día cometió un error. Habló con el elefante sin darse cuenta de que su abuela andaba cerca. Y su abuela no era como su abuelo, su abuela no entendía de sucesos fantásticos. Así que, llamó asustada a sus padres y les dijo que Santi hablaba solo, les dijo que no jugaba con otros niños, que se pasaba todo el tiempo en el corral y que dudaba de que el niño estuviera cuerdo. Al día siguiente llegaron sus padres. Pero su abuelo impidió que se lo llevaran. Su abuelo se sentó con ellos en el porche, cogió su cenicero con forma de estrella y se puso a fumar de su gran puro mientras hacia figuras de humo y les tranquilizaba con su voz suave.

Un par de semanas después Santi se levantó a desayunar, pero el abuelo no estaba. Su abuela tampoco. Una vecina que no paraba de llorar le preparó el desayuno, aunque se le quemaron las tostadas y se le derramó la leche, de lo nerviosa que estaba. Después le dijo que se sentara y entonces le explicó que su abuelo se había ido al cielo y que su abuela había ido a despedirle. Cuando acabó de desayunar Santi salió al corral, pero el elefante azul también se había ido. Por la tarde llegaron sus padres, también llorando, y se lo llevaron. Pero antes Santi se guardó el cenicero con forma de estrella de su abuelo.

Santiago Almeida se dio cuenta de que se había quedado ensimismado recordando el pasado. Volvió en sí mismo, carraspeó, y con una sonrisa, miró al niño que tenía sentado enfrente, en su consulta, y le guiñó un ojo, mientras le preguntaba a la madre:

- Entonces, dice que el niño, desde que murió su abuelo, no ha vuelto a hablar con esos duendes imaginarios, ¿no es así?
- Sí, así es. Es una buena noticia, ¿no?
- Bueno, como psicólogo, y por experiencia propia además, puedo decirle que la muerte de un familiar querido puede haber provocado que el niño, de alguna manera, al afrontar la realidad, se haya convertido en adulto, dejando de lado su mundo imaginario. En cuanto a si es una buena noticia… depende. Es una pena que la realidad nos haga dejar de ser niños tan pronto, ¿no cree?
- Sí, es posible, pero yo, la verdad, me quedo mucho más tranquila ahora que no tiene esas visiones…
- Bueno, pues entonces creo que hemos terminado el tratamiento. De todas formas, ¿le importaría dejarnos solos un momento?

La mujer pareció confundida un segundo, pero al momento sonrió, dio un beso al niño y salió del despacho del psicólogo. Santiago miró al niño y le dijo:

- No te olvides nunca de esos duendes. Forman parte de ti. No te olvides nunca de soñar y de ser un niño… Ahora ya puedes irte.

El niño salió corriendo, abrió la puerta del despacho y desapareció. Santiago abrió uno de los cajones de su mesa y sacó el cenicero de colores con forma de estrella de su abuelo. Encendió un cigarrillo y sonrió mientras las virutas de humo quedaban suspendidas en el aire formando un elefante.


Texto: T. Vaquerizo

sábado, 14 de marzo de 2009

El brillo perdido

Son las cinco de la mañana. Gloria apaga el despertador de un manotazo. Es la segunda vez esta semana que lo tira al suelo. Mientras lo recoge, recapacita y decide tener más cuidado, romper el despertador no es una solución a sus problemas, todo lo contrario, tendría que comprar uno nuevo y actualmente a duras penas llega a fin de mes.

En el camino hacia el cuarto de baño, va recogiendo la ropa de sus hijos abandonada por el suelo de la habitación. Resignada, coge aire y se muerde la lengua para no soltar un taco.

Mientras se está lavando los dientes, se mira al espejo y contempla ese rostro envejecido, esas ojeras enormes y esos ojos que perdieron el brillo en el momento que perdió la ilusión de vivir.

Gloria tiene tres hijos a su cargo, Laura de seis años, Juan de nueve y Andrés de quince. Los dos más pequeños son de Javier, un delincuente nato y una mala persona. Solo le dio disgustos desde que le conoció, se pasaba el tiempo entrando y saliendo de la cárcel. En un atraco a un banco el guardia de seguridad le disparó y acertó de pleno. Todavía lo está celebrando Gloria. Las palizas a ella y a su hijo Andrés eran frecuentes. Si no hubiese acabado con su vida el guardia de seguridad, lo habría hecho ella. En más de una ocasión estuvo tentada de tirarle por el balcón cuando llegaba borracho como una cuba y no se tenía apenas de pie. El padre de Andrés era un crío, como ella. Desapareció cuando se enteró que Gloria estaba embarazada.

Hace cinco años que trabaja como asistenta en casa del matrimonio Garrido. Una pareja encantadora con dos hijos, Maya, divorciada, con un pequeño de cinco años, y Alberto, un soltero de lujo del que Gloria está profundamente enamorada. Una vez Gloria tuvo una lipotimia mientras trabajaba y él se ocupó de acompañarla a casa en su coche y estuvo más de dos horas al cuidado de su hija pequeña hasta que se recuperó totalmente.

Alberto es arquitecto, tiene un estudio en Barcelona. En más de una ocasión, con el pretexto de finalizar algún trabajo pendiente en el estudio, se ha ofrecido a acompañar a Gloria cuando ésta acababa su trabajo, a lo que ella aceptaba muy gustosamente, pues el desplazamiento hasta su casa no era cosa fácil. Cada mañana tenía que salir muy temprano para coger el tren hasta el pueblo y desde la estación, treinta minutos a pie por una carretera comarcal.

Son las seis de la tarde. Por hoy ha finalizado su jornada laboral. Esta tan cansada que tiene dificultad hasta para caminar. Entonces recuerda que no ha probado bocado en todo el día.
- Estos nervios van a acabar con mi estómago – murmura mientras se quita el delantal y lo coloca en el perchero de la cocina.

Iba de camino hacia la estación cuando a lo lejos vio el coche de Alberto. ¡Dios, como le latía el corazón cada vez que lo veía! Enseguida se percató de que iba disminuyendo la velocidad, hasta que finalmente frenó a la altura de Gloria.

- Sube, te acompaño a la estación. A ver cuando te sacas el carnet de conducir –le dijo Alberto sonriendo mientras le abría la puerta.

- En eso estaba pensando. Mañana mismo me apunto –respondió con sentido del humor al mismo tiempo que subía al coche. Gracias, me viene muy bien que me acompañes.

Con las prisas y los nervios, al intentar ponerse el cinturón de seguridad, se le cayó el bolso al suelo. Alberto reaccionó rápidamente e intentó cogerlo antes que ella. Sus manos se rozaron durante milésimas de segundo. Se encontraron sus miradas y notó cómo se encendieron sus mejillas.

Mientras la acompañaba a la estación, Gloria iba reflexionando, sentía vergüenza de sus pensamientos, de sus deseos. “El príncipe y la fregona” ese era el título de un cuento que le leía a su hija pequeña, y ese era el enunciado que tenían sus sueños.

Llegaron a la estación. Alberto paró el coche y la miró.
- No tengo nada más importante que hacer que acompañarte a casa.

Gloria todavía estaba en la mitad de sus reflexiones cuando le oyó. No se lo podía creer. Esta vez no le ha dicho que tiene trabajo en el estudio.
- Gracias, pero no es necesario –le soltó sin pensarlo dos veces, dejando ver un orgullo que nunca había perdido.

Entonces le miró a los ojos fijamente y se estremeció. Sintió como su piel se erizaba, cómo desaparecía su dolor de estomago, como se le olvidaban su nombre y apellidos. Percibió el resplandor del brillo perdido en sus ojos. Antes de que ella bajase del coche, Alberto la sujetó del brazo.
- Rectifico lo dicho. No es que no tenga nada más importante que hacer, es que tengo ganas de acompañarte. Es más, deseo acompañarte. Puedes compensarme con un plato de pasta con tomate, no me importa compartir mesa con tus hijos…

Gloria lo pensó unos instantes. Cerró la puerta y le miró.
- Vamos –le dijo sonriendo.

Van camino de Barcelona. Gloria abre la ventanilla del coche y se deja acariciar por el viento. Alberto acelera, mientras los pensamientos de Gloria sobrepasan el límite de velocidad, dejando oír su propia voz.
- Al diablo con todo. Hoy quiero ser feliz.


Milagros Herrero

viernes, 13 de marzo de 2009

ANCLADO POR SIEMPRE A MÍ

Me encontraste en aquella estación, con los ojos líquidos, los pulmones secos y las entrañas húmedas. Aun con su sabor entre mis dientes.
Quise decirte adiós. Un adiós de nunca más, que siempre supe nunca sería de nunca más.
Te engatusé, odié y mentí más de mil veces. Pero después de cada vez, volvías a mí con el mismo aire de animal herido que me provocaba volverte a engatusar, odiar y mentir. Te maltraté a consciencia y con la precisión del mecánico que aprieta las tuercas lo justo para no romper la maquinaria. Lo justo para que te fueras, consiguiendo tan sólo dejarte por siempre anclado a mí.
Por más que quiero desterrarte de mi vida, sigues ahí, en cada trago, en cada anhelo, en cada sueño. Me persigues y torturas, me odias y engatusas.

Maldito sentimiento de culpa, quiero que por fin te alejes de mí.

