miércoles, 9 de julio de 2008

Un hombre de verdad

Por Ángela Alonso Amador

Convertirse en un hombre de verdad lleva tiempo, pero nacer en un cuerpo adecuado para tal propósito ayuda a ahorrarse horas de desvelo, años de sufrimiento y piel dejada en la mesa de un quirófano.
Llegué a esta ciudad dispuesto a comenzar de cero en un lugar desconocido, donde nadie pudiera averiguar de antemano mi pequeño gran secreto. Alquilé un apartamento en una de las calles más bulliciosas del centro. Pese a ser un edificio en perfectas condiciones, no disponía de ascensor, por lo que tuve que resignarme a empujar mi maleta de treinta y cuatro kilos escaleras arriba, cargado con una pesada mochila a mis espaldas y con cuidado de no perder el equilibrio ante los empinados escalones. Al divisar el rótulo que anunciaba mi llegada al cuarto piso, me detuve un instante a recuperar fuerzas. Entonces, oí el chirriar de una puerta al abrirse y una muchacha de unos veinticinco años salió al descansillo enfundada en una gabardina de color hueso. Al verme en mitad de las escaleras, aborrajado de tanto esfuerzo, se apresuró a ayudarme. Tras darle las gracias, me presenté como nuevo vecino y, con una sonrisa, ésta aferró con ambas manos una de las asas laterales de la maleta.
- “Sexta planta, ¡por fin! Muchas gracias por echarme una mano, Carla”.
- “No hay de qué. Aún recuerdo el día en que me mudé y eso que yo sólo tuve que subir cuatro pisos…”
- “Te invitaría a pasar, pero el apartamento está completamente vacío. Tengo que comprar algunos muebles y adecentarlo un poco, pero, si te apetece, podrías pasarte el domingo después de comer a tomar café”.
- “¿Por qué no? Aquí estaré”.
Aquel domingo fue la primera de muchas sobremesas, en las que fuimos conociéndonos hasta compartir aficiones y chascarrillos como dos buenos amigos. Y como en ocasiones sucede con los buenos amigos de sexos (no tan) opuestos, los límites entre la amistad y enamoramiento se volvieron borrosos y no tardamos mucho en compartir cenas, sesiones de cine y salidas de fin de semana.
Carla era una chica muy sociable y apenas pasaba tiempo en casa, por lo que me sentía afortunado de que reservara parte de su tiempo para mí. Desde mi fuga en busca de anonimato, no había mantenido una relación con una mujer. Silvia había sido la última y entonces mi situación era diferente. Las dos teníamos cuerpo y nombre de mujer y, pese a que nadie lo veía con buenos ojos, podían sobrellevarlo. Después opté por revelar mi secreto y todos me dieron la espalda: familia, amigos y Silvia.
El día de mi 27 cumpleaños, invité a Carla a una fiesta en uno de los clubes más exclusivos de la ciudad. Era requisito indispensable vestir de etiqueta, así que me enfundé en un traje negro a lo agente 007 y ella llevó un vestido largo de corte imperio gris marengo. Tras degustar algunos aperitivos, nos dirigimos a la sala central, donde pasamos más tiempo en la barra que en la pista de baile, en la que la gente terminó bailando todo lo desinhibidamente que sus rígidos cuellos de camisa y trajes de seda dieron de sí. Pasada la medianoche, las parejas desertaron en dirección a los reservados y nosotros decidimos seguir al gentío para echar un vistazo y, de paso, aprovechar para relajarnos un poco.
- “¿Sabes?, tengo un regalo muy especial para ti”-exclamó Carla dirigiéndome una mirada coqueta-. “Pero, tonta de mí, me lo he dejado en casa, así que si quieres verlo tendrás que pasarte por mi piso luego”.
Una vez perdidas la noción del tiempo y la cuenta de las copas bebidas, regresamos a casa. Carla buscó a tientas su llavero en su bolso de mano. Nada más entrar, se descalzó lanzando los zapatos de tacón por el pasillo y, tambaleándose, se dirigió al salón y encendió el televisor para luego desplomarse en el sofá.
- “Anda, ven, siéntate aquí a ver la tele, que todavía no tengo sueño”.
- “Estás muy cansado, Clara. Será mejor que me vaya a casa. Ya volveré mañana a por mi regalo” –sugerí, consciente de que iba a quedarse dormida en cualquier momento.
- “No, de eso nada” –exclamó mientras se reincorporaba de un respingo y avanzaba hacia mí.
Tomándome de la mano, me condujo a su habitación y allí, antes de que pudiera rechistar, me besó. Aquel era el momento que llevaba esperando desde que nos conocimos y, sin embargo, todo parecía demasiado precipitado y me preguntaba si aquella efusividad no sería sino el resultado de las copas de más que llevaba encima. Cada una de sus caricias parecía resucitar inseguridades pasadas e intenté mantener sus manos de cintura para arriba. No podía dejar que Carla descubriera la verdad de esa manera, que se convirtiera en partícipe de mi pasado tan repentinamente y pasara a mirarme como a un ser incompleto e imperfecto, como a un hombre en vías de desarrollo. Pero todo esfuerzo fue en vano, su mano se deslizó frenéticamente por mi entrepierna para luego detenerse con una mezcla de sorpresa y repulsión. Sin decir palabra, la aparté de mi lado, corrí por el pasillo y subí las escaleras hasta llegar a casa, donde me derrumbé en el suelo y fui atrapado por un sueño pesado del que no logré escapar hasta la tarde siguiente. Aquella no era la manera en que me había imaginado nuestra primera noche juntos. Debería haber estado alerta. Cómo podría mirarla de nuevo, cómo fingir que aquello no había sucedido…
No supimos el uno del otro durante una semana, hasta que un encuentro fortuito en la escalera nos obligó a enfrentarnos cara a cara. En sus ojos la Carla de los primeros días, amable y cálida, había desaparecido; ahora su mirada era fría y hueca. Un insignificante “buenos días” sirvió para resolver la situación. Ella bajó las escaleras y yo me limité a verla desaparecer en silencio. Aquella misma tarde, un insólito impulso me obligó a presentarme en su apartamento. Para mi sorpresa, un hombre me recibió con cara de pocos amigos. Al oír mi voz, Carla avanzó hacia la puerta:
- “No te preocupes, cariño. Es sólo un vecino” –dijo mientras apuntaba al salón con la cabeza, invitándole a esfumarse-. “Has venido a por tus CDs, ¿verdad? Espera aquí un momento, que ahora mismo te los traigo”.
Perplejo, permanecí en el descansillo y recibí los CDs de vuelta con un escueto “gracias”, al que un de nada en forma de portazo sirvió de respuesta.
¿Acaso era aquel su novio? ¿Sólo llevábamos una semana sin hablarnos y a ella ya le había dado tiempo a conocer a alguien? ¿Le hablaría de mí o estaría demasiado ocupada entreteniéndose con su bragueta? ¿Y a santo de qué me devolvía aquellos discos? ¿Era aquella su manera de decir “esto ha sido todo, no vuelvas a dar señales de vida”? Quizás los meses anteriores no habían sido más que una farsa, ni ella era tan especial ni yo tan fuerte como pensaba. Claro que, él podía ofrecerle algo que yo no tenía. El haber dejado atrás años de vergüenza y culpabilidad no era suficiente; todavía era distinto al resto de los hombres. Con o sin ayuda del bisturí, siempre lo sería.
Muchos días rojos pasaron, en los que me dejé seducir por la autocompasión mientras oteaba la calle desde mi balcón en busca de su figura. Tras mucho pensar, una mañana decidí poner mi contador a cero una vez más y me prometí a mí mismo marcharme sin decir adiós. Pero al llegar al cuarto piso, un llanto descompuesto logró distraerme de este propósito. Dejé mis maletas junto a las escaleras y atravesé el descansillo para pegar mi oído a su puerta. Era ella, Carla, quien lloraba con semejante angustia. Mi dedo índice se posó en el timbre sin yo ordenárselo. Ring Ring. Los sollozos cesaron de repente.
- “Carla, sé que estás ahí. No es mi intención molestarte. De hecho, sólo venía a despedirme. Me marcho esta tarde”.
Paralizado, permanecí de pie unos minutos. Cabizbajo, recorrí de nuevo el descansillo para asir mis maletas y largarme rumbo a un destino incierto. En ese instante, el eco de un candado retumbó por las escaleras. Carla no me esperaba en el umbral, estaba en su cuarto, sentada en el suelo, en silencio, con la cara entre las manos.
- “Carla, ¿estás bien?”- pregunté mientras me arrodillaba para sentarme junto a ella.
Al tocar su hombro en señal de amistad, dejó su rostro al descubierto. Quise preguntar qué había pasado, pero no era el momento para hacerlo. Carla me miró y rompió a llorar de nuevo, abrazándome con fuerza. Sus ojos estaban inyectados en sangre y rodeados por sendos cercos amoratados. Con cientos de pensamientos bullendo en mi mente, la acogí en mi regazo, donde la acuné durante lo que parecieron horas.
- “Perdóname” –suplicó con un hilo de voz.
- “Shh, shh. No hace falta que digas nada. Somos amigos, ¿no? Iremos juntos al hospital, a la policía y luego yo…”
- “Álex”
- “¿Si?”
- “No te vayas”.
Sonreí con aquellas tres palabras anudadas en mi garganta. No-te-vayas. Por primera vez, me sentí un hombre de verdad.

Mal entendido

Por Carla Lopresti

Son las doce y media de la mañana y las persianas no dejan entrar aún el sol radiante que ilumina el día. En la oscura habitación, una mesa negra, sobre la mesa negra, una taza de café ya frío y al lado de la taza, un teléfono. Al lado del teléfono, el Gordo, esperando impaciente a que éste suene.
Ring ring. ¿Si? Soy yo Gordo, ya lo tengo. ¡Por fin! ¿Te vio alguien? Bueno, era un poco difícil que no me viera nadie. ¡Pero te dije que fueras discreto! ¿Qué pasó? Nada, no pasó nada, no te alterés por favor. ¿Cómo no voy a alterarme? ¿Qué pasó? Nada, tototodo salió como lo habíamos planeado, sasalvo que algunas personas me vieron. ¡Pero no te entiendo! ¿Qué es lo que no entendés Gordo? No meme grites. Sabía que no podrías hacerlo solo. Pero es mi culpa, no debí haberte encargado tal tarea a vos, ¡inútil! Gordo, no me digas inútil por favor. Que los dos últimos encargos no me hayan salido del todo bien no significa que en éste la haya cagado también. Si me estás diciendo que te han visto es porque te has vuelto a equivocar, ¡inepto! No te preocupes Gordo, está todo bajo control. No me llamés así por favor te lo pido. Soy torpe pero no tanto. Bueno, supongo que tendrás razón, contame. ¿Cómo es? Y, bubueno, qué se yo. ¡Cómo qué se yo! ¡Aunque sea decime si te gusta! ¿Y, qué te puedo decir? ¡Cómo qué me podés decir! ¡Si te gusta o no! Me estás gritando otra vez Gordo. ¿Cómo no te voy a gritar si me ponés de la nuca? Siempre me decís lo mismo Gordo. ¿Y qué querés que te diga si das mil vueltas y no me decís nada? ¡Seguro que la volviste a cagar! Pero Gordo, ¿qué querés que te diga si me preguntás si me gusta o no? ¡Yo qué sé! ¿Cómo yo que sé? ¡Escuchame, llevamos planeando esto hace meses y ahora venís vos y me decís que no sabés si te gusta o no! ¡Es el más grande y el más caro de Latinoamérica! Gordo, no tete pongás así, gragrannde sí que es, pero caro, no estoy muy seguro. ¿Qué tan grande es? Y, medirá más o menos metro ochenta, pero parece más de clase media baja. ¡¿Qué?! ¿De qué me estás hablando? Gordo no te entiendo, hace diez minutos que estamos hablando de lo mismo y ahora me preguntás de qué te estoy hablando. A ver, tranquilicémonos. Si yo estoy tranquilo Gordo, sos vos el que está alterado como siempre. Escuchame imbécil, el diamante mide como mucho un centímetro y vos me estás diciendo que mide metro ochenta. ¿De qué diamante me hablás Gordo? ¡Cómo que de qué diamante te estoy hablando! Ayer quedamos en que hoy irías a las once de la mañana a la joyería de la calle Alvear y te llevarías el diamante más grande que tienen. ¿Te acordás de esa conversación? ¡Me estoy poniendo loco! Decime, ¿qué es lo que te llevaste? (Unos segundos de silencio) ¿ Estás ahí? ¡Contestame! ¿Qué es lo que tenés? Gordo, no te enojés, lo puedo devolver. ¿Qué es lo que podés devolver? ¡Hablá! No me grites. ¿Qué te llevaste de la joyería? Una perpersona. ¿A quién? Crecrecreo que es el joyero. ¿Cómo que al joyero, estás loco? Sabía que no tendría que haber planeado nada más con vos, desde aquella vez en que en lugar de la hija del gobernador secuestraste a su gato y la otra vez en que machacaste a hachazos los jazmines del presidente, en lugar de matar a su esposa, Jazmín!¿Qué hago ahora Gordo? Ya estoy cerca de tu casa. Llego y pensamos qué hacer, pero no te enojes por favor. ¿Gordo? ¿Estás ahí? ¿Gogogordo? Tuc tuc (llaman a la puerta del Gordo) ¿Quién es? La policía, ábranos. ¿Gordo, Gordo? ¿Qué está pasando?¿Qué hago?

