miércoles, 18 de febrero de 2009

EL HOMBRE SIN DEDOS

T. Vaquerizo - Taller de escritura creativa

El primer dedo se le cayó cuando murió su padre. Fue extraño. El pulgar de su mano izquierda hizo “crack” y se le cayó al suelo. Sin dolor. Sin sangre. En su lugar un muñón redondeado, de color rosa. Se asustó, pero con el disgusto por la muerte de su padre, los preparativos y el papeleo del entierro no quiso darle mayor importancia al asunto, guardó el dedo en un cajón y siguió con su vida normal. Nadie pareció darse cuenta. Desde que se había separado de su mujer vivía solo. En el trabajo no se relacionaba mucho con nadie. Era informático pero tenía despacho propio, apenas salía de él durante el día. Como mucho para tomar un café en la máquina del pasillo.

El segundo dedo se le cayó cuando su mejor y único amigo de verdad, su amigo de toda la vida, su amigo del alma, le hizo aquella putada… le metió en un buen lío. Andaba metido en asuntos poco claros, apuestas, deudas de juego y había utilizado su nombre para algunos negocios ilegales. Se enteró cuando recibió amenazas telefónicas. Unos matones que decían que les debía dinero. Tuvieron una buena bronca, se dijeron todas esas cosas que uno se guarda dentro pero que al final acaban escapando sin remedio. El caso es que otro dedo hizo “crack”, y fue el índice de la mano izquierda. Al igual que la vez anterior no hubo dolor, ni sangre, ni siquiera herida, en lugar de dedo tenía un muñón sano y totalmente curado. Esta vez sintió pánico, a pesar de que era un hombre tranquilo. Cogió sus dos dedos y decidió ir al médico, pero no le creyeron. Le echaron pensando que les estaba tomando el pelo. “A nadie se le caen los dedos así como así, y encima dejando un muñón perfecto. Perdone usted pero aquí no tenemos tiempo para bromas”. El hombre no entendía nada, pero intentó continuar con su vida.

Cuando su único hijo fue atropellado por un coche a la salida del colegio, se le cayeron tres dedos de golpe. Sí, los últimos tres dedos de la mano izquierda. Pero era tanto el dolor que ni siquiera se molestó en guardar los dedos, los tiró a la basura y empezó a llevar guantes aprovechando que era invierno, bueno, más bien manoplas. La vida resultaba complicada teniendo solo dedos en la mano derecha, pero sabía que tenía que seguir adelante. Ya no podía conducir, así que ahora iba a trabajar en autobús, y procuraba que nadie en el trabajo se percatara de su extraña situación.

Su exmujer apareció semanas después por su oficina y le dijo que volvía a casarse, que tenía que rehacer su vida tras la muerte del hijo común. El hombre aguantó la compostura y la escuchó. Siempre había pensado que volverían a vivir juntos, que era una separación pasajera, al fin y al cabo solo estaban separados, no divorciados. Pensó que la muerte del niño les uniría, pero no. Se casaba de nuevo. Se casaba con su amigo, el que había utilizado su nombre para asuntos turbios. Cuando salió del trabajo se puso sus manoplas de nuevo, pero antes de llegar a casa lo notó. Dos dedos se desprendían, esta vez de su mano derecha. Su mano derecha. Era informático, había conseguido adaptarse y podía trabajar sin dedos en la mano izquierda, pero por favor, no podía quedarse sin dedos en la mano derecha. Llegó a casa y tal y como temía, al quitarse la manopla, pulgar e índice cayeron al suelo. En orden, pensó, caen en orden, como ocurrió con la mano izquierda. Se sentó en el suelo y empezó a llorar. Cada vez era más complicado realizar tareas que en otro tiempo eran sencillas.

Al día siguiente fue a trabajar pero casi no podía teclear, casi no podía hacer las operaciones más simples. Y cometió un error fatal. Y descubrieron que solo le quedaban tres dedos. Y le echaron del trabajo. De la empresa donde llevaba 12 años trabajando. La empresa a la que había dedicado su vida. No le dio tiempo a salir del despacho de su jefe. Se le cayeron dos dedos al suelo. El jefazo empezó a gritar horrorizado. El hombre, sin saber qué hacer, salió corriendo, dejando sus dedos atrás, sobre el parquet inmaculado del enorme despacho. Corrió y corrió y corrió. Ni siquiera podía coger el autobús, no podía validar el ticket. Lo pensó y se echó a llorar mientras paraba para tomar un poco de aire. El resto del camino lo hizo andando, a paso rápido, mientras moqueaba y lloraba, pero ni siquiera podía sonarse la nariz. Exhausto llegó hasta su casa. Solo le quedaba un dedo, ¿cómo iba a abrir la puerta de su apartamento? El portal estaba abierto. Cuando subió las escaleras y llegó a su puerta descubrió a dos matones esperándole. Uno de ellos le puso una navaja al cuello: “Danos el dinero que nos debes o te cortamos los dedos, uno a uno”. El hombre comenzó a reír a carcajadas mientras les enseñaba su único dedo, reía y lloraba al mismo tiempo… comprendió que las cosas que quería en la vida, las cosas que realmente le importaban, podían contarse con los dedos de las manos.

domingo, 15 de febrero de 2009

La carta

Por Cintia Castelló.
Ejercicio de Subperspectiva cerrada. Escritura Creativa.


La carta está en peligro. Las nuevas tecnologías ponen a ésta en recesión, constituyendo una seria amenaza al componente romántico de la misma. Aunque jamás podrá sustituirse su carisma, su poder, el peso de su tradición, el componente personal, nostálgico y bohemio que supone plasmar en papel lo que fluye de nuestra mente.

Todo empieza con una simple y sencilla hoja en blanco. Pluma en mano, y mensaje todavía abstracto en nuestro pensamiento. La idea está fecundada, sabemos el mensaje que queremos transmitir. Pero hay que darle forma. Mimamos la letra y perfilamos el mensaje. Remitente y destinatario definidos. Redactamos el saludo, el cuerpo de la carta, y nos despedimos. Fecha y firma. Metemos la carta dentro de un sobre, y escribimos en el reverso y el anverso los datos para que el mensaje llegue a su destino. Acudimos a correos, compramos un sello y la lanzamos en el buzón.

La carta se zambulle en un mar de mensajes y letras. Puede contener sentimientos, vivencias, relatos, memorias, noticias o emociones. La carta tiene la virtud de transportar de aquí a allí lo que queremos decir y como lo queremos decir. La escribimos con ilusión, la mandamos con esperanza y la recibimos con expectación. La carta vuela, fluye, flota en la nada. Recorre mares y océanos. Pueblos y ciudades. El mensaje es lanzado al infinito, al todo, al universo. Sólo el autor y quien está ahí arriba sabe lo que pone la carta. El mensaje forma parte del mundo. No es nuestro hasta que no está en nuestro buzón.

Y se acerca. Se acerca a su destino. La vibración de su presencia se hace notar. El destinatario siente su llegada. “Me tengo que marchar. Estoy esperando noticias de Martín”. Y llega a casa. Mira el buzón. El cartero dejó algo. Dentro hay un sobre con el remite que esperaba. Hay noticias.

Coge la carta, y se la guarda en el bolso. Quiere leerla tranquilamente en su habitación. Se prepara un té caliente, y le añade una cucharada de miel, para endulzar la lectura. Sube al cuarto, coge una manta y se sienta en la cama. Caliente y cómoda, al fin saca la carta. Huele el sobre. Huele a él. Esa carta le trae su presencia. Da un sorbo de té, y respira profundamente. La abre y tan solo leer “Mi amada Laura” sus ojos se convierten en vidrio cristalino. La carta no es una hoja de papel, es un símbolo. Es él. Es su corazón. Laura se sumerge en la lectura. Le siente allí con ella, está con ella. Sus almas están unidas por un hilo invisible, en forma de letras y mensaje. Su letra, le acerca a él, a su presencia impalpable, imaginaria, irreal.

Cuando termina de leer la carta se tiende a llorar en su cama. La abraza. Le abraza a él. Siente nostalgia, aflicción por su ausencia. Él está allí a su lado. Casi podría decirse que puede sentir sus labios.

La carta le hace soñar. Un texto escrito por él, llena de palabras con sentido, mantiene viva la llama del amor, la ilusión, la esperanza de un futuro compartido, carente de distancias.

Latidos

Latidos (sub-perspectiva)



El enjambre de deseos inmortales resbaló como una caricia desde sus labios. Cupido vertió ese suspiro en su saeta más valiosa, la flecha de la eternidad, y tensó su arco. Al soltar la cuerda, un haz de polvo rutilante cruzó el cielo, dejando a su paso miríadas de estrellas, hilvanando el tiempo y el espacio.

Se precipitó sobre la tierra de los mortales. A su paso, un manto de brillantes caricias despertó a la luna adormecida, que suspiró enamorada y pálida. Los océanos quedaron prendados y comenzaron a mecerse hacia el horizonte, tratando de alcanzarla.

Atravesó las nubes, que lanzaron millones de besos sobre aquellos destellos benditos. Pero el haz siguió su camino, y al llevarse consigo su magia, aquellos besos furtivos se convirtieron en los besos que no damos, cayendo sobre mares y campos en forma de lágrimas. Nació así la cara amarga del amor.

Como una exhalación, resbaló sobre las cumbres más altas, dejando tras de sí una estela blanca y fría. El desamor se vertió en los glaciares, que arrastraban su pena por las cordilleras de la soledad. Pero al cruzar los valles esmeralda, la roca se derritió de placer, y el rocío perló las briznas de hierba fresca, primigenia. El aire se tornó fragante, deshecho en notas de tierra mojada, cereales y miel, azahar y jazmín… Y brotaron rosas rojas y azaleas, que ofrecieron al mundo el néctar de la pasión y el romance.

En su trayecto, recorrió varios bosques de corazones rotos, solos en los llanos del abandono. Pero cuando el cenagal del resentimiento parecía no tener fin, y haber derrotado su vuelo, llegó al jardín de la esperanza. Cobró impulso de nuevo y voló hacia el crepúsculo, hacia el fin de los tiempos.

Viajó a través de las llanuras de los sentidos, y allí tuvo oportunidad de susurrar en el alma del hombre infinitas ocasiones. Pero el corazón humano es con frecuencia demasiado pequeño, menguado para caber en las mazmorras del miedo. Un blanco minúsculo para un sentimiento tan arrollador. Por suerte, la punta de aquella saeta estaba hecha de destino, y algunos afortunados recibieron el hechizo eterno. Hoy se les recuerda en leyendas y música, en relatos y pinturas, pues cuanto esa flecha logra tocar se perpetúa en los años.

Ahora ha traspasado los límites del tiempo, la materia y la fe, y ha llegado hasta aquí, franqueando las puertas de este amanecer. Y yo miro al infinito, sintiendo renacer el día, y sólo deseo que nos haya herido a los dos.


Juanmi, Taller de Escritura Creativa

sábado, 14 de febrero de 2009

UN PERRO CIEGO

UNO

Tengo veinte años. He llegado a viejo. Para un perro que ha vivido en la pobreza desde que nació, estos veinte años han sido una eternidad. De los de mi familia, sólo yo he sido longevo; ninguno de mis hermanos ni de mis hijos alcanzó los tres años.

Mi amo me adoptó el año en que nací, y desde entonces siempre hemos estado juntos, compartiendo techo, comida, alegrías escasas y privaciones. Hasta no hace mucho, le acompañaba cuando salía a cazar o cuando bajaba al pueblo. Pero ahora, la fatiga y el dolor ahogan mi cuerpo renqueante; ya no soy capaz de correr, mi ceguera apenas me deja distinguir las figuras a la luz del sol, y mi amo tiene que triturarme la comida para que me la pueda comer. Mi pelo, antaño sano y espeso, se ha vuelto ralo y apagado, y mi figura es triste y escuchimizada.

Mi amo es un hombre mayor, seco de carnes, y pelo cano y escaso. Tiene la piel arrugada, ajada por años de trabajo al viento y al sol. Vive conmigo lejos del pueblo, arriba en el monte, sin más cobijo que una casita de paredes de piedra, y sin más sustento que el que le da un huerto, algún queso de cabra que le traen los pastores, y la caza y la leña de un bosque cercano.

Abandonó su hogar en el pueblo hace años, cansado de soportar amenazas y extorsiones. El señor Cruz, el cacique de la zona, controla cuanto allí se hace y se deshace; cualquier pacto o contrato requiere su aprobación, previo pago de un tributo que él mismo fija. No hay vendedor o viajante que no sufra la periódica visita de sus sicarios, y pobre del que se atreva a discutir la cuota de la recaudación que irá a manos del señor Cruz. Incluso los matrimonios y los testamentos deben contar con su aquiescencia.