La vuelta a casa

Así como ayer todo estaba oscuro y silencioso, hoy es un día claro, luminoso. Las nubes corren como si huyeran de algo y algunas aves van de un lado a otro sin rumbo fijo, o al menos eso es lo que parece.
Voy caminando pisando un césped que se doblega pero no se rompe. En seguida se termina el césped, creo que en realidad se trataba de un jardín, no estoy seguro porque el paisaje ha cambiado repentinamente, ya no veo el jardín y me encuentro en una plaza abierta con una gran iglesia al fondo. Hay una mujer abrazada a dos niños, muy quietos, muy sonrientes y mirando a un punto fijo delante de ellos, se oye un chasquido y empiezan a moverse nerviosamente y a saludarme efusivamente, como si me conocieran desde siempre, se dirigen hacia mí y me llaman por lo que debe ser mi nombre me intranquiliza porque aunque me son vagamente familiares, no creo reconocerlas y yo ni siquiera sabía que tuviera un nombre.
Entonces me entero de que a la plaza la llaman del Obradoiro, que la iglesia es una Catedral, y que estas personas están aquí pasando unos días de vacaciones, yo como soy nuevo en este lugar, a duras penas alcanzo a comprender la frase “unos días de vacaciones”, recuerdo el día de hoy, que se inició con chasquido y un terrible y cegador fogonazo de luz, muy intensa. De ayer sólo recuerdo que estaba todo muy oscuro, negro, silencioso, . . . pensándolo un poco, en realidad tengo la sensación de que “ayer” no existió.
En un solo paso cambia de nuevo el paisaje, aparecen montañas, ríos profundos, laderas de viñedos, . . . y otra vez las personas de la plaza, ahora sentadas en una piedra y comiendo bocadillos de tortilla, se alegran de verme y parecen sinceros en su sentimiento, vuelven a llamarme por lo que yo supongo que es mi nombre y dirigiéndose hacia mí, me animan a sentarme con ellos y me ofrecen un bocadillo. Como no tengo hambre, no lo acepto y me marcho todo lo deprisa que puedo, sin fijarme en la dirección que tomo porque me da igual a donde vaya: cuando uno se encuentra perdido sin posibilidad alguna de orientación, la dirección que toma no tiene importancia.
Otra vez, entre un paso y otro vuelve a cambiar el paisaje, mas río, viñedos, un horizonte infinito, pero no parece haber nadie alrededor, me siento e intento reordenar mis ideas: paisajes que cambian repentinamente, gente que dice conocerme pero que yo no recuerdo y que parecen moverse a la velocidad de la luz o están en varios sitios a la vez, no le encuentro explicación. Intento hacer memoria, pero no recuerdo nada, es como si hubiera nacido hoy mismo, pero sin embargo tengo la sensación de tener toda una vida a mis espaldas.
Absorto en mis pensamientos, no me doy cuenta de que tengo la compañía de un pescador con una red a medio coser, que según me dijo venía del puerto de Vigo que se encontraba a unos pocos pasos. Me estiro todo lo que puedo intentando ver el puerto, pero sólo veo campo y ría.
Comienza a explicarme las extrañas normas de este, llamémosle ‘mundo’, según las cuales los paisajes cambian repentinamente de un paso a otro según uno va caminando, algo que yo ya había advertido. Sin embargo los paisajes no cambian si te estás quieto.
Me habla de cómo aparecen paisajes a veces con personas, justo después de una gran explosión de luz y un chasquido, igual al modo en el yo recuerdo haber llegado a este lugar y de como en algunas ocasiones desaparecen paisajes y personajes. . . poco a poco voy recordando y despejando mi confusión, por algún motivo perdí la memoria.
Recuerdo que estaba con la mujer y los niños que vi antes, recuerdo que estaba viajando con ellos, nos divertíamos, reíamos y disfrutábamos, visitábamos lugares hermosos, en definitiva disfrutábamos de las vacaciones. Recuerdo las fotografías, cientos de ellas, en la plaza de la Catedral, en las rías gallegas, recuerdo al pescador y el puerto, y recuerdo como de forma inesperada y sorprendente parte de mí fue absorbido por la cámara de fotos, encontrándome en un mundo en el que todos los paisajes por los que habíamos viajado estaban juntos: la plaza, las montañas y las playas, cuando en realidad se encuentran a cientos de kilómetros de distancia unos de otros.
Cuando todo parece haber cobrado sentido y voy asumiendo mi nueva condición de personaje fotografiado, siento que todo se mueve. Me repito a mí mismo que no es posible, estoy dentro de una cámara de fotos, aquí no hay sitio para moverse. . . sin embargo es cierto, como en el interior de un torbellino, todo lo que antes era sosiego ahora parece caos, sorprendentemente es un caos organizado, las imágenes van saliendo ordenadamente, una detrás de otra para impregnarse en el papel fotográfico que les permitirá seguir existiendo fuera de la cámara de fotos, al mismo tiempo que la impresora me devuelve el alma que sin darme cuenta hasta ahora, tanto echaba de menos.


Pedro.

jueves, 12 de marzo de 2009

La muerte de Lord Carnarvon

"He escuchado su llamada y le sigo". Estas fueron las últimas palabras de Lord Carnarvon, refiriéndose al faraón Tutankhamón, en medio del delirio antes de morir.
Apenas 5 semanas antes, había sufrido la picadura de un mosquito en la mejilla izquierda. La picadura se le infectó, se le hinchó y al afeitarse con una navaja, se cortó sobre la zona inflamada. De poco le sirvió la cura con yodo que se aplicó. La fiebre le subió hasta 40ºC de temperatura. Su hija intentó su traslado a El Cairo, pero se encontraba tan sumamente débil y agotado por la fiebre que no tuvo ánimos para viajar. Allí, alertados por su hija, se dieron cita a los pocos días su esposa Lady Almina y su médico de cabecera el Dr. Johnson que estaban en Inglaterra, y su hijo Porchey que estaba en la India. También Carter recibió un telegrama y se desplazó inmediatamente hasta el Hotel donde se encontraba su amigo y mecenas.
Llegaron tarde. Lord Carnarvon estaba casi inconsciente. Deliraba. Fué diagnosticado de septicemia y neumonía. Y el 5 de abril, a la 1:50 a.m.. ciento treinta días después de la apertura de la tumba, dejaba de existir.
Cuenta su hijo que, en el mismo instante de su muerte, súbitamente se apagaron las luces. En la central eléctrica no supieron dar una explicación técnica. Cuenta también que por extraña coincidencia, su perra Susie, que estaba mutilada de una pata, y que tantas veces acompañó a su amo en sus viajes a Egipto, moría en la finca de Highclere, a miles de kilómetros, al mismo tiempo que Lord Carnarvon.
A partir de la muerte de Lord Carnarvon, comenzó la leyenda de la venganza del Faraón por haber alterado su tranquilidad al profanar su tumba.
Se cuenta que un ostrakon de arcilla de los utilizados por los escribas egipcios para hacer sus anotaciones tenía una inscripción que decía: "La muerte golpeará con su bieldo a aquel que turbe el reposo del Faraón". Y que un amuleto hallado en la cámara principal, tenía otra inscripción que decía: "Yo soy el que ahuyenta a los profanadores de tumbas con la llamada del desierto. Yo soy el que custodia la tumba de Tutankhamón".
Como dando la razón a la maldición, al poco tiempo de la muerte de Lord Carnarvon, moría también su hermano menor Aubrey Herbert, de 48 años de edad, suicidándose en un arrebato de locura. Poco después, en Egipto, moría también la Hermana de la Caridad que actuó como enfermera del noble inglés y que le atendió hasta su muerte.
Comenzaron así una serie de muertes que parecían misteriosas y que desconcertaron a los más incrédulos. En 1929 en el Bath Club al que pertenecía, moría el Secretario de Lord Carnarvon, Richard Betkell, hijo único de Lord Westenrys, cuando al parecer gozaba de buena salud. Lo encontraron muerto en su cama. Su padre, al parecer desesperado por la muerte de su hijo se lanzó al vacío desde un séptimo piso, en el que se encontró una jarra de alabastro procedente de la tumba de Tutankhamón. Por si eso fuera poco, el coche fúnebre que llevaba el cadáver, atropelló accidentalmente a un niño de 8 años y le mató.
Aún no podemos estar seguros, a día de hoy, de que Tutankhamón haya dado por finalizada su venganza. Por eso, os aconsejo que destruyáis este texto después de haberlo leído. Yo negaré haberlo escrito.

Mariano Salvadó (Ejercicio relato histórico- Curso Escritura Creativa)

miércoles, 11 de marzo de 2009

Esmeralda

Una soleada mañana de mayo, en el quinto piso de una casa en obras, un albañil juega con un ladrillo. Lo sostiene con una mano, lo lanza hacia arriba un palmo o dos y lo vuelve a coger. Al golpear su mano hace un ruido seco ¡plaf!. “Me la has jugado tío, y a mí no me gusta que me la jueguen” ¡plaf! La persona que tiene enfrente, un chico más joven, parece algo nervioso, pues su mirada no para de ir del ladrillo a los ojos del otro. “Tú me la jugaste a mí primero...” tartamudea “no me habías contado todo el plan”. ¡Plaf! El ladrillo es agarrado con fuerza, al ser desplazado hacia atrás roza el rostro contraído por la rabia del albañil y es lanzado en dirección al joven. Avanza decidido hacia su objetivo, pero los reflejos de éste son más rápidos de lo esperado y el ladrillo choca con un andamio, se parte en dos, y mientras uno de los trozos aterriza sano y salvo en el suelo, el otro inicia su descenso hacia el parque que hay debajo.

Pasa el cuarto piso, el tercero, segundo... atraviesa las ramas llenas de hojas de un árbol y vuelve a partirse en dos al aterrizar en la cabeza de una señora que pasea a su caniche. Uno de los trozos del ladrillo sale rebotado y golpea en el cuello a la perrita. Afortunadamente, tanto el collar como el cráneo de la dueña han amortiguado la caída lo suficiente como para que este segundo impacto no tenga ninguna fatal consecuencia. Asustada, la perrita sale corriendo sin más rasguños que los sufridos por la chapa que hay en su collar, donde ahora cuesta un poco más leer el grabado que dice: Esmeralda.

Ajena a los gritos de horror de la gente Esmeralda corre sin rumbo fijo. Esquiva como puede a las numerosas personas que avanzan en dirección opuesta, atraídas por el tumulto de curiosos que se esta formando alrededor de su difunta dueña. “¡Qué alguien llame a una ambulancia!” “¡Qué horror!” gritan a su paso. La perrita gira a la derecha, entra en un jardín y se esconde debajo de unos arbustos. Una vez resguardada se relaja un poco y echa una meada, descargando así parte de su tensión. Sin embargo su momento de tranquilidad no dura mucho, ya que un gran perro negro entra en su escondrijo y empieza a olisquear el suelo recién regado por Esmeralda. Ésta, molesta, se da la vuelta, gruñe, ladra, pero el otro perro más que intimidarse parece divertirse. Salta hacia atrás, luego hacia delante, le devuelve los ladridos. Entonces la perrita sale corriendo, mira hacia atrás y al ver que su nuevo compañero la sigue, para su carrera y vuelve a ladrarle. Esta vez el perro apoya sus negras patas en Esmeralda e intenta inmovilizarla, pero la perrita muerde una de las patas y consigue escapar. El juego continua y el perro negro no cede en su empeño hasta que consigue colocarse detrás y empieza a mover rítmicamente su cadera. A Esmeralda, que parece que ya ha superado la muerte de su dueña, no parece molestarle.

Sin embargo la pareja es distraida por una piedra puntiaguda y de color naranja que cae a pocos centímetros de ellos. “¡Cógelo Rex! ¡Deja a la perra!” grita un chico, que no se ha fijado en las motitas rojas que tiene la piedra que le trajo su perro hace un rato. Ahora que la piedra ha entrado en escena, Rex no sabe si seguir con la tarea que tiene entre manos o saltar a por ella, pero en cuanto ve a Esmeralda olisqueándola, toma su decisión y la coge antes de que la perrita pueda evitarlo. Ahora es Esmeralda la que corre detrás de su pretendiente mientras éste escapa divertido.

