LA DELGADA LÍNEA.
Se me heló el aliento. Me faltaba la respiración o probablemente olvidé respirar. Un sudor frío me empapó la nuca. Los latidos del corazón bombardeaban en mi cabeza, no sé si cerré los ojos o la luz blanca y fría del techo me cegó. Se me encogió el alma. No era este el final, no podía terminar así un día en que las circunstancias se habían confabulado contra mi. La secuencia retrospectiva de los hechos se atropellaron en mi mente. En un segundo todo había cambiado, me entró pánico. Me derrumbé.
El accidente había precipitado el momento. Cuatro coches por delante, frenaron bruscamente para no atropellar a un perro que, inconscientemente, quería cruzar los cuatro carriles de la autovía en una excursión suicida. El frenazo fue tan violento que no se pudo evitar la colisión.
La gente se arremolinaba alrededor del coche, intentaban tranquilizarme del tremendo susto, estaba mareada y sentía nauseas, me asaltaron a preguntas sin respuesta. Sólo pensaba en el maldito momento en que decidí coger el coche en lugar del autobús, rogando que ese error no le costara la vida a mi hijo, no me lo perdonaría nunca, tan solo le faltaban tres semanas para nacer y me notaba mojada.
-Respire profunda y lentamente, me dijo el sanitario cuando llegó, al ver que mi piel estaba muy pálida y sudorosa, mientras me miraba el volumen de mi panza preocupado. ¿Se encuentra mal? ¿siente muchas molestias?. Lo que sentía no era dolor, sino miedo y mucha culpa. Que no le pase nada a mi hijo, que no le pase nada, me repetía una y otra vez.
El sonido de las sirenas de fondo no me ayudaba a tranquilizarme, al contrario, me aceleraba más, parecía que llegábamos muy tarde a algo demasiado importante. El conductor, con sus improperios a los vehículos impasibles al paso de la ambulancia, mantenía en alerta mis sentidos, era imposible abstraerse de la conducción y en cada curva me atormentaba la convicción de que, si continuaba derrapando de aquella manera, mi hijo nacería en carrera.
La ambulancia se detuvo y sacaron la camilla, que rápidamente se dirigió por el pasillo hacia el paritorio para la primera exploración de la situación. Yo me sujetaba fuertemente a mi barriga.
-Ya está aquí,- dijo después de comprobar que el niño iba a nacer en pocos minutos. Todo irá bien.
No pude evitar un espasmo y tragar saliva. Olvidaría el accidente porque ya estaba preparada para traerle al mundo y no quería perder ni un detalle de lo que iba a suceder, deseaba retenerlo todo, cada imagen, cada olor, cada sonido, cada emoción. Lo cierto es que no me lo esperaba así. Dos empujones y su cabecita rápidamente asomaba a este mundo, pronto vería su carita. Me estaba emocionando. Enseguida acabaría todo, menuda mañanita, al fin y al cabo era un día perfecto para nacer. Un esfuerzo más y.....
No sigas -me indicó el médico-, viene con vuelta.
En ese instante por mi mente pasaron pensamientos torpes y confusos, por experiencia ya mi vida estaba plagada de situaciones en las que si existía una posibilidad de que algo saliera mal, se cumplía inexorablemente. Siempre cargando con la culpa y el miedo de tomar la decisión errónea. Rompí a llorar por mi desdicha cuando sentí que me cogían una mano y la ponían sobre algo caliente. Levanté la cabeza hacia mi pecho y allí estaba lo mejor que yo había hecho jamás, una vida. Lloré de felicidad, de alegría, de alivio. La emoción y la tensión acumuladas me impedían hablar. Apenas transcurrieron unos segundos, una maniobra rápida y certera y su cuello quedaba libre del cordón umbilical que caprichosamente se le había enrollado. Ese tiempo me pareció eterno. Como si estuvieras viendo una película a cámara lenta y deseas que no te esté sucediendo, que no sea verdad.
