lunes, 19 de octubre de 2009
LAIA LA CIGARRA
Laia llevaba varios días sin cantar. Aquella tarde, sentada en la barra de la cocktelería siguió pensando en cómo resolver aquella situación. Era absolutamente injusto y estaba dispuesta a luchar por ello.
Jordi, el camarero, la conocía bien. Pudo ver su rostro de preocupación y no pudo evitar intentar ayudarla.
—¿Estás bien?
—Estoy hasta los cojones de esa puta historia
—Laia, el otro día cuando te vi discutir con aquellas hormigas me temí algo así. Sabía que te removerían las entrañas. No hace mucho que vienen por el local. Es muy extraño ver hormigas fuera de su ambiente, estas creo que andan metidas en política, movimientos antimonárquicos o algo así. En cualquier caso creo que no deberías darle más vueltas. Al fin y al cabo tú no tienes ninguna responsabilidad.
—Es evidente que no tengo responsabilidad alguna pero, ¿cómo te sentirías tú si todos los de tu especie estuviesen mal vistos porque a un gilipollas no se le ocurre mejor idea que hacer una moraleja sirviéndose de tu familia? ¿Y la puta hormiga? ¿Quién coño era aquella puta hormiga para joder generaciones y generaciones de cigarras? Y claro, a partir del puto cuento, del puto escritor de mierda, todas las cigarras somos unas gandulas del copón y las cabronas de las hormigas unas “grandes trabajadoras”. ¡Me cago en el escritor y en su puta madre!
Jordi asintió con la cabeza mientras le servía un dry martini. Al final de la barra, una liebre que, aún sin quererlo, había escuchado la conversación, se acercó discretamente a Laia.
—Disculpe pero no he podido evitar escucharles.
—No importa.
—Mi nombre es Elsa Conej, soy abogado y me gustaría ayudarle. Como sabrá mi especie también fue el objeto de una famosa moraleja como coprotagonista, junto con una tortuga, de un relato de un escritor “iluminado”.
—La recuerdo pero, ¿cómo podría ayudarme?
—Tenga mi tarjeta, llámeme y quedaremos en mi despacho. Daremos a las hormigas y a los escritores lo que realmente se merecen.
—Pero escuche, yo no tengo dinero, no podré pagarle.
—No se preocupe, sé bien quien pagará mis honorarios.
Elsa abandonó la coctelería y disimuladamente hizo un guiño a Jordi. El camarero le devolvió el gesto asegurándose de que Laia no los podía ver.
Varias semanas más tarde, en el juzgado, el magistrado Lousen preparaba junto a su secretario el juicio de esa mañana.
—Señor Centpeus, ¿ha revisado el expediente de las doce?
—Si señoría
—Señor Centpeus le he rogado en varias ocasiones que cuando selle los expedientes no lo haga con más de diez patas, ha puesto mi portafolios perdido de tinta.
—Disculpe señoría. En cualquier caso debería agradecer que alguien como yo haga este trabajo, si lo tuviese que hacer un humano como usted se eternizaría.
—Bien, bien. ¿Puede hacerme un resumen del caso de hoy?
—Por supuesto. Laia Chicharra, de la especie de las cigarras ha interpuesto una demanda por difamación y atentado al honor contra el colectivo de las hormigas.
—¿Cómo?
—Basa su acusación en el hecho de que, por medio de la fábula de la cigarra y la hormiga, se ha difamado y atentado contra el honor de varias generaciones. Argumenta que durante años la cigarra ha quedado a los ojos de niños, adultos y del resto de especies animales, como un bicho molesto, gandul y dado única y exclusivamente a la vida bohemia.
—Señor Centpeus le diré algo sin ánimo de ofender.
—Adelante señoría.
—Los juicios con animales me ponen muy nervioso, y éste concretamente creo que me sacará de mis casillas. En fin, ¿quienes son los abogados de las defensas?
—La defensa de la cigarra la lleva aquella liebre que ya conoce Vd…
—¿Elsa Conej? ¡Por Dios! La estupenda, la esbelta, ¡la impertinente Elsa Conej!, ya veo que esto no va a ser fácil; ¿y quién defiende a las hormigas?
—Laura Queen, también conocida como “la reina”. Según he podido saber, una hormiga con una carrera brillante, con despacho en el centro de la ciudad.
—Todo esto es surrealista señor Centpeus. ¿La formación del jurado?
—Si no hay bajas de última hora el jurado está formado por tres hombres, dos mujeres, una loba, una hormiga, una cigarra y un conejo señoría.
—Bien señor Centpeus, si todo está dispuesto convoque la sesión.
—Como mande señoría.
Situada en la primera planta del Palacio de Justicia, la sala de vistas ofrecía una aspecto imponente. Sus altos techos y sus grandes ventanales, daban sin duda, un aspecto majestuoso a la estancia. El magistrado señor Lousen se dirigió al centro del estrado mientras su secretario, el señor Centpeus se situaba en un sillón a su izquierda. Abajo, a la derecha, la representante del colectivo de hormigas junto con su abogada Laura Queen. A la izquierda, algo aturdida con tanto revuelo, Laia junto a su abogada Elsa Conej. En los bancos posteriores y de forma absolutamente simétrica, cientos de cigarras cubrían la espalda de Laia, mientras que a la derecha hacían lo propio un número indeterminado de hormigas. Junto a la puerta, dos guardias custodiando el acceso; en los laterales, diseminados, los representantes de la prensa ávidos de seguir el desarrollo de un juicio que, como poco, podía calificarse de “curioso”.
—¡Silencio en la sala! –ordenó el magistrado Lousen.
En unos instantes toda la estancia quedó sumida en un mutismo absoluto. El secretario, señor Centpeus, alargó una de sus patas y entregó todo el expediente judicial al magistrado; a continuación éste indicó que se acercaran al estrado a las dos representantes de las partes.
—Buenos días señoría.
—Buenos días señoría.
—Espero efectivamente que este sea un buen día señoritas. Como juez les exigiré que no utilicen tácticas que se aparten de la legalidad, como ciudadano les solicito respeto a la justicia. A usted. señorita Queen no la conozco, espero que después de este juicio pueda decir que “ha sido un placer”; en cuanto a Vd. señorita Conej… ya nos conocemos de otros pleitos, le recomiendo que guarde “sus genialidades” para otros públicos. Ahora vayan junto a sus clientes.
Ambas se dirigieron hacia sus asientos, no sin antes dedicarse una inquisidora mirada.
—Proceda señorita Conej –indicó el magistrado.
—Con la venia señoría. Señoras, señores, miembros del jurado, como todos ustedes saben, a través de la famosa fábula de la cigarra y la hormiga, una maldita hormiga…
—¡Protesto señoría! —gritó desde su posición Laura Queen.
—Se admite la protesta –indicó el magistrado dirigiendo su mirada encolerizada hacia aquella liebre que, con ojos burlones, miraba al jurado como preguntando qué diablos podía haber ofendido tanto a aquel “hormiguero”–. Se lo advertí con absoluta seriedad al iniciar esta sesión señorita Conej –prosiguió el magistrado Lousen.– No dejaré que convierta esta sala de vistas en su escenario particular, una nueva salida de tono y haré que su título de abogado sólo le sirva para abanicarse. Prosiga.
—Disculpe señoría. Bien, como decía, a través de la citada fábula, mi cliente, y lógicamente toda su especie, arrastra durante generaciones la lacra de una etiqueta absolutamente injusta. La cigarra es un animal eminentemente dado a la vida artística, más concretamente en su vertiente musical. A lo largo de los tiempos ha deleitado con su bello canto a todos aquellos que se han acercado hasta ella. De una forma absolutamente altruista han compuesto, generación tras generación, bellas melodías que, lejos de elevarlas a la gloria, y ¡gracias a una triste fábula!, las ha hundido como al más vil de los criminales.
–Abrevie señorita Conej –dijo el magistrado Lousen.
–¡Toda una especie calificada de gandula, molesta y holgazana! ¿Y porqué? Yo se lo diré señores y señoras, miembros del jurado, ¡por ser artistas! ¿Quieren realmente que, como ya sucedió en otros tiempos con otros artistas, no se las entierre en sagrado? Apelo a su sentido común. ¿Acaso hubiese sido justo calificar a lo largo de la historia a Mozart como un simple bohemio? Porque pueden ustedes decirme, ¿cuantos camiones descargó Mozart a lo largo de su vida?
–Le ruego que vaya finalizando su discurso –indicó el juez con cierto tono de impaciencia.
–Para finalizar esta exposición de hechos, les quiero rogar que piensen además en esa fábula con detenimiento. Una hormiga que trabaja durante todo el día sin prácticamente descanso, sin apenas derechos laborales, a las órdenes de una jerarquía superior que la domina y la utiliza para satisfacerse a sí misma; porque sepan ustedes que las hormigas, a diferencia de las cigarras, especie en que impera la libertad y la igualdad, son seres que clasifican a sus congéneres por clases sociales bien determinadas. Unas trabajan como esclavas mientras otras viven como “reinas”, y eso lo debe saber bien la señorita Queen…
–¡Protesto señoría! –gritó fuera de sí Laura Queen, clavando su mirada enrojecida en la esbelta figura de Elsa Conej, quien mirando hacia el jurado desatendía absolutamente la ira de su contrincante.
–¡Se admite la protesta!. Se lo he advertido señorita Conej. Antes de finalizar el juicio le indicaré cual es la sanción económica que “ha obtenido” por esta nueva falta de respeto ante este tribunal. ¡Retírese inmediatamente!
Elsa se apartó con sigilo del ángulo de visión del juez Lousen y se dirigió junto a su cliente. Orgullosa de su exposición miró a Laura Queen con cierto aire de desafío.
–Elsa has estado genial… pero me temo que tengo malas noticias.
–¿Qué quieres decir con malas noticias Laia?
–Mientras hacías tu brillante exposición me han hecho llegar esta nota.
–Déjame ver… ¡maldita sea!
–Habrá que dejarlo correr Elsa…
–No podemos abandonar ahora Laia, ¡de ninguna manera!
–¡Si no lo dejamos me matarán, lo dice muy clara esa nota! ¿Y si entregamos la nota al juez?
–Eso sería nuestro fin. Esas hormigas son muy listas, en especial Laura Queen, saben que si entregamos esta nota al magistrado, éste creerá automáticamente que es una estrategia montada por mi. Ya me imagino al juez : “Así que esta nota que leo literalmente –“O paras este juicio o eres cigarra muerta”- dice que se la han hecho llegar a su cliente en el transcurso del juicio. ¿Cree realmente señorita Conej que soy el juez más idiota del país?”. Créeme Laia, sería nuestro fin. Pero…cálmate, aún no está todo dicho.
–Su turno señorita Queen –indicó el juez Lousen
–Con la venia señoría. Señoras, señores, miembros del jurado…no seré yo quien entre en la dialéctica falaz y demagógica de mi colega, la señorita Conej. Su discurso demuestra a todas luces una falta de solidez manifiesta y es por ello que intenta basar su defensa en un feroz ataque al inmejorable modelo social de mi especie. Sin duda, el hecho de que sus antepasados fueran motivo de otra famosa fábula, en que por cierto no quedaron muy bien parados, genera en la señorita Conej un alto grado de animadversión hacia mi especie…
–¡Protesto señoría! –replicó Elsa desde su puesto en la sala.
–Se admite la protesta. Señorita Queen, le recuerdo que este juicio lo protagonizan dos partes bien definidas, absténgase de hacer alusión a “otras fábulas” o a cualquier antepasado no relacionado directamente con la causa que nos ocupa. Prosiga.
–Con la venia señoría. Como les decía, el modelo social de mi especie es, por su alto grado de efectividad, motivo de estudio desde tiempos inmemoriales. Una sociedad entregada a sus componentes, con una visión de equipo; cada uno de sus elementos, destinado en un módulo de producción es esencial en el perfecto engranaje de la vida de cada uno de los hormigueros. Un modelo de sociedad prácticamente único, en el que el trabajo, la solidaridad y el esfuerzo es un todo y en el que la “holgazanería” no tiene cabida.
–¡Protesto señoría! –replicó Elsa Conej–, la señorita Queen intenta confundir al jurado llamando “sutilmente” holgazana a mi representada.
–Se admite la protesta –indicó el magistrado Lousen–. Cíñase a lo estrictamente delimitado sin entrar en descalificaciones de ningún tipo. No vuelva a pisar terrenos que no debe o le aseguro que no le quedarán ganas de encontrase ante mí en el futuro. Prosiga y sea breve.
–Disculpe señoría. Para finalizar señoras y señores, miembros del jurado, me gustaría que todos y cada uno de ustedes reflexionase sobre qué tipo de sociedad sería aquella en que se venerase a quien, en nombre del “arte” llevase una vida absolutamente improductiva, y se castigase a quien trabaja incansablemente a favor de “sus hermanos”. ¿Podría esa sociedad “comer arte”? La respuesta está en ustedes y la responsabilidad en su veredicto. Es todo, muchas gracias señoría.
—Llega el momento de que llamen a declarar si lo creen oportuno señoras letradas –dijo el magistrado señor Lousen dirigiéndose a las señoritas Conej y Queen.
—No llamaré a nadie al estrado –indicó con rotundidad la abogada Queen.
—Con la venia señoría, yo llamo al estrado a la hormiga obrera señorita Kram.
De entre la multitud, una pequeña hormiga con muletas, se encaminó con dificultad hacia el estrado ante la insidiosa mirada de la representante del colectivo de las hormigas y de su inseparable abogada Laura Queen.
—Señor Centpeus proceda. –indicó el magistrado Lousen.
—Como mande señoría. Señorita Kram, ¿jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? –preguntó con severidad el señor Centpeus.
—Lo juro –contestó la hormiga sin apenas levantar la vista del suelo.
—Proceda señorita Conej –indicó el magistrado
—Con la venia señoría. Dígame señorita Kram, ¿cual es su cometido en el hormiguero?
—Hasta hace unos meses mi cometido era recoger lo que mis compañeras transportaban hasta la puerta de acceso al hormiguero y distribuirlo entre los distintos almacenes.
—¿Y después de esos meses señorita Kram?
—Después me encomendaron la labor de adiestrar a otras compañeras más jóvenes para hacer esa labor, como a modo de instructora, hasta el día del accidente…
—¿Qué sucedió exactamente el día del accidente señorita Kram?