En su carrera se cruzan con un hombre y una mujer que caminan a toda prisa. “¡Eres un imbécil! ¿Como se te ocurre lanzar un ladrillo desde ahí arriba? Ahora, a parte de un ladrón ¡eres un asesino!” grita ella. “¡Cállate! No te pongas histérica, el pringado de Mario no dirá nada, me tiene miedo, nadie tiene porque enterarse” “¡Si ya! Igual que no dijo nada de lo del robo... ¡Eres un imbécil! No se como me convenciste para hacerlo, ¡Ya no quiero tener nada que ver con esto!”. La chica se da la vuelta, pero el otro hombre la sujeta del brazo y le da un puñetazo en toda la cara mientras grita “¡Zorra!”. Un adolescente que acaba de presenciar lo ocurrido, se acerca al hombre y dice “¡Tranquilo tío!” a lo que el hombre responde con otro puñetazo.

Al escuchar el gemido de su amo, Rex para en seco y, seguido de cerca por Esmeralda, comienza a correr de vuelta. Suelta la piedra y se abalanza sobre el pie del agresor, que esquiva la embestida en el último momento. El hombre aprovecha la oportunidad para darse la vuelta y salir corriendo, sin embargo, en medio de tanta confusión, tropieza con un trozo de ladrillo, pierde el equilibrio y cae redondo al suelo. Esmeralda, que se siente más valiente en compañía de su nuevo amigo, salta encima del hombre y le muerde en la cara. Sus gritos no tardarán en llamar la atención de los policías que están llegando al parque.


Jon Igual Brun

martes, 10 de marzo de 2009

El peso del pasado

El porrazo de aquella puerta la despertaba cada noche. El pulso acelerado y el sudor que la envolvía le impedían volver a conciliar el sueño con facilidad.
Siempre, desde bien pequeña, se había preguntado qué había tras esa puerta. Le habían dicho que daba a un desván, pero a medida que iba haciéndose mayor, lo ponía en duda, una y otra vez.
Hasta que un día, ya adolescente, se hizo con la llave y traspasó aquel umbral. Subió las escaleras y, cuando estaba ensimismada ante todo lo que tenía delante, sonó el golpe que dio la puerta al ser cerrada de forma brusca.
Sintió que alguien subía, era su padre. Se acercó a ella. Aquella fue la primera vez.
Había intentado por todos los medios borrar de su memoria todo lo que aconteció más tarde y que siguió repitiéndose durante un tiempo, hasta que decidió huir, escapar de aquella casa, dejando a su madre y a su hermana pequeña que, en todo aquel tiempo, jamás llegaron a sospechar nada.
Al principio no le fue nada fácil salir adelante, aceptaba cualquier trabajo que le aportara algo de dinero para acabar sus estudios de Psicología. Durante la carrera tuvo suerte y encontró a quién más tarde se convertiría en su compañero.
- ¿Qué te ocurre? –le preguntaba él, ansioso, cada vez que ella volvía a despertarse, una noche tras otra, y no paraba de dar vueltas en la cama intentando conciliar de nuevo el sueño.
- Nada, no me ocurre nada –acostumbraba a decir ella y alegaba estar inquieta por algún caso concreto, uno de los muchos que habían caído en sus manos desde que trabajaba en el juzgado.
La verdad era que su trabajo la entusiasmaba. Sentía que estaba impartiendo algo de justicia. Hacía evaluaciones psicológicas tanto a víctimas como a verdugos, evaluaciones que resultaban claves a la hora decidir qué medidas se tomarían para conseguir que aquellos que habían cometido abusos contra menores recibiesen su merecido y también para intentar que los menores sufriesen lo menos posible a partir de aquel momento.
Sus compañeros de trabajo la apodaban “la implacable”, por su perseverancia y su capacidad para no dejar detalle importante sin destacar.
Sin embargo, el mundo que se había montado se desmoronó cuando cayó en sus manos un expediente. Con esa víctima tenía dos cosas en común: los dos apellidos y el verdugo.
Sintió como un gélido dolor le recorría la columna vertebral de arriba a abajo, sintió como toda ella se quedaba agarrotada y durante un buen rato, fue incapaz de mover un solo dedo. Su mirada se perdió en el vacío y su cabeza pasó a rememorar una y otra vez los encuentros que tuvieron lugar en aquel desván.
Cuando se recompuso tomó la primera decisión: contarle todo a Esteban, su compañero. Después pensó que ya era hora de encararse a su padre.
Se encontraron en una sala fría e impersonal, él ya estaba ahí cuando ella entró. Así, de repente, no la reconoció, habían pasado unos cuantos años y su aspecto había cambiado. Se sentó frente a él y estuvo un rato sosteniendo su mirada. Fue entonces cuando él descubrió quién había tras aquellos ojos.
- Tienes buen aspecto –dijo él relamiéndose después.
- No puedo decir lo mismo de ti -remachó secamente ella, al constatar su descuidado aspecto. Hacía días que no se afeitaba y su americana ocultaba, a medias, una camisa con manchas de sudor.
- ¿Sabes?, tú siempre fuiste mi preferida –soltó, sonriendo sarcásticamente.
- ¡Vete a la mierda, cabrón! Nos veremos el día del juicio, he decidido añadir mi granito de arena a las declaraciones que pueda hacer mi hermana –y dicho esto se levantó y dejó que otro hiciese su trabajo.
La parte más difícil fue reencontrarse con Emilia. Cuando huyó de casa, ella apenas tenía siete años. Ahora era ya una adolescente. Seguía conservando el aspecto desgarbado que ella recordaba. Se aproximó lentamente al banco en el que se había aposentado, al fondo de un largo y estrecho pasillo, y se sentó junto a ella. No sabía qué decir, por dónde empezar, pero sin pensar empezó a entonar la melodía de una canción con la que antaño su hermana se dejaba acurrucar. Al oírla, a Emilia no le quedó ninguna duda de quién era aquella mujer que se había sentado a su lado. Se miraron a los ojos, sonrieron levemente y se fundieron una en los brazos de la otra.
Desde el otro extremo del pasillo su madre las observaba. Sostenía un cuchillo ensangrentado, que sólo unos segundos antes había hundido en las tripas del verdugo. Aún así, éste no se libraría del juicio ni del desprecio de sus dos hijas.

Por Marga Bonvehí

domingo, 8 de marzo de 2009

EL DISFRAZ (micro relato)

Estaban despidiéndose delante de casa de la chica.
- Te invitaría a subir, pero te noto raro. ¡Te has pasado toda la noche mirándome el codo!
El chico seguía con sus ojos clavados en el codo de ella.
- No lo entiendo. ¿Qué te pasa? ¿No quieres despertarte en mi cama mañana?
- ¡Claro que sí, me muero de ganas! Lo que pasa es que si te miro a los ojos no veo tus pestañas, veo tu rimmel. Si miro tus labios, el brillo de color rojo. En tu pelo, un perfecto peinado. En tus mejillas, exceso de maquillaje. Si miro tus pies, los tacones. Si miro tu escote, el relleno que lo realza. Claro que quiero pasar contigo esta noche, porque me gustas tanto que ya no quiero ver nada más que el aspecto que tienes de verdad cada mañana al despertar.

Judi Cuevas

sábado, 7 de marzo de 2009

Una vida nueva

Basta! Hoy o nunca! Ahora si, podía sentirla: una fuerza superior impulsándola. Aquel día comprendió de pronto que toda una vida había pasado para ella y que toda otra la esperaba para comenzar. La excitación de un nuevo rumbo, de una etapa flamante a estrenar, un camino infinito por delante, un muro inmenso y macizo detrás. Nada para contemplar ni recordar, todo para concebir; una renovada fundación de su existencia.
La sensación era algo difícil de corporeizar en acción, de poner en movimiento. Ella seguía siendo la misma y la vida a su alrededor, también, pero nada era igual aunque todo lo fuese.
Se encontró sentada en la cama aún antes de que el despertador hubiese sonado preguntándose cómo atreverse a vivir esa nueva percepción que la propulsaba: por dónde se empezaba a cambiar, cómo, qué era un cambio, qué se hacía con los hábitos y los movimientos rutinarios. De qué forma uno no se ponía las pantuflas y no iba al baño y no hacía pis y no se cepillaba los dientes y no, y no, y no, cada una de las mil mini ceremonias impensadas y automáticas de cada mañana.
Si inauguraba un plan opuesto a lo corriente ¿en cuánto tiempo volvería a repetir un patrón de actuación cotidiana en lugar de cambiar de forma de vida? No eran los ritos ni las acciones, sino algo más imperceptible y secreto que la motivaba; era precisamente esa misma sensación de urgencia de cambio lo que bastaba. Era eso. Por ahora, sólo eso: su propia urgencia.
Se levantó en puntas de pie para no despertar a nadie, ni a su marido, ni a sus hijos, ni a los gatos, ni a una mosca. Pero con los gatos ya se sabe, uno no puede decidir, son ellos, pensó mientras la seguían por el pasillo que llevaba al cuarto de baño.
Fue entonces que escuchó el Riiiiiiiinnnnggggggggg. “Maldito despertador!!” Pensó con ganas de gritar fuera de sí mientras corría a apagarlo y contenía el impulso de estrellarlo contra la pared. Sus delirios de renovación hubiesen logrado el primer cambio de su vida, aunque algo caro e indiscutiblemente inútil. “Maldito despertador” le susurró con antipatía mirándolo fijo y ratificando que hoy, como siempre, los primeros minutos de su día volvían a teñirse de rabia, de mufa, de las eternas no ganas de empezar la jornada.
Cuando hubo comprobado que milagrosamente nadie se había despertado, volvió sobre sus pasos y se encontró camino al cuarto de baño. En aquel momento recordó: “No hacer automáticamente lo de todos los días” y entonces dio media vuelta para no entrar en el baño como todos los días, y dirigirse en cambio a otra parte del departamento… Se quedó dudando un segundo, dos, tres… “Voy al balcón” decidió. Abrió el ventanal que daba sobre la avenida, respiró hondo y supo que no podría quedarse mucho tiempo allí porque hacía frío, y porque irreversiblemente necesitaba hacer pis. Cerró el ventanal y volvió por el pasillo hasta el baño.
Se quedó sentada en el inodoro unos minutos, varios, muchos, no supo, hasta que la claridad que comenzó a entrar por la ventilación le anunció que ya era la hora de comenzar la jornada habitual. Se quedó allí aún unos segundos. Hoy tenía que ser diferente. Hoy sería todo diferente.
“Hoy no despertaré a nadie, no prepararé desayunos, no sonreiré un “buenos días señor” a mi jefe ni a nadie que no soporte, hoy no toleraré exigencias, ni golpes ni insultos. Hoy no haré nada que no tenga ganas de hacer, no aguantaré mis deseos de hacer lo que me plazca, será mi primer día propio, todo mío y no volveré a ser lo que no quiero ser.
Me vestiré y saldré sin despertar a nadie, viviré el día desde el principio como un estreno de mi misma. Caminaré sin rumbo, me sentaré en un café para mimarme con un desayuno preparado por otro, miraré la gente pasar mientras pienso como celebrar este nuevo nacimiento. Iré a la estación y tomaré el primer tren que salga, no importa a dónde. Quiero no saber, no planificar, solamente dejarme sorprender. Iré donde me lleven mis ansias, descubriré, me gustará o no, pero lo haré porque me lo permito, porque nada ni nadie me lo impone o me lo impide”.

