martes, 9 de diciembre de 2008

Soy un adicto (puede herir sensibilidades)

Mi afición a la sangre viene de lejos. Según mi madre, de bebé tan solo dejaba de llorar cuando al succionarle los pezones con fuerza, éstos sangraban en abundancia. Era entonces y no antes, cuando por fin me quedaba dormido, relajado y feliz. Desde bien pequeño, mis platos favoritos fueron la sangre frita, la morcilla y el pastel de sangre.
Pero no fue hasta los 7 años que me convertí en adicto a ella. Fue algo casual. Jugaba con mis amigos a ver quién era capaz de comerse una caja de chinchetas, y el más osado fui yo. A los pocos minutos, la tez se me tornó lívida, perdí el conocimiento, y mis padres me llevaron corriendo al hospital. Me había perforado el estómago produciendo una intensa hemorragia interna. Fue una operación larga y compleja para la que me sometieron a varias trasfusiones de sangre.
No podría describir con palabras el intenso placer que sentí cuando inyectaron la sangre directamente en mis venas. Sería absurdo incluso intentarlo. Imaginad el placer más absoluto que hayáis sentido y multiplicarlo por 1000. Solo así podréis comprender lo que sentí siendo tan solo un niño de 7 años, y lo que ha sido mi vida a partir de entonces.

Me dieron el alta a las pocas semanas, y pasé a ser un alma en pena. Nada conseguía calmar mi aflicción. Los pequeños placeres cotidianos de un niño de 7 años, como un balón nuevo, un tirachinas, dejaron de tener sentido para mí. Aquel placer sentido, aquella dulce sensación recorriendo mi cuerpo como un escalofrío de los pies a la cabeza… Nada en mi vida valdría la pena si no volvía a sentir lo que sentí en aquel hospital, nada.
Mi madre cocinaba para mí mis platos favoritos con la esperanza de animarme, pero la morcilla, los pasteles de sangre y la sangre frita, lejos de consolarme, sólo conseguían reavivar la sed de sangre que tenía.

Con 13 años me corté las venas para bebérmela, pero no me gustó. Como consecuencia de aquel intento de suicidio, como ellos le llamaron, me internaron varios meses en un hospital, y aquellos fueron los mejores meses de mi vida. Me las ingenié para acceder al banco de sangre del hospital, y cada día me bebía dos bolsas o más. Qué delicia… Tiemblo de gusto con solo recrear las sensaciones experimentadas durante aquellos meses. Me cambió el carácter. De huraño y taciturno, pasé a ser un chaval alegre y optimista, que reía con las enfermeras y disfrutaba de la vida. En ese momento de euforia estaba cuando el médico me dio el alta.
Me devolvieron de golpe a la vida de insatisfacción que tan bien conocía.

El primer asesinato lo cometí a los 18 años y se produjo de forma accidental. Nunca he querido hacer daño a nadie, lo juro. A pesar de que no me habían interesado nunca las chicas, aquella era especial. Se llamaba Blanca y además lo era. ¡Muy blanca! De un blanco tan transparente que las venas se le dibujaban tentadoramente como una maraña de hilos azules por todo el cuerpo. ¿Cómo mostrarle a un alcohólico la botella de whisky y pedirle que no se la beba?
Odio las historias de vampiros, drácula y demás. Mienten. Ojala dispusiera de unos colmillos bien desarrollados y preparados para succionar la sangre de mis víctimas sin necesidad de hacer una carnicería. ¡No es así! He tenido que ingeniármelas e ir perfeccionando mi estilo a lo largo de los años. Y con Blanca, no estuve muy fino, la verdad. Por no herir sensibilidades me ahorraré los detalles. Descanse en paz, Blanca.

Después de Blanca, llegaron muchas más, he traído una lista. Por orden alfabético: Adelina, Bernarda, Cecilia, Charo, Desiree, Francisca, Gregoria, Irene… ¿sigo? Bueno, son 54 en total, que lo sepáis. Y es que la sangre envasada está muy bien, pero una vez se prueba la fresca… no se puede comparar.

En fin, no sé qué le vais a decir al juez. Pero lo mejor es la verdad. Que soy un adicto, un enfermo. Que tengo derecho a rehabilitación. Repito que no soy un tipo violento. Por cierto, ¿sabéis si en la cárcel disponen de algo así como un banco de sangre? Lo digo por ir saliendo del paso.

Sonia Ramírez

sábado, 6 de diciembre de 2008

ICONO

Maldita seas. Desde el sofá del salón, con un cigarrillo frustrado en mis dedos, contemplo su satisfecha vigilancia a través del cristal de la puerta corredera. Allí sigue, sentada sobre la hierba del jardín, como si no pasara nada. Pero sé que me está observando, a su manera, con esa mirada entre serena y orgullosa de quien acaba de declarar una guerra. Hasta ahora se ha contentado con pequeñas fechorías, con regodeos excesivos sobre la hierba o salpicaduras inoportunas. De hecho, al llegar del trabajo me ha extrañado no encontrar nada fuera de lugar. Hasta que he visto que el cenicero no estaba sobre la mesa. Eso ha sido definitivo. Está claro que me está retando. Retado por un elefante, que cosas… En realidad no es tan grave, podría comprarme otro cenicero, o dejar las cenizas en cualquier otro sitio, pero no es eso. Es una cuestión de orgullo, de dejar claro quien lleva la voz cantante en esta casa, mi casa. Además, uso ese cenicero de cerámica desde hace muchos años y no tengo porqué cambiarlo. No sé qué razones tendrá para estar volviendo a hacer de las suyas, pero ese insolente animal va a devolvérmelo. Tarde o temprano acabará revelándome dónde lo tiene, y entonces le dejaré bien claro quién lleva los pantalones aquí.
Si llego a saber que me daría tantos problemas nunca me habría comprado un elefante. Pero era la moda imperante: hacerse con una especie miniaturizada genéticamente; una revolución en el mundo de la compañía doméstica para excéntricos. Todavía recuerdo el día que fui a comprarla. Me hubiera gustado un mini-tigre, pero pese a ser más pequeños que los tigres originales no eran mucho menos feroces (había oído historias sobre mini-tigres que devoraron al perro del vecino). Vi también una jirafa miniaturizada, pero me pareció incómodo imaginar su cabecita silenciosa asomándose al interior de mi bañera o junto a la cama. Sin embargo, nada más ver al elefante me decidí. Era tan pequeño… pasados 5 años, sigue pesando poco más de 20 Kg.
Los primeros días fueron muy especiales. Ni yo ni mi antigua novia nos separábamos del paquidermo en ningún momento. Lo primero que hice al llegar a casa fue coger el cenicero de cerámica (lo primero que tenía a mano), llenarlo de cacahuetes y darle su primera comida. Mientras, mi chica de entonces decidía un nombre que ponerle: Fanta; no debió ocurrírsele ninguno más ridículo.
Sin embargo, no tardaron en llegar las complicaciones. Rompía los muebles con los colmillos, improvisaba barrizales en el jardín, en los que luego se revolcaba impunemente, por no hablar de los festivales acuáticos que organizaba en cuanto descubrió las posibilidades de interacción entre su entrometida trompa y el grifo de la bañera. Luego fui descubriendo cosas acerca de los elefantes sobre las que nadie me había advertido, como por ejemplo que son incapaces de saltar, lo que me obligó a adaptar infinidad de rincones de la casa y del jardín. O que pueden vivir hasta 80 años, cosa que me puso los pelos de punta. Para colmo, Fanta es una hembra, lo cual no es buena noticia si sabes que las manadas de elefantes son básicamente matriarcales. Vaya, que tengo en casa a un monstruo indomable con instinto de dirigir a su manada, y me temo que la única manada que tiene soy yo.
No es que nos haya ido mal durante todo este tiempo, pero de vez en cuando parece que se enfade conmigo por alguna razón. Comienza a hacer cosas extrañas, cosas que sabe que tiene prohibidas. Estos días, por ejemplo, está especialmente revolucionada, se dedica a resucitar algunas de sus costumbres más odiosas. Por ejemplo, esa puta manía de robarme el cenicero, cuando sabe perfectamente que me pone de los nervios llegar a casa y no poder fumarme un cigarro con tranquilidad. Precisamente ahora que he vuelto a fumar otra vez, la muy cabrona vuelve a robármelo.
Sigue en el jardín, con sus cuatro rodillas doblegadas, abanicándose los lomos con las enormes orejas. Mirándome de reojo. Disimulando. Desde fuera entra una luz muy apacible, un calorcito agradable que me aplasta en el esponjoso asiento. Sigo pensando en ella unos momentos, en la posible explicación de su rebeldía; pero mi incapacidad para llegar a una conclusión me lleva, poco a poco, a pensar en otras cosas. Asuntos del dichoso trabajo, o sobre aquella chica a la que me gustaría invitar a casa un día de éstos. Ensimismado como estoy me olvido por completo del asunto, hasta que me doy cuenta de que mis manos han actuado por su cuenta. Ajenas a todo cuanto he estado pensando antes, se han limitado a seguir la costumbre y me han colocado otro cigarrillo en los labios. ¡Maldita sea! Me levanto, enfadado, y voy hacia la cocina, justo a unos pasos del sofá. Mi instinto me lleva a coger un vaso para depositar la ceniza, pero me obligo a detenerme, eso sería como claudicar. Me siento tan derrotado, tan impotente… necesito descargarme de algún modo, ahora mismo. Cojo el cigarrillo y lo estampo contra el suelo. Luego cojo la cajetilla entera y también la tiro. La piso y retuerzo mi pie contra ella con rabia mientras pronuncio alguna maldición que se escapa entre dientes.
Cuando alzo los ojos me encuentro por sorpresa al diminuto elefante en la puerta de la cocina. Me mira como expectante. Yo lo hago cabreado, tentado de darle un buen cachete por hacerme coger estos berrinches sin sentido. Sin embargo, hay algo distinto en su mirada, un matiz que de momento no comprendo, pero que me mantiene expectante. El animal sale corriendo. Incluso parece contento, a juzgar por la especie de chirrido agudo que hace. Yo ni me muevo, no me hace falta para ver que se dirige hacia el patio. Vuelve al cabo de poco, con las orejas bien sueltas, el paso ligero, casi grácil. Lleva enroscado en su trompa el maldito cenicero. Se detiene a mis pies y me lo ofrece, alargando su trompa hacia arriba. Abre la boca, suelta un suave chirrido.
En ese momento es cuando me doy cuenta de lo que le he estado haciendo durante tanto tiempo. ¡Por Dios! Me siento tan estúpido. Debería haber tenido en cuenta la enorme memoria que tienen estos animales. Con todo el cariño del mundo cojo ese cenicero en el que le di de comer por primera vez, hace cinco años, y lo limpio a conciencia; nunca volveré a llenarlo de apestosa ceniza. Luego lo lleno con algunos cacahuetes y lo dejo en el suelo, a expensas de la trompa omnipresente de Fanta. Me agacho para acariciar su lomo grisáceo mientras ella supervisa mi trabajo. No llega a comerse ni uno solo, parece satisfecha simplemente con verlo así. Eso era lo que quería, tan solo eso. Mantener ese preciado icono de su llegada a casa a salvo del humo, del fuego. Ahora me doy cuenta de que siempre se ponía histérica justo cuando retomaba el vicio de fumar: se llevaba el cenicero durante unos días y lo dejaba en su sitio al cabo de un tiempo, solo que hoy, al ver que me deshacía claramente de los cigarros, me lo ha devuelto eufórica.
Fanta rodea mi mano derecha gentilmente con su trompa y se queda mirando a mis ojos. Tengo la impresión de que es más compleja de lo que había imaginado, aunque creo que vamos a llevarnos mejor a partir de ahora. Lentamente, esbozo una sonrisa.