La hormiga bajó la cabeza y se llevó las manos a la frente como un gesto de sufrimiento.
—Señorita Kram conteste a la pregunta –indicó el magistrado.
Levantando la cabeza y mirando fijamente a Elsa Conej prosiguió. –Como otros muchos días, y sin que nadie lo supiese…paré unos minutos a leer un manual de música que tenía oculto en la galería.
—Aún a sabiendas de que eso está terminantemente prohibido para una hormiga obrera como usted, ¿no es cierto? –indicó con ironía la letrada señorita Conej.
—¡Protesto señoría, la abogada intenta hacer creer a este tribunal que entre nuestro pueblo se utilizan represiones de una forma totalmente infundada…
—¡Silencio señorita Queen! Se deniega la propuesta, -indicó el magistrado. –Prosiga señorita Conej.
—Como decía, usted paró a leer aquel manual sabiendo que estaba ¡prohibido!
—Así es.
—¿Y que sucedió después?
—Apenas había comenzado a hojearlo, cuando de repente oí pasos de varias compañeras que se dirigían hacia la galería en que yo estaba. Pensé que no me daría tiempo a ocultar el libro y me puse muy nerviosa, tropecé con unas cáscaras y empecé a rodar por la galería…
—Con el resultado de diversas contusiones, una pierna rota y una amonestación de por vida según consta en el parte que usted misma me entregó y que solicito que se incluya como prueba señoría.
—Que conste en acta –afirmó el juez Lousen.
—Pues ya lo ven señores y señoras del jurado –prosiguió Elsa Conej dirigiendo su mirada hacia todo el colectivo de hormigas congregado mientras la pobre hormiga Kram se derrumbaba y lloraba desconsoladamente. –esto es lo que fomenta el maravilloso mundo de las hormigas, trabajo, trabajo y más trabajo de unos pocos a los que ni siquiera se permite que lean o que dirijan su mirada hacia alguna forma de arte. Este es el resultado, infelicidad, frustración y castigo. No haré más preguntas señoría.
Mientras la señorita Kram se retiraba, Laia pudo comprobar, atónita, como las hormigas que la acompañaban eran las mismas con las que mantuvo la discusión el día de la coctelería.
—Genial Elsa —dijo Laia mirando a Elsa con cara de satisfacción —por cierto—prosiguió, —el día de la discusión de la coctelería…
—Elemental querida Laia –contestó velozmente Elsa. –Aquellas hormigas querían poner en evidencia su sistema de trabajo y sus condiciones de vida, así que pensaron que la mejor manera era que quien desenmascarase a su pueblo fuera precisamente el pueblo del que se habían reído durante décadas.
—Realmente genial. Me siento utilizada pero espero que todo esto valga la pena.
—¡Visto para sentencia! —dijo el juez Lousen dirigiéndose a la sala. —Que el jurado se retire a deliberar. A las cuatro en punto se reanudará la sesión para que nos comunique su conclusión —afirmó con contundencia.
Justo a las cuatro de la tarde el juez señor Lousen y su secretario señor Centpeus hicieron acto de presencia en la sala, seguidamente lo hizo el jurado. En la sala reinaba un silencio absoluto.
—¿Tienen ya el resultado de su deliberación?—preguntó el magistrado dirigiéndose hacia el jurado.
—Así es señoría—contestó levantándose de su asiento la loba en su calidad de portavoz.
—Proceda pues.
—Con la venia señoría. Habiendo escuchado a las partes, a los testigos y tras una larga y compleja deliberación este jurado establece: en primer lugar, ordenar al pueblo de las cigarras a no reclamar a nadie en concreto ni a la sociedad en general que les sea entregado bien alguno y se les recuerda que si no plantan trigo no pueden esperar que se les regale el pan; en segundo lugar, y respecto de la especie de las hormigas, se impone la obligación de facilitar a todas las obreras cuatro horas libres al día y a proporcionarles los medios para que adquieran una mínima cultura así como la actividad artística que cada una de ellas elija—un gran murmullo recorrió la sala mientras la abogada señorita Queen se llevaba las manos a la cabeza, desesperada.
—¡Silencio en la sala!—gritó el juez Lousen—prosiga.
—Gracias señoría—prosiguió la loba— a los escritores…que decir de un colectivo dado a la frivolidad, a la vida digamos…poco seria, amigos del alcohol, de los excesos…
—¡Protesto!
—¿Cómo?¿Quién ha dicho eso?—preguntó el juez alzando la vista al cielo
—Soy yo señoría, el escritor.
—¿Qué diablos?¿Cómo que el escritor?
—Con la venia señoría, me parece que el jurado está transmitiendo una imagen del escritor poco ajustada a la realidad.
—¡Cállese de una vez!—gritó encolerizado el magistrado.—Sepa en primer lugar que yo ¡si! estoy de acuerdo con el jurado, en segundo lugar que considero absolutamente impresentable su incursión en este juicio, tomarse la libertad de inmiscuirse en este relato lo dice todo de usted y de su colectivo. Siga escribiendo y calle si no quiere que tome medidas muy severas al respecto. ¡Inaudito! ¡Prosiga el jurado!
—Como decía señoría respecto de los escritores, y dado que nada hay que se pueda hacer con ellos, este jurado ordena a toda la población que juzgue con absoluto rigor y objetividad todo lo que lean y que analicen las consecuencias y los intereses que promueven los escritos. Es todo señoría.
—Señoras, señores, miembros del jurado, se levanta la sesión.
De vuelta a su despacho el magistrado señor Lousen dirigéndose al secretario preguntó intrigado:
—Por ciento señor Centpeus, ¿quién es el capullo que escribe y que se ha permitido el lujo de meterse en el juicio?
—Conrado Sánchez Ródenas señoría.
—Ahora me lo explico todo. Hasta mañana señor Centpeus.
—Hasta mañana señoría.
Conrado Sánchez Ródenas
jueves, 8 de octubre de 2009
El Manuscrito
El hallazgo fue casual. Javi había adquirido el volumen en un puesto de libros antiguos del mercado de Els Encants, donde solía acudir a menudo a pasear su atención por la heterogénea maraña de objetos que, desparramados, poblaban las diferentes paradas. Ese concierto de cosas de tan diferente naturaleza siempre le atrajo con una fuerza misteriosamente intensa, acercándole ecos de su infancia: un desván atestado de hallazgos, un palomar, un mapa del tesoro enterrado al pie de una olorosa higuera.
Javi había estudiado literatura clásica en su juventud, aunque los avatares de la vida le habían llevado a dedicarse a ocupaciones que poco tenían que ver con las letras. Unos años antes había aprobado una convocatoria de plazas de personal de información en el aeropuerto del Prat, y desde entonces consumía su vida viendo pasar a apresurados pasajeros, empleados soñolientos y sonrientes tripulaciones que caminaban al unísono con paso decidido. Se limitaba a ver transcurrir las vidas ajenas desde el sopor mortificante de aquella trinchera que era el mostrador de información. Imaginaba con frecuencia cómo podría haber sido su propia vida de haberse dedicado a escribir o incluso, por qué no, al negocio editorial. A veces la veía transcurrir ante sus ojos, inevitable e incuestionada: una vida feliz. La veía pasar igual que veía pasar a sus desorientados pasajeros, ajena a su propia presencia, buscando la puerta de embarque que le conduciría a una nueva etapa, caminando siempre hacia adelante. Caminando. Javi siempre albergó el deseo secreto de ser escritor pero, consciente de su naturaleza indisciplinada y dispersa, jamás fue más allá de garrapatear cuatro líneas de intimidades dirigidas a algún lector imaginario ⎯que era, en realidad, él mismo⎯. Quizás esta inconfesa frustración junto a una irrefrenable atracción por los objetos singulares y antiguos, que percibía mudos testigos de historias anónimas, fueran las razones por las que acabó aficionándose a los libros antiguos. Una afición que poco tenía del rigor del coleccionista estudioso y bastante más de pasión por el hallazgo fortuito; una afición que le arrastraba a acumular cuantos volúmenes le caían entre manos, libros de todo género y procedencia; la única condición era que fuesen lo suficientemente viejos como para transmitir un cierto palpitar del tiempo y de la Historia.
Cuando topó con aquel ajado ejemplar de la Odisea, Javi no podía imaginar la sorpresa que había de depararle. Odiseo, héroe de fortaleza y voluntad inquebrantables, juguete del destino y a la vez paradigma de la superación humana. Recordó la época en que lo leyó por primera vez, y le pareció tan distante como una vida anterior. Mucho había cambiado él, quizás tanto como lo había hecho la literatura desde Homero. Ya no había Ítacas, ni tampoco había una Penélope esperándole. Tomó el libro y empezó a hojearlo distraídamente, limitándose a sentir su dimensión física, recreándose con parsimoniosos dedos en la aspereza de aquellas hojas amarillentas. Sin completar la inspección, pagó y se lo llevó en una bolsa de plástico. No fue hasta que llegó a casa que vio las cuartillas manuscritas asomando entre sus páginas. Las tomó y comenzó a leer. La letra era menuda. El texto decía así:
«LA FUGA
En mi cárcel estoy, acurrucado en un rincón, soñando despierto como tantas otras veces. Sueño con mi fuga ansiada, anhelada, mil veces planeada y otras mil desechada, querida libertad tras mis barrotes de acero. Aquí negrura, silencio y un tic-tac eterno, como de reloj de pared, en una velada interminable de invierno; allá luz, ruido, sonrisas dulces, letanía de acordes de una guitarra alegre, murmullo de la juventud, aroma de primeros y segundos amores. Y en medio mis barrotes y mi grueso muro levantado a conciencia con miedo y ladrillos, que construí un día ayudado de la fatalidad y que hoy quiero y no puedo derribar.
Tres hurras por el maestro constructor, oiga usted, edificios de tanta solidez no se construyen desde hace doscientos años, piedra pura y argamasa, eso es, y no esos tabiques de hoy en día que parecen de cartón piedra. Disculpe buen hombre, pero está usted equivocado, no es argamasa lo que aquí cohesiona, sino pura desesperación fraguada con esmero y paciencia. Además, un buen constructor ciertamente habría reservado hueco para una puerta, como es natural, para conceder libertad al futuro inquilino de entrar y salir a su libre albedrío. Fíjese que yo no sólo he olvidado la puerta, sino que además me he quedado dentro al finalizar la obra, gravísimo despiste que habría de condenarme a inciertos años y un día de reclusión mayor, que es demasiada condena para tan inocente desliz.
Mil veces, digo, he pensado en la fuga. Pero, ¿cómo acometerla? ¿Cómo doblegar los barrotes con mis manos desnudas? Quizás sea mejor idea abrir un agujero y deslizarme a través de él, dejando atrás miedo y ladrillos, tarea por otro lado ingente, inconmensurable, que habrá de llevarme numerosos años, quizás toda una vida. Pero pocas opciones tiene el reo, dos en realidad: sucumbir ante la idea de tan ardua y paciente tarea, tan necesitada de constancia y voluntad para su consecución, y resignarse, aceptar su confinamiento y renunciar al barullo de la vida, dejando su sed de experiencias vitales por calmar, sus ansias de comunión con los demás por aplacar, su corazón por ocupar; o bien armarse hasta los dientes de valor, fuerza y paciencia, armas complementarias que debe forjar en su interior, que debe hacer brotar de sí mismo, y cuya conjunción mágica y sinérgica hará surgir la luz de entre las tinieblas, única llave que abre la celda: la llave del amor.
Vaya por Dios, ahora va a resultar que sí que había puerta, qué le parece, tan sólo hay que encontrarla y abrirla, como si fuera una tarea fácil con lo condenadamente escondida que está. Me quejo con esa amarga ironía, queja por otra parte natural, pues la súbita revelación de la existencia no sólo de una vía de escape escondida, sino además de la llave para abrirla, escondida en bruto en mi interior, me traslada poco a poco del natural escepticismo inicial a una creciente vergüenza por no haber sido capaz antes de tan significativo hallazgo.
Y esa vergüenza, que ahora empieza ya a menguar, va dejando al descubierto, lenta pero inexorablemente, la esperanza luminosa que me proporciona el saber que la decisión ya ha sido tomada.
Javi Girón»
Pese al tono romántico y un tanto afectado de la prosa, Javi se reconoció en aquellas líneas y también en aquel nombre. No era su propio apellido, o quizás sí lo era en alguna parte, en alguno de esos lugares donde habitan los sueños. El caso es que al pronunciarlo de corrido, junto con el nombre de pila, algo que no acertaba a identificar se le removía en la memoria y en el corazón. Algo aletargado pero vivo.
Al día siguiente se acercaba de nuevo al puesto de Els Encants. Saludó al vendedor, que era el del día anterior, y le interrogó acerca de la procedencia del libro. Aquél se encogió de hombros y se excusó, aunque un momento después pareció acordarse de algo y detuvo con un gesto a Javi, que ya giraba sobre sus talones. Sacó una libreta y consultó unas páginas sucias y llenas de tachones. Después de unos segundos, le mostró la libreta a la vez que señalaba un nombre. Librería París. «Pregunte aquí. De vez en cuando nos traen alguna caja con libros usados y se los compramos a peso. Calle Calabria, 195».
No le costó mucho encontrar la librería. Un sinfín de volúmenes abigarraban las estanterías de las paredes. Había libros por todas partes. Notó que le afloraban, apremiantes, las viejas ganas de cagar que siempre le asaltaban al entrar en lugares de esa naturaleza. Lugares pequeños y atestados de cosas. Como cuando era niño, en el desván de su abuela. Siempre se preguntó por la explicación de tan misterioso mecanismo, que conectaba secretamente cosas heterogéneas como el esfínter y el contenido de una habitación. Dejó pasear su mirada por los lomos de los libros dispuestos en las estanterías mientras, bajo la chaqueta, sus dedos acariciaban la áspera celulosa de las páginas del manuscrito.
El dependiente era un hombre ya entrado en años y ligeramente cargado de espaldas; lucía una perilla blanca cuidadosamente recortada. Su mirada era penetrante, casi ofensiva, y contradecía a una amplia sonrisa. No obstante, sus ademanes eran pausados y hacía gala de una cuidadosa cortesía.