Un maullido la empujó de vuelta a la realidad de su inodoro y su cuarto de baño. Se puso de pie y percibió su expresión de desamparo en el espejo, sonrió tristemente una vez más.
Mañana quizás, se prometió, mientras el espejo le devolvía las canas y las arrugas acumuladas todos estos años desde aquel primer día cuando creyó que se podía empezar de nuevo.

Graciela Rodríguez – Curso de Composición Literaria

La promesa

Lilita era una muy buena alumna, siempre cumplía con sus trabajos, tenía una ortografía perfecta, estudiaba siempre su lección, se portaba muy bien y no faltaba nunca a clase.
Su padre no quería que fuese al colegio porque decía que ella tenia que aprender a coser y a tejer para empezar a trabajar y ganar plata, pero su padrino insistió en que debía estudiar y durante los dos primeros años venia a buscarla todos los días para llevarla a la escuela. A partir del tercero empezó a ir y venir sola caminando y como su padre la esperaba en la esquina salía corriendo ni bien tocaba el timbre para no hacerlo esperar y que se enojara y le pegara. Ya bastante le pegaba por cualquier cosa mientras la amenazaba. “Ya sabés, Lilita, venís con menos de 7 y dejás la escuela y te ponés a trabajar y lo que diga tu padrino me importa un pito; te encierro y no salís más”.
Pero ella tenía siempre más de 7 porque le encantaba ir a la escuela; era en realidad lo único que le gustaba de su existencia y sin lo cual no hubiese podido soportar el resto de las horas de sus días.
Por eso desde chiquita todas sus maestras siempre le habían tenido muy buen concepto, siempre, hasta ese año, en cuarto grado, cuando le tocó la señorita Rey.

Desde el primer día le tuvo miedo. Le hacía acordar un poco a la prima solterona de su mamá que siempre gritaba con el ceño fruncido y criticaba a todo el mundo. También se vestía como ella, toda de gris y le faltaban algunos dientes. Tenía además una mirada rara, de costado, con un ojo que se iba para un lado y a Lilita le daba la sensación que se le iba a salir de la cara en cualquier momento.
Ese día frío de invierno Lilita escribía en el aula con la cabeza gacha, mientras su maestra, la señorita Rey, dictaba como los españoles habían desembarcado en las costas americanas. Eran muchos alumnos y cuando todos estaban presentes faltaba un escritorio y entonces los alumnos sentados en el primer banco usaban el escritorio de la maestra como pupitre. Lilita hoy estaba sentada en ese primer banco y aferrada a su lapicera de tinta azul dibujaba cada letra con cuidado, prolijamente, haciéndose lo mas chiquitita que podía para pasar desapercibida.
“… y los salvajes indios…” La señorita Rey detuvo su dictado y Lilita sintió helarse su sangre. Sin levantar la vista supo que la mirada de la señorita Rey estaba clavada en la página de su cuaderno y se quedó inmóvil anhelando que continuara, pero convencida de que no lo haría y de que la causa de la interrupción tenía que ver con ella.
“Qué esta escribiendo Menéndez? Qué dice ahí?”
En un susurro apenas Lilita leyó “… y los salvajes indios…”
“Eso dice? Y quién puede leer eso? Con esa letra de hormiga!! Agrándeme esa letra, hágame una letra normal”, chilló.
Recién cuando la maestra retomó el dictado Lilita pudo volver a respirar y temblando continuó escribiendo. Al querer agrandar la letra la mano le temblaba más, no podía seguir una línea recta y las palabras se caían de los renglones. Siempre con la vista sobre su cuaderno intuyó la mirada de la señorita Rey en ella otra vez.
“Eso es grande? A usted le parece que esa letra es normal? Y encima toda despatarrada!!!”
Y entonces Lilita sintió el primer coscorrón, y el otro, y el siguiente al ritmo de las sílabas “Le-tra gran-de, Le-tra gran-de”
Lágrimas de impotencia comenzaron a deslizarse por sus mejillas y creyó que se desmayaría ahí mismo cuando escuchó “Sabe qué vamos a hacer? Le voy a poner un cero y no se lo saco hasta que no haga una letra normal”.
Fue en ese momento que a Lilita se le apareció su padre, sintió los golpes y se vio encerrada en su cuarto sin poder volver a la escuela. En ese mismo instante no tuvo más lágrimas y en vez de desmayarse se levantó, miró a los ojos descentrados de la señorita Rey, se paró sobre el banco y comenzó a gritar de una manera tal que la maestra se quedó petrificada sin reacción.
Lilita comenzó a dar puñetazos con sus pequeñas manos en el rostro de la maestra y a tirar de sus cabellos y a gritarle que era una bruja y luego arremetió a las patadas y era tal su desesperación que la fuerza le nacía de las entrañas y nada podía controlarla.
En medio de aquella locura hubo una chispa de claridad que la instó a huir, salió corriendo por el pasillo y antes de que alguien pudiese alcanzarla ya estaba en la calle escapando en dirección opuesta a su casa.
No vio venir el camión, no sintió el golpe, no tuvo dolor.
Supo cierta y felizmente, sin embargo, que como alguna vez se lo hubo prometido, jamás volvería a su casa con menos de siete.

Graciela Rodríguez - Curso de Composición Literaria
EL CRIMEN PERFECTO

Libertad Ordovás Joven

Como casi siempre al volver del trabajo, estaba mirando en la TV cualquier serie policiaca que echaran. Veía Columbo, Poirot, Monk, Ley y Orden, todas, le fascinaba mirar la que fuera.
Poco a poco se fue forjando en su mente la idea de que el crimen perfecto tenía que existir. Pero ¿cómo?
Siempre hay un forense entrometido, un CSI de turno que investiga, el médico que más que curar adivina. La escritora de novelas que lo ve todo…
Y así este pasatiempo se le fue convirtiendo en obsesión.
Contra más novelas leía, más difícil le parecía matar sin ser descubierto. Aunque al final se dio cuenta de que todos los crímenes se resolvían por el Móvil…
El móvil es lo que primero investigan, es lo que une las pruebas y también lo que acaba delatando al asesino. Cuando se tiene un móvil es que hay sentimientos de por medio, con lo cual se acaba llegando a cometer un error. Por las prisas, por la falta de planificación…. Y aún cuando se haya pensado y analizado con detenimiento, siempre queda detrás una pista que no se contempló.
¿Por qué? Pues porque en medio de todo están los sentimientos. Y todo lo que se hace desde las entrañas, desde el rencor, desde el odio y el miedo acaba turbando la mente y se produce el fallo…
De la colilla que queda en el suelo hasta las marcas de barro de los zapatos… en fin que contra más lo pensaba, más deseaba cometer el crimen perfecto. Y al final se le ocurrió.
“Tengo que hacer que el móvil no exista. Así nadie me relacionará con el caso y jamás seré descubierto. “
Fue cuando tomó el cuchillo jamonero y se lo guardó en una bolsa de súper. Salió de su casa como si cualquier cosa y se dirigió al metro. Mientras reía por dentro pensando en su genial idea, avanzó 9 paradas.
Bajó en la novena y decidió andar hacia la derecha. Cuatro calles después miró hacia arriba y encontró que el edificio le resultaba mono. Entró en la portería como cualquier hijo de vecino y llamó por el timbre al cuarto b.
Una señora preguntó quién era. —Soy el cartero —le dijo. Y le abrió sin más
Se metió en el ascensor, bastante cutre, todo hay que decirlo y subió. La señora le abrió sin miramientos.
-Hola.- Sacó el cuchillo y la apuñaló seis veces.
Sin ningún remordimiento volvió a bajar en el ascensor con el cuchillo ensangrentado en la bolsa. Giró a la izquierda y regreso al metro. Tranquilamente volvió a casa.
En su salón pensaba, -soy la hostia, este es el crimen perfecto, es imposible que me relacionen con el. Ni siquiera recuerdo el número de la portería, creo que ni la calle. No sé a quien maté, jamás me encontraran.-
Mientras tanto, un niño pequeño salía de su escondite en las escaleras de su edificio. Miró a la señora Jiménez tendida en el suelo rodeada de un charco de sangre. Empezó a llorar y corrió dos pisos abajo a buscar a su madre.
Jamás olvidaría la cara del señor del cuchillo…
HUÉRFANA

Libertad Ordovás Joven
Febrero 2009

La primera vez que tuve realmente la sensación de que era huérfana de madre fue al volver al colegio después de ese fatídico y asqueroso verano del 74. Cuando las amigas me preguntaban qué tal mis vacaciones y tenía que contarles la terrible tragedia que había vivido.
Se me quedaron grabadas las caras de pena y compasión de mis compañeros, rodeándome en el patio de mi escuela.

Mi padre me repetía cada día que no permitiera que me tuvieran lástima. Eso es algo imposible de lograr en tremendas circunstancias. Todas las personas tendemos a sentir pena y compasión por el dolor ajeno.

Ni para qué mencionar los años dedicados a que nadie me tuviera pena. Mejor fue que me tuvieran miedo
Y es así como dediqué mi vida a ser muy fuerte y agresiva. Nadie podía traspasar mi barrera y estaba segura.
El dolor se iba esfumando cada vez más y solamente tenía la ira a flor de piel.
Si, estaba muy enojada. Odiaba a todos y a todo. El mundo en general se me volvió un lugar gris, injusto, frío y solitario.
No obstante el enojo me hacía sentir mejor y me daba fuerzas para seguir adelante.

Lo malo de ser huérfana de madre desde muy pequeña es que una acaba siendo huérfana de muchas cosas. De amor incondicional, de protección, de experiencias compartidas. Realmente fue tal el sentimiento de soledad que en el fondo se que odiaba a mi madre.
Este sentimiento me torturó durante muchos años, hasta que aprendí, en terapia, que era un sentimiento normal, el sentimiento de sentirse abandonada. El estar enojada con mi madre por haberse ido sin mi y tan pronto. Aunque no fuera mi culpa en la lógica más elemental y realista, sí lo era dentro de mi alma.

