viernes, 21 de noviembre de 2008

EL INTRUSO

Ni ella ni él podrían dar una fecha exacta de cuándo fue que el intruso se les instaló en casa. Pero lo hizo sin prisas y en la habitación del fondo, la de los trastos. Lo primero que hizo al llegar fue deshacer sus maletas con parsimonia y acostarse. Él la tranquilizó: “seguro que es algo temporal, no te preocupes”.
Pero ella se preocupaba.

A partir de entonces, el intruso se sentaba cada noche a cenar con ellos, y sin decir ni media palabra, conseguía helar el ambiente. Les acompañaba en cada salida, se sentaba en el sofá entre ellos a ver la película. Poco a poco empezó a estar presente cada vez en más situaciones, incluso cuando hacían el amor. Así que pronto dejaron de hacerlo. Él se conformó y ella no. Organizó viajes con la esperanza de perderle de vista: Roma, Londres, París, Ámsterdam. Pero al girar cualquier esquina, ahí estaba siempre el intruso, echando monedas a la Fontana de Trevi, en el ascensor de la Torre Eiffel, delante del palacio de Buckingham o fumándose un porro en un Coffee shop. Y él empezó a enfadarse cada vez que ella lo mencionaba. “!estás obsesionada con él, no lo pienses y ya se irá!” le decía.

Una noche de invierno, el intruso se metió a dormir entre ellos en la cama. Él siguió durmiendo. Ella se pasó la noche llorando. Y así fueron pasando los días, las noches y los meses: ella callaba y lloraba. Él ignoraba.
Poco a poco ella empezó a pasar mucho tiempo fuera de casa. Él aprovechaba para ver todos los partidos de fútbol del mundo.

Y un día, al volver del trabajo, él se la encontró haciendo las maletas. “Hay otra persona” le dijo. Y se fue cerrando la puerta de un portazo.

Él se bebió tres de las botellas de vino que compraron en Burdeos la última vez que fueron. La cuarta la estrelló contra el sofá color crema que tres años antes habían escogido con tanta alegría.

El intruso le recogió del suelo, le quitó la ropa y le metió en la cama. Antes de marcharse de la habitación, se giró, y por vez primera le dirigió la palabra: “Amigo, me llamo desamor, y parece que vamos a pasar algún tiempo juntos”.

Sonia Ramírez

MASCARAS DE SOLEDAD

"Cuando muera, quiero que en este bosque me dejen libre, que mi polvo, que mis cenizas se las lleve el viento".
Era un primero de noviembre del año 2008, Gabriela había asistido a Michoacán, su estado natal a presenciar el tradicional día de muertos. Ella iba acompañada por un grupo de amigos quienes querían conocer el ritual que llevaban a cabo "los vivos" al reunirse con sus "difuntos" en el cementerio de Ihuatzio, una de las pequeñas poblaciones indígenas que rodea la zona lacustre de la ciudad de Pátzcuaro.
La campana colocada en el arco de la entrada del panteón, sonó discretamente durante toda la noche pues llamaba a las ánimas a que se hicieran presentes en esa gran ceremonia nocturna.
"Los vivos", habían adornado cada tumba de sus difuntos con velas, flor de tzenpazuchil y les habían querido alagar como cada año, con la bebida y alimentos que en vida disfrutaban. Gabriela se apartó un poco de sus amigos pues caminando entre las tumbas, observaba respetuosamente un ambiente peculiar en devoción, tristeza o alegría discreta donde los diversos rostros que velaban, añoraban a sus muertos.
Una vieja anciana que estaba postrada entre la tierra y las piedras de esos caminos sepulcrales, jaló bruscamente el tobillo izquierdo de Gabriela y ella fue a dar al piso.
La joven apanicada encontró sus ojos con los de la anciana que cubría su cabeza y parte de su rostro con un gran rebozo.
-Aquí quedaste. Aquí moriste. No hay vuelta atrás.
Gabriela volvió sus ojos a una lápida en parte cubierta de tierra, sin luz y sin decoración alguna.
Sólo pudo leer lo escrito por el reflejo de veladoras de tumbas de los alrededores.
-Aquí yace Gabriela Martínez Arredondo (1 de noviembre 1971-2008).
Safó bruscamente su tobillo de las manos de la vieja y salió corriendo despavorida del cementerio esa noche que se tornó en una verdadera pesadilla para ella.
Al día siguiente por la mañana, los muchachos salieron de la cabaña donde estaban hospedados para dirigirse a la ciudad de Pátzcuaro. Llegaron a la plaza principal donde se había instalado un mercado en el cual se vendían una gran variedad de dulces; entre ellos cráneos y esqueletos de azúcar, frutas, comida, flores, artesanía. Por ahí se escuchaba una banda y se veía bailar enérgicamente a un grupo de jóvenes. Había una gran fiesta....la fiesta de la muerte. La gente se embriagaba de ruido, de más gente, de colorido.
El padre de Gabriela, dueño de aquella cabaña, los acompañaba. Él, junto con su hija iba caminando entre la masa.
-Papá, ¿te das cuenta que estas aglomeraciones con motivo de estas fiestas son de solitarios?...con las fiestas, la gente se libera y saca lo que guarda adentro. Muchos mexicanos viven con máscaras que ocultan su soledad. Cuántos viven en silencio, apatía, tristeza, con una vida de miseria. Las fiestas mexicanas son alegres y a la vez, muy tristes.
-Y el mexicano se burla de la muerte hija, se divierte pero no enfrenta una vida que pueda trascender. Quien niega la muerte, niega la vida.
Entre la multitud, Gabriela distinguió a alguien muy peculiar......se quedó pálida, helada y sin habla prácticamente. Vislumbró a la vieja anciana de su pesadilla.
Alterada dijo a su padre:
-me voy papá, te veo en la noche en la cabaña, no te preocupes.
Salió corriendo de la plazuela huyendo, aterrada, por una realidad que tenía que enfrentar.
-¡La muerte!, ¡la muerte me ronda!.
Esa noche del 2 de noviembre, la campana del arco del panteón, sonaba fuertemente y acelerándose el ritmo de su corazón llegó a la lápida mortuosa. La vieja descubrió su rostro y con sonrisa macabra dijo:
-te estaba esperando.
-Y yo, sólo he venido a decirte que todos somos polvo y vamos al polvo, pero mi hora de partir aún no ha llegado. Desde tiempo atrás he querido dar un vuelco significativo a mi vida. El tiempo pasado, el tiempo perdido quedó atrás. Ahora sólo me queda vivir intensamente lo que me queda de vida. He tenido que enfrentar mi soledad y ésta ha dado un sentido purificador a mi persona.
Yo acepto mi vida y por ende, aceptaré mi muerte.
Gabriela valerosa, se dio la media vuelta y esa figura sepulcral, en la inmensidad de la noche, se esfumó.

MASCARAS DE SOLEDAD

jueves, 20 de noviembre de 2008

CALLE ABAJO



Me detengo un momento y les observo
-¡Que envidia! ¡Cuanta energía!
Sigo observándoles, me siento inquieto. La envidia y la admiración están desapareciendo.
-Todo esto me resulta tan, tan familiar…y sin embargo no estoy seguro
Pero. ..¿Que ocurre? ¿Ya he vivido esto antes? ¿Estos chiquillos van a… morir?
-Dios mío, ¿Qué hago?
- ¿Y si estoy soñando otra vez?
-No, estoy despierto, muy despierto.
Dos chiquillos corren calle abajo. Entre burlas y empujones, no parece que corran, van rodando. Chillan, se ríen, se paran, siguen rodando, vuelven a chillar. Balancean sus cuerpos, el peso de sus mochilas debe ser considerable.

Hace tres noches, me susurró al oído.
-¡Cuidado con los niños!
-¿Qué niños? Yo no tengo niños
-¡Atento! ¡La segunda esquina!
Ante mi, como si estuviera viendo una película, dos chiquillos corrían calle abajo. Seguí mirando, no me gustaba lo que estaba viendo. Me incorpore empapado de sudor y lagrimas, y una vez más esa angustiosa presión en el pecho.
-Bebí demasiado anoche, lo sabía, y acabe por pagar el precio.
Recordé la última visita con mi buen amigo el Doctor Jonás
-Si no te cuidas extremadamente cualquier día de estos puedes padecer un infarto, si, si, tu ríete. Te estoy hablando muy en serio.

Sigo indeciso sin apenas moverme, miro a un lado y a otro. No hay nadie. Estoy solo.
Ya he visto esto antes .No estoy soñando ¡Esto es real! Si, ahora estoy seguro, es real. Se lo que va a ocurrirles pero no sé como evitarlo.
- Dios mío, ¿Qué hago? ¿Grito?
-¡Ey, chavales!
¿Pero que les digo? Deteneos, vais a…. No, no, no. Pensarán que estoy loco.
Intento detenerlos. Corro calle abajo. Sigo corriendo pero no consigo alcanzarles.
Los chiquillos apenas han sentido la presencia de alguien corriendo hacia ellos. Siguen jugueteando y riéndose.
No llego, no puedo alcanzarles. ¡Como corren los puñeteros! Me detengo, pienso un poco. ¿Qué hago? ¿Grito? No. Estoy enfermo pero no loco.
Sigo corriendo calle abajo. Los chiquillos están acercándose a la primera esquina. Sigo sin alcanzarles.
-¡Por favor No! ¡Deteneos! ¡No! ¡No! ¿Pero que no me oyen? ¿Les estoy llamando? No hagan eso. ¿No saben lo que les espera?….
Me detengo, necesito respirar. Maldita sea el corazón me va a estallar.
-¡Ey! ¡Vosotros!
Vuelvo a correr calle abajo, cada vez los siento más lejos y ya han cruzado la primera esquina. No puedo más. Me detengo e intento recuperarme, respiro despacio, así muy bien, así. No puedo continuar. Quiero gritar, sí gritar. He decidido que voy a gritar.
-¡Ey, no me oís!
Apenas oigo mis gritos solo los latidos del corazón que me fustigan el pecho. Siento presión, mucha presión. Apenas puedo respirar, me estoy ahogando
-Por favor, no crucen la siguiente esquina. Van a… morir…
-¿Pero no hay nadie más aquí?
Estoy solo, sollozando como un niño por no ver morir a otro niño. Tengo miedo, estoy asustado, muy asustado, y no puedo hacer nada. ¿Realmente no puedo hacer nada?
Extiendo los brazos moviéndolos lentamente, arriba y abajo. Nada. Nadie me ve.
A lo lejos uno de los chiquillos tropieza. Se levanta, me ha visto. Se detiene y mira calle arriba. Sigo moviendo los brazos, ahora con más energía, arriba, abajo. El chiquillo sigue parado mirándome. ¡Bien! He captado su atención.
Más abajo el otro chiquillo sigue corriendo ajeno a la situación. De repente se detiene y llama a su amigo.
-Venga Joe ¿Qué haces? ¿Acaso te has rajado?
Joe se ladea y hace gestos a su amigo en dirección a mí
-Hay un hombre ahí arriba. Le ocurre algo.
-Anda déjalo, es un viejo, estará cansado.
-Mira sus brazos, creo que pide ayuda.
-Joe, no seas nena, vamos.
El otro chiquillo emprende el camino y sigue corriendo calle abajo, esta vez solo.
Joe no sabe que hacer, se mueve en círculos. El otro chiquillo vuelve a detenerse.
-Venga Joe, vamos a llegar tarde.
-Ahora vengo. Déjame ver que le ocurre a ese hombre.
Joe empieza a subir lentamente apoyándose en cada una de sus piernas mientras balancea los brazos.
Yo sigo recostado en un árbol, apenas respiro, el dolor es intenso, muy intenso. Me estoy deslizando hacia el suelo. Sigo agarrado al árbol. Joe sigue subiendo tan lentamente… prácticamente no puedo verle. ¿Esto es el fin? Y el otro chiquillo, ¿sigue calle abajo?
Joe está frente a mí, me mira tímidamente.
-¿Esta Usted bien?
No distingo sus palabras, pero sé que me está hablando. A uno lo tengo a salvo, al otro no sé como avisarlo. Miro a Joe y consigo levantar una mano en dirección al otro chiquillo. Joe gira su rostro en dirección calle abajo, vuelve a mirarme, encoje los hombros. No entiende nada.
Sentado en el suelo apenas consigo seguir sujeto al árbol.
A lo lejos, entre una nube gris, (al menos así es como yo lo veo) el otro chiquillo está a punto de alcanzar la siguiente esquina. Pero ¿Qué ocurre? Milagrosamente se detiene, se gira, mira hacia arriba. Ah! Por fin puedo dejar de luchar, relajarme y descansar.
-Joe, ¿Qué haces? Tu madre siempre dice que no hables con desconocidos. ¿No lo recuerdas?
-Creo que este hombre se está muriendo.
-Pamplinas, estará borracho.
Y fatalmente, da media vuelta.
Un claxon, dos. Frenazo. Estruendo. Gritos.
Joe me mira, sus ojos acechan odio, se enoja, mira calle abajo, vuelve a mirarme. Está indeciso. Por fin me habla.
-¿Lo ve? Por su culpa. Han atropellado a Marcos. ¡! Viejo borracho ¡!
Joe sale disparado calle abajo gritando.
Marcos, pienso. Así se llamaba el chiquillo que no he podido dejar a salvo. Estoy cansado. Me desvanezco. Creo que……estoy muriendo.
Mi vida por la de un chiquillo. ¿Y el otro? El susurro apareció de nuevo. Como la primera vez se acercó a mi oído, y entre sollozos.
-Te mostré lo que ocurría pero olvidé enseñarte como evitarlo. Lo siento…..

