

El Viento del Bierzo
Isabel estaba impaciente por saber a donde iría con Alonso la semana de vacaciones que cogerían por el Pilar. Hacía días que estaban discutiendo por ello. Así que ni corta ni perezosa había decidido hacerlo por fórmulas mágicas.
Entró muy decidida en el cuartito de estar donde Alonso estaba sentado tranquilamente mirando la televisión. Muy sería, con voz que simulaba una orden le dijo.
─Alonso saca el mapa grande de España.
Alonso; saliendo de su ensimismamiento la miró con asombro.
─!Bueno, bueno¡ ahora voy ─y del revistero sacó el mapa que hacía un mes que estaba dando vueltas por toda la casa.
Isabel sacó del fondo de los grandes bolsillos de su falda marrón favorita, un péndulo de cuarzo.
─¿Me puedes decir qué es eso? ─le preguntó con cara de asombro.
─Mira, Alonso, estoy tan aburrida de discutir sobre el sitio donde vamos a ir de vacaciones, que he decidido ir a la tienda esotérica de la esquina para que me dieran una solución, y me han vendido esto. ─Dicho lo cual se puso a bambolear el péndulo─. Anda, pues es verdad que gira. Me han dicho que tengo que pasarlo por todo el mapa hasta que se pare. Eso querrá decir que es ahí donde tenemos que ir.
Alonso la miraba asombrado, mientras la decía.
─Estas como una cabra.
De pronto el péndulo se paró.
─Astorga ─dijo Isabel, con voz un poco desconsolada, pues le hubiera gustado ir a Canarias para disfrutar de unos días de sol. Mientras, Alonso, con la boca abierta, asentía con la cabeza; mientras rebobinaba un recuerdo.
“Hacia unos años, había leído un legajo que poseía su padre. Era un incunable en el que se contaba una leyenda”.
Alonso e Isabel habían alquilado una habitación en un albergue; era enorme, y tenía dos grandes sillones delante de una magnífica chimenea de mármol blanco, que siempre estaba encendida, con un cuadro de
Era el segundo día de vacaciones, cuando bajando de la montaña comenzó a soplar un frío viento que producía un extraño sonido; parecía una melodía tocada por los oboes de una gran orquesta. Isabel sintió que un frío recorría todo su cuerpo; no era producido por aquellas rachas, era algo más profundo que la estremecía.
─Alonso, ¿no te suena como una nana? ─preguntó con voz temblorosa.
─Eso dice la leyenda ─repuso, pasando un brazo por sus hombros.
─¿De qué leyenda me hablas?
─Ya te lo contaré delante de la chimenea.
Isabel se dejó conducir por el brazo de Alonso hacia el albergue. La posadera al verla tan descompuesta, les condujo al comedor y se apresuró a llenarles un plato de una humeante y olorosa sopa que acababa de traer de la cocina.
─Coma señorita. Ha debido de coger frío, ha salido este viento del Bierzo y…
Inés, más confortada, subió con su marido las escaleras que les conducían a la habitación. Se puso su falda marrón y fue a sentarse sobre las rodillas de Alonso; que estaba fumando su pipa.
─Bueno, ahora cuéntame lo de la leyenda. Le dijo con voz curiosa, mientras se arrebujaba en sus brazos.
─Pero Isabel; si estabas aterrorizada.
─Sí, pero eso era antes de tomar la sopa. Es que hacía mucho frío ─musitó.
Alonso, dejando la pipa en el cenicero, comenzó a contar la historia de Inés.
Verás: por aquella época; un antepasado mío, llamado Aureliano Señor de Liébana: luchaba junto al rey Ordoño I. En esas guerras lo que se buscaba era continuar defendiendo la tierra yerma, libre de moros, hasta el río Duero. Otro que también tomaba parte era el joven conde de Astorga. Estos dos personajes le interesaban mucho al rey, pues mi antepasado le proporcionaba guerreros y Fernán, que así se llamaba el conde, una defensa desde las montañas de León. Todo eso dio lugar a que el rey le propusiera a Aureliano que ya que tenía una hija en edad casadera, lo hiciera con el joven Fernán, y a cambio le compensaría con tierras en el llano. Lógicamente le interesaban a Aureliano estas condiciones; pues de esa manera, sus siervos, tendrían trigo sin tener que hacer incursiones peligrosas para robarlo en las tierras de la meseta. Pero esa es otra historia, quizás necesaria para comprender a los personajes de aquella época.