⎯ Parece usted de los que buscan algún secreto oculto. ¿En qué puedo ayudarle? ⎯dijo.
Javi le explicó el motivo de su visita y le alargó el libro. Omitió deliberadamente todo lo referente al manuscrito. El librero se acercó a los ojos unas gafas que le colgaban del cuello y lo inspeccionó detenidamente.
⎯ ¡Vaya, el inefable Homero! Dicen que era ciego, y también que iba por ahí pidiendo limosna. Quién lo hubiera dicho del gran poeta, ¿eh? Y bien, ¿qué le ha parecido?
La pregunta cogió algo desprevenido a Javi.
⎯ Leí la Odisea hace ya muchos años ⎯replicó⎯. En realidad me interesa más la historia del ejemplar en sí. Como le digo, podría haber estado en su librería hace tiempo. ¿Lo reconoce usted?
⎯ Pues no estoy seguro. Se hará usted cargo de la cantidad de libros que pasan por nuestras manos. ¿Se ha fijado en si tiene alguna particularidad digna de mención? ¿Alguna marca, alguna nota escrita? Odiseas hay muchas, como muchas son las Ítacas.
Su forma de hablar era meliflua y algo afectada, y empezaba a resultarle irritante. Parecía algo nervioso. Javi dudó un instante, y después dijo:
⎯ No en el propio libro, pero encontré entre las páginas un par de hojas escritas. Firmadas por un tal Javi Girón. ¿Le dice algo ese nombre?
El librero le miró durante unos segundos con expresión divertida. A Javi le parecieron una eternidad. Al fin dijo:
⎯ ¡Qué interesante! Está usted jugando a detectives… ⎯y añadió: ⎯ ¿No llevará encima esas hojas?
Javi sacó el manuscrito y se lo mostró. El librero lo tomó con lentitud, sus ojos clavados en los de él.
⎯ ¿Le importa si lo leo?
Javi se encogió de hombros y el otro, manifestando una alegría que no parecía sentir, añadió:
⎯ ¡Fantástico! Por favor, acompáñeme dentro. Estaremos más cómodos.
Le hizo pasar a una estancia interior en la que no había reparado antes, quizás porque a ella se accedía por una estrecha puerta situada en una de las paredes laterales del local. Dentro había una mesa con dos sillas. El librero le señaló una y se sentaron uno enfrente del otro. La luz de una lámpara que colgaba del techo teñía la pequeña estancia de un amarillo estridente, eléctrico. Las facciones del librero se agudizaban bajo aquella luz dura que caía a plomo sobre su cabeza, ligeramente inclinada hacia adelante por la lectura, y que convertía las cuencas de sus ojos en dos agujeros de oscuridad casi impenetrable. Javi miraba aquella cara y se preguntó si no conocía ya a ese hombre. De hecho ya le había invadido antes una vaga sensación de reconocimiento, pero la había desechado al atribuirla a un parecido con alguien que acaso no recordaba. Sin embargo, mientras le observaba bajo la luz de aquella lámpara casi tuvo la certeza de que realmente se conocían de algo.
En una de las esquinas había una silla de ruedas. Estaba plegada y apoyada en la pared. Mientras se preguntaba vagamente a quién pertenecería, su mente se disolvió en pensamientos remotos. Pensó en un avión que despegaba rumbo a un cielo gris, y también en una biblioteca infinita que contiene todos los libros del mundo.
De pronto, como volviendo en sí, Javi lo reconoció. Se levantó de la silla con sobresalto.
⎯ ¡Un momento! ¡Usted es el pasajero de anteayer! El del vuelo a Madrid, ¿no es verdad?
La boca que estaba bajo los dos agujeros negros esbozó una leve sonrisa. El librero levantó despacio la cabeza y sus ojos salieron de nuevo a la luz, incisivos como cuchillos.
⎯ Muy bien, Javi. Tienes buena memoria. En efecto, soy el pasajero del otro día. Pero también soy alguien más, ¿no te parece?
⎯ ¿Cómo que alguien más? ¿Qué quiere decir? ⎯Javi clavó de nuevo sus ojos en la silla de ruedas y, perplejo, acertó a añadir:⎯ Por cierto, ¿qué ha sido de su parálisis? Yo le ayudé en el embarque… Aquella es su silla de ruedas, ¿no es verdad?
El librero adoptó una expresión suavemente condescendiente, casi suplicante. Como si escogiese meticulosamente cada palabra, dijo muy despacio:
⎯ No, Javi, no es mi silla de ruedas. Es la tuya.
No supo muy bien si era por la punzada de pánico que le laceraba el pecho, o porque súbitamente la silla pareció moverse ⎯aunque quizás era la pared la que se movía⎯; lo único que sabía era que de pronto todo había perdido su solidez, su lugar incontestado en el mundo. Ese extraño recodo interior se le volvía a agitar, ahora con una fuerza descontrolada; se expandía dentro de él, anegando su ser de fragmentos de imágenes y de lejanas vaguedades que habían de convertirse en certezas. Sintió cómo le flaqueaban las piernas, y buscó con desesperación algún lugar donde asirse. De repente se vio recorriendo a velocidad de vértigo aquella biblioteca de su imaginación, atravesando una tras otra sus innumerables salas hexagonales, dejando atrás anaqueles y anaqueles, libros y libros, mientras en un inesperado soplo de lucidez se preguntaba por un instante cómo sería poder abarcar a la vez todos aquellos textos y retenerlos en una sola mente, y mientras su propia mente sentía acercarse, a ritmo cada vez más acelerado pero todavía a centenares de miles de anaqueles de distancia, la sala definitiva que en vez de libros contenía todas las certezas.
En efecto, aquella sala llegó, y no era hexagonal sino rectangular, porque era la sala de la librería. Y hubiese sido exactamente la misma sala si hubiesen podido negligirse algunos nuevos detalles que, bien mirado, siempre estuvieron ahí. Detalles como que la silla apoyada en la pared ya no era de ruedas sino de patas convencionales, que el librero no era un librero sino un doctor ⎯su doctor⎯, o que aquello no era una librería sino el hospital municipal. Sin embargo, en esencia la sala era la misma y, por ello, los elementos que contenía eran los mismos: dos personas, una mesa, dos sillas convencionales, una silla de ruedas. Esta última certeza se le reveló a Javi como un mazazo, y le hizo ser consciente del mecanismo de trueque de que su mente se había valido para intentar alejarle de la inquietante verdad. No habría, por tanto, sido necesario bajar la vista para tropezar con su propio cuerpo impedido reposando en la silla de ruedas. No habría hecho falta contemplar su patética inutilidad para recordarlo todo. Pero ya lo había hecho, y lo que vio le acercó a la materialidad de su propio cuerpo y, extrañamente, le sirvió para reconciliarse un poco ⎯sólo un poco⎯ con la realidad que su mente había intentado hacerle olvidar: que desde hacía un par de semanas era un paralítico, un tullido, y que lo que le quedaba de vida no sería más que un océano de soledad sin tierra a la vista. Su vida anterior, su trabajo en el aeropuerto, su Penélope; todo eran retazos muertos, jirones de una vida desgarrada, gotas de lluvia evaporadas en un cielo gris.
«Tranquilízate», le dijo el doctor, «Creo que has tenido una alucinación. A veces pasa; son los tranquilizantes». Su perilla blanca, cuidadosamente recortada, se movía bajo los vaivenes de su sonrisa amable. Le devolvió los papeles. «¡Bravo, Javi, es muy bueno!», le dijo, «Creo que es una gran idea que escribas. Te hará mucho bien».
Eso creía él. Había llegado el momento de pasar a la acción, de una vez por todas.
Curso 'El relato y su Construcción'
sábado, 11 de julio de 2009
A MI NO ME GUSTA QUE MAMA LLORE
He estado muchos días, mamá dice que meses. Mamá también lo ha pasado mal, muy mal. Ha llorado mucho. A mi no me gusta que mamá llore.
No me acuerdo bien…pero me parece que la primera vez que oí llorar a mamá fue aquel día al volver conmigo del médico; hablaba por teléfono, creo que con la abuela, le contaba cosas que no entendí bien, pero creo que hablaba de mí. Yo no quiero que mamá llore por mi.
Pero lo mejor es que ahora ya no tengo que volver; puede que algún día, pero sólo de visita. Me gustaría volver para ver a mis amigos, como hizo Pol el día de su cumple; vino sólo ese día para hacer una fiesta con muchos globos y chuches, porque él ahora ya puede comer chuches. ¡Que bien lo pasamos aquel día!. Y eso que yo, con el tubo de la garganta casi no pude comer chuches.
Ahora no sé si podré comer chuches, pero no me importa, a mi lo que más me gusta es el chocolate. Antes de estar en el hospital, mamá muchos días me dejaba comer chocolate. Pero después, Miriam, la médica, reñía mucho a mamá si me daba aunque sólo fuera un poquito. A mi no me gusta Miriam. Cuando viene a verme siempre apunta cosas en su libreta. Miriam me da miedo. Bueno ella no, pero es que a veces viene y me pincha. A mi no me gusta que me pinchen.
Me gustaría volver para ver a Rosa y a Clara. Rosa y Clara son las mejores enfermeras del mundo. Me quieren mucho. Yo también las quiero mucho. Muchas veces, después de vomitar mucho rato, me dan besos y me hacen un masaje en la barriga. A mamá también le dan besos, porque mamá llora. A mi no me gusta que mamá llore.
Rosa y Clara son muy divertidas. Alguna vez, cuando se me empezó a caer el pelo, me ponían una fregona en la cabeza y nos reíamos un montón. Mamá también se reía. A mi me gusta que mamá se ría.
Hoy también está papá, tenía ganas de verlo. Al hospital ha venido algún día a verme. Siempre me llama por teléfono. Me llama “campeón”. Mamá dice que vive lejos y que por eso viene poco; a mi me parece que esa novia nueva no le deja venir a verme. No me gusta esa novia nueva.
Hace días que no viene mi abuela. Mamá me ha dicho que está un poco enferma y que por eso no viene. Seguro que está muy enferma y mamá no me lo dice, porque antes venía cada día y ahora no. Podría llamarme por teléfono como papá, ¿no?. Le dije un día a mamá que, si estaba enferma, porqué no venía al hospital conmigo; pero mamá dice que el hospital de niños es sólo para niños. Yo pensaba que ella estaría más contenta si estaba aquí, conmigo, pero ya no se lo digo a mamá porque entonces ella se pone triste. A mi no me gusta que mamá esté triste.
Ayer, cuando me dijeron que hoy me marchaba me puse muy contento. En cuanto llegó mamá se lo dije. ¡No se lo creía!. ¡Me lo ha dicho la señora de blanco mamá!, pero nada, que no se lo creía.
¿Ves como no lo había soñado mamá? ¡Aquí está la señora de blanco que te decía!
Todo está lleno de flores.
Ya no me duele nada mamá.
No me gusta ese vestido negro que se ha puesto hoy mamá.
A mi no me gusta que mamá llore.
jueves, 9 de julio de 2009
RETRATOS
Les son necesarios los dioses”
Homero
Aquellos ojos fríos no cesaban de mirarlo.
Místicos e inertes, pétreos y también penetrantes le encajaron la mirada, haciéndolo salir de aquel mundo de letras en el que se encontraba inmerso.
Estaba leyendo tranquilo en su estudio, sentado en su sofá preferido cuando sintió esos ojos muertos llenos de vida violar su intimidad.
Era ese cenicero que su abuela le había regalado aún en vida. Encajaba a la perfección en aquel extravagante mundo que era su estudio. Una replica del gigantesco monolito de La Coyolxauhqui adorna su entrada. Estanterías rebosantes de libros recubren las níveas paredes del lugar. En la esquina derecha una efigie del Buda Shakyamuni, tallada en madera de la India, permanece serena e imperturbable. Pilas y pilas de libros acomodados inmaculadamente en el suelo forman torres inamovibles que traen a la memoria antiguos castillos feudales, y a manera de remate, como fieles custodios de esas torres, una vela aromática por aquí, otra más por allá. Un globo terráqueo viejo y desgastado, dejado a su suerte por algún Atlas no tan titánico, encuentra reposo en el escritorio de Camilo. Un Quijote de tamaño natural tallado en madera de Morelia, por aquí. Una Biblia abierta casi al final, mostrando la representación de “La Última Cena” del maestro Leonardo, por allá.
Fotos por todos lados también. Al fondo de su estudio, el “Deluge” en formato original que el mismo La Chapelle le obsequió tiempo atrás.
Pero aquellos ojos no cesaban de mirarlo.
Era un elefante de marfil del tamaño, talvez de un gato. Inmaculado. Sin edad. Un elefante con un orificio cóncavo en su lomo que hacía las veces de cenicero.
Era un cenicero de elefante.
-¿Porqué tienes un cenicero tan grande si tú no fumas abuelita?- Le había preguntado Camilo muchos años atrás.
-Eso parece, ¿verdad?- Le contestó la abuela.- Pero no es un cenicero común y corriente como el que usa tu mami. No es para poner colillas de cigarros ni mucho menos la ceniza de éstos. Es especial mijito. Es para depositar secretos, y si te sabes ganar su confianza te compartirá todos los que él sabe-.
De chico, su madre solía llevarlo todos los domingos después de misa a casa de su abuela mientras ella atendía asuntos diversos: comprar la despensa, terminar algún reporte semanal para entregar en la oficina a primera hora del lunes, conectarse a la televisión un par de horas o simplemente darse un merecido descanso lejos del hogar, del trabajo y de Camilo.
Odiaba la manera en que la vieja loca de su suegra envenenaba la mente del pobre de su hijo con sus seniles incoherencias.
-Dice mi abuelita que el mundo se echó a perder desde el día en que papá sol mató a mamá luna- Le contó Camilo a su madre un día, durante el camino de regreso a su casa, cuando ésta dijo algo acerca del caos reinante en la ciudad.
Una tarde, llegó Camilo como de costumbre a visitar a la abuela. Llevaba tiempo que hacía postrada en cama debido a una osteoporosis ya avanzada e invalidante, con la que cargaría hasta el día de su muerte.
A él le encantaba pasar las tardes en la habitación de su abuela. Era como estar en un museo.