Ser huérfana con solo el padre implica una sensación de soledad, dolor e inadaptación cada día.
Es imposible que dos seres, que aunque se adoren, compartan de manera sana ese dolor tan terrible. Difícilmente se pueden llevar bien. Sobre todo si eres una niña junto a un señor que solamente representa el lado masculino de la época. Papá es quien me regaña si no he hecho los deberes, o me he portado mal y mamá se lo cuenta.
No había modo de entendernos. Las diferencias eran abismales y las soledades inmensas.
En el fondo hubiera preferido ser la muerta y que mis padres fueran felices. Pero también en ese fondo quería aprovechar la vida al máximo y bebérmela a tragos.
A momentos sentía que no merecía el derecho a vivir, pero en otros muchos ratos, creía firmemente que toda la humanidad me debía algo, y que yo, más que nadie, debía de ser recompensada ante tamaña pérdida.
Siempre consideré que estaba rodeada de gente culta e inteligente. ¿Cómo a nadie se le ocurrió mandarme a terapia? Nadie se atrevió a enfrentarse a la teoría de mi padre de que “mi hija no está loca”. Obviamente no estaba loca, simplemente estaba sola y asustada. No podía estar de otra manera sin ayuda.

Pero si yo me llené de ira, papá ya la traía consigo desde siempre y lo único fue que la aumentó a niveles insospechados. Nadie se atrevía a llevarle la contraria. Nadie objetaba su fabulosa sabiduría. Solamente la adolescencia y mi rebeldía me permitieron enfrentarme a el.
Y fue así como acabé fuera de casa, sintiéndome todavía más mierda y confusa. La única guía que había tenido en diez años de soledad me había echado de su lado. Más culpa, más dolor, más intolerancia. Jamás olvidaré aquella pelea que me marcó para siempre.
Lo que acabó de colmar mi sensación de fracaso y frustración frente a la vida fue que mi padre muriera poco tiempo después de abandonar la casa y comenzar a vivir sola como adulta. Me dejó con veintidós años peor que me dejó mi madre a los diez. Muchísimo más sola, tremendamente perdida, sin un rumbo, sin nadie a quien agarrarme, sin nadie que me perteneciera y me guiara.

Lo siguiente fue que el primer idiota que me dijo que me quería se convirtió en mi marido. Recuerdo a mi papá histérico gritándome que nadie nunca iba a quererme porque yo era mala, seguramente habría roto algo… pero las peloteras eran así de violentas. Así que cuando aquél me dijo que me amaba sin pensarlo me le agarré como a un clavo ardiendo. Acabó de despedazarme.
Malos tratos físicos y psíquicos aparte, mi vida se convirtió en un infierno interno que no encontraba cómo llenar. No encontraba el camino, el rumbo. Nada tenía sentido excepto echar pa’ lante escupiendo mierda a todo el que fuera posible. Culpando a todos y a todo. Viviendo permanentemente enfadada. Llena de odio y rencor. Llena de miedos.
Avaló mi ira la historia legal por la herencia de mi padre. Hasta eso dejó mal hecho. Veintiún años para hacer justicia permitieron que me hiciera más amargada.
Mi camino ha sido una siembra constante de rencor y odio. Un enojo que me ha carcomido y llevado a unos pocos pasos de la autodestrucción.
Menos mal que apareció la terapia en mi vida, aunque tarde.
También llegó el amor, aunque imperfecto.
Pero quitarse la rabia y el odio ha llevado mucho tiempo… Y aún no he terminado con el proceso.
Ahora que finalmente las capas de rencor se van extinguiendo, empiezan a salir las capas de dolor, y aún no se cuáles son peores y hacen más daño.

Aprender a manejarse fuera del rencor y el odio es una tarea sumamente difícil porque me va dejando a flor de piel. Me va acercando a mis miedos y a mis inseguridades. Y a eso le temo más que a nada en el mundo.
Volver a contactar con la soledad, el miedo, la angustia y el dolor puro y duro.

Abrir mi corazón y mi alma para sanarlos significa recordar y volver a vivir tantos recuerdos duros y amargos que la soledad vuelve a estar presente muchas veces. Menos mal que puedo escribir. Eso es algo que me llena y acompaña. Me da más vida que cualquier otra cosa.
Escribir y sanar mi historia poniéndole un final feliz.

LA DELGADA LÍNEA

LA DELGADA LÍNEA.

Se me heló el aliento. Me faltaba la respiración o probablemente olvidé respirar. Un sudor frío me empapó la nuca. Los latidos del corazón bombardeaban en mi cabeza, no sé si cerré los ojos o la luz blanca y fría del techo me cegó. Se me encogió el alma. No era este el final, no podía terminar así un día en que las circunstancias se habían confabulado contra mi. La secuencia retrospectiva de los hechos se atropellaron en mi mente. En un segundo todo había cambiado, me entró pánico. Me derrumbé.
El accidente había precipitado el momento. Cuatro coches por delante, frenaron bruscamente para no atropellar a un perro que, inconscientemente, quería cruzar los cuatro carriles de la autovía en una excursión suicida. El frenazo fue tan violento que no se pudo evitar la colisión.
La gente se arremolinaba alrededor del coche, intentaban tranquilizarme del tremendo susto, estaba mareada y sentía nauseas, me asaltaron a preguntas sin respuesta. Sólo pensaba en el maldito momento en que decidí coger el coche en lugar del autobús, rogando que ese error no le costara la vida a mi hijo, no me lo perdonaría nunca, tan solo le faltaban tres semanas para nacer y me notaba mojada.
-Respire profunda y lentamente, me dijo el sanitario cuando llegó, al ver que mi piel estaba muy pálida y sudorosa, mientras me miraba el volumen de mi panza preocupado. ¿Se encuentra mal? ¿siente muchas molestias?. Lo que sentía no era dolor, sino miedo y mucha culpa. Que no le pase nada a mi hijo, que no le pase nada, me repetía una y otra vez.
El sonido de las sirenas de fondo no me ayudaba a tranquilizarme, al contrario, me aceleraba más, parecía que llegábamos muy tarde a algo demasiado importante. El conductor, con sus improperios a los vehículos impasibles al paso de la ambulancia, mantenía en alerta mis sentidos, era imposible abstraerse de la conducción y en cada curva me atormentaba la convicción de que, si continuaba derrapando de aquella manera, mi hijo nacería en carrera.
La ambulancia se detuvo y sacaron la camilla, que rápidamente se dirigió por el pasillo hacia el paritorio para la primera exploración de la situación. Yo me sujetaba fuertemente a mi barriga.
-Ya está aquí,- dijo después de comprobar que el niño iba a nacer en pocos minutos. Todo irá bien.
No pude evitar un espasmo y tragar saliva. Olvidaría el accidente porque ya estaba preparada para traerle al mundo y no quería perder ni un detalle de lo que iba a suceder, deseaba retenerlo todo, cada imagen, cada olor, cada sonido, cada emoción. Lo cierto es que no me lo esperaba así. Dos empujones y su cabecita rápidamente asomaba a este mundo, pronto vería su carita. Me estaba emocionando. Enseguida acabaría todo, menuda mañanita, al fin y al cabo era un día perfecto para nacer. Un esfuerzo más y.....
No sigas -me indicó el médico-, viene con vuelta.
En ese instante por mi mente pasaron pensamientos torpes y confusos, por experiencia ya mi vida estaba plagada de situaciones en las que si existía una posibilidad de que algo saliera mal, se cumplía inexorablemente. Siempre cargando con la culpa y el miedo de tomar la decisión errónea. Rompí a llorar por mi desdicha cuando sentí que me cogían una mano y la ponían sobre algo caliente. Levanté la cabeza hacia mi pecho y allí estaba lo mejor que yo había hecho jamás, una vida. Lloré de felicidad, de alegría, de alivio. La emoción y la tensión acumuladas me impedían hablar. Apenas transcurrieron unos segundos, una maniobra rápida y certera y su cuello quedaba libre del cordón umbilical que caprichosamente se le había enrollado. Ese tiempo me pareció eterno. Como si estuvieras viendo una película a cámara lenta y deseas que no te esté sucediendo, que no sea verdad.
Permanecí toda la noche en vela, comprobando que respiraba, dormía tan plácidamente que me inquietaba, no dejé de mirar aquella carita de ángel que asomaba tímidamente entre el muletón. Durante la vigilia mis sentimientos eran contradictorios, iban de los nervios del accidente a la alegría de tenerle allí, pasando por el miedo y la tristeza de poder perderle. Imposible olvidar este día.
Qué línea tan delgada hay entre la dicha y la tristeza, la risa y el llanto, la vida y la muerte. Qué es lo que determina que estés a un lado o a otro de esa línea, qué decide que sea el momento más feliz o el más amargo. En un instante todo puede cambiar. Qué suerte hay que tener en la vida para que te toque a este lado y no al otro. Que suerte la mía, me repito, cada vez que le abrazo.

Marien.

viernes, 6 de marzo de 2009

Sensaciones Ferroviarias

Soy maquinista, o eso dicen en mi trabajo cuando me subo al tren. Me encierro en una jaula de acero, destellos de colores y cristal. Me aislo sin querer de un mundo que me es ajeno, y tomo posesión del mío, en el hermetismo de esta estrecha soledad. Las puertas se cierran, y el enorme gusano que piloto comienza a devorar metros en la oscuridad. Sólo el acero arrastrándose sobre renglones de hierro me recuerda que este viaje es de verdad, pero yo ya hace rato que viajo, cruzando las entrañas de mis emociones, igual que la linea amarilla repta en lo más íntimo de mi ciudad. El túnel es como un sueño, un lugar menos nítido de lo que quisiera, donde nada se ve claro salvo los anhelos que uno lleva consigo. La incertidumbre de lo deseado resbala en los astiales, susurra con traqueteos rítmicos, y me dejo llevar hacia la brillante luz que hay al final, la luz de la esperanza, en la convicción de que por fin mi destino se iluminará, y podré detener mi lúgubre carrera hacia el futuro. De pronto todo estalla con claridad cegadora, mientras franqueo el umbral de la realidad. Esa realidad es demasiado honesta, demasiado pura en su crudeza, muy distinta a la esperada, apelmazada en un andén sin aire, asfixiante. Me escuece en los ojos, me quema en la piel, me duele en el alma. Y me doy cuenta de que tan sólo es un puente que convierte los sueños en recuerdos, y que esos recuerdos son cuanto me queda ahora, vestigios de un pasado reciente, que se me escurrió bajo las ruedas de una carrera loca. Tanta prisa por llegar, y todo quedó ya atrás, atrapado en las sombras de un túnel lleno de promesas por cumplir, de instantes por vivir. Por suerte el semáforo está rojo, en la estación y en la conciencia, y mientras me detengo y espero, me doy cuenta de que cuanto tengo es el presente, el instante que vivo ahora mismo. Mirar hacia atrás es absurdo, hacerlo hacia delante incierto. Así que cuando el semáforo cambia a verde, con el trino de las puertas que vuelven a cerrarse, decido que voy a vivir esas luces y esas sombras según se vayan sucediendo, porque todo lo demás no existe, porque la ilusión de cuanto tengo delante se desvanece en humo tras de mi. A su modo es también una ilusión. Connotaciones distintas, mismo resultado.

