El primero fue de menta. Ella se llamaba Eva. Compartíamos el frescor y la ingenuidad de la niñez. Fue un beso torpe y breve, pero fue el primero y ese nunca se olvida: nos separó un cambio de escuela.
El siguiente fue de cola. Su nombre era Alba. Estábamos en el preámbulo de la adolescencia. Fue un beso más largo, pero sin cafeína: no tuvo efectos secundarios y nuestra corta relación se quedó dormida, sin poder evitarlo.
Luego vino el de fresa ácida. Ella era Rosa. Yo había empezado a perder la inocencia. Aunque con los años, aprendería que no la había perdido del todo. Aún ahora me pregunto si alguna vez se llega a perder totalmente. Fue un beso afrutado, pero con espinas: el primer desengaño de juventud y el primer golpe a mi Peter Pan.
Un tiempo después, probé el de hierbabuena. Esta vez fue con Lluvia. Me descubrió todo un mundo de placeres prohibidos. Fue un beso casi ecológico. Sin embargo, le pudo su carácter nómada, en un momento en el que yo ya estaba pensando en echar raíces.
Más tarde me atreví con el café. Y conmigo se atrevió Noa. Ya éramos más que adultos. Quizás demasiado y, por eso, el beso me supo a nostalgia y me dejó un regusto amargo. El café hizo el resto y no me dejó dormir durante mucho tiempo: ella prefirió el té y regresó a su país.
Hace poco, ya pasada la supuesta barrera psicológica de los cuarenta, aposté por la clorofila. Una apuesta que, ingenuamente, presumí segura. Fue con Rocío. Era vegetariana. Entonces se estaba poniendo de moda y aún hoy lo está. Fue un beso húmedo, de esos que dejan huella. La huella que yo no fui capaz de dejarle: sus ensaladas y yo no acabamos de congeniar y se buscó a otro con quien compartirlas.
Entre todos ellos hubo otros, pero fueron de esos a los que apenas les dura el sabor.
Ahora mastico uno nuevo, mientras espero quien quiera compartirlo. ¡Ojalá sea el definitivo, porque estoy cansado de tantos sinsabores!
Por Mariano Salvadó (Curso Escritura Creativa)