Manuel Santos (crear un relato a partir de las palabras "Elefante" y "Cenicero").

jueves, 4 de diciembre de 2008

En el Fondo del Hueso (precuela)

Los dos extraños se miraron con odio, manteniendo ocultas sus manos bajo las capas. La tormenta arreciaba, y un relámpago dio vida fugazmente a aquel estrecho callejón, olvidado entre la maraña de calles venecianas. Por un instante pudieron ver con claridad cuan idéntica era su indumentaria: sombrero de tres picos, máscara, túnica y capa.
- “Tomar lo que no te pertenece es robar” – susurró apenas uno de ellos con voz de ultratumba.
- “Pero recuperar lo que tampoco os pertenece no lo es” – respondió con firmeza el otro.
- “¡Insolente! Vas a pagar cara tu estupidez…” – amenazó el primero, mientras la ira se encendía tras su máscara.
- “Los únicos que pagarán serán los conspiradores cuando Su Santidad reciba nuevas de Florencia” – se jactó el segundo.
Se observaron durante unos segundos, la mirada furibunda y el gesto contraido bajo los disfraces.
- “Debimos suponer que eras un espía…” – gruñó el de la voz ronca – “Pero eso es algo que remediaré ahora” – concluyó, y mientras reía de forma siniestra, apartó la capa a un lado y desenvainó su espada pausadamente, dejando que la hoja brillara bajo el resplandor de la tormenta. “Ante mare, undae” gritó mientras menguaba a zancadas los metros que les separaban.
El otro, raudo como la centella, desenvainó, paró la acometida y con un movimiento circular de su hoja obligó a su adversario a pasar de largo. Sus posiciones se invirtieron. El tipo de la voz ronca apenas pudo dar media vuelta para parar un tajo transversal que el otro le tiraba ya con maestría. La brusca maniobra le hizo patinar con el suelo mojado. Su adversario se percató y le presionó de punta hasta desequilibrarle. El primero cayó al suelo y desde allí defendió su vida como pudo, mientras el segundo desplegaba toda suerte de tiros y tajos, mermando la guardia de su oponente a cada segundo. El duelo parecía decidido sin remedio cuando le desarmó, proyectando aquel acero impío a un canal adyacente. Ambos se miraron jadeantes. “¡Porco fiorentino!” escupió con voz rasgada el que estaba en el suelo. El otro bajó su guardia cuando, de entre un montón de basura frente a él, una figura se incorporó blandiendo desafiante una espada, y protegiendo al que sin duda era su aliado, su hermano de cofradía, que ya se incorporaba extrayendo de su bota una daga.
- “Tu presunción está a punto de acabar con el GranDuque y con Florencia entera” – le dijo poniéndose en guardia – “Cuanto hayas hecho acabará con tu muerte” – se burló.
- “Olvidaste decir ante mare, undae” – respondió el florentino sacando con la otra mano una pequeña ballesta. El virote le atravesó la garganta, y con un espantoso gorgoteo el veneciano cayó al suelo. Sin tiempo a reaccionar, el otro se abalanzó sobre el cadáver y tomó su espada. “Tu vida ya no vale nada” gruñó blandiendo sable y daga con renovada energía.
- “Vivir por nada, o morir por algo. Es algo que en Venecia no sabéis distinguir” – retó el otro soltando la ballesta y tomando guardia de nuevo.
Por un segundo el tiempo se detuvo, y los aceros se abandonaron a un frenesí de estocadas, fintas y tajos. El metal resonaba a su paso, mientras se movían y se trababan, hasta que desembocaron en la calle del canal. Al veneciano parecía inquietarle el agua, y evitaba darle la espalda constantemente. Esto forzó su estilo hasta que cometió un error, y en su embestida, su rival se apartó y fue directo al canal. Mientras se agarraba desesperado a un embarcadero, el florentino se le acercó, envainando su espada y arrancándose la máscara:
- “Soy Carlo de Médici, y tu vergüenza será saber que vives sólo porque yo lo he querido”. Dicho esto, se dio media vuelta, y mientras comprobaba que aún llevaba consigo la pequeña bolsa de terciopelo, se perdió entre la lluvia.
Afueras de Florencia, dos semanas más tarde.

La hospedería no era el mejor local del GranDucado, pero Carlo había pasado allí la última noche para pasar desapercibido. Sabía bien que los venecianos no darían la presa por perdida. Aquella mañana, un desconocido le había pasado un billete. “A media tarde, en las cuadras”, era cuanto decía, pero la caligrafía era inconfundible. Aún así, toda cautela era poca, y cuando acudió a la cita se ocultó tras unos maderos, junto a la puerta, acero en mano. Al poco rato un hombre de mediana edad entró despacio, mirando en todas direcciones. Carlo apoyó la punta de su arma en la espalda de aquel tipo, y sin darle tiempo, le susurró:
- “Levanta las manos y date la vuelta muy despacio”
Mientras obedecía, trató de explicarse:
- “Soy Filippo, el bibliotecario, y me envia…”
- “Se quien eres y quien te envía. No se te puede ver aquí. Dile al GranDuque que envíe una escolta de dos hombres. Esta noche entraré en la ciudad”.
- “Esta noche, dos hombres. Comprendido, pero por favor bajad vuestra espada, las armas me dan pavor y…”
- “¡Silencio necio! Te oirá todo el mundo, y no he de confiar en nadie. Vete ahora, y corre tanto como puedas” – le apremió Carlo mirando de reojo al exterior. El bibliotecario arrancaba ya a correr cuando le sujetó del brazo.
- “Toma” – le dijo entregándole unas monedas de oro – “Sirves bien a tu señor”.
Filippo se marchó como alma que lleva el diablo, mientras Carlo de Médici se retiraba a su cuartucho a prepararlo todo para su regreso al Palazzo Pitti.

Aquella noche, dos hombres a caballo llegaron a la hospedería. Cuando Carlo se reunió con ellos en las cuadras, los dos extraños se ataviaban ya con el atuendo de los venecianos, que él ya llevaba puesto. Se saludaron brevemente, intercambiaron un santo y seña y montaron. “Lamento el atuendo”, se disculpó, “pero sin duda el GranDuque os habrá señalado que es más seguro confundirse con el enemigo”, añadió sin dirigirse a ninguno de ellos en concreto. Partieron al trote y se perdieron en la oscuridad, camino de Florencia.

Ya habían dejado atrás las primeras casas cuando desmontaron. Uno de los escoltas se hizo cargo de los caballos, y los otros dos se adentraron a pié en la ciudad. Recorrían las calles con prisa, ocultándose en cada portal, en cada esquina. La bruma se enroscaba en sus tobillos presajiando el amanecer, y el eco de sus pasos parecía provenir de todas partes, cuajado en un frío penetrante que parecía hacer crecer las sombras. De pronto, al tomar una caye adyacente, un bulto en el empedrado les bloqueó el paso. Estaba muy oscuro para distinguir nada. Carlo desenvainó su espada. “Atención”, susurró, mientras el otro hacía lo mismo. Se acercó con cautela. Era una figura humana. Al llegar a su altura, vió que estaba tendida boca arriba sobre un gran charco de humedad. Le tocó con la punta de su acero, y la figura se movió. Su voz era un quejido débil. Carlo se agachó cuidando de no verse sorprendido, y por fin distinguió un rostro.
- “¡Filippo!” – exclamó con sorpresa.
- “Signore Carlo… Ayúdeme, por favor… Me muero…” – susurró el bibliotecario.
Con la velocidad del rayo, el Médici ató cabos. El charco, Filippo… Al apartar la capa a un lado, pudo distinguir una daga, hundida hasta la empuñadura, en uno de sus costados. Desgraciadamente era ya tarde. Sintió el frío del acero penetrar por su espalda y cayó al suelo. Al girarse, su escolta reía maliciosamente, con la espada ensangrentada.
- “Cuánto he deseado este momento, porco fiorentino…” – le musitó, mientras se arrancaba con furia la máscara.
- “¡Umbertino! – se sorprendió Carlo desde el suelo. – “Umbertino Pazzi… De modo que érais vos, en Venecia…”
- “Siiiiiiiiiiiiii……..” – dijo el otro con un silvido.
- “Vuestra familia siempre ha sido enemiga de la mía, pero nunca pensé que venderíais a vuestra patria, y menos a la hermandad púrpura” – le escupió con toda la rabia que el dolor de su herida le permitió.
El primogénito de los Pazzi se rió sarcástico.
- “¿Y quién está vendiendo nada, Médici? Aún no lo entiendes, ¿verdad? Cuando tu familia sea aniquilada, Florencia y el GranDucado serán para nosotros. De modo que no vendemos, compramos” – explicó siniestramente. – “Nosotros heredaremos cuanto vosotros habéis creado, bajo la tutela veneciana, claro. He creido justo que lo supieras antes de morir” – remató, y siguió riendo entre dientes.
- “Sois unos necios” – se lamentó Carlo – “¿Creéis que la hermandad os cederá el gobierno cuando nosotros ya no estemos? Os equivocáis, Umbertino. La hermandad no respeta nada, sólo ansía el poder. Arrasarán estas tierras con lo que reste de vuestra dinastía, y se quedarán con todo”.
Se escucharon pasos acercándose, pero al Pazzi pareció no importarle. Carlo se arrastró hasta un muro y con dificultar se incorporó, dejando un rastro brillante en la piedra. El otro escolta llegó hasta ellos. Desenvainó la espada y susurró “ante mare, undae”. Pero Umbertino le detuvo con el brazo.
- “No, este es mío” – le dijo con firmeza, y mientras el otro volvía a envainar el arma irritado, se acercó a su víctima.
- “Soy Umbertino Pazzi, y tu desgracia será saber que vas a morir sólo porque a mi me place” – le dijo amartillando su codo, dispuesto a atravesarle.
Esas fueron sus últimas palabras. El virote le atravesó el pecho, y cayó fulminado sin comprender. Carlo soltó su pequeña ballesta, susurrando “me habéis subestimado por última vez”. Cuando el otro escolta desenvainó de nuevo, el Médici ya había recuperado su espada, y a pesar del dolor, tomó guardia y se encaró a él.
- “Jamás comerciaréis con mi pueblo. En Florencia, cada cual elige su destino”
- “¡Y tu has elegido la muerte!” – le gritó el veneciano, echándose sobre él con decisión.
Las espadas chocaron, y ambos quedaron trabados en un forcejeo. Al florentino le traicionó un pinchazo de dolor, y el otro, con un fuerte empujón, lo derribó. Saltó sobre él como una fiera. Carlo rodó por el suelo y evitó la estocada. Mientras su atacante recomponía la guardia, el Médici desenvainó una daga y le apuñaló la pierna. El veneciano gritó de dolor y se apartó. Pero también él sacó una daga. Se miraron unos segundos y comenzaron a acecharse con respeto, tanteándose repetidamente. Ninguno cedía un palmo de terreno. Los aceros comenzaron a cortar la bruma con destreza, llenando la noche de tintineos metálicos. El uno tiraba, el otro paraba y respondía. Un corte en la capa, una manga rasgada… El veneciano lanzó un tajo que arrancó la máscara del otro cortándole la cara, y el florentino repondió atravesandole el sombrero y abriéndole un terrible tajo en la cabeza. Volvieron a trabarse, y otra vez Carlo salió despedido, empotrándose en un portón. La espada de su rival falló, clavándose en la madera, y el Médici aprovechó el golpe de suerte. Detuvo la daga que ya volaba hacia su ingle con la suya y traspasó a su atacante, que comprendió demasiado tarde su error y cayó agonizante sobre los adoquines.