Ines, que así se llamaba la hija de Aureliano, era una bella jovencita de quince años que vivía feliz en el valle de Liébana; quizás, por ser un sitio que siempre estuvo libre de los moros se vivía con cierta libertad…
─Continúa con tu historia ─le repuso, arrellanándose más entre sus brazos.
─Bueno, prosigo: Al principio todos los pormenores del ajuar de novia la entusiasmaron. Sus nuevos vestidos; incluyendo el de novia. A esto había que añadir diferentes brocados que llevaba de dote. Los cuales habían sido requisados por su padre a los moros y judíos en sus incursiones por las tierras llanas.
Inés acudió a Astorga acompañada por su aya; ese fue el único apoyo y compañía que llevaba. Al llegar vio un castillo con almenas que parecía se iba a desplomar de un momento a otro entre las peñas.
Fernán era un joven bien parecido que se le presentó de una manera afable. Cosa que agradó a Inés, pero ese sentimiento fue cambiando por el de miedo, ya que advirtió una mirada de odio hacia ella, procedente de su futura suegra.
A los dos días se celebró la boda a la que acudieron representantes del rey Ordoño I, que les llenaron de presentes. Fueron, incluso, casados por el arzobispo con gran fausto. Inés ante tantas emociones estaba aturdida; y no era consciente que la noche se acercaba. Fue acompañada por su aya a sus aposentos donde la ayudó desnudarse y prepararse para la noche nupcial. Su madre, parece ser que la instruyó un poco sobre la noche de bodas. La suya había sido dichosa, pues ella había conocido de siempre a Aureliano; y cosa extraña en aquella época, se puede decir que su boda fue por amor.
Inés estaba temblorosa y más cuando vio que su flamante marido llegaba a la habitación rodeado de todos los nobles que asistieron a la boda, y de su temida suegra. Fernán había bebido en abundancia y no tuvo precisamente miramientos con ella. Inés vio, olió y sintió una boca que la recorría por el cuerpo. Un fuerte dolor sintió en sus entrañas; entonces Fernán mostró a todos los presentes su trofeo, un paño manchado por abundante sangre que demostraba la perdida de la virginidad de su joven esposa.
Pero no sólo acabó con su virginidad… lloró por la perdida de sus ilusiones, de su infancia, de su madre y de sus hermanos. Su única compañía era su querida aya que la consolaba de su añorada merma de libertad, en aquellas frías habitaciones donde le había encerrado su suegra para darle más independencia, según decía.
Fernán, al ver que ella no colaboró mucho en sus satisfacciones carnales, por no decir animales, decidió pasar el resto de su estancia en el castillo frecuentando la compañía de las criadas, cosa que a ellas si parecía satisfacerlas, dado las risas que por la noche se podían oír saliendo de los establos y las cocinas.
El rey reclamó a Fernán para que tomara parte en la siguiente escaramuza: así que se dispuso su marcha. Cuando se iba a despedir de Inés; a la que casi no había visto desde la noche de bodas, se le acerco su madre llevando en sus manos una especie de corsé de hierro con un candado. Él la miró extrañando, pero penetraron juntos en los aposentos de Inés. Y les dijo.
─Este cinturón es el que llevé yo cuando tu padre abandonaba el castillo para luchar contra el moro, ahora será Inés la que lo tenga que llevar cuando tú te ausentes.
La voz de triunfo de la suegra vino acompañada de una sonrisa y una mirada de serpiente, en la que se vislumbraba la venganza por sus experiencias pasadas.