La alcaldía del pueblo también es propiedad de Cruz. Hace muchos años, el último alcalde que merecía ese nombre quiso poner coto a los desmanes de sus sicarios. Pero cuentan que aquel alcalde desapareció una noche sin que nadie se atreva a explicar cómo. Desde entonces, su despacho lo ocupa quien decide Cruz.

Cuando me adoptó, mi amo ya vivía en el monte. Me llamó Julián. También se llamaba así su hermano mayor, que en su juventud tuvo que huir muy lejos a causa de las amenazas de Cruz. No del Cruz de ahora, sino de su difunto padre. Dicen que Cruz padre era mucho peor que el hijo; que llegó de no se sabe dónde, y que se hizo poderoso cometiendo crímenes horrendos, vertiendo sangre de inocentes, estafando, mintiendo y sobornando, y que ahora sólo puede estar ardiendo en el infierno. Algunos cuentan que Cruz hijo no es tan cruel, que sólo utiliza la violencia para que la gente no se salga de la ley que impuso su padre, y para no perder la herencia frente a los que quieren ocupar su puesto.

Pero eso es sólo lo que algunos cuentan. Esta mañana mi amo ha tenido que bajar a las cercanías del pueblo, para intentar reunir algo de ropa y comida antes de que la estación cambie y llegue el frío. Cuando venía de vuelta, se ha atrevido a increpar en público a unos sicarios de Cruz que estaban vejando en público a un aldeano.


DOS

Tranquilo, Julián, tranquilo…

El que me habla es mi amo. El desliz de esta mañana no podía quedar impune, y ahora se encuentra de pie, armado con un palo a la puerta de su casa, en noche cerrada, frente a los mismos sicarios de Cruz que hace horas se atrevió a increpar. Mi amo sólo quiere que tengamos la fiesta en paz, que esta gente que le ha hecho brincar de la cama se vaya por donde ha venido, y que nosotros podamos volver a dormir. Nada más.

Los hemos oído venir de lejos, y, antes de que llegaran a nuestra casa, mi amo se ha levantado, se ha armado con el palo, y ha salido a recibirlos a la puerta. Cuando han llegado, los matones han callado por un momento, sorprendidos de que el viejo estuviera despierto y dándoles la cara. Aunque no lo admitirán jamás, ha sido algo que les ha merecido respeto. Pero les ha costado poco superar la sorpresa, y ahora sus amenazas y sus gritos resuenan por todo el páramo que rodea la casa.

Mientras, mi amo me pasa la mano por el cuello, sujetándome con fuerza; teme que si yo hago un gesto agresivo las cosas se precipiten. Pero lo cierto es que su esfuerzo por contenerme es innecesario, mis veinte años de vida de perro me pesan demasiado, y apenas encuentro fuerzas para gruñir a los intrusos, que poco parecen preocuparse por mí.

Pero mis achaques y mi ceguera no me impiden darme cuenta de lo que está pasando. Después de todo, aún conservo mi olfato y mi oído, y las voces amenazantes que oigo pertenecen a tres hombres jóvenes, que no traen el olor a tierra y a hierba de la gente del campo, sino que apestan a tabaco y alcohol, como todos los juerguistas del pueblo. Frente a ellos, mi amo aguanta el tipo, muy tenso, sin blandir el palo que lleva en la mano; las pocas palabras que pronuncia le salen en voz baja pero firme, como si le salieran del fondo del estómago. No les insulta, no les amenaza, no hace amago de tener miedo. Su serenidad se va imponiendo, y la euforia del alcohol de los otros se apaga bajo el frío y el viento que siempre sopla en el monte, lejos del pueblo, lejos de sus casas.


TRES

Poco antes de amanecer, mi amo se levanta de la cama por segunda vez en pocas horas. Cuando aún quedaba un buen rato para que el sol saliera, ha hecho pasar dentro de su casa a los tres chavales borrachos que esta noche pasada le han despertado a gritos. Se han sentado al calor de la chimenea, y entre llantos y súplicas de perdón le han contado sus penas y sus remordimientos por tener que cumplir las órdenes del señor Cruz. Ahora están los tres durmiendo acurrucados en el suelo al calor de la lumbre, entre ronquidos y olor de garrafón. Mi amo recoge tres pedazos de leña y los echa para reanimar el fuego que está a punto de extinguirse. Va a preparar una infusión de hierbas que él conoce, gran remedio contra la resaca.

Rubén Bermejo.

Una partícula de luz (Microrelato)

Una partícula de luz nace de una pequeña estrella, zambulléndose llena de energía entre los océanos vacíos que separan los cuerpos celestes. Esquiva millones de restos de polvo, mil asteroides, se retuerce al bordear la enorme boca de un hambriento agujero, más que oscuro, negro; ignora los tenues y coloridos velos de diez nebulosas, adelanta a un cometa, esquiva el faro de un púlsar, no se deja deslumbrar por una supernova, evita el abrazo de algún planeta gigantesco, pero árido; por fin cruza un último mar de negrura y tiempo para, ya cansada, deslizarse sobre el hielo de los anillos de Saturno y, de la mano de la luz de la luna, alcanzar la Tierra, abandonando el cielo para caer en el paraíso y morir feliz, fundida un instante con el reflejo de la mirada de la pequeña Ana.


por Joan Villora Jofré

Ejercicio con Subestructura del taller de Escritura Creativa

648 caracteres sin espacios; 786 caracteres con espacios

jueves, 12 de febrero de 2009

PREMIO DE NOVELA BREVE


PREMIO DE NOVELA BREVE

JUAN MARCH CENCILLO

XVII ª edición


BASES


1) La Fundación Bartolomé March convoca la XVII edición del premio Juan March Cencillo de novela breve, dotado con 12.000 euros. El premio y su dotación son indivisibles.



2) Las obras presentadas deben ser originales e inéditas, con una extensión de 75 a 110 folios tamaño DIN-A4 (máximo 30 líneas por folio y cuerpo 12) encuadernados, mecanografiados a doble espacio y por una sola cara. Pueden estar escritas en cualquiera de las dos lenguas oficiales de la Comunidad Autónoma de las Islas Baleares (castellano y catalán ).



3) Deberán presentarse tres copias de la obra antes del 1 de mayo del 2009. Además del título, en portada debe constar el nombre, apellidos, NIF, dirección y teléfono del autor. Si se desea mantener el anonimato, podrán enviarse los datos personales en plica cerrada adjunta.



4) El jurado no podrá declarar desierto el premio.



5) La obra premiada será publicada por la Editorial Pretextos y la Fundación Bartolomé March.



6) El primer jueves de agosto se hará público el fallo del premio.



7) La Fundación no mantendrá correspondencia sobre los originales presentados.



8) Los originales no premiados podrán retirarse de la sede de la Fundación durante los siguientes 40 días a la comunicación pública del fallo.



9) La presentación al premio Juan March Cencillo de novela breve supone la aceptación de estas bases.



Palma, 2 de enero de 2009











Palau Reial, 18 07001 Palma de Mallorca España Teléfono 0034 971 711122 Fax 0034 971 725803 secretaria@fundbmarch.es www.fundbmarch.es



PREMIOS DE NOVELA BREVE

JUAN MARCH CENCILLO


1993 Alfredo Taján El salvaje de Borneo

1994 Fernando Quiñones Vueltas sin fecha

1995 Zoé Valdés La hija del embajador

1996 José Luis de Juan El apicultor de Bonaparte

1997 Pablo González Cuesta Experto en silencios

1998 Mariano Villegas Vidal Una gesta primaria

1999 Julio Ortega Habanera

2000 Juan Pedro Quiñonero Anales del Alba

2001 Carlos Trías El ausente

2002 Felipe Hernández Dunas

2003 Pedro Merino Quinta de la Caridad

2004 Antonio Palerm Josep Pla i el quadern perdut

2005 Jaime Begazo Los testigos

2006 Andrés Mencía Fuera de campo

2007 Miguel Dalmau. El reloj de Hitler

2008 Lorenzo Luengo. El quinto peregrino.

martes, 10 de febrero de 2009

Binomio fantástico (pañal-resumen)

Carolina nació un domingo a las once de la noche del mes de junio. Una noche templada, con un cielo sereno repleto de estrellas. Fue un parto fácil, sin complicaciones. Su lenguaje fue un llanto tímido, casi imperceptible. Su diminuto cuerpo desnudo se agitaba con movimientos libres de presión que duraron poco hasta que le colocaron su primer pañal.

Había luna llena. Desde la ventana de la habitación se podían contemplar las olas romperse en “Estrellita de mar”, la barca de pesca de su padre, abandonada en la orilla precipitadamente para la ocasión.

Hasta los seis años su única tarea fue jugar. Se divertía con cualquier cosa, pero principalmente le gustaba utilizar los botes que ya no servían en la cocina de mamá para llenarlos de arena y descargarlos seguidamente en el corral de su abuela donde las gallinas se rebozaban en ella a su antojo.

Los años que siguieron fueron los más felices de su vida. Durante el día acudía a la escuela del pueblo, junto con otros siete niños. Allí aprendió lo que necesitaba para salir adelante en la vida como le decía su padre, escribir y contar.

Por las mañanas, antes de ir a la escuela, salía corriendo hacia la playa, se sentaba en la arena y esperaba. Esperaba lo que hiciera falta, hasta que podía divisar a lo lejos la barca de su padre que junto con su abuelo salían cada noche a faenar. Después les ayudaba a descargar el pescado, a transportarlo en sus respectivas cajas, para más tarde ponerlo a la venta. Esos eran los mejores momentos del día. Adoraba el olor del mar, disfrutaba de la música que componían las olas cuando llegaban a la orilla, sus ojos se perdían en el horizonte y dejaba volar su imaginación.

Una mañana de un frio otoño no regresaron. Dos días más tarde sus cuerpos fueron arrastrados hasta las rocas de una localidad vecina. Fueron largos meses llenos de tristeza y de luto en la familia.

No había comida para todos. Carolina y su madre se trasladaron a la gran ciudad, a casa de su tía Emilia. Fueron años difíciles pero emocionantes. Logró encontrar un buen trabajo en un puesto de pescadería del mercado del barrio. Por las noches acudía a un centro de estudios y después de muchos sacrificios consiguió convertirse en enfermera.

Durante su tiempo libre prestó asistencia a colectivos marginados. Participaba en multitud de actividades y se implicaba en diversos proyectos solidarios. Viajó por varios países del tercer mundo aportando su energía, involucrándose en todos y cada uno de sus objetivos.

Ante tantos momentos de miseria y desesperación que presenció durante un largo recorrido de su vida, su complicidad con todos ellos fue la máxima que se puede esperar de un ser humano. Su salud se iba extinguiendo con los años hasta que una corta enfermedad pudo con su inmunidad.

Los últimos días de su existencia los pasó en la habitación de un hospital comarcal, donde debido a su incontinencia urinaria le cambiaban los pañales tres veces al día. Postrada en su lecho y con una mente lúcida hacía un breve resumen de su vida. Se acordaba de “Estrellita de mar” avanzando con los remos al ritmo de las olas, del rostro feliz de su padre cada vez que la veía esperándole en la playa, de su casa, de su habitación con vistas al mar.


Milagros Herrero

Mundus y Zapatín

MUNDUS Y ZAPATIN,
por Cintia Castelló

La vida en aquella habitación era simple y llanamente monótona y aburrida. Jorge era un desastre, no tenía el menor sentido del orden ni el menor respeto por los objetos y juguetes propios. Su madre ya había desistido de tal ardua tarea. Le era más fácil coser toda una mantelería a punto de cruz, que intentar conseguir que su hijo en plena etapa adolescente (la edad del pavo como llamarían algunos) ordenara, o si eso fuera mucho pedir, ventilara la habitación.

Los seres que allí habitaban, vivían en un estado de letargo permanente y de semi-asfixia. Todo era un completo caos. Calcetines por el suelo, la cama siempre deshecha, hojas esparcidas por el escritorio, los mandos de la Play 2 tirados por el suelo, el envoltorio de las Matunano en el cajón primero, un cenicero con chicles incrustados y endurecidos por el paso del tiempo, un vaso de agua estancada lleno de burbujas, cajones abiertos y muchas bolas de polvo por doquier... entre otras muchas cosas.