Permanecí toda la noche en vela, comprobando que respiraba, dormía tan plácidamente que me inquietaba, no dejé de mirar aquella carita de ángel que asomaba tímidamente entre el muletón. Durante la vigilia mis sentimientos eran contradictorios, iban de los nervios del accidente a la alegría de tenerle allí, pasando por el miedo y la tristeza de poder perderle. Imposible olvidar este día.
Qué línea tan delgada hay entre la dicha y la tristeza, la risa y el llanto, la vida y la muerte. Qué es lo que determina que estés a un lado o a otro de esa línea, qué decide que sea el momento más feliz o el más amargo. En un instante todo puede cambiar. Qué suerte hay que tener en la vida para que te toque a este lado y no al otro. Que suerte la mía, me repito, cada vez que le abrazo.
Marien.
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sábado, 7 de marzo de 2009
viernes, 27 de febrero de 2009
El ladrón
Mar Solana
Haciendo gala de una presteza inaudita en ella, planeó. Más bien levitó, si uno lo observaba desde lejos, durante apenas unas décimas de segundo sobre los cuatro escalones metálicos del autobús. Se abalanzó sobre aquel que creía su presa. Cogiéndole por las curtidas solapas de lo que parecía un abrigo de piel, le espetó─: ¡devuélveme lo que me has quitado en el autobús, desgraciado!─ Algunas personas que pasaban por allí, las que esperaban en la parada y todas las que iban apeándose del autobús, se arremolinaron, expectantes, alrededor de la extraña y a la vez, cómica pareja.Era una mujer muy joven, delgada como el tallo de una flor. Tenía el pelo castaño con irisaciones de color granate. Su mirada, perdida y vidriosa, se enfocaba a través de unos ojos verdes que con la indolencia que pesa sobre una vida plagada de pesar y despropósitos, se habían negado ya a refulgir. ─ ¡Qué me des ahora mismo lo que me has quitado, sé que has sido tú, ibas a mi lado sin perder un detalle sobre mí durante todo el viaje!─ le volvió a interpelar con exasperación y sin dejar de zarandearle─. Sintió, a pesar de la presión de sus puños contrariados, apretados en las solapas del interfecto, la suavidad característica de una buena piel y pensó: “¡Guau!, ¡menudo abriguito para un chorizo de poca monta…creo que aquí algo no va bien!”Mientras, un viscoso hilillo de baba se deslizaba, patético, por una de las comisuras del zarandeado. Con la lengua extendida fuera de la boca cual persiana granate y gelatinosa, jadeaba sin descanso. Sus grandes fauces exhalaban un aliento espeso y pútrido. Unos ojos negros como el carbón y redondos como pelotas se clavaron suplicantes en los de ella. Intentó zafarse de aquellos puños iracundos haciendo unos extraños aspavientos con unos delgados y peludos brazos. Los movía sin control alguno, a modo de convulsiones desesperadas. Una especie de gruñido lastimero se escapó de su boca como única respuesta hasta el momento.─No me vas a dar lo que me has quitado, ¿verdad?─ le dijo un poco más calmada, pero sin soltar aún aquellas peludas y extrañas solapas─ ¿Estás jugando conmigo?, ¿acaso me estás suplicando? ¡Maldita sea, dime algo, aunque sea para mentirme o para defender tu estima, si es que tú tienes de eso!Las personas que habían cerrado el círculo a modo de improvisados espectadores callejeros, se reían y se dedicaban unos a otros miradas cómplices y burlonas. Cuchicheaban entre sí, juntaban sus palmas como en un aplauso sin terminar y volvían su atención y sus miradas, de nuevo, hacia ese extraño y divertido incidente callejero.De repente, alguien se precipitó hacía el círculo haciendo aspavientos y profiriendo imprecaciones. Era una mujer de algo más de cincuenta años, de formas compactas y con el pelo color ceniza. Estaba furiosa. En su mano derecha llevaba algo que se asemejaba a una correa y que movía en el aire al mismo tiempo que gesticulaba impetuosamente, casi hasta el paroxismo y gritaba─: ¡pero que hace esta chalada, seguro que está borracha! ¿Qué mierda es esta?