Angels Enrique

miércoles, 19 de noviembre de 2008

AFONÍA

Marcelo se desperezó, agitó graciosamente el cuello, refrescó su cabeza en el agua de un barreño y se dispuso a hacer gárgaras antes de ensayar el canto matinal que realizaría en breve. Bañado por la luz metálica que separa el tramo entre la noche y la madrugada, humedeció la garganta, hinchó los pulmones y espiró enérgicamente, pero sus cuerdas vocales no produjeron ningún sonido. Extrañado, irguió de nuevo el cuello, cerró los ojos, apretó los puños esta vez, cargó los pulmones de aire y exhaló con todas sus fuerzas. Pero nada. La voz no le salía.

Hubiese querido hacer gala de unos nervios de acero, pero ése no era un rasgo propio de su carácter. Ensombrecido, caminó en círculos e intentó emitir algún sonido, pero en el corral únicamente se escuchaba la respiración acompasada de las gallinas dormidas.

Un gallo sin voz era un gallo acabado, concluyó Marcelo ante aquella manera tan poco gloriosa de poner fin a un historial impecable, a una trayectoria sin tacha. Pero eso no era lo más grave. Sin su canto, obviamente, no amanecería, la tierra dejaría de rodar y el mundo se quedaría a oscuras.

Abatido por estos pensamientos, pegó el lomo a la tela metálica que circundaba el gallinero y se dejó caer. Pero la tristeza le duró poco, porque Marcelo, de naturaleza voluble y un lado práctico bastante marcado, pronto se sorprendió a sí mismo intentando descubrir el lado positivo al asunto.

Un mundo a oscuras tampoco era tan mala idea. Siempre le había gustado trasnochar, pasear a solas cuando el mundo parecía estar parado. Tampoco estaba mal dejar de madrugar o dejar de poner orden entre las gallinas ponedoras. Además se libraría del perro, siempre alocado y amenazante durante el día y ausente durante la noche. Poco a poco, Marcelo empezó a animarse y una sonrisa se le dibujó en el pico mientras encendía un cigarro y observaba a los polluelos.

De hecho, el giro que estaba dando su vida, estaba realmente bien, pensó dando una calada al cigarrillo mientras repasaba los últimos años de su vida. Tendría que haber sido menos riguroso, la responsabilidad había enterrado sus instintos más profundos, los auténticos. Debería haber cantado siempre que hubiese tenido ganas, todas aquellas veces que me sentía feliz, que fueron muchas y reprimidas. Su función de gallo despertador había exigido algunas renuncias y esa había sido una de ellas.

Ahora, sin voz, podría entonar siempre que quisiera, sin riesgo de molestar o despistar a nadie, cantaría para él y para adentro, pero cantaría cuánto deseara. Y estos pensamientos le hicieron sentir más ligero y más libre y al sentirse más libre comenzó a pensar a lo grande, a sentir que todo era posible. En un mundo a oscuras sería lo que siempre había querido ser: un gallo de pelea.

Pelearía, combatiría, pero en serio, nada de refriegas domésticas con el pavo o encontronazos con los pollos. Marcelo se convertiría en un gallo de pelea profesional. Un auténtico peso pluma.

Satisfecho con la nueva vida que ya anticipaba, apagó la colilla en la arena, se acostó sobre un fardo de paja, cerró los ojos y empezó a imaginar. Se vio a sí mismo saliendo por el pasillo de un pabellón deportivo, vestido con calzones negros y un batín rojo de raso con su nombre bordado en letras de oro a la espalda. El público, entregado, corea su nombre. Él da saltitos de calentamiento en el ring y lanza algún gancho al aire mientras el entrenador prepara la banqueta y las toallas en un rincón del cuadrilátero. Un pensamiento le llevaba al otro y todo es realmente nítido. Los gritos del gentío, el sudor de los corredores de apuestas, las esbeltas mujeres que en bikini recorren el ring anunciando el primer asalto...incluso los momentos de concentración y soledad que viviría en el vestuario minutos antes del combate.

Y en esas estaba Marcelo, recreando la que sería su nueva vida en un mundo a oscuras cuando a lo lejos escuchó las campanas de la iglesia y sintió, con el corazón encogido, como un débil rayo de sol le acariciaba el plumaje.

Irene Miranda
Escritura Creativa

martes, 18 de noviembre de 2008

Una tarde con suerte

Fue un robo limpio. Sin heridas, sin gritos y lo más importante, sin disparos. Varios lo vieron, pero por fortuna nadie se atrevió a intervenir. Se limitaron a mirar, mirar y mirar. Una vez el peligro se alejó, sólo dos personas bajaron con timidez sus ventanas y preguntaron desde sus respectivos coches: ¿Estás bien?. Hice un gesto afirmativo con la cabeza, pero pensé: ¡Claro, mejor que nunca. Se llevaron mi móvil, mi cartera y además me acaban de poner una pistola en la nuca!.
Siempre he tenido un miedo excesivo a las armas. Nunca he podido entender como con una ligera flexión del dedo índice puedes acabar con la vida de alguien. Soy de alma pacifista y cada vez que hay un arma cerca, se activa en mí un acto reflejo que me aleja al máximo de la posible desgracia.
Aquella tarde no tuve la oportunidad de alejarme. Mi inocencia me jugó una mala pasada y por eso mi corazón aún late a ritmo de microfusa. Minutos antes estaba muy tranquilo en mi coche. Un Twingo dorado. Venía distraído. Eran las 8 de la tarde y alrededor sólo se veían luces rojas. El tráfico era infernal. Claro, era viernes de quincena. Al parecer un camión se volcó en la entrada más cercana a la autopista y esto provocó que centenares de coches quedáramos atrapados durante 30 minutos.
Busqué distracción en la radio pero el intento fue fallido. Era la hora de las noticias. Lo menos que yo quería escuchar. Era viernes y quería despojarme de mi traje semanal de periodista. Apagué el motor del Twingo por temor a un posible recalentamiento y bajé las ventanas para evitar el sofocón. Con el paso de los minutos comencé a ejecutar una de mis acciones preferidas cuando estoy solo en el coche: observar la fauna caraqueña de conductores.
A mi izquierda una voluptuosa morena embadurnada en silicona habla por el móvil, seguramente planifica su salida de esta noche. Adelante, un taxista calvo, de aspecto guarro, se hurga la nariz y sin disimulo alguno saca su mano para disparar como un obús el contenido pegajoso. Atrás una señora mayor se retoca el maquillaje y a la derecha, un joven en una camioneta ultramoderna se imagina que es un DJ contratado por los presentes en el tráfico.
En el medio de los coches, deambulan los vendedores ambulantes. Uno posee todos los estrenos de la cartelera cinematográfica, Me preguntó: ¿cómo los consigue antes de que lleguen al cine. Sabrá descargarlos por internet?. Otro ofrece comida y cerveza, sin duda el más solicitado. Un tercero oferta juguetes en su mayoría inservibles, aunque una raqueta eléctrica para aniquilar a los zancudos, capta mi atención.
Hago una seña al vendedor de comida y cerveza para que se acerque a mi ventana y le pido patatas fritas y una birra.
- Señor, ¿cuánto es?
- Una patata por 100 y dos por 150. La birra es a 100.
Acepto la oferta. Aunque la segunda bolsa de patatas se debía únicamente a una mezcla de gula con admiración por el marketing callejero del vendedor. La birra era sólo para pasar el calor.
Me dispongo a buscar el dinero en la cartera cuando de pronto siento un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Un material frío y metálico se posa sobre mi nuca. Pensé que podía ser la cerveza pero me volteo despacio y me doy cuenta que el supuesto vendedor, un joven con cara de menor de edad, tenía medio cuerpo dentro de mi ventana y me apuntaba en la nuca con un arma.
- ¡A ver pendejo, dáme la cartera y el móvil! Mis manos comenzaron a sufrir de Parkinson y sólo pude balbucear: ¿Qué?.
- Que la cartera y el móvil. ¡Rápido o te quiebro, maricón!.
- Recordé que en estas situaciones recomiendan mantener la calma y le ofrecí con amabilidad sus dos solicitudes. Mi preocupación ahora era mi vida. Le di ambas pertenencias y él inexplicablemente me tiró las patatas y la birra. A la derecha su cómplice apareció de la nada y también introdujo parte de su cuerpo por la ventana para que el DJ, hipnotizado con su música, no se percatara del robo.
Luego de ser el foco de mira de la pistola durante más de un minuto, reflexioné que lo que mayor temor me daba no era el arma, sino la sonrisa asesina y perversa de ambos. A pesar de sus caras de niños, se alimentaban del miedo ajeno. Era obvio que cargaban con varios muertos a sus espaldas.
¡Gracias huevón, por hoy te salvas! Fueron sus últimas palabras antes de darme un ligero golpe en la cabeza con la base de la pistola. Apenas los perdí de vista respiré profundo, destapé la birra y di un sorbo muy largo. Justo cuando me refrescaba y pasaba el susto, tanto la morena como el DJ bajaron tímidamente sus ventanas y se limitaron a preguntar: ¿Estás bien?
Hice un gesto afirmativo. Di otro sorbo a la cerveza, abrí una de las patatas y les dije: ¡Salud, Es mi tarde de suerte!. Los tres dibujamos una mínima sonrisa en el rostro cuando de pronto retumbaron dos disparos muy cerca: puff, puff!. Venían de atrás.
Del susto se me derramó parte de la cerveza en el jean. Ahora dirán que soy un cobarde y que me mee encima, pensé. Miro por el retrovisor y veo a la vieja de atrás con el maquillaje corrido. Creo distinguir que su cabeza se apoya contra la ventana delantera que ha adquirido un tono rojizo. Los ladrones ya corren a lo lejos. Se escapan. Una vez más nadie hace nada. La indiferencia se hace protagonista. Es lo normal. Ellos tienen armas y nosotros no solemos participar en ése juego macabro.
Me bajo del coche. La gente ya se aglomera alrededor de la señora. Está muerta, dos tiros en el pecho. A quemarropa, estilo sicarios. Un presente comenta: ¿Quién la manda a llevarles la contraria?. Me retiro de la dantesca escena. Camino a mi coche y me doy cuenta que formo parte del combo alienado. Enciendo un cigarro, agarro la cámara para tomar un par de fotos del asesinato y regreso al coche. El tráfico se despeja. Al fin ya puedo avanzar. ¡Qué noche más movida!, pienso. Doy un sorbo al resto de mi cerveza, caigo en cuenta que el asesino ahora tiene mi número de móvil. Oigo una ambulancia venir a lo lejos. Me detengo en un teléfono público, llamo al jefe y le digo: ¡Detén la rotativa, ya tengo una primicia para la portada de mañana!.

Gabriel Medina
(Ésta relato es producto de la segunda práctica del taller de Escritura creativa: comenzar una historia con un detonante...)

