sábado, 28 de marzo de 2009

El azul de mis venas

La llama azulada del fogón es de un fuego tan frío como mi sangre. Hoy se cumple una semana desde que enterré a mi hijo; pero él no lo ha mencionado ni una sola vez.

—¡Paloma! ¿Dónde está mi café? —grita mi marido, Fermín, levantando la voz entre los últimos compases del “Cara al Sol” de la radio. Hoy es el vigésimo aniversario del alzamiento nacional.

Saco la cafetera del fuego y lleno una taza; la pongo en una bandeja, “como tiene que ser”, y salgo de la cocina, no sin antes verme reflejada en las ollas. ¿Desde cuando soy esa vieja gruesa y ojerosa?

—¡Paloma! —vuelve a gritar Fermín, fustigándome con su voz.

Lo único que recibí de él fue mi hijo, Pablo. Y me lo ha quitado.

Cuando llego a la terraza, sólo me saludan los trinos de las golondrinas. El viejo esta sentado junto a la mesa redonda de mimbre: encorvado, ceñudo y con la mirada clavada en el periódico.

Se ha puesto su odioso uniforme de la falange.

—Ya era hora. ¡Siempre tan lenta para todo! —dice, chasqueando la lengua en señal de disgusto.

—¿Porqué te has puesto el uniforme?

—¡Por que el azul de esta camisa corre por mis venas! Ya lo sabes.

Ese azul, ese veneno, no es el único que corre por sus venas; el mío está en el aire que le envuelve, en el mismo cielo, en el mar que se ve y oye desde la terraza.

Mirando las arrugas que se le marcan en las mejillas de su rostro enjuto, me pregunto que vi en aquel hombre bajo y de bigotito ridículo. Como cada tarde, toma la bandeja y ni me mira.

Pero hoy el timbre de la puerta me deja helada.

—Buenas tardes, señora Pardo. ¿Como se encuentra?

El fornido joven de elegante traje a rayas que me sonríe en el umbral es Alberto, el niñito rubio de grandes ojos claros que me pedía caramelos cuando yo aún trabajaba en la farmacia de su familia. Apenas un año antes, había regresado de la ciudad con la carrera de medicina terminada y el deseo de conservar el negocio familiar a la muerte de su padre. Mi marido le admiraba por ello: incluso le sugirió que tomara a Pablo como dependiente “para hacer de él un hombre de provecho”. Fue el fuerte brazo del joven el que me sostuvo en el entierro; sus ojos los que lloraron a mi hijo, mientras Fermín evitaba asistir fingiendo estar enfermo.

¿Cómo cerrarle la puerta, a pesar de todo?

—Ya lo ve. Vamos tirando ¿Qué otra cosa podemos hacer? pase, no se quede en la puerta —digo, mientras me muerdo los labios, le cojo del brazo y le guío por el estrecho pasillo hasta la terraza.

Mi marido nunca ha sido amante de las visitas; pero un cierto servilismo le obliga a bajar el volumen de la radio y levantarse a recibir al antiguo jefe de su hijo.

—Siento que no pudiera asistir al entierro. Quería darle mi pésame personalmente —le dice el joven, estrechándole la mano.

—Muchas gracias —responde Fermín, en un susurro.

—Fue un buen trabajador. Nunca me dio un motivo de queja. Aunque entiendo que trabajar en una farmacia no podía compararse con su sueño de ser pintor. Tenía una gran sensibilidad.

Ante la sorpresa de Alberto, la cara de mi marido se torna roja en un instante.

—¿Sensible? ¿Qué insinúa con sensible? ¡Un hijo mío… nunca! ¡Antes…!

No puedo contenerme.

—¡Antes muerto! ¿Verdad? —grito fuera de mí— ¡Desde que viste sus dibujos ya no podías seguir engañándote! ¡Esas fuertes manos que parecían salir del papel, esas espaldas de músculos tensos y vivos!

—¡Calla desgraciada!¡No estamos solos!

—Él jamás te hubiera alzado la mano; pero tú casi lo matas de la paliza. Le humillaste, le dijiste que no volviera hasta que te demostrara que tenía sangre en las venas. ¡Le mataste!

Mi marido aún tiene las fuerzas suficientes como para tirarme al suelo de una bofetada.

—¿Fue el día que le encontró muerto en la bañera? ¿Fue ese día?—exclama Alberto, mirándome y agarrando a Fermín por la camisa.

Asentí. Cuando le encontré, el cuerpo desnudo y frío de Pablo se reflejaba en las baldosas, ya por siempre azules: se había cortado las venas con la navaja de afeitar de su padre.

En aquel momento morí y el azul entró en mi carcasa reseca, ya vacía y helada.

—¡Hijo de puta! ¡Desgraciado! Debería…

Alberto calla. Ha visto los dedos de Fermín, cuyas uñas azuladas me delatan ¿Habrá comprendido el propósito real del cianuro que le pedí? Ya todo me da igual, no me importa que se sepa que ahora que mi hijo había perdido su vida gota a gota, Fermín estaba perdiendo la suya taza a taza.

—Incluso quemó todos sus dibujos. No dejó ningún recuerdo que pudiera conservar.

Incrédula, miro la expresión dura con la que el joven mira a mi marido; nunca hubiera pensado que aquellos ojos pudieran ser de un azul tan oscuro e intenso.

—Déjale Alberto. Es mi marido —digo, cogiendo el hombro del joven.

Era yo la que me había dejado engañar por aquel sargento de los nacionales que me hablaba de su soledad y siempre tenía una palabra amable. En cuanto nos casamos, me hizo abandonar mi trabajo en la farmacia: una sirvienta y una puta era lo que buscaba.

Alberto termina por soltarle.

—¡No se atreva a volver a tocarme! ¡Y… si cuenta algo de esto, yo…! —grita el estúpido de mi marido.

—Usted ¿Qué? ¡Como le vea un solo cardenal a su mujer, ese será el menor de sus problemas!

—Se acordará de esta, hijo de rojos. ¡No vuelva a esta casa! ¡Paloma, enséñale dónde está la puerta! ¡Y no te entretengas! tráeme otro café ¡Este está helado!

Mi marido se sienta con dificultad. Yo voy tras Alberto; cuando éste llega a la puerta, la abre y sale sin volverse a mirarme. Pero, tras un instante de vacilación, se detiene en el umbral.

—Cuando él muera, llámeme; recuerde que soy médico… y un amigo.

Asiento con la cabeza, aunque no me mira.

—Ojala supiera expresarle cuánto amé a su hijo.

Paralizada, reconozco aquellas fuertes espaldas, aquellas manos tan bien dibujadas.

“No olvide llevarle el café” le oigo decir antes de que se cierre la puerta.