Durante un rato, Carlo se arrastró desfallecido rumbo al Duomo, desangrándose a cada movimiento, hasta que fue incapaz de moverse, y las brumas lo envolvieron. Se aferró a la bolsita de terciopelo, desesperado, pensando en el futuro de su familia y de su pueblo, y las lágrimas de impotencia le cubrieron el rostro. Había fallado. ¿Qué sería ahora de Florencia? Elevó un último rezo al cielo, pidiéndole paz a Diós. Y una mujer cruzó por la calle de enfrente. Con las pocas fuerzas que le quedaban, pidió auxilio. La mujer se detuvo, miró en su dirección y finalmente se acercó despacio. El hombre moribundo alzaba su brazo suplicante.
- “Dios mio, estáis herido…” – dijo como para sí la mujer.
Carlo reconoció su voz al instante.
- “Hermana…” – dijo con un hilo de voz
- “Carlo, oh Dios, Carlo… Te ayudaré a levantarte, espera” – le susurró ella mientras sus ojos hacían aguas.
- “No hay tiempo, Alessia” – negó él. Y tomando la mano de su hermana, depositó la ensangrentada bolsa de terciopelo en ella, diciéndole:
- “Toma, no dejes que caiga en sus manos. El GranDuque no lo querría” – y su cabeza se desplomó.


Juanmi, Taller de Escritura Creativa

Una Tarde Cualquiera

Guernika, 26 de Abril de 1937, 16:35 horas.

Me despertó un eco lejano. Con los ojos aún pegados, busqué a tientas los postigos de la ventana, y al abrirlos la luz de la media tarde me deslumbró. Aparté la mirada, y dejé que mis ojos se habituaran a la claridad, recorriendo despacio mi habitación. Poco a poco, pude distinguir los detalles que me envolvían, supongo que los mismos que cualquier habitación de otro niño de mi edad. Un libro a medio leer sobre el escritorio, el armario entreabierto, el calzado tirado en un rincón… Era mi pequeño refugio. El aire frío que la primavera nos traía, aún olía a café y pastas en casa. Me puse la chaqueta de pana y me volví de nuevo hacia la ventana. Aparté mi muñeco de trapo y, de rodilas sobre la cama, la abrí. La tibieza del sol se diluyó con el fresco del atardecer, y un ligero olor a quemado se coló a través de ella. Entonces pareció como si en la lejanía, el monte se derrumbara, pero mi ventana daba al otro lado y no pude ver nada, ni siquiera a un paisano para poder preguntarle. No duró mucho, pero desde mi ímpetu infantil de vascongado, aquello ofreció a mi imaginación la posibilidad de inventarme una aventura. Cerré de nuevo y salí en busca de mi hermano.

La casa estaba desierta. Mis padres atendían su negocio, como cada día desde que abrieron la zapatería. Mi abuelo, que llevaba viviendo con nosotros desde que enviudó, tres años atrás, tampoco estaba. Ni mi hermano. Dado que era mayor, a veces ayudaba a mis padres, y su ausencia no era extraña. Hacía mucho que esa era la rutina en mi hogar, y las tardes se convertían en tediosas horas de ocio solitario. Salvo que saliera a jugar con mis amigos. Pero era día de mercado, y la plaza estaría llena de puestos a medio desmontar, como cada Lunes.

Dispuesto a que nada estropeara mi diversión, salí a la calle. Parecía que se estaba nublando, pues una nube negra se agolpaba desde el río. Contemplé un instante las calles desiertas de mi ciudad, mientras me frotaba las manos entumecidas por el frío, y el olor a quemado se hacía más fuerte. De pronto una silueta, que me pareció el arquitecto Castor Uriarte, pasó corriendo a lo lejos, y yo salí a escape tras él. Al fin algo de emoción. Lo perseguí sin tregua mientras cruzaba la plaza, extrañamente desierta, y cada pocos metros algún paisano más se nos unía. Casi no tenía aliento, pero era tan emocionante… Reía mientras daba caza a a quellos adultos que se habían aliado con mis fantasías sin saberlo. Extendía los brazos a modo de avión, y entre mis carrillos colorados, miles de ametralladoras abatían a los enemigos, que huían despavoridos. Y llegamos al río casi sin darnos cuenta. Frené mi vuelo poco a poco, mientras mis piernas perdían la vitalidad, mis alas se desmontaron y me paré. A lo lejos se veía el puente, y en las inmediaciones, los árboles ardían furiosos llenando el aire de aroma a leña quemada, mientras muchos lugareños se agolpaban alrededor. Quise acercarme para ver mejor, pero una mano me aferró del brazo y me volvió:
- “ Gorka, ve a casa, corriendo, y espéranos allí”
- “Pero amatxu, ¿que pasa? ¿Por qué se queman los árboles?”
- “Ve a casa, hijo, no te entretengas. Coge un saco y mete dentro algo de ropa y comida”
Con mis fantasías hechas añicos, obedecí.

Guernika era la cuna de la civilización vasca, y un centro económico. Sus calles hervían de actividad, en especial los días de mercado. Los comercios y tabernas siempre estaban llenos, y el bullicio empapaba el ambiente hasta que caía el sol. Hacía semanas que bastantes soldados se mezclaban entre nosotros, lo que aún daba más vida al entorno. Me sorprendió, de camino a casa, encontrar a mi paso tan sólo ausencia.
Obedecí a amatxu, y luego me senté frente a los fogones aún tibios a esperar. Pero tras mucho rato, sólo había aparecido Mikel, un vecino algo mayor que yo, así que bajamos a la portería a jugar a las tabas para matar el tiempo. De pronto, la campana de la iglesia comenzó a tocar. Nos miramos extrañados, y comenzaron a sonar sirenas. De un salto nos levantamos y salimos a la calle. De pronto todo el mundo había salido, y corrían por todas partes con una expresión desencajada, como si quisieran mitigar el frío. Sonó una detonación al otro lado del pueblo, y luego otra, y otra más… Mikel y yo nos miramos de nuevo, desorientados, mientras el aire se teñía de un sabor acre y las columnas de humo comenzaban a elevarse entre el estruendo. Yo no entendía nada, pero empecé a tener miedo. La gente gritaba “¡corre, corre, por Diós…!”, y al pasar delante nuestro “¡Kaporá, Kaporá!” El caos era total mientras llovía fuego por todas partes. Yo quería esperar a mi familia, pero comenzaron a salpicar cascotes alrededor. “¡Al ayuntamiento!” me apremió Mikel, “Mi padre me dijo hace poco que si algo así pasaba, en el ayuntamiento había un refugio subterráneo”. Corrimos desbocados por las calles llenas de escombros, entre el ruido, el humo que nos ahogaba y empezaba a hacerse más denso, y aquel olor que aún hoy recuerdo. Entonces escuché un motor, y al levantar la vista, un avión se precipitaba en nuestra dirección, ametrallándolo todo a su paso. Salté dentro de una portería. Mikel no tuvo tiempo y una ráfaga lo despedazó delante de mi. Recuerdo que me agazapé en aquel lugar, cerrando los ojos y llorando una barbarie que jamás olvidaré y que, hoy en día, todavía no comprendo. Una terrible explosión me lanzó por los aires, mientras un diluvio de cristales y piedra me ajaba la piel, y aparecí de nuevo en calle. El humo apenas era traspasable, en todos los sentidos, y mientras sangraba gritaba “¡Papá, mamá…!” cuando el miedo y el llanto me lo permitían. Alguien me alzó en volandas y me llevó entre edificios que se deshacían devorados por el fuego. Entramos en una portería y bajamos muchas escaleras, hasta llegar a un túnel. “Aquí estamos a salvo” me dijo mi padre. Yo sólo veía tinieblas y gente presa del pavor, sucios y apelotonados, mientras hilos de polvo se descolgaban del techo con cada detonación. Por primera vez me sentí algo reconfortado. Pero si he de hacer honor a la verdad, fue en esos minutos, con los oidos tapados, entre el olor a sudor y a humedad, cuando pasé más miedo. Esperaba que en cualquier momento, un proyectil hundiera la techumbre y acabara con todos. Pero pronto las explosiones empezaron a perderse entre los sollozos y los rezos, hasta que se hizo el silencio, un silencio que ninguno de los allí presentes nos atrevimos a romper. Eran las siete y media de la tarde.

La división Cóndor arrasó Guernika en una hora, y asesinó a más de 300 personas. Apenas quedaban casas en pie, y muchos incendios no pudieron ser sofocados hasta el día siguiente. Me pareció desolador, aunque no comprendía que había pasado. Mi infancia terminó aquella tarde, pero me dejó el terrible recuerdo de la peor barbarie que he podido contemplar. Yo no lo sabía entonces, pero una tarde cualquiera, aquella tarde, viví el horror que llenaría mi tierra de sombras durante 40 años.