Mark Stevens

Por Carla Lopresti

Hola, mi nombre es Mark Stevens, y si no tienen nada mejor que hacer, los invito a que lean esta carta, en la que les contaré por qué me encuentro solo en este bar, y la razón por la que dentro de una hora estaré muerto.
El hombre con traje y sombrero negro y la mujer pelirroja sentados en frente mío me invitan a una copa, para que nadie sospeche, especialmente Phill, que están allí sólo para quitarme lo poco que me queda. Aunque ella me mira a través de sus oscuros lentes, puedo verle la misma mirada amenazadora con la que me miró aquella noche, hace ya un mes, cuando sentados alrededor de una mesa redonda, en aquel cuartucho húmedo y abandonado, y junto a cinco perdedores más, me arrebató lo poco que me quedaba de dignidad. Phill, el camarero, ajeno a lo que está sucediendo, me sirve un whisky con hielo. Sabe que es mi bebida favorita.
Acudí aquella noche a aquel antro convencido de que sería la última vez. Sólo deseaba, sólo necesitaba, ganar mi última partida para saldar todas mis deudas. No podía regresar a casa y decirle a Linda que había vuelto a perder. Que nuestra casa ya no era nuestra, que nuestro auto, ya no nos pertenecía. Pero es obvio que la suerte nunca me acompañó, y menos desde que la bebida se transformó en mi mejor compañera.
La tienda que se encuentra al frente del bar de Phill, es mía, es lo único que me queda, pero debo elegir entre la tienda y Linda, a la que ellos han secuestrado hace dos días. Y todo por no pagarles la deuda de aquella noche, iluso, pensando que me la perdonarían. Si le hubiera hecho caso a Linda cuando me imploró no seguir reuniéndome con aquella gentuza, y dejar la bebida, quizás ahora estaríamos juntos, aún tendríamos nuestra casa y seguiríamos trabajando en nuestra tienda. Quizás. Pero como de costumbre, la ignoré y me dejé llevar por las promesas irresistibles de una vida más cómoda y lujosa que me ofrecía aquella mujer, tan irreal, tan atractiva, tan endemoniada, que ahora no me quita la vista de encima.
Ya no me queda nada, sólo este vaso de whisky y la sonrisa amable de Phill. La calle oscura está desierta. No puedo salir corriendo del bar ni pedirle ayuda a nadie. Por una vez en la vida debo hacer algo de lo que Linda se sienta orgullosa, aunque no vuelva a verme. No puedo refugiarme en mi tienda, porque ya no es mía. Luego de entregársela a esta gente me dirigiré al baño de Phill.
Allí he dejado escondida mi pistola, detrás de la papelera. La colocaré justo en medio de mi frente, encima de mis ojos, y apretaré el gatillo. No creo que me sea tan difícil, ya la he usado otras veces, algo que Linda nunca sabrá de mi pasado.
La mujer de los lentes oscuros me hace la seña acordada, y yo le entrego a Phill un sobre en donde he guardado el poco dinero que me quedaba y la llave del local para que se lo alcance. La policía que hace su recorrido nocturno no debe sospechar nada. Debo mantenerme en calma. Con un pañuelo quito las gotas de sudor que me caen por la frente.
Phill le entrega el sobre a la mujer sin cuestionamientos. Esta mira al hombre de traje negro que se encuentra a su lado y murmura alguna cosa que no alcanzo a oír.
Ambos se ponen de pie, y luego de mirarme fijamente a los ojos, y esbozar una cruel sonrisa, cruzan la puerta del bar desapareciendo de mi vista.
Ahora sí, mi mujer será liberada. Podrá olvidarme y comenzar una nueva vida. Ya no la haré sufrir más.Saludo a Phill . Me marcho al baño.

lunes, 7 de julio de 2008

Homenaje a Cortázar

Tomo valor y cruzo la calle acompañado por Faraón. Eva me tiene advertido: mejor ni te acerques, es una casa tomada. La llave está en el lugar previsto. La introduzco en la cerradura y abro la puerta, Faraón lanza un par de gruñidos sordos y me abandona; a pesar de ello, entro en la casa.

La tarde cae y las sombras se anticipan a la noche. A través del cristal de la puerta diviso a Eva rondando la casa, sufro sus ojos desconcertados, escucho su voz llamándome. Al verla alejarse, desconsolada, estiro una mano que penetra el vidrio y se asoma al exterior. La ilusión de libertad dura un segundo, el vidrio se cierra sobre si mismo y me cercena el brazo. No tarda en aparecer Faraón, meneando la cola, olisqueando, y se devora tan apetitoso manjar.

Como todas las noches desde que habito la casa, atisbo con esperanza pero Faraón no ha dejado ni rastro para mañana, cuando vuelva a escuchar a Eva rondando por el jardín y mi brazo, ya regenerado, penetre el vidrio tratando infructuosamente de llamar su atención.

Alejandro Estrada Mesinas

sábado, 5 de julio de 2008

PÁNICO

Con esa edad el trauma fue tan duro que aún hoy, ya de adultas, no son capaces de dormir sin la luz de la lámparita encendida, de subir a un ascensor o de una cosa tan normal como ir en metro.
Eran tres hermanos,un niño y dos niñas; el niño vivía con los abuelos paternos y las niñas con lo maternos,en pueblos diferentes, ya que su madre había muerto y el padre estaba en el extranjero.
Los abuelos paternos eran unas personas indeseables, autoritarias, y por supuesto el niño era lo único bueno que existía en el mundo, las niñas eran un accidente para ellos.
Un día los abuelos paternos aparecieron en casa de las niñas con su gran coche, muy elegantes al igual que el niño; las niñas solo verlos se escondían detrás de las faldas de la abuela, les tenían pánico.
La abuela materna vistió a las niñas, se despidió de ellas y les dijo que se portaran bien, que quisieran mucho a su hermano, al que casi ni conocían, y a los abuelos, que solo estarían fuera un día.
El coche se puso en marcha y las niñas asustadas miraban hacia atrás viendo como desaparecían sus abuelos.
Llegaron a un pueblo mucho más grande que en el que ellas vivían y dejaron a los tres hermanos con una persona que las niñas no habían visto nunca, pero el niño se notaba que la conocía bien, ésta persona resultó ser una prima de los abuelos.
Todos los demás se fueron a una boda y ella se llevó a los tres niños a una plaza a jugar un rato hasta la hora de comer, al terminar de comer, llevó a las niñas a una habitación con una gran cama llena de muñecas viejas, en las paredes colgaban con un cordel algunos marcos con fotos antiguas de familiares en blanco y negro, descoloridas por el tiempo, en el fondo de la habitación había una ventana grande desde donde se podía ver el patio lleno de macetas; les dijo a las niñas que tenían que dormir la siesta y las dejó allí y ella se fue con el niño a su habitación.
Las niñas no estaban acostumbradas a dormir siesta y se pusieron hablar, a reír, a saltar encima de la cama, lo normal en los niños pequeños.
De repente oyeron unos pasos, rápidos , fuertes, vieron como se abría la puerta y se encontraron con ella, con cara enfadada, cogió a las niñas sin decir nada y las llevó al piso de arriba, las metió en una habitación y les dijo con cara de odio que no quería oír nada, que estuvieran calladas, si no sabrían lo que es bueno, con tono amenazador, se oyó como cerraba la puerta con llave y se marchaba.
La habitación era interior, sin ventanas, totalmente oscura, el techo era altísimo y colgaban unas barras de un lado a otro de las paredes que eran de color verdoso negruzco, donde antes se ponían a secar y curar los embutidos de la matanza del cerdo, estaba llena de trastos viejos, sillas rotas, trozos de camas, etc.. todo sucio y dejado.
Las niñas Solo gritaban y lloraban con todas sus fuerzas y chillaban !PERDONANOS! !POR FAVOR PERDONANOS! !SEREMOS BUENAS! !SACANOS DE AQUÍ!.
Acurrucadas juntas en un rincón en el suelo, agarradas la una a la otra con toda su fuerza, como si fueran siamesas, así pasaron unas dos horas.
En aquella habitación las dos niñas pensaron que allí se terminaba todo, solas, sin sus queridos abuelos maternos, para cuidarlas como siempre y defenderlas no podían hacer nada,que nadie excepto aquella prima y su hermano, nadie sabía que estaban allí cerradas y dos horas es mucho tiempo para dos niñas de tres y cuatro años, el pánico se apoderó de ellas y eran muy conscientes de que a los únicos que les importaban eran a sus abuelos.
Oyeron unos pasos, vieron como se abría la puerta y allí estaba ella, tan tranquila, como si nada hubiera pasado.
Las niñas tenían la cara desencajada, los ojos rojos, hinchados de tanto llorar, aterrorizadas pensando que les haría después de aquello.
Cogió a las dos niñas de mala manera y las llevó al piso de abajo, les lavó la cara y volvieron a la calle, al niño le compró un helado por haberse portado bien, para las niñas no hubo helado.
¿Porqué para el niño hubo helado por portarse bien? ¿Porqué durmió la siesta con el niño?
Seguramente no pasó nada, pero bueno vamos a dejarlo ahí...
Al llegar los abuelos a recogerlos con la familia, aún viendo como estaban las niñas nadie preguntó como habían pasado el día, ya que no conocían a nadie, que había pasado viendo que estaban aterririzadas y que habían pasado una experiencia traumática.
Nadie se molestó en mirar a las niñas y éstas solo querían volver a su casa con sus abuelos y sentirse seguras.
Nunca más volvieron a ver aquella prima hasta que pasados muchos años se encontraron en el entierro del padre de estas, ya adultas y con sus propios hijos, fueron hacia ella y le recordaron lo que les había hecho cuando eran pequeñas e indefensas,a su marido y sus hijos les cambió la cara y solo fueron capaces de bajar la mirada como reconociendo que seguía siendo la misma persona cruel de siempre

Tere Izquierdo

jueves, 3 de julio de 2008

Lintontown

Cuenta una leyenda urbana que bajo el suelo de cualquier ciudad se extienden otros cientos de ciudades, tenebrosas, sucias, oscuras, malolientes y llenas de gente a la que es mejor no tratar. Un día, yo descubrí una de ellas. Era miércoles y el metro iba a reventar, como cada día laborable en Unán. Sin que nadie supiera el porqué, el convoy en el que iba, se detuvo en mitad del túnel. Estuvimos allí casi 10 minutos hasta que desde megafonía escuchamos la voz del conductor que nos anunciaba que estaríamos allí al menos una hora más, que había un problema con el motor y que estaban esperando a los bomberos. Recuerdo que también dijo que los pasajeros teníamos dos opciones: quedarnos dentro del metro y esperar la ayuda que vendría más tarde o bajarnos e ir caminando a lo largo de la vía hasta el apeadero de Lintontown.

No había oído jamás hablar de ese apeadero. Ni yo ni ninguna de las 57 personas que íbamos en aquel vagón. Nos mirábamos con cara extrañada. Nadie parecía entender ni mucho menos moverse. Menos una chica de ojos verdes intensos. Me cogió del brazo y me dijo “bajémonos! Aquí no hay mucho que hacer menos esperar”. No sé si fueron los ojos o el tacto de su mano en mi brazo dolorido por un accidente reciente, pero le hice caso sin decir una palabra.

A los dos minutos de andar por la vía que se clavaba en mis viejas zapatillas y por extensión, en mis pies planos, llegué al apeadero. Lo primero que ví fue la oscuridad. No había luz que lo alumbrara salvo un pequeño fluorescente que parpadeaba, con ese efecto que daña la vista y los oidos. BRSSSSSSSSSSSSSS, BRSSSSSSSSSSSSS… También me di cuenta pronto que olía muy mal, a restos de orín y comida que alguien había tirado al suelo. La chica de los ojos verdes cogió una bolsa que había debajo del único banco de madera roñosa que había en el apeadero.

- Una hambuguesa!!! Genial, no me ha dado tiempo a desayunar.Y antes de que yo mismo fuera capaz de ver que realmente era una hamburguesa lo que había dentro de la bolsa de papel, se metió en la boca un trozo de carne.

- ¿Pero qué haces? No te comas eso, no sabes de donde viene.

Era tarde. La chica de los ojos verdes se comió la hamburguesa sin parpadear. Mientras el mal olor penetraba incesantemente en mi nariz, la oscuridad en mis ojos y el zumbido del fluorescente en mis oídos, unas nauseas me hicieron tener unas terribles ganas de vomitar.