Sobre su escritorio había incontables libros de toda clase apilados uno encima de otro. Nuevos, viejos, desojados y despastados. Leídos y releídos. Un busto del Quijote, de papel maché, se asomaba sobre la pila más alta. Rematando cada pila, una vela aromática. Las de coco eran sus favoritas.
Sobre la mesita de noche, un florero con deliciosas casablancas aromatizaban la habitación. En su pared izquierda, un Cristo bellamente trabajado en cerámica colgado de una cruz de madera negra parecían sostenerse del tiempo mismo; y justo por debajo de ésta, una representación de ” La Última Cena” trabajada en cerámica también. Decenas de fotos ocupando portarretratos de diversos materiales colgaban de las paredes. Una pintura de trazos deformes y plagada de colores vívidos, chillantes y difusos adornaba su cabecera. En su esquinero de repisas había más libros, velas y fotos. En la repisa central la figura tallada en madera de Prajñaparamita: la perfección de la sabiduría: Buda, madre de todos los Budas.
En la última repisa, un enorme cenicero del tamaño, talvez de un gato, de marfil puro, radiante y con la graciosa forma de un elefante custodiaba vigilante y eterno la habitación.
Esa tarde, Camilo llegó a casa de su abuela con humor sombrío.
-¿Qué pasa mijito? ¿Estás enojado?- preguntó la abuela.
Camilo refunfuñó, frunció el entrecejo y se cruzó de brazos.
Luego dijo que no entendía nada de dios. Dijo que, más bien, no entendía cómo ni porqué existían tantos dioses falsos ni porqué la gente los adoraba ni porqué dios había hecho un lugar tan feo como el infierno para castigarnos a todos y principalmente a toda esa gente que seguía a esos dioses malos y falsos.
-¿Quién te ha dicho eso mi amor?-preguntó la abuela.
-El padrecito lo dijo hoy en su sermón abuelita. Y dijo un montón de nombres de dioses raros que yo nunca había escuchado y dijo que el Papa había dicho que el infierno “¡sí existe y que es eterno!”.
¿Quiénes son esos dioses abuelita? No entiendo. ¿Es mala la gente que cree en otros dioses? Dime. ¿Esa gente se va al infierno?-.
La abuela acarició la cabeza de su nieto y luego con su mano, arrugada por lo años y suavizada de amor, acarició la cabeza del pequeño Camilo.
Luego palmeó su mejilla derecha con ternura un par de veces y le dijo:
-Camilo, Camilo, mi niño.
Te voy a contar una historia y quiero que me pongas mucha atención.
¿Recuerdas lo que te dije una vez de mi elefante de marfil?
-Sí abuelita- e inmediatamente el niño volteó a la derecha en donde el cenicero impoluto y radiante yacía inamovible en la última repisa del esquinero. Luego volteó hacía su abuela,-¿y eso qué tiene que ver?- le espetó desconcertado.
-Pues él me ha contado un secreto- dijo la abuela- y hoy te lo voy a contar a ti-. Y le pidió que lo trajera a la cama y lo pusiera en su regazo.
Camilo lo hizo con cuidado y ceremoniosamente lo colocó entre los brazos de su abuela. Luego se sentó a su lado.
-Hace mucho tiempo, este cenicero que ves aquí, fue un elefante de verdad, él mismo me lo contó y un puñado de ciegos, venidos de una tierra de ciegos, fueron conducidos a él, con la esperanza de poder conocer, tocar y saber cómo era El Elefante. Así pues, al llegar al lugar indicado y al estar en su presencia se dispersaron en torno a él y cada uno de los ciegos, rodeando al magnifico animal, comenzó a palpar una parte diferente de su colosal cuerpo. Estaban atónitos y embelesados. Unos tocando la pierna, otros la enorme trompa. Otros, la delgada y peluda cola. Unos más, los colmillos. Uno, el más tímido de todos, ni siquiera se acercó, y al escuchar su fuerte estampido, corrió despavorido.
De vuelta en la tierra de los ciegos, los otros, que también eran ciegos, les preguntaron cómo era El Elefante.
Los que tocaron las piernas afirmaron: “El Elefante es fuerte y duro. Ancho y grueso como una gran palmera, en la cual, se sostiene el mundo”.
Los que tocaron la trompa dijeron: “Eso no es cierto. El Elefante es una gran manguera arrugada con dos orificios al frente por donde surge la vida”.
Los que tocaron la cola enfurecieron: “Ustedes mienten,- dijeron- El Elefante es una cuerda, no tan larga, no tan corta; suave y con cabellos en su punta con los que el mundo se viste de belleza.”- Afirmaron estos.
Entonces hablaron los que tocaron los colmillos: “¡Ninguno de ustedes sabe lo que está diciendo! Nosotros hemos atestiguado su verdadera grandeza. Nosotros hemos comprobado que El Elefante es sólido como la roca. Suave y frío como el agua. Y es puntiagudo como una espada y de un filo casi letal que nos protege a todos de nuestros enemigos.”
Para cuando terminaron estos últimos, un murmullo ensordecedor envolvía el lugar.
Habló entonces el ciego tímido: “Yo no sé si ustedes tengan razón- dijo- pero El Elefante es un ruido estruendoso, ensordecedor y escandaloso, que hace que se cimbre la tierra, que los cielos se rasguen y lloren a cantaros, que hace a los astros enloquecer, a los volcanes escupir fuego y que despierta con su fuerza la vida en la tierra.”
Y entonces comenzó la discusión.
Era un griterío insoportable. Todos gritaban. Nadie escuchaba.
Todos decían tener razón. Nadie quería estar equivocado.
Todos decían decir la verdad. Afirmaban que los demás, no.
Fue todo un pandemonio.
Así pues, cada cual tomó un camino distinto, guiando a los ciegos que había podido convencer tras de sí. Y se separaron. Y nunca supieron que todos ellos tenían razón, pues únicamente habían podido palpar una ínfima parte del enorme cuerpo de El Elefante. Todos pues, dijeron la verdad. Alegórica, pero al fin y al cabo la verdad.
Camilo comenzó a rascarse la cabeza y frunció el entrecejo.
-Todos esos dioses que mencionó el padrecito son el pilar de algunas religiones. Las religiones Camilo son maneras de explicar el origen de la vida y el universo. Son “verdades alegóricas”. Nada más. Forman parte de un todo. De una fuerza creadora que va más allá de nuestros límites y nuestra imaginación. De esa fuerza que permite que el
milagro de la vida sea posible. El hombre a lo largo del tiempo le ha dado forma, esculpido cuerpo y dibujado rostro. Le ha llamado de mil y una formas. Pero al final de cuentas es la misma fuerza creadora, la misma energía suprema, el mismo dios: el mismo “elefante”, y la humanidad somos esos ciegos, que afanosos de contestar preguntas sin respuesta: de explicar lo inexplicable, hemos querido abarcar algo tan grande y tan fuera de nuestro alcance que solamente hemos tocado una mínima parte de ese todo. De ese dios. De ese “elefante”. Y todos vemos lo mismo, o mejor dicho, “tocamos lo mismo”, sólo que por diferentes lados y cada quien lo explica como puede.
Del infierno, no te puedo decir mucho. Salvo que estoy convencida de que no existe después de la muerte. Realmente no creo que exista un dios que si con tanto amor nos creó sea capaz de mandarnos por toda una eternidad a un lugar tan horrible de tormento y de castigo como es el que dice Dante haber visitado.
¿Sabes lo que creo mi amor? El infierno lo vivimos aquí en la tierra y lo creamos nosotros en base a nuestras propias decisiones.
No hay una religión buena o mala, que sea la única y la verdadera.
Está en cada persona el decidir en que quiere o no quiere creer.
Ése fue el regalo más grande que se nos pudo dar, la capacidad de discernimiento, de elección: el “libre albedrío”.
No hay ningún dios que premie o castigue por lo que hacemos o dejamos de hacer. Lo que sí, todos somos responsables de nuestras decisiones y actos, y esclavos somos de las consecuencias que de ellos se derivan.
No son premios, recompensas, castigos o maldiciones las que después nos vienen. Son simples consecuencias…
No lo olvides mi niño.-
Camilo permaneció en silencio. Se frotó los ojos y luego preguntó:
-¿Abuelita, que son las “veredas alergólicas” y a qué sabe el “pan del demonio”?-.
La abuela soltó una carcajada y comenzó a hacerle cosquillas al pequeño. Luego lo abrazó y besó su cabeza. Después lo miró a los ojos y le dijo:
-Algún día, cuando crezcas, tendrás que decidir que quieres y que no quieres creer mi amor-.
El niño, aún con la sonrisa en los labios le contestó:
-Yo ya soy grande, ¿tiene que ser ahora abuelita?-.
-No mijito, por ahora sólo tienes que decidir…
¡DÓNDE TE HAGO COSQUILLAS!-.
Y lo revolcó en la cama picándole las costillas y la barriga.
Ahora, después de tanto tiempo, se encontraba Camilo mirando aquel cenicero del que su abuela le había hablado tantos y tantos años atrás. Se levantó de su sofá y se sentó delante de él.
Recordó aquella vieja historia que su abuela le había contado y movido por una fuerza ajena a su voluntad se levantó de un brinco y salió del estudio.
Al regresar, traía una camisa mal enrollada y la ató tras su nuca a manera de venda para cubrir sus ojos. Entonces posó sus manos en el cenicero de la abuela. Comenzó a recorrer con manos trémulas y dedos ansiosos, hito a hito, las formas del elefante. Lenta y pausadamente. Sintió sus huecos y comisuras. Su textura suave y fría. Sus curvas silenciosas también.
Y entonces sucedió.
Una risa prolongada y espontánea surgió de su interior. Y sonrió para sus adentros y también por fuera.
Aún con los ojos vendados, en un hilo de voz, y como quien se cuida de que nadie lo vea, volteó a un lado y luego al otro. Entonces se acercó al cuenco cóncavo que hacía las veces de cenicero en el elefante y susurró en el más profundo secretismo un par de palabras: Un secreto indecible para el mundo, y que sólo aquel elefante sería capaz de entender y también de guardar.
Después, aún con la sonrisa en los labios, se puso en pié y salió del estudio.
-Abuelita, cuando crezca, quiero ser como tú.
-¡¿Cómo?! ¿Quieres ser una viejita achacosa y arrugada, parlanchina y que cuenta historias locas y seniles?-.
-No abuelita.
Cuando sea grande, quiero aprender a ver el mundo como tú lo ves.
Laynet Miguel Palafox Gelover
México DF
04/ julio/09
“Binomio Fantástico: elefante-cenicero”
La bestia
Algunos ya estaban abiertos, como el de la Clínica de la Mujer DeKalb. Sacó el papel escrito a máquina que le informaba de su estado de gravidez y que listaba varios números: para consultas y ecografías, marque…para orientación y otras opciones, marque…pacientes sin seguro marquen… Volvió a guardarlo en el sobre. Tomó el cortapapel, un elefante esculpido en madera perfumada adquirido años atrás en un almacén en Chinatown y abrió el sobre que decía “Estado de Nueva York Seguro para Desempleados” y sacó el cheque de trescientos cincuenta dólares con que viviría esa semana. En la canasta quedaban dos sobres para Tell y algunas cuentas: uno idéntico al de Paula del “Estado de Nueva York” y otro de manila, grueso y pesado, con la dirección del apartamento que compartían escrita a mano, y la palabra “privado” escrita en letras regordetas de colegiala, con círculo sobre la “i” en vez de punto. Puso los sobres para Tell de lado y abrió las cuentas de la luz y del teléfono, que no eran altas, pero que disminuirían de por lo menos un tercio su ración de dinero para la semana.
Al oír pasos por las escaleras, Paula metió el sobre de la clínica entre su cartera. Los pasos se acercaron cada vez más a la puerta y una llave giró en la cerradura. Tell entró y la saludó con aquel tono mitad de distancia y mitad de entusiasmo anónimo que últimamente usaba con ella, dejándole un sabor impersonal del cual le era difícil reponerse, aquel resabio que le dejaban siempre las frialdades de los americanos cuyo instinto consistía en escoger lo práctico por encima de lo personal.
Te llegaron dos sobres.
El le agradeció y los tomó y sin decir palabra se dirigió al pequeño estudio donde tenía su escritorio. ¿Alguien llamó?, preguntó ya desde lejos. No, nadie, respondió Paula. ¿Cómo te fue?, añadió. Bien, contestó Tell y Paula escuchó que prendía su computador. Paula se paró del sofá y se asomó por la oficina. ¿Sabes quién soy? Al no obtener respuesta lo repitió en tono más golpeado, y sólo consiguió que Tell tuviera una reacción aún más americana y le preguntara si se sentía bien. No, no me siento bien, para tu información, espetó Paula dándose cuenta demasiado tarde que se había traicionado al usar esa expresión tan americana. Sin embargo, no logró captar la atención de Tell pues en ese momento recibió la llamada de un amigo y le rogó con la mano que si podía esperar, al tiempo que se dirigía de nuevo a la puerta de la calle.
Otra vez sola, Paula volvió al sofá y abrió su computador, un viejo portátil que heredó de la compañía en donde había trabajado como diseñadora gráfica hasta algunas semanas atrás. La señal que captaba de los vecinos era tenue y se interrumpía con frecuencia. Aunque estaba hastiada de las noticias que no hacían sino hablar de la reciente tragedia, no pasaba un día sin leer El Tiempo ni el New York Times. No podía evitar el sutil alivio que sentía al ver que la primera página del periódico de Colombia todavía le consagraba generoso espacio a la tragedia extranjera, y no se dedicaba exclusivamente la repetitiva cadena de violencia local de secuestros y masacres en pueblos alejados, puntuada por las entrevistas con reinas de belleza y actores de las telenovelas populares: las Torres Gemelas ganándole terreno a los titulares sobre fosas comunes descubiertas hace poco, o los apartamentos de los famosos en Bogotá, con su mobiliario moderno, su vista panorámica a la ciudad y a los cerros, y las guitarras reclinadas contra la pared.
Al perder la señal de Internet por la enésima vez, Paula trató en vano de abrir varias pantallas al tiempo. Todas, la del artículo sobre Al-Quaeda, la de los restos humanos de Ground Zero y la de la nueva señorita Bogotá se abrieron vacías mostrando el mismo mensaje de inconexión.