─ vociferó la mujer a medida que se iba acercando, abriéndose paso entre los curiosos.─ ¡Eh, abuela, sin insultar, menuda boca y vaya ejemplo! Sólo estoy reclamando lo que es mío, ¿vale?─ dijo ella alargando un poco la última vocal en un intento de resultar irónica, o tal vez sensata. Aunque en realidad estaba muy frustrada y enormemente contrariada con todo aquello. Su cartera seguía sin aparecer.─ ¿Y cree usted, señorita, que puede reclamar lo que es suyo a un pobre perro? ¡Vamos, déjelo en paz de una vez, está usted sonada amiga!, ¿no ve que a pesar de su tamaño ha conseguido asustarlo?─ y suavemente cogió a su perro, le enganchó de nuevo la correa al cuello, no sin antes dedicarle unas palabras cariñosas y unos mimos para intentar calmar al pobre animal, un Dogo alemán que parecía de lo más pacífico y entrañable. Un Gran Danés, ahora asustado y huidizo. La mujer, visiblemente más calmada, se alejó de allí con un perro ahora cabizbajo y de caminar incierto. El resto de público que se había congregado allí para disfrutar de aquella súbita pantomima, fue también abriendo el círculo y despejando aquel lugar de humos reconcentrados y ruidos estridentes. Algunos se llevaban su dedo índice a la sien y lo giraban. Otros fruncían los labios y entrecerraban sus ojos en un gesto que contenía desdén y lástima, al mismo tiempo, por aquella joven.
Ella titubeó y dirigió a su público una mirada huidiza, tímida y avergonzada, sin dar crédito o entender todavía lo que le acababa de suceder. Intentó dar alguna clase de explicación a los que todavía se encontraban por allí, pero sus labios y su mente sólo alcanzaron a proferir unas frases entrecortadas e inconexas.
“En este mundo tan extraño que entre todos estamos ayudando a construir ya nada es lo que parece y todo parece nada. Tranquilizantes y alcohol: ¡menudo cóctel funesto!” pensó mientras se alejaba de allí, mareada y confusa, como si acabara de despertar de un sueño. Ignoraba que su monedero se encontraba en el bolsillo derecho de sus gastados y descoloridos pantalones vaqueros.
Villalba, 26 de febrero de 2009.
Mar Solana
Haciendo gala de una presteza inaudita en ella, planeó. Más bien levitó, si uno lo observaba desde lejos, durante apenas unas décimas de segundo sobre los cuatro escalones metálicos del autobús. Se abalanzó sobre aquel que creía su presa. Cogiéndole por las curtidas solapas de lo que parecía un abrigo de piel, le espetó─: ¡devuélveme lo que me has quitado en el autobús, desgraciado!─ Algunas personas que pasaban por allí, las que esperaban en la parada y todas las que iban apeándose del autobús, se arremolinaron, expectantes, alrededor de la extraña y a la vez, cómica pareja.Era una mujer muy joven, delgada como el tallo de una flor. Tenía el pelo castaño con irisaciones de color granate. Su mirada, perdida y vidriosa, se enfocaba a través de unos ojos verdes que con la indolencia que pesa sobre una vida plagada de pesar y despropósitos, se habían negado ya a refulgir. ─ ¡Qué me des ahora mismo lo que me has quitado, sé que has sido tú, ibas a mi lado sin perder un detalle sobre mí durante todo el viaje!