- Tranquilo, morenito, que la hamburguesa no estaba mordida. Por cierto, me llamo Nia.Me extendió la mano, la misma que me había rozado instantes antes en el metro. La miré y la estreché con desconfianza. Ella aprovechó para empujarme hacia sí.

- Apuesto a que ésta es la mayor aventura que has corrido en tu vida, eh, morenito?
- No me llamo morenito. Soy James.
- Jim?
- No, Jim no, James.
- Apuesto a que ésta es la mayor aventura que has corrido en tu vida, eh Jim?

Me di cuenta de que no me escuchaba cuando una décima de segundo más tarde corrió hacia una puerta a nuestras espaldas. La empujó hacia adentro y desapareció, dejándome atrás, todavía con nauseas y descolocado. La seguí. Ya que había bajado en ese apeadero y no sabía cuanto tardaría el próximo tren en pasar, no iba a quedarme allí más rato. Además, tenía que salir a la calle para intentar llegar a mi trabajo caminando. Pero no sé por qué, aquello era lo que menos me importaba.

Entré detrás de Nia. La puerta daba a un tenebroso bar en el que apenas distinguía nada. No había nadie, estaba abandonado.

- Jim, ¿quieres un café? – Nia sacó la cabeza de detrás de la barra.- Por dios, qué susto. No, no quiero nada.- Vamos, Jimmy, un cafelito sólo, tomátelo conmigo anda. ¿O acaso tienes algo mejor que hacer?- Tengo que ir a mi trabajo.- ¿A qué te dedicas?
- Soy arquitecto- mentí.- ¿Arquitecto? ¿Y tu maletín? Pensaba que los arquitectos siempre llevaban maletín.- Todo lo que necesito lo tengo en mi despacho.
- Jimmy, Jimmy… no se te da muy bien mentir. Anda, siéntate.

A tientas, alcancé una silla. De pronto, una cegadora luz iluminó la sala.

Una barra enorme, llena de polvo y líquido pastoso, estanterías desprovistas de todo, cajones, sillas, mesas polvorientas, una fregona tirada en medio del suelo, una cafetera antigua, medio oxidada y poco más… Nia había dado la luz y se disponía a preparar un par de cafés.
El ruido de la cafetera era ensordecedor. Nia hablaba a gritos, explicándome cosas que me eran complicadas de descifrar.

- Sé que no eres arquitecto, Jimmy, pero ya me lo contarás cuando quieras. Sabes a que me dedico yo? Soy bailarina. Danza africana. Sí, un día de éstos te haré una exhibición. Te encantará.
Vino a mi lado, con dos cafés en la mano. Yo no era capaz de tomar ni un sorbo, pero ella casi me obligó.

- No he encontrado azúcar, pero está bueno – dijo tomando un sorbo.- No gracias, no… no me gusta el café.- Oh, Jimmy, de nuevo mintiéndome? Pruébalo, va…- No, de verdad.- TOMATE EL CAFÉ! – gritó – por favor – susurró.

Le di un sorbo. Estaba caliente pero no abrasaba, y, pese a que estaba amargo y la taza sucia, no sabía mal del todo. Se podía decir que el café me entró bien al cuerpo, dándome una cierta sensación de tranquilidad. Entonces, Nia me acarició la mano de nuevo y luego el brazo. Volví a sentir la misma sensación escalofriante que en el vagón de metro. Clavó sus ojos verdes en mi mirada oscura.

- Estamos en Lintontown, Jim. No sabes qué hay ahí fuera, verdad? No puedes ni imaginarte lo que hay ahí fuera. No puedes saberlo, tú, un simple peón de la construcción, que sueña con ser algo que jamás será. No, Jimmy no, no sabes qué clase de gente vive ahí fuera. Gente de la peor calaña, ladrones, estafadores, violadores, hombres que pegan a sus hijos, mujeres que prostituyen a sus hijas, asesinos psicópatas y de los que matan por odio… hace mucho frío, las calles están sucias, la comida rancia, el aire está contaminado, el dinero está manchado de sangre y no te puedes fiar de casi nadie. Pero todo lo malo de Lintontown no es importante. En esta ciudad, todas las personas son libres y nadie te hará daño siempre y cuando te mantengas fiel a tus principios y objetivos. ¿Sabes cuales son los míos? Abrir los ojos a gente como tú, muertos en vida en cárceles de cemento como tu ciudad. Decirles lo que necesitan oír aunque me chillen a gritos otra cosa. Descubrirles que pueden ser felices siendo lo que quieren ser y no siendo lo que tienen que ser.

Un ruido me hizo girar la cabeza. Era el sonido de un tren.

- Viene el tren, Jimmy. Tienes dos opciones. Seguirme por Lintontown o subirte en este metro y seguir siendo James.

Dudé unos segundos. Miré su mano extendida que me animaban a seguirla, las luces del metro entrando en el túnel del apeadero. Lintontown, Unán… mi cabeza me dio tres vueltas de campana y cogí su mano para seguirla en la mayor aventura que he corrido en mi vida.

Maite Fernández

El accidente

Después de 15 años viviendo en Europa, por fin iba a volver a la que era mi casa. Me había comprado un billete para Buenos Aires, escala Miami, un billete de retorno a mi hogar, un billete para dejar atrás una época de mi vida que ya se acababa. Subí al avión pasadas las tres de la tarde. Era uno de esos días de mucho tráfico aéreo, en pleno mes de julio, con medio mundo de vacaciones y el otro medio esperándolas. Había facturado dos enormes maletas en las que lo llevaba absolutamente todo. El resto de mis cosas las había vendido, ya no me quedaba nada en España. Mientras iba pensando en mis cosas, el avión se iba llenando. Cerca de mí se sentó un tipo muy alto. Dejó su chaqueta en el compartimento superior y se sentó, dejando vació el asiento de en medio. Al cabo de cinco minutos, ese asiento lo ocupó una mujer de mediana edad.

Despegamos de Madrid a las 4 de la tarde. El cielo estaba despejado. El hombre alto leía, mientras la mujer se entretenía haciendo sudokus. Las azafatas pasaron un par de veces con el carrito de los refrigerios y yo me pedí una manzanilla. Después pusieron una película y me quedé dormido. No fue hasta que noté la primera sacudida que no me desperté. Abrí los ojos y me encontré dos caras de pánico frente a mí: el hombre alto empezó a rezar en voz alta y la mujer se agarraba a los brazos de su asiento con la cara desencajada. El resto de pasajeros también empezó a gritar. Yo estaba aturdido por el sueño y no entendía nada. Esas turbulencias no eran normales. Miré por la ventana. El cielo que antes era azul ahora era gris y unas nubes enormes lo empapaban todo. Lo oscurecieron todo. Los pasajeros no cesaban en sus gritos, todos menos yo. No podía pensar, no podía reaccionar, pero no tenía miedo. Había asumido que con 68 años, cualquier día podía pasarme algo malo. La señora de mi lado me apretó el brazo y me miró a los ojos:

- Tengo miedo. No quiero morir, tengo miedo.

No supe que responderle. Yo siempre había sido un tipo de pocas palabras, así que sólo pude mirarla sin decir nada. Le quité instintivamente la mano de mi brazo al ver la máscara descolgarse ante mí. Me la coloqué como el resto de pasajeros hizo. Cerré los ojos. Si iba a morirme, quería que la muerte me encontrara con los ojos cerrados. Las turbulencias cada vez eran más grandes. El avión inició un descenso en picado. Los gritos volvieron a elevarse, las luces del avión se apagaron y los asientos empezaron a saltar. Oí chillar al tipo alto que tenía dos asientos más allá. No hubo tiempo para más. La montaña paró nuestra caída.



En menos de siete horas volvería a ver Miami. Volvería a ver a Reinaldo, mi Reinaldo. Lo había extrañado tanto. Sus caricias suaves, su sabor almibarado, su olor a canela… Subí a aquel avión ruidoso y maloliente por la tarde. Hacía un día espléndido, pero yo sólo podía pensar en que ese tiempo iba a ser mejor en Miami. Me quité la chaqueta y la puse encima de mi asiento. Antes de subir había comprado una novela, trataba sobre un tío que investigaba un crimen en el Louvre y no sé qué de la Gioconda… me entretenía leyendo esas tonterías, sin escuchar a las azafatas, esas que huelen a colonia barata y a acondicionador de peluquería. A mi lado había una señora de unos 45 años. Llevaba un maletín de cuero. La azafata se acercó para decirle que lo pusiera debajo de su asiento. Casi vomito por culpa de su perfume.

El tipo que se sentaba al lado de la mujer, un viejo gordo y sudoroso, se pidió una manzanilla. Odiaba a aquel tipo de hombres, tipos sebosos que no cuidan su imagen y que no se lavan lo suficiente. Otra vez la azafata se acercó a mí. Yo rezaba para que se fuera… finalmente, después de darle la manzanilla al gordo, Dios hizo caso a mis ruegos y se largó.
Pusieron una película, pero yo seguía leyendo. La mujer, que rellenaba crucigramas, alzó la mirada y se dirigió a mí con tono desconfiado:

- Señor, ¿tiene usted auriculares para escuchar la película?
- Tenga, señora.

Cualquier cosa para no volver a ver a las azafatas merodeando mi asiento. Le di mis auriculares. Pasó una hora más o menos cuando empecé a sentir las primeras sacudidas. El avión perdía altura y la gente empezaba a murmurar. La señora se quitó los auriculares y me dijo:

- ¿Qué está pasando?
- Señora, no se alarme, son solo turbulencias.
- ¿Qué no me alarme? ¿Cómo que no me alarme? Esto no es normal. Azafata!!!
- Maldita sea, señora, no llame a la azafata!!!

Ya era tarde, la azafata se acercó con cara de pocos amigos:

- ¿Qué está sucediendo, señora?

En aquel momento, una sacudida y la voz del sobrecargo:

- Señores y señoras pasajeros, mantengan sus cinturones de seguridad abrochados, estamos pasando una zona de fuertes turbulencias.

La azafata volvió a su sitio. El tipo gordo se despertó. La mujer le dijo no sé qué. Las turbulencias eran cada vez mayores. Yo empecé a rezar. Padre nuestro que estás en los cielos… y a pensar en Reinaldo, mi Reinaldo, en su sabor almibarado, su olor a canela… hasta que mi asiento saltó por los aires y un golpe secó contra el techo del avión paró mi caída.


No me gusta volar. Jamás me ha gustado. Ese día, tuve que coger un avión hasta Buenos Aires, escala Miami. Iba a ser un viaje largo para cerrar un negocio en pocas horas. Si llegaba a media hora, eso iba a ser mucho. Facturé mi maleta pequeña y me quedé con mi maletín para llevármelo abordo. Solo mi portátil, el dinero y un cuaderno de pasatiempos. Los sudokus me iban a relajar. Me había tomado una pastilla tranquilizante y ya no temblaba. Cuando subí al avión, tenía la mente más clara y despejada, pero seguía teniendo miedo.

Intenté que nadie notara nada de mi pavor a volar. Me senté entre un tipo alto y negro que iba leyendo El código da Vinci y un señor mayor y corpulento que ni me miró. La azafata me llamó la atención:

- Señora, puede poner el maletín debajo de su asiento?
- Claro que sí, señorita.

El chico negro puso mala cara. Yo le miré con recelo. No me gustaba su mirada. De hecho, no me gustaban los inmigrantes en general. Los negros en particular, aun menos.

Despegamos. El cielo estaba claro y el tiempo soleado. El señor de mi izquierda se pidió una infusión. Yo tenía mucha sed pero me resistí a pedir nada. Ya se sabe que la comida en los aviones está muy cara. Me sumergí en mis pasatiempos.

Al poco rato pusieron una película y ví que no tenía auriculares. Tenía dos opciones: preguntarle al señor mayor si tenía auriculares o al negro. Pensé “¿un señor mayor con auriculares? No”. Así que se los pedí al inmigrante. Mi educación fue máxima, no fuera a despertar a la bestia que todos llevan dentro. El chico me respondió con educación y me dejó unos. Así que, gracias a su inesperada amabilidad, pude escuchar la película.

Tom Hanks llevaba una hora hablando en un banco de la calle cuando noté una sacudida. Me asusté y empecé a sudar de nuevo. Había mantenido una calma tensa pero una calma al fin y al cabo hasta que empezaron las turbulencias. Me entró el pánico. Miré al negro:

- ¿Qué está pasando?
- Señora, no se alarme, son solo turbulencias.
- ¿Qué no me alarme? ¿Cómo que no me alarme? Esto no es normal. ¡¡¡Azafata!!!
- Maldita sea, zorra, no llames a la azafata!!!

El negro se había vuelto amenazante. La azafata se acercó justo cuando una nueva sacudida hizo chillar al resto del pasaje. La megafonía dijo no sé que de los cinturones. El negro dejó de preocuparme. Sabía que iba a morir… lo sabía. Miré al señor mayor:

- Tengo miedo. No quiero morir, tengo miedo.