Ejercicio sobre Binomio Fantástico: Azul y Resquemor

Joan Villora Jofré

Al Anochecer

Es un pelín largo, pido disculpas


AL ANOCHECER


Cuando dejaron libre la mesa de billar, que no era otra cosa que un mueblucho negruzco con un tapiz desgastado por años incontables de uso, apenas si quedaban un par de clientes en aquel antro. Ellos eran dos, el uno, un hombre de mediana edad, con unos gastados tejanos, una camisa negra arremangada por debajo de los codos y unas camperas muy gastadas, corpulento, cabello muy corto peinado a cepillo y facciones duras acentuadas por una barba de tres días. El otro, un hombre bastante más mayor que el primero, larguirucho y flaco, que vestía unos devencijados tejanos manchados de grasa, una camiseta blanca de tirantes llena de mugre, una bambas y tenía el cabello muy canoso y largo, recogido en una coleta, poco favorecido por la corta barba cana. Estaba lleno de tatuajes. El más joven de ellos se movía con decisión y soltura, y tenía una mirada directa y franca, de esas que uno sabe que no ocultan nada. Transparente como el cristal, decía exactamente lo que se veía en ella. El otro cojeaba ligeramente con la pierna derecha, y aunque no eludía un cruce de miradas, se mostraba cauto y su expresión permanentemente neutra, como curtida por años de poker, no dejaba adivinar sus intenciones.
Tan solo se veían, al fondo del local, y camuflados entre la espesa humareda del tabaco, una pareja de jóvenes bajo la luz de una desvencijada lámpara de mesa, y, cerca de la entrada, aquel tipo de la cicatriz en la ceja, que no cesaba de mirarles descaradamente desde que habían entrado un par de horas atrás. Por la pareja no había que preocuparse, eran a todas luces una profesional del ramo del placer rápido y un casado en busca de una satisfacción rápida, pero el de la cicatriz podía suponer un problema. Se le veía bregado en la vida, resabiado, llevaba escritas en la mirada miles de trifulcas y detenciones, tatuado en el brazo algo ininteligible, obra de un alfiler y un tintero barato, y sobre todo, tenía una hilera de vasos de bourbon vacíos delante de su mugrienta y ajada barba. A través de su camiseta caqui sin mangas se evidenciaban sus recios hombros y una incipiente barriga. Años atrás, seguramente le habrían tomado por un borracho mas, pero todo este tiempo dedicado a la delincuencia, saltando de penal en penal, haciéndose conocer por todos y cada uno de los funcionarios de las instituciones penitenciarias, les habían enseñado a analizar hasta el ultimo detalle de cuanto les rodeaba, a distinguir entre el fondo y la forma de las cosas. Más listos que el hambre, no pasaban nada por alto. Así habían sobrevivido desde hacia mucho. Afortunadamente, sabían lidiar con elementos de su misma calaña, y tratar con machos- alfa como aquel.
Se acomodaron en la barra, aunque hablar de comodidad en referencia al par de taburetes que maltrataban sus posaderas era ser muy optimista. Ya con un par de cervezas en la mano, entrechocaron los cuellos de las botellas en un gesto característico en ellos.
Por un futuro -, susurró el mayor de ellos, como si tuviera mucho respeto a lo que decía.
Por un futuro.... mejor -, matizó con voz grave el otro.
Aun crees que eso es posible - se sorprendió irónico el primero – a pesar de todo este tiempo...
Si, lo creo – le respondió con seriedad el segundo -. Si no, que diablos hacemos aquí? En la cárcel vivíamos como reyes. Si luchamos para salir, si no nos escapamos como las últimas veces, ha sido para no tener que pasar la vida huyendo, escondidos, para poder llevar una vida normal. Al menos ese es mi motivo, y creía que el tuyo también...
Joder, el filósofo con traje de rayas – acentuó su ironía -. Míranos tío, somos ex presidiarios, tenemos antecedentes para escribir una novela...
Tal vez deberías – interrumpió con humor el corpulento – igual descubrías tu verdadera vocación.
-No me jodas, sabes cuantos años tengo?-
-Venga hombre, he leído verdaderos poemas tuyos en las letrinas!-
Los dos se miraron un segundo directamente a los ojos, y estallaron en carcajadas, que poco a poco se fueron apagando.
En serio, que piensas hacer ahora?- se interesó el mayor tras arreglarse la coleta.
Hay alguien a quien quiero encontrar – respondió el más joven, con tanta sinceridad que casi abruma a su contertulio.
Cuentas pendientes? – arqueó una ceja y sonrió de medio lado, dejando ver la falta de una muela, cosa que todavía lo afeaba más – Creí que hace un momento hablabas de empezar de cero, de cambiar de vida – Hizo una breve pausa - Deja que te cuente algo. Hace unos años conocí a un tipo en la penitenciería de Tucson. Levantaba coches en los barrios ricos. Le rebajaron la condena por buen comportamiento. Me lo encontré un año más tarde en el bloque C de Heavendoor – y le dio un tono severo pero divertido, mientras le miraba como incrédulo - llevaba fuera dos días cuando trató de hacerse con un mustang en el parking de un centro comercial. – Negó con el gesto, como remarcando lo evidente - Hazme caso, chaval, la cabra tira al monte.
Nada de cuentas pendientes. Eso se acabó – Su expresión se volvió sombría, triste – Recuerdas que te dije que no tenía a nadie fuera? – Le sostuvo la mirada - Te mentí. – confesó mientras miraba algo avergonzado, esperando la reacción del otro - Todos estos años, hay alguien que no ha dejado de escribirme todos los meses, preocupándose por mi, dándome ánimos, esperando.
Vaya, me alegro por ti – apuntó con sorpresa, y su tono se tornó algo irritado cuando le preguntó: - Por qué cojones nunca me has dicho nada? Es que no hay confi, chaval? Por qué motivo me has ocultado algo así?
No podía decirte nada ahí dentro – contestó llanamente, con la vana esperanza de zanjar el tema ahí.
No “podías”, o no querías? – interpeló su compañero más irritado.
No podía revelarte eso, no tenía idea de cual sería tu reacción – el hombretón se mostraba algo nervioso.
Después de años de compartir celda? Eso me ofende, chaval – espetó el viejo ya visiblemente enfadado.
-No, no podía saberlo. No era prudente revelarte todo esto, porque... – Detuvo ahí la explicación. Lo que venía a continuación era lo bastante delicado como para no revelarlo, salvo en caso de extrema necesidad. Pero ese viejo y él habían sido un buen equipo mientras estuvieron encerrados, y aunque por un lado nunca confiaba del todo en nadie, por el otro comenzaba a sentir que, ya fuera de la cárcel, podía hablar con más libertad. Ya nadie podía tenderle una trampa en los lavabos o en el gimnasio, ni debía prepararse para que su vida fuera aún peor de lo que ya era.
-Porque me hubiera alegrado por ti, imbécil?-
Midió las palabras antes de responder, tratando de hallar una forma de dar la explicación sin darla, o tal vez de hacerlo de una forma discreta, o que no le sonara mal a su viejo compañero, un modo de hacerle comprender sin dejar recodos oscuros, ni cabida a los malos entendidos, a interpretaciones alternativas de hechos pasados. Pero su personalidad no le permitía andarse por las ramas. Era como su mirada: cristalina y sincera. Que sí, era que sí; que no, era que no. Esto le había traído muchas complicaciones, y algunos de sus ingresos en los penales fueron motivados por hechos que partían de esa maldita premisa suya. Así, decidió contestar simple y llanamente con la verdad:
-Porque hubieras acabado por descubrir que se trataba de un hombre – Clavó en su compañero una mirada seria y expectante, a la espera de su reacción.
Vete a la mierda, Montana – replicó agriamente – ¿Tu crees que a estas alturas...
Jamás se llamaban por el nombre, era una regla fundamental entre los presos. Era poco discreto y más aún cuando podían estar escuchando hasta las paredes. Eso incluía sobrenombres, alias, apodos y en general, cualquier referencia personalizada que se hiciera de alguien. Había fórmulas mucho más discretas para referirse a alguien, desde un gesto con la cabeza, o un simple “oye, tú”. Escuchar su apodo de labios de su compañero lo ofendió tanto que su gesto se crispó en una mueca desafiante. Entrecerrando los ojos, se levantó despacio del taburete. Sin embargo, un leve ademán con la mirada que hizo el otro lo retuvo en el acto, apagó las llamaradas en sus retinas, que casi quemaban de verdad, y disipó la disputa como si nunca hubiera pasado nada.
-Creo que va a haber baile de graduación – susurró con aspereza y cautela mientras su huesuda mano asía disimuladamente el botellín de cerveza.
-¿Qué esta haciendo? – Interrogó Montana con una sencilla mueca apenas perceptible, mucho más evidente que cualquier palabra, en clara referencia al tipo de la cicatriz. Estaba de espaldas a él y no podía verle.
-Nada aún. Pero ha pedido otra copa – Bajó todavía más el tono de voz – he podido verle el otro brazo – y, mientras se giraba hacia la pareja de la mesa e instaba al otro a hacer lo mismo, concluyó: - y está muy pinchado por ahí – haciendo referencia a la cantidad de tatuajes que tenía el otro.
-Arte carcelario? – pregunto Montana, ahora si con un ronco susurro.
-Para nada. Un trabajo muy fino. Definido, minucioso, y esas formas, ese estilo...Solo conozco una persona que trabaja así, y no suele pinchar a cualquiera – dijo mientras se enroscaba hábilmente la coleta en un esperpéntico moño, cosa que solía hacer para evitar que lo sujetaran por el pelo en las peleas.
-Bandas?
-Eso creo. Un aspirante.
Ambos sabían cómo alteraba eso las cosas. Dejando aparte toda la experiencia que pudiera tener, tanto alcohol y su status dentro de una banda convertía el riesgo que habían calculado en certeza, puesto que la prioridad de cualquier aspirante a ser miembro de pleno derecho tenía como objetivo hacer méritos. En un mundo donde gobernaban los más inteligentes, pero donde uno de los principales requisitos para todos era conseguir ser respetado basando ese respeto en el miedo y el temor, la violencia era el recurso más habitual.
-Y si alguno de la banda anda cerca, la cosa va a ponerse fea de verdad con rapidez – sentenció el viejo apretando más fuerte la mano en torno al cuello del botellín.
-Deberíamos largarnos de aquí ahora mismo – propuso con sensatez.
-Sabes una cosa, chaval? Creo que tienes razón – le respondió, enfatizando el comentario con un fugaz gesto de las cejas.
Dejando algunas monedas sobre la gastada y pegajosa madera que llevaba media vida siendo un piojoso mostrador, se dispusieron a marcharse. Como si todo estuviera minuciosamente planeado, no apuraron sus cervezas, dejándose deliberadamente un último trago, excusa que utilizaron para llevar en la mano los botellines hasta el otro extremo de la barra, al lado de la puerta. Para entonces, el detalle no había pasado desapercibido. El barman, haciendo gala de unas magníficas aptitudes de escapismo, dignas del mejor profesional, se esfumó misteriosamente, y el de la cicatriz hizo como que iba a lo suyo mientras se acercaban. Ambos percibieron el gesto y calaron el engaño inmediatamente.
-Mierda! – escupió Montana como para sí, girando la cabeza a la derecha.
Su compañero caminaba con calma, pasando distraídamente la mano izquierda sobre la barra, acercándola con cada paso a un cenicero metálico que había un poco más adelante. El de la cicatriz mantuvo la pantomima unos segundos más, mientras dejaba caer despacio su brazo derecho, que un momento antes estaba apoyado delante de los vasos vacíos.
-Oh mierda, ha cogido alguno? – se preguntó Montana, a quien ese detalle se le había pasado por alto.
Giró con presteza la mirada a la derecha. Toda esa pared era un panel de espejo. A pesar de que estaba sucio, medio comido por la humedad, y de la multitud de objetos supuestamente decorativos que había colgados a lo largo de la superficie, llegó a ver la imagen del tipo duro de espaldas, y una forma abultada en el bolsillo trasero de sus jeans, el de la derecha.
-Eh, viejo, tienes unas monedas? – espetó el de la cicatriz. Su voz sonó pastosa y vacilante, tomada al asalto por la cantidad de bourbon que llevaba en el cuerpo. Se había girado hacia ellos.
“Empieza la fiesta”, pensó el mayor de ellos sin detenerse, y tratando de disimular su cojera; absurdo gesto, dado que a estas alturas un personaje experimentado como aquel, haría rato que se había fijado, y le respondió: - No amigo, esta noche ya no. – Sonó sereno y casi amigable. El ambiente empezaba a poder ser cortado a cuchillo, denso como una gelatina acre de sabor amargo y olor a sudor y tensión.
-Tu no eres mi amigo – respondió ceñudo y espeso el otro, mientras se levantaba del taburete despacio.
Iniciada la primera fase de la trifulca, y consciente de que, debido a la proximidad entre todos ellos, la transición a la segunda iba a ser muy veloz, Montana trató de apartarse un poco a la derecha, para llegar hasta la puerta y poder colocarse a la espalda del tipo. Pero este tiró como sin querer el taburete al acabar de levantarse, entorpeciendo la sutil maniobra, y sin apartar los ojos de la mirada inexpresiva del más mayor, le dijo:
-A donde crees que vas, hijo? – Su voz sonó ahora nítida, profunda, pero sobretodo limpia de trabas y serena como la de un locuaz presentador de radio.
Los tres desviaron una fracción de segundo la mirada hacia la barra. Montana y su compañero se dieron cuenta tarde de la trampa. Habían allí expuestos sobre una docena de vasos, pero solo unos pocos tenían manchado el fondo. El hombre de la cicatriz sonrió maliciosamente y los otros dos, dejados en evidencia, apretaron los dientes. Ahora era probable que tuvieran que tener presente también al camarero desaparecido. Se ciñeron a la derecha, para separarse de la barra y evitar un golpe por sorpresa.