Mundus era el mapamundi que habitaba una de las estanterías en la cual Jorge tenía todo el material que supuestamente debería ayudarle a realizar las tareas escolares. Pero el pobre estaba más aburrido que una ostra. Su posición inclinada y estática, desde la cual se veía siempre la misma parte del mundo (Europa, África y parte de Oriente próximo) no variaban nunca. Él sólo hacía que pensar: “Qué lastima de mi!” “Que desperdicio de vida!” Tantos años estudiando geografia, tantos viajes, trabajos, estudios de campo para obtener un título y acabar como elemento decorativo...” “Desearía vivir otra vida”.

Su mayor frustración era no ser el instrumento de trabajo de un geógrafo, o el motor de viajes e ilusiones de Willie Fog, o el medio de aprendizaje de centenares de alumnos en una escuela... no.... tan solo servia para lo mismo que sirve un florero. Ya no aspiraba a ser pieza de un museo de historia, pero su vida no podía tener tan triste destino.

Por allí andaba Cordoncín, un viejo compañero de habitación que se encontraba en situación similar. Pero su historia era diferente. Él había sido adquirido en una tienda de calzado deportivo. Él era el cordón de las Nike que Jorge, de tanto jugar a fútbol, acabó rompiendo. Y no tuvo mejor suerte que Mundus. Acabó siendo otra pieza de museo de “Jorge’s room”. Porque Cordoncín llevaba semanas tirado por el suelo sin ser reparado, reemplazado o desechado? Buena pregunta. Pregúntenselo a Jorge.

Un buen día, el muchacho se fue de viaje de fin de curso a Londres por unos días, con sus compañeros del instituto. Los habitantes de Jorge’s room no sabían si reír o llorar. Aburrimiento o diversión? Tristeza o alegría? Libertad o represión? Después que el adolescente cerrara la puerta de un portazo, y de un largo silencio... Mundus llamó a su amigo:

- Cordoncín! Estas ahí?
- Sí! Aquí sigo! Por desgracia...
- Me resigno a pasar más días en esta situación. Quiero cambiar de vida. Se te ocurre algo?
- Yo tampoco puedo más. Déjame pensar.
- Me gustaría que me bajaras de esta maldita y aburrida estantería....

Cordoncín utilizó su ingenio. Llamó a sus viejos camaradas: Cordón 1, Cordón 2 y Cordón 3. Sabía que ellos no les fallaraían. Los amigos estaban para eso. Cordondín y sus amigos se ataron entre sí con fuertes nudos. Como podían rescatar ahora a Mundus? Se ataron a la silla de ruedas del escritorio (cual kamikaces). Estiraron y estiraron hasta que consiguieron desplazarla. Una vez ésta fue situada en frente de la estantería... Misión 1: Subir al asiento (se entiende por asiento lugar donde se coloca el culo). Misión 2: Subir a la parte superior del respaldo. Misión 3: Último esfuerzo y ya estamos en la estantería.



Una vez allí...

- Mundus, ya estamos aquí mis amigos y yo. Estas listo para tu cambio de vida?
- Síiiiiii.
- Nosotros nos ataremos a la base que te sujeta, estiraremos y tu caerás al vacío. Has visto alguna vez a alguna persona hacer puenting? Pues algo así sucederá. No podemos asegurarte si te estrellarás o no contra el suelo. Lo sentimos...pero no somos especialistas salvavidas.
- Mmmmmmm. Antes que me heche atrás... estirar!
- 3....2....1.... Ya!!

Y Mundus fue directo al suelo. Brrrrruuuuuummmmm! Menudo estallido se oyó! La madre de Jorge, al oir aquel estrepitoso ruido, corrió a la habitación, abrió la puerta y vió el desastre. El mapamundi estaba hecho añicos.

- Vaya... Jorge es terrible. Mira que atar con una cuerda al mapamundi! Esto solo se le puede ocurrir a él. No habrá manera de arreglarlo.

Fue directa a la cocina y volvió con una escoba y un recogedor. Cordoncín, Mundus y los tres cordones... fueron todos a la basura.

- Esto sí es vida! – suspiraron.
- Al fin tan ansiado momento, llegó a mi vida- anunció Mundus. Jamás volveré a estar encerrado en esa habitación.

Allí se inició una nueva vida para ellos. Queréis saber donde fueron a parar? Mejor os lo explico en el próximo relato.

domingo, 8 de febrero de 2009

Mala hierba

Dicen que mala hierba nunca muere. Vana esperanza, chico, ya tienes la soga al cuello. No alimentes ilusiones, tus días se han acabado, dicen esas miradas fijas en tu mirada. Por un buen puñado de dólares, te dieron caza cuando bajaste la guardia. No les gusta que cabalgues libre y forjes tu leyenda pueblo tras pueblo. ¿Cuántos días pensabas que te quedaban? ¿Cuántas balas de libertad en tu cargador? ¿Cuántas millas de soledad en tus alforjas? No pierdas el tiempo, chico. Tus amores de noches furtivas no vendrán a salvarte. Han tenido trabajo extra esta noche y ahora ni se atreven a mirarte, ocultas tras las cortinas de sus alcobas. El alcohol barato y mal destilado ha evaporado tu nombre y tu rostro de la memoria de quienes te cobijaron. Olvídate, chico. No hay luz ni taquígrafos que dejen constancia de tu pasado. No jugarán los niños a ser tú, porque otros juegos ocupan ya su imaginación. Tu leyenda se extinguirá tan rápido como lo que se tarda en segar un campo. No sueñes en la gloria, porque esta soga te va a despertar. "Hijo, ¿quieres decir tus últimas palabras?", te ofrecerá un alma caritativa. El verdugo apretará el nudo alrededor de tu cuello. Y tú dirás: "Sí, padre, sólo decir que mala hierba nunca muere. Y que están robando el banco". "Al ladrón, al ladrón", gritará alguien desde la puerta de la sucursal bancaria. Y saldremos todos corriendo tras el ladrón. Te liberarás de la soga, abandonarás el cadalso por tu propio pie y volverás a cabalgar dejando tu semilla de libertad, ahí por donde pases.

Ignasi Raventós

LA EPIFANIA

LA EPIFANÍA
Alicia Sánchez Martínez

“Fluir ––pensó Zeus––, lo que debo hacer es fluir, no forzar la situación, dejar que el cosmos decida por mí...” Y repitiendo mentalmente ese mantra inventado, se dejó llevar a la habitación de Epífani, arrastrando los pies sobre las baldosas oscilantes de su piso antiguo, convencido de que aquella mujer era su Karma, su destino prefijado por quién sabe qué dios.
“Ves hacia la montaña, como Mahoma–– le había dicho su maestro––. Tu destino es la montaña”. “¿Qué montaña? ––le preguntó Zeus––”. “Lo sabrás cuando la veas ––le contestó el gurú––. La montaña es tu destino, la fuente de tu felicidad”. La montaña. ¿Se refería a una montaña real, como la del Tibidabo o la de Montjuic? No, no podía ser tan evidente. Si algo había aprendido en sus cinco años de yoga, meditación trascendental y TRNI (técnicas para recuperar el niño interior) era que la verdad siempre se esconde tras los velos de lo cotidiano. Decidió relajarse y esperar. Sabía que hasta que no fuera testigo de aquella revelación, su alma no conseguiría combatir el desasosiego que sentía prácticamente desde que tenía uso de razón.
Pero el tiempo pasaba y la revelación no aparecía. La paciencia se le agotaba y la montaña se convirtió en una obsesión. Por eso, cuando vio a Epífani en aquel bar, sola y algo borracha, supo al momento que aquella era la señal. Epífani era su montaña y su destino era ir hacia su encuentro. Se dejó llevar y, una vez en casa de ella, tuvo lugar el milagro. La montaña se le apareció y Zeus, por fin, encontró la serenidad que tanto había estado buscando.
Epífani no dudó. Hacía muchos años que buscaba una ocasión así y por fin la había encontrado. Había oído decir que muchos hombres sentían un morbo especial por personas como ella, pero no había tenido la suerte de encontrarse nunca con ninguno, ni siquiera en los chats de Internet. Zeus no era gran cosa, pero era un hombre y con eso le bastaba. Por eso, cuando le dijo que su destino estaba ligado a ella (o algo por el estilo) vio el cielo abierto. Había ligado, por primera vez en su vida. Pagó la consumición y le invitó a su casa y, para su sorpresa Zeus aceptó. Así de fácil. Después de tantos años de espera, tenía la oportunidad de perder su virginidad.
Una vez en casa, Epífani esperó a que él tomara la iniciativa, pero Zeus no se movía. De pie, en el centro de dormitorio, parecía desconcertado, como si esperara órdenes. Temió que se hubiera echado atrás y decidió entrar rápidamente en acción. Cuando se quitó la blusa, su enorme joroba emergió luminosa sobre su espalda, desafiante entre los tirantes del sujetador. La repentina visión de aquella protuberancia pareció ejercer en Zeus un extraño efecto. El joven admirador se arrodilló al momento, con las manos juntas, como si rezara. Ante el desconcierto de Epífani, empezó a llorar, conmovido, musitando palabras como “montaña” o “revelación”.
––¿Me dejas tocarla? ––le preguntó Zeus––.
––¿El qué? ¿La joroba? ––le contestó Epífani, totalmente desorientada––. Sí claro pero... ¿me harás algo más?
––Haré todo lo que tú me digas.
Y Epífani sonrió. Aquel era su día de suerte.

sábado, 7 de febrero de 2009

En el Fondo del Hueso (capítulo segundo)

(Dedicado a todos aquellos que seguían el relato original, con afecto)





El cuerpo sin vida de Alessia aún estaba caliente cuando Cosme I de Médici entró en la habitación, acompañado del médico y de tres criados. El espantoso rigor mortis de la muchacha les sobrecogió a todos con una fuerza arrolladora. “Ha sido envenenada, eso es evidente”, masculló el doctor apenas se acercó al lecho. “Pero para saber más necesitaré realizar un examen riguroso”. “Por supuesto” respondió el GranDuque con una sobriedad que apenas ocultaba su dolor. “¿Qué hacemos, mi señor?” inquirió uno de los criados. “Llevadla a donde el doctor os indique, y ayudadle si ese es su deseo. Pero primero dejadnos solos un momento”. Cuando los criados salieron, el médico miró al GranDuque con preocupación: “No necesitamos una investigación para saber quiénes son los responsables, imagino”. “Lamentablemente no, pero lo haremos. Quiero saberlo todo, Césare. Averigua qué ha pasado aquí, y la mano de quién ha acabado con mi prima” contestó Cosme I, con la mirada perdida en la ventana, por la que miraba sin ver los preciosos jardines traseros del Palazzo. Leyendo en su rostro con nitidez, el doctor recogió sus cosas “Os dejo un instante con ella. Estaré fuera”. Apenas se cerró la puerta, se acercó a la cama, y recogió entre sus brazos el cuerpo de la muchacha, que comenzaba a estar rígido. Mesó sus cabellos morenos, y acarició con el dorso de la mano el rostro contraído. El nudo que atenazaba su estómago se hizo más férreo, y lloró. “Tú también… Dios, tú también… Perdóname Alessia. La fatalidad se ha cruzado en tu camino, pero no tendría que haber sido así. Es culpa nuestra. Nuestra y de ellos. Fracasamos como hombres y como políticos. No somos capaces de ver la cara positiva de la ambición, y nos atacamos unos a otros en pos de objetivos que creemos elevados, en vez de ayudarnos a ser mejores. Lo siento Alessia, un inocente no debería pagar por ello”. Salió de la habitación murmurando “esto no debe seguir así”. Césare le miró extrañado. Mientras se retiraba, miró al médico, suplicante: “Utiliza todo tu ingenio, amigo. No quiero que la familia la vea así”. Y desapareció por un corredor lateral.

Llevaba horas encerrado en su despacho, con un busto de Marco Aurelio entre sus manos, acariciando el frio mármol sin darse cuenta. Llamaron a la puerta, y sin esperar respuesta, el médico asomó la cabeza. “¿Señor? Deberíamos hablar”. “Enseguida salgo, Césare”. La puerta volvió a cerrarse. El GranDuque miró unos segundos más los ojos de aquella roca casi viva, y por un momento se sintió igual de gélido e inanimado. Se sentó en su mesa, tomó un pliegue de papel y la pluma de ganso:

Estimado señor:

En virtud de los graves acontecimientos sucedidos recientemente, os escribo esta carta. Sé que nuestras posiciones están enfrentadas, pero creo que hemos visto ya demasiada sangre derramada por nada.

Quisiera reunirme con vos en terreno neutral. Creo que es nuestro deber de cristianos empezar a hablar de paz, y negociar un acuerdo que termine definitivamente con este sinsentido.

Esperaré vuestras nuevas desde la esperanza de que tal cosa es aún posible.