Inés no entendía nada; nunca había visto semejante artilugio; y de pronto se vio enfundada en un corsé de hierro con una ligera apertura en la parte baja. El pánico fue tan grande que no supo que decir, se sintió paralizada cuando su suegra lo cerro con una llave que dio a su hijo. Éste se la colgó del cuello, y haciéndole una reverencia salió del cuarto acompañado de su madre que le miraba sonriente, mientras miraba a Inés de reojo.
Por la noche volvió a llorar entre los brazos de su aya y le preguntó qué era aquello que la habían puesto. Ella se lo explico lo mejor que pudo.
─Es para que no puedas estar con hombre alguno mientras el señor conde este fuera.
“Pero ¿con quien iba a estar ella si estaba prisionera en sus habitaciones?” Se preguntaba una y otra vez; en las frías habitaciones, donde nunca entraba el sol por las pequeñas ventanas; pero si el frío del invierno, por muchos tapices que las cubrieran.
Durante los primeros días el corsé fue una incomodidad, pero pasados quince días, el sudor, mezclado con restos de orines, heces y sangre menstrual; se puede uno imaginar que un olor nauseabundo se estaba haciendo dueño de su cuerpo. Las llagas comenzaron a hacer presencia, y los dolores inaguantables, pese a que la buena aya procuraba calmarlos con un ungüento que daban a los caballos en las cuadras.
─Los sufrimientos de la pobre niña debían de ser horribles ─murmuró Isabel con voz acongojada.
─Era la época. Pero si te va a hacer sufrir no sigo.
─Ni se te ocurra dejarme a medias ─dijo con voz enfurruñada.
─Bueno, continuaré.
A los cuatro meses regresó Fernán. Llegó con su lleve y la quitó el corsé. Parece ser que se horrorizó al ver el cuerpo de su pobre mujer. Pero su madre se encargó de quitarle cualquier sentimiento de misericordia.
─Esto es lo que tiene que sufrir todas las mujeres para que nadie dudara de su fidelidad.
Unos días después de curas con agua de rosas y tomillo, a la que la sometió su aya, tuvo relaciones por segunda vez con su marido; no es que fueran muy afectuosas, pero menos desagradables que la primera, según ella recordaba. No obstante él continuó frecuentando las cocinas y las cuadras para obtener más satisfacción física. Pero alguna vez volvía con Inés, pese a la repugnancia de ésta. Al cabo de dos meses supo que había quedado embarazada, cosa que la salvó del cinturón de castidad durante unos meses, ya que Fernán volvió a las escaramuzas.
Al cabo de siete mese Inés se puso de parto, todo el mundo pensó que el niño moriría, pero vivió. Hubo una sorpresa: tuvo mellizos, un niño y una niña. El niño fue trasladado inmediatamente a los aposentos de la abuela, diciendo ésta que dos eran mucho para que los cuidara ella, y además era muy pequeño, así que necesitaría que lo amamantara un ama de cría.
Inés se vio separada de su hijo, al que apenas veía, ya que la suegra siempre encontraba alguna disculpa para que no pudiera hacerlo.
Cuando regresó Fernán de sus batallas o escaramuzas, se entero de que tenía dos hijos, no fue una cosa que le impresionara mucho, y no entendió las quejas de su mujer reclamando el tener al niño con ella.
Pasaron unos meses en los que Fernán estuvo, como siempre, con escarceos entre las criadas, y visitando a Inés de vez en cuando.
Al cabo de tres meses llegó otra vez su marcha para luchar contra los moros, y la suegra volvió a aparecer con el flamante corsé de hierro y su sonrisa malévola. De nada sirvieron las lágrimas de Inés, y otra vez comenzó su suplicio.
