viernes, 15 de octubre de 2010
Banda sonora
No tengo ningún recuerdo, por lejano que esté en el tiempo, que no vaya acompañado de alguna melodía. Con los años he llegado a tener una banda sonora completa que acompaña cada una de las etapas de mi vida. Como cualquier recopilación que se precie tiene sus hits. Canciones exitosas que siempre van conmigo y todos ellos son de Joaquín Sabina.
Le descubrí con “Una de romanos” y fue un amor a primera vista. Bien, eso no es del todo cierto. Verle, lo que se dice verle, ya lo había hecho y por cierto, mi impresión sobre él no era bueno, más bien al contrario. Calificativos como pedante, pesado, feo, quinqui, borracho… eran lo mínimo que se me ocurría al verle. Era aparecer en la tele (en las contadas ocasiones que salía) y cambiar de canal. Y eso ahora no tiene mérito pero en aquellos años de impuesta dualidad televisiva, en los que no existía el mando a distancia y el poder de decisión lo tenían mis padres, no era tarea fácil.
No sé porque aquella canción en concreto me llegó tanto, quizás porque no dejaba de sonar en los 40 Principales o tal vez porque tenía unos espléndidos dieciséis años, estaba o creía estar enamorada y en unos meses iba a ser mamá. Mi vida y mis hormonas estaban alteradas por igual y esa tonada me relajaba y emocionaba por igual.
Como no podía ser de otra manera, me compré el casete. En mil novecientos ochenta y ocho los cedé estaban todavía en pañales y quien más, quien menos tenía un walkman, antepasado de los reproductores mp3. Era el álbum “El hombre del traje gris”, y con él llegó el gran descubrimiento. ¡Sabina escribía sus canciones pensando en mí! Imagino que debéis de estar pensando: “Otra fan histérica”. Pues no. Bueno sí a lo de fan, pero de histérica nada.
“La gafitas de la pecas con complejo de muñeca desconchada. Frota su cuerpo desnudo, contra el lino blanco y mudo de la almohada. Invisible entre la gente,
condenada a ser decente según fama que del cuello le colgaron los que nunca la invitaron a su cama”. Así empieza lo que puede ser el resumen de lo que era mi vida hasta el momento, sin tener en cuenta el embarazo, claro. ¡Es tan fácil caer en las garras de alguien cuando se está acomplejada y falta de afecto como yo lo estaba en aquellos años!
El papel de patito feo no es plato de buen gusto pero solo los que lo hemos vivido en primera personas sabemos lo mucho que marca ir por la vida sin que nadie se fije en ti, o si lo hace, es para burlarse. El dolor que se siente siendo la carabina de tu amiga guapa –aguantavelas, lo llamaban- y que todos los chicos que la rodean te miren con lástima e intenten hacerse los simpáticos contigo para ver si de este modo, consiguen su objetivo: ¡Ligarse a la guapa! Durante mucho tiempo yo fui como la protagonista de la canción, una receptora de besos en la frente o cara pero siempre castos, puros y por supuesto, interesados.
Así pues, ¿cómo no iba a enamorarme del primero que me hizo sentir hermosa y mujer? Caí como la colegiala que era y le di todo lo que tenía y un poco más. Y la criatura que esperaba fue el resultado de tanto amor (y de la rotura de un condón, que eso a mi entender, también tuvo algo que ver).
Y en otro de los temas, la segunda coincidencia: “La chica de BUP casi todas las asignaturas suspendió el curso en que preñada aquel chaval la dejó. Y cuando en la pizarra pasa lista en profe de latín, lágrimas de desamor ruedan por la página de un bloc, y en él escribe ¿quién me ha robado el mes de abril? ¿Cómo pudo sucederme a mí?”.
¡Ya lo creo que me pasó! Y hubo boda o más bien bodorrio. Lloró mi madre, mi abuela y hasta el apuntador (no recuerdo si mi suegra también) pero yo estaba feliz y radiante, como cualquier novia que se precie. Y hubo noche de bodas pero no luna de miel, más bien fue de hiel. Y lo siguió siendo durante tres años más hasta que tanta amargura fue insoportable y me separé, divorcié y olvidé.
Durante esos años, como podéis imaginar empecé a recopilar los trabajos anteriores de Sabina sin descuidar, por supuesto, lo nuevo. En todos y cada uno de ellos había alguna letra en la cual mi vida se reflejaba. Unas veces para bien, otras para mal pero siempre íntimamente ligada a lo que esa voz ronca por no decir cazallosa pero a la vez acariciadora cantaba.
Joaquín habló de mi soledad: “Algunas veces vuelo y otras veces me arrastro demasiado a ras del suelo…”, “Vivo en el número siete, calle Melancolía. Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría. Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía…” Casi parecía que me estuviera pronosticando una severa depresión preludio de un suicidio pero no fue así. Conocí a Martín.
Martín llegó cargado de amor. Pero amor del bueno, de arrumacos y berrinches, de pasiones intensas y noches en el sofá. Y de nuevo las canciones: “¿Dónde queda tu oficina para irte a buscar? Cuando la ciudad pinte sus labios de neón subirás en mi caballo de cartón. Me podrán robar tus días… tus noches no.”, “Febril como la carta de amor de un preso. Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.”
Y pasaron los días, meses, años… y el amor se fue marchando, casi sin darnos cuenta, como polvo a través de las ventanas. Un día le miré y no vi un amante, si no a un amigo, un hermano. Una nueva sonata entraba en mi vida: “Hace demasiados meses que mis payasadas no provocan tus ganas de reír. No es que ya no me intereses pero el tiempo de los besos y el sudor es la hora de dormir” y el adiós no se hizo esperar. Fue doloroso, nunca es fácil cuando aparentemente no hay motivos, la rutina es así, rastrera e invisible pero implacable y por supuesto, destructora.
Mi juglar ya tenía listo el nuevo hit parade ¿Alguien lo había dudado? “Tanto la quería, que, tardé, en aprender a olvidarla, diecinueve días y quinientas noches.” Y el tiempo pasó, el luto se alivió y yo ya no era el patito feo si no una mujer madura, con una idea clara sobre su vida. ¡Vivir y amar intensamente! Adopte un himno apropiado “Qué voy a hacerle yo, si me gusta el güisqui sin soda, el sexo sin boda, las penas con pan? ¿Qué voy a hacerle yo, si el amor me gusta sin celos, la muerte sin duelo, Eva con Adán”. Y así sigo hasta hoy. No me va mal. No me han faltado amores, ni amantes, ni tampoco alegrías adobadas con algún que otro disgusto. La vida es así y así la quiero tomar, sin censuras, ni placebos que me hagan sentir mejor.
Espero ansiosa cada nuevo trabajo de mi cantautor particular, segura de que sabe de mí y lo transcribe en cada una de sus letras, sin pudor y sin permiso. ¿Debería pedirle derechos de autor? Me sonrío al pensar la cara que pondría y en la nueva canción que me dedicaría.
Una más para engrosar mi banda sonora particular.
jueves, 14 de octubre de 2010
INMÓVIL
Ha tirado la toalla, toda su existencia la ha basado en la oportunidad del ahora que los humanos no han sabido apreciar, y que por el contrario, han conseguido hundirle en una frustración de la cual no le interesa salir.
El día a día no sucede, no hay movimiento de astros, pues el tiempo se ha paralizado para todo el Universo, no deviene la noche, las estaciones, ni tan solo los cambios climáticos. Todo parece tan perfecto, que los más escépticos creen que es un sueño. Pero el sueño no acaba.
Mientras en la Tierra, el tiempo no pasa, no existe el pasado y no se prevé ningún futuro, todo es presente. Los anteriormente llamados mortales no caben en sí de gozo. Todo es alegría y exaltación, la vida se ha convertido en fiesta tras fiesta para los más juerguistas y su estado natural ha pasado a ser el de embriaguez.
Los intelectuales devoran libro tras libro, sin percatarse en que no poseen retentiva alguna. Los niños juegan sin parar puesto que la noche no llegará nunca. Los más ancianos, aquellos aquejados de dolencias incurables, maldicen su suerte, sus dolores no cesarán jamás, porque lo finito e infinito ya no son antónimos, no poseen significado alguno.
El pasado se va desvaneciendo, todo lo que ha acontecido y aquellos que fueron recordados alguna vez, han desaparecido de todas las memorias. Las identidades se han perdido, así como los conocimientos. Los seres que habitan el Universo sufren una especie de involución, pero no hacia el pasado, ni hacia el futuro, tan solo se van desintegrando lentamente en la nada más absoluta.
Lúa
miércoles, 13 de octubre de 2010
LA MUERTE DE HELENA por Ferran Villergas Puig
Mario miraba el cadáver de Helena mientras la policía se lo llevaba detenido.
Cuando ya estaba en el furgón policial, con la mirada perdida, continuaba teniendo en su mente la imagen de Helena, en medio de un charco de sangre, con el rostro desfigurado por los golpes que le había propinado con su bate de béisbol.
¿Como había podido suceder esta tragedia? ¿ que sería ahora de sus hijos?
La historia se remontaba algún tiempo atrás. Su mujer, Sandra , con quien tenía tres hijos , dos preciosas niñas gemelas de cinco años y el pequeño de un año, era free lance y se ganaba la vida desarrollando informes económicos para Instituciones públicas.
Sandra era una excelente profesional, muy bien pagada y solicitada, que trabajaba mayoritariamente con INCADES. Con el tiempo esta colaboración acabo siendo exclusiva. Fue un grave error.
Eran tiempos felices, se casaron, después los niños….la vida era de color de rosa.
Que fácil es ser feliz cuado sientes la seguridad de controlar tu vida y no tienes ningún problema. Te sientes poco menos que Dios……..
Mario tenía un buen trabajo, que perdió con la crisis, pero Sandra sostenía económicamente el hogar y el se cuidaba de los niños, mientras soñaba con ser escritor.
Como se tuercen de fácil las cosas, cuando uno piensa que lo tiene todo bajo control… y lo peor estaba por llegar.
En INCADES se produjo una restructuración y ahora la nueva jefa directa de Sandra era Helena, la cual no sentía un especial afecto por Sandra.¿Por qué? ¿Quien lo podría decir? Tal vez porqué envidiaba los ingresos de Sandra , o quizás por orgullo cuando Sandra le reclamaba periódicamente los pagos incorrectos , siempre a la baja , y no se conformaba con sus cortantes respuestas. Nosotros no estamos aquí para revisar tus facturas, no se nos pueden dar lecciones de administración , no te debemos el dinero, o no tenemos tiempo para estos “temas menores” .La deuda crecía……..
De nada servían los buenos modales de Sandra, ni sus intentos de acercamiento amable ante tal nivel de odio irracional. La salud de Sandra se resentía de forma lenta pero imparable.
Esta misma mañana Sandra le comentó a Mario que el test de embarazo era positivo.
A pesar de la situación y dificultades, la alegría fue inmensa.
Entonces llamó el cartero , un burofax de INCADES , firmado por Helena . Sandra lo abre y se le descompone el rostro. Es la notificación de rescisión de contrato mercantil. Se acabó el trabajo, el dinero y con las deudas y los niños…….. Sandra cae fulminada, el corazón no ha resistido la impresión. De nada sirven los esfuerzos de Mario por reanimarla. La ambulancia se la lleva en un intento desesperado por salvar su vida , pero Sandra ya es un cadáver ….. y Mario también.
Mario deambula por las calles circundantes del hospital con la mirada perdida. Tan pérdida como la tiene ahora, mientras viaja en el furgón policial, mientras recuerda las últimas horas que han hundido su vida y la de sus hijos. Sus hijos, los que viven y el que no podrá vivir.
Entonces Mario pasa por delante de una tienda de deportes y ve en el escaparate un bate de béisbol. Lo mira fijamente ,le atrae como un imán. Ya sólo tiene una idea en la mente, MATAR , MATAR , MATAR A HELENA.
Compra el bate y va a INCODES , el corazón le late con fuerza , pero el no lo siente , no siente nada , no oye a quienes le gritan. Entra en el despacho de Helena y descarga una y otra vez el bate en su cabeza con rabia demencial. Sólo se detiene cuando el rostro de Helena, tendida en el suelo agonizando en un charco de sangre, no es más que una masa deforme ensangrentada.
Mario se sienta en la silla del despacho con la mirada fija en Helena, mientras esta exhala su último suspiro pensado en sus dos hijos de los que era madre soltera.