-Aparta, gordito, antes de que te dé por el culo – amenazó Montana con su vozarrón grave y profundo, tratando de atraer la atención del pandillero, ya que su compinche estaba más a la izquierda, y por tanto, pendiente de lo que pasara en la barra.
-Mi culo es un garaje donde no vas a aparcar tu Crysler Salchicha, chico duro – le respondió sarcásticamente este, mientras sacaba la navaja del bolsillo y la abría con inusitada maestría. Era un arma oriental tipo mariposa, de esas que se voltean en la mano varias veces, cambiándola de ángulo para poder abrirla sin cortarse.
Dejó de olerse a ceniza y tabaco, a alcohol y a sudor, y por un momento que pareció una eternidad, el silencio más absoluto se adueñó del entorno, y todo salvo los tres contendientes pareció quedarse a oscuras, como si estuvieran suspendidos en un extraño vacío y no pudiesen hacer nada salvo desafiarse con miradas, gestos y bravuconadas. Luego, ese vacío se concentró en sus estómagos al tiempo que los niveles de adrenalina se disparaban, sus venas se hinchaban, sus corazones latían con fuerza en sus pechos preparándose para la acción, y sus músculos de tensaban, a punto para actuar.
Y comenzó la locura. Montana blandía la botella con la izquierda y su compañero con la derecha, ya que la zurda había aferrado el cenicero de metal. Pendiente a la vez de la barra y del sujeto armado, de mala complexión y mayor edad, era la víctima idónea, así que el primer intento de estocada fue para él. Fintó a la izquierda pivotando sobre esa pierna, ya que la cojera no le permitía hacerlo al revés, haciendo rechinar sus suelas de goma. El ímpetu de la pirueta lo arrojó contra la barra, donde se golpeó los riñones, pero evitó ser apuñalado. Montana le había arrojado al navajero la botella, que le alcanzó en pleno rostro, abriéndole una brecha en la nariz y derribándole. Más que la finta, fue esto lo que impidió el acuchillamiento de su compinche. El otro se incorporó con mucha fiereza, gruñendo, pero calmando la respiración y templando los nervios. Mientras uno rompía su botella contra la barra, el otro se hacía con un taburete. Ambos vieron al tercero a la espera, como estudiándoles. Pero no era eso lo que hacía. Esperaba algo. Esperaba al camarero. Y ellos no podían esperar. Cada segundo incrementaba la posibilidad de que aparecieran más contrincantes. Saltaron sobre él como dos panteras famélicas, y ante la imposibilidad de defenderse trató de esquivarles, pero al evitar que le rebanaran el costado con la botella rota se puso directamente en la trayectoria del taburete de Montana, que lo desarmó. Sin tiempo a recomponerse del embate, el viejo de la coleta se le echó encima y ambos rodaron por el entarimado hasta cruzar la puerta y rebotar en los escalones que bajaban a la calle. Apenas eran media docena, pero los dos recibieron impactos y brechas suficientes para dejarlos exhaustos unos cuantos segundos. Montana apareció en el marco de la puerta, con la navaja en la mano, y comenzó a bajar los escalones con decisión. Lo que su compañero podía leer en sus ojos, tan claramente como se lee una pancarta gigante, era que su intención no era la de matar, pero que le iba a dejar un recuerdo imborrable. Tras él, salió corriendo la pareja, que se esfumó entre las sombras de los callejones, cada uno por su lado.
Antes de que Montana llegara a bajar los últimos escalones, el navajero se lanzó de pronto sobre el otro, profiriendo un grito atronador, que retumbó en la calle como una tormenta de sonido gutural y rabioso. El de la coleta, muy acostumbrado a las acometidas de tipos más grandes y fuertes que él, simplemente se agachó e hizo un hobillo en el último momento, haciendo tropezar al pobre iluso. Con lo que nadie contaba era con la forma en que este último se estrelló contra la pared, doblando su cuello por el impulso contra los ladrillos, y adoptando con un crujido seco una posición imposible. Cayó en el acto al suelo, desparramándose como un montón de carne inconexa y membrillosa, y con un ruido sordo y apagado se quedó inmóvil.
Montana bajó los brazos lentamente mientras su cuerpo perdía la tensión, y dejó resbalar entre sus dedos la navaja. Se llevó una mano a la frente y la hizo deslizar hasta la nuca despacio, sin prisa ni consciencia, demasiado absorto en la clara idea que le estaba gritando desde el fondo de su mente.
-Joder, mierda, joder! – se lamentó rabioso el viejo, que movía renuentemente la cabeza.
-No hay nada que se pueda hacer, - dijo Montana mientras examinaba con experimentados ojos el cadáver desde lejos, - tu lo sabes, ambos lo sabemos – Su voz sonó sin expresión alguna por primera vez en su vida.
Si nos relacionan con esto, adiós a la condicional, y ves preparando el culo para que se haga viejo entre rejas.
-Ha sido un accidente... – murmuraba vacío de expresión Montana.
-Ha sido un homicidio, aunque haya sido involuntario. Venimos de donde venimos, y no hay credibilidad en este mundo para nosotros – le respondió su compañero con frialdad y un léxico técnico que pocas veces empleaba. El peso de la culpa ensombreció su mirada. – Ni testigos ni nada que pueda apoyar nuestra versión. Aunque está claro que el camarero no estaba con él, y el numerito de los vasos solo ha sido eso, no creo que testificara a nuestro favor, pero sí puede identificarnos, él y los dos tortolitos de la mesa. Estamos vendidos.
-Una puta y un casado? Ni en broma van a meterse en este embrollo.
-Sabes tan bien como yo, chaval, que esos son fáciles de acojonar. Una noche o dos a la sombra, y cantarán como pajaritos.
-Solo el camarero de los cojones puede implicarles en el asunto.
-Y qué sugieres – interpeló el viejo – que le demos matarile? Ni tu ni yo hemos pelado a nadie en nuestras jodidas vidas.
-Podemos huir – propuso sin ánimo Montana.
-No, eso no va a pasar – La expresión de su rostro cambió, se volvió más dura, más impertérrita, más severa y autoritaria. Se acercó al cadáver y rebuscó en sus bolsillos. – Juraría haber visto un chaleco colgado... Ajá! - Le lanzó algo a su compañero, y cuando este lo tomó en el aire, vio que eran unas llaves. – Coge la moto de este infeliz y lárgate. Yo me ocupo de esto.
-Tu te metes algo, no? De eso nada. O salimos de rositas los dos, o los dos a chirona.
-No es una opción discutirlo, chico – Le habló con serenidad, pero casi amenazante.
-Ni hablar, o te vienes conmigo o yo me quedo.
Montana se sentó en los escalones del bar. El hombre de la coleta se aproximó a él.
-Tu te montas en esa moto y borras tu fea cara de aquí ahora mismo – le dijo irritado mientras trataba de asirle por el brazo para levantarle.
-Te he dicho que me quedo. O eso, o te llevo conmigo.
-Estas sordo o algo por el estilo?! Levanta el culo de ahí y no pierdas más tiempo!- le gritó iracundo y ya sin un ápice de paciencia.
-Y tu? Que es lo que vas a hacer tu? – interrogó Montana retador.
-Yo me ocupare de que todos sepan que a este pollo lo he desplumado yo, incluyendo al camarero.
-Pero eso será la perpetua, no seas absurdo... – le replicó incrédulo Montana, haciendo aspavientos.
-Oh, me partes el corazón.... – ironizó – Piensa, maldita sea! Soy el abuelo de la cárcel. Ya era el rey del penal, y volveré a serlo. No va a ser tan terrible, no podrán acusarme de asesinato.
-Pero por qué? Por qué quieres hacer algo así? – preguntó Montana sin comprender.
-Soy muy mayor para cambiar de vida. – su voz sonaba ahora abatida, carente de ilusión. - Me defiendo mejor en la cárcel que en la calle. -Además...- se interrumpió.
-Además...? – susurró Montana animándole a hablar. Se hizo el silencio, un silencio más largo de lo deseado, que empezaba a incomodarlos a ambos.
El viejo permanecía con la mirada perdida, como si buscara palabras nunca pronunciadas por sus labios, mientras que su compañero desvió la mirada hacia el cielo, un cielo oscuro, penetrante, cincelado por una miríada de estrella y una luna llena, enorme y brillante, que casi se fraguaba en destellos sobre las veletas de los tejados. Bajo su níveo resplandor, las siluetas de las casas se esculpían en tenues sombras.
Además – añadió al fin - tu tienes a alguien aquí fuera, puedes iniciar una nueva vida – concluyó con franca bondad en sus ojos, una expresividad en la mirada desconocida del todo, de la que Montana no le creía capaz, - aún eres joven – le dijo con solemnidad. – Ya es tarde para mi, - le tomó del brazo - pero para ti aún hay aquí un mundo que te espera. Para ti, todavía hay camino para andar, y debes hacerlo sin barrotes - sentenció con un gesto afirmativo del mentón.
En ese momento se dieron cuenta de que eran más que simples compañeros de celda, que simples convictos unidos por un interés común, más que veteranos delincuentes cuyas vidas se habían cruzado tras unos barrotes por cosas del destino. En ese momento una realidad cobró forma en torno a ellos, envolviéndolos y haciéndolos más grandes de espíritu, más fuertes de corazón, en ese instante crecieron como personas. Eran amigos. Amigos. En la marginalidad en la que habían crecido, donde todo el mundo se movía por interés puro y duro, donde cada cual se guardaba sus propias espaldas o esperaba, y en muchas ocasiones tomaba por la fuerza, algo a cambio, la amistad era un concepto totalmente ajeno y foráneo, de lo que solo se tenía noticia por las películas, algo parecido a un sorteo cuyo premio se quedaba siempre lejos de casa, un bien ideado por otros, en un vano intento de evitar que los hombre y mujeres de las zonas deprimidas cayeran en la desesperanza. Los convencionalismos mundanos se vinieron abajo, las reglas de los bajos fondos dejaron de valer, y sus vidas, aunque de modos distintos, cobraron sentido en su interior por primera vez.
-Big-Chief, yo... yo no se qué decir – susurró Montana con la mente confundida, sintiendo una terrible lucha en su interior – Por una parte me largaría de aquí sin contemplaciones y pasaría de todo esto, pero por otra siento que si hiciera eso, aunque seas tu mismo quien me lo ofrece, te estaría traicionando.
-Montana, chico, ha sido un honor compartir estos últimos años contigo, y ha sido un honor también respirar contigo aire puro de nuevo – afirmó con un gesto de la cabeza, ejecutado con carácter -, pero si te quedas, si no te subes a esa moto y te marchas ahora, este lazo de sangre que acabamos de crear perderá la sustancia. – Miró al hombretón directamente a los ojos, a lo más profundo de su ser, y le habló desde el mismo lugar - Una vez te oí decirle a otro tipo que el destino baraja las cartas, pero que somos nosotros los que jugamos la partida. Te doy mis dos ases. Márcate un poker y despluma de una vez a los cabrones de los jueces y alcaides de todo el puto país. Véngate de la vida por mi.
Montana sintió como paulatinamente su voluntad cedía, pero se dio cuenta de que en absoluto era por la tentación de quitarse de encima aquel problema, sino porque de pronto fue consciente del valor real que tenía el sacrificio que su amigo iba a hacer por él.
-Big-Chief, jamás voy a olvidar lo que vas a hacer. Te juro que te sacaré de la cárcel – proclamó Montana con esa expresión suya tan característica que indicaba que sin duda alguna iba a hacerlo.
-Deja de decir chorradas sentimentales y pírate de aquí, grandísimo cabrón, antes de que me lo piense mejor y me largue yo.
Montana se dispuso a bajar el último escalón, que crujió levemente bajo su peso, pero se detuvo ante Big-Chief. Ambos se miraron a los ojos, y se fundieron en un efusivo abrazo, palmeándose la espalda con fuerza. Cuando se separaron, Montana dio un par de pasos y se giró de nuevo hacia las escaleras, por las que su amigo ya subía renqueante.
-Que tengas suerte. – le dijo. Y enfatizando deliberadamente la frase, añadió: - Hasta muy pronto.
-Adiós, chaval. Ten cuidado.
Aparcada a unos cuantos metros del bar había una vieja Chopper, de aspecto algo descuidado pero elegante en su sencillez. Era poco más que un motor Harley, un chasis, un manillar tipo cuelgamonos, y una horquilla larguísima. El asiento era fino y rígido, de cuero marrón, la rueda trasera tenía aquella característica banda blanca en el perfil de los pneumáticos antiguos. El conjunto de piezas ofrecía una imagen poderosa. Montana se montó en ella con respeto, y antes de que pudiera enderezarla, una voz se escuchó a sus espaldas:
-Eh, chaval !
El hombretón se giró a tiempo para atrapar una masa informe y aleteante que volaba hacia él. Era un chaleco de cuero negro, el chaleco del pobre imbécil que unos minutos antes se había descoyuntado el cuello contra la pared, y que, desde la puerta del bar, su amigo Big-Chief le acababa de arrojar. Asintió a modo de agradecimiento y se puso la prenda. En un lado había un paquete de tabaco y un encendedor de gasolina, y en el otro unas gafas de sol, las clásicas Rayban de espejo.
Cuando encendió el contacto, sintió todo el poder de aquella bestia con ruedas bajo él, las vibraciones lo sacudieron, y el contundente pistoneo lo ensordeció un momento. Se puso las gafas, y luchando para no mirar atrás, tiró del embrague, metió la marcha y se marchó. No vio que un tipo delgado y mugriento con una coleta grisácea lo miraba alejarse son una franca sonrisa de felicidad en los labios.