El señor no me dijo nada. Creo que estaba tan asustado como yo. La gente seguía chillando y mis oídos me dolían. En un segundo el avión empezó a caer en picado y algunos asientos saltaron. El negro salió despedido. Yo me agarré fuertemente a los brazos del asiento. Un fuerte choque y el avión se partió en dos…

Ya no recuerdo nada más. Solo que me desperté en el hospital al cabo de tres días. Los periódicos hablaban de 9 supervivientes. Lo habían llamado un milagro.

Maite Fernández

miércoles, 2 de julio de 2008

MONOLOGO DE VIUDA

Veinte años o más, ya no recuerdo no cuando nos casamos.Demasiado jóvenes, ya aquel miraba en el altar y no sabía ni lo que estaba haciendo. ¿ Recuerdas la boda? Parecía que se día te casaba otra, porque entre las fotos ridículas y los familiares, las poses, los saludos, vaya diíta!!!
Suerte que yo me fuí a mi aire con los amigos, de vez en cuando venía mi padre porque había que saludar al señor tal o cual, ! a mí que me importaban aquellos ! Era mi boda y yo lo que quería era divertirme ! JA! ¿Y la noche de bodas? Eso sí fué la ostia, todos los amigos de juerga después del banquete y yo con ellos ¿y tú dónde estabas? Ya me acuerdo, me dijeron que estabas cansado, nos encontramos en casa después de terminar la fiesta porque a ti las fiestas no te gustan.
Buen comienzoo, sí señor! y así fué siempre tu por tu lado y yo por el mío, eso sí con un gran respeto el uno por el otro, hasta eso era dificil de entender para los demás.
De verdad es que las fotos de la boda ya eran una premonición.
Claro tu siempre en tu mundo absolutamente impenetrable y la familia, esa familia tan encantadora jajaja como la mía, las dos haciendo el paripé !!! pero que educados!!! La madre que los parió a todos.
¿Recuerdas la primera navidad? Ni tu ni yo nos poníamos de acuerdo donde tocaba comer, cenar y con que familia, tu madre decía que en su casa y yo que no, solución salomónica, cada uno con su familia, !solo hacía tres meses que nos habíamos casado! Hay que joderse no fuiste capaz de decirle a tu madre que tenías una mujer y te ibas con ella.
Yo continue estudiando mi carrera y la terminé, tu trabajando con tu familia en el negocio familiar, y recuerdas que querías estudiar veterinaria, al decirselo a tu familia, porque todohabía que preguntarselo a tu familia, te tomaron por un calzonazos ! eso es cosa de tu mujer que es una niña mimada!
Te quedaste sin tus estudios, seguramente la única cosa que te hacía ilusión en esta vida, pero "que hem de fer" ayyyy esta frase es lapidaria para ti, hasta he pensado en ponerla en tu lápida, la verdad no se si poner esa o "a na fen" lo pensaré porque ese es el lema de tu vida.
Y cuando me quedé embarazada Ja! recuerdo que yo estaba de vacaciones fuera de Barcelona, tu no tenías vacaciones aún, tu no querías venir cada día, mejor solo los fines de semana !la madre de Dios solo eran veinte minutos en coche! y preferías quedarte en Barcelona, con tu familia claro, para no tener que ir y venir cada día, recuerdas que te llamé y te dije que estaba embarazadacon toda mi ilusión, era un hijo deseado, buscado y muy esperado y lo ùnico que oí al otro lado del teléfono fué " esta bien".
La ostia que asco, te hubiera matado, en aquel momento te hubiera matado pufff.
Y cuando nació el niñoparecía que tu eras una visita más, supongo que pensabas que era lo normal, todo el mundo ha tenido niños, es normal, ni siquiera me diste un beso, pero era nuestro hijo.
Tantas y tantas cosas que recuerdo ¿seguro que eras humano? Ummm...
A las fiestas íbamos por separado, cada uno con nuestro coche !joder te dormías en plena fiesta!
Me setía como una imbecil y ademas tenía que dar explicaciones yo, porque a ti te importaba un bledo todo.
Cada día cuando llegábamos a casa, tu bien sabías que yo estaba cansada del despacho y de cuidar al niño, y seguro que tu también de tu trabajo, pero la única que preguntaba como había ido el día era yo y por respuesta recibía una alzada de hombro, eso sin dejar de mirar la teleo leer el periódico.
Para sacarte una frase había que estar rato y rato hablando, siempre yo sola delante de ti y tu sin mirarme y cuando estaba cansada de hablar y explicarte las cosas te preguntaba que pensabas y como siempre la respuesta "lo que tu hagas está bien" o dependiendo de la conversaciónsobretodo si era de familia la rspuesta era" mi madre ha dicho...". Leche las grandes frases que me costaba sacarte eran estas.
Otras veces, muchas otras veces hablando los dos en teoría, en la realidad yo sola, te levantabas y te ibas a la cocina, a la habitación y yo como un perrito detrás de ti para que me oyeras que no escucharme, porque escucharme no me escuchaste nunca.
Siempre callado, metido dentro de ti cada vez más y más cerrado, hasta que me cansé y ya no te explicaba nada ¿para qué? Para sentirme más frustada, más sola. No, todo tiene un límite, hasta yo lo tengo.
Nuestro hijo y yo por un lado y tu en tu mundo, solo apartado y de rebote muchas veces yo también apartada y aislada de todo y de todos, porque casados, los días de fiesta había que estar juntos, ósea en casa, callados cada uno a lo suyoy un paseito hasta el Paseo de Gracia, por el niño más que nada y a casa y otra vez al sofá, tu con el periódico y yo allí como un mueble más, aunque quizás el mueble eras tú.
!Coño veinte años así! eso no hay cuerpo que lo aguante...perdí mi juventud, mi paciencia, lo perdí todo, menos una cosa, la ilusión por la vida, eso no lo conseguiste ni tu, ni las familias.
Me era imposible aceptar, creer y sobre todo asumir que a los veinticuatro años hiciéramos una vida de abuelos, !No mentira los abuelos se lo pasaban mejor!
Una de las cosas que nunca olvidaré es la primera vez que fuimos juntos a una reunión del colegio del niño, a hablar con su tutora ! TE DORMISTE!, que verguenza pasé, los tres en aquella habitación y tu dormido y la pobre tutora... no sabía que hacer y yo la verdadesque en aquel momento ya me daba todo igual, lo que hicieras, simplemente me limité a decir que eras así, y continuamos la reunión tranquilamente, al menos yo. Nunca más volviste al colegio, ya lo hacía todo yo, para que ibas a ir tú como decías, si yo ya sabía de que iba todo, y así de paso te quitaste otra cosa de encima.
Joder que fácil es vivr así, cerrado aislado y que no te molesten, tu ya cumples con tu trabajo, tu horario y ya está.
Nunca tuviste la ilusión de mejorar tu vida, en buscar otro trabajo que te liberase de tu familia, no claro era más fáciltrabajar con ella, más cómodo y que más daba lo que yo trabajara, mis ilusiones, mis aspiraciones por estar mejor, por vivir mejor, que pudiéramos salir a comer fuera de vez en cuando, no pedía salir cada día ni siquiera cada fin de semana, solo de vez en cuando !pero no!. Siempre la callada por respuesta.
Y en la cama ummmmmm..., eso era para meterse monja o hacerse puta, asco, llegué a tener asco, tu a lo tuyo y yo cazando moscas con los dientes apretados.
Pero jamás te fuí infiel, eso es bien cierto y bien sabes que oportunidades no me faltaban, coño sólo tenía veinticinco años, pero respeté lo que tú representabas, eras el padre de mi hijo, !seré idiota! si a ti te daba igual, seguro, te daba igual, pero no lo hice.
¿Y ahora? Tengo que rehacer mi vida porque tu ya ni siquiera levantas el hombro cuando te hablo, pero no importa, aún soy joven, el problema es como borrar esos veinte años, quien me va a devolver mi juventud, quien me va a quitar de la cabeza que todos los hombres sois iguales, porque yo a los hombres los veo a todos iguales; y tú tan tranquilo ahí y ahora cerrado como tu siempre has estado pero esta vez nadie te molestará nunca más, como si nada hubiera pasadoy yo oyendo como la gente me viene e decir "con lo bueno que era" "lo buen padre y marido".
Coño cuando se muere alguien siempre es el bueno, a todos les da pena lo sola que te vas a quedar !pero si sola llevo veinte años!
Tere Izquierdo

Consejos para escribir escenas de humor

1.- La sorpresa y estupefacción de unos es la risa de otros, haz que algún personaje se muestre desconcertado ante la situación.
2.- El resumen es menos divertido que la escena. Entre más igualado esté el tiempo real del tiempo ficticio es mejor.
3.- Desarrolla tu sentido crítico. Piensa que a veces hay que reírse de la escala de valores establecida y no por eso estás ofendiendo a nadie (si de verdad lo haces con respeto y dentro de contexto, claro).
4.- La oposición de dos personajes ante una misma situación ayuda a generar risas.
5.- Los diálogos son una excelente herramienta para el humor. Nos pasamos la vida diciendo cosas divertidas, así que regaladles a vuestros personajes esa cualidad también, con independencia del género que escojáis.
6.- Si escribirlo te ha causado risa, buena señal.
7.- Si piensas crear un absurdo, cuidado, si no está bien contextualizado caerás en lo inverosímil y no causará risa, sino un “¿qué se fumó este escritor?”.
8.- Los dobles sentidos deben ser elegantes, cuida de no caer en vulgaridades u obviedades.
9.- Los comportamientos de los niños, o de personas enfadadas injustificadamente pueden ser útiles para crear situaciones cómicas, pero debe quedar claro que actúan desde una posición no racional.
10.- La política y la religión son temas escabrosos, más en los tiempos que corren. Si no vas a publicar en un medio periodístico, mejor camina por otros senderos.

Espero que os sean de utilidad. Saludos a todos.

Ana Marín

martes, 1 de julio de 2008

A

Yo soy A. No sabéis quien soy ni os importa. Lo que si os puede interesar es mi aventura. Mi objetivo es llegar a Z. No queráis saber porqué porque nunca lo sabréis. Advierto a los que realmente quieran saber el porqué de mi objetivo que no lo contaré en este relato y, al quien no le agrade esta idea, aconsejo que deje de leer en este mismo instante…

Adivino que el que siga leyendo estas palabras no le importa no saber o quizás simplemente es curioso por saber de mi aventura. Quizás os decepcione a los segundos y a los primeros, estáis de suerte, porque todas las preguntas que os puedan crear estas líneas jamás serán respondidas.

Me encuentro en R. Ya queda menos para Z. Para llegar hasta aquí he tenido que matar bestias, montar a caballo, tomar drogas, alistarme al ejercito, luchar contra facciosos…

Mi aventura es una peligrosa, violenta y es posible que muera en ella pero mi objetivo es lo único que importa. ¡He de legar a Z!

Me ha bendecido un Gurú, mordido una hidra, atacado la ironía…
Me han metido en una jaula, arrastrado kilómetros y tirado a un lago.
Me han maniatado y cortado la nariz, una oreja y… el pene…
Finalmente he atravesado mil quebrados para llegar hasta aquí, a R.

R es un río. Son unos rápidos. Mi balsa no aguantará mucho más. Que pase esto no es conveniente pues no se nadar. El sonido fuerte de los troncos que conforman mi balsita me avisa de lo peor, “¡Rrrrrrrrr!”, esto se desarma. ¡Piensa A! Veo una rama más adelante al que podría alcanzar y trepar por el árbol hasta tierra. ¡Ahora, salta A!
Una vez en tierra examino mi mapa, me oriento y comienzo a caminar hacia el siguiente punto de mi aventura. Camino y camino. El paisaje verde se ha ido convirtiendo poco a poco en un inmenso desierto de arena. Arena por todas partes. Dunas y dunas de arena. Dunas que cambian el paisaje de la noche a la mañana. Calor. Un sofocante e insoportable calor que me está derritiendo. Me hierve la sangre y se me abrasa la piel. Ahora se que he llegado al siguiente punto. He de vencer al Sol. De aquí a T solo hay Sol. Arena, calor, Sol, Sol, Sol… Me deshidrato.

Han pasado horas desde que empezó mi enfrentamiento con el sol. No siento mi cuerpo. Solo avanzo por el mero pensamiento de realizar mi objetivo, mi única razón de ser. No se cuantas veces en mi aventura me ha visitado la mismísima muerte ,pero se que la he burlado siempre, y ésta no puede ser una excepción.
Se vislumbra en el horizonte algo. Algo real. Es una gran pancarta. ¿Será éste el siguiente punto de mi aventura?¿Será T?