¿Que será de ellos ahora? Que absurdo es el odio irracional que sentía por Sandra. Ahora lo ve claro. Ahora que ya es muy tarde.
¡Meteoritos! - Antoni
Robert Dawson empujo la puerta del servicio de caballeros con todas sus fuerzas, pero ésta solo se abrió dos palmos, que volvió a cerrarse con la misma fuerza. Estaba enfadado, pues le habían hecho saber que durante el vuelo dispondría de desayuno, pero sin donuts y con cerveza sin alcohol. Volvió a empujar la puerta aún con más rabia y ésta por fin se abrió hasta golpear con la pared.
Algo le sorprendió. Un hombre, calvo y corpulento yacía en el suelo del servicio, un par de metros más allá de la puerta de entrada. Tenía la cara y la camisa empapadas de sangre y se tambaleaba intentando ponerse en pie.
Robert lo miró desconfiado, pues su madre le había inculcado que no debía hablar con extraños, y este le parecía todo un espécimen. A pesar de eso, la curiosidad pudo más. Era todo un experto en encontrar por Internet a gente rara, con aficiones extrañas, de esas llamadas “frikis” y esta la tenía delante y parecía necesitar ayuda.
– La puer…la puerta…un gol…un golpe…nariz. – era lo único capaz de balbucear el extraño.
– Ya entiendo, se ha dado un golpe con la puerta. – Dawson analizó la situación con su peculiar perspicacia. – ¿lo ha hecho adrede o aún anda borracho?, no me extrañaría viendo lo que le cuesta levantarse. Pues debe saber que si ha roto la puerta, el aeropuerto le podría demandar y cobrarle los desperfectos, lo vi en un capitulo de CSI. De hecho, le puedo buscar en Google lo que cuesta una puerta de estas características. ¿Sabe que en Google sale todo? Será mejor que avise a algún vigilante del aeropuerto para que sepa de los hechos, que aún seré yo el que se meta en un lío por no explicar lo que he visto. – pensó en voz alta.
El agente observó la situación, el hombre sentado en el suelo empapado en sangre, la maleta con las piedras…cogió la radio que llevaba colgada a la cintura y solicitó refuerzos, un altruista ciudadano había conseguido reducir a uno de los peligrosos contrabandistas de meteoritos que durante tanto tiempo habían perseguido.
En minutos, llegaron varios agentes que esposaron al contrabandista y se lo llevaron a rastras. Mientras, des del fondo de un urinario, Dawson, gritaba “¡no se olviden de hacer fotos de la puerta para cobrarle los desperfectos!”
viernes, 30 de abril de 2010
C'EST LA VIE (CONRADO SANCHEZ)
No debía haber venido —se dijo a sí misma. En ese instante Carlos se levantó de la mesa y se dirigió hacia la cocina brindándole una confidente mirada.
¡Por Dios Emma! ¡Levántate de la mesa y márchate antes de que sea demasiado tarde! —repetía en su interior. Pero sus piernas no obedecían a la razón, eran presa de quién sabe si el corazón o la pasión. No era propio de una cuarentona casada y con niños estar sentada en la mesa del apartamento de un compañero de trabajo, pero, ¿qué había de malo en ello?
Probablemente todo eran fantasías suyas. Carlos era un tipo especial. Un hombre de treinta y muchos, digamos que…del montón, con una media melena morena y muy, muy delgado. Pero lo importante no era su aspecto, lo importante eran su sencillez, su sensibilidad. Eso era lo que lo hacía especial. Sus conversaciones con él eran distintas. Eran casi como …“de mujer a mujer” —pensó. La entendía, la comprendía, la animaba, le hacía reir y nunca había tenido con él la sensación de que la acorralaba. Había visto en sus ojos, o había querido ver, como él la deseaba. ¿O era su deseo la que le hacía ver todo eso?
Su vida era una vida…feliz. Su marido era una estupenda persona al que sin duda quería con el alma; un tipo guapo, exitoso profesionalmente, y al que más de cuatro mujeres quisieran tener junto a ellas. Entregado por completo a su esposa y sus pequeños y sin embargo…Sin embargo Emma se sentía sola. No sola de compañía, sola de atención, de comprensión, de…Muchos días, recordaba con nostalgia, como él la había hecho sentir una princesa y ahora…
Emma, a sus cuarenta y…había empezado a sentir, casi de forma obsesiva, la necesidad de aprovechar la vida, de vivir la vida, de sentir la vida. Quizás, aquel episodio en que —aunque él lo negase—, Javier, su marido, tuviese aquel lío de faldas durante un viaje a Madrid, la había llevado a esta convicción, quizás...
Sin ser una top model, resultaba aún muy atractiva. Las continuas insinuaciones y alabanzas de amigos y compañeros de trabajo no hacían más que corroborarlo. De altura media, su melena rubia, sus acaramelados ojos y unos pechos desafiantes, no dejaban indiferente a casi nadie. Y su sonrisa, Emma siempre sonreía.
—¿Te gusta el chocolate verdad? —preguntó Carlos desde la cocina.
—¿Cómo…? Sí, si ..claro! —respondió Emma, como despertando de sus pensamientos. —No pasa nada Emma —se dijo a sí misma. —Un compañero de trabajo, con el que tienes una relación cordial, te invita a comer a su casa un viernes porque tú le has dicho que no tenías tiempo de ir a tu casa y volver al centro después a hacer unos encargos…lo más inocente del mundo. Carlos vive cerca del despacho y “sólo” has venido a comer y después te marcharás tranquilamente… Sirviéndose una copa de aquel buenísimo vino blanco intentó relajarse.
Carlos apareció de nuevo con una bandeja en el que se adivinaba una especie de bizcocho regado con chocolate caliente. El olor del chocolate inundó las sensaciones de Emma.
—La magia de este postre viene ahora —afirmó Carlos mirándola fijamente a los ojos.
—¿Magia? —preguntó Emma, entre curiosa e inquieta.
—Ja, ja, ja —rió Carlos. —Verás —dijo descorchando una botella que había traído junto al postre. —Se trata de una receta muy antigua, del norte, el bizcocho regado con el chocolate tiene una textura más bien seca, así que de lo que se trata es de tomarlo a la vez con este compuesto de hierbas que le da un toque especial.
—¿Pero…tendrá mucho alcohol, no? —preguntó Emma mientras lo miraba y sentía un irrefrenable deseo de abalanzarse sobre aquel tipo que siempre la hacía sentir como una reina. “Sentir” claro, esa era la palabra, durante toda la comida ella le había hablado de mil cosas y “sentía” que a él le importaban, “sentir”…
—¡Que va! —afirmó Carlos. De una forma casi instintiva, Carlos puso su dedo índice en el vasito en que había depositado el líquido y alzando la mano a la altura de la boca de Emma le dijo: —Toma prueba, ¿no me crees? Ja, ja, ja, ¿piensas que quiero emborracharte o qué?
Debo estar volviéndome loca —se dijo. Casi sin pensar Emma acercó su húmeda lengua al dedo de Carlos y probó tímidamente.
—Tenías razón, está bueno. ¿Así que no quieres emborracharme, no?
En ese instante Carlos la miró fijamente a los ojos, se levantó, se dirigió hacia ella y poniéndose a su espalda la cogió por los hombros. Ella notó como su aliento se acercaba a su cuello…La besó suavemente justo por debajo del lóbulo de su oreja, mientras sus manos acariciaban sus hombros y su cuello. Ella gritó hacia su interior. Un escalofrío le recorrió de abajo arriba la espalda cuando Carlos empezó a dar leves mordiscos alrededor de su cuello. Notó como sus pezones se endurecían como nunca lo habían hecho. Mientras seguía recorriendo su cuello con labios, dientes y lengua, Carlos deslizó una de sus manos entre sus pechos. El corazón le latía deprisa. Notó como aquella mano le acariciaba suavemente como una pluma primero, con energía después. Sin dejar de acariciarla Carlos hizo que se levantase y girándola hacia él la besó suavemente abrazándola fuertemente. En segundos sus labios y sus lenguas iniciaron un armonioso ritual que fue convirtiéndose en salvaje. Emma recorrió con sus manos la espalda de Carlos, con fuerza; sintió en el chocar de sus cuerpos toda la encendida virilidad de Carlos. Sin dejar de acariciarse, besarse, lamerse…se desnudaron, muy lentamente, eternamente. Emma se dejó caer suavemente en el amplio sofá tras la mesa. Carlos la siguió. Los rayos del sol de media tarde dibujaban la silueta de Carlos haciéndolo aún mas deseado. Situándose sobre ella, Carlos comenzó a lamer el cuerpo de Emma, mientras sus manos le sujetaban con fuerza por detrás de sus muslos. Poco a poco Carlos fue recorriendo con miles de pequeños besos primero los pechos, después el ombligo…Emma sentía como aquella boca la hacía estallar en mil pedazos, en millones de pedazos. Durante unos segundos se mantuvo absolutamente inmóvil, extasiada, sin necesidad alguna de bajar a la realidad. Carlos se tumbó junto a ella y empezó a acariciar suavemente su cabellera rubia, ella le miró sin verle… Fueron segundos, minutos o horas quizás las que Emma sintió esa sensación, no estaba sola… “sentía”. Se giró hacia Carlos, llevó con suma delicadeza una de sus manos hacia abajo y empezó a acariciar con suavidad el miembro que se le ofrecía arrogante, Carlos suspiró con fuerza apretándola contra él; Emma sintió como un torrente se apoderaba de ella, de nuevo su respiración se aceleraba, apartó su mano y manteniendo sus pechos deliberadamente a la altura de los labios de Carlos, se sentó literalmente sobre “él”. Ambos volaron apenas unos segundos, gritaron, sus cuerpos formaron un tenso arco justo antes de una explosión inenarrable, breve, apocalíptica…
CAPITULO II
Viernes, casi las nueve de la noche cuando Emma, con los nervios a punto de hacer estallar su cerebro en pedazos, entraba por la puerta de su casa. Al fondo del pasillo Javier, su marido, gritaba con Manel, el mayor de sus dos hijos, mientras el pequeño, Roger, lloraba.
—¡Manel!, con casi trece años deberías entender que tu hermano hay cosas que aún no comprende, ¿no crees?
—¡Estoy harto de ese enano!
—¡No le vuelvas a llamar enano!
—¡Es un imbécil! ¡No hace más que incordiarme!
—¡A tu cuarto ahora mismo!
—Pero…
—¡Manel, he dicho que a tu cuarto!
—¡Me cago en…—refunfuñó Manel por lo bajo.
—¿Qué has dicho?
—¡Nada! —contestó Manel tomando el camino hacia su cuarto y encontrándose de frente con Emma.
—¿Qué pasa? —preguntó Emma en tono conciliador abrazando a Manel.
—¡Eso es! —replicó Javier mientras cogía al pequeño Roger en brazos—¡Tú mímalo! ¡Después de que él no para de joder a su hermano!
—Vete a tu cuarto, ahora vendré —le susurró Emma a Manel. —Buenas noches cariño —prosiguió Emma dirigiéndose a Javier —Ya sabes como son los dos, sabes que Roger no es precisamente un santo…
Durante varios minutos, que a Emma le parecieron días, Javier insistió en que la educación de los niños era algo muy serio y que Manel debía entender que como mayor tenía que tener más paciencia con su hermano, y que…y que…El rumor de las afirmaciones de Javier seguían persiguiéndola mientras ella se dirigía hacia su dormitorio con una sola frase en su cerebro: ¿Cómo ha podido sucederme algo así?
—¿Te pasa algo? ¿Me estás escuchando? —le preguntó Javier con tono de reproche.
—No…no…no pasa nada, he tenido un día terrible en el trabajo y tengo un dolor de cabeza tremendo…Me voy a dar una ducha.
—¡Pues anda que yo! ¡Sólo me faltaban estos dos monstruos esta tarde! —replicó Javier. —Me arreglo y me marcho, ¿recuerdas que hoy tengo la cena del tenis verdad?
—Si…si claro…
Las sensaciones se agolpaban. Por un momento pensó que todo lo que recordaba de la tarde quizás no era más que una mala pasada de su mente. Sentada al borde de la bañera, sentía como su corazón se aceleraba.
Desde que había salido de casa de Carlos, sobre las seis, y durante casi dos horas, había estado en la cafetería del centro comercial reprochándose su acción y preparándose por si Javier notaba “algo”. Se había mirado mil veces en el espejo, eliminando, casi centímetro a centímetro, cualquier rastro que delatara su aventura. Se había maquillado y desmaquillado. Había examinado su ropa con la precisión del más audaz de los detectives. Lo había borrado todo. Todo excepto la imagen de Carlos en su cuello, en sus pechos, en su vientre…Todo excepto aquel nudo que le oprimía la garganta y amenazaba con hacerla estallar en cualquier momento.