Impaciente, caminó hacia la ventana y miró los cables de la televisión y del teléfono que se ramificaban caprichosos y que el viento balanceaba contra el muro de su edificio. Agradecía tanto esos detalles tercermundistas de la ciudad, como la avenida Flatbush, cuando las bolsas de plástico se posaban sobre las ramas de los árboles, acompañadas de extensiones capilares provenientes de las mil y un peluquerías. Alzó los ojos y dirigió la mirada hacia el sur de Manhattan que se erguía como una estatua impávida ante los vientos fríos y los ecos de un dolor reciente; los pináculos de los edificios punzando el cielo límpido y delgado como una gasa casi azul. Sólo los ecos de sirenas y camiones que bordeaban la rama oriental del río Hudson por el Brooklyn Queens Expressway interrumpían el silencio de la tarde. Así comenzaba noviembre del 2001, quitándole a cada día algunos minutos de luz.
Decidió ir a dar un paseo. Abrió la basura para botar la bolsita de té. El bote escondía un amasijo de cables cubiertos de pintura vieja y polvo, lo que le provocó una oleada de náuseas. Se puso una chaqueta marinera de lana negra y una bufanda, agarró la cartera y bajó las escaleras estrechas de su edificio pasando bajo de un gran candelabro antiguo para alcanzar la pesada puerta de madera esculpida, a medio roer de las termitas. Las escaleras curvas de su viejo edificio y los pisos inclinados de baldosines intrincados siempre la complacían. Atravesó el umbral y la cerró con llave.
Le gustaba caminar por su calle de Brooklyn, de edificios decimonónicos marrones y los robles cuyas raíces levantaban los andenes, transformando las placas de cemento en desniveles caprichosos. Aceleró el paso y se apretó la chaqueta al sentir una ráfaga de viento helado proveniente del río. Recordó que en verano adoraba cruzar las calles y ver el East River enorme y azul cobalto asomarse a intervalos por Henry Street, la dulzura del aire ya ausente en el otoño tardío.
Caminó hasta la calle Montague en Brooklyn Heights y bajó las escaleras de la estación del metro. A los pocos minutos vio las dos luces circulares acercarse por el túnel. Las puertas se abrieron y Paula se montó. En su vagón iban una adolescente con audífonos, un muchacho mexicano y una mujer madura, elegantemente vestida. El tren avanzó durante algunos minutos, antes de detenerse en el túnel entre dos estaciones. No hubo explicación del altoparlante. Paula nunca entendía palabra de lo que los conductores explicaban por los altoparlantes pero siempre la reconfortaba escuchar sus voces estridentes. Mientras duró el silencio los cuatro miraron al piso sin gestos. La pausa sólo duró algunos segundos. Paula notó que la oleada de pánico que solía sentir en esta situación casi había desaparecido y sintió un alivio extraño al imaginarse que dentro de ella había un ser que no conocía el miedo. En pocos minutos el tren la dejó en la 14.
Apenas subió a la calle sonó su celular y lo sacó de la cartera tras quitarse un guante con los dientes y mucho tantear entre el desorden de sus cosas. Se dio cuenta de que era un mensaje de texto y no una llamada. Hubiera preferido la voz de Tell en vez de un poco de píxeles, pero lo abrió. Sólo decía en inglés: encontrémonos esta noche en el Brooklyn Inn. Volvió a echar el teléfono en su cartera y se aferró a su chaqueta al sentir el golpe de otra ventisca. Todavía el aire tenía ese olor del que nadie quería hablar, como de muerte y amoniaco con un toque dulzón, aunque ya era menos fuerte y el frío ayudaba a amainarlo bastante.
Quiso que Nueva York la distrajera como antes. Entró a una boutique de ropa que recordaba de su época de estudiante diseño en NYU, un lugar pequeño con escasas y finas prendas y se sintió inmediatamente a gusto. Era conciente de su belleza, que a los treinta y dos todavía no la abandonaba. La piel morena, los ojos grandes, las piernas largas, y el cabello espeso. La nariz aguileña y los pómulos pronunciados. Pasó algunas blusas con la mano que estaban en rebaja. Se fijó en una camiseta apretada con algunos fruncidos asimétricos, y fue pasándolas todas hasta la última, una camisa-vestido, de talle imperio, de algodón blanco con volantes, vestigio de la primavera anterior. Se preguntó cuál de ellas usaría en algunos meses si las comprara: cómo se vería su cuerpo; con qué ojos miraría Tell su redondez. Dio media vuelta y salió del lugar.
Caminó hasta su café preferido y sintió un alivio enorme al ver que seguía igual. Era un rincón cálido, y olía a canela. La luz amarilla desdibujaba los bordes de la barra y los reflejos de los pasteles del mostrador en un gran espejo. Se sentó en un banco cerca de la ventana a tomarse un capuchino y mirar a la gente a través del vidrio. Esperó algunos minutos a que se oscureciera para que el vidrio reprodujera las lámparas del café en el aire de la calle. Los transeúntes pasaron debajo de esas bolas de cristal de luz mantequillosa que no podían ver y Paula sintió una extraña intimidad con ellos. Se puso su abrigo y salió al aire helado. Dio un último vistazo al interior del café, a las lámparas ya en su lugar.
Al pasar por el parque de Union Square, donde pasaba el metro que la llevaría de vuelta a su barrio de Brooklyn, reconoció los afiches que desde septiembre doce colgaban de un muro improvisado, decolorándose, con aguatinta acumulándose dentro de las esquinas de los forros plásticos, meciéndose en el helado aire otoñal: fotos ampliadas de documento o de fiesta o de algún momento de alegría doméstica; desaparecido desde septiembre 11; si lo ve o sabe algo, favor llamar a estos teléfonos. Ya no se veían más las familias marchando con su pérdida a todo color por las calles, ejemplo de eso que Paula no sabía definir bien, pero que la asustaba de todos modos: el terco y cuasi agresivo optimismo americano, que desafiaba la fatalidad.
A pocos días del atentado, frente a un bar en Canal Street se topó con una pareja que parecía ser de madre e hija. Caminaban con paso decidido sosteniendo la foto de un muchacho en smoking, posando en un jardín. ¿Alguien lo ha visto? Y para Paula fue extraño pasar a su lado sin decirles nada, desviando la mirada, y hablándole de cualquier chisme de la oficina a su amiga Gladis para romper el silencio, pensando secretamente en la soledad de Gladis. Tal vez no tener era la mejor forma de no perder, o tal vez en la vida de su compañera de trabajo, en vez de golpes un dolor diluído y cotidiano se había establecido.
Entró en la estación y bajó las escaleras hasta el andén del tren un buen rato mirando la gente ir y venir y asomándose por intervalos al túnel. Cuando llegó a su casa eran las seis de la tarde y encontró a Tell sentado en el sofá, con varios sobres en el regazo, un plato de espaguetis a medio terminar y las noticias prendidas sin volumen.
¿Hola, cómo te fue? Dijo Paula, tanteando el ánimo, sin mencionar que no la había esperado para la cena.
Bien, contestó Tell mitad amable y mitad frío, hasta que me puse a abrir todas estas cuentas. Apenas dijo esto asintió y se cruzó de brazos. Creo que si ambos estamos sin trabajo fijo debemos reducir nuestros gastos al máximo.
Paula se paró y miró por la ventana de su edificio al edificio de enfrente, una réplica del suyo de cemento café, ventanas estrechas, escaleras en frente y una pesada puerta de madera en el primer piso. Vio el magnolio sin hojas que en verano se revestía de pétalos rosados, antes de las primeras huellas verdes.
Tenemos que ahorrar y eliminar cuentas, continuó Ted y le sonrió.
Paula se calmó al ver cómo los ojos caídos de Ted se combinaban con las arrugas que enmarcaban su sonrisa y se maravilló de su ignorancia ante la inminente noticia que no se atrevía a contarle.
¿Y cuáles se te ocurren?
Creo que podríamos eliminar la cuenta del teléfono de la casa y quedarnos sólo con los celulares. ¿Viste mi mensaje de texto?, preguntó con el mismo tono que Paula le había escuchado en llamadas de trabajo, aludiendo a su invitación.
Paula asintió para dar por terminada la conversación y entró al baño. Era un aposento angosto con una tina antigua cuyas patas curvas reposaban en baldosines ordinarios, pegados de cualquier manera, y un lavamanos rectangular demasiado pequeño como para lavarse la cara. Paula abrió el gabinete detrás del espejo y sacó un sobrecito de gamuza falsa azul turquesa. Vio que le quedaban dos pastillitas blancas y las tiró a la basura.
¿Estás lista para salir? Les dije que estaríamos allí a las ocho. Paula asintió.
Tell y Paula se conocieron en la universidad y no tardaron en transformarse en una pareja típica de su barrio, poblado de adultos de treinta y algo que hacían lo que podían para quedarse en la veintena. El barrio consistía en una combinación de edificios marrones de tres pisos con viejas mansiones venidas a menos. Alguna vez Tell fue disk jockey. De vez en cuando salía a pasear en su monopatín con una camisa a cuadros demasiado pequeña para él sin sorprender a ninguno de sus vecinos.
Paula miró a Tell sentado en el sofá con su camisa a cuadros rota y su pelo grasoso y recordó su conversación con una antigua compañera de colegio. Cada vez que iba a Colombia, sin importar la distancia que se marcaba entre ellas, su amiga la invitaba a su casa de sofás de cuero, tapetes persas y pinturas originales de conocidos artistas suramericanos. Y la interrogaba mientras una sirvienta les pasaba té con galletas. Describirle su vida a esa amiga era un ensayo infructuoso, comenzando por decir que la gente en Nueva York toda sufría de síndrome de Peter Pan, omitiendo que mientras que el esposo de su amiga era un abogado calvo y de corbata, Tell era un niño grande y bello con sus ojos azules y sus arrugas, siempre cargando sus audífonos, su bicicleta o su monopatín.
Pero lo que más me gusta de él, recalcó Paula, es que no ve el mundo como símbolos, sino que ve en formas.
Como así, formas, preguntó su amiga imaginándose a su marido abogado diciendo “formas” burlonamente, dentro de algunas horas, en la mesa del desayuno.
Es como si no viera la vida tanto como significados sino como simples formas.
Y ¿cómo te vio a ti entonces?, preguntó la amiga, en tono socarrón.
Paula le repitió la frase que la enganchó la primera noche en que conversaron, esas palabras que le abrieron la puerta de su vida a Tell, cuando le dijo que su belleza era angular sin rastro de calidez en la voz y Paula fue sintiendo que se había apropiado de algo y que sólo dejándolo adentrarse en su vida podría alguna vez recuperarlo.
Paula se miró en el pequeño espejo del baño, y se peinó un poco con las manos. Tell la esperaba en el umbral de la puerta. Ambos bajaron las escaleras de afán y se fueron camino al bar que sólo quedaba a algunas cuadras de su apartamento.
Tell era mucho más alto que Paula y caminaba demasiado rápido para su gusto. Paula lo tomó de la mano para que ralentizara el paso.
Hoy por la tarde estuve en Union Square, declaró Paula, rompiendo el silencio. Todavía están las fotos y los afiches de las familias.
Parece que hay una compañía que los quiere comprar para un proyecto, contestó Tell.
¿Y a quién se los va a comprar?
Supongo que a las familias o a la ciudad.
Y ¿qué proyecto puede hacer uno con ellos? No están en muy buen estado, insinuó Paula.
Pues ya sabes que la universidad de Columbia está recogiendo testimonios de septiembre once y creo que escuché por ahí que el proyecto tiene un componente visual con todos esos afiches improvisados
Pero ya están arruinados por la lluvia, contestó Paula.
El desgaste del papel puede dar un efecto interesante.
Sí, muy interesante, contestó Paula. Seguro que a los protagonistas de las fotos les gustará quedar interesantes.
No les gustará ni lo llegarán a saber, contestó Tell indiferente a la provocación de Paula.
¿Y cómo sabes?, dijo Paula, levantando la voz.
Paula y Tell no eran una pareja que peleara. O tal vez era que sus disgustos no hallaban jamás continuidad.
Me imagino que no lo sé.
Eso es. No lo sabes. No lo sabes, gritó y aceleró el paso. Tell la alcanzó y le dio la mano.
Últimamente le pasaba eso. Sentía en oleadas. Oleadas fuertes y cortas. No las veía venir y la dominaban entera, terminando frecuentemente en sollozos algunas veces. Muchas veces un gesto silencioso de Tell era suficiente para atajarlas. A pesar suyo su mente se puso a crear el proyecto. ¿Cómo se verían esos afiches? Quizás le gustaría diseñarlos. Tal vez podría fotografiarlos e imprimirlos en metal, darles un aspecto de óxido a la vez bello y evocador del acero que se tragó a los sujetos. Se imaginó las placas en una galería, caras y expresiones reducidas a trazos, a líneas. Pensó en los muros de cemento liso, en la elegancia del lugar. En ese renacimiento del desastre que un artista podría exacerbar, o explotar.
Al entrar al Brooklyn Inn, casi no se podía mover del gentío que ocupaba el espacio entre las paredes pintadas de terracota y las altas ventanas que daban a un pequeño jardín. Encima de la mesa de billar una larga cadena sostenía un candelero de cobre. Paula lo miraba ocupar el amplio espacio que daba el techo alto para no sentirse tan encerrada entre la multitud. Solamente la foto de un viejo con su perro colgada muy alta en la pared compartía el espacio con el candelero.
Escuchó algunas conversaciones extrañas esa noche. Se hablaba de los atentados incómodamente, con desaciertos. Un tipo bien plantado de anteojos de carey declaró que después de septiembre 11 veríamos bien quién amaba de verdad a Nueva York y que todos los demás se irían, como si la ciudad se hubiera convertido en filtro para cobardes. El tipo era de ascendencia latina, sin duda, y hablaba de abrir un restaurante contratando “algunos mexicanos”. Otros contaban lo que habían hecho ese día con anécdotas no carecientes de la cálida ironía típica de las narraciones de los jóvenes de Brooklyn: el ejecutivo que no canceló una reunión aún tras ver ambos desmoronamientos por la ventana y se quedó sólo, esperando en la sala de juntas; el grupo de jóvenes que se cansaron tras horas de hacer fila a la entrada de un hospital para donar sangre y decidieron irse a un bar y pedir unos bloodymarys, que resultaron ser inferiores a los que servía el Brooklyn Inn; los amigos que cruzaron el puente de Manhattan con el cortejo interminable de ejecutivos cubiertos en ceniza sobre sus cabezas canosas y sus vestidos de paño gris. Cuando Tell añadió que el desmoronamiento de las torres le había dado “la perfecta idea de gravedad”, Paula quiso soltarle la mano, pero se limitó a mirarlo boquiabierta y a tomarse una soda con limón a pequeños intervalos, lo más despacio posible.