A duras penas he llegado al pie de la gran pancarta y se que he llegado a mi siguiente punto puesto a que, escrito en una de sus caras, aparece la palabra TABÚ.
¿Qué significa esto? ¿Qué tengo que hacer?
Allá de donde yo provengo existe un gran tabú. Yo y la gente como yo tenemos prohibido, bajo pena de muerte, pronunciarlo. ¿Me estarán retando a que lo pronuncie? Mi cabeza y mi corazón se encuentran en una gran encrucijada. ¿Qué hacer? ¿He de cometer sacrilegio para conseguir mi objetivo? Por el otro lado, si no consigo mi objetivo, ¿cuál es el sentido de mi vida?
¡No puedo rendirme y quedarme con las manos vacías! ¡No he llegado hasta este punto para nada!

Grité nuestro tabú con todas mis fuerzas: “¡¡ !!”

No preguntes qué fue lo que pronuncié, nunca lo sabrás, se feliz en la ignorancia.

En el momento que he pronunciado el tabú ha habido un terremoto. Las arenas se han tornado verdes praderas llenas de vida, bosques frondosos y han brotado ríos por todas partes. ¡Si, lo he conseguido! Puedo ver el punto V en el horizonte. Esta lejos pero llegaré.
He oído un ruido tras ese arbusto… ¡No me lo creo! Ha aparecido un majestuoso animal legendario y trota vigoroso ante mí. Un unicornio.
Ahora lo entiendo. Él me llevará a mi siguiente punto. El unicornio me llevará a V. Cabalgar sobre un Unicornio no es como hacerlo sobre un caballo pero no os voy a contar porqué, simplemente es algo mágico.
U me ha llevado a la ladera de V. V es un volcán. Tengo que subir hasta la cima, donde se halla el cráter, donde espero encontrar mi siguiente punto.
Subo por la ladera, salto de roca en roca, escalo por sus paredes.¡Estoy muy cerca!
Una vez coronada su cima tengo ante mi una visión majestuosa. En el cráter de este volcán, que se extinguió hace muchos siglos, ha crecido todo un ecosistema. La vida brota por todas partes y justo en el centro, a varios kilómetros de donde me encuentro yo ahora, se alza majestuoso mi objetivo, Z.
Camino, trepo y vadeo por el cráter en sentido a Z. Empiezo a sentirme bien. Muy bien. Presiento que estoy cerca. Y efectivamente, se alza ante mis ojos mi gran destino, el más sagrado de todos los templos, la torre más alta de este mundo, el Zigurat de la Sabiduría. Construida por los Dioses en piedra blanca y decorada con, pata, oro y piedras preciosas en sus muros. En su pié, el Zigurat de la Sabiduría está rodeado por una gran mota repleta de aguas infestadas de bestias inmundas. La única forma de entrar es bajando el puente levadizo que lo comunica con el resto del mundo . Situado frente a la mota, ante la entrada principal de la torre, donde veo el puente subido, he encontrado un barril de madera y un grial encima de éste. Ésta debe ser mi última prueba antes de lograr mi objetivo. Con ayuda de una roca rompo la tapadera del barril. Está lleno de un líquido altamente alcohólico. Cojo el grial y lo hundo en el líquido, llenándolo hasta el borde. Beberé pues este es mi destino.
Al principio el alto contenido de alcohol tensa mi cuello y todos los músculos de mi cara. Al tercer trago ya disfruto del sabor de este exquisito licor. Es whisky, el oro líquido producido por los Dioses. Esto es una señal…
De repente ha habido un gran estruendo y el puente comienza a bajar y, con otro gran estruendo y temblor de tierra, se coloca para dejarme pasar y completar mi aventura, para que pueda entrar y subir a lo alto del Zigurat de la Sabiduría.


Varios os habréis dado cuenta de que han habido dos puntos a los que no he tenido que llegar para completar mi aventura y cumplir mi objetivo. Efectivamente. X e Y. Esto es muy sencillo de explicar. X e Y no pertenecen a mi aventura si no a la tuya. X e Y son un enigma. X e Y son las respuestas de todo lo que te has preguntado hasta ahora. X e Y es la razón de mi objetivo, es el tabú que tuve que pronunciar, la explicación de todo esto. X e Y son las incógnitas de la ecuación de tu vida. X e Y es no saber pero querer conocer. X e Y es la ignorancia…


Ahora voy a entrar en el Zigurat sagrado y nunca sabrás qué pasará ni porqué pasará. Pero que no te importe, se feliz en la ignorancia. Ahora os tengo que dejar…

ADRIANA

¿Me das tu número?


Llevaba siete horas trabajando de pié sirviendo cañas, cafés y pinchos de tortilla. Solo me quedaba una hora. Tenía los pies machacados. Podría haber sido por la pérdida de costumbre ya que había estado suspendido de empleo y sueldo esta última semana. Y tampoco había dormido nada anoche…
Miré una vez más la pantalla en verde y negro de mi móvil; nada. Y había sido nada en siete horas que llevaba trabajando y mirando el móvil.

-¡El móvil a la taquilla!¡Os tengo dichos que el teléfono guardadito cuando estéis trabajando!- me gritó Manolo, el metre del bar.
-Vamos Manolo, ya te he dicho que estoy esperando una llamada muy importante…-le contesté.
-No me vengas con tonterías Martínez. O lo guardas o coges la puerta y te vas a tomar por culo, que suficiente tengo ya contigo…

Esa es la relación que tengo con él. El motivo de mi sanción había sido llegar tarde al trabajo reiteradamente. Manolo se hartó y pensó que de esta forma escarmentaría. El motivo de mis llegadas tarde reiteradas había sido Adriana.

-¡Una caña!
-¡En seguida!-grité
-¿Me pone unas patatas bravas por favor?
-¡Una de bravas!-grité


A Adriana la conocí un domingo por la mañana en una rave de psicodelic trance a las afueras de Parla. Nos habíamos descubierto así como a las doce del mediodía y estuvimos bailando y dejándonos llevar juntos el resto de la tarde. No hubieron muchas palabras más que las que hicieron falta para intercambiar nuestros números de móvil. Ese día consistió en miradas entre el uno y el otro. También hubieron sonrisas y abrazos. También droga y alcohol.
Ella llevaba un vestido largo al estilo psicodélico de los hippies de los sesenta. Llevaba colgados todo tipo de collares y pulseras con amuletos pacifistas, budistas e hindúes. Tenía el pelo moreno ondulado y larguísimo. Al terminar la fiesta le llamaron sus amigos hippies con los que se marchó en la vieja furgoneta de uno de ellos. Intercambiamos una última mirada y una última sonrisa. Ella se fue. Yo me quedé un rato mirando como se alejaba la furgoneta. Cogí el móvil y en la agenda busqué “Adriana”. La encontré. Volví a guardar el móvil y me fui con mis amigos.


Adriana era poeta. O eso es lo que siempre he pensado desde el primer sms que me mandó. Yo se los respondía como malpodia y luego esperaba un nuevo “¡piiiiii-piii!” de mi móvil con el último mensaje de ella. Me pasé una semana entera acostándome con ella, y no lo digo literalmente, si no que nuestras conversaciones vía sms se desarrollaban por la noche cuando yo ya me había acostado para madrugar el día siguiente. Ella me mandaba sus geniales poesías y yo le respondía con mediocres cursiladas que parecía que le gustaban o, cuanto menos, le hacían gracia.
La primera noche solo dormí dos horas pero aguanté bien en el trabajo. La segunda volví a dormir dos y a duras penas aguanté de pié en el bar las ocho horas. La tercera, la cuarta, la quinta, la sexta y la séptima me quedé dormido y llegué tarde al trabajo. De aquí mi suspensión de empleo y sueldo.

Lo primero que hice cuando me dieron la noticia de la suspensión fue pillar un pollo de eme, otro de speed, llamar a los colegas e irnos a otra rave de psichodelic trance en la Casa de Campo.
Efectivamente; Adriana estaba ahí. Ese día tampoco hablamos. Nos miramos, nos sonreímos, nos abrazamos, y, al final de la fiesta, nos besamos…

Pasé una semana acostándome con ella, y lo digo literalmente. Pasé prácticamente toda la semana de suspensión de empleo en su casa, un antro de artistas que compartía con otros hippies en Lavapiés.

La última noche que pasé con ella fue como las cinco anteriores. La mañana no:
Sonó el timbre de su casa. Ella pegó un salto de la cama y salió disparada hacia la puerta de entrada. Yo me incorporé y pude ver por la abertura de la puerta de la habitación a Adriana abriendo en el hall de entrada.

-¡Lorenzo!-gritó ella.
¡Hola nena, he vuelto!-dijo Lorenzo.

Lorenzo era el compañero de piso de Adriana que llevaba fuera seis meses de viaje por la India.
Adriana se tiró a los brazos de aquel hombre barbudo y con rastas que le llegaban por el culo y le dio un beso como el que me había dado a mí anoche; y las cinco noches anteriores.

-¡Te tengo que contar tantas cosas nena!¡No te imaginas las ganas que tenía de verte!
-¡Ay Lorenzo! Cuánto esperaba este momento.¡Espera un momento!-dijo ella y vino corriendo a la habitación donde yo miraba ahora las sábanas de la cama

-Paco corre, ha llegado Lorenzo. Me temo que tienes que irte, queremos estar solos,¡tiene tantas cosas que contarme! Dúchate antes de irte si quieres. ¡Vamos, vamos, levanta!

Yo me levanté, no me duché, me vestí, saludé a Lorenzo y me fui.

Esto fue ayer por la mañana. Me pasé todo el día de ayer frente a la tele. Horas y horas de tele con el móvil en la mano a modo de mando a distancia. De vez en cuando lo miraba. Por la tarde-noche decidí apagar la tele. Leí todos los mensajes guardados que tenía de Adriana. Luego decidí escribirle uno y esperé… Nada.
Después mandé otro y esperé… Nada de nada.
Me acosté pero no podía dormir. Al rato volví a leer todos los mensajes guardados de Adriana y, al rato, volví a enviarle otro.
Pasé toda la noche con el móvil en la mano y mirándolo cada cinco o seis minutos. Todos los sonidos de noche me recordaban al “piiii-piii” del aviso de “mensaje recibido” y siempre miraba rápidamente para descubrir, siempre, que era imaginación.
De repente sonó mi alarma. No había dormido nada y era mi primer día de curro después de la suspensión.
Miré el móvil. Nada…


Siete horas cincuenta y cinco minutos llevo sirviendo tercios, cortados y bocadillos de calamares. Quedan cinco. Miro el móvil; nada.

-¡Martínez!
-¡Vamos Manolo, que ya me voy, dame un respiro anda!
-Te la estas jugando conmigo Martínez. Anda, vete ya y llamas a tu novia o a quien tengas que llamar, pero como vea la mierda del móvil contigo mañana, vas a la calle, ¿entendido?
-¡Que siiii Manolo! Venga,¡hasta mañana!


Me he cambiado, he cogido el metro, he llegado a casa y he encendido la tele; he mirado el móvil y nada. Vuelvo a mandarle otro mensaje a Adriana.
Tengo hambre, ayer no comí nada en todo el día y hoy tampoco. Más que hambre es sensación de ardor en el estómago. Dejo el móvil, por primera vez en 48horas en la mesilla del salón y voy a la cocina a prepararme un sándwich mixto, que es lo único que se me ocurre preparar ahora.
Pan, queso, jamón de york y pan. No voy a calentarlo.
- “¡Piiii-pii!¡Piii-pii!”

“¡Un mensaje, oh dios, un mensaje!”

Al correr al salón he tirado el sándwich al suelo, roto una botella que había en la encimera, tropezado con el cubo de la fregona y vertido su contenido por el suelo, resbalado con el agua y caído dándome un golpe bestial en la cabeza, pero ya tengo el móvil en mis manos.
“1 mensaje recibido” pone en su pantallita.
Aprieto “leer” y espero durante medio segundo, mas largo de lo normal,y puedo leer por fin:

“El saldo de su tarjeta está agotado.”






D.G.F.

FILIPPA TOMATELLI

El Detective Capitán Ciuletti, de Homicidios, abrió el cajón donde se alojaba el cadáver de Francesco Benedeti, líder de una familia perteneciente a la mafia siciliana, asesinado junto a otros capos mafiosos hacía cinco días cuando atendían el funeral de Benito Scolari, fundador y líder todopoderoso de la Federación Criminal y el Sindicato Criminal.

El detective echó una buena mirada al cadáver de Francesco. Ya le habían practicado la autopsia ya que presentaba varios tajos unidos por puntos que bien parecían remiendos de una red de pesca. Su piel estaba muy pálida pero había tenido un aspecto muy similar en vida. Numerosos cortes y magulladuras por todo el cuerpo debidos a la metralla desprendida por la bomba que le mató.
La cabeza era como un balón desinflado, como si su cráneo se hubiese reducido a añicos y no sostuviese su cobertura.

Seguidamente ,en un extraño acto, el Detective Capitán Ciuletti se agarró las manos por detrás de la espalda e inclinó la cabeza, seguida por los hombros, seguidos por la espalda, hasta posicionar sus orificios nasales a unos centímetros del cadáver.
Luego cerró los ojos…
Luego inspiró delicadamente por la nariz acompañándolo de un suave movimiento circular de éste…
Las comisuras de sus labios se elevaron tímidamente y apretó las manos con fuerza.
En ese preciso instante hizo entrada silenciosa en la habitación el Doctor forense Cábal, presenciando sorprendido el extraño comportamiento del detective.