Tras una ducha rápida, recogió toda la ropa y la puso a lavar casi con la cautela de quién traslada un cadáver. Después de despedirse de Javier pidió una pizza para cenar con los niños y una vez acostados se estiró en el sofá. De pronto sonó el móvil.
—¡Carlos, por Dios!, ¿ cómo se te ocurre llamarme a estas horas?
—Perdona, pero es que me he marchado de casa poco después que tú y me he olvidado el móvil; ahora he visto que tenía varías llamadas tuyas…
—Si, si, te he llamado porque quería decirte que…bueno que…en realidad esta tarde no ha pasado nada.
—Ah, si…claro, no ha pasado nada —contestó Carlos entristecido y disminuyendo el tono de su voz.
—Quiero que lo entiendas Carlos, no quiero que nos equivoquemos, es mejor así.
—De acuerdo Emma, si es lo quieres…
—Discúlpame Carlos, no estoy en mi mejor época, y esta tarde me he dejado llevar por la sinrazón. Soy una mujer felizmente casada y no sé bien que me ha sucedido, en cualquier caso gracias por entenderme. Por cierto, ha debido ser un tu casa que he perdido un pendiente, no tendría más importancia pero hace apenas una semana que me los regaló mi marido y…
—No he visto nada —contestó Carlos en un tono de voz aún menor que el anterior- pero no te preocupes, si lo encuentro el lunes te lo llevo al despacho.
—Gracias Carlos, buenas noches.
—Buenas noches Emma, un beso.
Después de colgar Carlos se llevó las manos a la cabeza. Durante toda la tarde había estado luchando entre un infernal sentimiento de culpa y una ilusión de quinceañero que ahora, Emma, con dos frases había destrozado literalmente. Nunca debí fijarme en ella —pensó—. ¿Pero acaso somos capaces de controlar el mundo? ¿Sentía ella más de lo que decía y sin embargo lo negaba? ¿Una mujer tan felizmente casada se entrega con la pasión que ella lo había hecho? —su cerebro se enzarzaba en una telaraña de preguntas sin respuesta y además le reprochaba:—“Apenas hace seis meses de la muerte de Olga y tú ya andas con otra”—“¡Olga era la mujer de mi vida pero murió! ¿acaso debo morir yo en vida? —se contestaba en gritos interiores—. Se dejó caer hacia atrás en el sofá, como intentando mitigar las sensaciones. Recordó a Olga, un noviazgo fugaz con trágico final. La conoció en París, el verano pasado. Todo fue muy rápido, se amaron hasta el alma; un alma sola eran; un alma que les duró apenas un año. Ella en París, el aquí, y un amor loco de ida y vuelta. Ilusiones truncadas victoria del tumor. Sueños rotos. Dolor. Macabra la vida. Ni siquiera le dio el tumor la oportunidad de que los padres de Carlos la vieran sonreir. Conocer a alguien el día de su funeral, sin palabras, victoria del tumor. Y ahora Emma. Seis meses después. ¡Sólo seis malditos meses después! Pero en realidad Carlos —se intentó grabar a fuego en el cerebro— “esta tarde no ha pasado nada”. Dos hilos de lágrimas recorrieron sus mejillas, agachó levemente la cabeza, abrió su mano izquierda, clavó fijamente su mirada sobre la blanca perla de aquel pendiente.
CAPITULO III
“Esta tarde no ha pasado nada”. Emma se aferró a esa idea como quien cierra los ojos con fuerza para anular una insoportable visión. Debía intentar dormir. Dormir, olvidar. Javier volvería tarde de la cena del tenis; esas cenas siempre acababan tarde y con alguna copa de más. Mañana sábado lo vería todo más claro, menos sombrío. Una voz, llegada quizás del mismo infierno, le recordó todo lo que había “sentido” con Carlos. Un remolino le removió las entrañas. La propia tensión la llevó allí donde nacen, y mueren, las pesadillas.
Entre sueños Emma notó como una mano se deslizaba suavemente por su espalda. Encogió el cuello hacia atrás en un escalofrío mientras Javier, su marido, le susurraba un “amor mío” al oído; la mano resbalaba hacia sus muslos delicadamente. Boca abajo, sintió el calor de los labios de él en su nuca. Entre caricias se fue despertando. Javier la giró suavemente y empezó a mordisquear suavemente sus pechos, su escote, arqueó su cuerpo, excitada buscó su boca y lo besó dulcemente primero, con fuerza después. Ambos se abrazaron y unieron, primero sus labios, después sus lenguas…Durante unos minutos sus dedos, sus manos, sus … dibujaron y recorrieron como fuego todos los rincones de sus cuerpos. Los alientos hirviendo como lava. Emma se hundió entre las piernas de Javier, él suspiraba, volaba. Con los ojos cerrados y absolutamente entregado a su diosa, acarició suavemente la melena rubia de Emma, que sentía como la respiración de Javier se sincronizaba con breves y enérgicos movimientos de cadera, vencido a sus caricias. Apretando con fuerza el miembro de Javier, subió serpenteando con su lengua hasta encontrar su boca, …le inundó con su lengua. —“Emma”— susurró Javier dejándola caer suavemente a un lado; se situó sobre ella, sus fuegos se aproximaron deseosos, se unieron con fuerza en un océano de olas de ida y vuelta…, Emma apretó fuerte sus manos a las caderas de Javier, como temiendo su retirada; Javier tomó con energía los muslos de Emma y lanzó toda su furia mientras veía como los ojos de Emma se perdían en la noche de los tiempos; el ardor se detuvo a contemplarlos …y un trueno los envolvió elevándolos por encima de sus propios cuerpos; …abatidos, sudorosos, extenuados, con la calma que sucede a la tempestad, se abrazaron, como el pétalo se abraza con la rosa.
—Te quiero como a mi vida Emma.
—Y yo a ti mi amor.
En pocos minutos Javier se sumió en un dulce sueño, mientras, Emma naufragaba a solas en su propio llanto. Y aquel pendiente…
CAPITULO IV
El sábado despertó misterioso. Las notas de una mágica canción, “Sharing the night together” de Dr. Hook, sonaban en el despertador. Eran las nueve de la mañana. Comprobó que Javier dormía plácidamente y se apresuró a parar la música a pesar de que aquella melodía le apasionaba.
En un vistazo rápido a la habitación comprobó como el tono pálido de la pared que tanto había lucido un par de años atrás, era realmente un pálido agotado; las cortinas quizás ya no colgaban, caían; la lámpara no iluminaba, deslumbraba…
“Anoche quisiste dormir para olvidar y te despiertas con más grises que blancos.” —Emma necesitas un café largo —pensó —y como por inercia puso rumbo a la cocina.
El día transcurrió como transcurren aquellos días en los que la vida es algo que se ve desde la platea. Emma intentó hacer una vida familiar “digamos” que normal, con aquellas cosas que hace una familia corriente un sábado. “Con aquellas malditas cosas repetidas de cada sábado” —pensó sin querer pensar. Las imágenes del día anterior iban y venían como potros sin control. De repente, al mirar a Javier, se imaginaba como encolerizado apresaba a los pequeños y corría gritando como un demente mientras ella los perseguía sin poder darles alcance.
“Anoche parecías otra cariño, has aprendido mucho últimamente…” le había susurrado lascivamente Javier hacia unos segundos. Su cerebro rememoraba las escenas de la noche anterior y le recordaba quien era el hombre al que ella veía durante todo aquel encuentro con su marido. Sintió como un latigazo recorría su espalda.
Una llamada al móvil la sacó de la pesadilla en la que llevaba todo el día sumergida.
—¡Emma!
—¿Qué dices Carlota?
—Bien ¿qué hacéis?
—Tú dirás…aquí de sofá, con Javier y los críos, después de comer…con ese sueño…
—Ya veo que como yo, ¡follando como una loca en la siesta del sábado! —gritó Carlota, al otro lado del teléfono, soltando una carcajada burlesca.
—Qué bruta eres, ¿estás sola verdad?
—Sola, sola…lo que se dice sola…—siguió divertida —Oscar ha ido a casa de su madre y yo aquí con mi amigo…¡a pilas! —volvió a gritar sin parar de reir.
—No cambiarás nunca joder. Y qué, ¿acaso me llamas para darme envidia?
—¡Claro! —prosiguió Carlota en el mismo tono. —Oye que no, ahora en serio, he hablado con Laura y hemos quedado para ir a cenar y después a tomar algo, por supuesto “sin mariditos” —haciendo servir un malévolo tono —¿Te apuntas?
—Creo que no estoy de humor…
—Eres una mustia, o es que tu amorcito¿no te deja, eh?
—Espera un momento boba. Javier — preguntó Emma dirigiéndose a su marido. —es Carlota, han quedado para cenar y me llama para que vaya, ¿qué te parece?
—Que peligro tiene la Carlotita esta —replicó Javier
—¡Javier que te va a oir! ¿Bueno qué, qué dices?
—Si mujer si, hacer lo que queráis, ¡al final lo vais a hacer igual!
—Está bien Carlota, ¿cómo quedamos?
—¡Bien por la mojigata! A las nueve en Granss ¿ok?
—Ok marquesa, hasta luego.
Ocho de la tarde. Desnuda, sentada frente al espejo. De fondo “Que tinguem sort” de LLuís LLach. Tras una ducha caliente que no ha conseguido sino hacer hervir más su mente, crema para suavizar la piel pero no los sentimientos, de nuevo un relámpago inunda su pensamiento, aquel pendiente…
Granss. Diez y media de la noche.
—Ya está, ya lo he soltado, no sé si lo queríais saber pero es lo que hay, y no hace falta que pongáis esa cara. —afirmó con rotundidad Emma.
—Vaya telita con la señora seria —replicó Carlota, acomodándose su larga melena morena y ajustándose su tremendo escote —unas llevamos la fama y otras…—remató cogiendo la copa de vino y llevándosela a la boca mientras movía sibilinamente la punta de la lengua.
—¿Y ahora que vas a hacer? —preguntó con candidez Laura, planchando con una mano una ligera arruga en su falda, y apartando de forma, entre coqueta e infantil, los rizos castaños que le tapaban sus pequeños y felinos ojos verdes.
—¿Que qué voy a hacer? Y yo qué sé —contestó Emma llevándose las manos a la cara y bajando el tono de voz infinitamente. —Yo quiero a Javier..
—¿Cómo que qué va a hacer? —dijo Carlota entrando de nuevo en escena. —De momento callar. No pretenderás que se lo diga a su marido ¿no? —preguntó mirando fijamente a Laura.
—No sé…pero creo que si está arrepentida quizás si se lo debería contar a Javier, él la quiere y seguro que la perdona.
—¡No te enteras de nada Laura! —replicó Carlota alzando los brazos en dirección a ella. ¿Qué coño va a tener que explicar? Si decide dejarlo todo por ese “maravilloso Carlos” ya veremos pero si no ¿para qué? ¿Para que la perdone? Que se perdone ella y en paz.
—Así que según tu Laura —continuó Emma pausadamente —debería decírselo a mi marido, ¿me puedes decir porqué?
—Creo que por una cuestión de honestidad, si no lo haces darás por sentado que la mentira forma parte de vuestra relación—contestó Laura a la vez que Carlota la miraba y señalando con el dedo índice su propia cabeza hacía ademán de que estaba totalmente loca.
—Emma y Laura, me vais a perdonar las dos —indicó Carlota ajustándose de nuevo el pronunciado escote —parece que el argumento de Laura va en defensa de la honestidad y por deducción de la “fidelidad”, bendita palabra. Responderme las dos, cuando os masturbáis, ¡si joder no pongáis esa cara! ¿pensáis en vuestros mariditos? —preguntó en un tono grotesco. —Veo que no tenéis ganas de contestar…¿y eso no es ser infiel? Porque, pregunto, si mientras estás allí “que te sales del calentón” y “dale que te pego”, apareciese ¡escucharme bien! el tipo que te estás imaginando bufffffff, quien de nosotras sería capaz de decir ¡atrás Satán! ¿quién?
—Eres increíble Carlota —le reprochó Laura.