─ le volvió a interpelar con exasperación y sin dejar de zarandearle─. Sintió, a pesar de la presión de sus puños contrariados, apretados en las solapas del interfecto, la suavidad característica de una buena piel y pensó: “¡Guau!, ¡menudo abriguito para un chorizo de poca monta…creo que aquí algo no va bien!”Mientras, un viscoso hilillo de baba se deslizaba, patético, por una de las comisuras del zarandeado. Con la lengua extendida fuera de la boca cual persiana granate y gelatinosa, jadeaba sin descanso. Sus grandes fauces exhalaban un aliento espeso y pútrido. Unos ojos negros como el carbón y redondos como pelotas se clavaron suplicantes en los de ella. Intentó zafarse de aquellos puños iracundos haciendo unos extraños aspavientos con unos delgados y peludos brazos. Los movía sin control alguno, a modo de convulsiones desesperadas. Una especie de gruñido lastimero se escapó de su boca como única respuesta hasta el momento.─No me vas a dar lo que me has quitado, ¿verdad?─ le dijo un poco más calmada, pero sin soltar aún aquellas peludas y extrañas solapas─ ¿Estás jugando conmigo?, ¿acaso me estás suplicando? ¡Maldita sea, dime algo, aunque sea para mentirme o para defender tu estima, si es que tú tienes de eso!Las personas que habían cerrado el círculo a modo de improvisados espectadores callejeros, se reían y se dedicaban unos a otros miradas cómplices y burlonas. Cuchicheaban entre sí, juntaban sus palmas como en un aplauso sin terminar y volvían su atención y sus miradas, de nuevo, hacia ese extraño y divertido incidente callejero.De repente, alguien se precipitó hacía el círculo haciendo aspavientos y profiriendo imprecaciones. Era una mujer de algo más de cincuenta años, de formas compactas y con el pelo color ceniza. Estaba furiosa. En su mano derecha llevaba algo que se asemejaba a una correa y que movía en el aire al mismo tiempo que gesticulaba impetuosamente, casi hasta el paroxismo y gritaba─: ¡pero que hace esta chalada, seguro que está borracha! ¿Qué mierda es esta?─ vociferó la mujer a medida que se iba acercando, abriéndose paso entre los curiosos.─ ¡Eh, abuela, sin insultar, menuda boca y vaya ejemplo! Sólo estoy reclamando lo que es mío, ¿vale?─ dijo ella alargando un poco la última vocal en un intento de resultar irónica, o tal vez sensata. Aunque en realidad estaba muy frustrada y enormemente contrariada con todo aquello. Su cartera seguía sin aparecer.─ ¿Y cree usted, señorita, que puede reclamar lo que es suyo a un pobre perro? ¡Vamos, déjelo en paz de una vez, está usted sonada amiga!, ¿no ve que a pesar de su tamaño ha conseguido asustarlo?─ y suavemente cogió a su perro, le enganchó de nuevo la correa al cuello, no sin antes dedicarle unas palabras cariñosas y unos mimos para intentar calmar al pobre animal, un Dogo alemán que parecía de lo más pacífico y entrañable. Un Gran Danés, ahora asustado y huidizo. La mujer, visiblemente más calmada, se alejó de allí con un perro ahora cabizbajo y de caminar incierto. El resto de público que se había congregado allí para disfrutar de aquella súbita pantomima, fue también abriendo el círculo y despejando aquel lugar de humos reconcentrados y ruidos estridentes. Algunos se llevaban su dedo índice a la sien y lo giraban. Otros fruncían los labios y entrecerraban sus ojos en un gesto que contenía desdén y lástima, al mismo tiempo, por aquella joven.
Ella titubeó y dirigió a su público una mirada huidiza, tímida y avergonzada, sin dar crédito o entender todavía lo que le acababa de suceder. Intentó dar alguna clase de explicación a los que todavía se encontraban por allí, pero sus labios y su mente sólo alcanzaron a proferir unas frases entrecortadas e inconexas.
“En este mundo tan extraño que entre todos estamos ayudando a construir ya nada es lo que parece y todo parece nada. Tranquilizantes y alcohol: ¡menudo cóctel funesto!” pensó mientras se alejaba de allí, mareada y confusa, como si acabara de despertar de un sueño. Ignoraba que su monedero se encontraba en el bolsillo derecho de sus gastados y descoloridos pantalones vaqueros.
Villalba, 26 de febrero de 2009.
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