Con buena voluntad, se os saluda desde Toscana.

Salió del despacho irradiando preocupación, y mandó llamar a un hombre. “Tenéis una misión, Paolo. Llevad esta carta a Venecia y hacedla llegar a la Hermandad Púrpura, a su “guía espiritual”. Huelga comentar que se trata de un asunto de máximo secreto”. “Sé que no soy Carlo mi señor, pero trataré de no decepcionaros”. “No lo haréis, estoy seguro. Id solo, y no llaméis la atención”.
Mientras Paolo partía del Palazzo, miró someramente el papel doblado que le haba sido confiado. Ni membrete, ni sello. Un documento totalmente anónimo.
El GranDuque fue en busca del médico. “Señor, hay algo que debo comentaros. Tras examinar a vuestra prima, he llegado a una conclusión sorprendente. Es indudable que ha sido envenenada con un tóxico de efecto rápido y feroz. La cuestión es que todos los venenos que actúan tan deprisa han de ser inyectados, y este ha sido ingerido. Se trata de algo desconocido. Los venecianos no juegan, no se detienen ante nada. Creo que tienen expertos en muchos campos. Están apostando muy fuerte y son implacables señor… Hace muchos años que nos han declarado una guerra encubierta. Deberíamos plantearnos el…”. “Deja esas consideraciones para mi, Césare. Yo soy quien gobierna en Toscana” cortó el GranDuque con sequedad, intuyendo el belicoso consejo que iba a escuchar. Se hizo un silencio incómodo. “Lo siento, no pretendía hablarte así” se disculpó a los pocos segundos. “Pero no traeré guerra a mi pueblo si hay otras alternativas. Esto puede resolverse de otra manera.” “Disculpad mi osadía señor…” “No discutamos Césare. Necesito que me ayudes a preparar los responsos por Alessia. Y busca el cuerpo de Carlo. También él merece que le honremos cristianamente”.



Venus notó un vacío haciéndose hueco en sus entrañas. En pocos segundos se sintió destemplada, y fue escurriéndose apoyada en la pared, hasta que quedó hecha un ovillo en aquel rincón. Con sus manos sobre el rostro contraído, en una mueca de dolor inconsolable, derramaba su llanto abiertamente. “… un criado del Palazzo me lo ha dicho ahora mismo. Sucedió anteayer, de madrugada…” trataba de explicar su padre. Pero ella no escuchaba. Recordaba cómo había conocido a aquel niño tantos años atrás. Él pertenecía a la clase más alta, y ella sólo era la hija de un artista. Pero los juegos de niños por los jardines se habían ido transformando en pequeños coqueteos, en juegos de seducción, y ninguno de los dos pudo negar que se querían. Llevaban 3 años viéndose a escondidas, compartiendo secretos, miradas, caricias, besándose en la noche con inmenso amor. Era consciente de que su posición le mantenía muy ocupado, y siempre lo asumió, aunque con la angustia contenida de quien añora a sus ser más querido. Pero él siempre le daba mucho más de lo que ella perdía cada vez que se separaban. Hacía pocas semanas que habían rubricado su compromiso eterno, entregándose el uno al otro por vez primera, sin reservas. Incluso su padre, una de las pocas personas al tanto de la situación, había tallado en madera un pequeño busto del muchacho, para que siempre le tuviera cerca. Y de pronto eso era lo único que quedaba de él, un pedazo de roble, un recuerdo lejano de lo que es la felicidad…
Su padre hacía rato que había callado. Se agachó y se sentó junto a ella. “No sé qué puede decirle un padre a una hija en una situación así. Sé cuánto le querías…”. “Ambos nos queríamos babbo” contestó ella con un hilo de voz, que las lágrimas quebraron. La abrazó. “Llora cariño, que las lágrimas son el único patrimonio de un alma dolida… Llora, o tu corazón se ahogará en ellas…”
Rato después de que la habitación quedara en silencio, Venus miró a su padre con ojos enrojecidos: “¿Como sucedió, babbo? Necesito saberlo. Necesito saber que la muerte de Carlo tiene algún sentido”. “No sé más hija, en cuanto me he enterado he corrido a decírtelo. No quería que te enteraras por un rumor”. La joven leyó en los ojos de su padre una oleada de angustia. Este no pudo sostener su mirada, y giró la cabeza. “¿Qué sucede babbino?”. “Que eso no es todo hija”. “Qué quieres decir…” trató de preguntar ella con el miedo y la incertidumbre en la voz. Su padre tomó aire, pero lo soltó de nuevo, tembloroso. ¿Babbo? insistió ella. “Cariño – comenzó el hombre, tomando la mano de su hija – desde que murió mamá no te decía cosas tan tristes. Quiero que sepas que siempre estaré contigo, que no te dejaré sola…”. “Por favor babbo, qué más sucede…”. El hombre miró hacia el suelo, consciente de lo que la chica iba a sentir. “Alessia, la hermana de Carlo, falleció ayer por la tarde, tampoco sé cómo”. Y el mundo que Venus conocía se vino abajo como una lluvia de hojas secas, pisoteadas y crujientes.
Cuando estuvo lo bastante calmada, se incorporó decidida y se cubrió la cabeza con su viejo griñón. Con su raida capa sobre los hombros se dirigió a la puerta. “¿A dónde vas, hija?” le preguntó aquel envejecido hombre. “Al Palazzo. Mi amor ha muerto, mi amiga y confidente ha muerto. Necesito saber qué ha pasado”. “No habrá nadie relevante Venus, en poco rato tendrán lugar los entierros. Además, te pondrías en evidencia, y traicionarías su memoria, hija!”. “Voy a averiguar qué ha pasado, ahora ya nada importa” dijo ella. Se detuvo en el humbral: “No te preocupes babo, estré bien”. Y se fue.
Los entierros de las familias nobles y ricas solían ser privados, pero los Médici oficiaban una misa en la basílica de San Lorenzo antes. Quizá el Palazzo estuviera desierto, pero en la iglesia estarían todos, nobleza y pueblo. Así que se encaminó presurosa, ignorando un atardecer que ya nada le aportaba. Cuando llegó a las puertas de la basílica, una multitud se agolpaba delante. El templo estaba repleto, y la guardia no dejaba entrar a nadie más. Nadie en la nave central escuchó los ruegos de una muchacha, desesperada por poder darle su adiós al primo del GranDuque. Ante la imposibilidad de acceder, decidió esperar cerca de la entrada a que concluyera la ceremonia. La guardia comenzó a abrir un pasillo para que la nobleza saliera, y pronto, de entre el séquito que desfilaba con pesadumbre, se empezaron a distinguir las caras más conocidas de la ciudad. Cuando Venus vio al médico de los Médici, conocido de su padre, llamó su atención discretamente. “Signore Césare, prego, necesito hablar con vos”. El doctor la miró tratando de recordar su rostro, hasta que la identificó. “Hoy es un día dramático jovencita, pide una cita mañana en el Palazzo”. “Pero es que necesito hablar con vos unos minutos…” insistió enfatizando la necesidad. “Venus, esto es un entierro… Ha sido un día duro, espera a mañana”. “Tiene que ver con Carlo y con Alessia, don Césare” volvió a insistir. La expresión del hombre se tornó más serena, y una chispa de curiosidad se prendió en su mirada. “Está bien. Acude al camposanto en dos horas. Nos encontraremos allí”. “Grazze mile, allí estaré”. La muchacha partió directamente al cementerio. Césare se acercó al gobernante unos minutos más tarde. “¿Quién era esa chica?” preguntó este. “La hija de un escultor, un conocido de mi familia. Quiere hablar conmigo sobre vuestros primos fallecidos”. El GranDuque meditó un momento. “¿Crees que puede tener información?”. “En estos días cualquiera puede ser un espía o un confidente, mi señor. No perdemos nada por escucharla”. “De todos modos se cauto – desconfió Cosme I – Puede que sea una espía o una confidente, pero no olvides que puede servir a la Hermandad Púrpura”.

Ya había caído la noche, y Venus miraba las estrellas junto al Arno. Su cuerpo estaba allí, pero su mente estaba muy lejos. Todo cuanto había averiguado es que a Carlo lo asesinaron unos ladrones, y que Alessia murió mientras dormía. Pero nada de eso la convencía. Además, a Filippo el bibliotecario también lo habían matado. Demasiada sangre en poco tiempo, y toda vertida en el entorno del GranDuque. Sospechoso. Sabía que le costaría mucho, pero estaba dispuesta a llegar hasta el final. Necesitaba entender.

“Nada nuevo, mi señor. La chica de esta tarde ha dicho ser amiga de vuestra prima fallecida. Quería saber lo sucedido” explicaba Césare al calor de la chimenea. El GranDuque sirvió dos vinos. “¿Y qué le has ofrecido como explicación?” preguntó. “Una emboscada y una muerte natural. No me ha creído, pero no averiguará más, me ocuparé de ello”. Bebieron el vino mientras miraban hechizados la crepitante danza de las llamas, y sentían su calor en el rostro, la única tibieza que había tenido el día. “Ruego que me disculpéis, señor. Quisiera retirarme. Ha sido una jornada agotadora”. “Por supuesto. Descansa Césare. Sospecho que las próximas semanas serán aún más duras”. Sin alcanzar a entender, comenzó a retirarse. Cuando abría la puerta del salón, el médico se giró de nuevo hacia su soberano: “Siento no haber encontrado el cuerpo de vuestro primo. Sólo se ha hallado un rastro de sangre que cuesta interpretar”. “Ha de reposar junto a su hermana, lo habría querido así”. “Lo encontraremos, mi señor”, apuntilló desde el quicio de la puerta.


Juanmi, Taller de Escritura Creativa

Una historia verdadera

Mi tía Carmen llevaba toda su vida queriendo ir al santuario de Lourdes, pero tuvo que esperar más de sesenta años para conseguirlo. Lo que ella no llegaría a saber nunca y nosotros no supimos hasta el mismo día de su muerte es que aquella esperada visita tenía un fin muy concreto.

Siempre había sido muy devota. No en vano, había nacido y pasado toda su vida en Zaragoza, donde la devoción por la virgen del Pilar es más que conocida. Devoción que, sin duda, le vino no sólo por su educación en un colegio religioso, sino también inculcada por su padre, quien trabajó toda su vida con las monjas del Pilar abasteciéndolas de los productos necesarios para su alimentación. Y, aunque él también era muy católico, de vez en cuando, de camino a casa, le acompañaba alguna que otra merluza extraviada.

Carmen fue una mujer de fe, aunque su definición de fe era muy curiosa. Ella sostenía que la fe era melocotón en almíbar, porque decía que cuando compras una lata esperas que al abrirla su contenido sea melocotón en almíbar y no otro. Ese, para ella, era un acto de fe.

La vida de Carmen transcurrió en el cuidado de su marido y sus tres hijas y eso le impidió durante años encontrar el momento para hacer el viaje de su vida: ir a Lourdes y visitar a la virgen. Aquel día llegó. Ya había cumplido los sesenta y casi no veía, pero eso no le había quitado la ilusión de ver cumplido su sueño.

Fue a Lourdes y allí, a pesar de su poca vista, cuando entró en la oscura cueva que alberga la imagen de la virgen, vió brillar en el suelo una medalla de oro. Se agachó, la cogió y se la metió en el bolsillo sin pensarlo dos veces. La visita duró un solo día, pero ella se vio más que recompensada. A su regreso a Zaragoza se colgó la medalla del cuello, donde permanecería hasta el día de su muerte, pocos años después.

Al llegar al tanatorio el día en que Carmen murió, una de mis primas me llevó aparte con la excusa de enseñarme algo.

-Mira ésto- me dijo con voz temblorosa, alargando su mano y depositando torpemente en la mía una medalla.

-¿Recuerdas que mi madre encontró una medalla en Lourdes?- me preguntó.

No lo había olvidado. Y al contacto con mi mano creí sentir el calor del cuerpo de mi tía en aquella medalla, mientras un escalofrío recorría todo mi cuerpo. Por unos instantes me quedé mirando fijamente la imagen de la virgen de Lourdes, sin reaccionar.

-Dale la vuelta- me requirió su hija, impacientemente.

No podía creer lo que estaba viendo. En la medalla estaba inscrito el nombre de Carmen.

-!Es el nombre de tu madre!- le dije sobresaltado.

-Eso no es todo. Fíjate en la fecha- me ordenó nerviosa, esperando mi reacción.

Miré la fecha y me di cuenta de que coincidía con el día y el mes en que mi tía Carmen había muerto.

Le devolví la medalla. Ahora el que temblaba era yo.