—Ya, yo soy increíble, y tú eres una ingenua y esta una boba —replicó Carlota mirando a Emma. —Si efectivamente queremos creer en la fidelidad es porque queremos que nos sean fieles y eso nos obliga –al menos físicamente- a mantenernos apartadas de las “tentaciones”. Hasta ahí bien, “él que no toque a otra y yo no toco a otro” y felices, porque que creéis ¿que yo no amo con locura a Oscar? Pues sí, lo quiero hasta los huesos y ese es el pacto no escrito, “el no toca y yo no toco”, pero no me diréis que el camarero ese rubito no tiene un culín como para perder el oremus ¿no?. Así que Emma si sólo es un polvo, hazme caso y cállate.
Después del casi monólogo de Carlota las tres amigas se miraron fijamente y a continuación empezaron a reir mientras dirigían sus miradas hacia el “culín” del camarero rubito.
—Es un planteamiento razonable —comentó Emma interrumpiendo el espectáculo —además si hablamos de mentiras…podríamos decir que fingir un orgasmo también es mentir ¿no?
—¿Fingir un orgasmo? —espetó Laura con cara de sorpresa.
—No te digo siempre Laura, te digo alguna vez —aclaró Emma.
—¡No te digo yo que vive en otro planeta! —objetó de nuevo Carlota levantando las manos hacia el cielo como en señal de súplica. —Ahora no le digas que su marido “se toca”—prosiguió Carlota con un gesto inequívoco con su mano derecha — mientras mira películas porno y que no piensa precisamente en ella porque igual le da un” telele”.
—¡Carlota por favor! —le reprochó Emma.
—Déjala que diga Emma, en el fondo tiene razón, soy una ingenua. En cualquier caso creo en el amor y entiendo que los instintos nos puedan digamos que “invitar” a estar con otras personas que nos atraen físicamente. Yo si me veo capaz de gritar “atrás Satán”.
—Ayer —interrumpió Emma —pasó algo más de lo que os he contado…
Laura y Carlota le dirigieron una mirada con el alma en un hilo…
—Carlos me ha enviado varios mensajes durante todo el día en un tono muy tierno…creo que se está enamorando.
—¿Sólo lo crees? —replicó Carlota —mirándola fijamente y dando a su pregunta un tono de incredulidad —¿Y qué has hecho tú?, ¿que le has contestado? ¿No estarás enamorándote también?
Carlota miró primero a Laura, después a Carlota. Bajó la vista pensativa. —No sé que está pasando, os lo juro…justo antes de salir de casa he recibido el último de sus mensajes y le he contestado con uno que literalmente decía “déjame en paz por favor”.
—¿Y? —preguntó Laura con la candidez que la caracterizaba.
En ese preciso instante un sonido agudo hizo que Emma sintiese como un helor en la sangre. Comprobó con temor como Carlos le remitía un nuevo mensaje. Con el alma encogida se dispuso a abrirlo.
“Querida Emma, parece que definitivamente no quieres saber nada de mi, debí imaginarme que no era para ti más que un juguete que podías romper a tu antojo. Supongo que a tu marido le interesará saber porqué tu precioso pendiente está aquí, junto a mi almohada”.
Los focos de la zona restaurant de Granss se hicieron más tenues mientras se iluminaba levemente la franja destinada a pub, las notas de “On Broadway” de Georges Benson sonaban de fondo.
CAPITULO V
Domingo, once de la noche.
Emma enciende un cigarrillo mientras sus ojos se pierden en el infinito bosque en que se convierte el fondo frondoso de su pequeño jardín.
Lejana, la banda sonora de “Amelie”. La luna, serena, escucha atentamente sus pensamientos.
El pasado viernes viví un sueño, durante algunos momentos de este fin de semana acaso una pesadilla.
No ha sido fácil tomar una decisión. La pregunta clave era saber si me estaba enamorando de “él”, o de lo que “sentía con él”. La respuesta ha aparecido como aparece el alba. No en vano “sentir” es el fin último en esta vida. Y con él “siento”, “vibro”, “estallo”, “vivo”… la diferencia, y ahí está para mi la respuesta es que, las sensaciones son “con él”, luego no están en “él”, porque, probablemente, no estén en nadie sino en nosotros mismos.
Acabamos de hablar y le he perdonado su ataque de pánico. Mañana me entregará el pendiente. En los próximos días, meses, años quizás… nos entregaremos en cuerpo y alma de forma esporádica, furtivamente, en secreto… Intentando que el fuego no se apague, o al menos que su llama muera de forma más pausada…
¿Cuánto tiempo duraría la magia si huyera con él al fin del mundo?
¿Cuánto tiempo tardaría yo como princesa en perder el interés por ese príncipe?
Al fin y al cabo yo también tenía un príncipe y ahora…
Por otro lado está la gran diferencia entre la mujer y la madre. La mujer puede volverse loca y escalar los muros de la pasión hasta conquistar su cima, pero la madre… La madre tiene otros muros que conquistar, muros inexpugnables. En ocasiones, en muchas ocasiones, la condición de madre castra la libertad de la mujer que lleva dentro. Como mujer soy libre, como madre no. C’est la vie, y como versa la letra de aquella canción de Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.
Este es uno de los posibles finales para esta triste historia, y el único que yo, como mujer, me atrevo a vivir.
Perhaps love, versionada por John Denver sonaba de fondo cuando Javier, saliendo al jardín, susurró cariñosamente a Emma:
—“¿Baila princesa?”
martes, 27 de abril de 2010
"El mejor amigo de Lucy"
- Marta, haga pasar a los directivos a la sala de reuniones –agravando el tono de su voz-, estoy llegando.
El ascensor se detiene en la planta sexta. La chica se despide dando a Luis los buenos días. Él baja en la octava. Entra en una sala y ocupa uno de los escritorios. Se coloca unos auriculares lanzando un largo suspiro.
- Buenos días, mi nombre es Luis Rodríguez. ¿En qué puedo ayudarle?
- Verá, ¡hace ya cinco meses que contraté la línea ADSL y todavía no puedo conectarme a Internet!
- Bien, facilíteme su DNI. Le abriré un expediente sobre la incidencia.
- ¡Ya estoy hasta los cojones! Siempre me decís lo mismo. Ya es mi sexta llamada. ¡Lo que quiero es que me envíe un técnico inmediatamente!
- Bshh, bshh, bshh. Disculpe, creo que hay interferencias. No le recibo bien…
Luis cuelga algo aliviado. Y así se suceden las interminables nueve horas de su jornada laboral. Entre llamada y llamada se imagina cenando con Lucy bajo la cándida luz de unas velas, acompañados por un buen vino y un enorme “chuletón” de ternera. Sale del trabajo sonriente, fantaseando aún con la cena y se dirige al cajero más próximo, que para su sorpresa, tan sólo le escupe una notificación que desdibuja su sonrisa. No se explica cómo le ha durado tan poco el mini préstamo que solicitó hace unos meses. La verdad es que no se ha privado de nada, cada deseo de Lucy han sido órdenes para él. Desde que empezaron a vivir juntos, quiso que se sintiese como una reina, que jamás le faltase nada. Pero como más le daba, más caprichosa se volvía y con su modesto salario no podía asumirlo. Sale del cajero cabizbajo. Decide pasarse por la carnicería a ver qué puede hacer con lo que lleva en metálico.
Al llegar a casa se extraña de que Lucy no venga a recibirlo como acostumbra. La llama, pero no recibe ninguna respuesta. Cuando accede al salón descubre a Lucy aposentada en su sillón con el mando bajo su pata delantera, totalmente erguida, luciendo esas manchas negras que se extienden sobre su blanco pelaje del que se siente tan orgullosa. Luis la mira atónito. No puede creer lo que ven sus ojos. Ese es su sillón, ella ya tiene el suyo que por cierto le costó un ojo de la cara. La situación ha llegado demasiado lejos, se dice a sí mismo mientras se acerca a ella emitiendo una especie de sonidos guturales que intentan pedirle educadamente que le ceda su sitio. Ella le devuelve esa mirada altiva tan suya, que deja a Luis fuera de combate. Intenta recuperar el mando, pero ella se le adelanta desplazándolo con un sigiloso movimiento de su pata. Luis se detiene cabizbajo, intentando pensar una nueva estrategia. Abre la bolsa de la carnicería y saca un “chuletón” de carne. Lo deposita en uno de los platos de Lucy, cerca de la puerta que da a la cocina. Ella lo mira dibujando una sonrisa cínica. Luis baja la mirada, la ha infravalorado, ella no es tan estúpida como para ceder su nueva condición de poder a un precio tan bajo. Resignado, toma el sillón aterciopelado de Lucy y se acomoda a su vera. Se queda mirando fijamente el televisor sin percatarse de lo que se está retransmitiendo. Todavía no entiende como han llegado hasta tal punto. Constriñe los ojos con aire pensativo. Ya no recuerda exactamente en qué momento comenzaron a volverse las tornas. Tampoco recuerda cómo era su vida antes de que Lucy entrara en ella. Sólo tiene la imagen del día que la vio por primera vez. Vagaba solitario, un día gris, por las calles de la ciudad cuando pasó por la tienda de animales. Ella estaba ahí, luciendo su hermosa cabellera totalmente erguida y con la mirada altiva. Luis supo en ese instante que era ella lo que le llenaría su profundo vacío, y la conseguiría costase lo que le costase. Y la verdad es que no se imaginaba que le costaría tanto porque aún no sabía que era un perro de raza muy valorado. Pero en ese momento no le importó. Esos días fueron los más maravillosos de su vida. Paseando por el parque, todas las mujeres qué antes ni se percataban de su presencia ahora se volvían para mirarle. Cuando Lucy se paraba a jugar con otro perro, él tenía la excusa perfecta para entablar una conversación con su dueño o, todavía mejor, con su dueña. Definitivamente sus días de soledad se habían terminado. Y todo gracias a Lucy. Tal era su devoción, que no le dio importancia al hecho de que empezara a tirar de la correa con tanta intensidad que era ella quien lo arrastraba. Ella decidía cuanto duraban sus conversaciones con los demás transeúntes, y algunas veces ni le dejaba tiempo para sacar la cartera y comprar el periódico. Llegó hasta tal punto en que era ella quién decidía cuándo salían a pasear, posando sobre su mano la empuñadura de la correa. Pero nunca lo tomó a mal, más bien se sentía orgulloso de que su pequeña tuviera iniciativa y no fuera un simple perro estúpido.
El estómago de Luis emite una especie de ronroneo. Se levanta y se dirige a la cocina. En la nevera sólo encuentra unas albóndigas de su madre algo florecidas. Cierra la nevera y se dice “¡Que coño!” mientras vuelve al salón. Se agacha y recupera el “chuletón” del plato de Lucy. Ella se levanta del sillón y se dirige al perchero. Da un brinco y agarra su correa entre los dientes. Se asoma por la ventana con la mirada amenazante. Luis baja los hombros y le coloca el plato junto al sillón. Vuelve a la cocina y rebusca entre los armarios, pero no encuentra nada comestible. Detrás de la puerta, ve una bolsa de pienso entreabierta. Cabizbajo, se pone dos puñados en un bol, que rellena después con un poco de leche.
- Tal vez debería volver a terapia -se dice.
martes, 30 de marzo de 2010
La primera vez (Myriam)
El frío había llegado por fin a Barcelona y los cristales estaban completamente empañados; en realidad la temperatura era más baja de lo normal para estar a mediados de octubre. Fuera, el viento silbaba lúgubremente agitando las hojas caídas de los árboles, en tonos cobre y dorado, que formaban como una alfombra de terciopelo que cubría las calles heladas. Chris acababa de recogerme de mi clase de ballet, y yo me encontraba de pie sobre la moqueta, vestida con un maillot y un tutú haciendo el tonto mientras él me miraba tumbado en la cama con una sonrisa en los labios. Obviamente ya me había duchado y cambiado después de la clase, pero a Chris le hacía gracia verme hacer algo de ballet y ahí me teníais con mi tutú de cuando representé El lago de los cisnes y mis preciosas zapatillas de punta en satén rosa claro. Hice una última pirouette y luego una réverence, exagerando los gestos para que se riera. Él se puso a aplaudir y se rió; estaba tan guapo que si le miraba era incapaz de ejecutar ni un solo paso. Esa tarde vestía una camiseta blanca muy ajustada con dibujos de calaveras en gris oscuro, de manga larga. Sin embargo, la llevaba arremangada, pues la calefacción estaba demasiado alta, y sus suaves mejillas tenían un delicioso tono rojo manzana. También llevaba un pantalón de pana marrón ancho e iba sin zapatillas, sólo con unos calcetines grises. Su pelo estaba tan increíblemente liso como siempre, y relucía como si hubieran espolvoreado algún tipo de mineral negro centelleante por cada una de sus hebras. Me sacó la lengua en broma, mostrando su piercing.