Hoy he aprendido una lección importante, y se lo debo al tren de la vida que me ha tocado conducir. De algún modo, pienso para mi, todos somos maquinistas en nuestra propia circunstancia y podemos aprender. Esa es mi esperanza, y por eso, tras mis lágrimas, sonrio por vez primera en muchos días.


Juanmi, Taller de Escritura Creativa

herminia

A bocajarro. Así le dijo Herminia a Lucas que nunca más cocinaría para él. Y él se limitó a observarla, desde la mesa de madera carcomida. Dio un largo trago de cerveza y después eructó sonoramente.

-¿Ah sí?-.le preguntó con sorna- ¿Y qué harás? Si solo esto sabés hacer tú. Cocinar y limpiar, lloriquear y ver tele. Nomás, solo eso podés hacer tú, mujer.

Y se entregó de nuevo a su tortilla con frijoles, devorándola con ansia mientras la estrujaba con sus dedos negros de tizne.

Herminia dio una vuelta de ciento ochenta grados, se encaró hacia los fogones y se quedó observando aquella enorme olla de caldo de marisco. Ese líquido rojo, macerando camarones, pescado, limón y ají, se reflejaba en sus ojos como una tormenta de furia. Sus ojos relampagueaban, seguramente, como nunca antes lo habían hecho.

Y así fue como Herminia volcó la olla hirviendo sobre la cabeza de su marido. Derramó veinte litros de sopa de marisco sobre Lucas Hernández Cortajaruelos y, después, se echó a reír. Carcajeó su vida entera en aquellos minutos, mientras miraba los esfuerzos inútiles de su marido por zafarse de aquella olla hirviente, que había quedado encajada sin remedio en su redonda cabeza de melón.

Aquel fue el principio de Herminia, y el final de aquella olla.



Elena
Taller de relato

miércoles, 4 de marzo de 2009

Cuatro Descripciones

1 - Descripción de Objeto

Aquí, en mi mano, este objeto pequeño y alargado parece de lo más inocente; incluso han llegado a añadirle una pinza para que se pueda llevar cómodamente en el bolsillo de la camisa; pero no pocas veces este delgado cilindro de metal, vidrio o plástico se ha esgrimido con furia y son incontables las personas que han resultado heridas por su punta metálica; allá donde se posa esta, brota su sangre azul, que guarda en un cartucho de plástico en su interior. Ha dicho mentiras indelebles e incluso ha sentenciado a muerte. Pero tiene dos filos: también ha servido para crear grandes historias o diseñar maravillas de la técnica y la ingeniería. De su sangre azul emergerán, sin duda, la cura del cáncer, el remedio para el cambio climático y maravillas que aún ni alcanzamos a imaginar. El bien o el mal está en la mano que lo usa.

2 - Descripción de Interior

Cuando llego a mi casa me recibe mi propio reflejo que, al igual que yo, deposita llavero, cartera y monedero sobre la orla de encaje que recubre el pesado mueble de mármol rosado parecido a un altar. A veces, dejo sobres con facturas al lado de los muslos de una impúdica joven de cerámica, de pechos pequeños y duros, que disimula su turbación mirando una flor con la mirada gacha. El móvil suele terminar tras la puerta de cristal a mi izquierda, que me lleva al comedor y a la mesa redonda de madera; ahí le dejo reposar, mientras, con su pajita negra, se alimenta de la pared. Pequeñas estatuillas de lladrò, recuerdos de mi madre, me observan mientras me dirijo al gastado sofá sobre el que esta el mando del televisor. Conecto la tele, sobre la que descansa el aparato de Ono que me permite ver el canal Discovery: el mejor que hay. Lástima que sólo pueda permitirme mirarlo unos pocos minutos, porque ya me levanto para ir al lavabo, con sus viejos grifos para agua caliente y fría, su triple armarito de espejos (donde mi reflejo se afeita cada mañana) y el váter que me alivia. Después del placer, la obligación: tomo la tabla de planchar y la traslado al comedor, donde plancho y veo la tele. Después me dedicaré a prepararme la cena y la comida de mañana y, ya a las tantas, tal vez escriba en el pequeño netbook que me compré hace unas semanas; algo para escritura creativa o narrativa. Yo que sé, lo que más rabia me dé.

3 - Descripción de Exterior

Cuando trabajaba en Diputación, solía bajar por las Ramblas todo lo lejos que me permitiera el escaso tiempo de que disponía, aunque hay que tener huevos para cruzarla por el centro los días que esta llena hasta la bandera; por unos minutos eres un delantero centro esquivando defensas mulatos de metro noventa de envergadura de hombros, para ir a parar contra una hipopótama alemana de piel magenta y sombrerito adornado con una franja de tela con dibujos de margaritas. Evitando por los pelos hundir la cabeza entre sus tetazas, saltas de lado a través de una rendija entre la gente, para casi dejarte los piños contra el asiento de porcelana de un tío de blanco, cagando bajo su bombín. Eso es bueno: quiere decir que te has alejado de los dos locos en bicicleta que te hubieras encontrado algo más arriba.

Aquí la densidad en carne es mayor. No hay más remedio que bajar en procesión aprovechando el efecto arado del culo de una ecuatoriana, siendo contemplado por decenas de loros, conejos, cobayas, jerbos y tarántulas sumergidas en policarbonato, de tal forma, que estás más tentado de huir hacia los melones del mercado de la boquería que a los de alguna guapa vikinga en shorts. Pasando de estatuas de cera, y de que te hagan cien retratos en los que no te reconocerás, tendrás tu premio: una corta visita al Mediterráneo.

4 - Autorretrato

Soy Acuario en el zodiaco, Serpiente en el zodiaco maya y Mono en el chino. No creo en ningún más allá, pero he de reconocer que comparto las características atribuidas a los tres signos. Curiosamente, también soy un Fauno; lo verás si miras mis ojos inquisitivos, juguetones y lascivos, adoradores de la belleza de las ninfas y recubiertos de un barniz castaño. Uso estos ojos para verlo todo, y cuando digo todo, es todo: nada se me escapa, aunque lo parezca. Ellos me dan mi tremenda capacidad de empatía, que me permite adivinar lo que va a decir alguien y cuando lo dirá. Acierto edades, descubro engaños y capto el más sutil movimiento que hagas o dejes de hacer. No me mires mal, lo hago sin poder evitarlo y me gustaría. Mi cara refleja que he tenido bastantes más malos encuentros en la vida de los que suelen tocar de media; pero mi humor es invencible, por mucho que se ennegrezca. Mi mente vive en las nubes, atrapada entre mi imaginación psicópata y mis locos sueños, atada a este mundo por un cuerpo abotargado y peludo que revela mi naturaleza bestial. Como defectos, te diré que puedo ser iracundo y rencoroso, pero la belleza o la amabilidad amansan al demonio que me domina; otra manera de contentarle es mediante sacrificios regulares de historias e ideas nuevas que alimenten su imaginación, por lo que sigo los blogs de alta tecnología y leo fantasía en general y ciencia-ficción (más bien futurista) en particular.

¿Qué me molesta? Las cucarachas y las explosiones de “globitos” de chicle; no necesariamente en ese orden.

Joan Villora Jofré

 

Mi manía de masticar chicle

El primero fue de menta. Ella se llamaba Eva. Compartíamos el frescor y la ingenuidad de la niñez. Fue un beso torpe y breve, pero fue el primero y ese nunca se olvida: nos separó un cambio de escuela.

El siguiente fue de cola. Su nombre era Alba. Estábamos en el preámbulo de la adolescencia. Fue un beso más largo, pero sin cafeína: no tuvo efectos secundarios y nuestra corta relación se quedó dormida, sin poder evitarlo.

Luego vino el de fresa ácida. Ella era Rosa. Yo había empezado a perder la inocencia. Aunque con los años, aprendería que no la había perdido del todo. Aún ahora me pregunto si alguna vez se llega a perder totalmente. Fue un beso afrutado, pero con espinas: el primer desengaño de juventud y el primer golpe a mi Peter Pan.

Un tiempo después, probé el de hierbabuena. Esta vez fue con Lluvia. Me descubrió todo un mundo de placeres prohibidos. Fue un beso casi ecológico. Sin embargo, le pudo su carácter nómada, en un momento en el que yo ya estaba pensando en echar raíces.

Más tarde me atreví con el café. Y conmigo se atrevió Noa. Ya éramos más que adultos. Quizás demasiado y, por eso, el beso me supo a nostalgia y me dejó un regusto amargo. El café hizo el resto y no me dejó dormir durante mucho tiempo: ella prefirió el té y regresó a su país.

Hace poco, ya pasada la supuesta barrera psicológica de los cuarenta, aposté por la clorofila. Una apuesta que, ingenuamente, presumí segura. Fue con Rocío. Era vegetariana. Entonces se estaba poniendo de moda y aún hoy lo está. Fue un beso húmedo, de esos que dejan huella. La huella que yo no fui capaz de dejarle: sus ensaladas y yo no acabamos de congeniar y se buscó a otro con quien compartirlas.

Entre todos ellos hubo otros, pero fueron de esos a los que apenas les dura el sabor.

Ahora mastico uno nuevo, mientras espero quien quiera compartirlo. ¡Ojalá sea el definitivo, porque estoy cansado de tantos sinsabores!

Por Mariano Salvadó (Curso Escritura Creativa)

Reparto

Ahora que vamos a separarnos para siempre, repartamos el único patrimonio que hemos tenido: el baul de nuestros pecados. Para mí la gula, por haber querido empacharme de ti desde que nos conocimos, y la pereza que ha tirado de mi cada vez que he tenido que olvidarte. Para mí la ira incandescente que me asfixiaba, cuando me contabas cómo te trata él, y la tiñosa envidia que me supera, al saber que se lo perdonas todo. Me quedo con la soberbia de haberme creído lo bastante bueno para ti, y con la lujuria que me embriaga, prendiendo en cada parte de mí, cuando te pienso, te veo o te recuerdo. Y para mi también el orgullo de saber que lo he hecho todo para que tuviéramos una vida en común. No me dejo nada atrás, aunque me deje la vida entera. Ya ves que soy un egoista, y me lo quedo todo para mi, así que tampoco tú te dejas nada. La única pega es haber tenido sin tener, haber vivido sin vivir. También me quedo con esa pena para que tú no cargues con ella.