Una noche, cuando iba a meter a la niña en su cuna, estuvo contemplando el cuerpecito sonrosado y las diminutas piernas moviéndose en libertad, sin ninguna llaga. Algo se apoderó de ella y con voz lastimera dijo. “Tú no vas a sufrir lo que yo estoy sufriendo.” Se arrodilló ante el pequeño altar, que tenía en su cuarto, con una imagen que representaba a
Todos se habían retirado en el castillo. En las almenas la guardia se había ido a las cocinas a calentarse, aprovechando que sus superiores se habían retirado a dormir. Inés subió sigilosamente las escaleras que la conducían a ellas, se dirigió a la parte donde el castillo parecía que se iba a desplomar al abismo. Era febrero, y el viento del Bierzo se oía runfar por entre las montañas. Inés apretando más a la niña entre sus pechos cerró los ojos y se lanzó al vacío mezclándose entre los copos de la nieve que caían del cielo, como si quisieran acompañarlas y arroparlas. No se sintió un quejido, nadie las oyó. Sólo que al día siguiente ni Inés ni la niña aparecieron, pese a la búsqueda por todo el castillo. Posiblemente su suegra se legrara de esa desaparición. Ahora ya nadie se interpondría entre su querido Fernán y ella. La única que lloró por ella fue su fiel aya.
Las montañas estaban cubiertas de nieve y fue, a partir de entonces, cuando el viento del Bierzo comenzó a sonar de una manera diferente. Sus cuerpos no fueron encontrados hasta la primavera, cuando después del deshielo, un pastor vio a unas aves de rapiña hacer círculos sobre unas peñas; él creyó que era una oveja que se le había perdido hacía dos días. Pero al acercarse vio un bulto de ropas. La cara de Inés no existía, había sido comida por las alimañas, pero la de la niña se había mantenido intacta al estar protegida por los mantos, apretados todavía por los brazos de su madre y la nieve que las había cubierto hasta entonces.
Hubo gran alboroto en toda Astorga. “El fuerte viento del Bierzo las debió de lanzar fuera de las almenas”, decían las gentes. Nadie quiso decir o saber que fue Inés la que se lanzó entre la nieve aquella noche de febrero. El conde Fernán hizo que se celebraran unos grandes funerales a los que asistió toda la nobleza. El acongojado padre de Inés también estuvo presente. Sus cuerpos fueron enterrados en uno de los muchos monasterios que existían en Astorga. El aya regresó de nuevo a Liébana, y con sus historias dio pábulo a la leyenda.
Fue entonces cuando las llamas en la chimenea chisporrotearon y saltaban como fuegos artificiales, iluminando el cuadro de
Isabel sollozando se dejó resbalar hasta la alfombra; unos gruesos lagrimones corrían por su rostro; y al sacar un pañuelo del bolsillo, el olvidado péndulo salió enroscado a él. Al tenerlo entre sus manos le dejo que se moviera libre a la manera de un manómetro; y a su ritmo, el viento del Bierzo que entraba por las ranuras de las ventanas comenzó a sonar como una vieja nana.
…duérmete lucerito
De la mañana…
Carmen Mirones 10/04/08
ASESINATO EN
Antonio Solórzano estuvo repasando su armario para ver que ropa se pondría. Lo hizo con una meticulosidad excesiva. Aunque no lo vería así quien le conociera.
Habían pasado cinco días y parecía que todo hubiera pasado aquella mañana. Estaba esperando la llamada del comisario que le había anunciado la centralita de la comisaría. Mientras aguardaba se puso a releer, por enésima vez, las noticias de aquel suceso.
Diario Montañés 11 de julio
Ayer: a las 10 de la mañana; Api, la dálmata del señor Antonio Solórzano, descubrió el cadáver de Berta Bustillo medio escondida entre la vegetación de la bajada a
Eso era parte de la noticia que apareció aquel día en los dos periódicos de la ciudad, así como en los nacionales.
Antonio Solórzano no lo percibía de aquella manera tan somera cuando leyó la noticia en primera página. El escalofrío del día anterior volvió a recorrer su cuerpo, y los recuerdos le asaltaron de nuevo. El encuentro que tuvo con Berta el verano pasado no se apartaba de su mente desde que se enteró que estaba en Santander. Y ahora su cuerpo muerto entre los árboles le perseguía desde aquella mañana.