No supo contribuir a la charla con su versión de los hechos. Su familia no le había preguntado demasiados detalles desde Colombia. Lo vieron todo en directo por televisión. Paula no se sentía con el derecho de ser parte de este desastre, el único que había presenciado, pues su vida en Colombia había sido relativamente tranquila y privilegiada, y el único trauma que sufrió fue preguntarse que hacer con los horrores que escuchaba en el noticiero. Paula pasó su niñez y sus primeros años universitarios en Bogotá, rodeada de cariño y de amigos en una casa que daba a los hermosos cerros cubiertos de eucaliptos, con una buena colección de libros casa y una empleada anciana que servía chocolate con arepas todas las tardes. En su vida cotidiana, los horrores de la guerra y las fechorías de Pablo Escobar sólo se asomaban en el noticiero de las siete, narradas por bellísimas ex reinas de dientes muy blancos y pelos largos y sedosos cuya seriedad no lograba eclipsar todo su glamour.
Recordaba absurdamente algunas anécdotas familiares, fábulas que se burlaban de personajes arribistas cuyas desgracias siempre ocurrían en el extranjero: el señor que se torció el tobillo en París y de fulanita de tal que gritaba a los cuatro vientos que la habían atracado en Italia. Era extraño para Paula haber vivido esa catástrofe en la ciudad a la que tantos en su país aspiraban ir. Su madre había resumido los hechos y cerrado la puerta a cualquier discusión posible con la frase categórica: siempre supe que estarías bien.
A Paula le era inimaginable jugar ese papel de madre, enorme, ya fuera en presencia o ausencia, como una sombra colosal sobre la vida de alguien. Ella misma sentía su pequeñez, su cuasi inexistencia enmarcada por la ciudad. Como los hombrecitos miniatura en pantalones beige que salían volando de las torres, inconsecuentes ante las heridas humeantes de los edificios, que Paula se encontró cuando alzó la mirada desde la calle Canal. A Paula no le fue difícil pasar toda la velada distraída y hablando apenas, pues el bar tan lleno que la gente tenía que gritar para poder escucharse.
Ya bien entrada la noche regresaron al apartamento en silencio entrelazándose las manos por intervalos. Subieron las escaleras y Paula le dio un beso de buenas noches y entró a su habitación.
Ahora voy, dijo Tell.
Paula se cambió. Escuchó a Tell rebrujar papeles, y abrir un sobre. Entreabrió la puerta silenciosamente y lo vio de espaldas, su fortaleza de nadador inutilizada en ese gesto desprevenido. Todavía lo encontraba tan hermoso como al principio. Lo vio abrir el sobre de manila, prender una lámpara y mirar unas fotografías que sacaba de éste a contraluz para después guardarlas cuidadosamente. Su cabeza se inclinó y sus hombros temblaron. Se llevó una mano a la frente. Paula se metió en la cama y cerró los ojos, fingiendo estar dormida, hasta quedarse inconsciente, y no sentir a Tell, hasta que lo oyó por la mañana arrancando pedazos de cables viejos en el apartamento, que habían quedado sepultados bajo capas y capas de pintura.
El asbestos es malo para el cerebro, le dijo Paula, y lo abrazó.
¿Todo bien? Preguntó Tell.
Ella se sentó en su sudadera y puso a hervir el agua en una tetera irritada porque ella era la que debía estar haciéndole esa pregunta a él y ambos lo sabían.
Me siento muy cansada. Vio dos maletas grandes al lado de la puerta:
¿Qué es eso? ¿Acaso es que te vas?, le preguntó Paula sintiendo la primera oleada de náuseas del día.
Voy a guardar algunas cosas donde un amigo, es todo.
Paula nunca sabía con Tell. Antes, en las épocas buenas, cuando no tenía que preocuparse por el dinero, era como si viviera en varios lugares. A veces dormía en casa de un antiguo compañero de colegio con quien grababa música. Durante unos meses alquiló un estudio en Red Hook, un barrio industrial cerca al río, en compañía de unos amigos, para dedicarse a la música experimental los fines de semana. En esa época Paula se conformaba con que pagara la mitad del arriendo y durmiera con ella la mayoría de las noches. Se consideraba su pareja y se la llevaba bien con él sin hacerle demasiadas preguntas. Tenía bastantes amigos en la ciudad y no le molestaba que Tell fuera independiente. Sin embargo estas maletas eran las grandes, las que había traído en la mudanza y en las que, salvo por el computador, la cámara y el monopatín, había embutido todas sus pertenencias, hasta que, paradas, parecían vacas que, barrigonas e inmóviles la observaban.
Te ves cansada, susurró Tell.
Paula no contestó y miró el agua hervir en la tetera antes de echarla a una cafetera de vidrio francesa.
Te vas a quedar sin ropa aquí.
Tengo ropa en la lavandería desde hace meses, le dijo Tell, y tú también. Deberías recogerla.
Pero siempre son cincuenta dólares, se quejó Paula.
Aquí hay treinta. Ahora me tengo que ir. Después de tomarse un trago de café, y acabada de bañar, Paula se metió otra vez a la cama. Sentía las náuseas empeorar y algo de cansancio. Se tapó con las cobijas hasta que su cabeza desapareció, algo que no hacía desde que era niña.
Una camioneta destartalada, del hermano de Tell, subió con paso de animal viejo al parqueadero de la Clínica de Reposo del Río Hudson. Tell se bajó y haló las dos maletas negras que rodaban, pesadas y sin afán. En la recepción preguntó que dónde podía dejarlas y explicó que era una donación anónima, hasta que la recepcionista, una joven raquítica de dientes salidos, pelo enlacado y expresión ausente, lo obligó a indicar su relación con el sitio. Tell se impacientó pues ya había hecho varias visitas para hacer donaciones en los últimos meses. La antigua recepcionista, que recordaba a su madre, lo dejaba rondar por los corredores con toda libertad. Con esta tendría que empezar de nuevo.
Catherine Marie Millam.
¿Relación?
Madre
¿Año de ingreso?
1980
¿Año de salida?
Tell se quedó en silencio.
¿Fallecida?
1984.
La señorita le indicó a Tell que siguiera por un corredor de oficinas hasta un depósito. La casa de reposo parecía un hotel, con sus tapetes rosa, y cuadros de pájaros y flores en las paredes. Sin embargo el aire tenía un dejo de olor a remedio y a cuarto de bebé, como una mezcla de pañales sucios con loción. Tell abrió la puerta y haló de la cadenita pegada del bombillo. Olía a humedad y había cajas de cartón desparramadas por todas partes. Abrió las maletas: su contenido estaba en terrible desorden: ropa vieja y libros usados de Tell: varias camisas de franela, gorras polvorientas y libros de texto con el sello de la biblioteca de su universidad; algunos vestidos de mujer, collares de pepas plásticas y aretes nonos, provenientes de casa de su padre. Distribuyó el contenido de las maletas en dos cajas vacías que encontró: una de ropa y otra de todo lo demás. La asistente del psiquiatra, una mujer fofa con demasiado maquillaje, se asomó a la puerta y le dijo que todas estas cosas se venderían en el bazar benéfico de la clínica que tendría lugar en algunas semanas. Entre el barullo Tell vio unas gafas de papel para ver imágenes en tercera dimensión enredadas con un collar de bolas de plástico amarillo. Miró las gafas, en cuya esquina había un pequeño roto, las desenredó del collar y se las metió al bolsillo. Apresurado, se dirigió a la recepción.
¿Necesita recibo?, preguntó la asistente.
No, gracias, respondió Tell.
Recordó que las gafas venían con un libro sobre la vida animal en Afica, con magníficos dibujos que cobraban vida si se miraban a través de los lentes de celofán rojizo. Cuántas veces habían mirado ese libro, cuando ella había entrado en su silencio. El altoparlante anunció que era hora de la cena para pacientes. Miró el reloj. No eran ni las cinco de la tarde. Molesto, pues sabía que su madre tenía que haber detestado ese horario infantil, aceleró el paso por el corredor rosa y salió del lugar. Tuvo que calentar la camioneta durante un par de minutos y dejó la clínica a sabiendas de que no volvería.
Tell decidió pasar por el lote donde yacían las torres gemelas antes de llegar a casa. La carretera desde el sanatorio bordeaba un pedazo del río Hudson. Había poco tráfico. Hubiera disfrutado del paisaje si lo que sentía en esa carretera en particular, desde que era niño, no hubiera irrumpido en su mente. Sintió un alivio al meterse en la autopista, igual en todas partes, sin puntos de referencia. El cielo estaba bastante despejado. En la ciudad parqueó en Wall Street y caminó hasta el lote del derrumbe. Como siempre había bastantes curiosos y algunos vendedores de suvenirs ya se habían instalado de tiempo completo para vender platos de pocelana, camisetas, toallas y demás objetos ilustrados con las Torres Gemelas que como por arte de magia habían aparecido días después de la catástrofe, todos made in china.
Se escabulló entre la gente y logró quedar en primera fila. Los restos de las torres eran de varios pisos de altura y despedían un humo tóxico. Se sacó las gafas tridimensionales del bolsillo y se las colocó frente a los ojos. Movió su pupila izquierda y miró por entre el roto como cuando era niño y filtraba las escenas miedosas de películas por entre las ranuras de los dedos.
Recordó los juegos silenciosos que disfrutaba con su madre al final de su enfermedad, cuando había perdido el habla pero no la capacidad motriz. Madre e hijo pasaban horas recortando y mirando la luz colarse entre los huequitos de papel de colores, repetidos en bellos patrones dados por dobleces inteligentes que los dedos largos de su madre elaboraban sin el más mínimo esfuerzo. Las hábiles manos de su madre tomaban las cosas con delicadeza, y podían modificarlas con rapidez. Aquellos últimos días de su vida cuando su padre no lo llevó ya a la clínica, y cuando se sentó él sólo a recortar rotos en el papel volvieron a su memoria. No se explicaba cómo esas fotos terminaron en la casa de su prima.
De pronto recordó en dónde estaba y comenzó a mirar por el roto de las gafas de nuevo hasta que lo invadió un enorme deseo de abarcar con la vista el desastre entero. Caminó unos pasos hacia atrás y se retiró las gafas de la cara. Alzó la mirada hasta encontrar la cima de esa inmensa tumba de cemento y de acero retorcido. Dejó que el aire tóxico invadiera sus pulmones y exhaló largamente.
Esa tarde, mientras Tell estaba por fuera, Paula no pudo resistir las ganas de saber cuál era aquel secreto que competía con el suyo en el pequeño apartamento, en el rincón del mundo que compartía con Tell. Se dirigió al sobre de manila, que yacía boquiabierto y silencioso en la repisa. Sus dedos lo tocaron con cuidado de no doblarlo. Sacó una nota firmada por una tal “Patricia, tu prima” del sobre de manila. Era una hoja de papel rayado arrancada de un cuaderno espiral, escrita a la carrera, con letra de colegiala, muy distinta a la mínima y cuasi ilegible escritura de Tell: encontré estas fotos cuando desempacábamos el ático y pensé que deberías tenerlas tú. Eran fotos de Tell y su madre. Parecían de los años setenta, el papel granuloso, los colores atenuados y las líneas algo desdibujadas, como si el paso del tiempo fuera un exceso de luz. En ellas, una mujer rubia con una camisa de cuello puntudo abrazaba a un niño de unos ocho años sentado en su regazo: el mentón de la madre apoyado en el pequeño hombro recubierto de los cuadros de una camisa de franela. Las yemas de los dedos de Paula acariciaron el papel granuloso, y sintieron rastros de pegante seco a cada lado del rectángulo en el reverso. Sacó las otras fotos del sobre y vio que estaban recubiertas de papel de colores. Al levantarlo se dio cuenta que eran muy parecidas a la original: madre e hijo abrazándose y posando para la cámara, asomados por el papel de colores recortado en formas geométricas, como extrañas ventanas: una rajadura en forma de luna, dejando sólo ver los ojos de la mujer y la boca del niño, una de rayas, dando un efecto de prisión, varias triangulares dejando ver sólo parte de sus facciones y algunos mosaicos, como si madre e hijo estuvieran asomándose por la reja de una mezquita.
Paula miró con detenimiento la cara de ese niño de ocho años a quien reconocía sólo en parte: los ojos ligeramente inclinados hacia abajo y la sonrisa que, como paréntesis, plegaba sus mejillas. Más allá del obvio cambio a adulto, había algo distinto que Paula no podía atribuir solamente al paso de veinte años. Algo casi imperceptible le faltaba al Tell con que ella vivía en comparación con ese niño de ojos vivaces y de sonrisa generosa. El Tell que ella conocía era mucho más medido con sus gestos. Devolvió las fotos al sobre y lo puso en su sitio.
Sin saber a qué horas volvería Tell, Paula decidió salir a visitar a Gladis, su amiga y ex compañera de oficina a quien iban a operar del corazón. No era la primera vez que la salud de Gladis flaqueaba, pues Paula recordaba sus ausencias de la oficina, pero le sorprendía de todas formas que su amiga de recientes caminadas por Manhattan ahora estuviera tan mal. Se puso un abrigo y bajó las escaleras de su edificio. Cuando llegó a la habitación de hospital dieron unas cinco de la tarde oscuras.
Sabés, dicen que es ansiedad, le dijo su amiga, con una sonrisa de pícaro agradecimiento.
Paula observó la vejez desnuda de Gladis, sin su ropa negra ni sus collares de plata. Vio el cuerpecito menudo, la piel colgante, los ojos saltones bordeados de negro, los dientes amarillos. Estaba entubada y la operaban al día siguiente.
Pero no saben estos médicos gringos si primero es el corazón o la ansiedad, y, como dicen aquí, si primero fue el huevo o la gallina. Yo les dije que no mezclaran naranjas con manzanas, el dicho más estúpido de la lengua inglesa, y quedaron muy complacidos.