Conducía aquella moto, rápida como la pólvora, cosa que nunca hubiera dicho, mientras despertaba a todos los animales de los alrededores. Los perros ladraban, los caballos taconeaban nerviosos, y el ganado se arremolinaba en los corrales. La primera lágrima adulta que resbaló de sus ojos, lo hizo aquella noche, mientras dejaba atrás al único amigo que había tenido. Cuando la amistad es verdadera, perdura en el tiempo, aún en la distancia. Sabía bien que Montana y Big-Chief serían amigos de por vida, incluso si jamás se veían de nuevo. Fue una sensación reconfortante asumir que en la vida también había cosas buenas, cosas que valía la pena experimentar aunque su llegada se retrasara decenas de años, y su búsqueda y el camino para llegar a ellas fuera un doloroso calvario. Algo nuevo brotó en su interior, algo que calmaba su dolor, daba sentido a toda una vida de penurias, y abría los caminos del futuro ante sus ojos. Ahora había luz al final del túnel, ahora había esperanza.


Juanmi, Taller de Escritura Creativa

martes, 24 de marzo de 2009

ASESINO POR DISGUSTO

Todos los asesinos que conozco, bueno, tres en realidad, son asesinos por gusto.
Nos reunimos una vez al mes en un antro ruidoso, en el que dices alto y claro JB y te ponen DYC. Pero bueno, esto nos la trae floja, porque lo que buscamos es la aglomeración de gente peligrosa, por si de repente se hace el silencio que a nadie le extrañe si se te oye decir jódete puta, tu sangre huele a mierda.
Uno de mis colegas asesinos es sicario. Se acerca a alguien que coincida con la foto que le han entregado y pim pam pum. Esto no lo hace por gusto, claro, esto lo hace por dinero. Sus horas libres las dedica también a matar. Yo le digo que cómo es que tiene ganas de seguir matando después de estar todo el día rakatá-rakatá, balazo por allí balazo por allá. Y él me dice, con cinco DYC encima, que tiene la suerte de trabajar en lo que le gusta y que no le importa hacer horas extras aunque sea gratis. Yo le miro, me pongo bizco porque también voy borracho y pienso, joder, qué le llevaría a qué, el hobbie al trabajo, o el trabajo al hobbie.
El segundo es un psicópata de esos asesino en serie, que se obsesiona con un poli y le hace la vida imposible. Solamente mata a tías buenas y deja sus bragas como pistas para retar al poli a ver si le encuentra antes de que vaya a por la siguiente. La verdad es que se lo curra un montón y encima es artista. Cuando ha dejado la habitación de la tía limpia como una patena, cuando ha dejado el cuerpo impoluto coronado con unas bragas en las que ha enganchado un post-it en el que no sé cómo coño ha fotocopiado una frase de un escritor de esos antiguos con la que se tienen que comer la olla los polis a los que él mismo avisa des de una cabina de esas que ya casi no quedan, hace una foto al escenario del crimen, al escenario donde ha interpretado su obra magistralmente. Cuando en el bar, los otros dos miran las fotos admirados, diciendo continuamente de puta madre tío, él es el único que no bebe y yo soy el único que no mira los retratos de su espectáculo. Despierto y sereno, asegura que lo que más le gusta es matar y jugar a no dejarse ni un cabo suelto, todo bien atado. Yo me enciendo un cigarro, le echo el humo a la cara y pienso que qué aburrimiento tenerlo todo tan controlado, sí, sí, como un día te falle algo de lo previsto te vas a cagar, a ver qué haces tan listo que eres.
El tercero es un asesino en potencia o un asesino frustrado, según se mire. El caso es que nunca ha matado a nadie. Lo tiene todo planeado, pero todavía no lo ha hecho. Cuando le conocí estaba preocupado por el sitio, dónde hacerlo, por qué zona, cómo llegar hasta allí, cómo sacar el cuerpo, que no hubiese nadie cerca, etc, etc, etc. Ahora el sitio ya lo tiene, pero le preocupa el arma, con qué, grande o pequeña, contundente o cortante, mecánica o manual. Cuando empieza a dudar, que si es mejor esto o lo otro, me pido otro falso JB y pienso que por qué coño no matas a alguien y te callas la puta boca ya. Según él le encanta matar, es con lo que más disfrutaría, que hace mucho tiempo que lo piensa, que ha nacido para eso y que lo sabe. A mí me entran ganas de mear con tanto líquido y pienso que cómo lo sabe si nunca lo ha hecho y qué que engañado vive porque nunca lo hará.
Esta gente mata por gusto, yo mato por disgusto. Por disgusto mato a los que solamente trabajan, que han reducido su vida a no hacer nada más que trabajar y que para consolarse se creen que trabajan en lo que les gusta. Entonces, miro al sicario y sé que esta noche le voy a matar.
Por disgusto mato a los meticulosos, a los controladores, a los que no dejan paso a la improvisación, a la emoción y a lo inesperado. A los que viven una y otra vez el mismo día, una y otra vez la misma rutina. Entonces, miro al psicópata y sé que esta noche le voy a matar.
Por disgusto mato a los cobardes que piensan pero no actúan, a los soñadores que no llevan el sueño a su vigilia, a los que piensan que mañana será el gran día. Mañana, mañana, mañana; no se enteran que el mañana de ayer es el día de hoy. Entonces miro al asesino en potencia y sé que esta noche le voy a matar.
Otro JB con cocacola, por favor, porque yo beber, también bebo por disgusto, pues no puedo soportar que nadie haga ya las cosas por verdadero gusto.
Judi Cuevas

ÚLTIMA TRAVESÍA

Omar se encontraba recogiendo los aparejos de pesca y amontonándolos cerca de la chabola que le servía de hogar a él, a su hermano mayor, sus tres hermanas menores y a su padre y. Omar a sus 16 años ya era experto en estas labores.
Ese día el tiempo era plácido, soleado pero no muy caluroso, algo que se agradece cuando se vive en la costa mauritana, sin embargo todo pareció oscurecerse cuando su padre le planteó la necesidad de emigrar como único medio para salir de la insoportable situación económica en la que se encontraba su familia. Omar escuchó de boca de su padre como en España las cosas eran mucho más fáciles.
Así las cosas, reunieron los 2.000 euros necesarios para pagar el viaje, toda una fortuna y pactaron con Yusuf el viaje de Omar. Yusuf era un delincuente dedicado a cualquier negocio lucrativo y amigo del hermano mayor de Omar.
Al atardecer de un día de primavera en el que la luna no les iluminaría, Omar fue llevado por su hermano al punto de encuentro convenido con Yusuf, que a la sazón era uno de los patrones del cayuco. Omar vio cambiar de manos un mazo de billetes y así, con ese nimio y fugaz gesto su vida pasaba a depender de un individuo del que nunca se había fiado.
Su hermano se despidió de él con cariño, pero no tanto como cabría esperar dada la situación, le dio una bolsa con unos cuantos litros de agua y unas galletas, alimentos que debían ser suficientes para cinco días de navegación.
Yusuf a partir de ese momento y sin mostrar un mínimo de amabilidad tomó el mando de la situación. Llevó a Omar junto a los otros 33 pasajeros del cayuco que se encontraba amarrado en la playa: 20 metros de fibra de vidrio al que habían dado forma de embarcación. Omar era el mas joven, y desde luego el más asustado.
Por la noche iniciaron la travesía, Yusuf en el mejor lugar de cayuco se echó a dormir a pesar del estruendo del motor, el segundo patrón, un amigo suyo de la infancia, tomó el mando de la embarcación, que manejaba magistralmente. Ambos impusieron su ley en el cayuco, y se notaba tanto en el modo de actuar, como en el revólver que Yusuf llevaba en el cinturón.
Las primeras 24 horas de navegación pasaron sin incidentes, la emoción del viaje y las perspectivas creadas eclipsaban el miedo, mantenían un relativo buen humor a pesar de los mareos que los ocupantes sufrían continuamente, todos excepto Omar y los patrones que estaban acostumbrados a navegar.
Omar entabló cierta amistad con Hadmed, situado a su izquierda y que como todos los demás procedía del interior de Mali.
El segundo día de navegación se complicó la travesía, el Atlántico se revolvía, el cayuco se encabritaba y resultaba difícil mantenerse agarrado para no caer al agua. El agotamiento iba dejándose notar en los pasajeros que traían a sus espaldas varios meses de viaje, penalidades y hambruna. Los patrones permanecían al margen del malestar que invadía el cayuco, no les afectaba lo más mínimo ni el estado de los pasajeros ni el hedor que ya emanaba de la embarcación.
El tercer día empeoró aún mas la situación, la deshidratación hizo mella en varios ocupantes, no en Omar que se las arreglaba para hidratarse y desde luego tampoco en los patrones que disponían para ellos solos de un buen bidón de agua, que por supuesto no compartían.
El mar no daba tregua, el cayuco navegaba más despacio de lo previsto, no solo por el oleaje sino también por el sobrepeso de la embarcación. Con el ánimo de reducir los riesgos y aprovechando la oscuridad de la noche, Yusuf tiró por la borda a varios de los ocupantes, los más débiles, moribundos que no podían ofrecer resistencia, nadie se dio cuenta de ello excepto Omar, que le recriminó tal acción y abalanzándose sobre Yusuf intentó detenerle, pero no pudo evitar un puñetazo que alcanzando su rostro le hizo perder el conocimiento. La vieja amistad de Yusuf con su hermano le había salvado la vida porque a buen seguro, de ser otro en lugar de Omar, lo hubiera matado sin vacilar.
Cuando Omar despertó, vio a Yusuf discutir fuertemente con el segundo patrón, que no estaba de acuerdo en tirar por la borda a nadie que no estuviera muerto. En medio de la discusión Yusuf tomó su revolver y disparó dos veces sobre su compañero, una vez más Omar intentó tímidamente intervenir, pero es difícil hacerlo contra un asesino que tiene un revólver en la mano.
Yusuf cogió un mazo de billetes del bolsillo de su víctima y tiró el cadáver por la borda. Al cabo de un rato, cuando Omar pudo pensar se dio cuenta de que había sido el único en intentar algo contra Yusuf, es más, se dio cuenta de que en realidad se encontraba totalmente solo en una embarcación de 20 metros son 27 personas a bordo, y esta sensación le horrorizó.
La cuarta jornada de navegación aún fue mas dura, el motor se averió y quedaron a la deriva. El número de pasajeros seguía descendiendo y a nadie parecía importarle, a excepción de Omar que aunque se sentía relativamente seguro, sabía que Yusuf no dudaría en deshacerse de él si se daba el caso. La angustia y el miedo a Yusuf se apoderaba de Omar poco a poco, sin embargo también sabía tener paciencia y sólo tenía que aguantar un día más, al menos eso creía él, para pisar tierra firme y perder de vista a Yusuf.
Finalmente fue Omar quien arregló el motor, pero las corrientes habían arrastrado el cayuco decenas de millas fuera del rumbo original y corregirlo costaría dos o tres días más de navegación. Omar intentó convencer a Yusuf de la necesidad de compartir su bidón de agua para salvar las vidas de los ocupantes que aún quedaban en el cayuco. Yusuf se negó rotundamente, sólo preocupado por su propia vida amenazó a Omar con el revólver, Hadmed que se encontraba cerca de ambos intercedió por Omar, lo hizo tímidamente porque sus fuerzas no le permitían casi ni ponerse en pie, pero fue lo suficiente para provocar más aún a Yusuf, que apuntando a Hadmed con el revólver disparó dos veces contra él matándole en el acto, y casi inmediatamente le empujó fuera de del cayuco. Omar vio el cuerpo inerte de su amigo flotado en el mar y la ira se apoderó de él, se abalanzó sobre Yusuf que soltó sin querer el revólver, pero tuvo tiempo y reflejos para sacar un cuchillo que mantenía guardado bajo la camisa.
Cogiendo a Omar por el cuello se disponía a degollarle cuando un disparo resonó de nuevo en el cayuco, un pasajero anónimo y casi moribundo había cogido el revolver del suelo y había disparado a Yusuf, éste mirando incrédulamente a su verdugo cayó muerto sobre Omar. Esta vez era el cadáver de Yusuf el que flotaba en el Atlántico.
Omar no perdió tiempo, tomó el bidón de agua y algo de pan que aún quedaba de los víveres de Yusuf y lo racionó entre los escasos sobrevivientes, tomó el GPS de Yusuf y puso rumbo a Las Canarias.
Fueron dos interminables días de navegación, pero dos días en los que las 16 personas que aún sobrevivían pudieron respirar tranquilas, sabiendo que nadie les empujaría al mar y que Omar, a pesar de que sus fuerzas ya flaqueaban, se ocuparía de sus maltrechos cuerpos.
La Cruz Roja les estaban esperando en la playa cuando el cayuco tropezó con la arena, ninguno hizo el más mínimo movimiento para intentar salir del cayuco, ni tan siquiera para levantarse, no tenían fuerzas.
Omar consiguió su objetivo y no fue repatriado.


Pedro.