“─Api, ¿qué te pasa corriendo tanto hacia los árboles? ya sabes que no me gusta que vallas por ahí, hay botellas rotas y te puedes cortar─. Pero Api no me hacía caso, una y otra vez iba y volvía ladrando sin parar.
“Intrigado me metí entre la vegetación y descubrí su cuerpo. ─Dios, aquel cuerpo tirado allí, con los ojos ciegos mirando a… no sé a donde. Lo notifiqué inmediatamente.
“─Policía Nacional ¿dígame?
“─Mire, acabo de encontrar el cadáver de una mujer en la bajada a
“─¿Un cadáver? ─Preguntó la voz con un sonido mecánico, quizás por estar acostumbrado a oír las noticias más variopintas, y la mitad de ellas bromas pesadas.
“─Si señor, aquí está, entre los árboles de la bajada a
“─Su nombre por favor.
“─Antonio Solórzano. Por favor vengan enseguida, yo no sé lo que tengo que hacer ─mi voz asustada creo le hizo comprender que la cosa iba en serio.
“─Repitame en que sitio, y ahora mismo irá un coche patrulla. No se mueva y no se preocupe; y sobre todo no toque nada.
“Repetí el lugar. Mientras aguardaba recordé la infinidad de novelas policíacas que había leído, y en todas ellas decían las mismas palabras, “no toquen nada”. Dios,”No toquen nada”; si lo que tenía eran ganas de salir corriendo. Durante la espera mis ojos intentaban apartarse del espectáculo de aquel cuerpo joven totalmente ensangrentado; era un cuadro que me tenía hipnotizado.
“─¿El señor Solórzano?
La voz autoritaria me sonó amenazadora ─mas… ¿de que iba a tener miedo? me dije.
“─Sí, Antonio Solórzano ─y le tendí mi mano sudorosa─. A…a…anoche cuando subí por las escaleras después de mi baño no vi nada ─creo que mi voz sonaba a disculpa.
“─Soy el inspector Rodríguez. ─su boca hizo una mueca que quería ser una sonrisa, y me dio una palmadita en la espalda─. Es de los valientes ¿he? De sus datos al sargento y ya se puede ir. Más tarde le llamaremos para que haga su declaración en la comisaría. Y entonces me explicará eso de anoche. ─Esta vez su voz quería sonar amable.
“Al medio día acudí a la comisaría. Expliqué que todas las noches bajaba a la playa a darme un baño. Siempre iba con la perra, pero esa noche bajé solo. Era un poco tarde y no quise despertar a los vecinos. Tenía miedo que ladrara.
“No sé porqué, el inspector me cogió simpatía, al menos eso creí, y me hizo participe de sus descubrimientos; mientras paseaba arriba y abajo del pequeño despacho.
“─Mire, Antonio ¿puedo llamarle Antonio?
“─Por supuesto; no faltaba más.
“─Mire: yo tengo la costumbre de emplear a mi mujer para hacer la réplica de mis dudas o aciertos. Ahora, en este momento, está en el pueblo con su madre. Por lo qué, si no tiene inconveniente, podría usted hacer las veces...
“Asentí asombrado. Tuve la sensación de ser Watson o Hasting. Él me recordaba más a Colombo…sin gabardina; y yo era su mujer invisible. Usted es socio del Tenis ¿no?─.Me preguntó, siguiendo su hilo mental.
“─Sí; claro.
“─Pues yo no lo soy ─dijo con sorna.
“─Podría usted acompañarme allí para ver que nos cuentan. ¿Le molesta?
“─No: ¿Por qué me iba a molestar. Iré con usted.
“─¿Vino usted en su coche?
“─No; vine en autobús. Demasiado problema para aparcar.
“─Es igual: iremos en el mío particular. No se preocupe. Ja,ja.
“Me cogió por el brazo y nos dirigimos al aparcamiento oficial.
“En el Tenis. Los camareros habían recogido el comedor y se encontraban ya en la cafetería sirviendo cafés y copas.