Mariano Salvadó (Curso Escritura Creativa)

miércoles, 4 de febrero de 2009

Un Nazi Intelectual

- ¡Alto! ¡Acerquen la nave para el abordaje y no intenten ninguna maniobra o abriremos fuego!

Al oír estas palabras, el temor a un error o una desinteligencia en la operación montada me llenó de terror. ¿Me había equivocado al escapar? Terminaría mis días bajo el fuego de la metralla?
Quién capitaneaba la nave respondió rápido y en perfecto inglés, que un jerarca nazi, que estaba a bordo, se entregaría a las autoridades y que la operación había sido acordada con los más altos niveles del gobierno de Gran Bretaña.

Todo comenzó en Viena, invierno de 1907, el frío apenas permitía mover las manos, pero el deseo de pintar hacía que me olvidara y cojiera los pinceles y mezclara colores casi confundiéndome con la primavera.
A mi lado pintaba Adolfo, que estaba intentando ingresar a la Academia de Bellas Artes, donde había sido rechazado dos años antes. Era una persona extraña, solitaria, pero con ideas que me atraían. Mis estudios en filosofía me permitían discutir con él sobre la condición humana, la sociedad, el destino de la humanidad, los derechos del hombre….
A partir de la pintura y las tertulias que montábamos tras una taza de té bien caliente, que permitía desentumecer los huesos, fue naciendo nuestra amistad.

Los años pasaron, me recibí de Licenciado en Filosofía y marché a doctorarme en Munich. Adolfo vivía en esa ciudad desde que decidió partir de Viena por no haber aprobado por segunda vez el ingreso a Bellas Artes. Me reencontré con él, recordamos viejos tiempos de miserias y necesidades. La amistad fue creciendo con el trato permanente.
Su figura política crecía rápidamente, su habilidad para tejer alianzas y su capacidad de oratoria lo proyectaban como futuro dirigente de Alemania. Un día entre té y té, siempre fue un amante del té, me convocó a integrarme a sus filas. No dudé y me enrolé en el movimiento Nacional Socialista. Mi formación católica y mis ideales de un mundo mejor, en especial para los pobres, hicieron que me encandilara con esa doctrina y creyera que podría ser una solución para los males que aquejaban a la sociedad y un freno a la marea roja y atea que avanzaba sobre Europa.

Fui durante varios años una de las personas de confianza de su entorno, pero a medida que el movimiento crecía y Adolfo conseguía más poder, mis dudas se agrandaban respecto al fin último de sus ideales.

Mis vinculaciones con el mundo intelectual y la Iglesia, permitían mantener en cierto equilibrio las relaciones del partido con estos sectores. Pero con el paso de los años, el aumento desmedido de poder y las acciones despóticas de Adolfo, hicieron mella en estas relaciones y comencé a ser visto con recelo en ambos sectores.

Mi incomodidad y disconformidad iban en aumento. Cuando se inició la persecución a los judíos, mis ideales respecto al partido comenzaron a tener un cuestionamiento interno mucho más profundo. La idea de discutir estas acciones con Adolfo me aterrorizaba, sabía que de hacerlo sería hombre muerto.

Llegó la invasión a gran parte de Europa. El ambiente en Berlín era cada día más irrespirable y comencé a planear mi fuga. La llamé así pues no había alternativa para el entorno de Hitler, fidelidad al líder o muerte.

Me llevó varios meses planificar ni huida. Recurrí a relaciones que me había dado la cercanía al poder y a maquinar un sinnúmero de alternativas. Finalmente decidí tomar unos días de descanso en la costa francesa, con la aprobación de Adolfo. Había acordado con gente de la resistencia mi ida a Inglaterra. Sabía que no sería recibido como un héroe, pero era la única alternativa viable, que tenía alguna probabilidad de éxito.

Una noche de julio de 1940, subí a una pequeña nave, cuyo capitán era de la resistencia francesa y partimos en dirección al sur de Gran Bretaña.

No he muerto. Sobreviví al abordaje. Mi situación se aclaró en un par de horas, luego que el oficial a cargo de la nave inglesa hablara con el comando central.

Fui tratado como un nazi disidente y estuve en prisión hasta dos años después de finalizada la guerra. Fui indultado por no tener cargos en mi contra y al salir de la cárcel pude incorporarme a la sociedad. Inicialmente trabajé en la reconstrucción de Londres, posteriormente, gracias a un ex compañero de estudios que se había radicado en Londres a comienzos de 1930, pude volver a los claustros donde imparto clases de filosofía.

Había perdido 20 años de mi vida por un ideal que terminó siendo una historia de terror. Los 7 años en la cárcel me han permitido reflexionar, no sin dolor, de todo aquello que quedó en el camino…..
mi familia destruida, mis amigos de muchos años muertos o desaparecidos, mi casa, mis mascotas, mis libros y una lista tan extensa de lugares, afectos y pequeños detalles que no logro terminar de enumerar.
He vuelto a los orígenes, a mis clases y mis libros, de donde quizá nunca debí salir. Hoy más que los ideales de una sociedad justa y equitativa, defiendo los ideales del hombre, su libertad y el derecho a vivir en paz, que son la base de la sociedad que soñé.

Londres, 15 de septiembre de 1950.

Plumero y Galaxia

Nada hacía pensar que aquella mañana iba a ser distinta que otras, Francisca se despertó y, sin abrir los ojos, esperó a que las cosas volvieran a ordenarse lentamente en su cabeza. Poco a poco fue recobrando la conciencia, los recuerdos volvían y Francisca dejó que se ordenaran y recompusieran su realidad, abrió los ojos, giró la cabeza hacia la izquierda y allí estaba la otra mitad de la cama perfectamente hecha.

Se levantó despacio, el dolor en las articulaciones le recordó que 76 años no pasan en vano, preparó el café, encendió un telediario que vomitaba noticias sobre desastres naturales, crisis, conflictos étnicos y fracasos diplomáticos que ocurrían lejos, muy lejos de aquél pueblo encajonado entre la ría y la montaña, y al que sólo podía accederse por medio de una estrecha y sinuosa carretera.

Dejó el montón de cartas en una punta de la mesa y, aunque más no fuera por no cambiar de hábitos empezó con las tareas. Primero el dormitorio, plumero en mano fue repasando de arriba a bajo y de adentro hacia afuera las figuras de porcelana, los portarretratos ovalados con fotos de un pasado siempre mejor, la lámpara colgante de gotas de cristal ya amarillento por el tabaco y los años.

El tabaco y los años... nunca quedaría claro si fueron los sesenta cigarrilos diarios o los cuarenta años respirando el polvo de mineral de hierro de la antigua fábrica de cemento, el caso es que Luis ya no dormía a su izquierda desde hacía varios meses.

Salió por un pasillo de paredes empapeladas y cargadas de adornos. El polvo volaba y las partículas brillaban al cruzar los rayos de sol que se colaban por la ventana entreabierta, luego el cuarto de invitados, intacto desde hacía más de 30 años. Primero fue para los niños, pero con el tiempo y en voz baja la pequeña habitación fue cambiando de nombre y de destino.

De vuelta en la cocina Francisca echó un vistazo, todo estaba tal y como a Luis le hubiera gustado encontrarlo al llegar, era lunes, así que tocaba ir al mercado, revisó la nevera de forma automática, ya que compraría lo mismo que cada lunes en los mismos puestos del mismo mercado.

De pronto algo llamó su atención, allí, encima de la mesa y entre el montón de cartas vio un sobre manuscrito con un montón de sellos... y venía a su nombre: Dña. Francisca Domínguez Patiño. Giró el sobre intrigada: Rte.: Don Carlos Américo Soler Domínguez, calle Fray Juan de Torquemada Nº 48, 06800 México D.F.

Abrió el sobre con curiosidad, segura de que se trataba de un error, pero venía a su nombre y estaba en su buzón, así que no estaba cometiendo delito alguno, ¿pero México?, seguro que en el telediario alguna vez había oído hablar de México y seguro que era un lugar extraño y peligroso.

Del sobre salieron dos hojas perfectamente manuscritas, con una caligrafía pareja como la de una maestra, también unas cuantas fotos antiguas y algunas más recientes a juzgar por el color y el brillo del papel.

Leyó las dos hojas con toda la velocidad y comprensión que le permitían sus tres años de escuela, cuando las hubo acabado cogió la foto más grande con las manos sudadas y aun temblorosas, era una panorámica hecha desde una pequeña altura desde donde se veía una antigua casa de piedra con su hórreo de seis pegollos, su quinta de árboles frutales y el pozo de agua... más allá la ría y más allá la montaña. Levantó la vista hacia la ventana y allí la vio, esta vez con todos los colores de aquella mañana de marzo, la antigua casa de piedra ahora invadida por la maleza, el pozo, la ría, la montaña.

Volvió al principio de la lectura y esta vez fue más despacio, deteniéndose en cada nombre, en cada fecha, dejando que los recuerdos volvieran cada vez más claros.

–Mire que ponerle Américo a una criatura, exclamó, y su voz, su propia voz se le hizo extraña rebotando por las paredes de su propia casa, su casa, la casa donde había pasado los últimos cuarenta y siete años y que había construido junto a Luis en lo más alto del terreno después que en el invierno del '54 la ría subiera tanto que la obligó a pasar casi tres meses durmiendo en el hórreo junto a la tía Adelina y al tío Vicente.

Habían pasado 50 años desde aquél invierno, Francisca se estremeció, por primera vez en 76 años comprendió que lo que le quedaba por vivir era mucho menos de lo que había vivido, sintió que la vida aun se agitaba nerviosa, que le pedía salir fuera, que quería saber qué había más allá de esa montaña y más allá. ¿Y luego qué? ¿Y quién escribía esas cartas inútiles que cada mes llegaban del banco? ¿Y cómo vivía el hombre que cada mañana desayunaba desastres en el telediario? ¿Y dónde acababa la carretera estrecha y sinuosa?

–¿Y por qué yo?, se preguntó mirando las fotos.

–¿ Y por qué no...?

Pensó que las dos antiguas maletas de cartón prensado y bordes de madera no serían suficientes para meter todo lo que necesitaba, pero aun quedaba sitio y ya no quedaba nada importante que llevar. El taxi hacía más de diez minutos que esperaba, miró a su alrededor, todo estaba limpio y en su sitio, tal y como a Luis le hubiera gustado encontrarlo al llegar. Luis –pensó–, descolgó el viejo portarretratos con la foto de la boda y el polvo volvió a arremolinarse caótico y brillante entre los últimos rayos de sol.

El silencio sonó tras el portazo, el pueblo fue haciéndose cada vez más pequeño y la carretera cada vez más ancha, la noche se cerró, todo era nuevo y sin embargo nada había cambiado, el mundo seguía girando en la periferia de aquella galaxia en espiral barrado por un camino de estrellas, con los ojos perdidos en el recuerdo sonaron en su cabeza las palabras del tío Vicente cuando subían al techo del hórreo las noches sin luna a ver el cielo: "...y eso que parece leche derramada son estrellas que guían al peregrino en el Camino de la Plata, y recuerda hija, cada camino es un camino, ninguno es igual a otro y nadie puede caminar el nuestro."