—Muy bien, eres una bailarina genial —Palmeó la cama para que me acercara y mi corazón comenzó a latir con fuerza. Recuerdo perfectamente que en ese momento sonaba Angels de Within Temptation.
Me tumbé a su lado y él me besó. Su piel estaba muy caliente y suave, y sus labios sabían a fresa. Se apartó lo justo para mirarme y suspiró tristemente mientras me colocaba bien un mechón que se había soltado del moño.
—No quiero irme pasado mañana, Iris... —Me abrazó con fuerza y yo apoyé la cabeza en su hombro.
—Yo tampoco quiero que te vayas —musité con mi vocecilla de niña, dulce y fina. Él sonrió y me miró.
—Adoro cómo hablas y sobre todo tu acento español. Es tan gracioso... —Me besó la punta de la nariz y luego la frente, las mejillas, la barbilla y por último la boca. Noté cómo su pasión crecía, mientras me introducía lentamente la lengua y su mano ascendía por mi cintura.
—Chris —exclamé apartándome un momento, con las mejillas enrojecidas, justo cuando él trataba de bajarme los tirantes del maillot. Debajo, como puede imaginarse, no llevaba sujetador—. Quiero... ya sabes, contigo, pero... quería decirte que soy virgen y... —Me sentí muy violenta y me mordí el labio inferior—. Sólo que lo tengas en cuenta.
Una sonrisa muy curiosa se formó lentamente en el rostro de Chris, y se acercó a mí para susurrarme al oído.
—¿Sabes? Yo también soy virgen.
—¡No! No te creo —exclamé, mientras poco a poco sin embargo, iba creyéndolo y sonreía llena de alborozo e incredulidad. Chris asintió aún con esa sonrisa peculiar, entre divertida y tímida, con los ojos brillantes.
—Sólo Tom lo sabe, los otros creen que lo hice con Ina. Me daba vergüenza decirles que aún soy virgen, aunque reconozco que es una chorrada. Simplemente, quería esperar a estar con la chica adecuada. Alguien de quien estuviera enamorado —Su sonrisa se dulcificó y me acarició con ternura la mejilla. Yo sentí un inmenso escalofrío y cerré los ojos para grabar bien en mi mente aquellos instantes previos.
En aquel momento comenzaban a sonar los acordes misteriosos y de lenta cadencia de Aquarius de Within Temptation, y todo a mi alrededor olía al champú de vainilla de Chris. Es curioso como hay cosas que permanecen en nuestra mente con tal intensidad que nos parece estar reviviendo un momento incluso años después. Ese fue uno de ellos. Recuerdo los nervios, el miedo y la excitación, mi corazón palpitando tan fuerte que cada latido parecía hacer temblar al mundo entero. Recuerdo perfectamente la tersura impoluta del rostro de Chris, enrojecido por el calor, sus labios seductores entreabiertos, mostrando sus dientes perlados, su nariz de muñequito, sus ojos felinos fijos en mí, brillantes. Recuerdo el zumbido de la calefacción, el silbido del viento, la sensación de mis medias rozando contra las sábanas, las manos ardientes de Chris en mi cintura. Pero sobre todo, recuerdo la sensación de euforia, de estar en un sueño, y al mismo tiempo el miedo, el miedo de estar suspendida a mil metros del suelo y no querer mirar abajo, para no ver que quizá de golpe caería sin remedio y me estamparía contra el helado suelo. Todo lo anterior a aquel momento estaba negro, completamente negro, y ya no podía volver atrás... Por suerte ya no podía volver atrás.
Si Chris siempre se había mostrado dulce conmigo, realmente aquella tarde se superó a sí mismo. Cuando apagó la luz y comenzó a besarme, yo sentí miedo, pero él supo cómo hacer que ese miedo fuera convirtiéndose lentamente en excitación, en un deseo tan punzante y doloroso de tenerle dentro de mí que olvidé cualquier manía, vergüenza o duda. Comenzó a besarme por el cuello, dándome pequeños mordiscos, y cuando llegó al maillot, me lo bajó con delicadeza y prosiguió besando y mordisqueando mis pechos, mientras yo creía estar a punto de desmayarme. De ese momento sólo soy capaz de recordar como una ola de fuego que me atrapaba de golpe en su interior y me enloquecía, y dos segundos después ya estaba desnuda y los labios y las manos de Chris estaban por todas partes, volviéndome loca.
Creo que otra cosa curiosa es cómo nos quedamos con el olor de las personas grabado en la nariz. En los meses siguientes que pasé sin la dulce compañía de Chris, su olor me siguió adóndequiera que fuera; el olor de su piel, de su pelo, de su cuerpo. Tenía un cuerpo perfecto, suave, sin apenas vello, esbelto y delgado. En ocasiones, acariciando su piel me daba la impresión de estar tocando seda, y cuando hundía el rostro en sus cabellos, su dulce e intensa fragancia me dejaba prácticamente desmayada de gusto. Me perdí totalmente en el intenso aroma de su cuerpo, como de bebé; todo él despedía un olor dulce y natural, afrutado, delicioso, y me encantaba oír como gemía de dolor y placer al mismo tiempo cuando no podía evitarlo y le clavaba los dientes, en ocasiones demasiado fuerte, por todos los rincones de su tersa y suave piel. No sabría decir cuánto tiempo nos acariciamos y recorrimos con los labios y la lengua, absorbiéndonos el uno al otro, empapándonos con tanta fuerza del aroma del otro que aún horas después su olor permaneció como grabado a fuego en mí, volviéndome loca. Sólo sé que en un momento determinado él rasgó el envoltorio del preservativo y luego se colocó sobre mí; yo me puse tensa y le recibí con temor, mientras él forcejeaba, haciéndome bastante daño, tanto que las lágrimas acudieron a mis ojos, pero al fin se deslizó dentro de mí y cuando comenzó a moverse dejé de sentir el dolor y un frenesí se apoderó de mi cuerpo.
Hicimos el amor tres veces casi seguidas. Cuando terminamos, ya estaba muy oscuro fuera. Permanecimos el tiempo que nos quedaba antes de que yo tuviera que volver a mi casa para cenar muy juntos, aún desnudos, en la cama, enredados el uno en el otro. Yo estaba apoyada en su pecho con las piernas por encima de las suyas, acariciando su suave pelo mientras él recorría la línea de mi costado y de mi pecho con las yemas de las dedos; tuve que pedirle que parara pues estaba volviendo a excitarme y no nos quedaba tiempo para hacerlo una vez más. Hacer el amor con él era una situación casi enloquecedora, pues a pesar de lo mucho que me hacía disfrutar nunca quedaba satisfecha, siempre quería más y más, hambrienta de sus besos y sus caricias, de la sensación dulce y excitante de tenerle dentro de mí y pensar que éramos uno, sólo uno.
viernes, 26 de marzo de 2010
UN VIAJE SIN MORALEJA. Por Jordi Piulachs.
Hoy es uno de esos días.
Cuando llega el autobús me subo con tanta clase y elegancia que las personas que tengo detrás de mí me aplauden y vitorean embravecidas. Y algunas incluso lloran de la emoción. Me sonrojo y les digo que en mis treinta años de vida jamás me había sentido tan feliz.
Saco de mi bolsillo el importe exacto del billete y se lo doy al conductor. Éste, sin mirarme siquiera, se limita a eructar sonoramente. De repente noto cómo un aroma a chorizo rancio penetra por mis fosas nasales, pero lejos de provocarme asco, me abre el apetito.
Después de perder una encarnizada batalla contra una niña de once años por el único asiento que estaba libre, me conformo con apoyarme contra una ventana y ver cómo pasan los minutos de mi reloj. Uno cada sesenta segundos, más o menos.
La hipnotizadora aguja del segundero, el rítmico movimiento del autobús y el cansancio acumulado a lo largo del día, consiguen hacer que me duerma. Cuando despierto, estoy en el suelo y me faltan dos dientes. Al menos compruebo que algún buen samaritano ha intentado ayudarme, porque también me falta la cartera.
Me levanto agitado y empiezo a correr dentro del transporte público, de punta a punta, a la vez que voy gritando el jingle de un anuncio de macarrones que he visto por la televisión el día anterior. Creo que todavía no estoy recuperado del todo.
Una mujer detiene mi frenética carrera con una solemne bofetada que me hace recobrar completamente el sentido común. Le doy las gracias. Ella sonríe y me pide una cita. Me siento halagado, pero rechazo su oferta. Aunque está de muy buen ver, la verdad es que las octogenarias nunca han sido mi tipo.
Compruebo que un asiento ha quedado vacío y me dispongo a conquistarlo sin piedad. La buena noticia es que no opone resistencia. La mala, es que la humedecida tela que lo recubre me hace pensar que al pasajero anterior se le ha derramado un vaso de agua o se ha orinado encima. El reconfortante calor que abraza mis nalgas, hace que me decante por la segunda opción.
Todavía queda un rato para llegar a mi destino, así que aprovecho para sacar un libro de mi mochila y leer un poco. Se titula Mil y una formas de llamar a la puerta. Es la tercera parte de una interesantísima trilogía, capaz de abstraerte por completo. Sin embargo, hay algo que impide que me concentre. Noto como los ojos de la anciana se clavan en mi nuca, aunque también podría ser un mosquito. No, sin duda se trata de ella. Lo sé porque empieza a piropearme de forma obscena a la vez que zapatea violentamente el suelo con la pierna izquierda. Parece estar poseída. La situación es embarazosa. Me giro y le digo que soy un hombre respetable y que no voy a ceder a sus intentos por corromper mi inocencia sexual. Me llama gallina y otras cosas más graves. Ya no lo aguanto más. Soy demasiado frágil emocionalmente y me rompo en mil pedazos como un cristal.
Mis lágrimas inundan medio autobús. A lo lejos veo como una lancha se acerca a rescatar a los náufragos. Gracias a haber hecho un curso de natación por correspondencia, consigo alcanzar la puerta de salida sin problemas.
lunes, 22 de marzo de 2010
PASION (Cap. II) Conrado Sánchez
—¡Manel!, con casi trece años deberías entender que tu hermano hay cosas que aún no comprende, ¿no crees?
—¡Estoy harto de ese enano!
—¡No le vuelvas a llamar enano!
—¡Es un imbécil! ¡No hace más que incordiarme!
—¡A tu cuarto ahora mismo!
—Pero…
—¡Manel, he dicho que a tu cuarto!
—¡Me cago en…—refunfuñó Manel por lo bajo.
—¿Qué has dicho?
—¡Nada! —contestó Manel tomando el camino hacia su cuarto y encontrándose de frente con Emma.
—¿Qué pasa? —preguntó Emma en tono conciliador abrazando a Manel.
—¡Eso es! —replicó Javier mientras cogía al pequeño Roger en brazos—¡Tú mímalo! ¡Después de que él no para de joder a su hermano!
—Vete a tu cuarto, ahora vendré —le susurró Emma a Manel. —Buenas noches cariño —prosiguió Emma dirigiéndose a Javier —Ya sabes como son los dos, sabes que Roger no es precisamente un santo…
Durante varios minutos, que a Emma le parecieron días, Javier insistió en que la educación de los niños era algo muy serio y que Manel debía entender que como mayor tenía que tener más paciencia con su hermano, y que…y que…El rumor de las afirmaciones de Javier seguían persiguiéndola mientras ella se dirigía hacia su dormitorio con una sola frase en su cerebro: ¿Cómo ha podido sucederme algo así?
—¿Te pasa algo? ¿Me estás escuchando? —le preguntó Javier con tono de reproche.
—No…no…no pasa nada, he tenido un día terrible en el trabajo y tengo un dolor de cabeza tremendo…Me voy a dar una ducha.
—¡Pues anda que yo! ¡Sólo me faltaban estos dos monstruos esta tarde! —replicó Javier. —Me arreglo y me marcho, ¿recuerdas que hoy tengo la cena del tenis verdad?
—Si…si claro…
Las sensaciones se agolpaban. Por un momento pensó que todo lo que recordaba de la tarde quizás no era más que una mala pasada de su mente. Sentada al borde de la bañera, sentía como su corazón se aceleraba.