“─Antonio, por favor, no se entretenga. No quisiera llamar la atención. ¿Qué hace ahí agachado?
“─Perdone; se me había soltado un cordón del zapato.
“─Cree que nos servirán una comida ligera. Yo no he comido, y la verdad, tengo hambre.
“─Supongo que no habrá ningún problema. Siempre hay alguien que se retrasa. Ahora llamo al maitre.
“─Felipe;por favor: acabo de encontrarme con este viejo amigo y no hemos comido ¿Podría la cocina prepararnos algo?
“─No faltaba más, señor Solórzano. Ahora mismo les traigo la carta.
“Amablemente nos la trajo.
“─Nos queda una ración de lubina. U hoy tampoco le apetece ─dijo sonriendo.
“─Mira Felipe: hoy no te la rechazo. Si mi amigo no la prefiere a la carne.
“─No, por Dios. Que me va a importar. Yo soy más carnívoro. Ja, ja. No se hable más; tráigame un buen filete de solomillo poco hecho.
“Lo dijo en un tono que se me puso la carne de gallina.
“Después de comer tomamos un café y encendimos un purito. Entre aro y aro de humo rompió su mutismo.
“─Por favor: presénteme al maitre con disimulo. Quiero hablar con él privadamente. No le importa ¿verdad?
“Le envié a Felipe; advirtiéndolo antes de que era el comisario de policía. Les dejé, y me acerqué a las pistas de tenis haciendo ver que me interesaba el partido de tenis, y saludé a unos amigos. Cuando regresé a la mesa, le vi que estaba pensativo. Firmé la nota de la comida y nos despedimos de Felipe.
“ ─Si, claro. ¿Por que lo pregunta?
“─Es por si tiene un traje de baño para dejarme y darnos un remojón para relajarnos.
“Me extrañó la petición, pero le conduje a mi casa que estaba en el mismo Paseo de Reina Victoria y salimos al balcón donde tenía colgado el traje de baño y la toalla que le iba a dejar.
“─Están un poco húmedos. Son los que utilicé anoche.
“─Es lo mismo, no se preocupe. ¿Me acompaña?
“─No; hoy no tengo ganas de baño, demasiadas emociones.
“Cogió el traje de baño y la toalla, Sonrío asintiendo, y se despidió con la consabida palmada en la espalda y salió de mi casa diciendo.
“─Hasta la vista entonces. No se preocupe, que se lo devolveré. Ja,ja,ja.
A las 9 de la mañana Antonio oyó la cerradura de la puerta. Filo; la señora que le venía todos los días entro angustiada con el periódico en la mano.
─Señorito; es terrible todo lo que dice la gente. No sé lo puede imaginar en la panadería me han dicho que…
─Calma Filo; Ha sido una desgracia. He estado ayer toda la tarde en la comisaría. Anda prepárame el desayuno y dame el periódico.
Al quedarse solo cogió el periódico y se dispuso a leer la noticia para calmar sus nervios.
…Berta Bustillo: que así se llamaba la joven encontrada muerta, era una chica nacida en Santander, de buena familia, y que vivía en Barcelona; ya que había ido a vivir allí para trabajar… le había salido un buen trabajo de ejecutiva… Su cuerpo ha sido acribillado a cuchilladas ,35. No faltaba ninguna joya ni ha sido violada. Los zapatos estaban tirados entre los arbustos… tampoco ha sido movida del sitio… La policía cree que podía haber sido un maníaco…
Se reclinó en el respaldo del sillón y se puso a repasar los que le había comentado el comisario Rodriguez.
“─Es casi imposible pensar que haya sido un maniático homicida. Treinta puñaladas no las dan a menos que tengas mucho odio hacia esa persona, lo que hace pensar que es una persona conocida por ella.
“Yo asentía a sus palabras, y pensaba lo mismo que él. Por las novelas policíacas que yo había leído, las puñaladas repetidas eran sinónimo de odio, y habían sido 35.