Juanmi, Taller de Escritura Creativa
EL LADRÓN (Elsa Vergés. Taller Relato)
Como todos los días de lunes a viernes, Roberto, nacido en la Pampa argentina, se preparó para ir a trabajar: corbata, gomina, maletín. Al mes de llegar a Barcelona encontró trabajo en una entidad financiera de dudosa credibilidad. Quizás fue suerte o quizás fue su madre que siempre le animó para que acabara la carrera de económicas.
Al otro lado de la ciudad, Antonio, hijo mayor de una familia numerosa, también se preparó para ir a trabajar, o así es como lo llamaba: guantes, medias de la suegra, pistola de fogueo. No le gustaban las armas de verdad ni la violencia, pero seguía la tradición familiar. Nunca le había dicho a su progenitor que usaba pistolas de fogueo, hubiera sido una deshonra para la familia.
Ambos salieron de casa para ir al centro de la ciudad, repleto de bancos sedientos de dinero. Roberto iba a su oficina y Antonio en busca de una. Antes de empezar la jornada, Antonio entró en un bar, era incapaz de dar un asalto con la tripa vacía. Se tomó el café con calma, las prisas no eran buenas compañeras para dar un buen golpe. Mientras, Roberto ya estaba atendiendo a los primeros clientes, un matrimonio de gran tamaño. Antonio salió del bar y eligió el primer banco que vio. Era pequeño pero algo de pasta tendría. Se puso la maldita media de la suegra que tanto le apretaba y entró.
-¡Arriba las manos, esto es un atraco!
La gente se agachó por instinto, aunque el matrimonio ancho tuvo serias dificultades para meterse debajo de la misma mesa.
-¡Venga todos quietos, no hagáis tonterías! ¡Y tú el de la ventanilla, ve soltando todo lo que tenga este puto banco!
-¿Yo?pará, pará…un momento…
-¡Cállate tipo de la ventanilla y suéltalo todo!
-Este, me llamo Roberto, podría acercarse a la ventanilla, esto de chillar es de locos. Andá dále veníte.
Antonio empezó a sudar, cogiendo la pistola con las dos manos apuntaba a Roberto con un ligero temblor, no le gustaban las conversaciones. Roberto seguía con lo suyo.
-Mirá lo que hiciste, a asustaste la pobre criaturita – una mujer sostenía un bebé que lloraba agriamente.
-Me da igual, puto inmigrante - dijo Antonio escupiendo sus palabras.
-Además de ladrón perdiste la educación. Yo vine a Barcelona a trabajar, no como otros – dijo Roberto sarcásticamente – Si vos querés dinero no hace falta que robés un banco. Hay algo mucho más sencillo para vos, la criaturita y todos los que estamos aquí.
Todos los clientes estaban atónitos, ya no por el ladrón sino por la actitud tan arriesgada de aquél empleado de banco. Quizás no era el primer robo que vivía, pensó un abuelo que se escondía detrás de una planta de plástico.
Antonio estaba nervioso pero algo de aquél tipo argentino le llamaba la atención. Su padre siempre le decía que los argentinos sabían de negocios, nunca supo el porqué. Por si acaso dijo:
-¿No habrás avisado a la poli y ahora me estás entreteniendo con tu palabrería?
-Calmáte, no soy un suicida. Escucháme, te puede interesar: me pedís un préstamo de unos 3000 euros, yo te doy el crédito y vos no lo devolvéis. Así de fácil. Luego te vas a otro banco, pedís otro préstamo, y luego a otro y así sucesivamente. Y cuando tengas suficiente guita te vas del país.
-Pero cómo me vas a dar un crédito so capullo, soy un ladrón.
Roberto le quitó importancia a ese detalle, le dijo que podría falsificar cualquier nómina que alguien le prestara. Se dirigió a la sala y pidió a los clientes que hicieran el favor de colaborar y que le prestaran una nómina al señor ladrón que tenía que hacer un trámite.
Nadie respondió a la llamada de colaboración.
-Los bancos ya no verificamos los papeles, son pequeños detalles, nos fiamos de nuestros estimados clientes.
-¿Cómo sé que no me vas a denunciar?
-Con esa media horrorosa que llevás en la cabezota es difícil saber que cara tenés. Mirá que sos difícil de convencer – suspiró Roberto- ¿y esa pistola? Si no la sabes usar te puede reventar un ojo o cualquier parte del cuerpo, ya me entiendes… ¿y el nene, y el abuelo? ¿Les vas a hacer daño? Podés estudiar mi oferta, si te vas ahora nadie te va a denunciar, aquí no se te ha visto la cara.
Antonio estaba medio convencido de hacer lo que le decía Roberto, pero le fastidiaba darle la razón a la víctima. En realidad este curro de robar bancos lo mataba a cansancio y seria una buena idea lo de pedir préstamos. Eso le daría prestigio al barrio y la familia lo respetaría más, como si fuera un ladrón de guante blanco. Era una oportunidad de adaptar el negocio a los nuevos tiempos y seria menos peligroso que el robo a mano armada. Además ya no tendría que usar esas malditas medias. Antonio miró hacia a la calle para asegurarse que no había poli esperando y se largó sin decir palabra. A partir de ahora trazaría un plan para hacerse de oro mediante los préstamos sin pagar. Buscaría un falsificador profesional y se compraría un traje bien elegante. Pensaba en la razón que tenía su padre con respecto a los argentinos.
Todos siguieron sin moverse, el ladrón se había ido sin robar, eso era algo inaudito.
Antonio guardó la pistola pero olvidó la media de la cabeza, así que salió a la calle con pintas de ladrón. Iba tan ensimismado con su nuevo plan que ni siquiera le molestaban las malditas medias. Un hombre que se dirigía a la oficina se dio cuenta de la situación. A través del cristal de la puerta vio a un matrimonio debajo de una mesa que levitaba, un abuelo detrás de una planta y una mujer con su bebé llorando. A su derecha un tipo con unas medias en la cabeza se alejaba por la calle. Era obvio, aquello había sido un atraco. Así que el hombre empezó a gritar:
-¡Al ladrón! ¡Al ladrón! – Esos gritos despertaron a Antonio y cuando se dio cuenta de su olvido ya tenía un montón de gente persiguiéndole por todas direcciones. En ése momento echó de menos el tener una pistola de verdad. Igualmente sacó la suya y ésta acción hizo que el mogollón se parara en seco. Pero ya era demasiado tarde para huir, un coche patrulla llegaba a toda velocidad y éstos si que tenían armas de matar. Cuando tuvo los polis delante apuntándole con pistolas de verdad, Antonio bajó la cabeza y dejó caer la pistolita con tanta mala suerte que se disparó. Esto sorprendió a la policía y le dispararon en la pierna. Antonio estaba tan asustado que creía que se moría.
-¡Me muero, ai que me muero! Y todo por culpa del gilipollas del argentino de mierda.¡Ai madre mía! ¡Mamaaaaá!!!
Se lo llevaron al hospital, ése fue su último día como ladrón de bancos. Seguramente en la prisión se dedicaría a estudiar económicas.
Mientras, en el banco, todos seguían inmóviles y ajenos al lío que se había formado dos calles más arriba.
El abuelo fue el primero en salir de su escondite y se dirigió a la ventanilla. Roberto, que seguía con su trabajo como si nada hubiera ocurrido, le miró por encima de las gafas de leer. El abuelo le dijo:
-Oiga, yo quiero un de esos préstamos que no hay que devolver.
-Cómo no, estimado cliente. ¿De cuánto lo quiere?
Elsa Vergés Masriera
Taller Relato

AL ROJO VIVO

El Elefante más fuerte y corpulento, jefe de la manada del circo ambulante, reunió a sus congéneres para darles una de mostración de gracia y diversión con un objeto que había robado al pasar por el bar del gran hotel donde hicieron su ultima presentación. De su moco desenrolló un gran Cenicero de vidrio , lo puso en el piso, pidió silencio a todos, apoyó una de sus patas delanteras en la vasija y con un gesto protagónico de sobrada burla lo aplastó con fuerza para que se oyera como se estallaba en pedacitos…… pero… nada pasó….. Levantó la otra pata delantera y tomando impulso lo descargó contra el piso y … nada pasó…Luego levantó tres patas hasta quedar apoyado sólo en la que tenía el Cenicero debajo, seguro de que con todo su peso lograría que …. pero nada pasó. Por el contrario, un corrientazo doloroso le subió hasta las orejas y le estremeció todo su cuerpo cuando el Cenicero pisado se hundía entre sus dedos y caía una mancha roja en el piso. Sudoroso y cojo sacudió la pata herida sin lograr desprenderse de él, en cambio empezó a sentir un calor de brazas ardientes por su extremidad. El Cenicero enfurecido por la humillación causada decidió liberar de sus entrañas y su memoria todos los calores acumulados de todas las colillas y cerillas que contra su cuerpo habían apagado en interminables tertulias toda clase de fumadores extraños y le sumó a esto la rabia contenida por su vida sometida y pasiva de oír prolongadas, repetidas y sosas historias de los cansones borrachos o soportar las babas y vómitos de los más vulgares. Conforme calentaba su vítreo cuerpo la pata donde estaba clavado olía a cuero quemado. El paquidermo adolorido y desesperado gritaba: ¡Qué miran animales! Ayúdenme! Apunten sus mocos a mi pata y lancen sus chorros con fuerza! O me van a dejar incendiar aquí parado!


Todos como un cuerpo de bomberos luchaban por extinguir el fuego inagotable que continuaba creciendo con fuerza desde el vidrio refractario traga fuegos salvado de su propia destrucción y convertido en el personaje incendiario de un doloroso espectáculo inesperado. Una nube de humo invadió la atmosfera de la carpa nublando la visión de los elefantes y los chorros de agua que salían por sus narizotas terminaron disparados por todas partes menos a la pata en cuestión. -¡A mi pata estúpidos! ¡A mi pobre pata! – les gritaba a las desordenadas mangueras -¡por algo los tienen encerrados en este circo trabajando como payasos! ¡No pueden ni con la trompa!
Con tanto humo no hacían más que estornudar y ya no botaban agua sino una escasa baba mocosa. Así las cosas el gran Elefante tuvo otra idea, colocó un balde al centro y ordenó: -descarguen todos sus orines aquí -y metió la pata con el terco vidrio fulgurante lo que sólo sirvió para escuchar el ruido que causa el hierro forjado al rojo entrando en el agua pero con olor a chicharrón quemado.


El Cenicero ofendido por su parte adquiría más templanza en su carácter y resistencia. En medio de tanta algarabía y jaleo recordó que para esa noche estaba incluido en la lista de artículos seleccionados para el banquete de Aniversario de los Socios del Circo, era hora de marcharse, aflojó su cuerpo y su temperatura y cayó de la pata rodando por el piso rumbo al bar del hotel, pensando por el camino -esta noche me sirve para recuperar la energía perdida hoy si es que no decido otra cosa.


El Elefante por su lado debió permanecer tres semanas en cuidados y curaciones con emplastos de yerbabuena, caléndula y lodo con la pata levantada por una polea, hasta que un veterinario artesano le tomó la impresión y le construyó una prótesis de marfil que le permitiera continuarse presentando en las funciones. Una semana más tardó en ajustársela, probarla y darle el acabado final. La noche anterior a la muy anunciada reaparición terminó su ensayo frente a un gran espejo. Tan pronto levantó sus patas para saludar al público un furioso enrojecimiento invadió su cuerpo, por el espejo pudo ver como aquel fabricante había decidido darle una mayor originalidad artística a su obra tallándole en la superficie de la prótesis un gran Cenicero.


Melqui Barrero G.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El Elefante

El comisario Castro esperó unos segundos a que sus hombres guardaran silencio.

–Chicos, ha habido una denuncia por robo en una tienda de antigüedades en la zona del centro. Iros para allá y hablad con el propietario a ver qué sacamos en claro. ––explicó mientras entregaba a su subordinado una delgada carpeta con los detalles de la denuncia.

–A sus órdenes, don Lorenzo –Contestó Miranda, poniéndose en pie.

Paco y sus hombres se dirigieron hacia el pequeño establecimiento. Al abrir la puerta se oyó el típico sonido de unas campanillas que colgaban del techo y que anunciaban al dueño que tenía visita.

–Buenas tardes. Inspector Francisco Miranda. –Paco mostró su placa y pasó a presentar a sus compañeros. –Estos son los subinspectores Moreno y Fernández. ¿Es usted el señor Olivares?