Juanmi, Taller de Escritura Creativa

Síndrome

Si no dolieran tanto, te haría un vestido con mis lágrimas para que supieras qué siento. Pero sería de tela áspera y vasta, hecho de esas ebras que arañan la piel del alma, y nunca te desearé eso. Te haría un abrigo de caricias para este invierno frío que te hacen sentir, o tal vez un paraguas de alegría para la tormenta que soportas cada día. Quizá un traje con seda de suspiros, de mis suspiros, si te valiera para verte hermosa de una vez, y una infusión de abrazos, que calentara las manos ateridas de tu autoestima. Te regalaría un poker de cariño, donde la reina de corazones no se deshiciera en tus manos ni se rompiera en las mias.
Pero un vestido de lágrimas no. Lágrimas nunca. Esas las guardo para tallar una lápida fría y pálida, donde alguien escriba en mi epitafio “Era poeta y se murió de pena”


Juanmi, Taller de Escritura Creativa

martes, 3 de marzo de 2009

Relato in crescendo

Inés y yo nos quedamos hipnotizadas frente a la lavadora un par de minutos. El tiempo justo de ver cómo el paquete de cigarrillos que yo acabo de comprar empieza a disolverse y a mezclarse con todas nuestras camisetas, nuestros pantalones, nuestra ropa interior. En un momento, miles de hebras marrones y papelillos blancos giran y flotan de un lado al otro al ritmo que marca el motor de la máquina.
Inés y yo nos miramos y estallamos en una carcajada.
-Estás fatal-me dice Inés- ¿cómo has metido el paquete de cigarrillos en la lavadora?
-Yo qué sé, se me ha colado-le digo riendo-¿Cómo paramos esto?
-Pues no sé… ¿desenchufamos?-propone Inés.
-Está llena de agua, igualmente no la vamos a poder abrir- le digo mientras muerdo el bocadillo de frankfurt que llevo en la mano, con tan mala fortuna que se me abre por debajo, y me derramo por encima el medio kilo de ketchup que le he puesto.
Estallamos de nuevo en otra carcajada.
-Nena, mejor que te acuestes hoy- me dice Inés
Seguimos las dos plantadas frente a la lavadora observando cómo la masa marrón va creciendo por momentos alimentándose de la espuma y envolviendo por completo una colada que pretendía ser de ropa blanca.
-Qué rabia, el paquete de cigarrillos entero, 4 marcos a la basura.-me lamento- Por cierto, ¿te queda tabaco?
-Dos cigarros. Te pensaba gorrear toda la noche-me confiesa Inés.
-Pues vamos a comprar otro paquete mientras esto termina.
Salimos las dos con lo puesto de la residencia de estudiantes donde vivimos desde hace un mes. Estamos a -5ºC, pero son sólo dos minutos justos lo que se tarda en llegar a la máquina de la esquina, meter 4 marcos y sacar el paquete.
De vuelta en la entrada de la residencia, Inés introduce la llave en la cerradura, pero ésta no entra. Prueba una y otra vez sin éxito. Se pone nerviosa. Como antes del incidente de la lavadora nos hemos bebido un par de copas de vino, achaco a eso su torpeza.
-Anda, déjame a mí.- le digo quitándole las llaves de las manos
Después de varios intentos, la llave sigue sin entrar.
-Scheisse, Scheisse, Scheisse! –maldice Inés tiritando de frío. Es la palabra alemana que más utiliza. Le encanta porque queda mucho más fino que decir mierda, mierda, mierda.
-¿Pues qué hacemos? ¡Aquí no hay ni un puñetero timbre! Pero alguien tiene que estar de guardia, ¿no?-digo yo intentando pensar, aunque el frío y el vino no me lo ponen fácil.
-Vamos a casa de Consuelo-propone Inés
Consuelo es otra Española que vive en Alemania, pero ella desde hace seis años. Consuelo sabe todo lo que hay que saber de la residencia, y lo que no, también. Sabe quién se acuesta con quién, cuándo, en qué habitación, cuántas veces, e incluso si piensan o no repetir. Sabe que la cocinera Tailandesa es lesbiana y sale con la directora del centro, y algunos detalles muy íntimos que yo no necesito saber, pero que por desgracia sé, e involuntariamente recreo en mi mente todas las mañanas al pasar por la cocina a recoger el desayuno.
Consuelo es un ojo que lo ve todo, un oído siempre dispuesto. Y todo a pesar de no vivir en la residencia. Así que ella tiene que saber quién está de guardia hoy, si han cambiado la cerradura, tener llaves nuevas, saber quién las tiene, cómo conseguirlas, lo que sea.
-Vale, vamos a casa de Consuelo-digo yo.
Abrazadas para darnos un poco de calor, llegamos a la portería de Consuelo. Hay luz en su habitación. Sonamos al timbre. No hay reacción. Esperamos por prudencia un minuto. Volvemos a sonar, esta vez varias veces y con fuerza, por si duerme con tapones, lleva auriculares puestos, o está enfrascada en las conversaciones que obtiene con los micrófonos que sospecho tiene distribuidos por toda la residencia. Nada. Consuelo no responde.
-A ver si se ha resbalado en la ducha, se ha caído y se ha desnucado- se me ocurre.
Como aun vamos un poco borrachas, la idea nos da para otro ataque de risa. Pero Inés se pone seria de golpe.
-A ver si le ha pasado algo de verdad y nos estamos riendo aquí abajo. Consuelo no se dejaría nunca la luz encendida sin estar en casa. Además, a mí me ha parecido ver una sombra moverse dentro del piso. Ahí hay alguien. Seguro.
-¡Consuelo! ¡Ábrenos, Consuelo!-empezamos a gritar las dos- Somos nosotras, Natalia e Inés, venga, ¡Ábrenos! ¡Tenemos frío! ¡Nos hemos quedado fuera!- gritamos a pleno pulmón en mitad de la silenciosa noche alemana.
En un impulso veo un pedrusco y me da por lanzárselo a la ventana, pero con mi mala puntería le doy a la del vecino. Por suerte no le rompo los cristales, pero supongo que le despierto, más que nada por la manera en que se asoma y nos insulta en el gutural idioma que aun no comprendemos.
Consuelo sigue sin reaccionar, y nosotras empezamos a montarnos películas.
-Igual la compañera de piso se la ha cargado por los rumores que lanzó sobre ella y aquel perro -conjetura Inés.
-Podríamos intentar subir por el lavadero, ¿no?-propongo yo- si tú te agachas, y yo me subo encima de ti, creo que puedo llegar hasta la barandilla, por lo menos para mirar que no esté tirada en el suelo encima de un charco de sangre.
-Buena idea.
Inés se agacha y yo me subo de pie en su espalda. Me quedo colgada en la barandilla. De repente, detrás nuestro, una voz masculina nos grita algo en alemán. Es la Policía Alemana. Seguro que los ha llamado el vecino del pedrusco. Me suelto de la barandilla con la intención de explicarle al señor agente lo que nos ha ocurrido.
El policía nos mira con cara de pocos amigos. No habla inglés. Vamos mal, porque me voy a tener que apañar con el poco alemán que sé.
Con la mejor de mis sonrisas, le intento explicar que nos hemos quedado fuera de la residencia, que tenemos mucho frío y que sospechamos que algo le puede haber pasado a nuestra amiga, porque no nos abre la puerta, a pesar de que la luz está encendida y creemos que hay alguien en la casa. En realidad no sé exactamente qué es lo que le he dicho, pero el policía me grita algo relacionado con el coche. Yo entiendo que nos podemos introducir en él, y animo a Inés a que haga lo mismo. De repente el agente me agarra y me planta con los brazos y las piernas abiertas contra el coche. Empieza a cachearme. Cuando termina conmigo, empieza con Inés. Finalizado el proceso, nos esposa y nos introduce dentro del coche. Las dos seguimos temblando, pero ahora de miedo, no de frío.
En un momento llegan dos coches patrulla a la zona. El primer policía me saca del coche y me pide que le acompañe. El sonido de las sirenas de la policía ha despertado ya a todos los vecinos a los que todavía no habíamos despertado nosotras, que se asoman por las ventanas para ver qué ha pasado. Entro en el portal seguida por varios policías. Después de llamar varias veces al timbre de la casa de Consuelo, tiran la puerta abajo.
A simple vista no hay nadie en la casa, pero la música está puesta, en una mesa hay dos copas de vino, y toda la estancia está revuelta. Algunos objetos están tirados por el suelo, junto con algunas prendas femeninas. Parece que hayan estado luchando en la habitación.
Un policía que habla inglés me exige que le explique dónde he dejado el cadáver. Le insisto en que yo no sé nada de ningún cadáver. El tipo insiste en preguntar qué hacía yo colgada del lavadero, con la camiseta manchada de sangre. Le explico que no es sangre, es ketchup. Me pregunta que porqué he dicho que en este piso hay una muerta. Le explico mis dificultades con el idioma.
A lo lejos, una nueva sirena rompe el silencio de la noche. Parecen los bomberos.
Los policías siguen registrando el piso. La sirena se escucha cada vez más cerca. Los policías reciben un aviso por radio y se asoman a la ventana. En ese momento, entra en la casa de Consuelo la directora de la residencia, Frau Müller, presa del pánico, acompañada por Isabel, otra Española que vive en la residencia, casi tan cotilla como Consuelo. Mientras la directora con lágrimas en los ojos habla con los policías, Isabel me explica.
-¡La residencia… se está quemando! –resopla varias veces para coger aliento
-¿Qué ha pasado?- pregunto yo
-No sé, pero parece que la cosa ha empezado en el sótano, donde las lavadoras -explica Isabel atropelladamente- Se ha inundado todo, lo que ha provocado un corto circuito, que ha afectado directamente a la habitación de la cocinera Tailandesa. A Frau Müller le ha dado un ataque de nervios, y veníamos a ver si Consuelo sabe dónde está la cocinera, pues en la residencia no aparece.
De repente, Isabel parece darse cuenta por fin de la existencia de los policías, y de que voy esposada.
-¿Pero qué pasa aquí? ¿Dónde está Consuelo?-pregunta desconcertada
En ese momento, el único policía que seguía registrando el piso, abre el enorme armario ropero de Consuelo, y delante nuestro aparecen completamente desnudas Consuelo y Ching Guan, la cocinera Tailandesa, tapándose con las manos las vergüenzas, delante de todos los presentes, que somos muchos.
Los policías ayudan a salir a las dos chicas del armario sin quitarles el ojo de encima con una sonrisilla viciosa en la cara. Consuelo me mira con cara de odio. Frau Müller grita y abofetea a Ching Guan, mientras Isabel se regocija pensando en las horas de conversación que tiene por delante.
A mi me quitan las esposas, y bajo a reunirme con Inés, que sigue en el coche de policía. Le explico lo que ha pasado.
-Deberíamos dejar de fumar- me dice Inés.
-Algún día- le respondo yo.