Gran Circo Universoul

«Cuando me muera», decía mamá, «prendedme fuego y metedme en un cenicero de esos. Y luego, al agua». Era un deseo comprensible. A papá se lo tragó el Atlántico durante una jornada de pesca cuando yo era niña. Aquel día de previsiones meteorológicas favorables vimos tejados desmoronados, árboles escapando del parque a volteretas y media docena de Seiscientos estacionados patas arriba, pero ya nunca volvimos a ver a papá. La ilusión de mamá era perderse con él en el mar cuando le llegara la hora. «Está ahí», decía, «si no sube él, tendré que ser yo la que baje».
Sin embargo, su segundo deseo era más difícil de complacer.
«Ese día, no quiero ni una lágrima. Yo voy a ser feliz en el mar con mi Antonio, así que quiero a todo el mundo feliz. ¡Todas de guateque ese día, o de circo!»
«Pero mamá, no seas burra. ¿Cómo vamos a irnos de juerga mientras a ti te chamuscan en el horno?»
Mamá era una mujer de carácter. Nos amenazó con desheredarnos y, peor aún, con darnos de garrotazos.
«¡Pues os vais a ir! Quiero risas, no lágrimas. Al circo he dicho.»
Le prometimos solemnemente pasarlo bien el día de su muerte.
Así que, cuando el otro día mamá pasó a mejor vida, mi hermana Charo y yo arreglamos su traslado al crematorio de A Coruña, procurando siempre sonreír en su pálida presencia.
Tras la incineración, nos dieron una preciosa urna plateada, o cenicero, como mamá la llamaba. La cogí y la llevé en brazos al coche, como a un bebé dormido. Charo arrancó y puso rumbo al pueblo. Observé la urna. Costaba creerlo, pero mamá estaba ahí dentro. La meneé un poquito. «Mamá», dije, «ponte guapa, vamos a ver a papá».
Estábamos haciendo un esfuerzo sobrehumano para llevar el asunto con alegría, como mamá nos había ordenado, pero lo de salir de fiesta no resultaba muy apetecible. Cenaríamos en casa, desempolvaríamos los viejos álbumes de fotos familiares y, entre martini y martini, nos reiríamos del culo tan gordo que tenía Charo de niña y que, por eso, en el cole la apodaban la Dos Asientos.
Volví a menear la urna. ¿Contenta, mamá? Sonreí y casi casi lloré.

En la entrada al pueblo nos sorprendió un tráfico inexplicablemente denso y un variopinto despliegue de caras nuevas. Al aproximarnos al centro vimos lo que ocurría. Casi me muero yo también del susto y ¡Charo, otro cenicero pa mí! Elefantes. Habían invadido el pueblo, estaban por todas partes, martilleando la calzada con sus pies sin dedos. Y a su alrededor había payasos de rostro enharinado, músicos, malabaristas y chimpancés con casacas prusianas.
Del shock, Charo casi atropella a un enano en monociclo.
Los elefantes nos condujeron a la carpa que el Gran Circo Universoul había montado cerca de la costa. No nos dio tiempo ni a acercarnos a casa a cambiarnos de ropa: la función, damas y caballeros, está a punto de comenzar.
Compramos dos entradas.
«Esto es de locos. Nos hemos vuelto locas, Mari», me gritaba Charo, mientras nos abríamos paso a empujones entre la multitud.
«Al final, mamá», amonesté a la urna, «siempre te sales con la tuya».
Jamás había visto a tanta gente jugarse la vida de forma tan escandalosa como en aquellas tres largas y agonizantes horas, desde las triples volteretas sin red de Zeus, el acróbata, hasta la adolescente flacucha a la que Robert Hood silueteó con hachas lanzadas a diez metros de distancia. Aunque, sin duda, el momento más angustioso fue cuando Pika el Payaso Quejica se acercó a nuestro sector de audiencia, que a lo largo del show se había sumido progresivamente en el mutismo y la introspección, probablemente contagiados por nuestra tristeza, y nos sancionó a sifonazos, gritando: «Esto no parece una función sino una defunción».
Eso decía yo.

A la mañana siguiente fuimos a la costa, insomnes, a lanzar a mamá al agua. Hacía un día soleado, por primera vez en meses, y el ambiente en la zona marítima era asombroso. Multitud de vecinos se agolpaban en la lonja para participar en la subasta semanal de pescado. A lo largo del paseo se podía ver a numerosos artistas del circo que estaban disfrutando de su tiempo libre. Una pandilla de niños se arremolinaba en torno al mago para que hiciera aparecer conejos y palomas e hiciera desaparecer a Paquiño, o mejor partirlo en dos, otros le palpaban los bíceps al forzudo y no pocos corrían hacia el establo de la carpa a ver a las fieras. La vieja gitana, que descansaba al sol sobre una toalla, les leía las manos a los niños y de muy buen humor les decía lo que iban a ser de mayores: bomberos, astronautas, cazavampiros y delanteros centro. Todo el mundo parecía feliz.
Charo, mamá y yo nos acercamos al malecón. El agua brillaba como si tuviera miles de espejitos flotando. Entre las rocas merodeaban gaviotas reidoras en busca de pececillos plateados que poder emparedar entre sus picos y, a nuestro lado, algunos artistas admiraban boquiabiertos el horizonte azul y oro. Los pulmones cavernosos de los pescadores de la región, reunidos en la subasta, retumbaban al compás de las olas. Tuve la impresión de que hasta en el Monte de Santa Tecla se enterarían de a cuánto estaba el kilo de rodaballos. Charo rompió a llorar. Dijimos adiós a mamá y vaciamos el cenicero.
La marea se llevó a mamá para siempre.
Vi sombras en el suelo, a nuestro lado. Luego todo se nubló. Yo también lloré.
A Charo la abrazó la mujer barbuda. Yo descargué ríos de lágrimas en el pecho tatuado, verde amazónico, del Prodigioso Reptil Humano.

Esteban Muñoz
Escritura creativa

El secreto de Howard Carter

La gente quiere creer. ¿Quién prefiere la rutina diaria a una maravillosa y excitante mentira? El asesino de Lord Carnarvon, el filántropo co-descubridor de la tumba del joven faraón Tutankamón, lo sabía bien.
Aquella noche, acurruqué mi cuerpo bajo las sábanas, agradeciendo la frialdad de mi almohada, ya que la cabeza me ardía con los datos sobre la maldición de “la imagen viva de Amón” que había estado recopilado para hacer un relato corto.
Desperté sobre una gruesa alfombra, sabiéndome dormido. Estaba en una tienda de campaña, cuya entrada era ligeramente azotada por el frío viento nocturno del Sahara; a través de ella, vi como una figura se aproximaba desde una negrura abismal. Di un paso atrás, ya que por su avance vacilante bien podría haber sido una pesadilla de putrefacción que reclamara mi carne; pero lo que entró fue un niño aterrido de frío, cojeando con dificultad apoyado en una muleta de madera. Tenía la cabeza gacha, rapada. No tendría ni diez años. Me miró con unos ojos cargados de tristeza, blanquísimos, perfilados de un negro casi igual al de sus pupilas.
—“Ven” —dijo, con una voz poderosa y regia, mientras me ofrecía su mano. Avance hacia él y, al tomarla, me encontré en otro lugar: Putney Vale, en el extrarradio de Londres; un cementerio gótico, digno de la pluma del irlandés Bram Stoker. Estaba al lado de una lápida negra con una inscripción de reminiscencias egipcias: “Pueda tu espíritu vivir, durar millones de años, tú que amas Tebas, sentado con la cara al viento del norte, los ojos llenos de felicidad” era 1939; el final del camino para Howard Carter, el descubridor de la tumba del joven faraón. ¡Que escaso séquito le había acompañado hasta aquí! Entre ellos destacaba una mujer morena vestida de luto, con un elegante abrigo de visón, un gran sombrero y cargada de joyas. Se agachó y depositó una figura en la tumba: un corazón de piedra.
—Nunca me fallaste. —murmuró. Miró por última vez la lápida y se giró para irse, soltando un casi imperceptible suspiro. Sé su nombre. Pero no lo puedo recordar.
La mujer se paró a los pocos metros, dándome la espalda. Había cambiado; se cobijaba bajo un abrigo liso bastante menos ostentoso, casi tubular y poco favorecedor de las curvas femeninas. El enorme sombrero no mejoraba el conjunto. Ni siguiera estábamos en el cementerio: nos rodeaban las cuatro paredes de una habitación de Hotel cargada de papeles y objetos.
Una puerta se abrió a mi espalda; un hombre moreno, con algo de sobrepeso y que rondaba la cincuentena, salió del cuarto de baño en mangas de camisa y tirantes, sobresaltándose al descubrir a la intrusa. Poco tardé en reconocer el espeso bigote y la gran nariz.
—¿Cómo ha entrado aquí? —preguntó Howard Carter, con un ligero temblor en la voz.
Ella se giró, mostrando su joven rostro y su corta melena ondulada y oscura. Su mano enguantada estaba jugueteando con los objetos colocados sobre una mesa: unas figuritas de oro con la cara del niño que no me suelta de su mano.
—El dinero abre muchas puertas. Supongo que no me dirás que estos objetos están registrados y que los estás estudiando ¿verdad? no soy imbécil, Howard.
La cara del hombre enrojeció de la rabia, pero terminó por bajar la cabeza.
La chica recogió los preciados objetos; después se acercó a Carter y se los introdujo en los bolsillos.
—¿No estás harto de que te humillen por tu falta de estudios y dinero? ¿Piensas ser un criado toda tu vida? Yo podría acabar con todo eso… y olvidar estas chucherías.
Carter miró los ojos oscuros e intensos de la joven. Tras un corto silencio, por fin habló.
—¿Qué tengo que hacer?
Noté la presión de los dedos del niño-Dios en mi mano y la habitación desapareció en medio del fogonazo rojo de unos pendientes de diamantes, alcanzados por el sol del atardecer. Carter los estaba dejando caer en la mano de un joven egipcio bien vestido, en un café del Cairo.
—¡Nadie se tragará todo eso! —exclamó el joven, reticente.
—Funcionará. Tú haz tu parte, si sabes lo que te conviene —le respondió Carter.
Un timbre estalló en mis oídos: un teléfono, una conferencia, los pasos de una joven criada antes de que pudiera verla cruzar una habitación forrada de roble y coger el molesto aparato.
—¡Señorita! ¿Quiere hablar con…? ¿Conmigo? —respondió, extrañada— sí, sí. Por supuesto que lo sé. Ya le dije que le debía un favor. Recuerdo donde está la jeringa, sí.
La mujer palideció; creí que iba a decir algo, pero terminó por colgar y alejarse del teléfono, mientras se frotaba las manos en el delantal.
Mi guía me transportó al exterior; estábamos a los pies de los dieciséis escalones que bajan hasta su tumba. Carter apareció caminando entre los trabajadores, precediendo a un hombre bastante mayor, delgado y bien vestido, que caminaba ayudado por un bastón. Sin previo aviso, Carter golpeó con la mano abierta la mejilla izquierda de su mecenas.
—¡Ah! Demasiado lento, amigo mío: me ha picado —dijo Lord Carnarvon.
—Debería ponerse Yodo: este lugar es muy insalubre.
—Ya sé que no cree en estas cosas, pero… ¿Se ha fijado que el faraón también parece tener una picadura de mosquito en la mejilla? ¡Y justo en el mismo sitio!
Carter rió la ocurrencia, mientras escondía entre sus dedos una fina aguja metálica, impregnada de un líquido pestilente. Lo siguiente que vi fue a Lord Carnarvon delirando de fiebre en el que sería su lecho de muerte. A su lado estaba la joven, sentada junto a la cama, a la luz de la luna.
—¡Tanto dinero despilfarrado! ¡Estúpido, estúpido viejo! —espetó.
En la habitación contigua, un reloj daba dos campanadas.
“Es la hora”, susurró la voz de Howard Carter. Observé como el elegante joven egipcio colgaba el teléfono y, tras levantarse con disimulo de su puesto en la central eléctrica, se acercó a unos interruptores de control y los cerró. Poco tardó el sistema en sobrecargarse y estallar, creando un efecto dominó de sobretensión que dejó todo el Cairo a oscuras.
“Es la hora”, dijo la voz de la joven, y volví a ver a la criada, alumbrándose con un candelabro mientras entraba en una habitación cuajada de libros. Avanzó hacia el Fox Terrier que dormía plácidamente cerca de los rescoldos aun calientes de la chimenea, empuñando en su mano derecha una primitiva jeringa de cristal llena de un líquido oscuro.
La perrita, que me recordaba mucho al Milú de Tintín, se incorporó extrañada y retrocedió cojeando sobre sus tres patas, mientras la criada depositaba el candelabro en el suelo. Después, con un rápido movimiento, la mujer atrapó el cuello del can, que empezó a ladrar como loco intentando escapar. El candelabro recibió una patada que lo hizo rodar y apagarse, dejándome a oscuras. Solo pude oír un lastimero aullido de dolor.
—Ya está, Susie. Ya está —murmuró la mujer entre sollozos.
Quedé en la oscuridad hasta que una diminuta llama tembló en el aire enrarecido. Fue suficiente para ver ante mí el perfil de madera del dios Anubis. Solo tuve que girarme para ver la caja dorada que servía de capilla a las vísceras del joven rey, protegida por las efigies de Isis y Selkis: estaba en la antecámara de la tumba. El niño se soltó mi mano, dirigiéndose al otro cuarto, hacia su sarcófago.
—¿Puede usted ver algo? —escuché.
—Si ¡Cosas maravillosas!
Me encaminé hacia el orificio del que provenían la luz y las voces y atravesé la pared.
Por primera vez vi a Callender, el egiptólogo que hacia sus propias investigaciones a algunos kilómetros de la tumba. A los demás ya los conocía: Lord Carnarvon, Carter y… la joven, que me miraba a los ojos, con cara de espanto; escapó de ella un grito agudo, que parecía no tener fin.
Desperté y de un golpe acallé al despertador. Eran las siete menos cuarto. Sobre la mesita de noche estaban las notas de mi relato, con las fotos. Tomé la superior. En ella, una chica morena me miraba descarada con sus ojos fríos. Parecía reírse de mí, sabiendo que jamás podría demostrar nada.
La gente quiere creer. Creerán la maldición que había arrebatado la vida al patrocinador de la profanación de la tumba de Tutankamón; se asombrarán al saber que al morir Lord Carnarvon toda la ciudad del Cairo quedó a oscuras, mientras su perrita moría tras emitir un quejumbroso aullido, allá en la lejana Inglaterra: con la mayor cortina de humo de la historia, Evelyn Carnarvon, la hija del Lord, había logrado el crimen perfecto.