–El mismo. Adelante agentes.

El propietario era un hombre bastante mayor. Tenía la apariencia de sobrepasar de largo los setenta años. De aspecto enjuto, en su nariz sostenía unas diminutas gafas.

–Venimos ha realizarle algunas preguntas relacionadas con el robo que usted mismo ha denunciado.

–Así es. Esta mañana entraron unos jóvenes que estuvieron mirando algunas piezas, no compraron nada pero, por desgracia, cuando se marcharon comprobé que faltaban objetos de enorme valor cultural y personal.

– ¿Nos puede facilitar una lista con esos objetos, caballero? –preguntó Lucas.

–Un cenicero en forma de elefante –Respondió el hombre en seguida, de manera un tanto precipitada.

– ¿Cómo es esa pieza?

–Bueno, es especial para mí, por el significado personal que tiene. Se trata de un cenicero de cobre que imita a un elefante con la trompa hacia arriba.

–Eso da buena suerte, Lucas, que lo leí en la revista Más Allá.

Paco puso los ojos en blanco.

–Mariano, leche, ¿eso qué más da? Céntrate en lo que estamos, hombre.

Lucas continuó con las preguntas.

– ¿Alguna otra cosa que añadir a la lista?

–Bueno, sí, creo que un par de cajitas y otros tantos ceniceros.

–Pues muchas gracias señor Olivares, ya le llamaremos –resolvió Lucas, enfilando sus pasos hacia la puerta de salida.

Mariano y Paco se miraron incrédulos, luego siguieron a su compañero hasta la calle.

–A ver, Lucas, ¿se puede saber qué puñetas estás haciendo? –Preguntó Paco – ¿Cómo que ya le llamaremos?

Mariano intervino también.

–Le llamarás tú, so listo, si no le has preguntao ná, que estás tarao, a ver ¿por dónde vas a empezar a tirar del hilo? ¿Eh? Que no sabes ni cómo son los ladrones ni cuántos eran ni ná… al menos podíamos haber tomao las huellas, que eso es de manual.

–A callarse tol mundo. Mira Paco, yo a este robo le veo lagunas –contestó Lucas muy seguro.

–Ya estamos, Paco. Tú no le hagas ni caso al descerebrao este, ¿eh? Que empezamos con las lagunas y acabamos en el pantano –dijo Mariano llevándose la mano a la frente.

Paco miró a Moreno con complicidad y se dirigió a su yerno utilizando un tono sereno.

–Amos a ver, Lucas, tú estás obsesionao, porque ya me contarás a santo de qué le ves lagunillas al robo. ¿Qué pasa? ¿Que como son cuatro piezas exclusivas de decoración no es importante?

–Claro, Paco, este se ha acostumbrao al robo del siglo y ahora cualquiera lo hace investigar un robo normal. Del tres al cuarto sí, pero es un robo y tiene el mismo derecho a ser investigado.

–Callate ya Mariano, no vayas por ahí, ¿vale? –Lucas intentaba defenderse.

–Venga ya Mariano, leches, que la grandeza del robo es irrelevante, se trata de salvaguardar los derechos y libertades de los españoles sea cual sea la magnitud del delito pertrechado, ¿estamos?

–Estamos Paco, pero entonces que diga Lucas por qué cojones ha salío escopeteao de la tienda.

–Mira Paco yo he mirado a los ojos al anticuario y ese tío miente.

– ¿Cómo que miente?

–Bueno, yo sólo sé que su reacción ha sido un poco sospechosa.

– ¿Sospechosa por qué? ¿Eh? Porque te recuerdo que tú ves gigantes donde sólo hay molinos, que cuando te encriptas… no hay quien te saque de ahí.

–Si no queréis confiar en mí no lo hagáis, me da igual, pero a mí me ha parecido que mostraba un interés desmesurado por una mierda de cenicero de lata.

–De lata no, Lucas, que ha dicho de cobre y con la trompa del elefante parriba.

–Como coño sea. Pero le ha faltao tiempo pa describirlo con pelos y señales y en cambio el resto del alijo no sabe ni de qué está compuesto. Ese elefante tiene algún significado, Mariano, hazme caso.

– ¿Y se puede saber por qué cuando dices elefante me miras a mí? ¿No será por que estoy gordo, no?

–Amos no me jodas, Mariano, con la chapa de que estás gordo. –Lucas miró luego a su superior –Que está tol día igual el pesao este, Paco.

– ¿Lo estás viendo, Paco? Ahora me llama pesao ¿qué viene luego, Lucas? ¿Rinoceronte? Porque te recuerdo que sí, que estoy gordo pero también soy persona y algún día tú te puedes ver como yo y entonces ya me dirás lo que se siente… ¿o te piensas que vas a estar siempre así? Que yo de jovencillo también tenía un cuerpo de junco como tú, no te vayas a creer.

–Paco, dile a este que se calle ya, anda.

–Venga Mariano, leche, déjalo ya. Que lo mismo Lucas tiene razón y en el chisme ese hay algo. Lo que hace falta es encontrar a los ladrones.

–Esa es otra, Paco. Joder, ¿desde cuándo entran chavales jóvenes en una tienda de antigüedades?

–Ahí llevas tú razón, que la juventud no tiene un duro nunca, leche, y lo que tienen se lo gastan en juergas.

–Claro y digo yo ¿a caso el pureta no sospechó nada? Porque no creo que acostumbre a vender muchos ceniceros a niñatos. –Afirmó Lucas peinándose el bigote con la yema de los dedos.

–Hombre –dudó Mariano –visto así…

–Pos claro, además ¿pa qué cojones va a querer nadie normal una cosa así? Que esa gilipollez debe costar un ojo de la cara cuando en el chino de la esquina regalan ceniceros de toa la vida.

–Entonces ¿qué es lo que tú propones? –preguntó Miranda mostrando las palmas de las manos.

–No sé ¿tiramos del confi? –sugirió Lucas.

–Eso estaría bien, Paco

–Ea, pos ya estás llamando al confidente a ver qué se cuenta.

Más tarde, en comisaría.

– ¿Se sabe algo de los chorizos, niño?

–Algo hay, Paco. Dice el confi que dos tíos han estao intentando despachar la mercancía por to San Antonio pero con la mierda de la crisis no han vendío ni un cromo.

– ¿Por dónde se mueven?

–En un antro de billares de la zona sur ¿vamos?

–Venga, pero con cuidaito, ¿estamos?

–Que sí, coño, que sí.

Los tres amigos llegaron al local. Un salón de recreativos frecuentado por jóvenes de origen humilde y algún que otro borracho. El confidente observó a Lucas indicándole con una mirada a quién se tenía que acercar.

Paco y Mariano se colocaron junto a la mesa más próxima, agarrando sendos tacos de billar. Lucas se acercó con disimulo a los delincuentes. Paco no le quitaba ojo de encima. Veía cómo su compañero hablaba con los chicos mientras bebían unas cervezas. De pronto, los tres jóvenes se dieron la mano y Lucas salió de allí.

Al pasar por el futbolín donde jugaba Pedro el confidente, Fernández dejó, con disimulo, un billete de veinte euros sobre la mesa.

–Paco, esos tíos no saben ná. Han robao las figuritas esas como el que roba un cd en el Sepu.

– ¿Entonces en qué habéis quedao? –inquirió Paco acompañando las palabras con un gesto de sus ojos.

– Ná, esta noche me traen el alijo, a Los Cachis. Les he dicho que me gusta el arte.

– El arte, ¿no? –Paco no daba crédito. Sacó el pañuelo y se lo llevó instintivamente a la boca.

– ¿Qué pasa? A ver si ahora no me puede gustar a mí el arte.

Mariano no se pudo contener.

–El arte de cagarla te gusta a ti. ¿A quién se le ocurre citar a los malos en el bar de tu suegra, so tarao?

–Eso digo yo, Lucas, que estás tonto, me cago en to lo que se menea, que está ahí mi Lola sirviendo cañas y tú haciendo negocios turbios con la chusma, coño.

–Y no sólo Lola, Paco, que también puede estar Sara. Que Lucas dice que la quiere mucho pero mira lo que ha tardao en ponerla en peligro.

–A ver, callaros ya los dos que me estáis hinchando los huevos. La operación será algo rápido y limpio. No habrá ni que sacar las pipas por lo que nadie va a resultar herido. Ni siquiera se van a enterar los clientes. En cuanto los notas me pasen los ceniceros… vosotros los detenéis y tol mundo cagando leches pa comisaría.

–Más vale que salga bien, Lucas, yo sólo te digo eso.

–Que sí, Paco, joder, confía en mí.

Por la noche en el bar, se realizó el intercambio con pulcritud. Los agentes detuvieron a los rateros y los metieron en el calabozo hasta que se solucionara el caso. En la sala briefing, Lucas, rebuscó entre las piezas escondidas en una bolsa de deporte hasta dar con el elefante. El resto de ceniceros se los pasó a Mariano, que los dejó sobre el atril.

Los tres policías se dispusieron a inspeccionar la figura con forma de elefante para descubrir, de una vez por todas, qué era lo que el anciano anticuario guardaba dentro.

Las finas manos de Lucas iban rastreando cuidadosamente la pieza hasta dar con un diminuto mecanismo que hizo que se abriera la camuflada tapa que había en la parte central del animal.

–Aquí hay algo. ¿Qué os dije, eh? Que confiarais en mi instinto, coño.

–Sí, bueno, saca lo que sea ya de una vez, anda –contestó Paco, nervioso.

El joven miró el interior del cenicero con curiosidad. Luego introdujo los dedos para sacar el objeto.

– ¡Qué asco, joder! –gritó Lucas de pronto, tirando el elefante al suelo de un golpe.

Sus compañeros observaron cómo en la mano derecha de Lucas, una dentadura postiza parecía morderle los dedos.

–Instinto ¿verdad? –Paco se mordió la lengua levantando el puño contra su yerno. –Yo a ti te mato.

–Yo qué sé, Paco, esto es mu raro –Se defendió el subinspector.

–Lo raro es que no te de un par de hostias, eso es lo raro, me cago en to lo que se menea, coño…

–Paco –interrumpió Mariano a su compañero, mientras recogía el cenicero del suelo. – Que lo mismo Lucas llevaba razón.

– ¿Qué razón, Mariano? ¿Qué razón? Porque yo lo único que veo es el rosario de mi madre mordiéndole la mano a este, pero eso en mi pueblo no es delito.

–No, si lo digo por esto, Paco.

Mariano enseñó a sus amigos el objeto hecho pedazos. En cada pata y en la trompa había pequeñas bolsitas contenedoras de un sospechoso polvo blanco.

Paco se giró hacia el atril, comprobando que el resto de ceniceros escondían también el mismo contenido.

– ¿Cocaína? –preguntó Lucas.

–Va a ser que sí, Lucas. –Le informó Mariano –A no ser que el viejuno tenga por costumbre darle a estos bichos Maizena pa desayunar.



Fan Fic.