Blanco y negro

Nunca me despegué de Inmaculada durante las dos semanas que la conocí. Ni un minuto, ni un segundo. Estábamos unidas por lazos de sangre. Una sangre que me nubló la mente.
Recuerdo con claridad nuestro primer encuentro. Yo paseaba por la pradera junto a Manchas, un viejo amigo canino al que solía visitar todos los sábados para ir a dar un paseo matutino por las afueras del pueblo. Al final de aquella mañana, Manchas se internó por el bosque. Íbamos a toda velocidad por el angosto camino de tierra cuando Manchas se detuvo de forma repentina.
La inercia causada por la frenada provocó mi caída. Iba distraída con las diversas tonalidades de verdes de los árboles y no tuve tiempo de reaccionar. Salí volando, disparada hacia adelante. Cerré los ojos, encogí mis patas, saqué mis garras y me preparé para un fuerte impacto. Por fortuna caí en una suave y extensa alfombra blanca. Pensé que había muerto y que estaba en una nube que me elevaría al cielo cuando tres potentes ladridos, ¡guau, guau,guau!, me sacaron de la confusión.
Manchas se encontraba muy inquieto. Acababa de tropezarse contra una enorme pared blanca que se atravesó de repente. La pared era una vaca. Corpulenta, floja y con mirada triste como todas. Su única particularidad es que no había una mácula a lo largo de su cuerpo. Manchas olfateaba, movía su cola y ponía mirada interrogante.
Al ver su mirada me sentí inteligente y pude aplicar el máster en vacas que el destino me obligó a cursar. Desde pequeña había realizado múltiples viajes familiares por diversas granjas de Europa y la existencia de Inmaculada, así decidí llamarla por su tierna y tentadora blancura, no me agarró fuera de base como a Manchas, quien seguía confundido. En su vida sólo había visto a las frisonas, mejor conocidas como Holstein o lecheras. Ésta sin duda, era una shianina, también llamada italina, utilizadas principalmente para la carga.
Mi felicidad era indescriptible. Podía alimentarme durante semanas sin que nadie me molestara. Comencé a chupar con ansias y percibí que su sangre era un poco más caliente de lo normal y su sabor, a pesar de ser exótico, me era familiar. Sin duda, sangre importada de buena calidad. Capaz argentina o brasileña, pensé.
A los pocos minutos de comenzado el banquete, me acosté un rato y apenas cerré los ojos me vino a la mente un breve flash. Imágenes borrosas del baboso nacimiento de una vaca. Una granja abandonada. Vacas sacrificadas y voces humanas burlonas que decían: ¡Ostia, que no tiene manchas!.
Me desperté sobresaltada. Tomé un poco más de sangre y volví a acostarme sobre el elegante cuero blanco. Una vez más, imágenes desordenadas aparecieron en mi cabeza. Vacas locas, aventuras y desventuras, por supuesto no podían faltar las burlas continuas de la raza humana.
Manchas se aburrió de intentar juguetear con su animal no identificado y emprendió su retorno al pueblo. Lo vi marcharse con ganas de rascarse, pero no podía irme con él. Debía quedarme con Inmaculada. Sentía compasión por ella. Parecía deprimida, solitaria, necesitaba compañía. Además, su sangre me atrapó como un imán. Cada mililitro que sacaba de ella, representaba una nueva aventura para desear incrustarme aún más dentro de ella.
Pasaron las horas y oficialmente me volví adicta a Inmaculada. Era su Drácula privado y ella mi heroína. La admiraba. A pesar de los contratiempos, ella vivía en libertad. Una libertad que le había permitido recorrer gran parte del mundo y que había obtenido exclusivamente por su falta de manchas. Todas sus conocidas seguían recluidas en granjas. Inmaculada era una privilegiada. Sus historias me hacían sentir poderosa, me llenaban de fuerza. Ya no sólo tenía garras y patas. Ahora tenía alma de vaca.
Hoy es sábado. Ya ha pasado una semana. Ahí llega Manchas de su habitual recorrido matutino. Me mira y me busca pero no se da cuenta de que ahora soy una vaca. Vivo dentro de ella. Mi corazón ya casi no late. Se apaga a ritmo de redonda. Yo lo veo pero él no me puede ver. Ahora soy Inmaculada, 100 % blanca, esclava de la libertad.
Ahí se va Manchas. Como era de esperarse no me reconoció como vaca. Para él todas venimos en blanco y negro. Además, una vez alguien me dijo que los perros sólo ven en blanco y negro.

Gabriel Medina
(Éste relato es producto de la 1ra práctica del taller de Escritura creativa: en éste me caso tocó escribir sobre un tema escogido por otro compañero, una Vaca sin Manchas...)

lunes, 17 de noviembre de 2008

La cárcel de Paula

- Paula, ¡no me grites! He dicho que no, y es que no.
- ¡¡Pues yo pienso ir!! No entiendo porque todas las madres de mis amigas les dejan ir a la fiesta y tú a mí me quieres encerrada en casa.
- Paula, sabes que eso no es cierto, yo no quiero que te encierres en casa, pero tienes trece años, hija, y…
- Por eso, porque tengo trece años, ¡¡ya va siendo hora de que dejes de tratarme como a un niña…!!
- Te he dicho que no me levantes la voz… no voy a ceder y lo sabes, no vas a ir a esa discoteca porque eres demasiado joven para que te permitan entrar, porque no vas a salir de casa de noche para volver a las tantas y porque creo que con tu edad te damos la libertad suficiente para…
- ¡¿Libertad?! Pero si solo me dejáis ir al cine o a merendar… ¡y estoy harta! Voy a ir a la fiesta, te guste o no…
- ¡No vas a ir! Sal y diviértete, pero a las 10 te quiero ver en casa. Y no hay más que discutir.
- ¡No te aguanto! ¡Esto es como una cárcel! ¡¡Ojalá tuviera una madre como la de Silvia, a ella la dejan salir cuando le apetece y no le dicen nada!! ¡¡Te odio!!

- No vuelvas a gritar a tu madre si no quieres tener problemas - El padre irrumpió en la sala y miró a su hija con seriedad –Y no se te ocurra volver a decir lo que has dicho, ¿entendido?
- ¡¡Pero es que es la verdad!! ¡¡Nunca me deja hacer lo que hacen todas mis amigas…- Los gritos y los lloros de Paula dejaban el eco de la rabia pasillo adelante.
- ¡Hija, nos vamos a hacer unos recados… ¿necesitas que te compremos algo?!- la madre intentó paliar la furia de su hija al tiempo que recogía su bolso y se abrochaba los botones del abrigo.
- ¡¡No!! ¡¡No necesito nada de vosotros!! ¡¡No os necesito!! ¡¡Iros y no volváis más!!
- ¡Paula, te estás pasando de la raya!
- Déjala, ya nos echará de menos cuando no estemos…-La serenidad del padre chocaba con el disgusto dibujado en la cara de su mujer, antes de cerrar la puerta y dirigirse al coche.
- ¡¡No, no os voy a echar de menos!! ¡¡Ójala no estuvieses y pudiera hacer lo que me diese la gana!! -La ira de Paula se expandió por toda la casa hasta darse de bruces con la puerta de entrada ya cerrada y el sonido del motor alejándose avenida abajo.

El balance de muertos en las carreteras este fin de semana ha superado en 5 personas fallecidas al del mismo período del año pasado. Uno de los accidentes más graves se produjo en la tarde del sábado en la nacional 332, a la altura de Sueca, Valencia. Por causas que aún se desconocen, el conductor de un camión perdió el control del vehículo e invadió el sentido contrario, chocando frontalmente contra el coche familiar que circulaba en ese momento. El impacto fue tan fuerte que sus dos ocupantes fallecieron en el acto. Los bomberos tardaron más de una hora en liberar los cuerpos del matrimonio del amasijo de hierros en que se había convertido el coche. Tenían una hija de trece años, Paula, que quedará ahora bajo la tutela de sus abuelos maternos y deberá vivir el resto de su existencia entre los gruesos barrotes de la peor cárcel: su conciencia.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Maldita muela

Maldita muela:


Hacía una semana que Pedro tenía un insoportable dolor de muelas que no le dejaba ni comer, ni beber, ni tan siquiera dormir. Despertaba cada madrugada con unos sudores fríos que le recorrían el cuerpo, empapándole el pelo y el pijama, dándole una gran sensación de agobio y sofoco.

Esa misma noche, Pedro sintió en el sueño, o más bien, en lo que se volvió una pesadilla, un dolor intenso en su muela que parecía llegar a ser real, tan real, que despertó de repente con pequeñas lagrimas que se escapaban de sus ojos entrecerrados y rojizos por la falta de sueño y, exclamando un pequeño gemido atormentado. No aguantó más, se apartó bruscamente las sábanas buscando un poco de aire, y tanteó con sus pies el suelo buscando las zapatillas. Alargó la mano y encendió la pequeña lamparita. Caminó con cansancio y aun quejándose por el fuerte dolor en su muela hasta el baño y abrió la luz. Se sorprendió al ver, que estaba muy pálido, pero que su mejilla y parte de la mandíbula inferior derecha estaban abultadas, inflamadas y con un fuerte rojo como la grana, totalmente hinchadas. “Pedro, esa muela tiene mala pinta”, “Pedro, ves al dentista cuanto antes”, “Pedro, no seas tan cobarde y....”, “Pedro, Pedro”…La voz de sus compañeros de oficina volvían a recordarle como si fuesen una madre riñendo a su hijo, que tenía que ir pronto al dentista sí o sí, esa muela no le dejaba vivir. “Está bien”, pensó armándose de falso valor, “está bien, mañana sin falta iré, aprovechando que tengo fiesta en el trabajo y…”. Se miró en el gran espejo del baño con un poco de desespero y tragando con dificultad. Se tomó un calmante que sirvió para aliviar un poco el dolor, mitigándolo, y decidió intentar dormir.

Ya estaba en frente de la puerta del dentista. Miró el timbre que conectaba directamente con al recepcionista que tenía el mando para abrir la puerta de la entrada, sin saber si apretarlo o no. Alzó la mano y...

-Anda Pedro, ¿tienes hora en el dentista?- La fuerte voz de su vecina Maria y su indecisión le jugaron una mala pasada y apretó al timbre con fuerza, por lo que por dentro, la recepcionista le miró extrañada mientras le abría la puerta a él y su acompañante.

-Buenos días señora Maria- Carraspeó nervioso, cediéndole el paso a la mujer mayor y dirigiéndose con ella hacia la recepcionista.

-Hola, buenos días, ¿quién va primero?- Preguntó la amable recepcionista.

-Usted primero- Pedro intentó cederle primero el pase con el doctor y sus extraños artilugios ruidosos a la señora Maria, con educación.

-No no, yo sólo vengo a buscar a mi nieta, tú no te preocupes Pedro- Respondió la señora, sonriéndole y sentándose en una de las sillas de recepción-

Pedro se sintió azorado. Volvió a tragar saliva, con una mueca de dolor, contándole a la recepcionista su problema. Ésta le dijo que esperara un momento en la salita a parte de la recepción, junto a la puerta del pasillo donde había los diferentes cuartitos de los dentistas.

Pedro tomó asiento; estaba acompañado de dos niños pequeños y una mujer. Al contrario que él, los niños estaban tranquilamente jugando con sus muñecos, y la mujer ojeaba una revista. De repente escuchó ruidos de unas maquinitas encendidas haciendo un ruido extraño y un quejido que provenía de la salita más cercana del pasillo. Tenía el ruido clavado en el cerebro, y podía imaginar todo tipo de cosas. Se abrió entonces la puerta de la salita y apareció la recepcionista dándole permiso para entrar. Se encaminó detrás de ella hasta llegar donde le esperaba un doctor vestido con un traje y una mascarilla verdes, preparando el material adecuado para tratarle la muela.

Saludó y se tumbó sobre el asiento reclinado. El doctor le puso un pequeño babero de papel azul, y enfocó con una fuerte luz directamente en la boca abierta de Pedro, para verle la muela. Pedro vio en los ojos oscuros del doctor su propia muela inflamada y le dieron ganas de salir corriendo de la consulta aunque fuese con el babero puesto cuando vio que agarraba una jeringuilla con una aguja de unos dos centímetros. Le pedió estarse quieto y no moverse y que sólo sería un pequeño pinchazo en la encía. Cerró los puños y los ojos con fuerza esperando la aguja. Una vez puesta el resultado fue rápido. Sintió su mejilla y mandíbula dormida, insensible apenas a cualquier estímulo. Pero sólo apenas…

Llegó el momento decisivo. Vio al doctor aguantar en su mano una especie de pequeño alicate que entraba en su boca en busca de la famosa muela. Lo único que pudo exclamar después fue un sonoro:

¡MALDITA MUELA!



Joana Domingo Constans

Pretty woman II

Y Ricardo subió la escalera de incendios de dos en dos, evitando mirar hacia abajo y sujetando con fuerza el enorme ramo de flores. Julia, con su cabellera pelirroja ondeando al viento de varios pisos de altura esperaba el beso de su amado, las promesas de un futuro cierto y lleno de comodidades y el aroma de esas rosas que se acercaban escaleras arriba. A cambio ella juró estar disponible y dispuesta cuando él volviera del trabajo y hacerle la cena cada noche, cuidar durante el día a los retoños por venir y regar las plantas cada amanecer para alimentar el amor.

