Mostrando entradas con la etiqueta Qué me estás contando - Antología de Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Qué me estás contando - Antología de Relatos. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de marzo de 2010

UN VIAJE SIN MORALEJA. Por Jordi Piulachs.

Consciente de que sólo se tiene una primera impresión, siempre que cojo un autobús diferente al habitual me sacudo la caspa de los hombros, me abrocho la bragueta del pantalón y me peino el flequillo con los dedos mojados en saliva para que el conductor y el resto de pasajeros vean en mí a una persona pulcra y honrada y un ejemplo a seguir.
Hoy es uno de esos días.
Cuando llega el autobús me subo con tanta clase y elegancia que las personas que tengo detrás de mí me aplauden y vitorean embravecidas. Y algunas incluso lloran de la emoción. Me sonrojo y les digo que en mis treinta años de vida jamás me había sentido tan feliz.
Saco de mi bolsillo el importe exacto del billete y se lo doy al conductor. Éste, sin mirarme siquiera, se limita a eructar sonoramente. De repente noto cómo un aroma a chorizo rancio penetra por mis fosas nasales, pero lejos de provocarme asco, me abre el apetito.
Después de perder una encarnizada batalla contra una niña de once años por el único asiento que estaba libre, me conformo con apoyarme contra una ventana y ver cómo pasan los minutos de mi reloj. Uno cada sesenta segundos, más o menos.
La hipnotizadora aguja del segundero, el rítmico movimiento del autobús y el cansancio acumulado a lo largo del día, consiguen hacer que me duerma. Cuando despierto, estoy en el suelo y me faltan dos dientes. Al menos compruebo que algún buen samaritano ha intentado ayudarme, porque también me falta la cartera.
Me levanto agitado y empiezo a correr dentro del transporte público, de punta a punta, a la vez que voy gritando el jingle de un anuncio de macarrones que he visto por la televisión el día anterior. Creo que todavía no estoy recuperado del todo.
Una mujer detiene mi frenética carrera con una solemne bofetada que me hace recobrar completamente el sentido común. Le doy las gracias. Ella sonríe y me pide una cita. Me siento halagado, pero rechazo su oferta. Aunque está de muy buen ver, la verdad es que las octogenarias nunca han sido mi tipo.
Compruebo que un asiento ha quedado vacío y me dispongo a conquistarlo sin piedad. La buena noticia es que no opone resistencia. La mala, es que la humedecida tela que lo recubre me hace pensar que al pasajero anterior se le ha derramado un vaso de agua o se ha orinado encima. El reconfortante calor que abraza mis nalgas, hace que me decante por la segunda opción.
Todavía queda un rato para llegar a mi destino, así que aprovecho para sacar un libro de mi mochila y leer un poco. Se titula Mil y una formas de llamar a la puerta. Es la tercera parte de una interesantísima trilogía, capaz de abstraerte por completo. Sin embargo, hay algo que impide que me concentre. Noto como los ojos de la anciana se clavan en mi nuca, aunque también podría ser un mosquito. No, sin duda se trata de ella. Lo sé porque empieza a piropearme de forma obscena a la vez que zapatea violentamente el suelo con la pierna izquierda. Parece estar poseída. La situación es embarazosa. Me giro y le digo que soy un hombre respetable y que no voy a ceder a sus intentos por corromper mi inocencia sexual. Me llama gallina y otras cosas más graves. Ya no lo aguanto más. Soy demasiado frágil emocionalmente y me rompo en mil pedazos como un cristal.
Mis lágrimas inundan medio autobús. A lo lejos veo como una lancha se acerca a rescatar a los náufragos. Gracias a haber hecho un curso de natación por correspondencia, consigo alcanzar la puerta de salida sin problemas.

miércoles, 9 de julio de 2008

Mark Stevens

Por Carla Lopresti

Hola, mi nombre es Mark Stevens, y si no tienen nada mejor que hacer, los invito a que lean esta carta, en la que les contaré por qué me encuentro solo en este bar, y la razón por la que dentro de una hora estaré muerto.
El hombre con traje y sombrero negro y la mujer pelirroja sentados en frente mío me invitan a una copa, para que nadie sospeche, especialmente Phill, que están allí sólo para quitarme lo poco que me queda. Aunque ella me mira a través de sus oscuros lentes, puedo verle la misma mirada amenazadora con la que me miró aquella noche, hace ya un mes, cuando sentados alrededor de una mesa redonda, en aquel cuartucho húmedo y abandonado, y junto a cinco perdedores más, me arrebató lo poco que me quedaba de dignidad. Phill, el camarero, ajeno a lo que está sucediendo, me sirve un whisky con hielo. Sabe que es mi bebida favorita.
Acudí aquella noche a aquel antro convencido de que sería la última vez. Sólo deseaba, sólo necesitaba, ganar mi última partida para saldar todas mis deudas. No podía regresar a casa y decirle a Linda que había vuelto a perder. Que nuestra casa ya no era nuestra, que nuestro auto, ya no nos pertenecía. Pero es obvio que la suerte nunca me acompañó, y menos desde que la bebida se transformó en mi mejor compañera.
La tienda que se encuentra al frente del bar de Phill, es mía, es lo único que me queda, pero debo elegir entre la tienda y Linda, a la que ellos han secuestrado hace dos días. Y todo por no pagarles la deuda de aquella noche, iluso, pensando que me la perdonarían. Si le hubiera hecho caso a Linda cuando me imploró no seguir reuniéndome con aquella gentuza, y dejar la bebida, quizás ahora estaríamos juntos, aún tendríamos nuestra casa y seguiríamos trabajando en nuestra tienda. Quizás. Pero como de costumbre, la ignoré y me dejé llevar por las promesas irresistibles de una vida más cómoda y lujosa que me ofrecía aquella mujer, tan irreal, tan atractiva, tan endemoniada, que ahora no me quita la vista de encima.
Ya no me queda nada, sólo este vaso de whisky y la sonrisa amable de Phill. La calle oscura está desierta. No puedo salir corriendo del bar ni pedirle ayuda a nadie. Por una vez en la vida debo hacer algo de lo que Linda se sienta orgullosa, aunque no vuelva a verme. No puedo refugiarme en mi tienda, porque ya no es mía. Luego de entregársela a esta gente me dirigiré al baño de Phill.
Allí he dejado escondida mi pistola, detrás de la papelera. La colocaré justo en medio de mi frente, encima de mis ojos, y apretaré el gatillo. No creo que me sea tan difícil, ya la he usado otras veces, algo que Linda nunca sabrá de mi pasado.
La mujer de los lentes oscuros me hace la seña acordada, y yo le entrego a Phill un sobre en donde he guardado el poco dinero que me quedaba y la llave del local para que se lo alcance. La policía que hace su recorrido nocturno no debe sospechar nada. Debo mantenerme en calma. Con un pañuelo quito las gotas de sudor que me caen por la frente.
Phill le entrega el sobre a la mujer sin cuestionamientos. Esta mira al hombre de traje negro que se encuentra a su lado y murmura alguna cosa que no alcanzo a oír.
Ambos se ponen de pie, y luego de mirarme fijamente a los ojos, y esbozar una cruel sonrisa, cruzan la puerta del bar desapareciendo de mi vista.
Ahora sí, mi mujer será liberada. Podrá olvidarme y comenzar una nueva vida. Ya no la haré sufrir más.Saludo a Phill . Me marcho al baño.

viernes, 6 de junio de 2008

VIDEO PRESENTACIÓN "QUE ME ESTÁS CONTANDO"




Presentación 18 de octubre en el Corte Inglés de la Antología de Relatos "Que me estás contando"