FIN

Ejercicio sobre novela histórica de capa y espada y crimen perfecto.

Joan Villora Jofré


jueves, 19 de marzo de 2009

LA TELA DE ARAÑA

LA TELA DE ARAÑA

Seguía golpeando el cenicero con el dedo, arriesgándose a desperdigar por encima de la mesa los restos de ceniza y colillas. Aspiraba tranquilo y profundo el humo del cigarro que parecía estar atontándolo, esta tarde permanecía demasiado pensativo. El traje de franela gris con su áspero tacto picaba mucho, resultaba incomodo rascarse con el relleno que llevaba para dar volumen y estaba sofocado, las patas delanteras desabrochadas le permitían usar las manos, la máscara con las grandes orejas y la trompa permanecía siempre cerca por si los niños irrumpían colocársela y rápidamente simular que barritaba. Tenía 46 años y pronto sería un elefante.
“Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña..”. Llevaba un rato considerando que así era su vida, balanceándose frágilmente desde hacía ya muchos años, sobre un telar tejido de demasiados infortunios. Pespunteado de ilusiones rotas, de falsas esperanzas y de dolorosas mentiras. Sin posibilidad de cambiarla. Mientras intentaba recordar en que oportuno momento su existencia empezó a escribirse con renglones torcidos y demasiados borrones para aprobar con nota esta asignatura.
Las malas compañías lo perdieron, contaba su madre a quien le preguntaba, mientras atendía las mesas en aquel lugar de paso, ahora devorado por la gran urbe. Con seis años ya barría las colillas que años después recolectaría para exprimirles las hebras restantes de tabaco con ansiedad y vicio. Pronto asaltaría la caja, ante la desesperación de una madre soltera con falta de autoridad. Una imprudencia de juventud lo llevó a la cárcel, al atropellar al estanquero en la acera cuando venía de jugar su partida de dominó, saboreando su último cierre. Conducía borracho, sin permiso y con un coche robado. Confundió el acelerador con el freno, una constante en su vida: ir demasiado deprisa, no saber cuando parar. Se reincorporó a la sociedad diplomado en delincuencia y licenciado en drogas.
En esto pensaba mientras seguía jugando con el cenicero sin parar de darle vueltas, intentando que las colillas girasen al compás. El disfraz le seguía molestando horrores, mirando el cenicero con las colillas humeantes pensó cuanto se parecía a su vida, ya consumida y apagada. Apretó la colilla contra el cenicero achicharrándose la yema del dedo.
Recordó a la Reina de la fiestas, y su fuga durante dos días dementes e insensatos recorriendo los pueblos blancos de la costa en el Seat. Duró lo que tardaron los padres de ella en encontrarlos y arrancarla de un futuro nefasto, para llevarla muy lejos de allí, por siempre jamás. A la hija fruto de la aventura sólo la vio una vez en una foto que tenía su madre, la pobre abuela, en el costurero.
Miró con resignación la cabeza de felpa del elefante que mustio descansaba sobre el asiento de la silla, gris y sucio. Encendió otro cigarro y aspiró el humo, al tiempo que volvió a hacer girar el cenicero sobre su eje, el ruido al chocar el vidrio tallado contra la superficie de la mesa, le recordaba al del tren en marcha. Taca tá taca tá taca tá...repetía mentalmente.
Mientras la madre se consumía con los disgustos y la enfermedad, en sus postrimeros momentos, sin conciencia apenas, el hijo le obligó a firmar la venta de la taberna, era un animal en busca de su dosis, y la infeliz en un último lamento de lucidez pensó: -A ver si revienta, el hijo de mi alma, porque ya no tiene solución. Perdió la oportunidad de enderezar una trayectoria torcida, pudo ser su sustento, su futuro...pero prefirió seguir bebiéndose la vida a tragos largos hasta atragantarse.
Algunos lustros después intentó rehabilitarse en una ONG y allí se enteró de que su sangre se había infectado años atrás.
Se abrochó las patas delanteras después de apurar la última calada, se ajustó la máscara y se transformó en elefante.
Se ganaba unos eurillos en los cumpleaños y fiestas infantiles que celebraban en aquel local disfrazándose de elefante, jugando y cantando, se cubría todo el cuerpo con un disfraz de felpa gris con las orejas rosas y una gran trompa, no había peligro ni de contagio ni de enseñar las secuelas purulentas que se reflejaban en su cara que asustaba a los niños y alertaba a los padres. Curiosamente cuando se convertía en elefante se sentía una persona normal, quedaban ocultas todas sus miserias y se conformaba con que luego le dieran algo para tabaco y un cubata de cola. Recordó las tardes en los billares y las chicas revoloteando a su alrededor, cuando las invitaba a una cerveza a cambio de juegos prohibidos.
“ Como veían que no se caía, llámaron a otro elefante. Doce elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña.....” Se ponía a cuatro patas al tiempo que movía la cabeza hacía todos los lados barritando y cantaban siempre la misma canción. Hasta el infinito.
Sin embargo, cada vez se celebraban menos cumpleaños en el local, preferían ir donde había toboganes y piscinas de bolas, elegían a la multinacional de las hamburguesas. Tocaba renovarse y el dueño del local había tomado una decisión semanas antes para hacer frente a la situación y le insinuó que estaba pensando en otro tipo de distracción, los niños son así, se cansan enseguida de todo, ahora se llevan otras cosas, una play con juegos de karaoke quizá...
Y dejó de ser un elefante, volvieron las miserias y la falta de esperanza. ¿Y ahora qué?. Cogió el cenicero de antes, y lo giró de nuevo, taca tá taca tá taca tá... Saboreó el cigarrillo con calma, sin fuerzas para suplicar la limosna de otra compasión, cansado de su vida y derrotado, sintió pereza del futuro. Salió del local dejando la máscara de elefante junto al cenicero, bajó a las vías de la Estación y esperó al último tren de la noche que lo arrancara para siempre de su tela de araña.


Marien

lunes, 16 de marzo de 2009

Daniel. Relato.

Hola, soy Rosa Sallent. Te envio el ejercicio de relato libre, no sé si te llegará bien o es esta página, pero lo intento. Por favor dime también que me tengo que mirar de la teoría y cuál es el ejercicio. Grácias, un abrazo.

CUMPLEAÑOS
Mis brazos cayeron al aire cuando me di media vuelta en busca del cuerpo de Daniel, mi marido. Somnolienta pensé "que boba" y me giré hacia el otro lado de la cama dándome de bruces contra el suelo. Frustrada y dolorida alargué la mano en busca del interruptor de la luz; me dolía el brazo de tanto estirarlo y tenía las articulaciones de los dedos temblando por el esfuerzo. "Maldito interruptor" pensé, y sin llegar a dar con él, la luz se encendió.
- ¿Daniel?
Pero Daniel no estaba.
- ¿Estas bien? Te ayudaré a levantarte.
- ¡Papá! ¿Qué haces en casa?
- Ven aquí cariño -me dijo mientras me acomodaba en la cama-. Procura dormirte que mañana celebramos tu cumpleaños, ¿recuerdas?
- Claro que sí papá. Cumplir veinticinco años no es algo que se pueda olvidar.
- Duérmete guapa que estás cansada y es muy tarde. -Sentenció mientras me daba un beso en la frente antes de ajustar la puerta tras él.

Miré el despertador digital; mi padre tenía razón, eran las cinco de la madrugada, un poco tarde realmente. No entendía nada. Mi Daniel no estaba a mi lado, la cama se había encogido, por eso me caí, me dolía un poco la pierna del golpe y los músculos del brazo por el esfuerzo, y no sabía que estaba haciendo mi padre en casa. Creo que de los nervios me meé un poco, pero sólo un poco. Me aparté buscando sábanas secas y volví a caerme. "¡Au!" chillé al recibir el impacto. En menos de un minuto ya estaba mi padre otra vez en la habitación.
- Ven -dijo llevándome a mi habitación-, te cambiaré las sábanas, tu duérmete aquí tranquila que mañana será un día feliz. -Y me volvió a arropar.
-Buenas noches papá -Dije avergonzada por haber mojado las sábanas, pero contenta de regresar a mi doble cama y pensar en mi cumpleaños.
-Buenas noches cariño.

Un rayo de sol que se dejaba entrever a través de las cortinas me despertó. Cerré los ojos tapándome la cabeza con la almohada y haciéndome un regalo de cinco minutos más, a fin de cuentas hoy es mi cumpleaños. Seguramente al mediodía vendría la familia a comer, no tenía que preocuparme de nada porque a Daniel le gustaba cocinar. La tarta, ¿sería de fresas? No me atrevía a preguntárselo porque de pequeña siempre había preferido la sorpresa, aunque lo de la tarta de fresas sabía que ya era un clásico, con veinticinco velas, ni una más ni una menos, ni mucho menos eso tan feo del dos y el cinco; son veinticinco, pues que sean también veinticinco las velas; había de ser así para que el deseo funcionara, aun tenía que pensar seriamente lo que pediría. Luego vendrían los regalos, todos sorpresa y mi impaciencia rompiendo los envoltorios. Seguro que Daniel me regalaría lago bonito, tal vez el vestido azul que tanto me gusta o alguno de esos conjuntos pícaros de ropa interior del que haría gala esta misma noche.
- Carmen, cariño, es hora de levantarse que van a venir todos a comer. -Dijo mientras yo susurré cinco minutos más aun con la cabeza metida en la almohada.
- Muy bien, pero ni uno más. Por cierto ¡Feliz cumpleaños!
- Daniel, métete conmigo un rato, venga, abrázame los cinco minutos.
- Cariño, ya me gustaría pero tengo cosas que hacer, ¿sabes qué hora es?
- No, pero no me lo digas que estoy durmiendo.

En la mesa todos hablaban de no sé que cosas, pero se veían animados. Daniel se sentó un poco distante.
- Cariño, ven aquí a mi lado, ¿desde cuando nos sentamos separados tu y yo? ¿Ya no me quieres?
- Claro que te quiero -Y se sentó a mi lado galantemente, aunque yo le notaba un poco tenso.
- No te preocupes amor -le susurré al oído-, estas cansado, te has levantado muy pronto. Esta noche después de una buena siesta cuando se vayan todos, salimos de fiesta y te animas.
Sonrió tímidamente. Los demás continuaban hablando y yo pensaba que Daniel me amaba mucho, se había tomado muchas molestias y el pollo relleno era excelente, yo también lo amaba.