Las primeras noches, pudín de perdiz y trufa de primero, perdices en salsa de caviar de segundo y milhojas de perdices al champagne, de postre. Se inflaron a perdices noche sí y noche también. Durante la luna de miel, los nueve meses de embarazo y los cuatro de lactancia a doble turno. Para celebrar el primer aniversario, el segundo… y hasta el tercero.

“¿Esta noche no hay perdices, cariño?”. “No, mi fiel esposo, para los gemelos filete y para ti huevo frito”. “¿Y las perdices, amor mío?” “En el mercado ni las venden, dicen que ya ni se mueren para engordar el amor del humano caprichoso porque no les merece la pena” “Al menos, vida mía, ¿el postre serás tú?” “Pues va a ser que no… que aún me queda planchar tus camisas, poner la lavadora, fregar los platos y acostar a los niños”…

“Y, ¿adonde vas a estas horas, cariño?” “A trabajar, ¿recuerdas? A ver si tengo tanta suerte esta noche como la que te conocí a ti y me recoge un banquero que me saque de puta y me de mejor vida”. “¿Y qué voy a hacer yo sin ti?” “Pues seguir viviendo del aire, ese con el que tú y tus colegas hinchabais la burbuja financiera, que ahora se desinfla y nadie sabe lo que había dentro”.

Ainara Rivera. Taller de Escritura Creativa

sábado, 15 de noviembre de 2008

David

Sintió que le subía un calor por el tórax hasta las mejillas. Tanto que había ensayado delante del espejo. Tanto que había repasado el discurso por las noches, en la oscuridad de su habitación, buscando la forma más apropiada de encarar la conversación y ahora lo había soltado así, a bocajarro. La suerte estaba echada. No le quedaba otro remedio que seguir adelante.
El joven se pasó la manó por el cabello naranja, mientras se dirigía con pasos rápidos hacia la ventana. Observó que fuera el día estaba claro y pensó que era una buena señal.
Álvaro abrió un poco más los ojos. Incrédulo. Iba a decir algo cuando su hijo volvió a hablar.

–Sé que no es lo que esperabas de mí. Que hubieras preferido que fuera como Rafa o Ángel que tienen unas mujeres estupendas y una vida perfecta. –David señaló en la pared las fotografías de sus hermanos el día que se casaron. –Ya sé que no debe ser fácil que el menor de tus hijos, con diecisiete años, llegue un día y te cuente que le gustan los chicos y no las chicas. Lo sé, pero no quiero ni puedo esconderlo.
–David, supongo que esto es una decisión que…
–Por favor, papá -interrumpió el chico -tienes que escucharme. Esto no es una decisión precipitada. Lo he pensado mucho y no puedo engañarme ni engañaros por más tiempo. He intentado que las cosas no sean como son pero es imposible.

El joven notó como las lágrimas acudían a sus ojos. Sintió rabia porque no quería que las cosas se le fueran de las manos. Se había prometido no llorar. No tenía por qué avergonzarse de su orientación sexual. Era algo totalmente normal. Igual que era alto, flaco, pecoso y blanco como la leche, también podía ser homosexual.
–Mamá ya lo sabe. –Continuó –dice que ya lo imaginaba. Que las madres se dan cuenta de estas cosas. No sé. El caso es que le hice prometer que no te lo contaría. Quería decírtelo yo porque creo que es lo que debo hacer. Sabes que soy responsable y lo seguiré siendo.
David hablaba mientras caminaba dando grandes zancadas por la habitación, mirando a su padre que permanecía sentado tras la mesa de trabajo. El joven se detuvo un momento, apoyó las manos en el respaldo de una butaca, notando el cálido tacto de la tapicería e inspiró con fuerza.

–Así que si después de esta conversación…
–Mira hijo, ya está bien de explicaciones que nadie te ha pedido. Creo que no es necesario que sigas.
–Claro que sí, papá. Sí que lo es porque tengo que hacer las cosas bien y pienso que…
– ¿A caso vinieron tus hermanos, cuando tenían tu edad, a explicarme que eran heterosexuales? –preguntó Álvaro con serenidad.
– ¿Cómo? –David no daba crédito.

¿Significaba eso lo que parecía?
Álvaro se quedó pensativo un instante. Luego se levantó de su cómodo asiento dirigiéndose hasta su hijo. Puso una mano sobre el hombro del chico y apretó un poco, con afecto.
– David, soy tu padre y te quiero. Es posible que en tu camino encuentres algunas dificultades pero eso nunca será aquí. Esta es tu casa y nosotros, tu familia.



SOHO. Taller de Escritura Creativa.

viernes, 14 de noviembre de 2008

en otra parte

!Cojí la pistola! y en cuestión de un segundo, la tenía apuntando mi cabeza, mis ojos estaban más abiertos que nunca, unas gotas de sudor frío, se desprendían por mi frente.
Sentí un choque muy fuerte, eran todos mis recuerdos a la vez, no sabía que hacía más presión, si la pistola o mis recuerdos.
Me vi en mitad de Universidad, solo, sin nadie más, y sentí lo que sentí hace dos años, tristeza, desolación, rabia, impotencia, pero esta vez no estaba ella , en esa parada de metro donde la vi entrar y nunca más supe del primer amor.
Un año más tarde apareció el segundo, pero muy rápido se desvaneció. El tercero llegó en seguida, fue el más intenso y duradero. !Pero como se olvida el tercer amor!, como no recordar sus ojos, su sonrisa, su olor, sus caricias llenas de pasión y vibrato, y sobre todo como no recordar su melodía entre mis sabanas.
Mi cabeza dió un vuelco, sentí timbales y todo era muy verde, estaba en mitad del parque de la ciudadela, me senté en el suelo y la música dejó de sonar, todos me miraban con ojos acusadores, me sentí avergonzado, acomplejado, dévil, me puse a correr, hasta perderme, hasta llegar a una muralla muy grande, tenía que traspasarla para dejar atrás sus miradas, peró ni lo intenté, me senté, estremecí mis rodillas y cerré los ojos.
Mi dedo empezó a tirar y la pistola empezó a temblar.
Otra gran fuerza se apoderó de mi cabeza.
Aparecí caminando por las ramblas, escuché como alguièn rodeado de mucha gente, decía: !como veís la botella medio vacía o medio llena!, yo la respuesta la tenía muy clara, mi botella siempre ha estado llena al vació.
Mis recuerdos no dejaban de pasar por mi cabeza..
Me ví sentado en un gran butacón marrón como tantas otras veces, con un profesional, mirando fijamente mis ojos cristalizados, me sentí más loco que nunca, y como no estarlo, en esta sociedad, donde las cosas no importantes no dejan de evolucionar tan rápidamente.
Por primera vez me sentí fuerte, capaz de apretar el gatillo y dejar de hacerme más daño, una sonrisa se produjo en mi rostro, no quería esperar más.
De repente se escuchó un portazo, una presencia se iba acercando cada vez más a mi , mi mano se convirtió en arena, y mi pistola se desprendió como se desprenden las almas.
Cuando acarició el suelo, la pistola se transformó en un objeto muy personal, el objeto mas querido para mi , dejando en mi habitación el sonido de mi inocencia.
La presencia y el portazo tenían el mismo nombre.
!Tom! ,¿Qué tal?, soy Luisa te dejo el desayuno dónde siempre, hoy ya sabes que vienen las visitas, podrás pasear por los jardines como a ti tanto te gusta. Hazme el favor de coger tu armónica que la tienes en el suelo en frente de ti, que luego te enfadas ,sino la encuentras, y tu ya sabes, que este lugar ,sin tú música, no es lo mismo.

jose ruiz

jueves, 13 de noviembre de 2008

De entre las llamas

Los metieron a empujones en la camioneta. José no tuvo tiempo de acabarse el café. Le arrebataron la taza y dejaron que se descuartizara contra el suelo. Carmen todavía tenía las retinas tintadas con las llamas que devoraban la hacienda cuando la la arrastraron hasta la parte trasera del vehículo.
José distinguió las primeras lenguas de humo cuando apenas habían empezado a conspirar a hurtadillas desde la rambla seca. Carmen le traía el también humeante café de las mañanas a su mecedora del patio. A José le encantaba el café bien cargado, y mirar la huerta desde su mecedora de mimbre. Había amanecido nublo --como el día en el que ardió la plantación de los Rubio-- pero lo que se elevada por encima de los frutales no eran girones de nubes de tormenta. No. Ni los rugidos secos que rompían el aire abajo, en la vega, eran el ensayo de un folletín de truenos. Si amenazara lluvia la castigada rodilla lo habría anunciado entre crujidos. Tenía rodilla de zahorí. No. Aquello que sonaba a tambor afónico de procesión del Santo Sepulcro eran disparos. O cañonazos, a saber.
A Carmen los tableteos de las armas le parecieron silbos, de lo lejanos que eran. El humo, no. Lo respiró tan próximo como el del café de José. Y respiró también amargura en las llamas, que ya trepaban camino arriba, con una parsimonia que también prendía la sangre.
-José, ¡nos queman la hacienda!- ululó la mujer.
El hombre no reaccionó. O hizo ver que no reaccionaba. Agarró el tazón y le clavó dentro la cucharilla, acuchillando el café, y hurgó en sus entrañas como si en realidad hurgara en las entrañas del hijo de puta que acababa de prender fuego a sus tierras.
La cuchara daba vueltas. Las palmeras de la linde de mediodía eran una paleta de lenguas rojas y anaranjadas. Carmen temblaba. Las llamas se acercaban como si no fuera con ellas. Los disparos -eran disparos- sonaron más cerca.
La finca de José y Carmen era de las pocas que aún no había ardido. Todo este lado del cerro de las Cuatro Caras era pura ceniza. A quien no le quemaban las tierras se lo llevaban. O lo mataban. O las tres cosas, porque nadie volvía.
Cuando mataron a los tres hijos de los Carrasco de un tiro en la cabeza, el propio Ginés le escupió en la cara a José.
-¿Dónde está tu hijo? ¿Dónde está el coronel Matías? ¡El coronelito es un cobarde!
Y José no contestó porque hacía meses que no sabía nada de su hijo. Nada. Bajó la cabeza y siguió cavando la fosa de los hermanos Carrasco dando golpes voraces con el azadón como si en realidad azotara las entrañas de los hijos de puta que habían matado a los tres muchachos a sangre fría. Les quebraron las piernas y les volaron los sesos. Y sin vendarles los ojos, a cosa hecha, para que se desplomaran de cara a su propia huerta envuelta en llamas.
El coronelito tampoco acudió cuando se llevaron a los Migas en una camioneta destartalada y después los arrojaron, quien sabe si todavía vivos, por el abrupto barranco del Ortigal con el cuerpo cosido a balazos. No respetaron ni a las mujeres ni a los niños. Los mataron a todos. Los Migas no vieron arder sus fardos, ni sus frutales ni su casa. Y ni el coronelito ni nadie corrió en su auxilio.
También se llevaron a los Paganes y a los Mateos. Y el coronel Matías tampoco acudió. No acudía nunca. Tampoco cuando se llevaron a los Atascaburras. Sólo dejaron vivo al Andresito para que pudiera escupirle en la cara a José.
-¿Dónde está el cobarde de Matías? ¿Nos va a dejar morir a todos?
Y José tampoco dijo nada, bajó la cabeza y golpeó con el pico las riscas, como si golpeara los cráneos de todos los guerrilleros hijos de la gran puta que estaban aniquilando a los suyos sin que el coronel Matías, el coronelito, ni se asomara para darles el pésame.
-Igual nos lo han matado, José, igual nos lo han matado. Si no vendría. Él no es así- le consolaba Carmen. Pero José no la escuchaba. Golpeaba la tierra con el pico o la azada, pero en verdad se inmolaba. Sabía que Matías nunca volvería.
Carmen fue la primera en ver la siniestra camioneta escurriéndose de entre las llamas como si no temiera al fuego que estaba a punto de saltar la tapia que protegía la casa. Los disparos habían cesado. El destartalado vehículo ascendía por el camino colina arriba arrastrando la panza.
-¡Vámonos, José, vámonos!- gritó la mujer, agarrando a su marido por la pechera. Pero José no hizo caso, siguió removiendo el café y dándole pequeños sorbos, conteniendo la rabia entre los dientes.
-José, por Dios, hemos de irnos-insistió Carmen, intentando levantar la cabeza de su marido-. Podemos escondernos en el chamizo de la sierra. Allí no nos encontrarán...
Pero José no respondía. Su vista era un arpón que hacía blanco en la herrumbrosa camioneta que se aproximaba a regañadientes evitando los brazos amorfos de las llamas. Siguió agitando el café y dando sorbos a sus propios recuerdos.
Carmen entró en la casa y volvió a salir. Entró y salió de nuevo, arrugándose el delantal. Las llamas lamían los rosales y el pozo. La camioneta, del color de la tierra, ya había atravesado el puente sobre la rambla seca.
-¡José, José! ¡Que ya se acercan. Huyamos a la sierra!- suplicó la mujer, postrándose de rodillas frente a su marido y apretándole las manos con fuerza. Sus ojos ardían de lágrimas.
-Yo me quedo aquí. -contestó José muy serio pero con voz serena-. Esta es mi casa. Estas son mis tierras. Que me quemen con ellas.
-No, José, no. Podemos irnos...- clamó Carmen.
Pero José le cerró los oídos. Se los cerró al mundo. Se mordió el labio, dejó a sus pupilas volar libremente sobre la hacienda en llamas en busca del pasado y agarró con ansia la taza de café, y no la soltó hasta que aquellos hombres armados se la arrancaron antes de meterle arrastras en la parte trasera de la camioneta. Tan arrastras como a Carmen, último testigo de la destrucción de la casa, que se vino abajo en mitad de una envenenada bocanada de fuego.
El vehículo atravesó kilómetros y kilómetros de campos arrasados, de humeantes rescoldos, hasta que Carmen se atrevió a hablar, porque José seguía mudo, agazapado en la parte trasera del vehículo.
-¿A dónde vamos?-, preguntó entre balbuceos.
-A un lugar seguro, lejos de este infierno- respondió el coronel Matías sin soltar el volante de la achacosa camioneta militar.
-Volviste a por nosotros, volviste…- suspiró la madre, y se quedó dormida, acurrucada en un rincón del remolque. José bajó la cabeza e hizo lo mismo.