¿Cómo te sientes?, preguntó Paula tomándola de la mano. ¿Hay dolor? Y sintió que había dicho eso con una cadencia diferente de su acento colombiano, como imitando el de Gladis sin poder evitarlo.
¿Qué querés que te diga, nena?... Más bien dejáme contarte la historia de Santa Teresa Cabrini, patrona de este hospital y a quien me encomiendo, pues por error de la agencia de viajes tercermundista de Queens mi hermana y mi sobrina no pueden llegar sino hasta mañana después de la cirugía.
Paula se sentó obediente en una vieja silla de metal, frente a unas cortinas de enormes cuadros rosados, azul pastel y beige. Gladis comenzó a contar la biografía de la santa, que llegó a Nueva York y fundó varios colegios y hospitales.
La primera americana canonizada, dijo al terminar el relato, sin pasar la oportunidad para otra ironía.
Pero no sabés lo peor, añadió animándose repentinamente ante la entrada de una enfermera algo hostil, como si el mejor desquite fuera hablar español delante de ella. Después de muerta, y no me preguntés porqué pues son cosas de la iglesia católica, la dejaron aquí. Está en una iglesia en Nueva York. Pero si vos te fijás, la cabeza y las manos son de cera, porque las reales están en Italia.
¿Cosas de la iglesia?, preguntó Paula sintiendo que su ironía no era comprendida y que así este fuera su último encuentro con Gladis esta siempre pensaría que la joven diseñadora se lo tomaba todo literal.
Así es. Cuando yo salga de aquí vos y yo iremos a verla.
Paula miró su reloj y vio que marcaba las seis y media. Le dio un abrazo a su amiga, sintiendo el frío del tubo de plástico contra su piel. Y pensó que el guardar un secreto la obligaba al silencio.
Decidió ir a la lavandería camino a casa. Pensó que esto del embarazo tendría que ser decidido pronto, antes de que fuera inevitable. Escuchó las palabras de su madre, refiriéndose a los últimos años de su juventud: este es tu momento.
En la lavandería Paula saludó a la trabajadora mexicana con amabilidad. Notó que la mujer respondía a su saludo en español con la misma deferencia ausente que usaba con los clientes americanos y lamentó que no la mirara a los ojos. La mujer continuó doblando ropa cabizbaja y Paula sintió que la había ofendido con su excesiva calidez. La puerta se abrió y un niño de unos diez años entró al local. Era corpulento, de mejillas rellenas y mirada triste. La mujer dejó la ropa de lado y le dio un abrazo.
Hola, mijo.
Sólo se permitió dos palabras antes de ponerse a buscar la bolsa de Paula y de Tell que estaba detrás de las otras porque llevaba meses allá. La encontró, la puso en la balanza y le cobró a Paula 47 dólares. El niño, que era fuerte, ayudó a bajar la bolsa pero cuando casi se le cae encima la mujer la sostuvo y la puso en el suelo. Después el niño se paró en la balanza y se pesó y Paula vio que la mujer se fijaba en el peso. Después le extendió la mano y lo ayudó a bajarse. Agárrate, le dijo suavemente, pero el niño se bajó sólo, con facilidad.
Paula caminó varias cuadras con su bolsa de lavandería de 47 libras pasándosela de un brazo al otro, sin poder encontrar una posición cómoda. En momentos como éstos la vida en Nueva York era difícil y ridícula, pensó. Era una ciudad que no se dignaba a encargarse de lo trivial, cuyos apartamentos viejos no disponían de los tubos para ponerles lavadora, o por lo menos eso decían sin falta quienes los arrendaban. Y se le ocurrió, sin quererlo, pensar en lo que sería el tamaño de la bolsa si fueran tres, y cómo haría para llevarla al tiempo que un niño de brazos. Pero detuvo inmediatamente ese pensamiento y se dijo que lo que llevaba en su cuerpo todavía no era un niño sino un tejido. Un racimo plano de células como esos que pintaba en clase de biología, como huevos de rana con núcleo adentro. Cuando llegó a su edificio, casi no sentía las manos del frío. Vio que la pita de la bolsa de lavandería las había raspado. La maldita palabra racimo le invadía el pensamiento últimamente, cuando pensaba en su situación, agrediéndola con su significado absurdo. Abrió la puerta con dificultad y tiró la bolsa al piso. Ya Tell la traería. Subió las escaleras a paso cansado. A cada respiro la palabra le venía a la cabeza, violenta y encima ahora en inglés: cluster, cluster, cluster. Al llegar al tercer piso buscó la llave entre su cartera primero con el tacto, después vaciándola casi del todo en el piso. Cuando por fin pudo entrar sintió el aire helado adentro y vio que la ventana de la cocina se había quedado entreabierta. La cerró, haciéndole fuerza con las dos manos y vio como esta rebotaba con su borde de madera irregular.
Unas horas más tarde Paula oyó los pasos de Tell por las escaleras, arrastrando la absurda bolsa de 47 libras. La llave giró en la cerradura. Paula se levantó y lo esperó sentada en el sofá. Tell la saludó con una sonrisa cansada. Se paró y fue a buscar el sobre de la clínica DeKalb. Antes de entregárselo, le dijo que había mirado el contenido del sobre de manila y que por favor la dejara irse a acostar. Tell asintió en silencio, y la miró intensamente a la cara antes de soltar su mano. Descansa.
La tarde del día siguiente volvió a encontrar a Paula sentada en el sofá bajo la misma tajada de luz. Esta vez Tell estaba con ella y le levantaba la blusa para dejar que el débil triángulo luminoso jugara en la piel de su abdomen. A Paula le recordaba uno de esos pescados chinos de papel celofán que se doblan como por arte de magia en la palma de la mano.
Constanza Jaramillo Cathcart
viernes, 26 de junio de 2009
DOS AMORES
Tumbados en la cama, con las últimas olas de un orgasmo furtivo, se abrazaron, él le susurró un “te quiero” al oído, ella le miró con la dulzura que desprenden los ojos enamorados hasta el alma.
-No te marches Lidia
-Carlos, no me lo pidas de nuevo por favor, sabes que es imposible
-contestó ella acariciándole la mejilla-.
Lidia le besó dulcemente, se incorporó y fue recogiendo aquel reguero de ropa que con tanta efusividad había ido perdiendo camino de la cama. Pausadamente se vistió, como si no quisiera poner fin a aquella escena. Mientras, él la miraba absolutamente embelesado.
-No se puede amar más –pensó Carlos- mientras ella acababa de arreglar aquellos rizos rubios por los que él la llamaba “mi sirena”.
-Cuídate amor- dijo ella, después de besarle de nuevo. A continuación se dirigió hacia la puerta de la habitación de aquel pequeño nido de amor junto a la playa.
-Te quiero tanto Lidia… cualquier día haré una locura.
Ella le miró lanzándole un beso, como si no le hubiese oído, después desapareció tras la puerta hacia el pasillo. El sonido al cerrarse la puerta de la entrada devolvió a Carlos a su soledad. Tumbado en la cama, observó como el sol de la tarde aún se colaba por la ventana y se posaba caprichosamente sobre aquella fotografía de Lidia junto al espejo. Se giró hacia la mesa de mimbre de su izquierda, cogió el teléfono y marcó un número.
-¡Carlos!
-Hola Rosa…
-¿Dónde estás Carlos?
- No importa, necesito hablar contigo…
De vuelta a casa, mientras conducía, Lidia pensaba en la difícil situación en que se encontraba. Locamente enamorada de dos hombres a la vez y con tan pocas posibilidades de que eso fuera posible mantenerlo en el tiempo. Por si eso fuera poco, ahora además…
Aquella fría mañana de invierno, el cielo había escogido su mejor azul para decorar aquel cementerio junto al mar. Lidia y su marido se acercaron a Rosa. Los tres se fundieron en un efusivo abrazo.
-Juan necesito sentarme, me estoy mareando de nuevo –dijo Lidia dirigiéndose a su marido-.
- No te preocupes Juan, yo la acompaño –dijo Rosa-
Ambas se dirigieron hacia un banco, mientras Juan atendía al resto de familiares y amigos.
- No lo podré soportar Rosa
-Tienes que ser fuerte Lidia, ya sé que es terrible pero…
-¿Cómo pudo precipitarse al mar en una carretera que conocía perfectamente?
-La policía tampoco se lo explica Lidia, ni siquiera hay huellas de frenada, más bien parece…en fin, creo que ahora deberías serenarte. Habla con Juan, todos queríamos a Carlos, pero a él le puede extrañar tu estado; es obvio que tú dolor es más el de una viuda enamorada que el de una gran amiga.
-No tiene porque saber nada. Ahora menos que nunca. Yo amo a Juan tanto o más de lo que he amado a Carlos. Durante todo este tiempo les he amado a los dos y eso Juan no lo entendería, así que lo mejor será dejar las cosas como están. Además hay algo que deberías saber…
-¿Qué sucede?
-Estoy embarazada.
-¡Maldita seas!
-Cálmate Rosa. Cualquiera de ellos podría ser el padre, necesito no saberlo con certeza. Siento que es mejor así.
-¿Se lo has dicho a Juan?
-Eres la primera persona que lo sabe. Cuando pase todo esto se lo diré, seguro que lo hará muy feliz.
-Sinceramente no sé donde te llevará tu forma de hacer las cosas… hay algo importante que debo decirte pero no es el lugar ni el momento adecuado, llámame y te lo explicaré. Y por favor medita bien tus decisiones.
Una vez finalizado el sepelio Juan y Lidia acompañaron a Rosa hasta su casa. Durante el trayecto, Rosa dejó discretamente un sobre bajo el asiento de Lidia mientras ésta fijaba la vista perdida en el horizonte, a su lado Juan conducía sin mediar palabra. Al llegar a casa Lidia marcó un número de teléfono.
- Lidia
- Tu dirás Rosa
-El pasado martes, después de marcharte del apartamento Carlos me llamó…
- ¿Cómo sabes que el martes estuve allí?
-El mismo me lo dijo, pero eso no tiene más importancia. Me citó en su despacho. Estuvimos solos. Según me dijo había acordado con tu marido hacer una visita sorpresa a la delegación de Roma y se marchaba al día siguiente muy temprano. Me pidió que te entregara un sobre de forma absolutamente confidencial hoy viernes. Sospechaba que Juan tenía algún turbio asunto que le ocultaba sobre esa delegación y me insinuó que en ese sobre había información que sólo tú debías tener.
-¿Un sobre? ¿asuntos ocultos de Juan en Roma? ¡el propio Juan me comentó, hace unos días, que irían juntos a Roma en breve a una importante reunión por la buena marcha de la delegación! ¿dónde está ese maldito sobre?
-Lo dejé en tu coche mientras volvíamos del cementerio, bajo tu asiento.
-¿Bajo mi asiento, pero estás loca? ¿Y si lo ve Juan?
-Lo dudo, lo coloqué entre la alfombra y el suelo. Sólo alguien que supiese que está allí lo podría localizar.
Lidia colgó inmediatamente, sin siquiera despedirse. Al llegar, Juan la había dejado en casa y se había marchado a –según dijo- revisar los documentos que Carlos habría dejado pendientes en el despacho. Ahora, él debía ver como resolvía todo tras la ausencia de Carlos. Así las cosas, sólo le quedaba la opción de esperar a que Juan volviera del despacho y ver como localizar el sobre sin levantar sospechas. Por unos instantes, pensó que lo mejor sería ir al despacho de Juan y acceder al parking, pero la idea le pareció tan descabellada que la descartó de inmediato. El tiempo que tardase en volver Juan se le iba a hacer eterno. Pasadas las diez de la noche, Juan llegó por fin.
-¿Cómo estás cariño?
- Bien…¿y tú?
-Bien. ¿Te has vuelto a marear?
-No, no… estoy mucho mejor, ¿qué tal por el despacho?
-Bien. Carlos era el tipo más organizado del mundo y todos los expedientes están en orden. Estos días pensaré en quien delegar todas sus funciones. Al final me tocará ir a mi solo a Roma. En fin…sigo sin creerme todo esto. Me voy directamente a dormir.
-¿Por cierto, has visto una pequeña carpeta que tenía en el asiento trasero del coche?
-No me he fijado cariño.
-Bajaré un momento a buscarla, juraría que la dejé allí. No son más que cuatro notas de un corresponsal de la radio, pero debería echarles un vistazo antes de la reunión de mañana.
Lidia bajó hasta el garaje con el corazón en la boca. Juan no sabía nada del sobre, ella le conocía bien y su forma de actuar lo corroboraba. Abrió la puerta del copiloto como un rayo, golpeándose la pierna violentamente. Ni siquiera sintió dolor, con desespero comenzó a buscar bajo el asiento. Por fin, entre la alfombra, localizó su tesoro. En su interior encontró primero una breve nota: “La carta cerrada que encontrarás junto a esta nota me la entregó Carlos para ti, indicándome que pronto se iría de viaje. Rosa”. Hacía apenas unas horas del entierro de Carlos y ahora recibía a través de su mejor amiga una carta de él mismo… destrozó literalmente el sobre que acompañaba a la nota mientras el corazón latía con violencia, con la única esperanza de encontrar en su interior una respuesta coherente a tanta locura.
“Amor mío, soy incapaz de compartir nuestro amor con Juan. Créeme si te juro, que durante todo este tiempo he luchado por intentar convencerme de que no eras una egoísta. En realidad, no sé que nos hace pensar que no se pueda amar a más de una persona a la vez. En cualquier caso, él es una gran persona y sé que te ama tanto como yo. Te cuidará y te amará toda la vida. Una última cosa, en nombre del amor cuéntale toda la verdad. Esté donde esté te amaré siempre “mi sirena”. Carlos.”
Lidia no podía creer lo que estaba leyendo. Lloró desconsoladamente, con rabia. “Maldito cobarde –pensó- sabía que era imposible que fuese un accidente… ¡llegar al extremo del suicidio!”. En su interior, el dolor se mezclaba con un incontenido sentimiento de rabia hacia la vida, hacia lo establecido, hacia las normas. Un sentimiento de culpa la invadía, mientras ella misma trataba de justificarse, pidiendo al cielo que le explicase porqué maldita razón nadie podía entender el modo de amar que ella sentía.