-¡En su punto,¿eh?!- le gritó el Dr.Cábal con esa potente y grave voz de gordo, que es lo que era antes que doctor.

Ciuleti pegó un gran salto del susto y en seguida le subió la sangre a la cabeza de la vergüenza, pero esto no se notó ya que Ciuletti, antes que detective, era un gordo de sempiterna cara roja.
-¿Cuánto tiempo lleva ahí?- le espetó de vuelta al dr.Cábal.
- El suficiente, detective. En cualquier caso, sr.Ciuletti, le interesará mucho lo que hay en el cajón de al lado…


Los dos se encontraban en el depósito de cadáveres del
departamento de homicidios de la capital. Un lugar frío debido a las neveras que almacenaban a más de una centena de cuerpos que habían recibido una muerte no-natural. La poca luz que daban las bombillas que colgaban de cables que salían del techo, se reflejaba en las puertas metálicas de los cajones que disponían de los cadáveres tumbados plácidamente, dormidos para toda la eternidad, sin molestar y sin ser molestados. El zumbido eterno de las neveras e intermitente de las bombillas era el único ruido que les acompañaba.
La semblanza con un cementerio de nichos decadente era razonable.

El Detective Ciuletti volvió a meter el cajón en la nevera y se dispuso a tirar del nicho a su derecha. Tiró con fuerza.
Vio aparecer ante sus ojos el cuerpo verde, en avanzadísimo estado de descomposición, de algún desgraciado absolutamente irreconocible.
El hedor que le azotó le produjo una pequeña arcada que consiguió disimular bien. Era como caer repentinamente en una fosa séptica y tragar un poco…
Trabajando duro para disimular el mal cuerpo y el mareo, el Detective Ciuletti se percató de que el doctor Cábal se estaba partiendo de risa apoyado con una mano en una camilla y golpeándola con la otra nerviosamente.
- ¡Ay!…espera que coja aire…
¡Ay que risa!¡Que cara has puesto!
¡Que noooo tonto, que era una broma!¡Solo quería ver la cara que ponías!
¡A este no le olisqueas,¿eh?! Je,je…
-Muy graciosa Cábal. ¿Sabes?, tienes la gracia en el puto culo de gordo que tienes…
-Tranquilo, tranquilo Ciuletti, no te pongas así, que solo era una broma. Además, tengo una verdadera sorpresa para ti, sin guasa. Está en el cajón de encima de Francesco.
Ábrelo sin miedo amigo, no te va a defraudar.
-Eres estúpido Cábal, ahora tengo la puta peste metida en la nariz y me has dejado el estómago revuelto.
-Ya será menos Ciuletti. Te digo lo que vamos a hacer:
Tú le echas un vistazo a mi sorpresa, que seguro que te cambia la cara. Luego, mientras yo lo preparo todo, tu te sales a tomar el aire y te fumas un cigarrito para despejarte y prepararte para lo bueno.
¿Qué me dices amigo? No todos tus amigos te preparan sorpresas como ésta,¿verdad?
-Vale Cábal, pero te aseguro que si es otra broma de las tuyas te meto el muerto por tu…
-Puto culo de gordo, si, si, si…Ciuletti, podrías ser más original con tus insultos. De todas formas: olvida la rabia; despeja tu mente. Vamos amigo; abre el cajón…
Ábrelo…- le dijo susurrando casi como si estuviese tratando de hipnotizarle.

El detective agarro del tirador del cajón y tiró suavemente. Lentamente salía la plataforma que portaba una cabeza, seguido por un cuello y hombros, seguidos por un pecho y brazos, tripa, cadera, piernas y pies.
Ciuletti se quedó helado. Con los ojos, que ahora le brillaban, fijados en el cadáver que acababa de exponer.
Como si estuviera embriagado no pudo evitar volver a olisquear este cuerpo y seguidamente acariciar esa suave e impoluta piel que le recordó a la seda. Se quedó extasiado durante unos segundos mirándole el pecho, acariciándole la piel y percibiendo el olor del cadáver de una preciosa fémina de unos treinta, a la que también se le había practicado ya la autopsia.
En un momento de cordura Ciuletti giró la cabeza y vio como le miraba, horrorizado, el Doctor Cábal.
Avergonzado se incorporó saliendo del éxtasis momentáneo en el que se había sumido.

-Filippa Tomatelli. Viuda y esposa fallecida de nuestro querido amigo Francesco Benedetti. Murió por una parada cardiaca en la misma explosión que su marido.-le explicó el doctor.
-¡Es estupendo Cábal!¡Es la mejor sorpresa que me podrías haber traído!¡Eres un genio, gordo! Un genio.
¡Bien! Prepáralo todo, la quiero lista para cuando vuelva. Voy a tomar un poco el aire y a fumarme ese cigarro.
-¡Si Capitán!- le gritó Cábal contagiándose del estado de excitación del detective.
- ¡Ah! Y Cábal… Ya sabes como me gusta a mi,¿verdad?

Cábal se volvió hacia él y le tiró una mirada de seguridad seguido de una sonrisa, la cual devolvió el detective que, acto seguido, salió de la habitación.

Fuera en la calle el Detective Capitán Ciuletti se abrochó la gabardina y se amarró bien el sombrero ya que hacia algo de frío y soplaba el viento un poco. Se encendió un cigarro y pensó en su viejo amigo, el Doctor Cábal. De cómo se conocieron en los años de la guerra; de cómo pasaron hambre; de cómo se las apañaron… Luego vino la posguerra y como, apoyándose el uno en el otro consiguieron trabajo en la policía. Con los años la amistad fue creciendo por mucho que sus personalidades chocasen:
Él: frío y antisocial ; Cábal: Bromista y extrovertido.
Su amistad sobrevivió a la guerra al igual que sus aficiones adoptadas en esos tiempos de escasez y forzosa unidad.
Su amistad era especial.
Su gran afición era aun más especial.

Apagado el cuarto cigarro, Ciuletti volvió a entrar en el edificio. Eran las tres de la madrugada por lo que solo quedaba en el edificio el guarda nocturno, dormido como siempre, en su puesto de vigilancia. Llegó al depósito de cadáveres.
Al entrar en la habitación le invadió un olor delicioso.
Un olor que le hizo salivar y cerrar los ojos para imaginar deliciosos manjares dispuestos en una mesa larga para el festín de todo un rey. Un suave olor de la carne de más exquisita calidad, delicadamente especiada y cocinada en su propia grasa, ablandada por una parrilla al rojo. Vuelta y vuelta nomás, dejando un centro rojo y jugoso que se derrite en la boca al gusto del más exigente y carnívoro rey de todo un pueblo.

Los dos gordos se miraron… Y sonrieron.

- Como a ti te gusta, amigo.- le dijo el doctor sonriendo maliciosamente y apuntándole un plato con, lo que parecía ser el antebrazo y mano de una persona.
- Filippa a la Tomatelli.- continuó, bromeando.

Sin decir una palabra, Ciuletti levantó el manjar y se llevó a la boca un poco de antebrazo.
El éxtasis volvió a él. Se le volvieron los ojos y su cara mostró una mueca de placer absoluto. Mordisco a mordisco la textura de la carne le dio escalofríos de placer y la explosión de sabor hizo que la lengua se convirtiese una extensión de su virilidad extasiada y a punto del orgasmo.

Bocado a bocado el ritual caníbal del Detective Capitán Ciuletti y el Doctor forense Cábal se llevó a cabo con magnífica solemnidad durante el resto de la noche, llegando a acabar con toda señal de carne del cuerpo de la preciosa Filippa Tomatelli.

Dos magníficos amigos con un terrible secreto.
Dos magníficos gordos con un terrible problema de apetito.




D.G.F.

BENITO SCOLARI

En el mundo del vicio, la perversión y el crimen organizado Benito Scolari no tenía igual. Los demás capos mafiosos de la nación no le hacían sombra y le respetaban por diversas razones. Había conseguido una especie de paz entre bandas y organizado el mundo criminal de tal forma que todas las bandas se llevaban su parte, por eso muchos de sus antiguos enemigos encarnizados ahora redían culto a Don Benito.

Pero Don Benito había muerto y el mundo paralelo de las mafias se vio conmocionado. Los Jefes de las demás bandas se vieron en una tesitura difícil: con Don Benito muerto, ¿quién mantendría la paz, la unión y el respeto entre camaradas criminales?

Quizás la respuesta fuera Fionna Marcesani, viuda del fallecido Don Benito. Conocida como La Artificiera por las bombas que hizo explotar matando a varios representantes del antiguo gobierno de Mussolini , allá en los años de la dictadura.
Se había convertido en madre de los hijos de Don Benito, cocinera personal de Don Benito, y asesora criminal de su banda.
Muchos le atribuían los logros de Don Benito, pero muchos le culpaban por su muerte.
Versión oficial de su muerte: mala caída patinando sobre hielo… Cuanto menos, sospechoso.

La situación que se planteaba era la siguiente:
Cinco y veinte de la tarde. Se había preparado una gran recepción en la mansión de la familia Scolari para rendir los últimos respetos al capo más pacífico, unificador y respetado que jamás hubiese pisado la nación.
Todos los demás jefes habían venido con sus mujeres e hijos para demostrar el verdadero respeto que sentían por el gran Benito Scolari.
Su cuerpo, vestido con un traje blanco tumbado en un ataúd también blanco(lo cual le daba un aspecto divino) al frente de una gran sala de la mansión, que usaba regularmente para sus estilosas fiestas y cocktails que nunca más disfrutaría.
Fionna, la viuda artificiera, vestida de negro al pie del ataúd hablaba silenciosamente con el cadáver…


-Benito… Benito, Benito…
No es justo Benito.
Éste no era el plan Benito. Te has adelantado al plan estúpido patán.
Con todo lo que hemos construido con sudor, sangre, tiempo y paciencia.
La gente te respetaba. Te creían y hasta te querían. Esa gente realmente pensaba que eras su dios.
Todos ya me conocían y muchos me habían empezado a respetar. Me habían empezado a considerar su reina así como tú eras su rey. ¡Pero no todos, y muchos no es suficiente!
Solo te pedía tiempo Benito. Tiempo en que habrías vivido feliz, habrías comido bien y todo hubiera sido como hubieras querido. Habría sido como vivir en el paraíso, amado…

Con el tiempo habrías caído enfermo y ningún médico hubiera sabido qué tenías, solo que era grave y terminal.
Te habrían dado seis meses de vida en los que te habrías dedicado a organizarlo todo perfectamente para tu sucesión.
Es aquí cuando, gracias a tus palabras, yo hubiera ganado popularidad, respeto y confianza. Todos te creen a ti Benito querido.
Después de seis meses habrías muerto con una sonrisa en la cara y en la cama, una muerte de lo más dulce, sabiendo con seguridad que el castillo de naipes que habías construido con tanto esfuerzo no se desplomaba irremediablemente sino que, gracias a tu amada esposa, Fionna Marcesani, tu imperio seguiría en pie.
Pero noooo, no podía ser así… Estornudaste y cayeron todos los naipes uno a uno y amontonados en la mesa quedaron las barajas que habías utilizado, las barajas que los dos habíamos utilizado.
¡Teníamos que rememorar tu infancia en el dichoso lago donde patinabas de niño! ¡Lo que nunca me dijiste era que nunca habías aprendido a patinar estúpido patán!
Diez segundos duraste recordando tu infancia:
Allá voy, a ver si me acuerdo de esto, mírame soy una bailarina olímpica fueron tus últimas y patéticas palabras…
¿Ahora qué, inútil? ¿Qué voy a hacer? Nunca me aceptarán como te aceptaron a ti, como controlador todopoderoso de las bandas criminales de la nación. Incluso hay muchos de ellos que realmente piensan que yo te maté. Seguro que los muy estúpidos nunca lo hubieran sospechado si todo hubiese sido como planeado y si te hubiese matado, querido. Esos estúpidos cabeza huecas no soportarían que una mujer les mandase, así, tan de repente.

¡Solo hacía falta tiempo Benito, solo insignificante tiempo, de lo que hasta el más pobre de entre los pobres dispone!
No me dejas otra opción esposo mío…
Nunca me ha gustado improvisar, me gusta la buena organización, como a ti, pero la reina del crimen ha de saber de todo y creo que te lo voy a demostrar.

Francesco, Rino, Giussepe, Marcello… Han venido todos…
Han venido todos amado. Todos te respetan tanto que como muestra han venido con sus mujeres e hijos. Esto representa el poder que tenías; el poder que tendré…

Se acerca el momento Benito…

En exactamente dos minutos y medio me iré apenada de este lugar y cogeré un coche para alejarme de mi pasado rumbo a un futuro mejor como la reina todopoderosa del imperio Scolari.
En exactamente cinco minutos y medio el temporizador que llevas en el bolsillo del pantalón accionará una chispa que reaccionará con los 40kg de Trinitrotolueno que hay embutidos en tu cuerpo sustituyendo tus órganos blandos, y saltaras por los aires, llevándote contigo al cielo a todos tus amígueles y a sus familias.