Pablo

lunes, 2 de febrero de 2009

Oído en línea

A muchos quilómetros de aquí (y según dicen algunos, en otra dimensión) existe el Universo de los Sentidos. En él, en un planeta muy parecido a la Tierra, conviven millones de sentidos repartidos en cinco razas: tacto, olfato, vista, gusto y oído. Pese a ser muy parecidos, cada uno de los habitantes del Planeta Sentido (que así se llamaba el lugar) se diferenciaba por su forma. De esta manera el sentido del tacto se caracterizaba por tener forma de mano, el del olfato por tenerla de nariz, la vista de ojo, el gusto de boca y el oído, como no, de oreja. En el Planeta Sentido se dan miles de buenas historias cada año, pero hoy os voy a contar una, tal y como se la contó su abuela a mi tía oreja y ella a mí.
Corría la década de los ochenta cuando Juana Orejota tuvo una brillante idea que iba a cambiar su vida. Iba a fundar una nueva empresa llamada “Oído en línea”. Debido a su psicología, los sentidos eran de carácter reprimido y deprimido. Las narices acostumbraban a llorar y moquear por cualquier cosa; los ojos, al tener una visión más detallada de su mundo, no podían evitar sentirse abrumados; el tacto era sensible por naturaleza; al gusto, por su parte, le gustaba mucho hablar, tratando de esconder sus problemas…
Y el oído, ay señoras y señores, el oído era completamente diferente al resto de los sentidos. Mientras que gusto, tacto, olfato y vista eran tremendamente egocéntricos, el oído era completamente altruista, capaz de escuchar a cualquiera durante horas y, debido a su gran experiencia, dar los mejores consejos.
Fue esto lo que llevó a Juana Orejota a crear el “Oído en línea”. Creyó que si creaba una línea telefónica de pago, podría ganarse bien la vida escuchando los problemas de los demás (sobre todo con el sentido del gusto, aquellas bocas sufrían una verborrea que podían hacerle rica). Cuando su marido, Nacho Pico de Oro le dijo que para qué iban a llamarla a ella si ya existía el “Oído de la Esperanza”, Juana le replicó con rapidez. “Porque ellos sólo escuchan, yo haré un seguimiento personalizado de mis clientes, les llamaré para seguir sus casos y les solucionaré todos sus problemas ¡Deja de ser tan pesimista Nacho! Bah, nunca me entenderás, sólo eres una boca…”. Las palabras de Juana eran muy duras, pero es que su matrimonio pasaba un bache.
Se habían casado dos años antes (lo cual creó las críticas de muchos, pese a vivir en tiempos modernos, muchos no aprobaban las relaciones entre sentidos). Tal y como había predicho su madre, parecía que su matrimonio estaba destinado al fracaso. Las discusiones ocasionales pasaron a ser gritos y reproches casi diarios. Esa fue otra de las razones que llevaron a Juana a crear “Oído en línea”, creyó que si solucionaba los problemas financieros de la pareja, quizá dejarían de pelearse.
Siendo así, Juana se puso manos a la obra. El primer paso fue buscar a alguien que invirtiera en el negocio. El elegido fue Esteban Napias, una nariz con buen olfato para los negocios. Cuando Juana le explicó su idea, Esteban se olió que aquello podía funcionar y le dejó el dinero que quería.
Cuando Juana juntó todo lo necesario montó una oficina en su casa. Un teléfono con un buen auricular para no perderse un detalle de lo que le contaran, papel y lápiz para tomar datos y un archivador para tener controlados a sus clientes. Lo único que faltaba era un buen anuncio en el periódico. “Oído en línea. Tú habla, yo te escucharé. Te espero en el teléfono…” rezaba la publicidad publicada en un rinconcito de un periódico de tirada local.
Pese a que al negocio le costó arrancar, la cosa empezó a funcionar al cabo de unos meses. El boca a boca funcionó de maravilla y muchos fueron los que se sorprendieron de “Esa oreja que solucionaba todos los problemas”. Pronto todas las preocupaciones monetarias de Juana y Nacho desaparecieron, pero no así las personales.
Conforme más crecía “Oído en línea” más se alejaba la pareja. Juana se pasaba largas horas escuchando los problemas de los demás, en muchas ocasiones hasta altas horas de la madrugada. Pero cuando Nacho intentaba hablar con ella o discutir sobre algún asunto, Juana contestaba con un seco “Ahora no, alguien me necesita”. Llegó un momento en que Juana empezó a casi ni parar para comer o dormir. Adelgazó tanto que toda ella era cartílago. Finalmente, un día, tras un mes de ser ignorado por completo por su esposa, Nacho abandonó a Juana Orejota el día del tercer aniversario de su boda. “Es más fácil escuchar los problemas de los demás que afrontar los propios” dijo Nacho poco antes de dar un portazo en lo que hasta hacía poco era su hogar. Juana ni lo escuchó, estaba demasiado preocupada hablando con una vista que se quejaba que marido había mirado un ojo que no era ella. Juana notó la ausencia de Nacho cuando la basura empezó a acumularse en la cocina y la comida escaseó en la nevera. “Tanto da” dijo, “Así no obstruirá mi Oído en Línea”. Siendo así, Juana contrató gente para que limpiara su casa y le trajera comida, así no tenía que dejar el “Oído en Línea” en ningún momento. Poco tardó trabajar veinticuatro horas al día, aún así, nunca quiso fichar a nadie para que la sustituyera. Pero todo lo era igual, ella era feliz ayudando a los demás, o creía serlo…
El día en que se cumplieron diez años del nacimiento de “Oído en Línea”, Juana recibió una llamada. Se trataba de alguien que, por los avatares de la vida, lo había abandonado todo por su trabajo y que había perdido a todos los suyos. Juana, en un alarde de inconsciente falsedad le aconsejó que necesitaba encontrar un equilibrio entre trabajo y familia, que si no para qué tanto esfuerzo. “Temo que no esté a tiempo” le dijo la clienta, “Siempre se está a tiempo de arreglar los errores… si uno quiere” le contestó Juana Orejota. “Claro, si uno quiere” dijo la clienta soltando una risita. “Bueno chica” espetó Juana “¿Podrías darme tu nombre? Es para la ficha”. “¿Mi nombre?” dijo la clienta soltando una carcajada “¿Acaso no lo sabes ya? Me llamo Juana. Juana Orejota”.

Francesc Martínez

Paraguas&volcán

El piso situado en la segunda planta de un inmueble ubicado en el centro moderno de la ciudad, era agradable y acogedor, a pesar de que sus dimensiones eran reducidas todo en su interior aparentemente resultaba armónico y todo el mundo se encontraba bien en él.

En las diferentes estancias los muebles estaban perfectamente distribuidos, en el salón destacaba el sofá, Laura lo había seleccionado con todo cariño para que resultara cómodo e íntimo, en otro rincón del salón estaba situada la mesa y adosado a la pared una estantería con cajones donde todo lo que se veía estaba en perfecto orden, circunstancia que no se daba en lo que estaba dentro de los cajones generalmente mucho mas desordenado y caótico.

Curiosamente en un rincón del recibidor destacaba en sobremanera un paraguas, de aquellos que ya no están de moda, grande, robusto y negro, Laura cuando se divorció de su marido, hace unos años, fue una de las pocas cosas que se llevó de su antigua residencia, si le preguntásemos, quizás no nos sabría decir el por qué, pero se lo llevó con ella, durante sus años de matrimonio le había protegido de muchas tormentas y desde que en un momento determinado de su vida un aguacero la pilló desprevenida y la caló hasta su ropa más intima, siempre lo llevaba con ella aunque fuera de una forma inconsciente.

En este entorno Laura se encontraba a gusto y en cierta manera protegida de todo aquello que caóticamente depositado en los cajones tanto le atraía y que prácticamente nadie conocía.

Hace unos días, Laura conoció, a través de una amistad común, a Héctor, tuvieron una corta charla, pero lo suficientemente intensa para que se intercambiaran los teléfonos y quedaran en llamarse.

Desde aquel momento Laura de una forma inconsciente esperaba la llamada, Héctor, en cierta manera, le había impactado, pero ella sabía que con su paraguas estaba protegida de cualquier tormenta que se pudiera desencadenar, así pues que decidió acabar con la espera y tomó la iniciativa, marcó el número de teléfono de Héctor y conversó con el durante unos minutos, todo arreglado, le había invitado a cenar el viernes próximo en su piso y él había aceptado encantado.

Laura tenía claro lo que aquella invitación significaba, no era la primera vez que algo así ocurría, ni seguramente fuera la última, aunque en el caos de sus cajones las ideas seguían sin estar claras.

Tenía una habilidad extraordinaria para organizar este tipo de eventos, cena ligera, poca luz (las velas ayudan mucho), ambiente íntimo, charla distendida, café en el sofá, copita de cava y después lo que se terciara.

Sonó el timbre y curiosamente Laura se sobresaltó ligeramente, pero sin darle más importancia se dirigió a la puerta y la abrió, allí apareció Héctor que también había cuidado el momento y estaba muy atractivo, se dieron dos besos y Laura le invitó a pasar, cenaron tranquilamente mientras Laura más parlanchina de lo normal le iba explicando la historia del pisito, Héctor escuchaba atentamente.

En el interior de Laura durante todo este tiempo se estaba desarrollando una importante tormenta emocional, realmente Héctor le atraía mucho.

Antes de sentarse en el sofá para tomar el café, ahora si conscientemente, Laura buscó su paraguas, estaba segura de que en pocos minutos se desencadenaría la tormenta y quería estar protegida.

Se sentaron en el sofá a tomar el café, la proximidad y la intimidad que aquel estratégico sofá representaban, dio origen a que las pasiones se desbocarán y no en forma de tormenta, sino de volcán, Laura intentó abrir el paraguas pero de nada le sirvió, la lava que expulsaba el volcán fue traspasando el paraguas hasta dejarlo prácticamente como un auténtico colador y el calor de la lava fue recorriendo todo su cuerpo sin que nada, ni nadie lo pudieran evitar.

No es objeto de este relato saber como acabó la historia, pero si es quizás interesante saber que Laura nunca más se compro un nuevo paraguas, a partir de ese día aprendió que los sentimientos deben dejarse fluir según aparecen y que ni el paraguas, ni ninguna otra protección son válidos, cuando el volcán decide expulsar la lava que contiene en su interior.


Manel Delgado

sábado, 31 de enero de 2009

El pez que no nadaba

Colorines era un pez que no nadaba. Pero, no porque no supiera, sino porque no le salía de las aletas.

Su vida acababa de cambiar de forma radical e inesperada y había decidido que no valía la pena volver a nadar ahora que volvía a estar solo.

Hasta hacía poco no había tenido mucha suerte en la vida y cuando conoció a su novia creyó que la suerte le había cambiado para siempre. Se convenció, ingenuo, de que ya había sufrido suficiente y que por fin le tocaba ser feliz. Como si la felicidad se comprara con un boleto de lotería y te pudiera tocar así como así. Por eso, cuando su novia le dejó en el que él creía era su mejor momento, la nueva vida que había empezado a construir en su mente se le desmoronó en un instante.

Alguien le había dicho una vez que los peces no tienen sentimientos porque son animales de sangre fría, pero eso, no se lo dijo un pez.

Por supuesto que Colorines sufrió cuando su novia se enamoró a primera vista de un emperador azul. Sin duda, su nombre y su aspecto fueron los que la hicieron quedarse prendada del nuevo visitante y dejar de lado a su amado.

-No puedo seguir contigo, no es culpa tuya, pero ya no te quiero- le dijo.

Lo que no sabía la novia de Colorines y, por desgracia, no llegaría a saber nunca el propio Colorines, es que el pez no era Emperador de nada, ni siquiera de aquel rincón de la pecera a la que se fueron a vivir al poco tiempo. Y, aunque era cierto que era azul, nunca llegó a ser el príncipe azul con el que la novia de Colorines había soñado; porque lo que ella no sabía, pero Colorines sí, es que los príncipes azules destiñen, sobre todo cuando están en remojo. Y eso, tampoco se lo contó otro pez.

Colorines vivió durante un tiempo con la esperanza del retorno de su amada, convencido de ser capaz de un perdón inmediato. Pero eso nunca llegó. Ya había pasado demasiado tiempo y se tuvo que hacer a la idea de que la había perdido para siempre. En ese preciso instante fue cuando decidió que no valía la pena seguir nadando.

Conocía las más que previsibles consecuencias: deterioro físico y mental y, en poco tiempo, la muerte. Se cumpliría aquello que le dijeron en una ocasión: “La vida en la pecera es como cualquier otra: la gente entra y se muere”.

Pero no os pongáis tristes ni os preocupéis por Colorines. Por suerte, los peces tienen una memoria de cinco minutos y los últimos cinco minutos estaban a punto de cumplirse.

Ya casi había olvidado que su novia le había abandonado hacía apenas cuatro minutos y casi no recordaba haber tenido novia. Ya no importaba. Lo realmente importante era que en unos segundos miraría de nuevo al futuro, sus próximos cinco minutos, y empezaría una nueva vida. O, al menos, una parte de esa nueva vida servida en raciones de cinco minutos.

Así que, de repente, como movido por un resorte, Colorines se puso en marcha y empezó de nuevo a dar vueltas en su pecera. Volvía a nadar y eso le hacía lo suficientemente feliz como para sobrevivir todos los cinco minutos más que hicieran falta, totalmente ajeno a lo que le había sucedido.

-!Quien fuera pez!- le dijo alguien que no creía en los príncipes azules, pero sí en los sentimientos.