Los meses posteriores transcurrieron lentamente, del dolor inicial por la ausencia de Carlos, tanto Lidia como Juan, pasaron a un estado de ilusión por el pequeño que estaba en camino. En ocasiones, Lidia sentía que Juan estaba como ausente, dubitativo, frío quizás; de repente, entendía que esas sensaciones no eran más que una mala pasada de su mente ante ese atroz sentimiento de culpa que día y noche la acompañaba. Tras un embarazo difícil, nació Olver. Lidia y Juan estaban radiantes de felicidad. Lidia sentía que aquel pequeño parecía haber llegado a iluminar alguna ausencia. Aquella tarde de verano, cuando Olver contaba con apenas un mes de vida, Lidia salió para hacer unas compras junto a Rosa, sólo serían un par de horas en las que Juan se encargaría del pequeño. No se marchaba muy tranquila, Juan no tenía mucha práctica con el bebé y además, en los últimos días, lo había notado especialmente nervioso con el tema del traspaso del negocio. Finalmente se marchó, no sin antes hacer que Juan le prometiese que si tenía algún problema la llamaría. Las dos horas de compras se le estaban haciendo eternas, así que decidió llamar para ver como iba todo.
-Rosa, Juan no contesta.
-No te preocupes por Dios, estará haciendo algo y no podrá atender la llamada.
No habían transcurrido ni diez minutos cuando decidió intentarlo de nuevo.
-No insistas Lidia, él verá que le has llamado y te llamará
-Sigue sin contestar Rosa, creo que algo no va bien…
-¡Por Dios Lidia!
Juan seguía escuchando como sonaba el teléfono, -no tengo mucho tiempo- pensó. Mientras acaba de poner un nuevo pijama a Olver, observó con detenimiento aquella pequeña manchita rosácea con forma de flor junto a su pequeño pié. Volvió a mirarse su propio pié comprobando, como con el paso de los años, aquella mancha seguía allí, rosácea, junto al tobillo.
-Rosa, ahora mismo me vuelvo para casa.
-Pero Lidia por favor…
-¿Me acompañas?
Con cierta inquietud, Rosa paró el primer taxi que vió. Nada más llegar, en una primera visión del salón, comprobaron varios cajones abiertos y tremendamente revueltos.
-¡Juan!
-¡¡Juan!!
Sin apenas aliento, Lidia se dirigió hacia su dormitorio, y una vez allí a la cuna de Olver temiéndose lo peor. En su cabeza sonaba la palabra culpa, la posibilidad de que Juan lo hubiese sabido todo y que eso lo hubiese llevado a hacer cualquier barbaridad. Pero era imposible. él no podía saber absolutamente nada… o quizás si.
Horrorizada, comprobó como en la cuna sólo quedaba aquel pequeño pijamita con el nombre de su bebé. Y algo más. Allí estaba, en la cuna de Olver, un sobre gris, exactamente igual al que Rosa le dejó en el coche el día del entierro de Carlos. A diferencia del suyo, éste ya estaba abierto, sin pensarlo dos segundos cogió la carta de su interior.
“Querido Juan, si lees esta carta querrá decir que hoy es el día de mi entierro y que Claudia, nuestra secretaria, ha cumplido el encargo con total discreción, le pedí personalmente que te la entregase, solamente si me sucedía algo muy grave. Me marcho definitivamente de vuestras vidas. No he podido evitar amar a Lidia hasta la locura, ni ella a mí, pero créeme si te digo, que ella ha sido capaz de amarnos a los dos, aunque yo no pueda comprenderlo. Os deseo toda la felicidad del mundo. Carlos.”
En una línea inferior, manuscrita, una pequeña nota, “después de haber leído esta carta, por favor, no nos busques, estaremos muy lejos. Olver estará bien. Te amaré siempre. Juan.”
Conrado S.
jueves, 25 de junio de 2009
LAS CAJAS DE MADERA
En mi pueblo vivía un hombre llamado Paquito, que todas las tardes sacaba a pasear a un caballo enano que tenía como mascota.
─Mira mamá, un pony ─decían los niños al verle pasar.
─Que no es un pony, leches ─replicaba el hombre indignado─. ¿Es que no lo veis, que se trata de un caballo enano?
Acto seguido se agachaba y acariciaba suavemente la melenita del caballo, mientras le susurraba algo al oído, acaso una disculpa. “Son niños” le oyeron unos decir un día. “No entienden de animales” juraron otros que dijo con los dientes apretados y la rabia contenida. Así, con caricias y dulces palabras intentaba Paquito el animal, como le llamaban en el pueblo, aliviar el dolor y la humillación que para cualquier caballo supone, el ser confundido con un pony.
Pero según se cuenta por ahí, el caballito no fue el primer animal exótico que Paquito paseó por el pueblo. Yo no había nacido aún cuando un repartidor descargó frente a la puerta de su casa una misteriosa caja de madera procedente del fin del mundo. De ella, desorientados y ladrando, asomaron cuatro perros salchichas unidos entre si por las patas traseras, formando una especie de extraño tren de perros. Junto a la caja de madera llegó también una carta, que Paquito leyó con lágrimas en los ojos. Acto seguido, enjugándose las lágrimas y sin decir ni media palabra, introdujo a los perros en su casa con sumo cuidado de no golpearlos con los marcos de las puertas; firmó el acuse de recibo al repartidor, y desde aquel preciso instante se dedicó en cuerpo y alma a cuidar de sus animales.
─Mira, mamá, una ristra de chorizos gigantes que caminan ─decían los niños al verle pasar.
─Que no son chorizos, leches ─replicaba Paquito furioso─. ¿Es que no veis, que son perros? Perros salchichas que están muy unidos.
Y entonces se agachaba hasta ponerse a la altura de la ristra de perros y los acariciaba y consolaba, hasta conseguir que se olvidaran del agravio y movieran sus colitas rítmicamente con alegría, abofeteando con ellas al perrito que tenían detrás.
Dicen que a los pocos años de la llegada de la primera caja de madera, otro repartidor descargó frente a la casa de Paquito una segunda caja, esta vez un poco más pequeña y procedente también del fin del mundo. De ella asomó de repente un animal de aspecto muy parecido al de una mofeta, que nada más aparecer, inundó el ambiente con un delicioso olor a rosas y a jazmín. Paquito, con el rostro serio, leyó de nuevo la carta que venía acompañando la caja, firmó el recibo al repartidor e introdujo al animal en su casa.
─Mira, mamá, una mofeta ─decían los niños al verle pasar con su nueva mascota.
─Que no es una mofeta, leches ─replicaba él indignado─. ¿Es que no lo veis? Se trata de un ardillo. Y los ardillos cuando se enfadan o tienen miedo no exhalan gases pestilentes, sino que esparcen en el aire el más delicado aroma a flores silvestres.
Y entonces se agachaba para consolar al pobre ardillo de la ofensa de haber sido confundido con una pestilente mofeta, mientras el animal, medio asustado, medio aturdido, seguía inundando el ambiente con la mejor selección de sus perfumes.
Algunos años más tarde, según se comenta por ahí, a Paquito volvió a llegarle otra caja de madera procedente del fin del mundo. Esta vez de ella no emergió nada, fue Paquito quien tuvo que introducir la mano en la caja hasta dar con una bolsa de plástico transparente repleta de agua. Sorprendido, observó el contenido de la bolsa, y comprobó que dentro de ella flotaban felizmente una docena de simpáticos pececillos. Paquito el animal en este caso, al leer la carta, no lloró sino que en su rostro se adivinó una mueca de desagrado. Firmó el recibo al repartidor, y dicen las malas lenguas que esa misma noche preparó una barbacoa en el jardín comunitario, donde asó a la parrilla hasta el último de los peces.
─Mira mamá, están asando sardinas ─dijo una niña al pasar por delante del jardín.
─Que no, leches, que no son sardinas ─afirmó Paquito con la boca llena y con un mohín de asco reflejado en la cara mientras tragaba─. Que son peces tropicales ¿es que no lo veis, que son pequeños y de vivos colores?
Y continuó mascando y tragando con dificultad el bocadillo de pan con tomate y peces asados que se había preparado.
Después de aquella caja, llegaron algunas más: un oso hormiguero que fue confundido con un aspirador, un pingüino al que tomaron por un camarero enano y un ciempiés gigante que fue confundido con una alfombra Persa.
Paquito no volvió a mostrar repulsión ante ninguna de las cajas que le fueron entregadas, ni volvió a asar su contenido en la parrilla. En lugar de eso, las aceptó todas con solemnidad y con el gesto adusto, hasta que llegó la que sería la última entrega de su vida, la del caballito enano al que todos confundían con un pony. Y para ese entonces, se dice que Paquito contaba ya con más de cien años.
Según cuentan los viejos del lugar, Paquito llegó para instalarse en el pueblo con edad ya de peinar canas, y con aspecto taciturno. Unos dicen que procedente del fin del mundo, otros que de la Conchinchina. Lo que sí es seguro es que llegó con un pequeño petate colgado al hombro y que se instaló en el apartamento más pequeño y oscuro del pueblo. Tan oscuro dicen que era, que una vez dentro, resultaba imposible calcular si en el exterior era de día o de noche, e incluso se perdía la noción del tiempo.
Nadie sabe exactamente a qué se dedicó Paquito. Algunos dicen que fue escritor, otros aseguran que domador de fieras, y los más atrevidos garantizan que su única dedicación fue pasear animales y hacerle el amor a las 18 bellas doncellas que se trajo dentro del petate procedentes del fin del mundo, aunque ese último dato, como el resto, está por confirmar.
Lo que sí se sabe con certeza, es que cuando la última caja de madera llegó con el caballito dentro, al anciano en el que ya se había convertido Paquito, no le hizo falta leer la carta que se adjuntaba para caer arrodillado abrazado al animal, y para exclamar con lágrimas en los ojos y mirando al cielo: “gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias…” y así durante un tiempo indeterminado, que no se puede precisar, pues el repartidor, único testigo de la escena, tuvo que marcharse con prisa a realizar otra entrega.
Paquito desapareció hace ya muchos años. El día de su desaparición, a los vecinos de su inmueble les despertó un fuerte resplandor. Un destello luminoso luchaba por acaparar cada espacio, cada rincón, cada átomo, convirtiéndolo todo en una inmensa nube blanca. Atrapados por la fuerza hipnótica de esa claridad, casi en éxtasis, los vecinos se reunieron frente a la puerta de entrada de la casa de Paquito, lugar de procedencia del destello luminoso. No les hizo falta forzar la cerradura, y es que según se cuenta, la puerta se abrió con el leve suspiro que uno de los vecinos, el más anciano, exhaló.
Blanco como la nieve, y levitando en posición horizontal, se encontraron a Paquito, con una leve sonrisa dibujada en el rostro y abrazado a una pequeña caja de madera.
Los vecinos, sorprendidos ante la visión, pero demasiado atraídos por la fuerza magnética de la luz que desprendía Paquito como para reaccionar, rodearon su blanca figura y se sentaron en el suelo, incapaces de apartar la vista del fulgor y la energía que manaba del cuerpo de aquel anciano.
─Podríamos abrir la caja y ver qué contiene ─propuso el más joven de los vecinos, el primero en reaccionar.
Y el más osado de todos, traspasó el halo brillante de luz que manaba del cuerpo de Paquito hasta alcanzar la caja y extraer de ella una fotografía amarilleada por el tiempo, de un Paquito joven con un bebé entre sus brazos. La caja contenía también, una por una, todas las cartas que acompañaron las entregas de animales que a lo largo de su vida Paquito recibió.
─Podríamos leerlas todas, y ver qué dicen ─propuso de nuevo el más joven de los vecinos.
Y el más osado de todos empezó por leer la primera:
“Aquí recibes a estos cuatro perros, que sois en verdad tú y tus tres hermanos, unidos por las piernas como hubierais debido estarlo por los lazos de la sangre. Deberás cuidarlos, protegerlos y respetarlos, para compensar todas las veces en que los descuidaste, los desprotegiste y no los respetaste, hasta que fuiste castigado con el destierro.”
Y prosiguió con la segunda carta:
“Aquí recibes a este Ardillo, que es en realidad tu mujer. Deberás cuidarla y protegerla para reparar y compensar todo el daño que le hiciste con cada hediondo agravio que le propinaste, hasta que fuiste castigado con el destierro.”
Y continuó con la tercera:
“Aquí recibes a estos 12 peces, que son en verdad tus 12 compañeros de borrachera, que te incitaron y provocaron parte de tu mal. Cómetelos para reparar el daño que en compañía de ellos hiciste, hasta que fuiste castigado con el destierro.”
Y así, una a una, leyó todas las cartas que explicaban qué era cada animal, y qué simbolizaba: el oso hormiguero fue su mejor amigo al que acusó de meter las narices donde no debía, el pingüino simbolizaba la frialdad con la que Paquito trató a todo el mundo, y el ciempiés gigante vino a recordarle el modo en el que solía huir de los problemas como si de cien pies estuviera dotado.
Por fin llegó a la última carta:
“Aquí recibes a este caballito, que es tu hijo. Al único al que verdaderamente amaste, cuidaste y respetaste antes de ser castigado con el destierro. Sólo por él y para él, tendrás una nueva oportunidad. Resárcelo del tiempo en que no pudiste cuidarlo por cumplir con tu deuda en el destierro, y una vez hayas cumplido, toda la oscuridad de tu vida se tornará en una luz cegadora que lo traspasará todo, una claridad te llenará el alma. Serás perdonado.”
Y dicen que después de leer aquella carta, los vecinos cayeron en un estado de sopor que los dejó inconscientes durante horas o días o semanas o meses, nadie sabe precisar.
Cuando por fin despertaron, ni Paquito, ni la caja, ni las fotos, ni la luz, ni las cartas, poblaban ya la oscura habitación en la que vivió Paquito.
Algunos dicen que nunca ocurrió, otros dicen que lo soñaron y los más incrédulos afirman que todo lo inventaron. Lo que sí es cierto, y se puede confirmar, es que algunos días de otoño en los que el viento sopla con fuerza, en mi pueblo, es fácil que la imagen de un hombre paseando a un caballito se dibuje a lo lejos, mientras se escucha entre el ruido de la hojarasca a alguien afirmar: “que no, leches, que no es un pony”.
Sonia Ramírez