Al día siguiente obtuvieron los resultados de la autopsia. Y volvió a llamarle para comentar los hechos
“─Lo más extraño es que en la autopsia se ha visto que el arma con que la mataron tiene la hoja en forma de sierra, como el cuchillo de mesa que se utiliza para cortar la carne.
Miré mi Rolex de oro. Rodríguez seguía sin llamarme. Me acerqué a la cocina y tomé un vaso de agua. Cogí el periódico de hacía tres días. En primera plana venía la foto de Berta y un extenso reportaje.
…La joven había venido a las Bodas de Plata de unos tíos, que habían celebrado en el Tenis. Parece ser que a eso de las dos de la madrugada ella decidió regresar a su casa. Se interrogó a los asistentes, principalmente a un antiguo novio. Este afirmó el haber estado hablando con ella, pero no se vio que tuviera motivo para matarla. Su relación había terminado antes de ir ella a Barcelona; e incluso él se va a casar el próximo año. Es más; dijo que el verano anterior le pareció que su vuelta a Barcelona había sido más una huída que otra cosa. Se marchó a la semana de haber llegado. Eso al menos le había dicho una amiga común…
Antonio ya lo había hablado con el comisario, mientras este se paseaba por el despacho, con los pulgares metidos por el cinturón del pantalón como cualquier John Wine.
“─Qué le parece. El novio podía tener viejos rencores ¿no?
“─Sí es muy posible ─le respondí con una voz engolada por la importancia que sentí al contar con su confianza.
“─¿La conocía usted? ─preguntó de sopetón. Lo qué por estar cerca de mí me produjo un sobresalto.
“─Oh, aquí nos conocemos más o menos todos, ya sabe, y la familia Bustillo es de las de toda la vida. Era una chica muy guapa y lanzada antes de ir para Barcelona. A lo mejor alguien la siguió o había quedado con ella en la playa ¿no?
“ Él asintió con la cabeza
“─No es mala idea.
Antonio se entusiasmó al ver que tenía en consideración sus ideas.
“─¿Sabía que se tomó solomillo en la cena?
“─ No; no me lo había dicho. ¿Que importancia tiene eso? ─. Pregunté mosqueado.
“─No, nada. Era una pregunta cualquiera. Me preocupa que los cuchillos de carne del Tenis coincidan con las heridas de las puñaladas.
“─Claro; ahora entiendo por qué menciona al antiguo novio ¿no?
Suena el teléfono, por fin, a las 10 de la mañana.
─¿Señor Solórzano? Es la policía. Le ruega el comisario Rodríguez que se persone inmediatamente.
─Adiós; Filo: no me espere para comer, se puede ir cuando acabe. Hasta mañana.
─Adios señorito: hasta mañana.
Cuando llegué, la cara de Rodríguez, no parecía tan amable como había sido hasta el momento.
─Vamos a ver, Antonio, usted dice que su perra encontró el cadáver ¿es así?
─No digo, es como fue. Si quieren la traigo para que la interroguen.
─No, no hace falta ─repuso, como si la ironía no fuera con él.
─Dice que no conocía a Berta ¿verdad?
─Bueno…sí… la conocía. Usted no me lo preguntó. Incluso en los veranos tomamos algunos vinos por la movida. Ya sabe, por Cañadío y alrededores.
─Ya, ¿y el verano pasado…?
─No fue nada del otro mundo. Yo…
Antonio iba dando datos cada vez más nervioso.
─Usted el miércoles pasado comió en el Tenis ¿recuerda? ─sus ojos profundos me miraron interrogantes.
─Si, ya le dije que comía muchas veces.
─Y comió solomillo ¿verdad? Pese a que el camarero le dijo que tenían una ración de lubina, como a usted le gusta ¿no?
La voz no le salió y se quedó con la boca abierta.
─Usted el verano pasado se sintió ridiculizado por Berta ¿recuerda?
─Oh, eso fue una tontería, ya se lo he dicho.
El sudor comenzaba a bajar por su frente, la camisa estaba completamente pegada a su cuerpo; las manos cada vez estaban más pegajosas.