Xavier Adell

miércoles, 12 de noviembre de 2008

CASA AUSENTE

Bañándole el dorso una suave luz otoñal que cruzaba la ventana una diáfana mañana, Matilde miraba el impecable orden del mobiliario, la limpieza y brillo por todo lado, entre sus pies el cariñoso y prolongado saludo de Pelusa, la jarra de granizado de mandarina servido como le gustaba, percibía el perfumado olor a Channel y Canela que para este día llenaba los rincones de su casa. Pero ella no estaba bien -¡No soporto esta intranquilidad, este desasosiego que siento por dentro, este inexplicable deseo de estar fuera de este sitio! ¡No entiendo qué me pasa!

Así se encontraba ella dentro de su amplia casa, y así se venía sintiendo las últimas semanas. Recordaba que allí nació y vivió con sus tres hermanas y ahora era la única heredera en medio de un hogar que consideraba ejemplar con su compañero y sus dos hijas.

Miró el estante al lado de la biblioteca con el espacio justo para colocar las dos cerámicas precolombinas traídas el día anterior del viaje de vacaciones por Ecuador, pero las dejó sobre el escritorio sin desempacarlas y salió a la calle. Caminó despacio, respirando profundo, dispuesta a tomarse un café y encontrar la calma. Sin haber terminado de cruzar la acera se encontró con Leo, excompañera del colegio a quien no veía desde hacía varios años. Juntas en la cafetería recordaron viejos tiempos, se comentaron sus vidas pasadas y actuales y Matilde con un gran deseo de desahogarse le refería como a pesar de tener una hermosa casa, viviendo en paz familiar no se sentía bien cuando estaba dentro de ella, como si le fuera un sitio extraño que la impulsara a salirse y se sentía mejor afuera. Esto le causó curiosidad e intriga a Leo quien no entendía bien qué le pasaba a su amiga y le expresó su mayor deseo de ayudarla. Entraron en casa de Matilde.
-Todo se ve en su puesto –señaló Leo al recorrer la casa. –Pero siento
una gran nostalgia. Yo que no te visitaba hace tantos años puedo ver
todo cambiado: ahora tienes otros muebles, otros pisos, otros colores en las paredes, pero no veo el azul que era tu color preferido por ningún lado.
¿Todavía que te gusta el azul? -preguntó Leo al seguir mirando la casa.
-Sigue siendo mi preferido- le dijo Matilde, solo que esta combinación de verdes y amarillos son del gusto de él –refiriéndose a su esposo.
-Que hermosa colección de carros –deteniéndose Leo junto a una mesa de vidrio en la sala.
-Eso le gusta hacerlo a él desde niño.
-Que lindas y extrañas cucharas.
-Él las heredó de su abuela traídas de todos sus viajes y se siente orgulloso de tenerlas y exhibirlas.
-También colecciono cerámicas como ésta. ¿Dónde las vas a colocar?
-En aquel sitio junto a su biblioteca -señalando el espacio que quedaba libre en el mueble.
-¿Dónde está tu colección de relojes?
-Guardados en mi armario y te agradezco que hayas seguido enviándome uno en cada cumpleaños.
- No veo aquí el reflejo de tus gustos, ni algún recuerdo del tiempo pasado, es como si estuvieras en la casa de él.-Señaló Leo.
Matilde se quedó en silencio un par de minutos con la mirada perdida en el espacio, hasta que sus ojos empezaron a lucir con más claridad. -Gracias Leo por venir a descubrir mi casa cargada de recuerdos y cosas nuevas que es su mayoría no son mías, ni son de mi gusto personal. Con el paso del tiempo los espacios y las cosas que habitaban esta casa fueron reemplazados, y ahora con tus comentarios caigo en cuenta que son todas del gusto de él. Esto ya no es compartir en el hogar, es ceder tanto hasta perder. Tal vez la costumbre de los años no me ha dejado ver que lentamente todo aquí dejó de ser como yo. Me pregunto: ¿cuán poco de mi queda aquí y cuánto entregué? En realidad hay un vacio, una ausencia mía en esta casa.

Melqui Barrero G.

martes, 11 de noviembre de 2008

AMNESIA

Se despertó en la cama de un hospital, con la mente del color de las paredes de la habitación: En blanco.
No recordaba su nombre, no recordaba su cara, no recordaba el motivo que le llevó a su situación.
Le dieron el alta a los pocos días, y como único equipaje le entregaron su expediente médico y su cartera. Registró ésta última con la vehemencia de una mujer celosa, buscando indicios, pistas, información sobre su vida. Encontró tarjetas, dinero y su DNI. Se llamaba Francisco Rodríguez Calvo. Y un mapa de metro con dos paradas señaladas.

Decidió, como primer paso para reconstruir su vida, acercarse a la dirección que constaba en el DNI como su domicilio. Calle Amapola 21. No tenía llaves y nadie le abrió la puerta. Buscó una copia debajo de la alfombra, encima del marco de la ventana. Picó a todos los vecinos, empezó a desesperarse. Aporreó la puerta y gritó desesperado. Nadie vino a ayudarle.

Salió del portal furioso y desanimado; no sabía dónde ir ni qué hacer. Recordó entonces las estaciones de metro marcadas en el plano, y pensó que podían significar algo.
Caminó durante media hora hasta llegar a una de ellas, a la estación de Fontana. No sabía qué esperaba encontrar allí, pero no tenía nada que perder.
Mientras bajaba las interminables escaleras que conducían al andén, un hombre de traje azul que caminaba a corta distancia delante de él, se giró, pareció reconocerle y huyó confundiéndose entre la multitud. Salió corriendo tras él sin temor a empujar a ancianas, atropellar a turistas, pisotear a niños. Le persiguió con la urgencia y la rabia de quien necesita recuperar sus propios recuerdos.
Al llegar al andén se hizo obvio que el hombre del traje azul no tenía escapatoria.

-Lo siento Paco, lo siento… Yo…Nunca quisimos hacerte daño…

El hombre del traje azul hizo el amago de escapar y al intentar retenerle, en el forcejeo, el hombre tropezó con su pierna y cayó a las vías justo en el momento en el que el tren llegaba. En su cara una mueca de terror justo antes de desaparecer bajo el vagón.

Amparado en la confusión creada en el andén por el suceso, consiguió escapar de la estación pasando desapercibido. No hubiese podido soportar un interrogatorio, dar las respuestas que él mismo no tenía.
Con lágrimas en los ojos y sin rumbo fijo, caminó durante varias horas, con un zumbido instalado en su cabeza como un hilo musical, y con la creencia en firme de enloquecer por momentos.

Calle Amapola 21. Ahí estaba de nuevo, en su supuesto domicilio. Y esta vez no pensaba irse sin más. Aporreó la puerta con furia, dejando como recuerdo en ella el estampado de la sangre que abundantemente manaba de sus nudillos. Finalmente una mujer de mediana estatura le abrió la puerta y le hizo pasar.
Dos hombres vestidos con los mismos trajes azules le agarraron. Intentó soltarse, forcejeó. Y de repente todo se hizo oscuridad.

Despertó con sed. Estaba sólo en la casa. Empezó a rebuscar en los cajones: fotos, cartas, cualquier cosa que pudiera explicar algo. No encontró más que cajones vacíos. Y en un armario, 4 trajes azules, todos iguales.

Volvía a estar en la misma situación que al principio, sin saber quien era. Pensó que quizás su última opción de encontrar las respuestas que necesitaba, la encontraría en la otra estación de metro señalada en el mapa. Y se dijo que esta vez no podía fallar.

Se dirigió hacia ella de manera casi automática, no le hizo falta ni mirar la dirección. Aquel bar… aquella tienda… todo le empezaba a resultar vagamente familiar. Bajó las escaleras de dos en dos y ahí se encontró con ellos. Todos con trajes azules, todos mirándole con cara de espanto.

-¿Quiénes sois? - gritó desesperado mientras se derrumbaba en el suelo llorando. Quienes sois, quienes sois…

De repente, tirado en el suelo, empezaron a llegar a su mente una sucesión de recuerdos.
Cada imagen era una espina que se le clavaba por dentro, retorciéndose y llenando su vacío de dolor.
Se vio a si mismo salir corriendo de su casa tras haber visto a su mujer con su mejor amigo, el mismo al que había perseguido por la mañana en Fontana. Se vio cruzar la calle sin mirar, vio la cara de aquel taxista despistado justo antes de arrollarle.
Recordó cómo odiaba su trabajo como conductor de metro. Recordó a sus compañeros, aquellos que le habían golpeado en su casa y a todos los demás.
De repente sólo deseaba dejar de recordar.

-Paco, por Dios… ¡porqué lo has hecho! – se abalanzó sobre él uno de sus compañeros- ¡La policía te está buscando! ¡Las cosas no se resuelven así! Ella nos llamó esta mañana asustada, habías estado aporreando la puerta, gritando y asustando a todos los vecinos… Sólo queríamos ayudar con la mudanza. No queríamos golpearte tan fuerte, pero ¡dabas miedo! Y después nos enteramos de lo de Miguel. ¿Cómo has podido tirarlo? Nadie merece terminar así, ¡has perdido la cabeza!

Sonia Ramírez

El router de Telefonica

En el centro del dormitorio tenemos el router SMC 7904 WBRA recién sacado de su caja, de entre cables de colores, microfiltros y cuartillas en portugués y ruso. De color negro mate y con antenitas, parece una pequeña raya marina que, lejos de su amado Atlántico, no acaba de encontrarse a gusto en mi alfombra afgana beige. Su silencio de profundidades oceánicas y expresión ceñuda contrastan con el supuesto don de comunicación (su interfaz como una gran boca de la que nunca paran de salir noticias deportivas, emails de antiguos compañeros de facultad, videojuegos multiplayer y porno, porno, porno) por el que hemos pagado 90 eurazos.
Parece sencillo: fuente de alimentación, roseta con cables telefónico y RJ-11… todo ello enchufado a la raya y abran paso a los 6 megabytes de ADSL.
Pero antes de amarrar el router, y esclavizarlo a la red Livebox 5560 de por vida, me lo imagino huyendo despavorido, como un ratón tras ser pillado in fraganti husmeando al lado del frigorífico, hasta meterse debajo de la cama. Y cuando Irene y yo nos arrodillamos, levantamos el telón de colcha y echamos un vistazo al interior, tan sólo vemos 5 centímetros de cable USB desaparecer por un agujero roído en el rincón.