Desde que había salido de casa de Carlos, sobre las seis, y durante casi dos horas, había estado en la cafetería del centro comercial reprochándose su acción y preparándose por si Javier notaba “algo”. Se había mirado mil veces en el espejo, eliminando, casi centímetro a centímetro, cualquier rastro que delatara su aventura. Se había maquillado y desmaquillado. Había examinado su ropa con la precisión del más audaz de los detectives. Lo había borrado todo. Todo excepto la imagen de Carlos en su cuello, en sus pechos, en su vientre…Todo excepto aquel nudo que le oprimía la garganta y amenazaba con hacerla estallar en cualquier momento.
Tras una ducha rápida, recogió toda la ropa y la puso a lavar casi con la cautela de quién traslada un cadáver. Después de despedirse de Javier pidió una pizza para cenar con los niños y una vez acostados se estiró en el sofá. De pronto sonó el móvil.
—¡Carlos, por Dios!, ¿ cómo se te ocurre llamarme a estas horas?
—Perdona, pero es que me he marchado de casa poco después que tú y me he olvidado el móvil; ahora he visto que tenía varías llamadas tuyas…
—Si, si, te he llamado porque quería decirte que…bueno que…en realidad esta tarde no ha pasado nada.
—Ah, si…claro, no ha pasado nada —contestó Carlos entristecido y disminuyendo el tono de su voz.
—Quiero que lo entiendas Carlos, no quiero que nos equivoquemos, es mejor así.
—De acuerdo Emma, si es lo quieres…
—Discúlpame Carlos, no estoy en mi mejor época, y esta tarde me he dejado llevar por la sinrazón. Soy una mujer felizmente casada y no sé bien que me ha sucedido, en cualquier caso gracias por entenderme. Por cierto, ha debido ser un tu casa que he perdido un pendiente, no tendría más importancia pero hace apenas una semana que me los regaló mi marido y…
—No he visto nada —contestó Carlos en un tono de voz aún menor que el anterior- pero no te preocupes, si lo encuentro el lunes te lo llevo al despacho.
—Gracias Carlos, buenas noches.
—Buenas noches Emma, un beso.
Después de colgar Carlos se llevó las manos a la cabeza. Durante toda la tarde había estado luchando entre un infernal sentimiento de culpa y una ilusión de quinceañero que ahora, Emma, con dos frases había destrozado literalmente. Nunca debí fijarme en ella —pensó—. ¿Pero acaso somos capaces de controlar el mundo? ¿Sentía ella más de lo que decía y sin embargo lo negaba? ¿Una mujer tan felizmente casada se entrega con la pasión que ella lo había hecho? —su cerebro se enzarzaba en una telaraña de preguntas sin respuesta y además le reprochaba:—“Apenas hace seis meses de la muerte de Olga y tú ya andas con otra”—“¡Olga era la mujer de mi vida pero murió! ¿acaso debo morir yo en vida? —se contestaba en gritos interiores—. Se dejó caer hacia atrás en el sofá, como intentando mitigar las sensaciones. Recordó a Olga, un noviazgo fugaz con trágico final. La conoció en París, el verano pasado. Todo fue muy rápido, se amaron hasta el alma; un alma sola eran; un alma que les duró apenas un año. Ella en París, el aquí, y un amor loco de ida y vuelta. Ilusiones truncadas victoria del tumor. Sueños rotos. Dolor. Macabra la vida. Ni siquiera le dio el tumor la oportunidad de que los padres de Carlos la vieran sonreir. Conocer a alguien el día de su funeral, sin palabras, victoria del tumor. Y ahora Emma. Seis meses después. ¡Sólo seis malditos meses después! Pero en realidad Carlos —se intentó grabar a fuego en el cerebro— “esta tarde no ha pasado nada”. Dos hilos de lágrimas recorrieron sus mejillas, agachó levemente la cabeza, abrió su mano izquierda, clavó fijamente su mirada sobre la blanca perla de aquel pendiente.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Diálogos nocturnos (Myriam)
— Hola, ¿cómo estás? —Mi pregunta flota en el silencio de la oscura habitación.
— ¿Hablas conmigo? —La chica alza la vista. Sus ojos me devuelven una mirada vacía, carente de expresión. Casi de inmediato, baja de nuevo la vista y apoya la barbilla en el pecho.
— Claro que hablo contigo.
— Pues no muy bien, la verdad —suspira—. Estoy cansada —Su aspecto macilento parece corroborar sus palabras. Con una mano temblorosa, se rasca la melena despeinada.
— ¿Físicamente? —inquiero, sin perderme detalle de sus movimientos.
— En realidad, no. Me refiero a que… estoy harta. Estoy agotada emocionalmente.
— ¿Por qué? —pregunto, curiosa.
— Porque te odio —responde súbitamente ella, con inesperada brutalidad, alzando la mirada y perforándome con sus ojos verdes. Se aproxima más a mí—. Porque estoy cansada de tus caprichos, de tu infantilismo, de tu estupidez, de tus baches emocionales y de tu jodida inestabilidad.
— Pero, pero… —Retrocedo unos pasos, asustada. La rabia tiñe su mirada, dándole un aspecto enloquecido, casi inhumano.
— Pero nada —prosigue ella, ahora envalentonada. Se sienta en el suelo y se acomoda el pijama—. Nada de lo que digas me hará cambiar de opinión. Son ya demasiados años.
— Exacto —asiento, entre cínica y dolida—. Demasiados años. Supongo que sólo te quedarás con lo malo. Que no recordarás ni uno sólo de los buenos ratos que hemos pasado juntas, cuando aprobamos el examen de conducir, cuando nos licenciamos… cuando nos enamoramos por primera vez.
— Y cuando me heriste por primera vez—añade ella con voz venenosa—. ¿Eso no lo recuerdas?
— Por supuesto que lo recuerdo —Mi voz estrangulada es apenas un susurro.
— Nadie lo diría —señala ella, todavía temblorosa por la furia—. No has dejado de hacerme daño ni uno sólo de estos años. Ni uno solo.
— Sabes que nunca ha sido mi intención…
— ¡A la mierda tu intención! —me interrumpe ella, golpeándose los muslos con los puños. Empiezo a sentir cómo la ansiedad crece en mi interior.
— Cálmate, por favor. Sabes que no conviene…
— ¿El qué? —Brinca incorporándose sobre las rodillas y aproxima su cara a la mía—. ¿Otro ataque de ansiedad? ¿Más dolor? No podrías soportarlo, ¿verdad? En el fondo nunca has sido más que una cobarde. Una debilucha.
— Sabes que eso no es cierto —musito. Lágrimas de angustia empiezan a resbalar por mi rostro.
— Mírala —se burla ella, riéndose perversamente—. Pobre niña triste. Pobre alma incomprendida. Todos te abandonan. Todos te decepcionan. Tal vez simplemente no puedan soportarte. Eres patética —La chica casi escupe sus últimas palabras, tal es su desprecio.
— ¡Cállate!
— No voy a callarme. Voy a decirte todas las verdades a la cara, incluso las que no quieres oír. Porque sí, nadie te soporta. No eres más que una criatura siniestra y deprimente. Incluso tú misma lo estás viendo. Nacida para destruir… y autodestruirse.
— Sabes bien que hay un modo muy fácil de conseguir que te calles —susurro, y mi voz es casi peligrosa.
— Lo sé. ¿A qué esperas? ¡Vamos! Hazme daño una vez más. Total, ¿qué me importa? El dolor es éxtasis para mí.
— No te pongas cínica. Sabes que no lo soporto.
— Oh, disculpa —La chica sonríe afectadamente—. Olvidaba que casi no soportas nada ni a nadie, exceptuando todas las tonterías que te interesan y las personas que te convienen según el momento, claro.
— Vete a la mierda —mascullo encolerizada, levantándome del suelo. La chica me imita.
— ¿Adónde crees que vas?
— No te aguanto más, ya te lo he dicho. Voy a hacer que cierres esa estúpida bocaza insolente tuya, y lo voy a hacer ahora.
— Nunca podrás silenciarme —insiste ella, mientras busco afanosamente en uno de mis cajones—. Jamás te sentirás feliz. Jamás hallarás la paz, incluso aunque logres enmudecerme durante ciertos momentos. Lo sabes muy bien.
— Ahora mismo, lo único que quiero es dormir —contesto algo más calmada, mientras sigo hurgando en el cajón. Por fin, mis dedos se cierran en torno a lo que estoy buscando, y lo saco cuidadosamente de su escondite.
— Cuando despiertes, seguirás encontrándote igual de mal —prosigue ella, incansable—. Con hacerme daño no te sentirás mejor.
— ¿Eres un disco rayado? He oído tus monsergas un millón de veces. A ver si te das cuenta de que tus chorradas no te servirán de nada conmigo —Horrorizada y fascinada a un tiempo, observo el brillo de la cuchilla destellar entre mis dedos a la escasa luz de la lamparilla de mi mesita de noche.
— Nunca te lo perdonaré —murmura ella, ahora con lágrimas en los ojos—. Jamás perdonaré todo el daño que me estás haciendo.
— Vaya —Sonrío amargamente—. Por fin coincidimos en algo.
Ella trata de farfullar, pero es demasiado tarde. Sabe que ninguna de sus palabras podrá convencerme. Lo sabe porque yo lo sé, y a fin de cuentas, somos la misma persona.
Con una precisión escalofriante, trazo cuatro cortes paralelos en mi antebrazo. Al momento, ella enmudece y cuando la miro de nuevo, ha vuelto a convertirse en el trémulo y mortecino reflejo de mí misma en el espejo.
— Esta noche he logrado silenciarte —susurro, apretando un Kleenex limpio contra mi magullado brazo, mientras sigo observándome en el espejo que hay frente a mí. Las lágrimas resbalan por mi rostro pálido y ojeroso, como diamantes sobre nieve sucia—. Pero ¿cuántas más podré hacerlo?
En ese momento, el dolor empieza a manifestarse con más intensidad, propagándose en latidos sordos que reptan velozmente por mi brazo, borrando cualquier otro pensamiento de mi mente. Con un suspiro, doy por terminada la conversación sin esperar una última respuesta, y me deslizo entre las frías sábanas, rindiéndome al inevitable abrazo del olvido.
lunes, 15 de marzo de 2010
"En clase de música" (Txus Molina)
Interrumpe intermitentemente su tarea, volviéndose hacia atrás para aclarar lo que está escribiendo, por si alguno de los oyentes se ha perdido entre tanta fórmula. Aclara que las mates son más fáciles de lo que parecen.
Desde el extremo opuesto del patio, Cecilia, una de las maestras, observa a Úrsula hablando sola.
Suena un silbato, la cara de Úrsula se torna agria. Hace un estudiado gesto con la nariz para colocarse bien las gafas, cuyos cristales empequeñecen el tamaño de sus ojos.
Lanza la pipa y corre hacia una de las filas.
Úrsula observa, sentada en su pupitre, los lemas que decoran las paredes del aula: “Amaos los unos a los otros como Dios os ha amado”, “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”…
El resto de la clase arma barullo alrededor de las mesas, aprovechando la ausencia del profesor. Unos minutos más tarde, Viçens, entra airado con las manos llenas de papeles que va perdiendo a su paso. Deja los restantes en su mesa, y vuelve a recoger los que se le han caído. Por el camino ordena a los niños que se callen, con la voz un tanto elevada, pero sin mucha autoridad. Los alumnos no se calman hasta la tercera vez que alza la voz. A pesar de que el silencio aún no es absoluto, Viçens, resignado, inicia la clase.
Meritxell, ocupa el asiento contiguo al de Úrsula. Su pupitre es un caos, su bata siempre está mugrienta y agujereada de tanto arrastrarse por el suelo. Es más: huele a cemento. Jamás está quieta. Poco después de sentarse inicia, como acostumbra un ataque de pellizcos dirigidos al brazo de Úrsula, con una sonrisa maliciosa. Úrsula ni se inmuta, su pupitre está impecable.
En el recreo, Úrsula sigue con su lección de matemáticas. Su voz se va distorsionando según a cuál de sus alumnos invisibles está interpretando.
Cecilia se acerca.
- Úrsula, ¿Con quién estás hablando?
Úrsula se sonroja y baja la mirada sin contestar a su pregunta. Cecilia se agacha y apunta con el dedo índice hacia un grupo de niñas sentadas en el suelo jugando a “cromos de picar”.
- ¿Has jugado alguna vez?
Úrsula mueve la cabeza dando una respuesta negativa. Cecilia la anima a probarlo. Úrsula se acerca al grupo de niñas.
- ¿Puedo jugar?- con la mirada baja.