SOHO. Taller Virtual de Escritura Creativa.

martes, 2 de diciembre de 2008

EL GENIO DALÍ

Sonó el teléfono, otro ladrón de tiempo, -pensé-sin apartar la vista de mi paleta, el ocre y el rojo iban tomando consistencia después de un arduo proceso, el matiz me estaba convenciendo. El teléfono seguía sonando pero, ahora, no pensaba abandonar mi lienzo.
Un paso atrás, dos, perspectiva… no está mal pero, tampoco está bien. El teléfono dejó de sonar. Absorbiéndome en lo abstracto de mi lienzo, el rojo-ocre adquiría la forma de lo que iba a ser mi elefante número cuarenta y cuatro.
Entre las cortinas rompía el día, me acerque a la ventana encendiendo un cigarrillo que saboree como si fuera el primero de la mañana, que ironía, pero me sentía en paz, mi elefante “44” acababa de nacer. Consumiendo parte de mi vida, la triste ceniza se escapaba al vacío, a un lado y a otro no aparecía mi querido cenicero, claro que no le culpo, como siempre a rebosar de mis propios delitos de nicotina y alquitrán. Me entristecía verle así. Si Dalí despertara de su letargo acabaría por tirarme el cenicero a la cabeza, así que, aunque solo fuera por respeto a un Genio dormido, me acerqué a la cocina y le dí un merecido reconocimiento.

No vayas a utilizarlo para apagar tus colillas- me había dicho Rogers el día que me lo regaló-
Y, ¿Por qué no? ¿Qué otra utilidad puede tener un cenicero sino para descansar las pruebas de tan sublime vicio?
¿Y tú te haces llamar artista? Este cenicero tiene su historia, hace muchos años, Air India encargo un diseño a Salvador Dalí al que bautizó con el nombre de, “Cenicero elefante”, solo 5.000 piezas, todas numeradas.
¿Un cenicero en forma de elefante? ¿Air India? ¿Dalí? ¡Que ironía! Elefantes, India, tabaco, ceniza, colillas, cenicero…que extraña combinación para un Genio.

Sin embargo aquel obsequio acabaría por marcar mi vida. La simple idea de aplastar colillas sobre el lomo de un elefante me había obsesionado hasta tal punto, que desde entonces mis lienzos solo reflejaban diferentes posturas de ese animal.
Consumiendo cantidades inconfesables de nicotina se había ido convirtiendo en mi musa, mi compañero de insomnio, mi consciencia, mi otro yo. Uno frente al otro, noche tras noche, su mirada siempre desafiante y por supuesto rebosante de colillas. Jamás se quejó. Como cada mañana, vaciaba las culpas de mi delito mientras le acariciaba el lomo, él siempre acababa por perdonarme, envejecíamos juntos y me recordaba que era una especie en peligro de extinción.

Absorto en mis pensamientos y desalojando colillas, volvió a sonar el teléfono. Poco a poco fue deslizándose, escurriéndose por mis entrañas, cayéndose al vacío y multiplicándose en mil pedazos.
El teléfono seguía sonando.
¿Quién es?
Soy Rogers. ¿Cómo estás?
De luto. ¿Cómo quieres que este?
¿Por qué? ¿Quién ha muerto?
Mi elefante .Acabo de asesinarlo en mil pedazos y con él mi cenicero.
¿Te has cargado al “cenicero elefante” que te regalé?
No. He matado mis noches de insomnio, mi musa, mi consciencia. Estoy de luto y voy a dejar de fumar.
Tampoco exageres, solo era un cenicero.
Ya lo ves, él tenía razón, somos una especie en peligro de extinción.
Àngels Enrique

En Esta Noche

En Esta Noche

Antes de que despiertes, deja que te hable…

En esta noche quiero decirte que no sé cómo me siento.

¿Recuerdas el día que nos conocimos? A través de aquella puerta de rejas me pareciste como un sueño enjaulado. Algo de ti me cautivó por completo. Yo te hice un regalo, tú ya sabes qué, y simplemente conectamos. Me perdí en una de tus miradas, y no he vuelto a tener rumbo.

Después llegaron mis miedos, inexorables. Cada fibra de mi ser llora aún el haberte conocido en aquel momento. No estuve a la altura, y lo lamentaré siempre, es algo de lo que no hablamos pero que conocemos bien. No era mi momento, no estaba preparado, no aún, y me entró el pánico. Pánico por lo que podía llegar a sentir por ti si me lo permitía a mí mismo. Y cometí el peor error de mi existencia…

Pasó mucho tiempo, es verdad, pero volvimos a encontrarnos. Tuve que admitir que a lo largo de todo este tiempo, tú habías sido siempre mi referente, mi aspiración máxima. Cuando empecé a imaginarte durmiendo, en paz, navegando en un mundo en que no hay precio que pagar por nada, comprendí que estaba atrapado. Pero era tarde ya. Nos envolvió la noche de los sueños por cumplir, y hasta hoy no nos ha soltado.

Recuerdo el día en que conocí tu playa, que fue uno de los días más felices de mi vida. Tu estabas radiante de felicidad, preciosa, como siempre cuando te ves en mis ojos. Ese día se abrió una puerta muy importante entre nosotros.

¿Sabes?, cuanto más te conozco, más adentro me llegas. El modo en que consigues que me abra a ti, que desee ser mejor de lo que soy para estar a tu altura, es increible. No sabes lo que despiertas en mi… Tienes exactamente eso que me enloquece en una mujer, y eso es maravilloso y terrible a la vez.

Y ahora estoy aquí, en esta noche fría, entre las sombras y los árboles de esta montaña solitaria, recordando cada segundo de tu compañía, imaginando como podría ser el mundo a tu lado… Conocerte ha sido revelador. Si recordar es volver a vivir, yo vivo eternamente cada instante que hemos compartido, cada palabra, cada mirada, cada sonrisa… esa sonrisa que me vence sin remedio.

Esta es mi historia, esta es la realidad que vivo y lo que me dicen mis sueños cuando logro dormir. Pero como a todo relato le falta un nombre para llenarse de vida. Dime si puedo ponerle el tuyo.

Dulces sueños cariño.



Juanmi, Taller de Escritura Creativa

PASO OBLIGADO

“Al final de la tarde mi Columna sostuvo un combate de varias horas con una patrulla militar hasta la media noche. En medio del fuego cruzado, de un momento a otro empecé a ver la imagen de su hermoso rostro por entre la maleza, las sombras y los resplandores relampagueantes que traqueteaban por todos lados y por el temor a herir su figura con los fogonazos de mi metralla descuidé la defensa, mi pierna derecha se dobló sin fuerza, perdí el equilibrio, rodé por la pendiente y ahora me veo una herida por encima del tobillo que llevo apretada con el cinturón. Esto para mi está casi resuelto, como en otras ocasiones. El riesgo es que debo volver a pasar por el mismo sitio del enfrentamiento y no sé si está despejado, Tengo que hacerlo. Debo encontrarme con ella al otro lado del rio”.-Así escribió mi padre en su diario el tres de enero hace veintiocho años –dijo Ernesto a su callada acompañante, aminorando la marcha y cerrando el libro que llevaba en su mochila. -Fue valiente, no tuvo miedo, ni en su última decisión. Verdaderamente la amaba. Más que a los consejos de mi abuela para que no se expusiera.
- Son muy imponentes estas verdes y nubladas montañas cubiertas con ese olor a musgo húmedo y eucalipto. Este paisaje es como está descrito en su diario –continuo él. -No ha cambiado después de tantos años. Ahí están dos rocas tan altas como una pareja de enamorados, juntas, a la derecha –señalando a un lado del camino antes de abrirse en Y. -Ahora, debemos seguir por la izquierda con este viento que hiela la médula de los huesos y congela las fuerzas. Gracias a Dios ya estamos muy cerca, -dijo esta vez repasando el mapa que recibieron en la mañana, antes de partir, con la ruta marcada que seguirían a pie para llegar dentro de la zona de despeje hasta el campamento donde lo esperaban en la Mesa de Diálogo del Proceso de Paz.
Ernesto creía que ese era el final de su misión para este día, pero las cartas aún no se habían acabado de jugar y el oráculo no era claro. Hizo cuentas, ya eran dos horas y media caminando junto a su a compañera, mujer de unos cincuenta años de aspecto recio y firme, bajo un sombrero de paja, que la Comisión de Dialogo le asignó como guía. Ella lo escuchaba atenta, en silencio, sin mostrar cansancio por un camino cuesta arriba entre las piedras y el barro que dejó el aguacero de anoche, marcado por las huellas recientes de otros que habían pasado. Más adelante lo esperaban como Miembro de la Comisión Internacional de Paz junto a los representante del Gobierno y la Guerrilla.
- Gracias por tu compañía, -le dijo él mirándola a los ojos al detenerse -se siente menos frio cuando uno no camina solo. Mira mis orígenes - tocando las dos grandes piedras al lado del camino. -En una de ellas la vio mi padre sentada por primera vez. Lo he leído en su diario y si me escuchas te puedo contar antes de continuar: El padre de Juana, mi madre, fue el General Puerto, Comandante militar de la zona. Ella se veía a escondidas con mi padre un Comandante guerrillero. Cuando los dos se fueron enamorados para el monte el General se desenfrenó buscando a su hija, dispuso de todo el regimiento por varias semanas. Mi madre debió regresar a los pocos meses porque los dolores de parto no paraban y yo no salía. Se fue a parir a casa de mi abuela por seguridad pero no resistió el parto y murió. El comandante Puerto lo supo pero hizo creer que su hija había vuelto con él y que entregaría en adopción a su nieto ilegítimo a menos que el verdadero padre se hiciera responsable, esa fue la voz que hizo correr por entre los pueblos y las montañas hasta que mi padre le respondió. “Hoy iré a negociar con toda mi hombría y mi sangre en el pecho, a las dos de la tarde. No dejaré mi semilla tirada en tierra extraña”, escribió mi padre en su diario el tres de noviembre.

-Yo sé a dónde voy hoy, pero él no lo sabía entonces -dijo Ernesto ajustándose la ruana y los guantes. -O tal vez lo supo y no le importó. Tomó el riesgo. Fue a dar la cara. A hacerse responsable. Como decía que lo era en la Columna clandestina que comandaba en el Frente Nacional Patriótico de Liberación. Pero no alcanzó a pasar de este sitio. La sangre se le salió por el pecho y por los costados, aquí se acabaron sus pasos el día que vino a buscarme donde yo no estaba.
Soy un hijo más del conflicto que se fue a vivir todos estos años exiliado en Francia con mi abuela. Ahora regreso con la formación y la experiencia de haber participado internacionalmente en procesos pacificadores de luchas armadas porque creo que la vida no se debe derramar entre las pasiones y las balas.
-Conozco mejor tu pasado y vine a sellar tu destino entre las rocas de tus orígenes. Hasta aquí te acompaño y hasta aquí llega mi misión que no cumpliré, -dijo la cincuentenaria mujer sacando de su cintura una pistola. -Nunca estés tan seguro de nada. No tuvo que ver el General Puerto, tu abuelo materno con la ejecución de tu padre, en realidad él te buscaba para protegerte como lo hizo con tu abuela gestionándole el asilo político sin que ella lo llegara a saber. Fui yo quien con esta misma arma eliminé a tu padre porque el Alto Mando del Frente lo encontró sospechoso y lo sentenció por infiltrado y colaborador cuando vino a buscar al General por vos. Por ese diario que cargas, que tanto te sabes y por la sangre que llevas, me doy cuenta que tu padre no era más que un romántico rebelde y soñador que murió por amor. Me habían dicho que hoy vendrías a buscarme, a cobrar venganza y me infiltraron para que me adelantara y te matara. Pero no vives más que en el mundo de los soñadores como tu padre y los sueños no son mi realidad. Vienes de lejos al sueño del diálogo y la paz. Yo vivo la guerra, lucho por la desigualdad con las armas y combato cosas reales. No creo en estos acuerdos. No sos mi objetivo como yo no soy tu motivo. Por eso dejo que sigas tus pasos en tu mundo que yo me quedo con los míos. Soy la última página no escrita en el diario de tu padre y no la seré en tu diario personal –dijo la mujer arrojando el arma entre las dos rocas y saliéndose del camino.