Esteban Muñoz
Curso: Práctica del cuento moderno
Ejercicio: Descripción de un objeto

Dominique

Dominique tenía que hacer un viaje al extranjero por razones de trabajo y necesitaba poner al día algunos documentos.
La mañana era espléndida y a pesar de estar ya a comienzos de octubre el sol se derramaba con fuerza.
Su andar era alegre; la acera ancha y muy arbolada, era un grato lugar para el paseo.
Llego a la comisaría y buscó en el directorio la oficina de pasaportes; ésta se situaba en el segundo piso y a él se encaminó.
Llega al mostrador y se pone a la cola, había algunas personas antes que él y debe esperar. Después de algunos minutos llega su turno y se arrima al mostrador, el funcionario le pide el carnet de identidad.
El funcionario teclea y se queda fijo mirando la pantalla del ordenador; gira la cabeza buscando algo, mira en varias direcciones pero parece que no encuentra lo que busca.
Por una puerta a la izquierda del mostrador aparece un miembro de la Policía Nacional, el funcionario le hace una señal y éste se acerca; coge el carnet de Dominique y se queda mirando la pantalla del ordenador.
Sin prisa el policía sale de detrás del mostrador y se acerca a Dominique.
-Me puede acompañar, por favor-le dijo con firmeza.
Dominique extrañado sin saber qué decir, acompaña al policía. Pasan a un despacho donde le invita a sentarse.
-Señor ¿Sabe que está en busca y captura?-dijo el policía
-¿Cómo? ¡No lo entiendo! ¿Qué quiere decir?
-¿Se llama usted Dominique Lara Trujillano?-preguntó el funcionario.
-Sí-
-Se le busca desde hace años por algún delito que cometió; me tendrá que acompañar- siguió diciendo el agente.
-¡¿Qué delito?! ¡Yo no he cometido ningún delito!-gritó Dominique
-Hay una orden de arresto contra usted que viene de un juzgado de la región; usted sabrá que ha hecho por esos mundos de Dios-le espetó con sorna el policía.
Dominique estaba temblando, no daba crédito a lo que oía; tuvo ganas de gritar y salir corriendo.
Su mente retrocedía a toda velocidad en el tiempo buscando alguna acción que pudiera considerarse delito y que fuera el origen de esta situación inverosímil.
El agente le agarró del brazo con fuerza y tiró de él hasta que se hubo puesto de pié. Le instó a dirigirse hacía las escaleras que quedaban cerca del despacho.
Ambos bajaron varios pisos hasta que llegaron a un sótano bien iluminado con varias puertas metálicas pintadas de color rojo, con la parte superior enrejada que daban al lugar un cierto aire taurino.
Todas tenían su llave puesta, el policía se acercó a una y la abrió; Dominique le seguía sin oponer resistencia, estaba aturdido y seguía a su carcelero como un perrillo sigue a su dueño.
El detenido entró en el calabozo y la puerta se cerró tras él.
-Tendrá que esperar aquí hasta que vengan para llevarle al juzgado.
Dominique abatido escucha apenas sin oír; no entiende nada, sólo hace lo que le piden.
El policía desaparece; todo queda en un absoluto silencio y da gracias por tener las luces dadas. El interior era frío a pesar de que fuera hacía un día espléndido; las paredes estaban alicatadas hasta el techo con baldosines blancos y para sentarse había un banco corrido de construcción tapizado por unas blancas baldosas similares a las que cubrían las paredes; el lugar era desolador.
En silencio, su mente vagaba por recuerdos lejanos buscando algo que le diera la clave de esta situación “¿Robos? ¡Pero si no he robado nunca nada! ¿Alguna pelea?” Buscaba en lo más recóndito de su ser alguna acción punible que hubiera hecho pero también olvidado; ya sabemos cuán traicionera puede llegar a ser la mente; como solemos olvidar los malos momentos o malas acciones para crear un pasado hecho a nuestra medida.
Se oyen algunas voces cada vez más cerca… alguien baja por las escaleras.
Son dos policías, el de antes y otro más. El de antes abre la puerta e invita a Dominique a salir.
Se levanta con dificultad, lleva horas sentado sobre la fría baldosa y tiene sus partes completamente dormidas.
-¿A dónde vamos?
Apenas le salía la voz, tenía doloridos el cuerpo y el corazón.
-Le llevaremos al juzgado de guardia para que le vea la jueza.
Entre los dos guardias avanza despacio y algo aturdido; bajan unos pocos peldaños y se dirigen por un estrecho pasillo; al fondo aparece una puerta gris de grueso acero con un letrero que indica que da al garaje.
Al cruzar la puerta llegan hasta un coche patrulla donde le sientan en la parte trasera; los dos agentes se sitúan delante y arrancan el vehículo; éste sube por la rampa hasta llegar a la calle.
Dominique no habla, al salir al exterior la luz le sorprendió y tuvo que cerrar los ojos unos segundos.
Miraba a su derredor buscando algo pero sin saber el qué; la parte trasera del vehículo estaba separada de la delantera por una pantalla transparente “como la de los taxis” se decía; se fijó en que las puertas del vehículo no tenían maneta para abrir desde dentro ”por eso no me han puesto las esposas” Sus ojos escudriñaban sin cesar; estaba más tranquilo, la vida de la calle le tranquilizaba y empezaba a pensar que una vez le viera la jueza le dejarían libre.
-¡No tienen motivos para encerrarme!- los agentes no podían oírle.
La calle estaba llena de gente, era sábado por la mañana y la actividad suele ser frenética.
“¡Qué día tan bonito hace! ¡¿La vida sigue ajena a mi desgracia?! ¡Claro, qué pensabas, que el mundo se iba a parar! “ Su mente caprichosa se hacía preguntas.
Un duro cristal se interponía entre él y la vida.
A los pocos minutos llegan a un edificio que parece ser el juzgado, entran por el garaje, la oscuridad vuelve de nuevo a sus pupilas.
La puerta del ascensor se abre, están en el tercer piso del edificio, las oficinas tienen un aspecto anticuado, despachos con separaciones de madera con grandes cristaleras. Muchos montones de papeles que apenas dejaban ver las cabezas de los funcionarios.
Uno de los policías se queda con el arrestado mientras el otro se acerca hacía uno de los despachos.
Dominique está cansado, son muchas las emociones que ha sufrido y empiezan a pasarle factura.
-¿Puedo sentarme?
-Claro hombre, aunque no vamos a tardar mucho ¡De esto sé mucho y una vez que la jueza vea tu documentación firmará, lo que no sabemos es qué firmara! ¡Tu tranquilo que esto va rápido!- El policía hablaba con gran suficiencia, era un hombre en la cincuentena y de su cuerpo resaltaba una prominente barriga y sus explicaciones no tranquilizaron a Dominique.
Apenas han pasado unos minutos y ya les avisan que deben pasar al despacho.
-¡Siéntese!-Un funcionario con unos papeles en las manos se dirige al arrestado con sequedad.
-La jueza está viendo el caso y ahora sabremos qué dictamina; esperen un momento- el funcionario se dirigió a los presentes con cara de pocos amigos.
Una mujer en la cuarentena con traje de estilo inglés se levanta en uno de los despachos con ventana a la calle, mira al arrestado y después de unos segundos le da al funcionario de antes unos documentos.
El funcionario se acerca al arrestado y le presenta el documento para su firma.
-Ingresará usted en la cárcel a la espera de juicio-las palabras del funcionario detonaron en su cabeza como una bomba, solo el estar sentado le libró de caerse.
Dominique se puso blanco y apenas oía las voces a su alrededor, se sentía como sumergido y ahogándose.
Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para balbucear unas palabras.
-¡¿Por qué?! ¡¿Qué he hecho?!
-Usted tuvo una pelea y se le condenó a una multa que no pagó, además no hizo caso a las notificaciones posteriores.
La respuesta de aquel hombre dio lugar a una tempestad en la cabeza de Dominique, todo le daba vueltas.
-Me tiene usted que firmar aquí- el funcionario le indicaba a Dominique un pequeño espacio en la parte inferior del documento.
Éste con lágrimas en los ojos y tembloroso no sabe qué hacer, no tiene la mente clara y tiene miedo “¿Me puedo negar? ¡¿Dios mío, qué puedo hacer?!” Sus pensamientos a cámara lenta buscan respuestas a su situación, pero…no las encuentran.
El funcionario le da un bolígrafo, Dominique lo coge y tembloroso lo firma “¡¿Dios mío, qué puedo hacer?!” se repetía.
A duras penas consigue levantarse, se siente observado por todos; decenas de miradas aleladas convergen en él.
Los policías le sujetan y despacio se lo llevan a los ascensores, entran en uno y se dirigen a los sótanos.
-“¿Debería llamar a alguien? ¡Claro como en las películas! Siempre pueden llamar a su abogado o a un familiar” Dominique intentaba razonar y buscar algo de luz en la oscuridad.
Se abre la puerta del ascensor y enseguida aparecen unos guardias civiles a su encuentro.
Uno grandote y con las manos protegidas por unos guantes de cirujano se dirige al detenido y le pone unas esposas.
-¡Así que este es el chorizo!- dijo con desprecio el guardia
El número agarra al detenido con fuerza por el brazo y entre risotadas le lleva a una furgoneta sin ventanas de las que sirven para el traslado de presos.
Dominique no era capaz de articular palabra alguna; le parecía estar viviendo una película y su cuerpo tembloroso se dejaba llevar.
Le encerraron en la furgoneta y a gran velocidad salieron del aparcamiento, no sabía a qué cárcel le llevaban. Resignado, en una furgoneta ciega y como un delincuente común se acercaba a un futuro incierto y negro.

Antonio Vallejo.

lunes, 10 de noviembre de 2008

LA BOTELLA

El campo está lleno. Los gritos de la gente se oyen a varias manzanas del estadio. El reloj corre rápido sin que nuestro equipo consiga marcar ningún gol. Aún vamos cero a cero.
Así no conseguiremos subir de categoría. Es el partido decisivo. Toda la temporada depende del resultado de estos noventa minutos.
Estoy sudando a mares y los nervios hacen que tiemble en las jugadas con mayor peligro. Me duele la garganta de tanto chillar. Sólo faltan cinco minutos para el final y necesitamos urgentemente una diana.
Retuerzo la botella de refresco que me he tomado en el descanso. Las letras se han desdibujado debido al sudor de mis manos. El casco se ha abollado al darle varios golpes cuando hemos fallado.
Ellos atacan, son muy rápidos, se despliegan por el campo como una legión de hormigas, su delantero se acerca a nuestra portería, corre, los nuestros acuden a defender, el otro levanta la cabeza, mira al compañero, chuta y cae al suelo.
El árbitro pita penalti.
¡No! Brama toda la grada. La afición empieza a patear los asientos. Yo me pongo de todos los colores, agarro la botella con todas mis fuerzas y la lanzo al campo. Espero que impacte contra el árbitro pero sólo cae unos metros más allá.
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El estadio se ha llenado de gente. El griterío es descomunal y se percibe en las avenidas cercanas al campo. El tiempo vuela sin que nuestro equipo alcance la victoria. El marcador digital muestra un empate a cero.
Eso imposibilitará ascender de categoría. La importancia del partido es vital. La temporada entera depende del resultado de este encuentro.
Me siento tremendamente ansiosa y la preocupación es tal que en las jugadas de mayor riesgo tiemblo. El sonido de mi voz se difumina pues me he quedado afónica. Sólo faltan escasos minutos para el final y necesitamos un milagro.
Me he tomado un refresco en el descano y ahora retuerzo la botella con tal fuerza que las letras se han emborronado. Debido a los golpes que la inquietud me provoca he abollado el envase.
El equipo visitante lanza su ataque, la velocidad de sus jugadores es admirable. Se despliegan por el campo ampliamente, tocan el balón y se lo intercambian, nuestra defensa les espera, de repente uno de ellos impacta contra la hierba. El silbido del árbitro indicando la pena máxima desespera al público que aúlla de furia golpeando salvajemente los bancos.
La rabia que me sube por todo el cuerpo es tal que catapulto la botella hacia el terreno de juego con la esperanza de golpear al colegiado. Pero las fuerzas me han abandonado y el refresco rueda a poca distancia de mi asiento.

Leonor
Taller de Cuento

De nuevo Manuel.

Había desaparecido pero renazco de mis cenizas.