- Creo que con tu corte de pelo te vas a encontrar más a gusto jugando a fútbol -le sugiere una de ellas meneando su larga trenza dorada. Las demás empiezan a reír mientras Úrsula se aleja cabizbaja.
Consuelo, madre de Úrsula, lava los platos, un tanto alterada, susurrando algo incomprensible. Sobre uno de los fogones se fríen unas patatas. Consuelo se detiene, menea la nariz y exclama un “mierda” mientras suelta el plato que estaba fregando. Toma un cucharón y remueve las patatas agarradas en la sartén. Sus brazos están aun cubiertos de jabón, unas gotas del cual han caído sobre las patatas. Úrsula aparece en el umbral de la puerta, cabizbaja. Su madre no le presta mucha atención.
- Mami… -sollozando- Hoy me han dicho que parezco un niño con el pelo tan corto…
Consuelo, demasiado sumida en sus conflictos culinarios le exclama:
- Tú no les hagas ni caso. Tu corte de pelo es de lo más moderno, al estilo “Ángela Channing”, personaje de una de las series que está más de moda. Además –prosigue- es muy práctico: así sólo tienes que ir a la peluquería una vez al año.
Úrsula camina por el patio con la cabeza bien alta. Al fin y al cabo, lleva un peinado de alguien muy famoso. Pasa por delante del muro sobre el que acostumbra a dar la lección, sin detenerse. Se dirige hacia el campo de fútbol. Encuentra a un grupo de niños formando equipos. Pau, uno de ellos, se propone como capitán de uno de los equipos. Gerard se ofrece para ser el cabeza del equipo contrario. Interviene Úrsula.
- ¿Pue… puedo jugar? -con aire tímido.
- ¡No! – exclama Pau.
Raúl, amigo de Pau, se acerca a él.
- Oye, pues no es mala idea, sólo somos nueve, Carlos se ha puesto malo. Si ella juega podremos formar dos equipos.
- Bueno, está bien –suspirando.
Gerard y Pau se juegan a “piedra, papel o tijera” quién elegirá primero. Gana Gerard. Pau arruga la frente: Úrsula tendrá que jugar en su equipo. Van eligiendo alternativamente hasta conformar los dos equipos. Como Pau ya había previsto, Úrsula jugará con ellos. La coloca en la portería.
Se inicia el partido. Úrsula se mantiene atenta al juego. Sacan desde el centro. Uno de los niños del equipo contrario se hace con el balón. Se acerca. Úrsula lo mira intimidada. Lanza a portería. Ella se queda mirando el balón con cara de pánico. Se agacha cubriéndose la cabeza con las manos. El balón entra en la portería. Se arma un barullo entre los niños de su equipo.
- ¡Mira que bien nos ha venido la nueva incorporación! –recrimina Pau a Raúl con tono irónico.
- ¡Tampoco es para ponerse así!, sólo es un juego…
Pau se acerca a Úrsula.
- No sé de qué te sirve tener cuatro ojos…
- ¡Déjala en paz! –le interrumpe Raúl.
- “Uuuhhh” ¿Ahora la vas a defender? ¡Ni que fuera tu novia!
Todos los demás se ríen a carcajadas. Raúl se sonroja, arruga la frente, y le lanza una mirada completamente sumida en ira. Se avalancha sobre él. Todos los demás los animan formando un círculo y gritando: “Pelea, pelea”. Cecilia se percata de la situación y se aproxima. Separa como puede a Raúl y Pau.
- ¡Parad de una vez! ¡Si os volvéis a pelear os quedáis todos sin recreo! –Se calma- Venga seguid jugando…
Raúl se acerca a Úrsula.
- ¡Eh! La próxima vez que veas acercarse el balón no escondas la cara. ¡Cógelo, que no te comerá!
Se reanuda el juego. Uno de los chicos del equipo contrario le quita el balón a Pau. Después de su arrogancia, tampoco es tan bueno, piensa Úrsula. El delantero se acerca a la portería. Úrsula se concentra. Lanza el balón. Ella se queda mirando fijamente su trayectoria. Ésta vez, se mantiene erguida. Observa como se aproxima hacia ella y sin tiempo a reaccionar, éste impacta contra su cara. Sus gafas caen al suelo. Se agacha tocándose la cara con una mano, un poco temblorosa, mientras palpa el suelo en busca de sus gafas con la otra. Avanza, al no encontrar nada, un paso para alante. Se oye un “creck”.
Úrsula entra en la cocina, con las gafas partidas sobre sus manos. Su madre, está batiendo unos huevos un tanto ensimismada.
- Pero… ¿Qué ha pasado?
- Pues… jugando a fútbol, me han dado un pelotazo… y… me las he pisado, mientras las buscaba.
Consuelo, deja los cacharros y lanza un fuerte suspiro. Baja la mirada, dirigiéndola hacia su hija.
- Hija… ¿cómo has podido pisarlas tu misma?
Mientras se seca las manos se queja de lo mal que van de dinero. Toma las gafas descompuestas.
- ¡Ven! vamos a hacer un apaño para que puedas aguantar con las viejas hasta final de mes.
Úrsula se detiene en el umbral de la puerta del aula. Sus gafas están unidas por un trozo de esparadrapo. Entra con un aire temeroso. Viçens todavía no ha llegado. Nadie ocupa su pupitre. Al verla entrar, un alud de carcajadas se extiende por el aula. Úrsula ocupa su asiento y ordena los libros del interior del pupitre. Llega Viçens. Pide silencio, pero como de costumbre, no lo consigue. Tras el tercer grito, los alumnos van ocupando sus asientos. Meritxell se sienta. Empieza, como acostumbra, a pellizcar a Úrsula con malicia. Úrsula no muestra ningún tipo de resistencia, sigue mirando al frente, presionando los labios con ira. Meritxell deja de pellizcar al no provocar en ella ninguna reacción. Pasa a entretenerse hurgando en su caótico pupitre. Úrsula relaja la expresión de su cara, sin llegar a mirar qué está haciendo su compañera. Gira la cabeza y se queda absorta mirando por la ventana. Sueña a menudo que Bastián, el perro volador de la Historia Interminable, aparece por la ventana para rescatarla y dar su merecido a los demás. Meritxell le toca el brazo con la punta del dedo índice para llamar su atención. Úrsula se gira. Su mirada se nubla progresivamente tras las friegas que le da Merixtell, con una barra de pegamento, sobre el cristal de sus gafas. Un estallido de risas inunda de nuevo el aula. Viçens intenta controlar la clase, con ciertos apuros. Úrsula suspira mientras piensa que es una lástima que los perros no vuelen. Se levanta, y se dirige hacia el baño para limpiarse las gafas.
Úrsula entra en la cocina. Consuelo está a punto de darle la vuelta a la tortilla de patata.
- Hija, pásame la tapa de la sartén.
- Mamá… tienes que cambiarme de colegio –mientras le pasa la tapa- ¡ya no aguanto más! Hoy en clase una niña me ha puesto pegamento sobre las gafas reparadas. Todos se reían sin parar…
Consuelo le da la vuelta a la sartén. Cuando la levanta, sólo una porción de tortilla ha quedado sobre la tapa.
- “Me cago en la mar” -en voz baja.
Deja la sartén y la tapa sobre el mármol.
- Lo que tienes que hacer es: ¡darle un buen guantazo a esa niña!
Úrsula mira a su madre con ira: seguro que cualquier otro padre la cambiaría de escuela.
Úrsula está sentada en su pupitre. Viçens reparte algunos instrumentos para que los alumnos los puedan ver. Meritxell empieza a pellizcarla como acostumbra a hacer en las clases de música. Úrsula arruga su frente. Viçens vuelve a su mesa. Explica el funcionamiento de cada instrumento, pero no se le llega a entender por el barullo que forman los alumnos. Algunos empiezan a tocar los instrumentos sin ton ni son. Meritxell pellizca más intensamente a Úrsula, excitada por el ruido, mientras le cuchichea que lo hace porque es fea. Úrsula presiona los labios con ira, sin dejar de mirar al frente. El barullo cada vez es más estridente, una mezcla de flautas desafinadas y “tamtames” golpeados bruscamente. Meritxell se levanta para coger algo del corcho. Vuelve a su sitio. Úrsula nota un pinchazo de aguja en el brazo. Se gira inmediatamente mirando a Meritxell, con los ojos sumidos en ira. Levanta su mano derecha y la golpea con todas sus fuerzas en la mejilla.
Meritxell empieza a llorar desconsoladamente, pero nadie la atiende. Todos están extasiados, sumidos en una especie de trance. Viçens se percata y se queda mirando fijamente a Úrsula, que baja la mirada esperando represalias. Viçens golpea la pizarra. Los alumnos no se calman. Se aproxima aceleradamente hacia uno de ellos: Pau, el que arma más barullo. Le retira la flauta. Pau le exclama que es un “maricón”. Viçens alza la flauta con brusquedad como si fuera a golpearle. Lo mira un instante y baja la mano. Se hace un silencio irrumpido por los sollozos de Meritxell.
Úrsula, en el patio, conduce un autocar invisible. Explica a sus alumnos imaginarios que hoy es un día muy soleado, un día perfecto para salir de excursión. Suena el silbato.
Entra al aula y toma su asiento. Meritxell se sienta a su lado. Le da los buenos días de una manera incomprensiblemente dulce. Le explica que pronto será su cumpleaños y que está invitada a su fiesta. Úrsula la mira sorprendida.
Se hace un silencio interrumpido por unos pasos firmes. Es Eulalia, la nueva profesora de música.
domingo, 14 de marzo de 2010
"Monólogos estropajiles" (Txus Molina)
La puerta de la cocina esta entreabierta. De fondo, le llega el sonido del televisor: Julio, su marido está siguiendo el final de la copa. Consuelo grita su nombre. Como de costumbre, no recibe ninguna respuesta. Suspira y le pregunta, sin moverse de la cocina, que va a querer para cenar. Sigue sin recibir una respuesta y se dice a sí misma, en voz baja, que hará lo mismo de siempre. Empieza a cortar patatas.
Consuelo, espera en correos, para recoger una carta certificada. El calor en la sala es insoportable, lo que hace la espera aún, si cabe, más larga. Por fin es su turno. El hombre de la ventanilla le da la carta. Su expresión se torna agria: es de hacienda. Sale del edificio y se sienta en un banco. Abre la carta lentamente. La lee. Sus ojos se nublan al saber que ha sido multada, y tendrá que pagar en un periodo de un mes, sin la posibilidad de fraccionamiento. Consuelo rompe la carta. Piensa porqué siempre pillan los del pueblo raso. Se apoya en el banco. Decide que será mejor no comentar nada a Julio, no vaya a ser que pierda los nervios. Hace tiempo que no le pasa, pero será mejor no tentar la suerte.
Consuelo, en la cocina, lava los platos un tanto alterada. Susurra algo indescifrable. Levanta el estropajo mirándolo fijamente.
- ¿Cómo me lo voy a hacer para reunir tanto dinero? -le dice- Tendré que pedir ayuda… Pero… ¿a quién?
Espera unos segundos como si estuviera recibiendo una respuesta.
-Si claro… -prosigue- ya sé que lo lógico sería comentárselo a Julio, pero es que siempre que le he hablado de dinero se ha puesto hecho una furia. Si… -continua como si alguien la estuviera interrumpiendo- ya sé que tendría que ser más valiente, pero temo una discusión que acabe con todo, ¿a dónde podría ir con mis hijas teniendo un sueldo tan bajo?
Se hace un silencio. Le cuesta un poco rascar los restos de comida. Ya no es el mismo, está un poco viejo, pero le da pena cambiarlo. Se ha encariñado, ya que es el único de la casa con el que se puede desahogar. Sobre un fogón se fríen unas patatas. Consuelo se detiene, menea la nariz y exclama un “mierda” mientras suelta el plato que estaba fregando. Toma un cucharón y remueve las patatas agarradas en la sartén. Sus brazos están aún cubiertos de jabón, unas gotas del cual han caído sobre las patatas. Úrsula, hija mediana de Consuelo, entra en la cocina.
- Mami… -sollozando- Hoy me han dicho que parezco un niño con el pelo tan corto…
Consuelo, demasiado sumida en sus conflictos culinarios le exclama:
- Tú no les hagas ni caso. Tu corte de pelo es de lo más moderno, al estilo “Ángela Channing”, personaje de una de las series que está más de moda. Además –prosigue- es muy práctico: así sólo tienes que ir a la peluquería una vez al año.