Sonia Ramírez

lunes, 2 de marzo de 2009

El Vecino

Se despertó sobresaltado por el sonido de los cristales rotos. Tomó su bata, buscó a tientas las zapatillas y se preparó para salir de la habitación. No quiso encender las luces, seguro de que había alguien afuera, esperándolo. Se detuvo en el umbral de la puerta y escuchó, con la respiración acelerada, el silencio profundo que había seguido al estruendo anterior. El corazón le latía con tal fuerza que no le permitía pensar. Estaba convencido de que alguien lo observaba y, aunque la casa estuviera en penumbras, el ruido de sus latidos habría ya delatado claramente su presencia. Permaneció allí unos minutos – o tal vez más – hasta que sus piernas empezaron a cansarse y tuvo que sentarse. Al hacerlo, sintió los trozos de vidrio en el suelo que le cortaron el pijama y se clavaron en sus piernas. Tuvo que apretar los dientes para ahogar el gemido que estuvo a punto de soltar. Eso, sin duda, hubiese sido fatídico. Por unos segundos se enorgulleció del control que era capaz de ejercer sobre sí mismo. Y pensar que todos los consideraban un cobarde de voluntad dudosa. Si lo vieran ahora, callado, aguantando el dolor punzante… El aire se había vuelto frío. Pensó en levantarse a buscar un abrigo pero la oscuridad lo intimidó. Se preguntaba por qué no escuchaba nada. Seguramente su adversario estaría sentado en silencio, esperando a que él cometiera algún error. Pero eso no sucedería. No esta vez.

Sus ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad. Podía ahora distinguir las sombras de todos los objetos que había en su habitación. Nada parecía moverse, ni siquiera el aire. Sintió la sangre correr por sus piernas y entonces recordó el ruido. Había supuesto que se trataba de una ventana pero, de ser así ¿por qué había vidrios en su habitación? Ésta no tenía ventanas – eso hubiese sido un descuido imperdonable – y él era demasiado astuto como para dormir expuesto al mundo exterior. Sobre todo después que se mudara aquel hombre al apartamento contiguo. “Claro”, pensó, “es el vecino neurótico quien ha entrado a mi casa”. Hacía meses que Roberto intentaba entrar con pretextos fútiles. Primero pidió un poco de azúcar, luego unos huevos, llegó, incluso, a pedir el teléfono con la excusa de que el suyo no funcionaba. Menos mal que él, con su inteligencia inigualable, había comprado uno inalámbrico y pudo pasárselo a través de los barrotes de la puerta. Deseó entonces haber llamado a la policía cuando lo pensó por primera vez. Era ahora demasiado tarde. Ya había entrado y estaba esperándolo en algún lugar del pequeño apartamento. ¿Qué querría? ¡Qué pregunta tan tonta! Matarlo, sin duda… pero no lo lograría. Ya lo habían intentado tantos otros sin éxito. Él era mucho más listo que todos, aunque el mundo lo considerara un mequetrefe. Sin embargo, éste nuevo adversario tenía mérito. Hacía horas que lo acechaba en silencio, en el más absoluto silencio.

El dolor de las cortadas comenzó a hacerse insoportable. Los vidrios se habían clavado profundamente en su piel. Los vidrios, la ventana, el ruido. Volvió a pensar en el ruido. Si los vidrios estaban en el piso de su cuarto entonces… entonces era evidente que también debía estarlo su vecino. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo había perdido tanto tiempo sentado allí al lado de su asesino? Los latidos se aceleraron de nuevo, un terror helado le recorrió el cuerpo. Trató de levantarse de prisa mas las piernas, debilitadas por las heridas, no lo sostenían. Intentó buscar algo en qué apoyarse pero no lograba ver bien a causa de la oscuridad. Extendió los brazos y sintió un poste que parecía sólido. Se aferró a él con fuerza y comenzó a impulsarse hacia arriba. Entonces escuchó nuevamente un ruido ensordecedor y sintió el cuerpo fornido de su vecino caer sobre él. Lo invadió un temor intenso. El mismo temor en el que había vivido toda su vida, un temor paralizante que le había impedido salvarse. Sonrió, sin embargo, al darse que cuenta que sentía, por vez final, esa humillante sensación. Respiró hondo y se resignó. Esta vez el enviado de la muerte había logrado cumplir su misión.

A la mañana siguiente llegaron los bomberos. Tardaron varias horas en cortar la reja de hierro que bloqueaba la puerta del apartamento. Cuando finalmente pudieron entrar lo encontraron tirado en el suelo, debajo de una silla caída y tendido sobre los vidrios de un vaso roto. El forense determinó que había muerto de un infarto. Explicó que, seguramente, había intentado levantarse al sentir el dolor, tirando al suelo el vaso que estaba en su mesita de luz y tropezando con la silla antes de caer.

Como no tenía familia, Roberto ofreció ocuparse de todo. Tomó el dinero que el viejo escondía en el armario, pagó el entierro y guardó el resto para él. Después de todo, se lo merecía por haberlo aguantado durante tantos años. Un par de semanas más tarde decidió mudarse. Alquiló un apartamento en otro edificio de ancianos. A nadie le llamó la atención que no tuviera equipaje, tan sólo un vaso y una silla.

Paula Martínez Streignard

domingo, 1 de marzo de 2009

MÚLTIPLOS

La carnicería parece el escenario de una peli gore. Los azulejos blancos, el suelo, todo está lleno de sangre… El que le hacía los recados al bar del Justo está colgado de un gancho por el pescuezo, con un hacha sobresaliéndole de la cabeza y una mirada de asombro que le hace parecer hasta cómico. La señora Consuelo, la bruja gorda que siempre llegaba gritando y con malas formas, está tirada en el suelo con las piernas dobladas como si fuera una muñeca de trapo, la falda subida hasta los muslos, le falta un brazo y tiene un cuchillo de carnicero clavado en el estómago, justo donde tiene apoyada la mano del brazo que todavía está pegado a su cuerpo. Ojos muy abiertos. Tiene algo en la boca. Parecen dedos… Los dedos de la mano que pertenece al brazo ausente…

Manuel sonríe, afilando con sus grandes manazas dos enormes cuchillos, mientras visualiza esta escena. Pero la puerta de la carnicería se abre y Manuel empieza a contar… 5, 10, 15, 20, 25…. Cuando se pone nervioso Manuel cuenta. Múltiplos de 5. Siempre lo hace. Desde que era pequeño, después de que le hiciera mucho daño a aquél niño que siempre se reía de él. Tanto daño que al niño lo mandaron al hospital y a Manuel le echaron del colegio. Y su tío, el hermano de su madre, el tío borracho que nadie quería excepto Manuel, le dio un día un consejo: “Manolín, cuenta. Que la vida se te pone chunga: cuenta; que alguien te pone nervioso: cuenta; que tienes ganas de estrangular a alguien: cuenta. Cuenta y respira, al final se te pasa, ya verás”. Y desde entonces, Manuel cuenta. Al principio, cuando era pequeño, lo hacía en voz alta, pero después de recibir varios cachetes de su madre, decidió hacerlo mentalmente. Múltiplos de 5. Es más entretenido. Una vez llegó al 7825.

…30, 35, 40, 45, 50, 55… Manuel ha empezado a contar porque ha llegado la señora Consuelo, una de las víctimas de sus sueños gore. Y no está su madre. Está él solo en la carnicería. Y tiene que atender a la señora Consuelo que es una mala víbora. “A ver Manuel, que es para hoy, que tengo la lavadora puesta y la comida en el fuego…” y susurrando entre dientes lo suficientemente alto para que el resto de clientes que acaba de entrar lo oiga: “Es que hay que ver qué cabeza de chorlito tiene este chico, porque vamos, si le pido pechugas, quiero pechugas, pero es que no se entera de nada… tan tonto como su tío el borracho”…. 60, 65, 70, 75, 80… Manuel calla y cuenta mientras hábilmente deshuesa, parte y prepara lo que le pide la arpía de la Consuelo. Para Manuel un día bueno es cuando no tiene que contar más de un par de veces, y sobre todo es bueno, cuando, aunque cuente, no pasa de 50. Hoy las cosas no van bien. Después de la Consuelo ha llegado el del bar del Justo, su segunda víctima imaginaria favorita, un niñato. “¿Qué pasa chaval? ¿cortando la pana, eh?” y se ríe, soltando una estruendosa carcajada. 5, 10, 15, 20, 25… “Pos venga Manolín, me vas a poner lo de siempre, y esta vez hazlo bien hombre, a ver si te funciona la neurona esa que te queda dentro de la cabezota”… 30, 35, 40, 45…

Mientras atiende al del bar, entra una chica que no conoce, no es guapa, pero tampoco fea, parece tímida, lleva un abrigo largo y un gorro de lana por donde sobresalen algunos mechones pelirrojos. Manuel, con el cuchillo carnicero en mano, para un momento y la mira. “Me parto, me parto, me parto… ¿qué pasa Manolín? ¿te ha gustao la señorita?” suelta el del bar Justo a voz en grito. La chica enrojece incómoda y Manuel también enrojece, pero de ira… 50, 55, 60, 65, 73… ¡73! Nunca, nunca en la vida se ha equivocado Manuel contando múltiplos de 5. Y ahí es cuando pierde el control. Ahí es cuando se le nubla la vista. Ahí es cuando sale de detrás del mostrador de la carnicería con su delantal verde de rayas y se dirige con el cuchillo carnicero y paso firme hacía el del bar de Justo dispuesto a cumplir sus sueños de carne, sangre y vísceras. Y este retrocede horrorizado hasta un extremo de la pequeña carnicería murmurando algo que Manuel no entiende porque es como si se hubiera quedado sordo. Acorrala al del bar en una esquina, contra los azulejos blancos y cuando está preparado a clavarle el cuchillo en la frente escucha algo a sus espaldas: 3, 6, 9, 12, 15… La chica del abrigo largo se ha sentado en el suelo, abrazando sus rodillas y se balancea mientras cuenta múltiplos de 3. Y Manuel deja caer el cuchillo al suelo. Se acerca a la chica. Se sienta a su lado y sonríe. El del bar sale pitando por la puerta, pero Manuel solo tiene ojos para esa chica que le mira asustada. “5, 10, 15, 20, 25…” esta vez Manuel, por primera vez en mucho tiempo, cuenta en alto. Los dos sonríen mientras se ayudan mutuamente a levantarse del suelo.

T. Vaquerizo