La verdad es que es un plan perfecto; y me has quedado muy bien… Soy una artista. No puedo negarte que hoy, Benito mío, estás más guapo que nunca.
En fin Benito, éste es nuestro adiós. Todo podría haber sido diferente y más fácil pero que se le va a hacer, la vida está llena de improvistos.
Solo espero que ahí arriba patines como una verdadera bailarina olímpica y todos te alaben…

Es la hora…

¡Ah! ¡Y no te confundas Benito mío! ¡yo siempre te he querido y siempre te querré…!
¡Ciao amore!


D.G.F.

PARADISSO 2.0

Era la primera vez que montaba en un cacharro de esos. Son increíbles. Todos esos botoncillos, esas palanquillas y esas lucecillas… Es como estar en una de esas películas de ciencia ficción de los años setenta.

-En breves momentos aterrizaremos en la base lunar de Paradisso 2.0. Por favor, permenezcan sentados y con sus cinturones de seguridad abrochados hasta que la nave se detenga por completo.- dijo una suave voz femenina por la megafonía de la nave.

¡Ya estaba cerca! Nunca pensé que acabaría viniendo, pero la verdad es que encontrar trabajo en la Tierra era cada vez más complicado y, cundo lo encontrabas, los sueldos eran tan míseros que rara era la vez que llegabas a fin de mes sin sufrir lo insufrible.

Hubo un ligero meneo de la nave. Sonó un “¡ping!” y se apagaron unas lucecillas en el techo del transbordador.

-Bienvenidos a Paradisso 2.0, capital del Estado Lunar. La hora local es de las 12:05 del mediodía, la temperatura exterior es de -158ºC y disfrutamos de un sol excelente típico de esta cara de la Luna. Esperamos que el viaje haya sido de su agrado y deseamos volver a verle a bordo. En nombre de toda la tripulación de la nave les deseamos una buena estancia en Paradisso 2.0.

Me habían hablado mucho de la Luna y nunca pensé que finalmente viajaría aquí en busca de una vida mejor.
Salimos por la puerta delantera y avanzamos por un pasillo hasta llegar a una Terminal donde recogimos nuestras maletas. Luego una azafata de muy buen ver nos guió hasta un trenecillo que nos llevaría a la ciudad en sí. Me senté en un sitio con ventana. Al salir de la Terminal, el tren circuló por un túnel de cristal en la superficie lunar.
Quedé absolutamente asombrado al ver ese desierto gris tan inmenso. Era sobrecogedor. Solo se veía arena gris, rocas grises, cráteres grises y, en el horizonte, montañas grises. Aquí el cielo era totalmente negro y, aunque pegaba un sol de justicia, se podían ver más estrellas de las que jamás había visto. Alucinante pensé. Absolutamente alucinante.
El tren empezó a girar bordeando una montaña en forma de trapecio y, como no, gris. Detrás de la montaña, de forma repentina, apareció majestuosa, una semiesfera de cristal de un tamaño titánico que albergaba en su interior una modernísima ciudad de color gris metálico y blanco, con numerosos rascacielos con luces de todos los colores imaginables en sus vértices… Paradisso 2.0.
Era como uno de esos souvenir a los que das la vuelta y nieva sobre una pequeña Torre Eiffel o Big Ben pero de dimensiones absolutamente sobrecogedoras.
A medida que se iba acercando el tren a la gran burbuja de cristal pude diferenciar una primera fila de edificios blancos en forma de iglú con pequeños huertos a sus lados. Sin duda esta era la zona residencial. Había oído que en la Luna el problema de abastecimiento de comida se había solucionado con cultivos urbanos en los jardines personales de los residentes. Pasradisso 2.0 era autosuficiente.¡Viva la Luna!
Detrás de estos edificios bajos, otros bastante más altos en forma de pirámide con múltiples ventanas en todas sus caras y luces fluorescentes en sus esquinas. Los talleres lunares.¡Cuánto había oído hablar de ellos!
Detrás de éstos se levantaban otros edificios de entre unos treinta y cincuenta pisos, unos blancos y otros de cristal. Los blancos no tenían paredes entre piso y piso. Parecían más bien los esqueletos de rascacielos. Entre piso y piso pude diferenciar el color verde. Esto se debería al cultivo de las planta madereras, ornamentales y comestibles que me habían contado que cultivaban también,¡seguro! Las de cristal dejaban ver en su interior la infraestructura de lo sería un invernadero en la Tierra. No dejaba de alucinar. Todos estos edificios con sus correspondientes luces multicolor en sus vértices.
A sus espaldas se erguían majestuosos unos altísimos rascacielos de muy diversas formas. El más habitual era el de platillo volante gris sujetado por un gran cilindro del mismo color cubierto de ventanas y luces en toda su superficie. Estaba también el de forma de chupa-chups, el de forma de vela de barco, llama de fuego, gota de agua, palmera, orquídea y petaca. Todas con sus luces psicodélicas, ventanas gigantes, pinturas brillantes y un aura eléctrico a su alrededor que les hacía parecer edificios divinos. Este sería el centro neurálgico de la ciudad. El complejo administrativo, económico y comercial de Paradisso 2.0.

Cuanto más se acercaba el pequeño convoy a la gran burbuja pude ver diversos carteles publicitarios llenos de neones de colorines y pantallas de plasma por varias zonas. Incluso pude distinguir anuncios donde salían personas vestidas con ese estilo tan de moda ahora en la Tierra:
poca ropa, ésta de colores blanco, azul y rojo, con cortes angulosos pero serenos. Grandes lazos o capas de color azul eléctrico a las espaldas y sombreros, gorras y peinados también angulosos y también azules. Esto si que era estilo y no su imitación en la Tierra.¡No podía esperar para comprarme mi primer conjunto!
Pero lo primero era conseguir casa y trabajo. Esto no iba a ser un problema ya que me habían informado que en Paradisso 2.0 había empleo total y que todos sus habitantes recibían una casa-huerto como parte de su sueldo. Esto sonaba totalmente como el paraíso. Una nueva vida en el paraíso, el sueño de cualquier persona de la Tierra. Y allí iba yo…

Todo habría sido perfecto. Yo habría sido un buen lunático. Habría sido feliz. Muy feliz.
Es terrible haber tenido la felicidad tan cerca y no disfrutarla. Me han puesto la miel en los labios, pero no estoy rabioso. La falta de oxígeno no me permite sentir rabia.
Los niños y los ancianos ya han caído. Solo quedamos unos pocos infelices demasiado agotados como para movernos ni tan siquiera para hablar. Solo nos acompañan nuestros pensamientos mientras nos asfixiamos en este minúsculo vagón de tren descarrilado postrado en la inmensidad del desierto gris frente a Paradisso 2.0.
Al menos puedo decir que la vista es maravillosa…

HABITACIÓN 999

He llegado... Sin darme cuenta, pero he llegado.

Que, ¿A dónde he llegado?
Pues escuchadme amigos míos porque he llegado a un lugar que a todos nos interesa. Un lugar que nadie puede despreciar. Un lugar con el que todo el mundo sueña…
Amigos, he llegado al Paraíso.
Y mentiría si digo que es la primera vez que lo visito, pero el primer punto que os quiero remarcar sobre el Paraíso es que nunca es igual, o sea siempre es diferente, cada vez que lo visitas.
Yo mismo he estado aquí en numerosas ocasiones y en todas ellas he vivido geniales sensaciones, visto increíbles paisajes, escuchado preciosas melodías y olido deliciosos aromas… Pero en cada ocasión han sido diferentes sensaciones, paisajes, melodías y aromas.

En cualquier caso amigos, os puedo contar por experiencia propia que hoy, en el Paraíso, la tierra respira.
Es como si el suelo que pisas fuera parte de un ente súper mega gigante al que se le nota cada inspiración y cada expiración, dándote la sensación de andar sobre el mar o a ir en barco o incluso de pisar cojines, si gustáis.
También las nubes se organizan de tal modo que crean asombrosas formas tridimensionales de algodón en el cielo del Paraíso.
Si ahora miro al cielo puedo corroborar esto que acabo de decir.
Bien… Puedo ver una locomotora de vapor, conducido por un ciervo con sombrero, que suelta humo por su chimenea y tira de dos vagones de principios de siglo, dos tanques alemanes de la segunda guerra mundial y una banana gigante de esas que se arrastran por al agua y llevan a turistas extranjeros en las playas de moda.
Veo también que el convoy ha sido adelantado por un submarino nuclear ruso que, a su vez, está echándole una carrera al mismísimo Submarino Amarillo de los Beatles.
He de apuntar que el juego de luces que desprende ese enorme y gigantesco Sol es frenético. Luz, sombra, luz, sombra. Luz blanca, luz amarilla, luz blanca, luz roja, luz azul, luz blanca. De los tonos cálidos a los fríos de segundo a segundo. Del amanecer al mediodía al ocaso de momento a momento. Del verano al invierno al otoño a la primavera…

Si miro al frente y continúo mi camino no tardo en perder la línea recta e incluso el equilibrio. Esto se debe a lo que ya os comenté:
Inspira… Expira…
Aquí sientes el poder de la gravedad actuar sobre todo tu cuerpo. Notas la presión que ejerce todo el aire de este mundo sobre tu piel. Notas las suaves brisas provocadas por la respiración de los seres vivos que la habitan.
Ésta es una sensación abrumadora que hemos de denominar éxtasis… El bienestar total.
Amigos, llevados por esta sensación suspiraremos, quizás sonriamos, y seguiremos nuestro camino.

Al frente se me presenta un camino de tierra sobre el cual, haciendo gala de gran organización y creatividad, las piedrecillas y los cantos de la misma, se han puesto de acuerdo para formar mosaicos romanos representando cacerías, batallas y escenas de la vida cotidiana del romano “bien” en la época del emperador César Augusto.

El camino transcurre por un arbolado que se encuentra a los dos lados de éste.
Estos árboles son de troncos multicolor y de hojas de colores fluorescentes. Verde, amarillo, rojo, naranja, rosa fosforitos a intervalos regulares e irregulares creando fascinación al ojo humano.
Estos árboles tienen la faceta de ser árboles bailarines y se menean de un lado al otro, se retuercen sobre si mismos y se agarran de las ramas creando, a su vez, una música celestial que me engloba totalmente y se alía con el sonido de mis pisadas sobre los mosaicos romanos, haciéndome partícipe del espectáculo musical.

En un desequilibrio de los míos casi caigo al suelo pero ha salvado mi caída un amistoso árbol al que al tocar con mis manos desnudas he notado, que por muy rugosa y dura que parezca su corteza, es de una suavidad remarcable. Tal es su suavidad que siento ganas de quitarme la ropa y restregar mi cuerpo contra este tronco.
Pero no lo haré. Me contentaré con un abrazo en el cual siento la energía vital del árbol e incluso puedo notar el oxígeno puro que expira por sus poros.

¡Ay!
Vaya amigos. Parece que este árbol me ha hecho un regalo. Ha dejado caer sobre mi cabeza un gran melocotón de colores y brillos cambiantes, suave y delicioso aroma y suavidad superior a la del tronco.
Dejadme deciros que comer en el Paraíso es una empresa delicada. Puede entrañar complicación por la pérdida total del apetito. Pero en mi caso hoy amigos míos, siento la necesidad de morder este manjar que me ha ofrecido la madre naturaleza.
¡Mmmm! Lo estoy disfrutando tanto como aquellas noches locas con Samantha.
Su jugosidad, su textura, su sabor… Que recuerdos…
Es totalmente indescriptible. Comería solo melocotones como este para el resto de mi vida. Melocotones a la Samantha. Samantones. O melocomanthas…

Permitidme que me siente para comentaros un punto que nunca se os ha de escapar cuando queráis viajar al Paraíso.
Dejadme que os advierta de un peligro: la increíble cercanía al Paraíso del, respetado y temido, Infierno.
Me veo en la obligación de deciros que la llave del Paraíso es inebitablemente también la llave del Infierno.

Imaginaros amigos que vais aun hotel y pedís una habitación. Se os entrega la llave de la habitación 999...
O… ¡espera un momento! ¡Quizás sea la llave de la habitación 666!
La verdad es, amigos míos, que esta llave abrirá tanto la 999 como la 666 y depende de nosotros mismos(nuestro estado de ánimo, nuestro entorno)elegir bien la habitación en la que acabaremos… Paraíso o Infierno.

Hoy tras la puerta 999 he llegado al Paraíso…

Hoy la llave que he utilizado para viajar al Paraíso ha sido psilocybe cubensis colombiana fresca. Unos quince gramos.
Alucinante amigos. Alucinante…

Niños no intentéis esto en casa.




D.G.F.