Úrsula se toca el pelo y se va hacia su habitación más tranquila.
Consuelo marca un número en el teléfono. El señor Álvaro contesta al otro lado de la línea. Ella le pide si podrían concertar una cita. Él le propone un encuentro al día siguiente. Cuelga el teléfono. Consuelo casca unos huevos y los bate. Mira las patatas, pero aún les quedan algunos minutos. Coge el estropajo y friega los cacharros que ha ensuciado. Se detiene, y levanta el estropajo hasta la altura de sus ojos:
- Si -en voz baja- ya sé que es muy humillante pedir dinero al Sr. Álvaro, pero la verdad es que me voy a dejar de tantas tonterías, porque de qué sirve la dignidad cuando hay necesidad.
Está inmersa en sus pensamientos cuando entra su hija con las gafas partidas sobre sus manos.
- Pero… ¿Qué ha pasado?
- Pues… jugando a fútbol, me han dado un pelotazo… y… me las he pisado, mientras las buscaba.
- Hija… ¿cómo has podido pisarlas tu misma? –suspirando.
Mientras se seca las manos se queja de lo mal que van de dinero. Mira a su hija, mientras piensa que le gustaría que las cosas fuesen de otra manera, pero que se le va a hacer: ¡son así!
- Ven Úrsula, vamos a hacer un apaño para que puedas aguantar con las viejas hasta final de mes.
Le coge las gafas. Entra en el baño, abre un botiquín y saca el esparadrapo.
Consuelo está limpiando el polvo de la habitación de Julio. Hace ya unos cuantos años que duermen separados. Todo está intacto, nada ha cambiado de sitio. Pero parece que precisamente lo que provoque tanto polvo sea eso: el desuso. Deja el plumero y se sienta un momento en la cama. Cinco minutos, piensa. Pero no descansa ni un minuto. Aprovecha que está sentada para poner un poco de orden. Vacía el cajón de los calzoncillos, que está un tanto desordenado. Los saca todos. Mira uno a uno, como si hiciera mucho tiempo que no ve un calzoncillo. La mayoría están agujereados, otros amarillos del color del “ajo frito”. Piensa que ese hombre es un desastre, tendrá que ir a comprarle unos nuevos. Mete la mano para sacar los últimos, ya que el cajón está un poco atascado. Palpa algo extraño. Saca el objeto. Es un monedero. Lo observa como si nunca lo hubiera visto. Finalmente lo abre. En su interior sólo hay billetes. Completamente atónita, se pregunta por qué tendrá su marido setecientos euros escondidos en el cajón de los calzoncillos.
Consuelo, en la cocina, está a punto de darle la vuelta a la tortilla de patata. Úrsula entra.
- Hija, pásame la tapa de la sartén.
- Mamá… tienes que cambiarme de colegio –mientras le pasa la tapa- ¡ya no aguanto más! Hoy en clase una niña me ha puesto pegamento sobre las gafas reparadas. Todos se reían sin parar.
Consuelo le da la vuelta a la sartén. Cuando la levanta, sólo una porción de tortilla ha quedado sobre la tapa.
- “Me cago en la mar” -en voz baja.
Deja la sartén y la tapa sobre el mármol.
- ¡Lo que tienes que hacer es darle un buen guantazo a esa niña!
Úrsula se va. Consuelo recoge los pedazos y los intenta colocar en un plato. Coge el estropajo para limpiar el destrozo. Le susurra:
- Ojalá yo tuviera cojones para darle una buena ostia a mi marido. Yo trabajando como una mula, y él allí, ¡apoltronado en el sofá!
Espera unos segundos como si estuviera recibiendo una repuesta. Continúa:
- Ya sé que ni siquiera soy capaz de contarle que he encontrado el dinero… Pero es que tú no sabes cómo se pone Julio cuando se enfada.
Consuelo lleva la tortilla a la mesa. Úrsula y sus dos hermanas aparecen ansiosas por probarla. Consuelo gira la cabeza llamando a Julio a la mesa. En el sofá, iluminado con el reflejo de la televisión, yace un busto de mármol, con la mirada triste.
"Julio el Busto" (Txus Molina)
Sintoniza otro canal. Ahora es algún documental de Jack Custo.
Desde la cocina, una voz femenina pronuncia su nombre. Julio emite una especie de sonidos guturales, sin llegar a articular ninguna palabra. La misma voz vuelve a intervenir: Le pregunta qué va a querer para cenar. Julio susurra un “tttoootto…” desistiendo al final como si de un trabalenguas muy difícil se tratara.
Mira el televisor. Es como una pecera cuyos peces, amorrados al vidrio, le observan con cierta sorna. Vuelve a cambiar.
Matías Prat anuncia las consecuencias devastadoras que ha dejado a su sombra la tan hablada crisis. Por si los telespectadores aún no están suficientemente aterrados, prosigue hablando de la nueva patera que ha llegado a las costas gaditanas, de las tragedias naturales que está provocando el calentamiento global y de las epidemias que surgen entre los animales de granja. Julio ya no sabe si es mejor estar al corriente de lo que sucede en el mundo exterior. Antes le gustaba mantenerse enterado, aunque tan sólo fuese para tener algo de que hablar en el bar que frecuentaba para hacer unas cañas tras la jornada laboral. Matías termina su informativo con el postre: las caras de niños felices, tras despertar el día en que los reyes han pasado por sus casas para dejar algunos regalos, una mentira piadosa que no sólo pretende endulzar el informativo a los más pequeños. Aunque con el tiempo que lleva sin salir de casa, desde que perdió su empleo, tampoco sabe si el resto de noticias son muy rigurosas. En su opinión se podrían haber ahorrado el postre: ¡a quién le importan los regalos que puedan recibir esas criaturas tras el bombardeo de desastres!
Oye unos pasos que se precipitan hacia la cocina. Es Úrsula, su hija mediana que pasa a través del comedor si ni tan siquiera saludarlo. Instantes después empieza a oír unos susurros. Intenta concentrarse con la intención de descifrar de qué están hablando, pero es inútil. No le sirve de ayuda el extractor, o el rumoreo de la televisión, que no puede apagar: eso lo delataría. Además tampoco quiere hacerle eso a su gran compañera, su única interlocutora.
El televisor cambia de canal. Aparece un hombre de avanzada edad, con una camisa un poco arrugada, sentado sobre una silla que yace en una tarima y con un rotulo digital que lo presenta: Es Julio y hace un tiempo que ya no se habla con las mujeres de su casa. Julio mira intrigado el televisor. Patricia, la presentadora, complementa la presentación de su invitado. Explica que hace años que perdió la comunicación con su mujer y sus hijas: ahora lo único que oye en su casa son susurros. Se dirige hacia su invitado.
- Julio, ¿Cómo comenzó esta situación?- le pregunta con aire interesado.
Julio encoge los hombros y baja la mirada.
- Pues… no lo recuerdo exactamente…- con tono apagado.
Patricia se lo queda mirando fijamente cómo si esperara una explicación complementaria. Descontenta con su escueta respuesta, insiste:
- Veamos, a ver si te podemos ayudar a recordar –caminando de un lado hacia el otro- ¿cómo era tu relación con ellas en su infancia? ¿Las llevabas al parque? ¿Les contabas cuentos? ¿Y con tu mujer?
- La verdad es que siempre que llegaba a casa, las niñas estaban dormidas, siempre llegaba muy tarde del trabajo, ya sabes… empiezas con una caña al acabar tu jornada…
Patricia se gira dirigiéndose hacia el público.
- Bueno… esa no era la mejor manera de cultivar tu relación con ellas – se vuelve hacia Julio- ¿Y con tu mujer?
Julio baja la mirada.
- Bueno, en aquella época… teníamos discusiones, yo creía que ella no administraba muy bien el dinero, y que descuidaba sus tareas de la casa. Ella me echaba en cara que no estuviera nunca en casa… Además, desde que nacieron las chiquillas… usted sabe… dejamos de tener relaciones…
Patricia suspira y añade:
- Veo que no iba muy bien la cosa… bueno, si hubieras estado más presente… o la hubieras ayudado más… Y… ¿Tenías algún detalle con ella? ¿Le decías lo guapa que estaba?
- No… nunca he sido muy detallista… ni me ha gustado echar piropos…
- ¡En fin, esa no es la mejor manera de avivar la llama del amor!- con tono condescendiente.
El público aplaude. Prosigue con intención de obtener más información.
- ¿Y cuando las niñas ya estaban más creciditas? ¿Te interesabas por su vida social? ¿Estabas al día de cómo iban en el colegio?
- Pues, verá… -encogiendo los hombros otra vez- Por aquella época, cuando González…, estaba un poco deprimido después de quedarme en paro, y no tenía muchas ganas de hablar con nadie…
- Pero… ¿hablaste alguna vez con ellas del tema? ¿De cómo te sentías?
- De que serviría hablar de eso con ellas –bajando la mirada.
- Pues como mínimo sabrían qué le pasaba…
Patricia prosigue:
- Y ahora ¿qué relación mantienes con ellas?
- Pues… mi mujer me dejó hace tres años y mis hijas no viven en casa – con tono melancólico.
Patricia se acerca a él con una pose dramática.
- Julio, mírame, ¿qué les dirías si estuvieran presentes? -con un aire dramático excesivamente forzado.
Julio levanta la mirada, ahora sonríe con los ojos nublados.
- Pues, que me vengan a ver y me cuenten qué tal les va con sus maridos… y ¡qué las quiero mucho!
El público aplaude emocionado. La presentadora sonríe. Se gira dirigiéndose a la cámara.
- Pues escuchen bien desde sus casas: hoy Julio va a poder conseguir hablar con una de sus hijas, ya que hemos podido localizar su número de teléfono –levantando el dedo índice- pero señores, señoras, ¡todo esto y más después de la publicidad!
Tras mostrar el logo del canal dónde se retransmite el programa, con una música de ascensor, aparece un niño con una enorme mancha de barro. Su madre entra en escena después explicando que no sabe que sería de su vida sin su detergente favorito. Se oyen unos pasos suaves saliendo desde la cocina. Justo después, oye más susurros, hecho que le extraña ya que su mujer debe estar sola en la cocina. Se concentra con el intento de descifrarlos, pero de nuevo es imposible. Los susurros se detienen intermitentemente. Por momentos piensa que su mujer debe estar volviéndose loca. En la televisión aparece un paisaje en movimiento con una linda melodía. Se relaja. Unos instantes después, irrumpe un coche con la familia perfecta. Julio se pone tenso. Acto seguido se suceden una serie de anuncios insoportables, pero no puede cambiar de canal o se perderá el desenlace. Llega el momento esperado. Aparece, de nuevo, el logo del canal dónde se retransmite el programa, con la misma música.
Patricia hace un breve resumen de la historia de su invitado. Da la señal para que la llamada entre en directo. Se queda a la espera. Diez segundos después se coloca la mano en el oído, arruga su frente:
- ¿Carmen?
No hay respuesta.
- Carmen ¿Estás ahí?
- Sí – con tono displicente.
- Bueno, ahora es tu momento –dirigiéndose a Julio.
- “Hiiijjja…”
Carmen lo interrumpe.
- Mira papá, vivo dos pisos más abajo, y no tienes que ir a un programa para hablar conmigo –con aire indignado.
Patricia, con miedo a perder el dramatismo que mantiene su audiencia, pide una aclaración a Carmen.
- ¿Eso quiere decir que aceptas volver a hablar con tu padre?
Carmen le contesta, con tono displicente
- No, eso quiere decir un: que vivo dos pisos más abajo, y que no tiene que ir a un programa para hablar conmigo –muy solemne. Añade- No pretendas ganar ahora, y menos a través de un programa de televisión, una confianza que nunca has cultivado.
Cuelga el teléfono. Patricia se dirige a Julio.
- Bueno Julio, espero que todo salga bien, y que podáis arreglar vuestro conflicto en un espacio más íntimo –con un tono más tierno.
El público aplaude. Los ojos de Julio están nublados. La presentadora prosigue presentando a su siguiente invitado: Arnaldo, un “travesti” al que no aceptan como tal en su lecho familiar.
Se oye un ruido de platos y cubiertos que chirrían al chocar unos con otros. Sus hijas preparan la mesa para la comida, entre susurros. Consuelo, la mujer de Julio, sale de la cocina con una tortilla en la mano. La deposita en la mesa. Gira la cabeza llamando a Julio a comer. En el sofá, iluminado con el reflejo de la televisión, yace un busto de mármol, con la mirada triste.