Manuel

El eco de sus pasos sonaba fuerte en el silencio de la noche. La temperatura era agradable a pesar de estar ya en otoño; como todos los días se acercaba al metro ya bien pasadas las diez de la noche.
Andaba rápido con los ojos mirando al suelo y apenas se cruzaba con transeúntes.
“¡Estoy harto! No puedo seguir así, me quedo hasta tarde todos los días y la empresa no lo tiene en cuenta ¡No puedo más!” se decía.
Llegó a la boca del metro y descendió las escaleras sucias y llenas de papeles; un desagradable olor lleno de humedad le envolvió.
Se enganchó la mochila en el hombro y se dispuso a pagar el billete en la taquilla.
Su cabeza no se desenganchaba; su jefe tenía fama de duro que se había ganado a pulso “¡Cualquiera le pedía un aumento de categoría o de sueldo!”
El tren llegó rápido acompañado de un aire cálido que inundó todo el andén.
Llevaba desde los catorce años en el taller; sí llevaba veinte años en el mismo lugar; empezó de aprendiz y ahora era oficial. Pero tendría que ser jefe de equipo, se lo merecía; se encargaba de los trabajos más difíciles, organizaba a la gente y no tenía horario.
“¿Cómo se lo tomaría el jefe? Estoy seguro que se enfadaría, podría incluso hacerme la vida imposible” se decía. Su cabeza no dejaba de darle vueltas.
El vagón iba casi vacío; en el otro extremo, a su derecha, dos mujeres extranjeras, parecían Rumanas, hablaban en voz baja pero con grandes movimientos de brazos.
A su izquierda y algo más cerca un hombre de rasgos latinos ojeaba un periódico gratuito, tenía cara de cansado.
Cada noche las personas que se encontraba eran del mismo tipo, trabajadores, extranjeros la mayoría, seguramente con empleos no cualificados. Él no debería estar igual, se consideraba un buen profesional y tenía amigos en otros talleres que haciendo menos ganaban mucho más.
“¡Debería decirle que me voy, debo buscarme otro trabajo!” se decía.
Su trabajo le gustaba y siempre le dedicó muchas horas, no sabía hacer las cosas de otra manera, se entregaba; sin embargo desde que se casó su mujer no dejaba de recordarle lo mucho que trabajaba y lo poco que ganaba. Le decía que le faltaba personalidad y ambición.
-¡Estoy harto!- gritó.
Las personas que estaban en el vagón le miraron; no mostraron mucha sorpresa, quizás eran unas palabras frecuentes en estos trenes nocturnos.
El sonido metálico de una voz femenina indicando una parada le trajo a la realidad, aún le quedaban varias estaciones; miró al frente.
Tenía la sensación de que sólo hacía lo que querían los demás. “¿Es posible que siempre fuera así?” se preguntaba.
Recordaba la ocasión en la que su padre les preguntó a él y a su hermano si preferían un balón de fútbol o una bicicleta; él dijo que prefería el balón a pesar de morirse por tener una bicicleta; su hermano no se lo perdonó. Pidió el balón para agradar a su padre ya que sabía que éste no quería regalarles la bicicleta para que no tuvieran un accidente.
¿Por qué tenía tanto miedo a decir sus verdaderos sentimientos? ¿Cuánto tiempo más seguiría siendo así? ¡Ya era un hombre y…con hijos!
¿Por qué todo el mundo me exige? ¡Debo dirigir mi vida y no que sean otros los que lo hagan!
De nuevo la voz metálica; era su parada. Se levantó despacio y se dirigió a la puerta. Anduvo por los pasillos hasta que un aire nuevo le abofeteó la cara.
La noche era hermosa y fresca, apenas le quedaban diez minutos de camino hasta su casa.
Sube al tercer piso andando, prefiere no utilizar el ascensor. Abre la puerta del piso y la cierra tras de sí dejando las llaves en la cerradura.
Su mujer está viendo la televisión y las niñas durmiendo, como todas las noches.
Se acerca a ella y le da un beso; ella apenas hace un gesto. Se va a la habitación y se cambia de ropa, cenará un poco. Como todas las noches cenará en silencio junto a su mujer viendo la televisión.
Un amigo de su padre le preguntó, cuando era niño, si quería aprender a tocar un instrumento ¡le hubiera encantado! Dijo que no.
Las noticias del informativo no impidieron que el estómago le diera un vuelco; dejó la cuchara en la mesa se recostó en el sofá y miró al techo.
Treinta años más tarde se daba cuenta de los errores que cometió y empezaba a sospechar el daño que esta actitud hizo en su carácter.
-¿Te pasa algo cariño?- dijo su mujer.
-¡Hacemos poco el amor!- contestó.
La mujer, asombrada por la contestación no respondió, estaba esperando algún comentario más que le aclarara las intenciones de Manuel.
-Hace tiempo que no hacemos el amor con ganas, como cuando estábamos recién casados- siguió diciendo.
-¿A qué viene esto ahora? ¿No habrás bebido?- la mujer con cara de sorpresa le contestaba sin apenas mirarle.
-Esta noche me apetece hacerte el amor como hace mucho no te he hecho ¡Además tengo una buena noticia que darte!
-He hablado con el jefe y le he dicho que si no me subía el sueldo me buscaría otro trabajo, que ofertas no me faltan-
-¡Manuel por Dios! ¿Cómo has hecho eso? ¿Tú les has dicho eso?-
-¿Como se lo ha tomado?- continuó la mujer
-No sabía qué decirme; se quedó parado ¡Pensaba que no era capaz de decirle algo así en mi vida!
- Pero vio que iba en serio, que mi postura era fuerte ¡Que estaba decidido a irme si no me subía el sueldo!- sus ojos desprendían luz, el hombre estaba radiante, se levantó y sin dejar de moverse afirmaba sus palabras con los brazos.
- ¡Me va a subir la categoría a jefe de equipo, cariño!- gritó
La mujer hizo un gesto para que bajara el tono, las niñas dormían.
-¡Dios mío!- gritó la mujer poniéndose la mano ante la boca.
-¡Pero…si es lo que llevas esperando toda la vida, amor mío!- dijo conteniendo el tono.
- Sí cariño, por fin lo he conseguido, me he puesto duro y no han tenido más remedio que aceptar-.
-Pero lo mejor es la subida de sueldo ¡Serán tres mil euros al año!- dijo Manuel.
-¡Tres mil euros!- repitió la mujer
La mujer llena de alegría se abraza a su marido y le besa-Sabía que lo conseguirías, sólo tenías que ponerte ¡Tu vales mucho mi amor!- terminó diciendo.

Manuel abrazado a su mujer, henchido de orgullo y con lágrimas en los ojos, sabe qué ha de hacer a la mañana siguiente.






Antonio Vallejo

domingo, 9 de noviembre de 2008

LA SOLUCIÓN

Sin mediar palabra los cuatro forman una piña improvisada. Se agrupan con cierta pesadumbre en el punto más central de la nave, se apoyan los unos con los otros y siguen en absoluto silencio. Ni siquiera se plantean darse un poco de calor para luchar contra el creciente descenso de la temperatura; no tendrían tiempo de sufrirlo en demasía. El humo resultante del incendio se va metiendo silenciosamente en la sangre de todos ellos, ahogando unos sueños de libertad que les había costado años construir.
Todo empieza con una explosión. A partir de ese momento la mayoría de los tripulantes comienzan a moverse en torno a ella: Gabriel se afana frente al panel de control, Natasha está a su lado apagando las llamas con el pequeño – y único – extintor que llevan a bordo. Peter se mueve de un lado para el otro. En su boca nacen frases cortas y concisas sin cesar, de sus ojos salen miradas acusadoras que buscan posibles efectos de la explosión. Inspecciona cada rincón de aquella especie de lata en la que están metidos: una nave vieja, pequeña, un cubículo habitado en exceso y que debería estar en desuso, pero al que todos cogieron cariño tras tantos años de trabajo y tantas esperanzas. El denso metal de color gris gastado que les separa del vacío sigue mostrándose viejo y robusto, pero no parece que haya sufrido daños.
Marcos es el único que no hace nada. Muy a su pesar no es capaz de trabajar bajo presión: los nervios le dominan, su mente se queda en blanco. Un inexplicable cortocircuito le impide usar lo que muchos consideran un cerebro privilegiado. Si es la propia vida la que pende de un hilo, esa presión se multiplica a niveles inauditos. De modo que no es de mucha ayuda. Herido en su orgullo, culpable en su propio juicio, se mantiene apartado. El espacio es reducido, pero al menos puede mantenerse a una distancia prudencial de la zona afectada, y a una distancia aún mayor del reciente cadáver. Permanece arrinconado justo frente a una de las pequeñas ventanillas, por las que apenas le cabe media cara. Se asoma y observa con preocupación la pequeña bola azulada que es la Tierra, haciéndose más pequeña a una velocidad tan escasa que parece nula. Sabía que le pasaría algo así, era consciente de que en algún momento u otro tendría que afrontar una situación de emergencia. Pero no ahora, no tan pronto. ¡Por Dios, acabamos de salir! Nos hemos precipitado, piensa. Quizá no era el momento de escapar.
En cuanto Peter ha descartado nuevos desperfectos, centra su atención en el cuerpo sin vida de Wilson. Se agacha escrupulosamente junto a la cabeza, diminuta en comparación con el robusto cuerpo que corona; es una mezcla de sangre caliente, carne quemada y súbita ausencia de cabello. Peter acerca una de sus huesudas manos, temblorosa, pero no llega a tocar ni un ápice de lo que fue su compañero. No es necesario, salta a la vista que allí dentro ya no hay vida. Marcos querría estar allí, tratando de hacer algo útil, o por lo menos de demostrar que le duele infinitamente la muerte de Wilson, pero sigue sin poder mover nada que se encuentre fuera de las cuencas de los ojos. Al contrario, a cada segundo que pasa se encoje más sobre si mismo, se agazapa, se repliega. Querría huir de allí, no tener que ver la desesperación de sus compañeros, no tener que oír esa mezcla de gritos y alarmas, ni el siseo ahogado de un extintor que ya no da más de sí.
Todo cambia en pocos segundos. Las llamas se apagan, las frases breves y exhortativas cesan. Ahora se oyen regueros de tos (pues los filtros que limpian el aire no pueden deshacerse fácilmente del humo), mezclados con susurros severos en torno al diminuto Gabriel. Peter y Natasha están a su lado, tratando de averiguar si van a salir con vida de ésta, pues es el único que puede saberlo. No hace más que teclear insistentemente, con la cabeza gacha, pegada a la pantalla. Marcos apenas puede oírles. Se planeta levantarse y acercarse a ellos, formar parte del improvisado comité de crisis. Pero permanece donde está, mirándoles a ellos y a la pequeña bola azulada de la ventanilla, con el corazón agarrotado.
- ¿Qué demonios ha pasado? ¿La nave aguantará? – pregunta Natasha, mientras se atusa la melena rubia inconscientemente.
- Todavía no lo sé… estoy en ello – contesta Gabriel con dificultad. Peter le hace una señal a ella, como dando a entender que deben dejarle tranquilo para que termine cuanto antes.
Ensimismados como están, los demás no se dan cuenta de que el humo está dejando de desaparecer. Marcos puede ver cómo se aposenta, como se revuelve sobre sí mismo y sobre sus cabezas, al no encontrar salida. Da la sensación de que cada vez es más negro y espeso. Por si fuera poco, comienza a hacer más frío. De pronto las luces fallan, tan solo un segundo, pero fallan. A ojos del petrificado Marcos, el trío está perdiendo el tiempo, ya nada puede hacerse. Los efectos de la explosión son demasiado evidentes.
Llegado un punto, Marcos ya no sabe si se siente mal por que algún soporte vital está averiado o por el terror creciente de saber que éstos son sus últimos momentos de vida. Con un denso nudo en la garganta mira a su alrededor e imagina de cuantas horribles formas uno puede morirse allí dentro. Mira la cabeza abrasada de Wilson y le envidia, al menos lo suyo fue rápido, ni siquiera tuvo tiempo de sentir miedo. Nadie va a venir a ayudarles. Son ilegales, salieron de la Tierra por sus propios medios y asumieron todos los riesgos derivados de usar una mecánica vieja e inestable; incluido el de morir.
De pronto Gabriel da un golpe seco contra el teclado. Luego otro algo más débil, con mayor carga de impotencia. Natasha se tapa la boca con ambas manos, ahogando lo que parece un primer sollozo. Sus grandes ojos no son capaces de ocultar lo que piensa. Peter se pone las manos sobre la cabeza, suspira profundamente y se gira. Parece que la cruel pantalla a la que atosigan con sus ojos les ha mostrado la peor de sus pesadillas.
- Tendremos que decírselo – le dice Natasha a Peter, tras mirar al rincón donde Marcos se refugia.
Sin embargo, Marcos está muy al tanto. Está nervioso pero no es ningún tonto. En un arranque de decisión presiona una palanca roja que hay cerca de donde está sentado. Durante el primer instante le miran horrorizados, pero no hacen nada para evitarlo. También saben que la muerte por ausencia de oxígeno puede ser una de las menos crueles si la nave que les protege del vacío del espacio está muriéndose a pasos agigantados. Es la mejor solución. El humo ayudará a que el final llegue antes, si todo va bien les adormecerá con rapidez.
Efectivamente, los cerebros van apagándose paulatinamente. El de Marcos se sumerge en una difusa ensoñación, en la que sus sueños se hacen realidad, en la que aquella nave termina llegando a la colonia de Marte, ese lugar lleno de oportunidades, ese escaparate que durante tantos años se ha lucido con desvergonzada lujuria ante una humanidad atestada.