Mi padre se levantó y fue a la cocina, se notaba que era para encender las velas.
- Daniel, siempre vas tu, a mi me gusta que la traigas tu.
-¿El qué?
-¡La tarta! No soy tonta.
-Ah si, pero hoy le hace ilusión a él, ¿no pasa nada verdad?
-No, claro que no. -Y me puse a pensar rápido en el deseo-.
Mientras veía las velas acercarse en la penumbra decidí que pediría un viaje romántico a las islas; un buen soplido y Daniel y yo pasaríamos el verano en Mallorca.

La tarta llegó a la mesa con toda su ceremonia de luces fuera y cantos en honor a mi cumpleaños. Cerré los ojos con fuerza pensando en las islas y retuve todo el aire del que fui capaz, dispuesta a soplar. Al abrir los párpados, casi a punto de soltar todo el aire contenido, vi la tarta y se me entrecortó la respiración.
-¿Qué significa esto? -Dije mientras la rábia me daba fuerzas para hablar.
- Cariño, es de fresas como todos los años. -Respondió mi padre perplejo.
Miraba a toda la familia; ellos también a mí. No entendía, era una broma muy pesada pero se notaba que ellos tampoco entendían nada por las caras de sorpresa y espectación que me dirigían.
- Daniel, sabes que siempre me ha gustado soplar vela por vela, como todos los años y...
- Abuela, son ochenta años, es difícil vela por vela -me respondió él a la defensiva.
-¿Cómo que abuela? ¿Cómo que ochenta? -Dije mirando el ocho y el cero muy fijamente.
Mi padre se acercó, por su mejilla resbalaba una lágrima silenciosa. Me abrazó con mucha fuerza y me dio un regalo. Rompí el envoltorio sin dejar de mirarlo. Cuando vi el vestido azul el corazón me dió un vuelco.
-¡Daniel! ¡Eres tu! -Dije mientras mi llanto se desahogaba en besos.

Manera simplificada de meter un elefante (o más) en un cenicero


Lo primero que debe hacer el lector – una vez que ha decidido que esto es lo que quiere hacer – es determinar qué clase de elefante usará para esta hazaña. El lector común, que en ningún momento habría de prestar la menor atención a estas reglas, seguramente desconoce la diferencia básica entre una elefante africano y uno asiático. Dado que el africano tiene un mes más de gestación que el asiático resulta entonces evidente – y pido disculpas por escribirlo explícitamente – que se debe escoger el africano. Si el objetivo es meter más de un elefante en el cenicero, recomiendo ampliamente – sobre todo porque el objetivo ya por sí solo resulta un tanto complicado – utilizar un único tipo de elefante. Es decir, si nos hemos decidido por el africano, entonces todos los elefantes han de ser africanos. Lo más conveniente resulta entonces trasladarse, digamos, hasta Kenia. Antes de partir debe usted asegurarse de empacar el elemento primordial para este viaje: el cenicero. Pido perdón nuevamente si en algún momento mi explicación resulta excesivamente detallista. No pretendo con esto insultar su inteligencia, muy por el contrario, mi intención es asegurarme que yo no he olvidado ningún paso que sea fundamental para el cumplimiento de esta misión.

Lo más sencillo es volar hasta Nairobi y, una vez allí, contratar los servicios de algún guía local. Diríjase luego, junto con él, a la sabana arbustiva que limita con Tanzania. Sé que puede usted pensar que resultaría más ventajoso ir al Masai Mara, conocido por su fauna excepcional, pero debo advertirle, si tiene a bien usted escucharme, que el gobierno ha colocado múltiples unidades contra la caza furtiva. Esto sólo añadiría complicaciones innecesarias a esta elemental tarea.

Ya en la sabana habrá usted completado la parte más engorrosa de la misión. Ahora sólo debe sentarse a esperar. En cuanto divise al elefante, dispárele los dardos reductores que debe haber empacado junto con el cenicero. Espero no haberme olvidado de decírselo, pues no se consiguen en ninguna parte del Serengueti. Los dardos tardan unas horas en hacer efecto. Durante este tiempo puede aprovechar para descansar o para empezar a recoger el campamento que usted y su guía local habrán, indiscutiblemente, armado para hacer la espera un poco más placentera.

Luego de unas cuatro o cinco horas, tome el cenicero y acérquese al elefante caído. Ya para este momento deberá haberse reducido lo suficiente. Claro, el tiempo necesario de reducción será proporcional al tamaño del cenicero que haya escogido. Levante entonces al elefante y compruebe si ya cabe. De no ser así, déjelo reposar un par de horas más. Continúe durmiendo o recogiendo el campamento. Una vez que el elefante haya alcanzado el tamaño justo, colóquelo dentro del cenicero. Si había usted decidido meter más de un elefante, repita el procedimiento hasta que tenga el número de elefantes deseado.

Paula Martínez Streignard

Ejercicio Binomio Fantástico Elefante-Cenicero

domingo, 15 de marzo de 2009

VACACIONES DE VERANO

El elefante era azul, azul intenso y tenía la trompa roja. El pequeño Santi lo encontró nada más llegar a la casa de sus abuelos, en el corral de la parte de atrás de la casa. Había gallinas y un par de vacas. Y ahora, también, un elefante azul.

En cuanto llegaban las vacaciones de verano sus padres le llevaban a casa de sus abuelos. Como siempre, era un verano caluroso, y en el pueblo extremeño, durante el día, no se veía un alma. Los del pueblo salían muy temprano por la mañana a hacer sus recados y sus labores del campo, y en cuanto el sol estaba en alto solo se escuchaba el sonido de las chicharras. A Santi no le importaba pasar allí las vacaciones, le dejaban campar a sus anchas y siempre encontraba cosas con las que divertirse. Este año tenía un elefante azul en el corral. Y además, hablaba.

Los días en el pueblo, para Santi, se sucedían a través de un horario marcado por las actividades cotidianas: desayunar, ayudar a los abuelos a echar de comer a los animales, jugar con el elefante azul, comer, dormir la siesta, jugar otra vez con el elefante azul, cenar y por último, antes de dormir, sentarse en el porche a escuchar al abuelo contar historias fantásticas mientras fumaba su gran puro diario. El abuelo sabía hacer figuras con el humo y Santi se reía mientras averiguaba las formas que salían de su boca. Al lado de su abuelo, siempre, su cenicero con forma de estrella. Un cenicero de colores que le regaló Santi hacia un par de años, cuando el abuelo se puso malo y estuvo ingresado en el hospital.

El verano transcurría con normalidad. Santi se hizo muy amigo del elefante, pero un día cometió un error. Habló con el elefante sin darse cuenta de que su abuela andaba cerca. Y su abuela no era como su abuelo, su abuela no entendía de sucesos fantásticos. Así que, llamó asustada a sus padres y les dijo que Santi hablaba solo, les dijo que no jugaba con otros niños, que se pasaba todo el tiempo en el corral y que dudaba de que el niño estuviera cuerdo. Al día siguiente llegaron sus padres. Pero su abuelo impidió que se lo llevaran. Su abuelo se sentó con ellos en el porche, cogió su cenicero con forma de estrella y se puso a fumar de su gran puro mientras hacia figuras de humo y les tranquilizaba con su voz suave.

Un par de semanas después Santi se levantó a desayunar, pero el abuelo no estaba. Su abuela tampoco. Una vecina que no paraba de llorar le preparó el desayuno, aunque se le quemaron las tostadas y se le derramó la leche, de lo nerviosa que estaba. Después le dijo que se sentara y entonces le explicó que su abuelo se había ido al cielo y que su abuela había ido a despedirle. Cuando acabó de desayunar Santi salió al corral, pero el elefante azul también se había ido. Por la tarde llegaron sus padres, también llorando, y se lo llevaron. Pero antes Santi se guardó el cenicero con forma de estrella de su abuelo.

Santiago Almeida se dio cuenta de que se había quedado ensimismado recordando el pasado. Volvió en sí mismo, carraspeó, y con una sonrisa, miró al niño que tenía sentado enfrente, en su consulta, y le guiñó un ojo, mientras le preguntaba a la madre:

- Entonces, dice que el niño, desde que murió su abuelo, no ha vuelto a hablar con esos duendes imaginarios, ¿no es así?
- Sí, así es. Es una buena noticia, ¿no?
- Bueno, como psicólogo, y por experiencia propia además, puedo decirle que la muerte de un familiar querido puede haber provocado que el niño, de alguna manera, al afrontar la realidad, se haya convertido en adulto, dejando de lado su mundo imaginario. En cuanto a si es una buena noticia… depende. Es una pena que la realidad nos haga dejar de ser niños tan pronto, ¿no cree?
- Sí, es posible, pero yo, la verdad, me quedo mucho más tranquila ahora que no tiene esas visiones…
- Bueno, pues entonces creo que hemos terminado el tratamiento. De todas formas, ¿le importaría dejarnos solos un momento?

La mujer pareció confundida un segundo, pero al momento sonrió, dio un beso al niño y salió del despacho del psicólogo. Santiago miró al niño y le dijo:

- No te olvides nunca de esos duendes. Forman parte de ti. No te olvides nunca de soñar y de ser un niño… Ahora ya puedes irte.

El niño salió corriendo, abrió la puerta del despacho y desapareció. Santiago abrió uno de los cajones de su mesa y sacó el cenicero de colores con forma de estrella de su abuelo. Encendió un cigarrillo y sonrió mientras las virutas de humo quedaban suspendidas en el aire formando un elefante.


Texto: T. Vaquerizo

sábado, 14 de marzo de 2009

El brillo perdido

Son las cinco de la mañana. Gloria apaga el despertador de un manotazo. Es la segunda vez esta semana que lo tira al suelo. Mientras lo recoge, recapacita y decide tener más cuidado, romper el despertador no es una solución a sus problemas, todo lo contrario, tendría que comprar uno nuevo y actualmente a duras penas llega a fin de mes.

En el camino hacia el cuarto de baño, va recogiendo la ropa de sus hijos abandonada por el suelo de la habitación. Resignada, coge aire y se muerde la lengua para no soltar un taco.

Mientras se está lavando los dientes, se mira al espejo y contempla ese rostro envejecido, esas ojeras enormes y esos ojos que perdieron el brillo en el momento que perdió la ilusión de vivir.

Gloria tiene tres hijos a su cargo, Laura de seis años, Juan de nueve y Andrés de quince. Los dos más pequeños son de Javier, un delincuente nato y una mala persona. Solo le dio disgustos desde que le conoció, se pasaba el tiempo entrando y saliendo de la cárcel. En un atraco a un banco el guardia de seguridad le disparó y acertó de pleno. Todavía lo está celebrando Gloria. Las palizas a ella y a su hijo Andrés eran frecuentes. Si no hubiese acabado con su vida el guardia de seguridad, lo habría hecho ella. En más de una ocasión estuvo tentada de tirarle por el balcón cuando llegaba borracho como una cuba y no se tenía apenas de pie. El padre de Andrés era un crío, como ella. Desapareció cuando se enteró que Gloria estaba embarazada.

Hace cinco años que trabaja como asistenta en casa del matrimonio Garrido. Una pareja encantadora con dos hijos, Maya, divorciada, con un pequeño de cinco años, y Alberto, un soltero de lujo del que Gloria está profundamente enamorada. Una vez Gloria tuvo una lipotimia mientras trabajaba y él se ocupó de acompañarla a casa en su coche y estuvo más de dos horas al cuidado de su hija pequeña hasta que se recuperó totalmente.

Alberto es arquitecto, tiene un estudio en Barcelona. En más de una ocasión, con el pretexto de finalizar algún trabajo pendiente en el estudio, se ha ofrecido a acompañar a Gloria cuando ésta acababa su trabajo, a lo que ella aceptaba muy gustosamente, pues el desplazamiento hasta su casa no era cosa fácil. Cada mañana tenía que salir muy temprano para coger el tren hasta el pueblo y desde la estación, treinta minutos a pie por una carretera comarcal.

Son las seis de la tarde. Por hoy ha finalizado su jornada laboral. Esta tan cansada que tiene dificultad hasta para caminar. Entonces recuerda que no ha probado bocado en todo el día.
- Estos nervios van a acabar con mi estómago – murmura mientras se quita el delantal y lo coloca en el perchero de la cocina.