Mariano Salvadó (Curso Escritura creativa)

miércoles, 28 de enero de 2009

PUNTOS DE EXPERIENCIA

Pongamos que esto es un juego de rol. Se trata de imaginar. Siente por un momento que te metes en mi piel.Tranquilo , te voy a poner en situación.Piensa que estás en una fiesta universitaria, si ya sabes, una de esas en las que todo el mundo va con la intención de acabar borracho. Estás ahí plantado en una lugar prudencial (entiéndase camuflado tras un ficus mustio del salón) , conteniendo la respiración y viendo como yo veo a un tío en el centro del comedor. No es un tipo cualquiera, pero corresponde a un patrón concreto de entre la fauna que acude a cualquier fiesta.Digamos que él se encuentra en lo alto de la pirámide evolutiva. Imagínalo como el jodido Miguelangel enfundado en unos pantalones tejanos G-Star y una camiseta negra ceñida de Emporio Armani. Mira atentamente sus ojos y comprueba que está completamente seguro de sí mismo, que cuando decida entrarle a una chica no será para intentar acabar con ella en la cama sino para acabar con ella en la cama.
-Uff mírale, ¿está o no está cañón?- Gracias Laura.A esto me refiero. Es un macho alfa, si pudieras recoger en un frasquito los millones de minúsculas feromonas que emite podrías venderlo a precio de oro, serías irresistible.Como lo es él.
-A mí no me marees, yo que sé si está bueno o no.-Le respondo a mi amiga Laura. Como si no lo supiese, como si fuese tonto.He nacido con ojos en la cara. Aunque los tíos nos escudemos en nuestra virilidad para despistar , si otro esta bueno lo sabemos, por supuesto.Y si te quedan dudas,
si no estas seguro de si ese tío tiene un “polvo” mira la cara de tu amiga al contemplarle.

Bueno, como te decía, imagina que tu también le estás viendo, que compruebas desde la distancia que cualquiera de sus brazos es tan ancho como tu cabeza.Puedes observar que la mayoría de las féminas que se encuentran a menos de cinco metros de él caen en su radio de influencia.Intentan beberse su cubata, atender a la conversación con su amiga, luchan para ponerse de acuerdo sobre cual es el color que se pondrá de moda esta temporada, jugar a oráculos con las tendencias. Pero si lees entre líneas verás que en realidad sólo quieren cruzar su mirada con la de ese tío. Cazarlo. En el lenguaje no verbal establecer contacto visual y mantenerlo es para ellas el equivalente a tirar un cebo al río esperando que lo muerda una carpa. Exactamente lo mismo. Pero el tío del que hablamos no pica los anzuelos, en realidad les hace creer que pescan sin saber que ya han caído en sus redes. Fíjate, apenas levanta la cabeza y mira despistado por la ventana, a veces saluda a algún amigo que se le acerca, le toca con su halo mágico,con dirigirte la palabra te revaloralizas.Y sus colegas lo saben. Yo le conozco, es un maestro del despiste, consciente de que para suscitar interés entre las chicas debe pasar de ellas, ofenderlas en una conversación, escupirles a la cara. Si tienes antecedentes penales ganas puntos, claro. Aunque esta vez es diferente.Sigue ignorándolas pero porque espera a otra. A una que ha ido al lavabo y que ha llegado con él al local. A una chica rubia y delgada que al volver le planta un beso poniéndose ligeramente de puntillas. A una chica que hasta hace una semana era mi novia. Mi novia está con ese tío
-No dejes que te afecte-Me dice Laura.No tranquila no me afecta, para que a uno le afecten las cosas debe tener pulso y a mí ahora mismo me han arrancado el corazón, lo han puesto entre sus bocas y han tirado de él como si fuera un bistec crudo.No tranquila no me afecta.
-¿Que me afecte el qué?-Le digo mientras intento sonreír, aunque sólo consigo dar miedo.
De esto se trata.De enfrentarse a un monstruo final con solo un punto de vida, tu personaje tullido y la magia agotada.Aunque como en todo juego de rol tengo compañeros.Y un plan. Mis colegas le distraerán y yo hablaré con ella.Para pedirle una última oportunidad.Piensa entonces que debes reorganizar a tu grupo, soys un tridente, hay que equiparles con su mejor arma y su mejor armadura y prepararles para el ataque.¿Dónde coño se han metido?
Pego un barrido y me encuentro a mi paladín cerca de un altavoz, dando palmas.
-Pepelu, eh Pepelu!-Le grito intentando remontar a la musica.Pepelu sigue con las palmas.
-Que pasa tío!Ponen buenos temas eh!-Me grita sin dejar de dar palmas.Pepelu no sabe bailar.Si buscas el adjetivo “arrítmico” en el diccionario probablemente encontrarás una foto al lado, fíjate bien en el tío que sale en ella, en esa cara regordeta y esos ojos sin inteligencia aparente, es Pepelu.
-Oye macho ¿No habíamos quedado en que me echaríais una mano?-Le recrimino poniendo cara de mala leche, es la mejor que me sale esta noche.
-Dame un minuto que esto ya casi lo tengo-Lo que en realidad significa que va a pasarse el resto de la noche pagado al altavoz y con el casi lo tengo se refiere al grupito de tres chicas de al lado
que tras verle dar palmas han empezado a pensar que tiene algún tipo de trastorno obsesivo-compulsivo.Pero eso no le importa, él sigue a lo suyo, cuando la música es más cañera da palmas rápido y cuando ponen una lenta aplaude más despacio.Como le conozco se que de aquí a un par de minutos iniciará el asedio al grupito de tres, dirigirá las palmas hacia ellas y sonreirá, y aunque para el resto sólo serán palmadas para Pepelu significarán versos de amor: Clap “Hola cariño”, Clap “me gustas tanto”, Clap “Tienes unos ojos que me hipnotizan”, Clap “Quiero follarte”. Con trastorno obsesivo-compulsivo quizá me quedo corto.
-Te espero con Laura-Le digo.
-Tío donde vas con esa cara, anímate, baila un poco-Me dice sin despegarse del altavoz. Bailar me dice, búscalo en el diccionario Pepelu, busca a un tío dando palmas.

Ahora tenemos una baja,ya no somos un trío, pero aún nos queda el hechicero. Edgar debe estar en alguna parte. Regreso junto a Laura que ya tiene a un par de moscardones revoloteándole.
-Cariño ven un momento-Moscardones espantados.
-Oye ¿tú eres tonto o que te pasa?Estaba hablando con esos dos.-
-Deberías darme las gracias por haberte salvado de ese par de sosos-Le digo pellizcándole en la cintura, eso siempre consigue quitarle el mal humor.
-Como compensación me tienes que invitar a una copa-Me suelta con cara seria, aunque veo en la comisura de los labios que ya se le ha pasado.
-Esto va en serio Laura, dime que has visto a Edgar-Laura me gira la cara y señala con el índice en dirección contraria.Directamente a los lavabos.
Montar una fiesta en casa de alguien cuyos padres se han marchado implica que el orden natural de algunos elementos de la misma se alteran. Uno de esos elementos son los lavabos.Para empezar no hay distinción de sexos, es imposible determinar que el del piso de arriba sea de chicas y el de abajo el de chicos porque una fiesta universitaria conlleva anarquía.Además de que sería aburridísimo. Normalmente el lavabo del piso inferior está a reventar y la gente suele limitarse a esperar para hacer sus cosas.En el de la planta superior es donde se forjan las leyendas.
-Edgar donde te metes?Qué haces en el lavabo de arriba?-Le digo hablándole desde atrás y mirándole a la cara a través del espejo.
-El espacio es algo relativo colega, el lugar en donde estás lo determina tu mente, es la magia de la subjetividad-¿Sabes cuando te llega el olorcillo de algo que se está quemando sin saber que es?,
pues ahora mismo ese tufo me está llegando.
-Me tenías ayudar, esta tarde lo hemos estado comentando con Pepelu-
-¿Ellos también te persiguen?-Me dice estirando los brazos y agarrándome los hombros con las dos manos.
No debo haber escuchado bien.
-¿Tú también crees que ellos nos observan?- Me dice mirándome en el reflejo del espejo.Ellos.Se que no debería preguntarlo, que se convertirá en la típica pregunta de la que uno se arrepiente en cuanto sale de la boca.
-¿Quienes son ellos?-Te doy unos segundos para que recapacites Edgar,dime que te refieres a tus vecinos del quinto, a ese grupo que no paran de poner en la radio, no me importa si hablas de la policía o que son los de la mañana de la Cope.
-Ehhhhh- Borbotea completamente ido.
Te permito incluso que sea la CIA, o a los mormones, me vale con que sean los adventistas del séptimo día o los habitantes de raticulín.
-Ellos-Me dice señalando a nuestras imágenes en el espejo.En él veo los ojos inyectados en sangre de Edgar, las ojeras de palmo y la boca moviéndose de lado a lado.Va hasta el culo, por la forma en la que aprieta la mandíbula imagino que deben ser anfetas, aunque esos ojos... quizá se trate de LSD, aunque lo más probable es que sean ambos y algo más de lo que no me sé el nombre.
Aferrarse a un clavo ardiente. Es la expresión más adecuada que se me ocurre mientras cojo su cabeza por las greñas hasta la pica del lavabo y empiezo a tirarle agua en la cabeza. Casi parece una escena bíblica :”A partir de hoy serás un nuevo Edgar dejarás la senda de la perversión y volverás a ser un hombre de provecho”.
-¿Te encuentras mejor?- Le digo una vez le incorporo dándole unas palmaditas en la cara. La pregunta es cerrada. De sí o no. Por eso no me cuadra su cara de asombro, esa especie de pensamiento contenido. ¿Por qué frunces el ceño y te pones una mano en la frente?
-Broaghhhh-Ah vale, para vomitarme encima.De la boca de Edgar sale disparado medio litro de
una sustancia compuesta por la hamburguesa con queso de la cena, media fanta de naranja, un sundae de fresa con sus correspondientes cacahuetes y unos veinte mililitros de bilis.Todo ello sobre mi camiseta beige. Ahora es mucho más beige.
Quemarse la mano con un clavo ardiente. Es la expresión que se me ocurre cuando me veo lleno de tropezones y me huelo las manos.
De nuevo más escenas bíblicas, la marea de gente se abre a mi paso.Sí yo soy Moisés! Liberad a mi pueblo!me dan ganas de gritar de una punta a la otra. La gente se aparta al verme llevándose las manos a la nariz .Laura se limita a taparse la boca y a mirarme con los ojos muy abiertos.
-Mira esto es lo que ha cenado Edgar- Le digo a Laura estirándome la camiseta.
La boca tapada y los ojos muy abiertos.
-Creo que es una Big Mac- Continuo sonriendo y sintiéndome observado por el grupo de curiosos que ha hecho un círculo, a una distancia prudencial, a mi alrededor.
La boca tapada y los ojos muy abiertos.
-¿Crees que se nota?- Y paso a su lado en dirección a mi objetivo.Ahora nos vemos Laura.
Están allí justo al otro extremo del salón y aún no se han dado cuenta de nada. Quizá les haya llegado algo de mi tufo. Yo en su lugar empezaría a oler que algo ha empezado a quemarse en alguna parte. El asunto está mas fácil de lo que parece. Para empezar no tengo que abrirme paso para llegar hasta ellos.
El plan te preguntarás. ¿No tenías un plan? Sí, pero era rudimentario y además tú le has visto, ¿Crees que con palabras lograría convencerla para que volviese a mi lado? Sé un poco realista por el amor de dios.
Aunque haya perdido a mi paladín y a mi mago aún tengo un as en la manga.Cuando te lo cuente no me creerás. Resulta que tengo un poder. Sí ya sabes ,como los personajes de DC o Marvel. Spiderman se engancha a las paredes, superman vuela, la masa puede aplastar un coche con las manos, flash corre a la velocidad del rayo.¿Y yo?Yo puedo absorber la vida.Es algo extraño, de alguna forma succiono el alma de lo que me proponga.Es simple.No me mires así, ya te dije que no me creerías cuando te lo contase.
No es algo que me guste hacer, de hecho no es algo que haga habitualmente. Lo descubrí de niño, por casualidad, y casi me parecía divertido hasta que un buen día mis padres dejaron de comprarme nuevas mascotas.
Ahora ya sabes cual es mi as en la manga, el ataque definitivo, la invocación más demoledora.