ENRIC

Desesperado corrió bajo un árbol para cubrirse del aguacero que caía. Ya estaba absolutamente calado pero la lluvia estaba tan fría que no podía soportar que cayera sobre su cogote y calva ni un segundo más.
"No llegaré..."pensó.
Parecía muy improbable que Enric realmente llegara. Estaba destinado a no llegar... Este era su fin, probablemente...
Enric, una persona pequeña de estatura y grande de anchura. De belleza fea y cabellera calva. De movimiento lento y nervioso con torpeza como matiz. De vestimenta desfasada, anticuada, apagada y descuidada. Aspecto desordenado, destartalado, abandonado. Una barba desigual en corte y desigual en color. Unos ojos pequeños, casi inexistentes, escudados tras unas telescópicas lentes de por lo menos 8 aumentos, de pasta plástica sobredimensionada y negra.
Enric, persona solitaria por obligación, persona rara por elección, curioso e interesante para la minoría, marginado por la mayoría .Su olor, el de la col cocida .su forma de ser, un desastre. De esas personas que parece que se esfuerzan por hacer las cosas mal y con cuidado de hacer bien el ridículo y que el máximo número de personas puedan ser testigo de ello.
Todos tenemos un Enric en nuestras vidas, incluso puede que nuestro Enric sea uno mismo.¿Tú eres Enric? ¿Conoces a alguno?
¡¡ Ay Enric, que mala suerte tienes!!¿ por qué la mala suerte se ceba con gente como tú?¿Lo hacéis aposta? Si no, lo parece.
¿Por qué corres bajo la lluvia invernal sin paraguas? Posiblemente porque lo olvidaste en el bar donde te tomaste un café o, mejor dicho, se lo tomó tu jersey, y tú solo te escaldaste el pecho. O posiblemente con el viento se voltease y saliese volando golpeando a unas ancianas que pasaban y tu mismo, persiguiendo el paraguas, las golpeases y luego resbalases cayendo violentamente en medio de la carretera obligando a algún conductor a frenar bruscamente para no matarte de humillación...
¿Por qué no vas a llegar Enric? Sabes que podrías haber salido con tiempo suficiente para llegar.¿ Lo haces adrede? Sabes que este puede ser tu fin, ¿verdad? Que puedes acabar aquí literalmente. Enric,¿por qué eres tan Enric?
Parecía que amainaba. Enric se dispuso a salir de la cobertura del árbol no sin antes ponerse en la cabeza, con el estilo que caracteriza a Enric, una bolsa de plástico que tenía en un bolsillo(si, Enric guarda bolsas de plástico en los bolsillos entre tantas otras cosas)para repeler el agua que caía que ahora solo era un chirimiri. ¡Preciosa estampa!
Empezó a caminar con su movimiento de brazos característico(de atrás a delante, en horizontal y con una violencia innecesaria),luego a trotar y acabó cabalgando precariamente por la calle plena de charcos resbaladizos, ahora sujetándose la bolsa de plástico para que no saliera volando. ¡Un bello cuadro!
No habría sido Enric si no hubiera pisado un charco especialmente resbaladizo y caído brutalmente contra el duro y empapado pavimento, resbalando como un pelele (brazos aquí, brazos allá)varios metros, dando seis o siete vueltas de campana y cuatro o cinco sobre su eje con una violencia exagerada muy al estilo Enric, acabando al borde de una alcantarilla con pinta de muerto, bolsa de plástico en la cabeza y todo.
¡ Qué mala suerte tienes Enric! ¡Qué hiciste para merecer esto! ¿Te miró un tuerto? ¿se te cruzo un gato negro? ¿Se te cayó la sal, pasaste por debajo de una escalera , abriste un paraguas en casa, rompiste un espejo? ¿Hiciste varias de estas cosas a la vez? Conociéndote seguro que hiciste la combinación total. La combinación de malos augurios tan perfecta que te aseguraste la mejor mala suerte del mundo.
Enric despierta. Enric despierta o no llegarás. Enric despierta o nunca volverás a no llegar. ¡Eres tremendo Enric!
La imagen era patética: el cuerpo rechoncho de Enric estaba tirado en el suelo . La mitad en la acera, la otra mitad en la carretera (esta siendo la mitad de la cabeza). Un brazo atascado bajo su espalda en una postura dolorosa y de posible fractura y dislocación del hombro, el otro metido en la alcantarilla como si estuviese buscando algo dentro. Las piernas torcidas dolorosamente, una hacia Pinto y la otra hacia Valdemoro .La bolsa de plástico ahora sustituía a la cabeza ya que la había tapado por completo tapando por completo sus vías respiratorias.
Ahora Enric no podía respirar. La inconsciencia en el que el golpe le había sumido no tenia pinta de pasarse rápido. Ahora Enric se estaba muriendo. Si nadie le despertaba pronto o por lo menos que le quitaba la bolsa de la cabeza aquí se iba a quedar. Segundo a segundo se iba asfixiando y conociendo la mala suerte de nuestro amigo no era muy probable que pasara absolutamente nada.
Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac…
No… No pasa nada. Vaya final. ¡Pobre Enric!
Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac…
En fin...Habremos de decir que finalmente Enric... no llegó...


D.G.F.

natalie

Siempre me había considerado valiente. Una persona fuerte. Pero ahora se que ésta es una posición dura de mantener y la debilidad acaba por romper tus defensas y conquistarte. Como a mi pobre Natalie.
Mi pobre Natalie era una mujer fuerte. Era valiente a la hora de afrontar adversidades y así lo había demostrado. Pero mi pobre Natalie cambió de la noche al mañana.
Una mañana desperté a su lado (premio que se me había concedido por haber ganado su corazón hacía ya doce años) y su cara angelical pero dura, sus ojos dulces y decididos, su boca suave y magnetizadora, todo, todo había cambiado. Estaba pálida, sudaba, los ojos muy abiertos y con la mirada fijada en la nada. Se mordía nerviosamente el labio inferior y se había provocado una buena herida sangrante. Las manos agarrotadas sujetaban las sábanas con fuerza. Parecía ausente. Parecía como si le hubieran robado el alma.
­-Esta noche he visto a Andy- me había dicho…
Se ha derrumbado, pensé. Había decidido rendirse. Pero, ¿por qué ahora? Con lo fuerte y valiente que había sido estos últimos tres años desde la muerte del pobre y desgraciado Andy…
¡Nuestro pobre Andy! El desconocido síndrome de Sackten había decidido tomar el cuerpo del débil e indefenso Andy y demostrarnos toda su crueldad. Decició deformar sus piernecitas, sus bracitos, su cabecita, lenta y dolorosamente, durante tres años, luego deformandole los órganos internos provocándo así la muerte de un angelito que cualquier mirada inocente habría confundido con un demonio.
A mi pobre Natilie y a mi nos costó el cielo y la tierra superarlo después de todo lo que habíamos luchado por darle una vida medianamente normal. Pero la verdad es que los dos lo superamos, o acaso no teníamos fuerza y valentía…
Natalie la había perdido aquel dia. Tal y como la he perdido yo hoy. La debilidad y la corbadía nos han vencido.
-He visto a Andy- me había dicho…
Ahora se que es verdad. Aquella noche le vió, y por eso se derrumbó.
Él estaba a los pies de la cama , de pie, mirándola fijamente a los ojos , sonriendo dulce pero siniestramente con su boca deformada por el Sackten. Su piel blanca como la de un muerto, sus pupilas blancas como las de un ciego. Sus bracitos torcidos extendidos hacia delante y las manitas abiertas pidiendo un abrazo. Lo se… Lo se con certeza ya que es así como he visto a Natalie estas dos últimas noches…
Ha sido hoy al volver del cementerio de visitar sus tumbas que he tomado esta decisión. La de emular a Natalie.
La mañana que Natalie despertó siendo débil fue al cementerio y ahí pasó todo el día. Por la noche decidió volver casa para abandonar la lucha definitivamente y rendirse sin condiciones… Fue cuando llegue a casa del trabajo que descubrí a mí pobre Natalie, sonriente, tomando un baño caliente en aguas rojas con una nota a su lado pidiéndome perdón…


Llevo una media hora en la bañera y el agua sigue deliciosamente caliente. La intensidad del rojo que me rodea empieza a recordárme a color del agua que rodeaba el cuerpo sin vida de mi pobre Natalie. No debe quedar mucho, ya empiezo a marearme. La verdad es que estoy muy relajado. Ser débil es bastante fácil, no siento dolor. Por eso he optado por esta opción supongo:
es más fácil que luchar y ser un heroe. Solo me da pena que no me quede nadie a quién dejarle una nota de perdón. Es triste, sin embargo, sonrío. Me siento más cerca de mi Natalie.
Ahora comprendo su sonrisa aquel día y también la de la misteriosa figura de Natalie que me visitó estas dos últimas noches.
Siento como pierdo el conocimiento.
Allá voy mi Natalie… Allá voy…







D.G.F.

miguelito

Comencemos con la trágica historia de Miguelito...
Cuando Miguelito era pequeño había vivido una situación traumática.
Fue cuando tenía diez años y vivía con su madre y con su padre en una de esas viviendas de protección oficial al sur de la ciudad. Vivían en un quinto con hermosas vistas al descampado de detrás del edificio seguido de la siempre bulliciosa y ruidosa autovía. El descampado en cuestión estaba lleno de escombros de las obras de los vecinos, basura de todo tipo, una furgoneta abandonada y una ración o dos de la clásica jeringuilla aquí y allá. Cuando llovía aquello se ponía terrible. Se convertía en un barrizal con varios “estanques” en ciertos puntos.
La noche anterior había llovido, y mucho. Naturalmente a Miguelito y a sus amigos del barrio les encantaba esta oportunidad de ponerse perdidos y después poner toda la casa perdida, y no tardaron en ponerse las botas de goma, los chubasqueros y correr al descampado. Los padres de Miguelito no se preocupaban ya que se controlaba a los tres niños chapoteando en los charcos desde la ventana.
Jugaban a ser exploradores explorando un nuevo planeta con ayuda de sus super-trajes anti-agua que les permitía caminar por esa extraña superficie.
De repente a Miguelito se le quedó una bota atascada en el fango y al levantar la pierna sacó solo el pie con el calcetín colgando de la puntera y volvió a meter el pie desnudo en el barro. Oscar y Jaime, sus dos amiguillos se partieron de risa, exagerándola con malicia como hacen los niños, para humillar a Miguelito.
En ese momento se oyó un gran estruendo proveniente de la autovía justo a sus espaldas y cayó del cielo un coche del revés aplastando sin remedio a Oscar y a Jaime, arrastrándose después unos quince metros más dejando un camino rojo sobre el fango y nubes rojas en los charcos.
Miguelito no se movió...El barrio entero no se movió...
Cabezas en las ventanas, cuerpos en los balcones, coches parados en la carretera... Los padres de miguelito también miraban en estado de shock .
Hubo un instante, solo unos segundos, de silencio. El tipo de silencio que paraliza las cosas.
El coche con las ruedas apuntando al cielo empezó a echar humo por el motor y a hacer el ruido de una tetera cuando el agua hierve. Del portón de atrás, bastante dañado, empezó a emanar, muy lentamente, un líquido muy muy espeso de un color blanco impoluto que contrastaba mucho con los colores de aquel cuadro. Lentamente cayendo por los vértices de vehículo y resbalando al suelo juntándose con el rojo pasión, formando pequeños regueros en él.
Parecía que el planeta extraño que exploraban los tres niños se había hecho realidad. La misión iba a tener que abortarse ya que un objeto volador no identificado había causado dos bajas en la compañía. El líquido blanco y espeso bien podía ser la sangre del ser extraterrestre que pilotaba la nave.
Miguelito seguía inmóvil, con los ojos muy abiertos pero con una mirada inexpresiva y con un pie desnudo aún metido en el frío barro.
Ahora corrían todos los que se hallaban en la zona a socorrer al niño y a los accidentados. Iban acercándose a la zona del incidente por todas direcciones de una forma lenta y torpe por culpa del barro y los charcos. Parecían un montón de muertos vivientes arrastrándose hacia su nueva víctima.
Ya se oían las sirenas lejanas de ambulancias, bomberos y policía que venían al rescate.
El líquido blanco y espeso seguía brotando del coche y lentamente se desplazaba por la alfombra roja dispuesta para la ocasión, como si de una celebridad en los Oscar se tratara. Despacito, a trompicones, éste se encontraba ya a unos pasos de los tobillos de Miguelito.
Su padre, que había salido del estado de shock y que ahora se encontraba en estado de ansiedad, era uno de los zombies que corrían, despacito, a trompicones, hacia su hijo. Miró por un instante al coche que había causado la tragedia. Era una extraña visión: un vehículo, claramente de reparto, del revés, algo deformado y echando humo, seguido por una cola roja y blanca asemejándose a alguna bandera desconocida por él.
Se fijó por un instante en el lateral del coche.
Había algo pintado. Una marca y un slogan.
Pudo leer:

CUAJADAS IBÁÑEZ , ¡para quedarse cuajado!





D.G.F.