Iba de camino hacia la estación cuando a lo lejos vio el coche de Alberto. ¡Dios, como le latía el corazón cada vez que lo veía! Enseguida se percató de que iba disminuyendo la velocidad, hasta que finalmente frenó a la altura de Gloria.

- Sube, te acompaño a la estación. A ver cuando te sacas el carnet de conducir –le dijo Alberto sonriendo mientras le abría la puerta.

- En eso estaba pensando. Mañana mismo me apunto –respondió con sentido del humor al mismo tiempo que subía al coche. Gracias, me viene muy bien que me acompañes.

Con las prisas y los nervios, al intentar ponerse el cinturón de seguridad, se le cayó el bolso al suelo. Alberto reaccionó rápidamente e intentó cogerlo antes que ella. Sus manos se rozaron durante milésimas de segundo. Se encontraron sus miradas y notó cómo se encendieron sus mejillas.

Mientras la acompañaba a la estación, Gloria iba reflexionando, sentía vergüenza de sus pensamientos, de sus deseos. “El príncipe y la fregona” ese era el título de un cuento que le leía a su hija pequeña, y ese era el enunciado que tenían sus sueños.

Llegaron a la estación. Alberto paró el coche y la miró.
- No tengo nada más importante que hacer que acompañarte a casa.

Gloria todavía estaba en la mitad de sus reflexiones cuando le oyó. No se lo podía creer. Esta vez no le ha dicho que tiene trabajo en el estudio.
- Gracias, pero no es necesario –le soltó sin pensarlo dos veces, dejando ver un orgullo que nunca había perdido.

Entonces le miró a los ojos fijamente y se estremeció. Sintió como su piel se erizaba, cómo desaparecía su dolor de estomago, como se le olvidaban su nombre y apellidos. Percibió el resplandor del brillo perdido en sus ojos. Antes de que ella bajase del coche, Alberto la sujetó del brazo.
- Rectifico lo dicho. No es que no tenga nada más importante que hacer, es que tengo ganas de acompañarte. Es más, deseo acompañarte. Puedes compensarme con un plato de pasta con tomate, no me importa compartir mesa con tus hijos…

Gloria lo pensó unos instantes. Cerró la puerta y le miró.
- Vamos –le dijo sonriendo.

Van camino de Barcelona. Gloria abre la ventanilla del coche y se deja acariciar por el viento. Alberto acelera, mientras los pensamientos de Gloria sobrepasan el límite de velocidad, dejando oír su propia voz.
- Al diablo con todo. Hoy quiero ser feliz.


Milagros Herrero

viernes, 13 de marzo de 2009

ANCLADO POR SIEMPRE A MÍ

Me encontraste en aquella estación, con los ojos líquidos, los pulmones secos y las entrañas húmedas. Aun con su sabor entre mis dientes.
Quise decirte adiós. Un adiós de nunca más, que siempre supe nunca sería de nunca más.
Te engatusé, odié y mentí más de mil veces. Pero después de cada vez, volvías a mí con el mismo aire de animal herido que me provocaba volverte a engatusar, odiar y mentir. Te maltraté a consciencia y con la precisión del mecánico que aprieta las tuercas lo justo para no romper la maquinaria. Lo justo para que te fueras, consiguiendo tan sólo dejarte por siempre anclado a mí.
Por más que quiero desterrarte de mi vida, sigues ahí, en cada trago, en cada anhelo, en cada sueño. Me persigues y torturas, me odias y engatusas.

Maldito sentimiento de culpa, quiero que por fin te alejes de mí.

La vuelta a casa

Así como ayer todo estaba oscuro y silencioso, hoy es un día claro, luminoso. Las nubes corren como si huyeran de algo y algunas aves van de un lado a otro sin rumbo fijo, o al menos eso es lo que parece.
Voy caminando pisando un césped que se doblega pero no se rompe. En seguida se termina el césped, creo que en realidad se trataba de un jardín, no estoy seguro porque el paisaje ha cambiado repentinamente, ya no veo el jardín y me encuentro en una plaza abierta con una gran iglesia al fondo. Hay una mujer abrazada a dos niños, muy quietos, muy sonrientes y mirando a un punto fijo delante de ellos, se oye un chasquido y empiezan a moverse nerviosamente y a saludarme efusivamente, como si me conocieran desde siempre, se dirigen hacia mí y me llaman por lo que debe ser mi nombre me intranquiliza porque aunque me son vagamente familiares, no creo reconocerlas y yo ni siquiera sabía que tuviera un nombre.
Entonces me entero de que a la plaza la llaman del Obradoiro, que la iglesia es una Catedral, y que estas personas están aquí pasando unos días de vacaciones, yo como soy nuevo en este lugar, a duras penas alcanzo a comprender la frase “unos días de vacaciones”, recuerdo el día de hoy, que se inició con chasquido y un terrible y cegador fogonazo de luz, muy intensa. De ayer sólo recuerdo que estaba todo muy oscuro, negro, silencioso, . . . pensándolo un poco, en realidad tengo la sensación de que “ayer” no existió.
En un solo paso cambia de nuevo el paisaje, aparecen montañas, ríos profundos, laderas de viñedos, . . . y otra vez las personas de la plaza, ahora sentadas en una piedra y comiendo bocadillos de tortilla, se alegran de verme y parecen sinceros en su sentimiento, vuelven a llamarme por lo que yo supongo que es mi nombre y dirigiéndose hacia mí, me animan a sentarme con ellos y me ofrecen un bocadillo. Como no tengo hambre, no lo acepto y me marcho todo lo deprisa que puedo, sin fijarme en la dirección que tomo porque me da igual a donde vaya: cuando uno se encuentra perdido sin posibilidad alguna de orientación, la dirección que toma no tiene importancia.
Otra vez, entre un paso y otro vuelve a cambiar el paisaje, mas río, viñedos, un horizonte infinito, pero no parece haber nadie alrededor, me siento e intento reordenar mis ideas: paisajes que cambian repentinamente, gente que dice conocerme pero que yo no recuerdo y que parecen moverse a la velocidad de la luz o están en varios sitios a la vez, no le encuentro explicación. Intento hacer memoria, pero no recuerdo nada, es como si hubiera nacido hoy mismo, pero sin embargo tengo la sensación de tener toda una vida a mis espaldas.
Absorto en mis pensamientos, no me doy cuenta de que tengo la compañía de un pescador con una red a medio coser, que según me dijo venía del puerto de Vigo que se encontraba a unos pocos pasos. Me estiro todo lo que puedo intentando ver el puerto, pero sólo veo campo y ría.
Comienza a explicarme las extrañas normas de este, llamémosle ‘mundo’, según las cuales los paisajes cambian repentinamente de un paso a otro según uno va caminando, algo que yo ya había advertido. Sin embargo los paisajes no cambian si te estás quieto.
Me habla de cómo aparecen paisajes a veces con personas, justo después de una gran explosión de luz y un chasquido, igual al modo en el yo recuerdo haber llegado a este lugar y de como en algunas ocasiones desaparecen paisajes y personajes. . . poco a poco voy recordando y despejando mi confusión, por algún motivo perdí la memoria.
Recuerdo que estaba con la mujer y los niños que vi antes, recuerdo que estaba viajando con ellos, nos divertíamos, reíamos y disfrutábamos, visitábamos lugares hermosos, en definitiva disfrutábamos de las vacaciones. Recuerdo las fotografías, cientos de ellas, en la plaza de la Catedral, en las rías gallegas, recuerdo al pescador y el puerto, y recuerdo como de forma inesperada y sorprendente parte de mí fue absorbido por la cámara de fotos, encontrándome en un mundo en el que todos los paisajes por los que habíamos viajado estaban juntos: la plaza, las montañas y las playas, cuando en realidad se encuentran a cientos de kilómetros de distancia unos de otros.
Cuando todo parece haber cobrado sentido y voy asumiendo mi nueva condición de personaje fotografiado, siento que todo se mueve. Me repito a mí mismo que no es posible, estoy dentro de una cámara de fotos, aquí no hay sitio para moverse. . . sin embargo es cierto, como en el interior de un torbellino, todo lo que antes era sosiego ahora parece caos, sorprendentemente es un caos organizado, las imágenes van saliendo ordenadamente, una detrás de otra para impregnarse en el papel fotográfico que les permitirá seguir existiendo fuera de la cámara de fotos, al mismo tiempo que la impresora me devuelve el alma que sin darme cuenta hasta ahora, tanto echaba de menos.


Pedro.

jueves, 12 de marzo de 2009

La muerte de Lord Carnarvon

"He escuchado su llamada y le sigo". Estas fueron las últimas palabras de Lord Carnarvon, refiriéndose al faraón Tutankhamón, en medio del delirio antes de morir.
Apenas 5 semanas antes, había sufrido la picadura de un mosquito en la mejilla izquierda. La picadura se le infectó, se le hinchó y al afeitarse con una navaja, se cortó sobre la zona inflamada. De poco le sirvió la cura con yodo que se aplicó. La fiebre le subió hasta 40ºC de temperatura. Su hija intentó su traslado a El Cairo, pero se encontraba tan sumamente débil y agotado por la fiebre que no tuvo ánimos para viajar. Allí, alertados por su hija, se dieron cita a los pocos días su esposa Lady Almina y su médico de cabecera el Dr. Johnson que estaban en Inglaterra, y su hijo Porchey que estaba en la India. También Carter recibió un telegrama y se desplazó inmediatamente hasta el Hotel donde se encontraba su amigo y mecenas.
Llegaron tarde. Lord Carnarvon estaba casi inconsciente. Deliraba. Fué diagnosticado de septicemia y neumonía. Y el 5 de abril, a la 1:50 a.m.. ciento treinta días después de la apertura de la tumba, dejaba de existir.
Cuenta su hijo que, en el mismo instante de su muerte, súbitamente se apagaron las luces. En la central eléctrica no supieron dar una explicación técnica. Cuenta también que por extraña coincidencia, su perra Susie, que estaba mutilada de una pata, y que tantas veces acompañó a su amo en sus viajes a Egipto, moría en la finca de Highclere, a miles de kilómetros, al mismo tiempo que Lord Carnarvon.
A partir de la muerte de Lord Carnarvon, comenzó la leyenda de la venganza del Faraón por haber alterado su tranquilidad al profanar su tumba.
Se cuenta que un ostrakon de arcilla de los utilizados por los escribas egipcios para hacer sus anotaciones tenía una inscripción que decía: "La muerte golpeará con su bieldo a aquel que turbe el reposo del Faraón". Y que un amuleto hallado en la cámara principal, tenía otra inscripción que decía: "Yo soy el que ahuyenta a los profanadores de tumbas con la llamada del desierto. Yo soy el que custodia la tumba de Tutankhamón".
Como dando la razón a la maldición, al poco tiempo de la muerte de Lord Carnarvon, moría también su hermano menor Aubrey Herbert, de 48 años de edad, suicidándose en un arrebato de locura. Poco después, en Egipto, moría también la Hermana de la Caridad que actuó como enfermera del noble inglés y que le atendió hasta su muerte.
Comenzaron así una serie de muertes que parecían misteriosas y que desconcertaron a los más incrédulos. En 1929 en el Bath Club al que pertenecía, moría el Secretario de Lord Carnarvon, Richard Betkell, hijo único de Lord Westenrys, cuando al parecer gozaba de buena salud. Lo encontraron muerto en su cama. Su padre, al parecer desesperado por la muerte de su hijo se lanzó al vacío desde un séptimo piso, en el que se encontró una jarra de alabastro procedente de la tumba de Tutankhamón. Por si eso fuera poco, el coche fúnebre que llevaba el cadáver, atropelló accidentalmente a un niño de 8 años y le mató.
Aún no podemos estar seguros, a día de hoy, de que Tutankhamón haya dado por finalizada su venganza. Por eso, os aconsejo que destruyáis este texto después de haberlo leído. Yo negaré haberlo escrito.

Mariano Salvadó (Ejercicio relato histórico- Curso Escritura Creativa)