La multitud me mira a medida que avanzo y se quedan paralizados. Están viendo una de aquellas cosas en la vida que hacen que dejes a un lado cualquier otra que estuvieras haciendo.Los buitres olvidan por un momento a su presa, las leonas dejan de angustiarse por su rimel , los frikies dejan de preocuparse por su desdicha para regozijarse en la existencia de alguien más frikie que ellos. Yo.Y el hilo mental de los presentes me llega nítido, calidad 5.1:
“Sí va a ver a su ex y sí es la que está con el tío cañón y sí él sigue siendo igual de feo y sí está manchado de vómito y sí ese olor fétido es suyo”.
Le veo junto a ella y me fijo en su torso, es como uno de esos maniquíes que se utilizan en las clases de anatomía, viéndole estoy descubriendo músculos que ni siquiera sabía que existían.David contra Goliat, más referencias bíblicas. Pero yo no voy armado con una onda sino con un kalashnikoff cargado.
Para que mi poder surta efecto deben pasar dos cosas: 1 debo tocar a la víctima y 2 tengo que aspirar hacia dentro con mucha fuerza como cuando chupas del extremo de una cachimba, como si aspirase su alma a través de la piel. Más o menos.
-Eyy, que tal tu debes ser ...- Le digo al tipo mientras noto la mirada de ella abrasándome por el lado derecho. Su hilo mental me llega en Dolby surround igualito que cuando hacen la presentación de sonido en un cine:
“Oye tío supéralo ya, estoy con él , no has visto que es más alto, más guapo y más fuerte que tú? Eso debería de ser suficiente para la mayoría. Ni por asomo pienses que volveré contigo, ahora mismo sólo me arrepiento de que nos relacionen.¿Te has visto?”
Llega el momento de la verdad, extiendo la palma hacia él, iniciando el universalmente conocido gesto de encajar las manos. “Venga tío, eres mejor que yo, estas con mi novia, tienes que darme la mano”.En sus ojos veo que de alguna manera inconsciente sabe que es un error. Que será
la última cosa que haga, pero cuando eres el más popular te debes a tu público, las formas son tu vida o en este caso , tu muerte. Yo empiezo a aspirar a un ritmo pausado pero constante.En unos segundos tras darme la mano caerá desplomado al suelo de una embolia, nadie podrá acusarme, el médico forense afirmará en su informe que el destino le jugó una mala pasada que sus padres le transmitieron unos genes defectuosos, pero la gente de la fiesta sabrá que soy culpable.
Empieza a extender su mano hacia la mía, a un ritmo extrañamente lento, el público quizá crea que es miedo, pero yo sé que está saboreando sus últimos instantes de vida.Nuestras manos están a un milímetro y sólo aspiro aire, de momento.Es entonces cuando escucho una voz:
“Con la boca abierta pareces tonto”
Es Laura quien tira de mi alejándome del Michelangelo y de mi ex, apartándome del murmulluo de la fiesta y es también Laura quien, una vez en la calle, me empuja contra la pared y me planta un beso. Y no un beso corriente, no es un piquito donde apenas notas la electricidad de los labios sino un beso húmedo y profundo , un laberinto de lenguas que luchan por encontrar el camino hacia la garganta.Un BESO. Y mientras ella urga en mi interior me llega una maraña de hilos mentales:

“Clap, bajo esta luz estás radiante, Clap ,estás preciosa con ese vestido ,Clap, ¿Llevas bragas?”
“¿Qué hago en el lavabo?”
“Me acaban de salvar la vida”
“¿Qué tendrá esa Laura que no tenga yo?”

Ya te lo dije, regresa a la primera línea, se trataba de imaginar.

Joan Tort Barbero
Curso de Narrativa

jueves, 22 de enero de 2009

La muñeca

Se sabe que las cabezas de las muñecas de trapo no están vacías, pues si no sus cabezas no tendrían volumen, se sabe pues, que sus cabezas no ocultan ningún secreto, llenas de simple relleno. Pero una vez, hubo una cabeza de muñeca que escondía un cerebro.

Las muñecas, cuando no están dirigidas por la mano de su dueña o dueño, acostumbran a repetir una y otra vez las acciones para las que normalmente son utilizadas. Así pasan su vida, libres durante la noche pero limitadas por el relleno, haciendo lo que se supone que deben hacer las muñecas.

La muñeca con cerebro se preguntaba qué era Taiwan y las demás se preguntaban si aquella noche servirían el té frío o caliente. Mientras corría por el pasillo para alborotar la lana de la que estaban hechos sus cabellos, las demás se trenzaban el pelo las unas a las otras. Las muñecas de trapo se estiraban la ropa para que ésta no estuviese arrugada y la muñeca con cerebro intentaba recordar cuándo se había vestido. Pasó también que una noche apareció entre las muñecas una nueva y, viendo una oportunidad de mantener una conversación, se decidió a preguntarle de dónde había salido a lo que la recién llegada contestó:

- ¿Qué te apetece más, una tarta de manzana o una rosquilla cubierta de chocolate?

Y así vivía un cerebro entre tanto relleno.

La primera y última vez que la muñeca con cerebro lloró en público, las demás le miraron extrañadas, pues nunca antes una muñeca había llorado. Esta mirada, que no era una mirada en sí porque venía de ojos inexpresivos, convirtió su llanto en algo todavía más amargo. Así fue cómo conoció la amargura de la incomprensión y cómo escondió sus lágrimas en los rincones, detrás de preguntas sin respuestas, detrás de actos sociales disfrazados de aislamiento. Mas el llanto le hizo comprender que entre sus compañeras y ella había una diferencia, pues así como las demás no entendían qué eran aquellas gotas, ella sabía ya la razón de que no tuvieran nisiquiera un motivo para hacer lo mismo.

Con su capacidad de planteamiento, única en el mundo de las muñecas, pensó que tan sólo tenía dos opciones: rebajarse y ser feliz tal y como lo eran las demás, pues se sabía capaz de acallar sus inquietudes cerebrales y dedicarse de forma exclusiva al té y a las trenzas o bien dejarse acompañar por su cabeza constantemente pensante, aunque ésta fuese su única compañía.

Viendo que las dos salidas que tenía no eran compatibles, porque se sabe que a un cerebro de muñeca le atrae más el interrogante que genera el hecho de que una mano gigante te dirija a su antojo durante el día, que no el punto y final que viene después de que te coloquen en la estantería; la muñeca por fin tomó una decisión acerca de cómo encarrilarse a sí misma. Y al final la muñeca con cerebro vivió tal y como estás pensando que lo hizo.


Judi Cuevas

El Escuadrón de la Muerte

El Escuadrón de la Muerte


Bajaban por la calle con decisión. Eran tres tipos normales, de similar edad, pero su caminar decidido, su mirada perdida, centrada en un futuro inmediato, y la determinación que irradiaban, hacían presagiar problemas. El que estaba en medio lideraba el grupo. Calvo, con barba de varios días, tejanos desgastados y chupa de cuero, se adelantaba y trazaba el camino a recorrer, con una sola idea en la cabeza: actuar. Los otros dos, uno gordo y bajito, y otro alto y fuerte, vestidos de forma similar, apartaban a la poca gente que se les cruzaba como miuras en un encierro. Nadie les miraba abiertamente, nadie quería problemas con tipos como aquellos.

En la fría noche de invierno, cruzaron el parque para acortar el camino. Estaba oscuro, y el calvo tropezó con un cordel, al otro extremo del cual había un perrito. El muchacho que lo sujetaba se quedó lívido cuando se giró hacia él. No era su aspecto lo que aterraba, sino su mirada de escualo, muerta hasta que te despedaza. Pero este le tendió al animalito y se limitó a decir: “Ten cuidado con esa correa, alguien podría hacerse daño”.

Desembocaron en la avenida cerca de las once. Como sabuesos en una batida localizaron un coche, aparcado discretamente entre otros muchos. El gordo sacó una palanqueta de hierro, el calvo una navaja de mariposa. Mientras el primero reventaba los cristales con saña, el segundo rajaba el lateral de los neumáticos. El alto forzó el tapón del depósito, y vació un paquete de diminutos cristales blancos por la embocadura. Era azúcar, el descabello para cualquier motor.

Aunque fueron veloces, el escándalo había descorrido algunas cortinas en las fincas cercanas. La presencia policial daría al traste con sus propósitos, de modo que el calvo apremió a los otros, y desaparecieron tras de una esquina.

Pararon frente a una portería. La calle estaba desierta, y la neblina bañada en la luz amarillenta de las farolas. No se oía un ruido. El calvo pulsó un botón del interfono y esperó. No respondió nadie. Miró hacia un balcón y le hizo una señal al gordo, que sacó un móvil e hizo una llamada. Dentro de uno de los pisos sonó un teléfono, pero no se encendió luz alguna. El gordo colgó. “No lo cogen” se limitó a decir. “No pasa nada” – respondió el calvo – “estará cenando con sus padres. No sabe ni freir un huevo sin ella. Le conozco bien, vendrá pronto. Mañana trabaja”.

Chispeaba. El gordo introdujo un pequeño trozo de alambre en la cerradura de la portería, y se apoyó unos metros más allá, simulando que hablaba por teléfono. El calvo desapareció, y el alto se oculto a un par de metros, junto a un contenedor. Mientras esperaban, creyeron oír un coche patrulla recorriendo la avenida cercana. La tensión les envolvió, como una madeja de cables de acero, que sólo se relajaron cuando el coche se alejó por donde había llegado.

Al poco, un hombre cruzó en dirección a ellos. El gordo hizo una señal imperceptible, y el otro se preparó. Cuando intentó sin éxito meter la llave en la cerradura, el alto le abordó con un “Perdona, ¿tienes un cigarro?”. Se giró para contestar que no, y el gordo le saltó encima por la espalda, cubriendo su cabeza con la chaqueta de cuero, que asfixió el único grito que pudo dar, antes de que el otro lo dejara sin aire con dos puñetazos en la boca del estómago.

Lo arrastraron hasta un callejón cercano, mientras se debatía inútilmente. Lo arrojaron contra una pared, y sin mediar palabra se quedaron mirándole, con actitud de ir a desenfundar en cuanto abriera la boca para gritar. El miedo le perló la piel con un sudario de escarcha, martilleando en sus sienes. Sólo acertó a balbucear si querían dinero, y sacó su cartera. De un manotazo, el alto la tiró al suelo. “No queremos tu dinero” le dijo el gordo. “Hemos venido a echar un polvo”. Les miró paralizado, consciente de que no bromeaban, y trató de correr. Pero las piernas no le respondieron. Con la palanqueta en la mano, le obligaron a bajarse los pantalones, golpeándole repetidamente. Temblando, trató de resistirse. Pero su dignidad se iba escurriendo por el sumidero de lo inevitable, hasta que cedió. Se sentía tan humillado y aterrado, que lloraba como un niño y rogaba como un cobarde. Los comentarios viciosos en su oído, el hedor de sus alientos, que le resultó insoportable, y los zarandeos, acabaron por someterle del todo. “Ponte de espaldas, el culito en pompa, precioso”. Sin una gota de valor ni de templanza que rescatar, obedeció y apretó los dientes sin poder contener el llanto.

Lo martirizaron con palabras y amenazas durante un rato, aunque sin tocarle, hasta que se escucharon unos pasos, lentos, medidos. El calvo se le acercó a un par de metros. “Hola César, creo que tenemos que hablar”. Los otros dos se apartaron prudentemente. Cuando se giró, estaba pálido como la nieve, el semblante descompuesto. “Ángel!!” balbuceó incrédulo mientras trataba de subirse los pantalones. “¿Quienes son estos? Por favor, Ángel, deja que…” No pudo decir más, no tuvo tiempo. El primer puñetazo le arrancó dos dientes y lo lanzó al suelo. “No!!, For faffor, for faffor, no…!!!” gemía mientras Ángel, sentado en su pecho, le destrozaba la cara con una rabia que ya no era contenida. Sólo paró cuando tuvo que recuperar el aliento. La paliza había sido brutal, César gimoteaba hecho un ovillo.

“Vaya” – dijo Ángel caminando en círculos a su alrededor – “ahora no pareces tan valiente, no? Los tipos como tú sois unos cobardes, que os sentís una mierda en el mundo, y para ser alguien tenéis que humillar a otro”. César gemía lleno de sangre. Ángel se acercó a él, y César se cubrió la cabeza con las manos.
“Si vuelves a tocar a mi hermana, volveré para acabar lo que he empezado, y no va a gustarte. Reza porque tu mujer salga pronto del hospital, y porque no le hayas hecho nada permanente, porque de lo contrario, lo que le ha pasado a tu coche no será nada comparado con lo que te haré a ti”

Con una última patada en el estómago, añadió “Aléjate de ella o lo lamentarás”. Se giró hacia los otros y doblaron la esquina. Flaqueaba tras el subidón de adrenalina: “Gracias, gracias por implicaros en esto…” Mientras se derrumbaba paulatinamente, el alto le abrazó. “Hace años que somos amigos. Se trata de tu hermana, casi la hemos criado entre todos.” El gordo le puso una mano en el hombro. “Quizá en el caso en que la justicia no puede proteger a una víctima, sea correcto que lo haga la injusticia”. “Gracias otra vez” dijo Ángel secándose las lágrimas. Luego, los tres se perdieron por las calles.


Juanmi, Taller de Escritura Creativa