Melqui Barrero G.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Claustrofobia

Jueves 13.11.2008

Hoy llega tarde. Otra vez. 15 minutos tarde. ¿Se habrá dormido? ¿Será el tráfico? Apuro ansiosamente el cigarrillo. Me van a volver a amonestar. Y con esta van ya 4 cartas este mes. Por favor, por favor… ven ya. O me voy a tener que ir. Ven ya. Tiro el cigarrillo y me enciendo otro.
Ahí, ahí… ¡Ahí llega!. En su coche rojo. Bien. Ahora entrará en el parking del edificio. Justo 3 minutos para estacionar el vehículo. Pongamos 5. Sí, justo, 5 minutos. Escucho el cloc cloc cloc de sus tacones. Un, dos, tres, cuatro… ¡Ahora!
Salgo de mi escondite con aire despistado para darme de bruces con ella.

-Uy, perdona, ¿te he hecho daño? Con las prisas voy como loco- le digo mientras olfateo su perfume, admiro su impecable melena negra y miento con descaro.
-No, no te preocupes… ¡qué casualidad! Siempre nos encontramos, hasta cuando llegamos tarde- me sonríe coqueta.

Entramos los dos por la puerta giratoria, como prácticamente todos los días desde que llegó al edificio, hace ya un año y medio. La empresa para la que trabaja abrió una sede comercial en Barcelona, y aun la recuerdo llegar a la entrevista con su pelo recogido, su traje de chaqueta, sus gafitas de intelectual y su sonrisa perfecta.
Ahora casi siempre viene con jeans, pelo suelto y lentillas. Y para mi desgracia, casi siempre tarde. Aunque en su oficina, a diferencia de en la mía, nadie parece molestarse por eso.

Ella llama al ascensor mientras yo me dirijo como siempre a las escaleras.

-Que vaya bien- me dedica otra de sus deliciosas sonrisas.
-Igualmente- le digo con cara de idiota.

Y es que en definitiva, es lo que soy. Un idiota. Un idiota incapaz de subirme en el ascensor con ella. Vamos los dos a la 6ª planta. Sin interrupciones, son 68 segundos lo que tarda el ascensor en llegar a su destino. 68 preciosos segundos. Casi 6 minutos a la semana. Casi media hora al mes. Si fuera capaz de vencer mi fobia, si tan solo fuera capaz de controlarla durante 68 segundos al día… podría preguntarle su nombre, de dónde es, qué hace. Es cierto que todo eso ya lo sé, pero quién sabe si después de 68 segundos al día durante un par de semanas me vería con valor de pedirle el teléfono, una cita, yo qué sé… 68 segundos, ni uno más, ni uno menos.

Viernes 14.11.2008

Llevo media hora pelándome de frío. Sólo espero por dios que hoy no llegue tarde.
Ayer mi jefe me advirtió en tono amenazante que no pensaba tolerar ni una falta de puntualidad más.

Así que hoy no llegues tarde. Por favor, por favor… hoy no llegues tarde.
¡Bien! Ahí llega. Hoy seguro que estaciona rápido. Ahí está… cloc cloc cloc, el sonido que me da la vida. Un, dos, tres, cuatro… Hoy salgo de mi escondite sin prisas, que se vea que no llego tarde.

-Hola guapa, qué tal.
-Hola, qué tal.

Y de nuevo la rutina de la puerta giratoria, el ascensor, las escaleras.
Y ya está. Me quedo el resto del día soñando con ella, con su aroma, su sonrisa, sus besos…

Pero hoy, mientras subo las escaleras de dos en dos, me digo a mi mismo que mañana, es decir el lunes, todo va a cambiar. Voy a vencer mi miedo como sea.


Lunes 17.11.2008

Llevo despierto desde las 5 de la mañana.
Me he pasado el fin de semana practicando en el ascensor de casa. Ante la atónita mirada de varios vecinos, en chándal y con un cronómetro en la mano, me he pasado dos días subiendo y bajando en ascensor. He empezado con un solo piso, para ir incrementando a medida que iba superando las inevitables palpitaciones, los sudores fríos y los ataques de pánico. Y lo he conseguido. En total puedo soportar casi dos minutos sin inmutarme. ¡Dos minutos!

Llevo ya 5 tilas encima. Me he perfumado de los pies a la cabeza y me he puesto mi jersey de la suerte, así que nada puede fallar. Salgo para la oficina.

Joder, hoy hace frío otra vez, y seguramente aun me queda más de una hora de espera. Aunque esta vez la culpa sea mía por llegar pronto, cuando empecemos a salir, pienso establecer algunas normas. Entre ellas la puntualidad. ¡Es que no se puede tener a una persona esperando en la calle durante más de una hora! Es cruel.
Llevo ya más de medio paquete de cigarrillos fumado, y no puedo dejar de caminar de un lado al otro, con un ojo puesto en el reloj y otro en la carretera.
¡Ahí llega! ¡y son las nueve menos diez! Tiro el cigarrillo, me peino y me dispongo a encontrarme con ella.

-Hombre, ¡hola! ¡Qué sorpresa! ¡Hoy llegamos pronto los dos! – Le digo de la manera más casual posible.
-¡Es verdad! ¡Ni que nos pusiéramos de acuerdo!- me sonríe.

Puerta giratoria, ascensor… y hoy me quedo a su lado.

-Anda, ¿hoy no te vas por las escaleras?-me pregunta extrañada.
-No, hoy no tengo ganas- le digo mientras noto como una gota traicionera de sudor empieza a resbalar por mi frente.
-Sí, yo nunca tengo ganas. ¿A qué piso vas?- me pregunta.
-Al sexto. - le digo mientras noto mi corazón latir a mil por hora y una intensa y súbita sudoración fría empapa mi pecho.
-Uy, qué gracia, yo también voy al sexto -me dice mientras presiona al 6º- Pues te gusta el ejercicio de buena mañana, ¿eh? 6 pisos cada día, debes estar en forma.
-Ssssi, soy muy deportista yo… -balbuceo. Tengo la boca seca y me cuesta respirar.
-Qué bien… pues yo no, a mi me cuesta mucho hacer deporte, soy muy perezosa. De hecho creo que la última vez que hice algo fue en el instituto, nunca he sido una persona deportista. A mi me gusta más salir a pasear, el cine, soy una persona muy tranquila...

Sigue hablando y hablando sin parar, pero yo ya he dejado de escucharla. Lo único que quiero es salir del ascensor cuanto antes. Ya no me importa ni su pelo, ni su aroma, ni la madre que la parió. Tan solo deseo que se abra la puñetera puerta de una vez y salir ya. Estoy mareado y las palpitaciones me dejan sin aliento. El entrenamiento no me ha servido de una mierda. Por favor, que se abra la maldita puerta ya. ¡No puedo respirar! Por favor, por favor, ¡que se abra ya!
El ascensor se para en la tercera planta. Dos chicas entran con sus cafés en la mano. Las empujo con fuerza derramando los cafés y salgo del ascensor.

-Pero qué haces, imbécil -me dice una de las chicas.

Ella me mira con expresión de rabia y decepción, y fríamente responde a la chica del café:

- Es que le acabo de pedir que salgamos juntos, y parece que la idea le repugna.

Las puertas del ascensor se cierran, y creo que hoy, por iniciativa propia, voy a llegar tarde.


Sonia Ramírez

agosto

Agosto se convierte en aire templado cuando voy sobre mi bicicleta. Y la playa, el paraíso al final de un viaje. Ato mi bici a mi farola guardiana y luego me descalzo para descargar mi cuerpo sobre la arena tibia. Voy a perderme en mi universo de gotitas de luz, de granitos de arena que inútilmente resbalan sobre mis pies... y mientras me pierdo te espero. Pero algo me dice que no vas a llegar. Te espero con calor en mis pulmones, con mis párpados cargados de sueño espeso, con mi boca seca y empapada de sabor a limón. Te espero mirando al sol, mientras siento su jarra de agua caliente caer sobre mis hombros...

Voy a esperarte toda la noche, sentada en la orilla, mientras el sol se rompe y mis manos se mojan de impaciencia. Lloraré mis mejores lágrimas, ésas que sí se sienten, cada una de ellas... patinando lentas sobre mis mejillas.

Mi playa me ha visto desesperarme por esperarte, y me ha sonreído curiosa queriendo saber más de mí, pero nunca la dejé penetrar en mi alma, siempre te esperé. Hoy le he contado que esta noche es mi última noche. La última vez que escribo esperanza en la arena de la orilla. Me ha mirado hambrienta.

Amanece, y con dulce calma decido que los minutos se los ha tragado ese agujero que algún niño cavó en la arena. Y mi playa me seduce y penetro en su agua lentamente, porque hoy me has vuelto a dejar sola. Y ya nunca te lo podré perdonar.

Elena
Taller de relato.

Pensión Manolita

La Pensión Manolita tenía cinco habitaciones, todas ellas interiores. El color blanco de sus paredes había quedado salpicado por la humedad del lugar y la suciedad de su entorno. Patricia y sus padres vivían en una de ellas. Su habitación no tenía ninguna ventana, ningún balcón. Dos maletas roídas y viejas estaban apiladas en un rincón, dentro de ellas el ajuar y todas sus pertinencias. Había el espacio suficiente para una cama de noventa, donde dormían Julián y María, y un supletorio pequeño enganchado a la pared por unos gruesos tornillos para aguantar el peso de una niña de cuatro años.

Hacía dos años que habían llegado a la ciudad, escapando del hambre y la miseria, con un montón de proyectos y mucha ilusión. Ésta era la primera vez que tenían una habitación para ellos solos, incluso les permitían tener un pequeño fogón de butano para poder hacerse la comida. Eso sí, para lavar los platos tenían que hacerlo por riguroso orden de llegada en la fregadera vieja que había al final del pasillo y que compartían con los demás inquilinos.