Manuel Santos.
Creatividad, estructura y técnicas narrativas.

martes, 4 de noviembre de 2008

LA VECINA DE ABAJO

Apenas hacía un par de horas que Jota se había levantado de la cama, con el estomago revuelto y un leve dolor de cabeza. Su almuerzo, había consistido en una lata de sardinas en escabeche, pan semiduro del día anterior y una bolsa de patatas fritas de las que seguía dando cuentas mientras cambiaba continuamente el canal de la tele con el mando a distancia, todo esto remojado por una cerveza, que era de las pocas cosas que nunca faltaban en su nevera, casi siempre vacía. El timbrazo de la puerta, seguido de unos contundentes golpes, logró sacar a Jota de su estupor. - ¡Ya voy…! ¡Ya voy, joder!- Dijo levantándose perezosamente del sofá. En el momento en que abrió la puerta, dos tipos irrumpieron en el interior de su piso, uno de ellos, le agarró con fuerza del cuello de la camisa. - ¡¿Dónde está María?! ¡Dile que salga ahora mismo o te parto el cuello! - ¿María? ¿Qué María? - Vamos, no te hagas el tonto. Sabemos que vive aquí.- Dijo el otro tipo. - Mirad tíos, no sé quienes sois y me importa una mierda, pero aquí no vive ninguna María. ¿Creéis que estaría así el piso, si viviera alguna María? El que parecía el cabecilla de los dos, miró escéptico el caos reinante a su alrededor. Suspiró comprendiendo que Jota decía la verdad. Acto seguido, metió la mano en bolsillo interior de la americana y sacó una foto y una pitillera, que volvió a guardar en el se mismo bolsillo, después de encender un cigarrillo. Le enseñó la foto a Jota, al que seguía sujetando el otro matón. - Fíjate bien. ¡¿Has visto a esta mujer?! Jota achinó los ojos a causa del humo del tabaco. En la foto, había una chica muy guapa, abrazada a aquel tipo. - Pero si es…- Dudó en contestar, pero ya era demasiado tarde, y el tipo que lo tenía agarrado lo zarandeó con fuerza.- ¡La chica del tres C.! El de la foto, fue a la mesa de sobremesa y de entre el desorden, cogió el móvil de Jota y se lo guardó en el bolsillo, luego unas llaves. - ¿Son estas las llaves de tu casa? Jota asintió con la cabeza. Finalmente el hombre cogió un cuchillo de cocina, se dirigió al teléfono fijo y cortó el cable, clavó el cuchillo en el mueble donde estaba el teléfono y se dirigió a la puerta, haciéndole un gesto a su compañero para que soltara a Jota y lo siguiera. Dejaron a Jota encerrado e incomunicado en su propio piso. Pero mientras cerraban la puerta, escuchó como el tipo que le había estado agarrando del cuello le decía al otro. - Don Luis siempre nos dice que no nos obsesionemos por ninguna mujer y menos pudiendo tener a la fulana que queramos. Nos estamos jugando el cuello. - Yo no quiero una fulana, quiero a María… “¿Y qué hago yo ahora?” Pensó Jota dando vueltas de un lado a otro. Tenía un recambio de llaves, el problema es que no recordaba donde y lo más urgente era avisar a su vecina de lo que se le echaba encima, aunque le hubiera dado calabazas en más de una ocasión. Fue corriendo a su habitación. La cama seguía deshecha, así que cogió las sabanas y las anudo como pudo, después las ató a la barandilla del pequeño balcón, su vecina vivía justo en el piso de abajo, así que esa era la manera más rápida de llegar. Justo debajo, María tomaba el sol boca abajo mientras ojeaba una revista de modas, sin percatarse del trozo de sabana que colgaba por encima de ella. Del interior de la casa salía una suave melodía de música chill-out. María sintió un extraño gemido que venía de encima de su cabeza, justo cuando estaba apunto de mirar para arriba, sonó el timbre. Se levantó y fue hacia la puerta mientras se ponía la parte de arriba del bikini y un albornoz que tenía en el interior del piso. Jota no había sentido el timbre desde donde estaba, pero si que consiguió bajar unos centímetros más, para ver a María dirigirse a la puerta, intentó avisarla, pero ya era demasiado tarde. Todo pasó muy rápido. El matón que momentos antes había estado sujetando a Jota por el cuello abrió la puerta de golpe y María calló al suelo de culo. Miró con sorpresa y terror a sus agresores. -¡Tú! – Dijo al que hacía unos meses había sido su pareja. - Hola María. Te echaba mucho de menos. - ¡Mira quién está en el balcón! - Dijo el otro, señalando a Jota, cuyos pies rozaban ya la barandilla. - Hay que joderse.- Dijo el cabecilla dirigiéndose a Jota mientras metía la mano debajo de la americana. Jota, al ver el gesto, pensó que el tipo estaba sacando un arma y se soltó de su improvisada cuerda. El tipo viendo caer a Jota corrió hacia él, con la pitillera que acababa de sacar del bolsillo en la mano, se asomó a la calle mientras se encendía un cigarrillo, para ver como un grupo de gente se reunía alrededor de Jota. - Será mejor que nos vayamos, ya Mandaré a alguien para que venga a recoger tus cosas.- Le dijo amenazante a María. -¡Recuerdo que te mandé a la mierda, cuando descubrí a lo que te dedicabas!- Le Dijo ella mientras el otro matón la ayudaba a levantarse. - Esto no es una discusión, si no quieres venir conmigo Alfonso te hará una cara nueva.- Dijo acercándose a María mientras su compañero, sacaba una navaja de un bolsillo trasero de los tejanos. Jota podía notar el roce del hueso roto de su pierna derecha, a la vez que un intenso dolor le recorría todo el cuerpo. Los transeúntes, formaron un corro a su alrededor, preguntando qué había pasado y si se encontraba bien. “¡Que alguien llame a una ambulancia!”, “¡Haced sitio que respire!”. Decían algunos. Entonces vio entre la muchedumbre, como los dos matones salían del edificio agarrando a María de los brazos. - ¡Esos son los que me han tirado del balcón! ¡Quieren secuestrar a mi novia! Todo el mundo se abalanzó hacia el trío, liberando a María de sus dos captores. Mientras, un coche que esperaba en doble fila salió disparado. - Un abogado pagó ayer la fianza de ese cerdo. Tendré que ir con cuidado, sobre todo, estando tú aquí.- Le dijo María, tres días más tarde a Jota, que estaba postrado en la cama de un hospital con la pierna escayolada. - Creo que no, mira.- Dijo Jota subiéndole el volumen a la televisión. La cara del exnovio de María ocupaba toda la pantalla, mientras la voz de la presentadora, decía que había muerto por un ajuste de cuentas. Juan Carlos Fernández Fernández

domingo, 2 de noviembre de 2008

INTRUSO

No me lo puedo creer. La puerta está cerrada. Trato de inspeccionarla, de encontrar un resquicio que me permita desmentir tal afirmación. Inútilmente. Siempre había podido entrar sin problemas, no lo entiendo. Venía tan convencido como siempre, pensando en mis cosas, seguro de mi mismo. Ahora ni siquiera sé en qué estaba pensando, las ideas se han vaporizado como lo hace un sueño banal. Me quedo unos momentos plantado frente a la puerta, supongo que con una espantosa cara de desconcierto. Muy a mi pesar, la situación no mejora por el mero hecho de quedarme mirándola.

El proceso nunca había fallado antes: entraba por el patio interior, al que se puede acceder fácilmente – si sabes cómo -, y luego iba hacia la puerta que conecta dicho patio con la casa en sí, que siempre está abierta. No puede verse desde fuera, de modo que su cerradura es su secreto. O lo ha sido hasta hace poco. Ahora se erige seria e imperturbable, orgullosa de poder ignorarme impunemente.

Por suerte, hay otras formas de entrar. Durante años viví allí, conozco algunos de esos pequeños trucos que espero que sigan existiendo tras mi larga ausencia. Doy un rodeo y me acerco a la ventana del comedor, justo un piso por encima. Tengo que hacer algunas peripecias para subir hasta el balcón, pero no es tan difícil como podría parecer. Afortunadamente no hay nadie cerca que pueda ver y juzgar mis actos.

De las tres ventanas del comedor hay una que no se puede ajustar; está cerrada, pero cede con una leve presión. La abro y entro. La primera sensación es la de siempre: una dulce bofetada de ese olor particular que tiene cada casa pero que nadie sabe muy bien dónde se genera. Como todo buen olor, enseguida se mete – sin permiso -  en mi cerebro para abrir cajones a voluntad, lanzando el contenido en forma de imágenes, de aquellas que los ojos pueden ver por la parte trasera.

Enseguida comienzo el ritual acostumbrado durante mis visitas: me dedico a recorrer las estancias, despacio, dejándome llevar por los estímulos que me provoca cada rincón. El sofá, la televisión, la mesa, la alfombra… todo parece estar en su sitio, como siempre ha estado. Son estancias espaciosas, algo desvestidas pero cómodas. Casi sin darme cuenta llego hasta el dormitorio. Desde el marco de la puerta miro hacia la cama. Deshecha, como siempre, como a mí me gusta. En ella pasaba las noches con él. Hace tanto que no le veo… La casa está vacía, lo he notado nada más entrar. En verdad desde que me fui no he vuelto a encontrarle, los pequeños retornos furtivos que he hecho de vez en cuando no nos han reunido de nuevo. Pese a ello, sé muy bien que él sigue viviendo aquí y que sigue con su rutina, con sus manías. La ropa está tirada en el suelo, junto a la cama, las persianas medio bajadas, las puertas de los lavabos cerradas a cal y canto. Sin duda él también habrá notado mis visitas, de algún modo.

La cama todavía conserva un poco del olor que ha debido dejar ésta mañana, antes de irse a trabajar. Lo aspiro suavemente. Vuelve a entrar en mi cabeza, aunque esta vez no busca imágenes, sino sensaciones. Sensaciones agradables: tranquilidad, confianza, roce... Todavía no sé porqué me fui. Sin duda sería muy feliz viviendo aquí, pero supongo que hay cosas que uno no puede evitar.

De repente algo me llama la atención. También es un olor, pero no lo reconozco. Ya lo he notado antes, pero ahora se me hace más intenso, más evidente. Me levanto de la cama y empiezo a recorrer la casa otra vez, con los ojos bien abiertos. Poco a poco me voy poniendo nervioso, como si en el fondo ya supiera lo que estoy a punto de descubrir.

La segunda pista de que algo no va bien la encuentro en el pasillo. Ya lo había recorrido hace un momento, al ir al dormitorio, pero entonces no me había dado cuenta de que mi foto ya no está sobre el pequeño mueble que sostiene la pared. Eso hace que me mueva directamente hacia la cocina, donde espero encontrar algún tipo de confirmación definitiva para mis sospechas. Así es. Era esperable, lógico. Pero me quedo unos minutos inmóvil frente a la prueba irrefutable de que tiene un nuevo compañero. No me resulta agradable saberlo. Hoy deben de haber salido juntos, por cierto, lo cual ha sido una suerte; no me hubiera hecho ninguna gracia encontrarme al nuevo inquilino frente a frente. Menuda situación.

            De pronto esa insistente pregunta sobre las razones de mi marcha resuena con más fuerza que nunca. La nostalgia se hace casi dolorosa. De nuevo me muevo hacia la cama, ahora con paso lento, mirando a mi alrededor con la sensación de que aquel ya no es – definitivamente – mi lugar. Subo de un salto y doy unas cuantas vueltas sobre mi mismo hasta que me decido a echarme. Puede que ya no sea mi casa, puede que ya no deba volver. Pero al menos puedo disfrutar, una vez más, de dormir en esta cama en la que tanto he disfrutado. Lentamente, con los ojos entrecerrados, voy lamiendo caprichosamente mi pelaje mientras llamo con susurros al sueño.


Manuel Santos.

Creatividad, Estructura y técnicas narrativas.