─Si, lo extraño es que pese a ser una tontería se acuerda del hecho, aunque yo no se lo he especificado. Mira Antonio, dejémonos de tonterías: va a ser detenido por el asesinato de Berta Solorzano.
─Pero… ¡que tiene contra mí!
─La toalla, el traje de baño, el cuchillo. Usted utilizó la toalla para que no goteara la sangre del cuchillo que usted había tomado “prestado” del Tenis, y devuelto la tarde del asesinato cuando se brindó para acompañarme para hacer unas preguntas a los camareros. En la cafetería se agachó como si tuviera el cordón del zapato suelto, y yo los había visto perfectamente atados. Los camareros encontraron un cuchillo de carne entre las mesas, cosa extraña en la cafetería, y más, si tenemos en cuenta, que era el día después del banquete. Aquella mañana se había limpiado todo y colocado las mesas en su sitio
La dejo allí muerta… Usted estaba vestido con traje de baño, cosa que no extrañaría a nadie; ya me corroboraron los vecinos su costumbre. Así que se metió en el agua y limpió la sangre del traje de baño y la toalla. Usted no sabía que la sangre no es fácil de limpiar en una toalla tan buen como la suya. Cuando la vi con la humedad del salitre, comprendí que era muy raro en usted, tan pulcro, el haberla tendido tan mojada de agua de mar; lo más normal, es que lo hubiera echado a lavar. Quizás tuvo miedo que Filo se diera cuenta. Aunque supongo que creyó necesario demostrar lo del baño: y su convicción nos sirvió para poder hacer unos análisis, cosa que hoy, gracias a Dios y a la ciencia, tenemos forma de descubrir manchas de sangre por medio de rayos especiales, y al analizar el ADN de la sangre que encontramos en ella fue lo definitivo. Era la de Berta.
─Usted debe de leer novelas policíacas, pero se le han olvidado ver las series de la televisión ─decía con los dientes apretados─ ¡Por favor! quitadme de delante a este mal nacido, que bastante lo he tenido que aguantar sospechando de él.
Diario Montañes 25 de setiembre
Hoy ha entrado en el penal del Dueso Antonio Solorzano acusado del asesinato de Berta Bustillo el 10 de julio…
El periódico de hace una semana descansa en el suelo de la celda. Un hombre con la barba de hace tres días y el traje de presidiario está sentado a una mesa de madera de pino. Los ojos le giran en sus órbitas. Emprende un monólogo.
Así que ahora estoy en el Dueso, en un departamento aislado, pues temen que sean los mismos presos los que me maten. Quizás fuera lo mejor. Yo ya estoy muerto desde antes que Berta se fuera a Barcelona. Nunca supo nadie del amor que sentía por ella. De su primera burla, cuando balbuceante, a los dieciocho años le pedí que saliera conmigo y ella se rió. Me humilló; lo mismo que el verano pasado; aunque entonces yo la asusté. Ja, ja.
El sonido de esa risa que envuelve locura, retumba en el ala del penal.
Esta vez gané yo, yo. La muy entupida por curiosidad ─según me dijo─ acudió a la cita que le di por la mañana para pedirle disculpas por mi comportamiento del verano pasado. No se creyó el que yo, un ser tan pusilánime, bajara todas las noches a bañarme a la playa con la perra. No se dio cuenta que esa noche iba solo. Fuimos andando despacio por la arena; ella con los zapatos en la mano, escuchando las disculpas que yo la iba desgranando en sus oídos, y me creyó la estúpida. La conduje en dirección a las escaleras para que continuara su camino hacia Puerto Chico. Nunca supuso que el idiota de Antonio le pudiera hacer daño a ella. ¡Ella, siempre ella! Aún veo su cara de asombro cuando la tiré sobre la tupida vegetación y allí lo hice. Aún siento el placer que sentí cuando el cuchillo penetraba en su pecho una y otra vez, entre sus costillas, rompiendo su corazón, como ella había roto el mío. Ja, ja ¡roto, roto, roto…Ja, ja…