Luis tenía dos años más que Patricia. Era un niño raro y muy inquieto. Ella pensaba que se comportaba de esa manera porque sus padres se pasaban el día pegándole. Aquella escalera mugrienta y triste era testigo de la eternidad que suponía el recorrido desde el portal hasta el segundo piso cada vez que volvían juntos de jugar en la calle. Mientras Patricia le precedía por las escaleras, no había día que Luis no le levantara la falda, a lo que ella siempre respondía gimoteando con una amenaza de contárselo a su padre, como única arma de defensa. Aun recuerda el denso olor a orines de aquel portal oscuro y esa sensación de estremecimiento en cada escalón.

Rosario era una chica que siempre llevaba unos vestidos muy ajustados y cortitos. Ella vivía en la habitación enfrente a la suya. Dormía por las mañanas porque por la noche trabajaba de camarera en el club de alterne de la esquina. En su día de descanso muchas veces la ponía en sus rodillas y mientras le peinaba y le hacía las trenzas le musitaba alguna canción de amor de aquellas que sonaban en el bar. Tenía un bebe de piel morena y los ojos muy grandes al que cuidaba Catalina, la más vieja de la pensión. Ella ya no trabajaba, hacía tiempo que ningún hombre quería pagar por sus servicios.

Hubo una mañana que la policía se presentó en la pensión con malos modales, empujando a todo el mundo y preguntando por Nicolás, el padre de Luis. Más tarde se lo llevaron esposado y le dijeron que esta vez no saldría tan pronto de la cárcel. Nicolás era aficionado a las pertenencias ajenas y en esta ocasión había arrancado el bolso a una mujer y había salido corriendo. Por lo visto ésta quedó malherida debido al golpe que sufrió al caer. Nicolás era una mala persona y su mujer, Maruja, una infeliz. Una parte del día se lo pasaba con una copa de anís en la mano, y la otra durmiendo la mona.

Patricia no recuerda exactamente cuánto tiempo permaneció en la pensión, ni donde se instalaron justo después de allí. Durante los siguientes dos años de su corta vida solo le vienen a la memoria unas cuantas imágenes sin ordenar, solo sensaciones y temores.


Milagros Herrero

viernes, 28 de noviembre de 2008

La mujer de rojo

Eran casi las diez de la noche cuando llamaron a la puerta. El señor Gutierrez no estaba acostumbrado a tener visitas, y menos tan tarde. Se acercó a la puerta y vio por la mirilla a un joven con un casco de moto en una mano y un paquete en la otra. “¿Si?”. “Tengo un paquete para el señor Gutierrez ¿Vive aquí?”.
¿Un paquete? ¿Y a estas horas? Abrió la puerta con la cadena todavía puesta. Aunque vivía en un barrio bastante seguro nunca se sabía. “¿Señor Gutierrez?” “Si, soy yo.” “Si me echa una firmita aquí...”. Con la puerta todavía a medio abrir cogió el papel, lo firmó y se lo entregó al mensajero que a su vez le hizo entrega de un paquete rectangular, fino y ligero. Lo abrió vacilante y descubrió dentro un CD de música clásica (¡su favorita!) acompañado de una nota.

“Hola. Te he visto esta tarde ojeando CDs en la tienda de abajo. No se si te has fijado en mí, creo (espero) que sí. Te he visto unas cuantas veces por el barrio pero nunca he tenido el valor de invitarte a tomar un café o simplemente hablar contigo. Espero no parecerte demasiado atrevida o una loca, te aseguro que es la primera vez que hago algo así. Ahora mismo estoy en el bar de la esquina tomando una copa y me encantaría que me acompañases para poder charlar un rato. Por si te decides a venir estaré sentada en una de las mesas del fondo y llevó una camisa roja. Julia. P.D: espero que te guste el CD.”

Lo primero que pensó es que aquello era una confusión, no podía estar dirigido a él. ¿Quizá era una broma? ¿Pero de quién? Repasó mentalmente las pocas amistades que tenía. Imposible, pensó. No podía imaginarse a ninguna de ellas gastándole una broma de ese tipo. Con nadie tenía esa clase de confianza.
¿Y si realmente tenía una admiradora? Era cierto que había estado ojeando CDs de música en aquella tienda, y era también cierto que había cruzado la mirada con una mujer de más o menos su edad. ¿Le había sonreído en aquel momento? Ahora empezaba a creer que sí.
Había pasado un buen rato desde que el mensajero se fuera y él seguía plantado en el mismo sitio. De repente le empezó a invadir una sensación de pánico ¿Y si estaba desaprovechando una gran oportunidad? El señor Gutiérrez no estaba en posición de desaprovechar las pocas oportunidades que el destino le brindaba. ¿Qué tenía que perder? Parecía un plan bastante mejor para un viernes a la noche que repasar su preciada colección de sellos antiguos.
Guardó los álbumes, se cambió de ropa, se echó colonia y se peinó cuidadosamente por miedo a que el peine se quedase con los pocos pelos que aun conservaba.
Ya de camino al bar empezó a imaginar posibles temas de conversación con los que romper el hielo. Le preguntaría si a ella también le gustaba la música clásica, tal vez podría invitarla a un concierto. Dudaba mucho que fuese aficionada a los sellos, sabía por experiencia que no hay muchas mujeres metidas en ese círculo. Una pena ya que él era un reconocido experto y coleccionista.Podía hablar sobre el tema durante horas.
Una vez a las puertas del bar su entusiasmo se esfumó y el pánico volvió a aparecer de repente. ¿Y si no era el tipo de persona que ella esperaba? ¿Y si le resultaba demasiado aburrido? Nada más entrar pediría una copa de algo fuerte, necesitaba relajarse, al fin y al cabo era ella la que había escrito la nota. “Antes de ir a pedir no olvides preguntarle a ella si quiere algo” pensó el señor Gutierrez. Siempre se le olvidaba tener este tipo de gestos en compañía de una mujer.
Armado de valor entró al bar y lo recorrió con la mirada. A primera vista no vio a ninguna mujer vestida de rojo. A decir verdad no vio a ninguna mujer , solo a tres hombres solitarios y a un par de jóvenes hablando a gritos. Se acercó a la barra y siguiendo su plan original pidió un gin tonic y se sentó.
Pasaron varios minutos y se empezó a poner cada vez más nervioso preguntándose dónde estaría aquella mujer. Estaba tan agitado que ya se había acabado el vaso, y sin saber bien lo qué hacer se acerco al barman con el pretexto de pedir otro trago. “Perdone, ¿no habrá entrado aquí por casualidad una mujer vestida con una camisa roja?” “¿Así que era a usted a quien esperaba esa monada? Dejó un mensaje para cuando usted llegara, dijo que le había surgido no sé qué emergencia pero que volvería en media hora. Julia dijo que se llamaba”.
Así que era eso. Ahora por lo menos tenía la certeza de que esa tal Julia existía, y además según el barman era una monada... Volvió a su mesa con un nuevo gin tonic, más nervioso que nunca, y volvió a pensar en posibles temas de conversación para cuando ella regresara.
Pasadas hora y media, después de su quinto o sexto vaso, el barman se acercó y le dijo que lo sentía mucho pero que era hora de cerrar. El pobre señor Gutierrez, frustrado y solo, salió tambaleándose a
la calle y emprendió el camino casa. De vez en cuando volvía la vista con la vaga esperanza de ver torcer la esquina a una preciosa mujer vestida de rojo corriendo y gritando que lo siente. Pero lo máximo que alcanzaba a ver eran las borrosas siluetas de los coches que circulaban a esas horas de la noche. ¿Qué le habría pasado? ¿Para que tomarse la molestia de comprar un CD y escribir la nota si luego no iba ni a aparecer? ¿Tal vez ella estuvo observando desde fuera y cambió de idea al verle venir? No conseguía entenderlo.
Tuvo suerte de que al llegar al portal la puerta estuviese abierta, habría sido difícil acertar la llave en la cerradura con tan poca luz y tantos gin tonics consumidos. Subió a duras penas las escaleras sin dejar de apoyarse en la barandilla, y por fin delante de su puerta sacó las llaves del bolsillo. No le hizo falta hacer uso de ellas. Por lo visto hay chicas bonitas a las que sí les gustan los sellos y la música clásica. Y que encima no cierran la puerta al salir.

Jon Igual Brun

jueves, 27 de noviembre de 2008

Mis vecinos

Ojalá no fuera cierto, pero le vi. Vi como sus manos grandes y morenas apretaban aquel delgado cuello hasta que no ofreció resistencia. Ella había clavado sus finas y afiladas uñas en su espalda castigada por el sol hasta que brotó un hilo de sangre. Él la dejó caer. Parecía una muñeca de trapo, ligera e inservible. Cuando yacía muerta a sus pies, se le escapó una leve sonrisa para convertirse pocos segundos más tarde en una enorme carcajada. No contento con haberle robado la vida, empezó a acariciar su cara con la hebilla dorada de sus botas de piel sintética hasta desfigurar su rostro.

Me incliné doblándome sobre mí misma, con una agilidad nunca experimentada y me deslicé como una serpiente hasta el interruptor de la luz con cuidado que no pudiera percatarse de mi presencia. El patio de luces que albergaba aquellos edificios era pequeño y fácilmente podíamos contemplar la vida del vecino sin apenas esforzarnos.

Cuando logré quedar a oscuras y todavía en el suelo como un reptil asustado, intenté reincorporarme. Lo conseguí a cámara lenta, con las piernas todavía un poco flexionadas y temblorosas. Necesitaba asegurarme que no había sido una alucinación. Cubrí mi cuerpo con parte de la cortina del salón y me asomé con lentitud. En ese momento notaba mi pulso alterado, el corazón me azotaba deseando huir de mi cuerpo.

No había rastro de ninguno de los dos. Habían desaparecido en pocos minutos, aunque a mí me había parecido una eternidad. Me quedé paralizada observando el lugar del crimen, examinando cada metro de la habitación. Aun no tenía el valor suficiente para salir de mi escondite entre las cortinas. Mi cuerpo no había dejado de temblar y mi corazón seguía latiendo a una velocidad suicida.

Poco a poco fui recuperando mi aliento. Después de confirmar con mis propios ojos que en aquel lugar no había ser viviente ni cadáver alguno, empecé a dudar de la existencia de la agresión, pasando por mi cabeza la posibilidad de que hubiera sido producto de mi imaginación, aunque tampoco descartaba que hubiera sido víctima de una broma de mal gusto.

Cerré el portón de mi balcón y corrí las cortinas. Mis pensamientos se amontonaban en una calle sin salida. Mi cabeza estaba a punto de estallar. Otra vez no, por favor.

Empecé a sentir unos pinchazos agudos en la frente y el dolor no me permitía ni siquiera mover el cuello para mirar a mi alrededor. Decidí desplazarme muy lentamente hasta el sillón. Las punzadas eran cada vez más fuertes, impidiéndome avanzar. Apoyándome en la pared y deslizando mi espalda por ella logré sentarme en la alfombra.

Allí he permanecido durante un tiempo hasta que he logrado levantarme y alcanzar la mesa. Los medicamentos se apilaban y se mezclaban con los restos del almuerzo. He cogido dos comprimidos para combatir mi dolor y he logrado dormir durante el resto de la noche.

Hoy me encuentro mucho mejor. Me he levantado, he corrido la cortina, he abierto el portón y… ahí estaban, comiéndose a besos.


Milagros Herrero - Taller de escritura creativa